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Nos vigilan, bueno, ¿y qué?

Hay algo que me impresiona más que las revelaciones de Snowden: la indiferencia que nos provoca sabernos vigilados

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La noche del domingo no pegué ojo tras ver a Edward Snowden en ‘El Objetivo’, y este lunes no he podido probar bocado después de leer la entrevista en eldiario.es. Así llevo más de veinticuatro horas: insomne y con el estómago encogido. Escandalizado por lo que hacen los gobiernos y las compañías de comunicaciones. Concienciado en proteger mi intimidad a partir de ahora. Y dispuesto a sumarme a cualquier iniciativa para denunciar a quienes nos vigilan sistemáticamente.

No, no es verdad. El domingo dormí a pierna suelta, y el lunes comí mientras leía la estupenda entrevista de Marta Peirano. Mi escándalo se consumió en el bar de la esquina con un par de indignadísimas cañas. Mi concienciación se esfumó a la hora de descargarme una nueva app (“he leído y acepto las condiciones de uso”, clic). Y mi disposición a denunciar, bueno, hay tantas injusticias en el mundo que uno nunca sabe por dónde empezar…

Hay algo que me impresiona más que todas las revelaciones que puedan hacer los Snowden y Assange habidos y por haber: la indiferencia que nos provocan. Nos vigilan, comercian con nuestros datos y metadatos, disponen de “la historia secreta de nuestra alma” (Snowden dixit), pero nos importa un bledo. A mí el primero, eh.

Si de pronto supiéramos que los servicios secretos entran en nuestras casas cada noche, mientras dormimos, y lo registran todo a fondo, nos espantaríamos, protestaríamos. Pero que puedan pasearse por nuestra “alma” en forma de llamadas, correos, navegación y metadatos a tutiplén, no pasa nada. No sé, puestos a temer, yo a veces preferiría que me viesen dormir y me registrasen la mesilla de noche antes que mis huellas electrónicas.

Nuestro argumentario para convivir con todas esas revelaciones es muy pobretón, pero nos da para seguir tirando: “Es por nuestra seguridad”, aunque una y otra vez se demuestre que son otro tipo de medidas las que han impedido atentados en los últimos años. “En realidad no tienen capacidad para procesar tanta información, que la guarden no quiere decir que la revisen”. Claro, claro. Hacemos búsquedas en milésimas de segundos entre millones de resultados en Google, pero creemos que las agencias de seguridad trabajan con becarios leyendo correos y escuchando grabaciones una por una.

Ah, y mi favorita: “Total, yo no tengo nada que ocultar”. Vale, pues déjame un rato tu móvil y tu ordenador, que quiero curiosear un rato. ¿Ah, que no?

Oímos a Snowden y lo primero que se nos ocurren son chistes y memes sobre el porno que vemos en el portátil. Sabemos que las mismas empresas que nos cobran por sus dispositivos y servicios, sacan además un beneficio extra con nuestros datos y metadatos, pero qué le vamos a hacer, la intimidad es una cosa del siglo XIX, renunciar a ella es el precio a pagar por disfrutar de chismes tan prodigiosos. Baratísimo, oiga. Y lo de 1984, mejor lo dejamos, que ya cansa escucharnos repetir eso de “la distopía de Orwell se ha hecho realidad”. Mejor te haces una camiseta graciosa sobre el Big Brother.

Viendo lo poquísimo que nos importa sabernos hipervigilados, sospecho si en realidad, además de monitorizar las comunicaciones, no entraran también en nuestras casas de noche: para echarnos algo en la bebida.

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