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Los poderes hacen acto de sumisión a los Botín

El homenaje sin límites que la nomenklatura del poder ha tributado a alguien que se sabía que iba a durar muy poco en el cargo sólo puede entenderse como un acto de reverencia a sus sucesores, es decir, a su hija y a quienes ella designará como sus principales colaboradores

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La prensa europea destaca el papel de Botín en el desarrollo del Santander

El expresidente del Banco Santander Emilio Botín. / Efe

La España que manda se ha puesto de luto por la muerte de Emilio Botín. Políticos, del PP y del PSOE, banqueros, grandes empresarios, dirigentes de medios de comunicación, firmas del establishment periodístico y hasta sindicalistas como Cándido Méndez, el secretario general de UGT, o la esperanza blanca de los socialistas, Susana Díaz, se han esforzado en estos días por expresar de la forma más brillante posible su dolor por la desaparición de un "grandísimo hombre, que ha hecho mucho por España", tal y como ha dicho Felipe VI, el jefe del Estado. Ese espectáculo inaudito, impensable en cualquier otro país europeo, confirma contundentemente que si alguien manda en España es la banca y, a su cabeza, el Santander. Pero también lleva a preguntarse qué es lo que de verdad ha movido a tanto personaje a rasgarse las vestiduras. Porque lo cierto es que la posibilidad de que un hombre de 79 años tuviera que abandonar en breve su cargo estaba en el centro de las cábalas del mundo empresarial y financiero desde hacía ya un tiempo.

Y las respuestas a ese interrogante no son menos inquietantes que lo han sido, por sí mismas, las declaraciones de Mariano Rajoy –"la noticia ha sido un mazazo para mí"– y del nuevo secretario general del PSOE, Pedro Sánchez –"siento tristeza y mando un fuerte abrazo a sus familiares"–. Porque si detrás de esas muestras de dolor poco creíble, y además innecesarias, asoma una actitud muy próxima a la sumisión –cargos tan altos como ellos deberían haberse limitado a transmitir corteses pésames, como mucho–, el homenaje sin límites que la nomenklatura del poder ha tributado a alguien que se sabía que iba a durar muy poco en el cargo sólo puede entenderse como un acto de reverencia a sus sucesores, es decir, a su hija y a quienes ella designará como sus principales colaboradores.

Por activa y por pasiva, el Banco Santander tiene en sus manos el futuro de alguna de las mayores empresas del país. Telefónica es un caso muy claro de ello. Los grandes periódicos mucho más: si Ana Patricia Botín decide que ya está bien de mirar para otro lado, como su padre llevaba haciendo desde hacía años por la razón que fuera, y de un día para otro, sin tener que pedir permiso a nadie, ordena mandar al juzgado los impagos multimillonarios que esos medios tienen con su banco, los actuales dueños de esos medios se quedarán sin ellos. Por eso, lo prioritario es estar a buenas con la heredera. Cuyas intenciones son una incógnita. Pues aunque su padre no dejara de aumentar los dividendos –también para acallar cualquier descontento interno- y aunque las cifras oficiales sobre la marcha del banco sean aparentemente muy buenas, no hay poco descontento entre los principales accionistas del Santander, y particularmente entre los poderosos fondos de inversión. Para esas gentes insaciables el Santander no va tan bien como parece y lo que es más serio, su inmensa estructura, presente en decenas de países, presenta demasiados flancos débiles que un día pueden convertirse en vías de agua.

Por tanto, la hija de Botín no va a tener más remedio que tomar medidas. Y muchos de esos prohombres cuyo negocio y sus sueldos increíbles dependen de que el Santander les siga tratando bien temen que las cosas les puedan ir peor, o mucho peor, con la nueva presidenta. Por eso se han deshecho en elogios a su padre. Sin reparar en que a los ojos de los ciudadanos corrientes han quedado a la altura del betún. Olvidándose de que para una mayoría de españoles –lo han dicho y repetido las encuestas– la banca es una de las mayores responsables de las desgracias que aquejan al país. Y que para esa mayoría Emilio Botín era la representación máxima de la banca, el malo por antonomasia de la película.

Que los presidentes de las grandes empresas desprecien la opinión de la mayoría confirma lo que ya se sabía, aún siendo un tanto incongruente, pues esa gente también son clientes. Que lo hagan los gurús de los grandes medios llama bastante más la atención, pues tanta loa a Botín puede hacerles perder la poca credibilidad que aún conservaban. Pero que Rajoy y Sánchez se sumen con pasión al coro de las plañideras es simplemente un despropósito. Porque muchos de sus votantes, los del PP y los del PSOE, no lo van a aceptar. Y porque pueden haberse quedado con el culo al aire, confirmando a los ojos de muchos que lo que de verdad les importa y ha guiado sus pasos es el beneplácito de la banca.

¿Por qué lo han hecho? ¿Porque deben mucho dinero al Santander o porque necesitan de sus créditos y donaciones bajo manga para que sus partidos sigan funcionando? ¿Porque se pueden quedar sin comprador de títulos de deuda pública, y aunque esto va para el gobierno, el PSOE parece seguir en esa lógica? ¿Por qué necesitan de ese y de los demás bancos para llevar a cabo distintos proyectos? ¿O simplemente porque creen que es lo que se espera de ellos en los círculos del poder?

Sea por lo que sea, podían haberlo hecho de otra manera. Sin despreciar a la gente, sin tener que demostrar a las claras que van todos en el mismo tren. A no ser que el de la sumisión pura y dura, servil y sin ambages, sea el único lenguaje que entienden los banqueros. Al menos los españoles, que por otros lares las cosas se hacen con más recato, manteniendo un tanto las formas, aunque el fondo no sea muy distinto.

 

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