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El rey estupefacto o ¡por qué no te callas!, Juan Carlos I

La prudencia y el silencio siguen siendo virtudes de las que carece Juan Carlos I, por muy rey que haya sido o muy emérito que siga siendo

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El rey Juan Carlos asiste a la corrida del día de San Isidro en Las Ventas

El rey emérito Juan Carlos I junto a su hija la infanta Elena. EFE

Durante muchos años Juan Carlos I estuvo al margen de todo control. Inmune e impune, solo recibía halagos y piropos. Su "borbonía" era festejada; sus ocurrencias, aplaudidas; sus desmanes, ocultados. Casi nadie osaba criticar aquel negocio o esa furtiva relación, todo parecía estar justificado por los servicios prestados. La democracia y el frenazo al golpe de estado del 23F llevaban su firma y muy pocos osaban discutirlo. Pero un día la magia se diluyó: lo que antes hacía gracia, de pronto causaba tristeza y lo que se pasaba por alto, empezó a indignar.

El entonces rey hizo caso omiso a las llamadas de atención. No solo siguió viviendo a su aire, muy claramente por encima de sus responsabilidades éticas y constitucionales, sino que apretó el acelerador de sus frivolidades. Ya fuera de control, un día provocaba un incidente internacional, al otro aceptaba regalos inadecuados y al siguiente se enredaba en un culebrón de corruptelas con su yerno Urdangarin. Hasta que un golpe de cadera y un elefante muerto y humillado contra un árbol lo puso todo patas arriba.

Su famosa frase "lo siento mucho. Me he equivocado y no volverá a ocurrir" fue el inicio del fin, el epitafio de su reinado. Apenas dos años después de pronunciarla, el 2 de junio de 2014, en un gesto insólito, abdicó en su hijo Felipe. Probablemente él no quería, pero su entorno era consciente de que no solo el monarca había perdido la batalla de la opinión pública, la propia institución estaba ya en zona de peligro.

Empezó así una situación insólita. Si los republicanos ya estábamos un poco hartos de tener un rey, de pronto nos encontramos con dos. Uno, Felipe VI, en ejercicio y el otro, Juan Carlos I, emérito. Un lío que ha ocasionado no pocas confusiones y algún que otro incidente protocolario. Nada especialmente grave hasta el pasado miércoles 28 de junio, día en el que se celebraba con solemnidad en el Congreso el 40 aniversario de la recuperación de la democracia en España.

Al parecer, en Zarzuela se dieron cuenta de que –dicho en castizo– dos gallos no podían estar en el mismo corral, y decidieron que el gallo emérito viese la ceremonia por la televisión. Sabían que no le iba a sentar bien, que incluso podía resultar un tanto extraña la situación, ya que se celebraba algo de lo que se supone autor al gallo padre, por muy emérito que ahora sea, pero confiaron en su silencio y su prudencia. Y se equivocaron. Ya hemos visto que la prudencia y el silencio siguen siendo virtudes de las que carece este señor, por muy rey que haya sido o muy emérito que siga siendo.

Dicen los que saben que Juan Carlos I estaba irritado, estupefacto. Que no entendía que hubiesen invitado a los nietos de Pasionaria y le estuviesen ninguneando a él, que había despejado su agenda aplazando compromisos y divertimentos varios. Y como un crío caprichoso, comportándose de manera irresponsable, corrió a quejarse a sus más allegados, para que sin tardar estos se lo contaran a los medios, confirmando las razones de su forzada abdicación y demostrando lo evidente: nadie merece por herencia estar por encima de los demás ciudadanos.

¡Por qué no te callas! debió pensar una vez más Felipe VI.

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