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Los rostros de la esperanza

No me deis competiciones olímpicas ni himnos, si me queréis conmover, dadme un puñado de gente que –for one brief shining moment– ha alcanzado su noble objetivo, como aquellos que celebraban este miércoles la paralización del desahucio en Salt (Girona).

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FOTOGALERLÍA: La PAH resiste al desalojo del bloque de Salt. /CARLES PALACIO

La PAH resiste al desalojo del bloque de Salt. / CARLES PALACIO

¿Habéis visto las sonrisas de los hombres y las mujeres que, convocados por la PAH, arropan y defienden a los desahuciados del bloque de Salt? ¿Y las de los ocupantes del edificio? Del suelo a los balcones, y de aquí hacia abajo, rostros resplandecientes enredaban en un objetivo común, luchar y vencer, sus muestras de felicidad. Celebraban la orden de paralización temporal del desalojo, recién dictada por el Tribunal Europeo de Derechos Humanos de Estrasburgo. Dure lo que dure. Un pasito. Un precedente. Una alegría, en estos tiempos sórdidos y arbitrarios. Conviene atesorarla.

Hay un verso del musical Camelot grabado en mi sensibilidad para siempre, y que he recuperado ante esas caras felices, esos gestos de júbilo. Lo canta Arturo al final –tengo la versión teatral por Richard Burton, añeja y hermosa– cuando, arruinados sus sueños de un reino justo y pacífico, le encarga a un muchacho que expanda por el mundo este mensaje:

That once there was a spot

For one brief shining moment that was known

As Camelot.

Es el momento de la esperanza, de la ilusión, del éxito, en una dura contienda contra los monstruos. Lo sabemos breve y es luminoso precisamente por eso, porque tampoco ignoramos que los aniquiladores continúan su devastadora tarea. Sin embargo, ahí, en ese instante, quienes se les oponen consiguieron detenerlos. Venció el más noble de los deseos.

No me deis estadios de fútbol llenos hasta los bordes de camisetas y enseñas ni, mucho menos, desfiles militares con profusión de medallonas en pecheras y con niños cursis agitando banderitas. No me deis competiciones olímpicas ni himnos si me queréis conmover. Dadme un puñado de gente que –for one brief shining moment– ha alcanzado su noble objetivo, y permitid que contemple cómo la dicha abre sus semblantes al sol interior del espacio común conquistado. Son segundos así, cortas ráfagas que ventilan la atmósfera hedionda, los firmes mojones que otorgan algún sentido a esta maltratada carretera de la vida.

Como soy multitarea, escuchaba las noticias en la radio y, a la vez, seguía en directo por internet la supuesta sesión de control del Gobierno. Y la única vía de salvación –la tercera, esta vez la buena– que me llegaba para aguantar la ira que suele producirme la ramplona retórica habitual, el único reducto contra la fuga de cerebros protagonizada por los parlanchines cuerpos, era ese mar de gente que, en Salt, representan a los muchos miles más que, en rebelión en toda España, agitan la negra noche del desahucio.

Ocurra lo que ocurra cuando, el 29 de este mes, Estrasburgo pronuncie la sentencia definitiva, un cierto tipo de Camelot está siendo posible, y estalla de colorido en la calle, negándose al gris marengo que quieren imponer los enterradores. Solidaridad, lo llamamos. Y fraternidad, con permiso de los franceses.

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