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Con tacto

Barcelona, 1 Oct. 2017

Begoña Huertas

El pasado fin de semana me encontraba leyendo El sentido olvidado, un ensayo de Pablo Maurette sobre la importancia del sentido del tacto, cuando empezaron a llegar las imágenes de la carga policial contra la movilización prorreferéndum en Catalunya.

De pronto aparecían en pantalla grupos de personas que, cogidas del brazo, codo con codo, se agrupaban para ofrecer una resistencia pacífica a la policía nacional enviada por el Gobierno del PP para disolverlos. En una de las fotografías más icónicas de la jornada pueden verse las manos de varias personas agarrándose unas a otras, aferrándose al hombro que tienen delante o apoyándose en la espalda ajena. La proximidad, el cuerpo a cuerpo, genera intimidad, lo que supone también ipso facto una mayor implicación emocional. Se puede mirar sin ser visto, escuchar sin ser oído, pero uno no puede tocar sin ser tocado. Excepto la policía, que llevaba guantes y estableció el contacto a golpes.

En una explosión sensorial, estos días pudimos oler el tufo a naftalina y sudor rancio de algunas banderas preconstitucionales y brazos en alto. También sufrimos el mal gusto del comentario sobre la colada del señor Albiol, los trapos sucios del machismo. Pero sobre todo, en esta sociedad de la imagen, las cosas entran por los ojos. Quizás por eso la contrapartida al sentido de la vista, la ceguera, se ha vuelto un recurso tan habitual como mecanismo de defensa cuando la realidad no es como se desea.

Igual que Mariano Rajoy sólo constataba unos “hilillos de plastelina” ahí donde había toneladas de crudo contaminando en el mar, el ministro de interior dijo que el domingo no había habido un referéndum sino un paripé. Yendo un paso más allá, Soraya Sáenz de Santamaría afirmó: “No ha habido referéndum ni apariencia de tal”. O sea que ni siquiera hubo paripé. No hubo nada. Negar lo evidente puede evitar conflictos a corto plazo, pero todos sabemos que taparse los ojos para no ver el monstruo no acaba con el monstruo.

La experiencia de sentir es personal y difícilmente comunicable. De ahí que en los talleres de escritura sea un clásico el famoso “no lo digas, muéstralo”, que insiste en acentuar en el relato el detalle sensorial evitando la abstracción. Por el contrario los proyectos, las ideas pueden compartirse, ponerse en común, hablarse. Para conseguir ese diálogo el sentido más necesario es el oído. Habría que hacer un esfuerzo por escucharse por encima del ruido que generan los eslóganes, las consignas, la bronca de mensajes rápidos y superficiales de tuits y de titulares.

Estos días ha habido un exceso de contacto y una clarísima falta de tacto. La sensibilidad está a flor de piel y el gobierno de Rajoy se ha movido como esos topos ciegos y sordos, abriéndose camino a golpes. Cuando los sentidos fallan, o ante un exceso de estímulos, hay que recurrir a la razón. O si se quiere, a otro sentido, el sentido común.

El libro de Maurette, publicado por Mardulce, es una fantástica exploración de la sensacion táctil a través de la filosofía y el arte, pero además me sirvió para constatar la necesidad del intelecto a la hora de encarar tantos estímulos sensoriales. Porque si para tocar hay que acercarse, hay que alejarse un poco para poder mirar bien.

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