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El reto de Syriza y la izquierda

"Nuestra lucha y la de Syriza ha sido un ejercicio de pedagogía constante para demostrar que, efectivamente, la economía puede ponerse al servicio de la gente. Que sólo es necesaria voluntad política para iniciar una transformación diferente, y que es la ciudadanía la que decide en última instancia", afirma el autor

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El PSOE aconseja a Tsipras que no dé lecciones y que se ocupe de Grecia

Alexis Tsipras, líder de Syriza, en un acto de Izquierda Unida. / Efe

Lo que está en juego en Europa no es sólo un puñado de gobiernos o la correlación de fuerzas en los parlamentos. Lo que está en juego en Europa es el modelo de sociedad que prevalecerá tras la crisis. Y ello está estrechamente relacionado con la economía.

Llevamos muchos años diciendo que en España estamos sufriendo una crisis de régimen. Y con ello nos referimos a lo que Gramsci llamaba una crisis orgánica, esto es, una crisis que manifiesta las contradicciones económicas y que al no poder ser resueltas por el bloque social y político dominante –las élites político-económicas– también se traduce en crisis del propio bloque dominante. Eso es lo que abre una oportunidad histórica para la disputa del poder político por parte de las clases populares y de sus representantes políticos.

Pero, por supuesto, no cabe victoria real alguna si se carece de una propuesta económica alternativa. Una propuesta consistente es necesaria para transformar la sociedad. Sin ella, ganar los gobiernos es puro teatro. Sería un simple recambio de élites, de piezas nuevas que operan en el mismo tablero y con las mismas reglas viciadas. De ahí que sea tan importante tanto hacer un diagnóstico preciso como plantear tales alternativas. Y en eso es en lo que muchos llevamos trabajando años, especialmente en los países de Europa del Sur.

El caso de Grecia

Hace unos días me reuní en Berlín con el economista jefe de Syriza, John Milios, para compartir algunas reflexiones sobre el momento actual de la crisis tanto en España como en Grecia. También compartimos nuestras respectivas propuestas económicas, que en esencia son las mismas.

Ambos impugnamos que en Europa exista por un lado un modelo exitoso, el alemán, y por otro lado un modelo fracasado, el español o griego. Existe, en realidad, un único sistema que ha permitido operar de forma simbiótica distintos modelos de crecimiento económico. Es decir, el modelo de crecimiento económico de España-Grecia y el de Alemania se han necesitado mutuamente. El centro y la periferia de Europa forman en conjunto una totalidad económica coherente.

Es esa configuración económica particular la que ha permitido que tanto centro como periferia pudieran disfrutar de importantes tasas de crecimiento económico que, a su vez, generaban altos niveles de empleo. Pero en tanto que los fundamentos de ese crecimiento eran frágiles y desde luego coyunturales, puede decirse que en los últimos años hemos presenciado un espejismo económico en toda la Unión Europea. En toda, no sólo en los países del Sur.

Antes de la crisis los desequilibrios por cuenta corriente, tanto en España como en Grecia, eran alabados por las instituciones europeas como síntomas de la convergencia económica entre países del centro y países de la periferia. Ahora esas mismas instituciones consideran tales desequilibrios la fuente de todo problema. Pero en realidad esos desequilibrios han sido siempre el reflejo de ese modelo de crecimiento simbiótico entre el centro y la periferia. Un modelo en el que, en términos coloquiales, los coches alemanes que se vendían en España se compraban con dinero prestado por Alemania.

La estrategia neoliberal ignora esta situación. Y por lo tanto, más que resolver los problemas económicos está profundizándolos. En una especie de huida hacia delante se ha optado por una estrategia de devaluación salarial que dice pretender la corrección de los desequilibrios comerciales del Sur. Sólo los del Sur, además. Cuando, en realidad, no sólo los desequilibrios son también del Norte sino que además sólo podrán corregirse si se modifica por completo la estructura productiva y las relaciones comerciales entre los países miembros. Algo mucho más ambicioso –y en cierta medida antagónico- que bajar los salarios a los más pobres.

Por eso el proyecto económico neoliberal, basado en el ajuste permanente sobre los países del sur, no sólo es un error económico. Es también la agudización radical de las tendencias anteriores de precarización laboral y desmantelamiento del Estado Social. La crisis está siendo utilizada como una especie de “doctrina del shock” con la que justificar la aceleración de la transformación social que promueve el neoliberalismo.

Nuestra propuesta, la compartida por el Partido de la Izquierda Europea (donde estamos 31 partidos, entre ellos Syriza y Die Linke), es llevar a cabo otro tipo de transformación social. Y para ello es obviamente necesaria la solidaridad internacional. No puede concebirse a la Unión Europea como el cortijo de los grandes capitales financieros, ni de las élites políticas del Norte. Hay que ser tan solidarios como radicales, yendo a la raíz de los problemas y atajándolos colectivamente.

Las propuestas centrales

Syriza basa su propuesta en cuatro pilares. El primero, combatir la crisis humanitaria abierta por la crisis y la gestión neoliberal de la misma. El segundo, la transformación productiva a partir de medidas tales como la reestructuración de la deuda privada y pública. El tercero, la recuperación del empleo a través de un plan de trabajo garantizado y la subida del salario mínimo interprofesional. Y el cuarto, la reforma democrática Estado.

Estos cuatro pilares son el sostén de un edificio alternativo que, ciertamente, impugna el diseño actual de la Unión Europea. Al fin y al cabo, la Unión Europea actualmente existente y su arquitectura ha sido diseñada para evitar cualquier alternativa al neoliberalismo. Pero lo importante de las propuestas de la izquierda es que ponen de relieve que son técnicamente viables y que lo que falta es la voluntad política necesaria.

Las medidas que forman parte de este programa inicial de Syriza, que en todo caso es un primer paso, son viejas conocidas de la izquierda española. La propuesta de garantizar la electricidad y el agua, la sanidad o la educación para todos los ciudadanos ha sido ampliamente debatida en el Congreso a propuesta de Izquierda Unida. También la creación de un stock de viviendas públicas en alquiler barato. O la reestructuración de la deuda pública, la creación de una banca pública, la regulación del sistema financiero, la reforma fiscal progresiva, el plan de trabajo garantizado o la subida del salario mínimo interprofesional. Entre tantas otras. Yo mismo he sido el portavoz encargado de defenderlas todas ellas durante los tres últimos años. Eso sí, propuestas siempre rechazadas por el Partido del Orden, el bipartidismo del PP y PSOE.

Pero hay mucho de éxito en todos estos intentos. Decía Joan Robinson que había que estudiar economía para evitar ser engañados por los economistas. Nuestra lucha y la de Syriza ha sido un ejercicio de pedagogía constante para demostrar a los ciudadanos que los economistas convencionales, los Montoro y compañía, mienten y traicionan nuestros intereses. Pero también para demostrar que, efectivamente, la economía puede ponerse al servicio de la gente. Que sólo es necesaria voluntad política para iniciar una transformación diferente, y que es la ciudadanía la que decide en última instancia.

Estamos ante una oportunidad histórica para transformar Europa. Los tiempos de la economía son muy distintos a los tiempos electorales, y lamentablemente queda aún mucho recorrido de esta crisis capitalista. Son muchas las penurias a las que se empuja a la población, y el deber de la izquierda es, a mi juicio, crear un escenario de esperanza política que cristalice lo antes posible. No cabe duda de que el reto de los pueblos europeos y de la izquierda no es pequeño. Pero como reto ineludible conviene dejar claro ante todo que, como se puso de moda ya en la campaña de Bill Clinton, ¡es la economía, estúpido!

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