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Cuando se pretende que la lucha suníes-chiíes lo explique todo

La decapitación por Arabia Saudí del clérigo chií Nimr al Nimr y de otras 46 personas no se reduce a una cuestión meramente religiosa o sectaria

Riad busca frenar la mejora de las relaciones entre EEUU e Irán, desviar la atención de su crisis económica y ganarle terreno a Teherán en Siria y Yemen.

Más allá de que los sectarismos existan, la apuesta por avivarlos es desde hace décadas una estrategia de actores internacionales como Francia, Reino Unido o EEUU, que defendieron cuotas sectarias en Líbano, Israel o Irak.

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Mohamed bin Salman, hijo del rey saudí y ministro de Defensa (el más joven del mundo), con el ministro del Interior saudí

Mohamed bin Salman, hijo del rey saudí y ministro de Defensa (el más joven del mundo), con el ministro del Interior saudí

Con el interés de no ahondar en cuestiones políticas y geopolíticas, think-tanks, lobistas y gobiernos agitan el fantasma del sectarismo para reducir los enfrentamientos actuales en Oriente Medio a una cuestión entre suníes contra chiíes y viceversa. Así se difuminan otras razones que no interesa que se conozcan.

Si todo fuera una lucha sectaria sin más, no podríamos explicar por qué el Ejército egipcio al servicio del golpista presidente Abdelfatah Al Sisi, suní, mató e hirió en solo una semana a miles de manifestantes egipcios, suníes. O por qué el gobierno de Egipto, suní, es amigo de Israel y enemigo del gobierno palestino de Gaza, también suní.

Tampoco podríamos explicar por qué en Siria luchan entre sí grupos armados suníes de la oposición. Ni podríamos nombrar las disputas de poder que ha habido entre Arabia Saudí y Qatar, ambos suníes. O deberíamos ignorar los enfrentamientos armados entre diversas milicias libias, suníes.

Tendríamos que olvidar también las tensiones políticas existentes entre algunos grupos palestinos, todos suníes. Deberíamos obviar cómo en los años ochenta los chiíes de Irak lucharon en las filas de su país contra el país de los ayatolás, el chií Irán. Ignoraríamos la profunda enemistad entre el gobierno de Turquía, suní, y los kurdos de la zona, la mayoría de ellos suníes.

Tampoco podríamos detenernos en las enemistades entre Al Qaeda e ISIS. Ni nombraríamos el abismo que separa a los manifestantes suníes de las revueltas en Túnez del régimen contra el que protestaban, liderado también por suníes.

En definitiva, tendríamos que reducir las poblaciones de Oriente Medio a simples entes impulsados exclusivamente por sectarismos religiosos, alejados de la política, de la economía y de un contexto marcado por ocupaciones militares y luchas por el control de materias primas como el gas y el petróleo.

Lo cierto es que la decapitación por el régimen suní de Arabia Saudí del clérigo chií Nimr al Nimr y de otras 46 personas no se reduce a una cuestión meramente religiosa o sectaria. Detrás de ella hay una estrategia política por parte de la monarquía saudí, en una huida hacia delante que busca frenar la mejora de las relaciones entre Estados Unidos e Irán, desviar la atención de su crisis económica interna y ganarle terreno a Teherán en Siria y Yemen.

Riad mantiene con Teherán no solo disputas por el liderazgo político regional, sino rivalidades económicas en un momento en el que Irán pretende impulsar sus ventas de petróleo.

Cuando Occidente apoya divisiones sectarias

Más allá de que los sectarismo existan, la apuesta por avivarlos es desde hace décadas una estrategia de antiguas metrópolis como Francia y Reino Unido y de actores internacionales como Estados Unidos.

Ahí está el ejemplo de Francia en Líbano. Como potencia internacional, en los años veinte del siglo pasado el gobierno galo dividió Siria y Líbano para tener bajo su control un enclave con mayoría cristiana, y estableció en él un sistema parlamentario de cuotas que fomentó la separación de la política en función de la pertenencia a una secta u otra. Las consecuencias de aquello llegan hasta día de hoy.

Veinte años después, la comunidad internacional apoyó la división de un territorio, Palestina, en función de la pertenencia de sus habitantes a una etnia y religión, con la creación de Israel, un país definido a sí mismo como judío, que trabajó duro para expulsar a cientos de miles de árabes palestinos, y que mantiene privilegios para los judíos y discriminación para los árabes.

Décadas después, en 2003, Estados Unidos también aplicó un patrón sectario en Irak, un país en el que hasta la fecha un tercio de los matrimonios eran mixtos. Washington apoyó a grupos chiíes que permitieron la persecución sectaria de suníes y apostó por un modelo político que otorgaba el gobierno a agrupaciones chiíes por ser los chiíes la mayoría social del país.

De esta forma se allanó el camino para reducir la política a la pertenencia a una secta u otra. Los resultados no se hicieron esperar: las ventajas otorgadas por las fuerzas de ocupación a las agrupaciones chiíes unieron a suníes muy diferentes, hasta el punto de que exbaazistas terminaron colaborando con yihadistas en una unión imposible de imaginar poco antes.

Que el sectarismo no sea la única explicación de lo que ocurre en Oriente Medio no significa que no exista. Existe y aumenta peligrosamente, porque conviene a muchos de los actores implicados, interesados en que se difuminen del debate público las otras causas de los conflictos en la región.

Ahora bien, la realidad es compleja y tratándose de esta zona, más aún. Reducirla a una cuestión de bárbaros que luchan en guerras religiosas sería desde el punto de vista estratégico una torpeza, desde lo político una trampa y desde lo mediático un simple engaño.

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