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La tragedia

Las medidas de distancia social y confinamiento afectan más a sectores vulnerables y las políticas deben tratar de compensar esas desigualdades para evitar repercusiones duraderas, advierten los científicos sociales. / Adobe Stock

Elisa Beni

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“Que muchos hombres prefieren lo que es mera apariencia y ultrajan la justicia. Todos dispuestos están a compadecer al infeliz, mas el dolor de la desgracia no muerde su corazón”

Esquilo. Agamenón

Entre pasteles, balcones y aplausos, puede que haya quien olvide que se ha vivido aquí mismo una tragedia. Puede que el periodismo haya renunciado a hacer su trabajo real y no haya sabido mostrarla en su crudeza. Otros creen que huir de lo sensacionalista era una forma de ética necesaria. Un término medio debería haber sido posible. Lo cierto es que no hemos visto la tragedia, pero la tragedia se ha desarrollado. Testigos hay de ello. Testigos que han echado el resto y a los que hemos difundido más bailando para infundirse ánimos que en los momentos en que lloraban, se derrumbaban o, simplemente, caían exhaustos.

Una tragedia se ha vivido, que no representado, una tragedia que ha tocado a miles de nosotros, que aún a estas alturas no saben cómo gestionar ni lo que se han visto obligados a hacer ni lo que deploran no haber podido conseguir ni el duelo que no hicieron o el adiós que no sellaron o el último beso que jamás depositaron. Ha habido una tragedia y, a pesar de ello, algunos olvidan el sufrimiento y buscan su catarsis acosando a los que nos sirvieron de baluarte frente a ella.

Les digo esto porque, ahora que nuestro interés se ha girado desde los hospitales a las terrazas, ahora que en vez de en EPI pensamos en piscinas, ahora que no aplaudimos sino que tomamos cañas, sucede que muchos médicos están recibiendo la recomendación de no hablar con nadie sobre lo sucedido por si puede ser usado en su contra y abogados buitre se ciernen sobre las residencias ofreciendo sus servicios apriorísticos “porque llegarán los problemas” y centenares de personas son llamadas a aplacar su dolor en los tribunales, como si estos alguna vez lo consiguieran.

CORO.- Se abatió sobre nosotros una desgracia que nadie pensó que superaría a nuestra soberbia.

Quiero hablarles de nuestros ancianos, de los que murieron sin que sus familiares pudieran despedirse de ellos, de los que no llegaron a un hospital, pero también de los que han conseguido salir sanos y salvos y de los sanitarios que se han dejado el pellejo cuidándolos, de los directores de residencia que han pasado los peores días de su vida para mantener a los suyos a flote y de los médicos de las residencias, los geriatras y los intensivistas que han hecho lo que parecía imposible por llegar hasta donde sus fuerzas les dejaron. No sé si muchos de los que se frotan las manos pensando en poner en aprietos judiciales a Ayuso se han dado cuenta de que esto nunca será posible sin pasar primero por la rueda de la duda a muchas de estas personas que han dado lo mejor y han intentado hacer lo mejor, cuando lo mejor era aún horrible.

Ya les adelanto que no creo que haya una causa penal contra los responsables políticos de la Comunidad de Madrid por este motivo. No dudo de que habrá casos concretos de malas prácticas, la mayoría investigados ya por la Fiscalía, pero no una gran causa penal que termine teniendo en su cúspide a los responsables de la Comunidad y a su cabeza visible. Creo que hay que ser honesto y contar que, lo mismo que les dije que la causa contra el delegado del Gobierno no existía, esta, la de los ancianos, tampoco es una causa general que se vaya a resolver en un tribunal.

Habrán oído hablar mucho de los protocolos que decían que no se derivara a los ancianos de las residencias a los hospitales, incluso que no se les derivara desde sus domicilios. Lo cierto es que, hubiera o no una instrucción administrativa, en estas cuestiones es la opinión médica la que prevalece. Dicho de otra manera, los médicos no tenían por qué hacer caso a esta instrucción. A mediados de marzo, la CAM asignó un geriatra de referencia a todas las residencias, un geriatra por cuyo criterio médico debía pasar cualquier toma de decisión. Durante el peor periodo de la pandemia hubo residencias que no encontraron ningún problema para derivar a sus ancianos a los hospitales a través de ese sistema. Los datos afirman que 8.691 ancianos madrileños murieron en los hospitales de COVID-19 –luego llegaron– y que 921 accedieron a cama en la UCI. El triaje, que se hizo, fue médico y no administrativo.

