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Las niñas quieren ser princesas otra vez

Hace tiempo que -por los escaparates de la realidad- se deduce que las niñas han vuelto a querer ser princesas. Hasta algunas madres y padres lo querrían. El cuento de hadas que no piensa en el otro cuento: el de las criadas. Aquél que les advierte que "No existe el mejor para todos, para algunos siempre es peor" 

Los Goya y las mujeres. Los Goya y los hombres. La princesa y sus aduladores.  La cara de la criada del cuento se cuela en una danza de signos de alerta

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Felipe VI impone el Toisón de Oro a la princesa Leonor. EFE

Felipe VI impone el Toisón de Oro a la princesa Leonor. EFE

Las niñas ya no quieren ser princesas, decía la canción. Y era cierto en numerosos casos. Corría el año 1980 y un emergente Joaquín Sabina ponía letra a la música de Antonio Sánchez. Pongamos que hablo de sueños infantiles. La muerte sigue hoy pasando en ambulancias blancas, o amarillas o de cualquier color, pero las niñas, muchas niñas, han vuelto a querer ser princesas. Una, rubia, vestida de azul, sonriendo a papá rey, se les ha plantado en las pantallas como modelo o señuelo de marketing. El prototipo de lo que debe ser una mujer no da tregua. Según su escala social, naturalmente.

Paso el fin de semana de temporal viendo, por fin, en maratón televisivo, la serie El cuento de la criada. Está basada en la novela distópica escrita por la canadiense Margaret Atwood también en los 80, en 1985.  Lucidez premonitoria de una sociedad que no ve las señales que marcan la involución. El persistente proyecto de los regímenes totalitarios para imponer criterios de vuelta atrás en el túnel del oscurantismo más atroz. La mujer es privada de todos sus derechos y la vemos en una coreografía de hileras o parejas vestidas en rojo escarlata y  tocadas de alas blancas recortadas para cubrir su pelo, caminando entre metralletas, muros y sangre. Con el abuso y el uso como hilo conductor. La metáfora de la soledad extrema, la impotencia, el debate entre la sumisión y la lucha ciclópeamente desigual.

Tras los cristales llueve o nieva y sigue entrando con fuerza la realidad. Los Goya y las mujeres. Los Goya y los hombres. La princesa y sus aduladores conocidos como “penes añejos” o algo parecido, en la guerra del dimorfismo sexual como insulto. Un cúmulo de ideas extraordinarias que se vuelven cotidianas.  La cara de la criada del cuento, luminosa en los flash back del pasado, agarrotada en el presente descrito, se cuela en una danza de signos de alerta.

Salen las mujeres de medio mundo a contar cómo falos poderosos se aprovecharon de su situación de dominio para someterlas. Vergas indomables sin cerebro ni ética que tomaron por la fuerza su deseo y llegaron hasta a truncar carreras. Si ricas y famosas fueron sus presas, imaginen el resto. Ahora ya atacan en manada. Todavía un expresidente de Madrid por un partido denominado socialista entre sus siglas, declara en televisión:  " Hay que educar a las mujeres para que no se dejen pegar y estas cosas". Y estas cosas. Eduquemos a las mujeres  que las pobres no saben. Mansplaining encima con “estas cosas”. La criada de la serie, abierta de piernas, con la esposa del “comandante” sujetándole las manos para la ceremonia de la penetración, aparece bajo fondo del rostro –y nunca mejor dicho de Joaquín Leguina. Ah, si te hubieran hecho caso.

A uno de los grandes necios de la escena,  Arturo Valls, le molesta que “mareen” los Goya con otra cosa distinta a la producción de películas, al cine. Al cine, a la cultura, a la vida. Antonio de la Torre, un actor nominado, habla con Maribel Verdú a TVE, ambos diciendo que defienden la reivindicación #MasMujeres, cargados de “peros”. Él en concreto pide respetar la presunción de inocencia, como si hubieran castigado e injustamente a varias decenas de hombres y no asesinado a varias decenas de mujeres. Solo en el curso de un año, por fijar un tramo. 

En distintos tonos e intensidades –incluida la nada  varias mujeres del cine reclaman el fin de la desigualdad en su profesión. En oportunidades, en salarios de forma abismal, como remarcó Pepa Charro, la terremoto de Alcorcón. Entre los hombres premiados, muy pocos se pronuncian. Ni el ministro. Ni la ministra. Tampoco es obligado, bien es verdad.

