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De nuevo ante el vacío

Congreso de los Diputados.

Carlos Elordi

Más allá del discurso de las culpas, que ojalá se agote pronto porque no lleva a parte alguna, el horizonte político español sigue marcado por la misma incógnita que existía hace cuatro meses, o hace cuatro años. La de cómo se puede lograr la estabilidad, siquiera durante dos o tres años. Ninguna de las hipótesis sobre los resultados del 10 de noviembre la despeja. Tras las elecciones se podría volver perfectamente a las andadas del periodo esperpéntico que empezó el 28 de abril. Y terminar igual de mal.

Aunque todo indica que ese es el panorama general, en las últimas semanas algunas novedades lo han modificado parcialmente. Las más destacables son las tres siguientes: 1) Un pacto entre las dos izquierdas, el PSOE y Unidas Podemos, ya no es posible y no parece que vaya a serlo en el futuro previsible; 2) Ciudadanos ha dejado de ser bajo cualquier concepto una referencia de centro equilibrador; 3) La ultraderecha ha perdido sus opciones de ser un actor principal en la escena. A eso habría que añadir una confirmación: los partidos nacionalistas catalanes están fuera del juego político español y nada puede sustituirlos a la hora de cumplir la función decisiva que desempeñaron durante varias décadas.

Esos factores, cada uno en su medida, están en la base de lo que se ha venido a llamar “bloqueo” y que no es sino la incapacidad de la realidad política española para asumir el fin del bipartidismo, es decir, el protagonismo de nuevos actores independientes en las grandes decisiones, la primera de las cuales es la formación del Gobierno. La actitud de los dos partidos tradicionales, el PSOE y el PP, sigue siendo sustancialmente la misma de siempre en lo que se refiere a la conquista del poder: ambos consideran que ese es asunto suyo. Y la de los nuevos, Unidas Podemos y Ciudadanos, sigue demasiado marcada por el espíritu que animó su éxito inicial: el de sustituir a su referente antagónico en el protagonismo de la izquierda y en la derecha, el PSOE y el PP respectivamente.

Mientras esos planteamientos de los unos y de los otros sigan vigentes, y parece que lo están plenamente, ninguna salida política será estable. Salvo la de un pacto entre el PSOE y el PP, que defienden no pocos exponentes de la sociedad civil, entre ellos algunos poderosos de la economía, y también algunas figuras de esos partidos, aunque sólo el presidente gallego Feijóo se haya manifestado públicamente en esa

dirección.

¿Qué cambios pueden introducir en el panorama los resultados del 10 noviembre? Algunos, incluso bastantes si se produce un vuelco en algún ámbito. Pero tal vez ni en ese caso vaya a ser suficiente para garantizar la estabilidad necesaria a medio plazo y para restañar las enormes heridas institucionales que el sistema ha venido sufriendo desde hace década y media y sobre todo desde el estallido de la crisis.

Los que se manejan bien en los entresijos de las encuestas dicen, sin atreverse a ser tajantes, que el PSOE ganará escaños el 10 de noviembre. Unos cuantos o incluso bastantes, según los distintos expertos. A costa de una reducción del peso parlamentario de Unidas Podemos. Pero también, o sobre todo en opinión de algunos, a costa de Ciudadanos. La firme definición de su programa que acaba de hacer Pedro Sánchez –“será moderado”– sugiere que la campaña del PSOE estará orientada a agrandar hasta el máximo posible la caída del partido de Albert Rivera.

La desorientación de Ciudadanos, rayana en el ridículo, también habría de beneficiar al PP. Que también vería mejoradas sus posibilidades si se confirma la sensación de que Vox ha perdido su fuerza inicial y camina hacia la marginalidad. Pablo Casado ha trabajado intensamente para que eso ocurra, llevando todo lo que ha podido a su partido hacia la ultraderecha.

Esa parece ser la tendencia electoral. La de un PSOE y un PP al alza, reabriendo la perspectiva de que el bipartidismo podría volver un día, aunque desde luego no el 10 de noviembre. Esa noche, tanto Unidas Podemos como Ciudadanos seguirán conservando una parte de su peso actual y su presencia en el Parlamento seguirá siendo un elemento importante, aunque posiblemente no decisiva, para la configuración del futuro gobierno.

El mayor interrogante de las elecciones que tendrán lugar dentro de un mes y medio será la dimensión de la previsible caída de Unidas Podemos y de Ciudadanos, cada una por su lado. Si uno de los dos partidos, o los dos, se derrumbara, los efectos serían considerables y podrían cambiar todo el cuadro. O por lo menos modificarlo significativamente. Porque los escaños que perdieran irían a manos de los dos mayores partidos y porque su papel en la formación de mayorías resultaría sustancialmente reducido. Lo cual, a efectos generales, sería más importante en el caso de Ciudadanos –que potencialmente podría aliarse tanto con el PP como con el PSOE– que en el de Unidas Podemos, al que seguramente Sánchez no volverá a proponer un pacto.

Si ocurre lo normal, el 11 de noviembre volveríamos a estar en las mismas que hoy, punto arriba o punto abajo. La formación de un gobierno por parte del previsible ganador, el PSOE, sólo sería, en el mejor de los casos, un poco menos ardua, siempre partiendo de la base de que los nacionalistas catalanes quedarían fuera de ese juego. Si Ciudadanos o Unidas Podemos se derrumban, la cosa sería distinta. Pero hoy por hoy eso no parece probable.

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