También me dicen que esa negativa a trasladar a los ancianos se produjo más en unas zonas y hospitales que en otros y que tenía que ver con la situación de colapso de estas infraestructuras y no con instrucciones o protocolos. Incluso algunos hospitales llegaron a obrar al revés y enviaron a sus equipos a las residencias que les habían sido asignadas, en lugar de trasladar a los ancianos. Si eso fue así, no puede achacarse a decisiones políticas imprudentes o dolosas las muertes que se produjeron, puesto que el mismo protocolo remitido por la CAM produjo resultados diferentes.

CORO- Se abatió sobre nosotros una desgracia que nadie pensó que superaría a nuestra soberbia.

También se ha hablado de la diferenciación por clases sociales en este acceso y se ha llegado a mencionar a “ancianos ricos” que sí pudieron llegar a la UCI en hospitales privados. Esta posibilidad no estuvo cerrada nunca para aquellas personas que tenían sanidad privada. Tampoco para los mutualistas o la clase media que paga su póliza. Hubo traslados a centros privados también desde residencias, porque así lo decidieron los familiares. Lo que esto realmente evidencia es que, a pesar de haberse puesto por decreto los recursos privados a disposición de lo público, no se produjo en efecto esa coordinación. No solo entre lo público y privado, sino tampoco entre los recursos públicos de las diferentes autonomías. No se usaron los trenes medicalizados para trasladar enfermos, pero es que algunas autonomías menos afectadas tampoco permitieron el traslado de su personal sanitario para ayudar donde había colapso. Algunos médicos decidieron entonces usar sus días de vacaciones en Andalucía, por ejemplo, para trasladarse voluntarios a ayudar en Madrid. Hubo falta de atención para algunas personas también por una imposibilidad manifiesta de distribuir los recursos existentes de una forma eficaz.

Existen residencias en las que no se pudo acceder al material necesario, algunas porque tenían centrales de compras de grupo, y residencias que no tenían la estructura arquitectónica adecuada para poder aislar y tratar, y residencias que tenían tomas de oxígeno en cada habitación, médicos 24 horas y tanatorio con cámara frigorífica. Todas recibieron los mismos protocolos, pero en todas la tragedia no ha azotado con la misma intensidad. Ha habido geriátricos que han enviado cada día una especie de “parte de guerra” a los familiares para que supieran lo que pasaba dentro y otros en los que no se cogía el teléfono y solo se ha comunicado a los familiares la necesidad de proceder a la sedación o incluso el fallecimiento. Todos recibieron los mismos protocolos.

CORO.- Se abatió sobre nosotros una desgracia que nadie pensó que superaría a nuestra soberbia.

Mi impresión, después de hablar con mucha gente y con muchos juristas, es que ni el caso Ayuso ni las querellas contra el Gobierno o contra los expertos que le han asesorado van a prosperar en el Supremo. Los reproches políticos no se van a transformar en procesos penales y en casos particulares en la vía civil o administrativa será necesario probar la causalidad respecto de cada concreta muerte y la de las personas que intervinieron en las decisiones.

Muchos de los que se han dejado el pellejo y casi el alma en esta tragedia se sienten injustamente acosados por los que a posteriori intentan juzgar lo que ellos debieron decidir en momentos dramáticos. Eso también lo estábamos aplaudiendo y no debemos olvidarlo. La mayoría de ellos, como la mayoría de los ciudadanos, lo que deseamos con todas nuestras fuerzas es que se pueda analizar de forma fría y desapasionada todo aquello que no estaba preparado para que volvamos a encontrarnos en la misma. No estaría de más adoptar una visión similar a la de la investigación de accidentes aéreos, en la que se establecen sistemas de comunicación “no culpable” que reducen las posibilidades de responsabilidad disciplinaria por errores cometidos o conocidos para que nadie los oculte y se pueda estudiar la realidad para mejorarla.

CORO.- Se abatió sobre nosotros una desgracia que se convirtió en tragedia. No hagamos mala política, consigamos que no vuelva a suceder.

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