El avance de las mujeres, pese a las dificultades, es notorio aunque insuficiente a nivel clamor. Como en tantos otros campos no refleja la realidad. Con tanto que contar como tenemos. La niña airada por el dolor que termina plasmando en una película magnífica aquel Verano de 1993, aquel estiu, en el que cambió su vida. O una Nathalie Poza que trasciende las pantallas con su credibilidad y su pasión contagiosa. La Coixet incansable abordando la lucha épica, doble por mujer y librera, y tantas otras.

"Leonor, dulce Leonor, felicidad para ti. ¡Qué nombre más bonito para una princesa! Imposible no recordar al oírlo a aquella otra Leonor, la de Aquitania, la mítica Aliénor que fue reina consorte de Francia y de Inglaterra, madre de Ricardo Corazón de León y del traicionero Juan Sin Tierra...", le canta Fernando Savater a la princesa, entretanto. Madre, mujer madre, y para mayor gloria reina si se cumple lo escrito. “Me preocupo por ti, mi Leonor, tan guapa y formal, tan irresistible”, sigue el antiguo filósofo en un arrobo preocupante.  ¡Dulce Leonor, nuestra Aliénor, tan protegida por tu familia, tan desamparada ante el vendaval del futuro imprevisible!”, continúa. Los vasallos son malos, gracias que Leonor cuenta con las palabras “hermosas y sensatas que te dijo el Rey”.  De la princesa dulce o altiva a la que pesca en ruin barca, la guía o tutela masculina ayuda tanto, tanto. No digamos si el hombre es rey. Habrá que ver si “el escrutinio de los ciudadanos al que se somete”, vía sondeos de consumo interno, como escribió otro colega allí mismo, ha traído buenos datos de audiencia. 

Es lo más probable. Hace tiempo que -por los escaparates de la realidad- se deduce que las niñas han vuelto a querer ser princesas. Hasta algunas madres y padres  lo querrían, me temo. El cuento de hadas que no piensa en el otro cuento: el de las criadas. Es lo que le corrobora el todopoderoso hombre a la forzada madre de alquiler:  "No existe lo mejor para todos, para algunos siempre es peor". 

Políticas de extremo centro y hasta periodistas famosas andan enarbolando esta temporada la “valentía”. Se la piden, ya ven ustedes y discúlpenme por entrar en el tema estrella, ¡A Puigdemont”, tan cobarde que al parecer no tiene ni “narices”. Para valentía la que se está dando en un régimen ferozmente autocrático que tampoco permite a las mujeres existir fuera de su función reproductora y de solaz de los hombres.

El cuento de Margaret Atwood prácticamente existe. Una treintena de iraníes han salido a la calle, se han aupado a un lugar prominente sobre el suelo y se han quitado el velo obligatorio. Han sido detenidas. Por alteración del orden público. El orden público tiene allí caminos de hombres solos y sombras de mujeres tapadas. Miren a esta anciana que conoció otro horizonte antes de la contrarevolucion del Atayatola Jomeini en 1978. Sube con dificultad a la fuente, apoyada en su bastón, al que terminará por anudar el velo que se ha quitado y enarbolarlo, tan inmensamente harta, tan valiente. 

Nosotras, las españolas, también lo hicimos. En número suficiente. Y algunos hombres sabios se dieron cuenta, aunque no pudieran evitar a veces un punto de paternalismo. No nos vengan con mandangas, fue así.

“Solo con dificultad se puede encontrar hoy en el mundo occidental un tipo de mujer más sugestivo que el que representan muchas españolas entradas en los 30 años. (…) Efectivamente esta mujer ha perdido la tersura, no se puede contemplar como un lienzo y, desde todos los puntos de vista, debería fumar menos. Esta mujer sin embargo es sólida como una duda, mira tras la fortuna de ser entendida y entender. (…) Cohibido el corazón en el colegio de monjas, zarandeada por el novio culto de la universidad, destinada a hacer macarrones con tomate pero acuciada a relacionarse con la violencia y la abstracción, curtida en una fe hasta la apostasía y en una docilidad hasta la desobediencia, esta chica pide la libertad y la sorpresa como un vicio y no existe mayor recompensa que hacerla reír. (…) La autonomía de su feminidad, la residencia de su sexualidad, es ante todo un reino”. Un reino.

Lo publicó Vicente Verdú el 26 de diciembre de 1984 en El País, el mismo periódico que hoy loa a la “dulce Leonor”. Y yo guardo el recorte, amarillento ya, como un faro. Se enciende y se apaga. Pero está. Aún está. 

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