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Contra el terror, libertad y eficacia

José María Calleja

Se trata de saber cómo se hace la digestión democrática después del impacto brutal de la matanza.

En Estados Unidos, tras el devastador atentado de las Torres Gemelas (2001), se declaró la guerra, se propagó la consigna mundial de que había armas de destrucción masiva en los países con los que se quería guerrear, se instauró el Patriot Act y se fundó la máquina de torturas y limbo jurídico de Guantánamo, aún no clausurado. Se instauró entre los estadounidenses el miedo, la desconfianza y la perplejidad por no entender por qué les había pasado a ellos aquel ataque en su propia tierra. Ahí siguen.

En España, después de 191 asesinados y un policía tiroteado y con su tumba profanada (2004), no hubo una reacción islamófoba, a nadie le dio por asaltar mezquitas y el sistema penal y de libertades se mantuvo como estaba. Solamente la policía pasó de tener al terrorismo nacionalista vasco como único capaz de asesinar a considerar el terrorismo yihadista como peligro para la vida y la libertad. Numerosos terroristas han sido detenidos desde entonces a hoy.

En la modélica para todo Noruega, un blanco conservador, con granja bío y citas de Stuart Mill, Anders Behring Breivik, un noruego de libro, asesinó a sangre fría a 85 jóvenes socialdemócratas y multiculturales en Utoya, les llamaba “hijos del diablo” y disparaba a la cabeza de los que le suplicaban que no les matara. Ocurrió en julio de 2011, después de que Breivik pusiera una bomba en el centro de Oslo que mató a siete personas.

Jens Stoltenberg, primer ministro noruego, odiado por el asesino, llamó entonces a la nación para que el crimen no cambiara la forma de vida de los noruegos, para que no se incluyera el odio en su agenda. Un año después de la masacre, dijo: “el asesino falló, el pueblo ganó”. Siguen en sus libertades, aunque con una extrema derecha crecida en votos.

En medio de un silencio impresionante, Noruega no movió ni una línea de sus leyes, no dio ni un paso atrás en sus ejemplares libertades, no cambió su sistema educativo, basado en el fomento de la creatividad. El primero periodista y luego escritor Stieg Larsson había previsto en 1995 que una matanza podía ocurrir en Dinamarca o en Suecia. Hablaba Larsson de una creciente xenofobia, islamofobia y antisemitismo en países tenidos históricamente como equilibrados, contenidos y responsables, y en los que en los últimos años se detectaba un auge de la extrema derecha nacionalista, desde Holanda a Suecia, de Dinamarca a Noruega.

En Francia, la matanza de franceses humoristas, policías de origen argelino, Frédéric Boisseau, o nacidos en Martinica, Clarissa Jean-Philippe, de judíos que compran un viernes en una tienda kosher, ha convocado a una revitalización emocionada de los valores históricos de la República: libertad, laicismo, respeto al otro, pero, igual que entre los opulentos escandinavos, la ultraderecha, con la mayor fuerza electoral en la historia de Francia, ha encontrado que el culpable son los otros, que sobran, que son demasiados, que Francia para los franceses. Esto en un país que tiene en la inmigración de gentes provenientes de sus antiguas colonias una de sus señas de identidad desde hace décadas.

La policía francesa tenía información sobre los terroristas que han sembrado su odio en forma de muerte en París. Sin embargo, han actuado por sorpresa y han conmocionado a Francia y a Europa. El debate no debería ser restringir las libertades, antes bien, deberían fortalecerse, no dejarse contagiar por el autoritarismo que hay en los terroristas. El odio, la muerte y el miedo que definen a todos los terroristas deberían ser combatidos con toda la libertad y con la mejor de las eficacias policiales. Con toda la libertad que cabe en la portada de Charlie Hebdo, aun después de ser diezmado por la barbarie.

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