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Paseando por el pasillo de mi casa

Tras años en que la vivienda ha tenido un protagonismo central en España, hoy el encierro vuelve nuestros hogares transparentes, muestra la desigualdad en que vivimos, y cambia la relación con nuestras casas

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EFE

 Suelo dar largos paseos para escribir estos artículos, pues caminando se aclaran mucho las ideas. Así que eso hice esta tarde antes de sentarme al ordenador: darme un largo paseo. Empecé al fondo de la cocina, pegado a la ventana; avancé hasta el pasillo, lo recorrí en su totalidad, alcancé la última habitación de la casa y la atravesé en diagonal para estirar un poco más la caminata. Regresé por el mismo camino, aunque me desvié al salón para sacar unos pocos metros más alrededor de la mesa, y terminé la vuelta otra vez en la cocina. Repetí el recorrido una, dos y trescientas veces.

Normal que en mi paseo solo consiguiera pensar en la casa, en mi casa, en nuestras casas, en las casas donde estos días estamos la mayoría encerrados.

Paseando por la cocina me acordé de dos pisos en los que viví años atrás, los dos con la cocina metida en un armario. Pensé en mis casas, en todas las que he vivido, me imaginé encerrado en cada una de ellas si la pandemia me hubiese cogido en otros momentos. Me acordé del piso compartido, el estudio de quince metros cuadrados, el interior donde nunca entraba el sol; pensé que a esta hora habría alguien encerrado en esos mismos pisos por donde alguna vez pasé. Me sentí afortunado por tener hoy una casa que hace soportable un encierro, pero eso me hizo pensar en lo que me ha costado tenerla, eché cuentas de lo que he pagado y lo que todavía me queda por pagar, y le sumé los muchos años de alquileres a precio de derecho a la vivienda en versión española.

A lo largo del pasillo pensé en el protagonismo que la casa, las casas, han tenido en la turbulenta vida española de los últimos veinte años, cómo todo ha girado en torno a la vivienda: la burbuja de la construcción en el cambio de siglo (el milagro español), la crisis que aquí empezó siendo inmobiliaria (y que incluyó recortes sanitarios que hoy lamentamos), la corrupción vinculada al ladrillo, los miles de desahucios de la última década, los jóvenes manifestándose con pancartas de "No vas a tener casa en la puta vida", la nueva política que llegó haciendo bandera del derecho a la vivienda, hasta hoy, el encierro, el "Quédate en casa" como lema inesperado que cierra una época y abre otra incierta.

Al pasar junto a una ventana pensé en las casas que estos días se vuelven transparentes como respuesta al encierro, como si levantásemos los tejados a la manera del diablo cojuelo, o apartásemos la fachada en plan 13 Rue del Percebe. Las casas de balcones abiertos, de vida compartida con vecinos hasta entonces ajenos. Las casas de amigos, familiares y simples conocidos que estos días vemos en continuas vídeollamadas. Las casas de desconocidos que comparten fotos y vídeos domésticos de sus estrategias de supervivencia, ideas para entretener a los hijos, deportes de interior, o su generosidad para dar clases a distancia, consejos, instrucciones para hacerte una mascarilla, o humor para entretener la cuarentena. Las casas de periodistas, políticos y expertos que no acuden al plató televisivo y conectan desde sus hogares. Y claro, las casas de futbolistas, cantantes o famosos de toda condición que exhiben sus privilegiados confinamientos para pedirnos que nos quedemos en casa.

Contando mis pasos de vuelta a la cocina pensé en cómo el espacio doméstico muestra en toda su crudeza la enorme desigualdad en que vivimos, y lo diferente que suena el "Quédate en casa" en según qué barrios. Casas que en condiciones normales son poco habitables, como para quedar encerrados en ellas. Me acordé de esa escena de la película 'Parásitos' donde una misma lluvia es hermosa en el jardín de unos, vista tras el gran ventanal del salón; mientras inunda de aguas fecales el hogar subterráneo de otros. Como la lluvia, también el virus y su encierro.

Al cruzar por última vez el pasillo pensé en lo diferente que miro estos días mi casa, las nuevas necesidades que nunca había considerado, todo lo que quiero buscar, comprar o reformar cuando podamos salir a la calle. Cómo esta crisis va a cambiar la relación con nuestras casas, va a condicionar en adelante nuestras decisiones a la hora de comprar o alquilar una nueva casa, así como su equipamiento, pues ya no solo pensaremos la vivienda como el espacio de nuestra independencia, nuestra intimidad o nuestro proyecto de vida; ni como la inversión que te garantice una vejez sin tanta incertidumbre económica. Ahora también la pensaremos como refugio, un búnker donde quizás tengamos que volver a encerrarnos más veces en los próximos meses o años, y querremos estar preparados para ello.

Insistimos estos días en que nuestra vida no volverá a ser la misma tras el coronavirus. Tampoco nuestras casas.

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