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La próxima vez que salga del metro de Gran Vía es posible que ya esté muerto

Quizá haya estado toda la noche en vela, tanteando portales, vigilando la apertura inminente de las puertas de hierro que separan la calle del laberinto subterráneo

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Me pregunto si habrá cambiado del todo su suerte

Me pregunto si habrá cambiado del todo su suerte Pablo J. Álvarez

Desde hace varios años, siempre que salgo del metro de Gran Vía me hago la misma pregunta. ¿Estará ahí la próxima vez que suba las escaleras? Ahora, esa parada está cerrada y cuando paso cerca miro hacia todos los lados, esperando verle, pero nada. La pregunta en cuestión, la de si aguantará o no un día más, surgía siempre después de adivinarle en el suelo, de buscar su mirada, de detectar si respiraba.

Muchas veces estaba tan recostado sobre las baldosas oscuras y enfrentado a la pared, que temía el desenlace fatal, la respuesta definitiva a mi insistente pregunta. Es posible que hubiera estado toda la noche en vela, tanteando portales, vigilando la apertura inminente de las puertas de hierro que separan la calle del laberinto subterráneo. Lo que para mí solía ser el comienzo de una jornada laboral, para él era el inicio de un descanso incómodo y duro, abrigado con un saco viejo. Después de la pregunta casi automática, me daba paz volver a verle y así podía seguir con mi camino a lo largo de la Gran Vía.

¿Estará ahí la próxima vez que salga de esa boca de metro? Resuena ahora el interrogante en mi cabeza mientras camino por otra ruta con prisas porque antes de llegar al trabajo suelo comprar un café con leche, de los que cuestan un euro y saben a rayos. En unos minutos, mi mente empieza a ocuparse de otras cosas y la pregunta que compunge está en el desván de los pensamientos. Ni soy perfecta, ni aspiro a serlo.

Pero con la Gran Vía levantada, el sofoco del verano y la parada cerrada, hace meses que no le veo. Escudriño la fachada del edificio de Telefónica porque algunas veces descansa ahí por la tarde, en busca de las sombras o de los huecos de las puertas para resguardarse del frío. Pero nada. Es alto y tiene pies de gigante. Hubo un invierno que llevaba dos agujeros, uno en cada deportiva Paredes, para que le cupiesen semejantes pezuñas.

No lo conozco y no creo que nunca me atreva a saludarle, a preguntarle su nombre, pero me lo imagino tímido e inteligente. Si me preguntas que a qué se dedicaba en otra vida, diría sin dudar que en otra vida fue maestro. De los antiguos, de los la escuadra y el cartabón, de los que hablan despacio y visten de pana.

Sin saber muy bien de dónde nace la triste obsesión, ahora también me detengo en otras paradas cercanas, miro por las escaleras y a los lados de los fotomatones que ya casi nadie usa, pero siempre parecen relucientes. Trato de recordar si solía pedir dinero o si simplemente estaba ahí quieto, mirando a la nada. Me pregunto si le habrán extorsionado, si le habrán pegado en alguna noche fría o si habrá cambiado del todo su suerte.

La próxima vez que salga del metro de Gran Vía, espero volver a verle.

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