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Todos robaríamos (si pudiésemos)

El retrato de Carmen Laffón a Miguel Blesa, guardado en un almacén en el sótano de la antigua sede de Caja Madrid. Foto: Marta Jara.

Jose A. Pérez Ledo

En el primer pico de la crisis, cuando los periódicos titulaban rescate, quiebra y caos, pensé: bueno, al menos esta situación nos enseñará algunas lecciones. La importancia de la educación, los peligros del pelotazo, del éxito fácil y de la especulación como forma de riqueza.

Lo hablé con amigos, porque entonces, igual no lo recuerdas, solo se hablaba de ay, Dios mío, que nos vamos todos a la mierda. Y, cada vez que exponía mi teoría, “esta crisis algo bueno traerá”, la gente me miraba como si fuese yo un pobre idiota o, lo que es peor, un optimista.

Han pasado los años, la alerta roja está ahora en ámbar, y se confirma que, en efecto, la crisis nos ha hecho más pobres y más acomplejados, pero no más sabios ni responsables. Sí parece haber una mayor exigencia ahora con los habitantes de las altas esferas, pero uno se pregunta si no será poco más que una rabieta. Un cabreo.

No descubro nada si digo que el postureo regeneracionista del PSOE, PP e IU choca de frente con las portadas de los periódicos. Ahí, en nuestra prensa, el desparrame sigue, más o menos como si tal cosa. Continúa el desfalco nacional, con tarjeta black o en efectivo, y continúan en su puesto quienes ampararon a los mangantes y quienes les justifican. Continúa la manipulación descarada de medios públicos (véase, con piel de gallina, el nuevo fichaje para el despacho grande de RTVE), la mágica compatibilización de incompatibilidades, las puertas giratorias con destino al Ibex-35, y la amnesia selectiva que sufren los ladrones, sus esposas y allegados.

¿Y quién tiene la culpa de esto?, preguntará ese español medio, habituado, desde chico, a cargarle el muerto al vecino. Yo me inclino por culpar a quien quiera que inventase la picaresca, allá por el Siglo de Oro, convirtiendo el delito en género literario y, de rebote, en fenómeno cultural. Seguramente fue el mismo (o la misma) que inauguró aquello del “todos haríamos lo mismo en su lugar”. O sea: todos pillaríamos cacho en un consejo de administración de poder hacerlo, todos haríamos un Gallardón o un González (por Felipe lo digo), todos pagaríamos el hotel con la tarjeta negra y pondríamos la mano en el fuego por nuestro colega de cuentas B (por Felipe lo digo también).

El “todos haríamos lo mismo si pudiésemos” es el eslogan del desastre económico, ético y cultural de nuestro país. Y la crisis no parece haber hecho mella en esta filosofía. Por eso, además de perseguir a los ladrones, convendría luchar, desde todos los frentes, contra esa idea tan española de que la honradez es cosa de idiotas. De lo contrario, me temo, saldremos de la crisis exactamente igual que entramos, solo que más pobres y también más melancólicos.

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