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Los presos, nosotros y el voto

Un gobierno ha vetado un resultado electoral, y esto es gravísimo y tiene un nombre

Jordi Sànchez (JxCat): "Marchena gana el pulso a Batet"

El juez Marchena (centro).

Si esto que está ocurriendo lo leyéramos en una novela, Marchena sería claramente un saboteador del sistema que en apariencia defiende. Un porro, se llama en México: alguien aparentemente interno que lo revienta todo desde dentro. Un máster del contraespionaje. Un protagonista que sin duda se convertiría en el protagonista de una saga de suspense político. O como se ha dicho tradicionalmente en el Estado Español: un figura.

Marchena, si esto fuera mentira, sería un figura dicho con cierta exclamación involuntaria. Casi con caspa. “¡Joder, vaya figura el tío!”, algo así. Si fuera mentira, pero no lo es. La verdad es que un gobierno hecho de ciudadanos electos ha negado un derecho adquirido por cuatro ciudadanos también electos en las urnas. La verdad es: un gobierno español ha suspendido a cuatro diputados catalanes electos; la verdad es mucho peor: un gobierno ha vetado un resultado electoral. Y esto es gravísimo y tiene un nombre. Aunque tengamos que vigilar la ligereza con la que se usan ciertas conductas como si fueran adjetivos (nazi, fascista, nacionalista, etc), lo cierto es que desobedecer el mandato de las urnas tiene un nombre y sus consecuencias pueden ser terribles. Sobre todo, en una sociedad y un contexto que socialmente parece avalarlo o, cuando menos, omitirlo. Pecado cristiano que merece ser recordado como un acto inmoral pagano: la omisión a la justicia. También gravísimo. Igualmente impune.

Lo que pasa es que los nombres también están prohibidos. En Catalunya no se puede decir ‘presos políticos’ en los medios públicos y en muchos sitios del Estado Español no se puede decir de la monarquía lo que pensamos de la monarquía; por poner dos ejemplos. Y esa injusticia con la que convivimos, sin duda, es la misma injusticia con la que se convive en muchísimos lugares del mundo (si no en todos). Todos los gobiernos cometen actos indignantes a los que no tienen derecho ético (ni jurídico, si la ley fuera un lenguaje común a toda la ciudadanía). El nuestro resalta en algunas cosas, destaca por algunos méritos y merece nuestro aplauso por algunas decisiones. Pero más allá del gobierno que ha ganado las últimas elecciones, más allá de los pactos y los ententes, hay una maquinaria de estado que brutaliza incluso a los gobiernos. Es una maquinaria que no sólo tiene que ver con la política sino que también está alimentada por el mercado, el poder financiero, los poderes eclesiásticos y las viejas fundaciones. Y ese poder es el que a menudo entorpece que la democracia pueda defenderse a sí misma.

Esto es lo que ha ocurrido ahora. No solo que un gobierno haya negado el derecho a representación de cuatro políticos otorgado por la ciudadanía de manera libre y privada. Sino que además un poder oscuro y miserable, un poder que va más allá de nuestro territorio y que tiene que ver con intereses globales del mercado, lo ha solapado. Las razones puedes ser muchas, puede haber muchos argumentos. Pero no podemos olvidar que han obviado nuestro voto. Que una vez más han obviado nuestro voto. Y que esto puede lograr que mucha gente considere innecesario votar. Esto sí sería catastrófico. Resistamos.

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