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El vandalismo como arma política

Hay quien solicita una irracional reinstauración urgente del artículo 155 sin especificar para qué, ni durante cuánto tiempo, que son las dos condiciones de necesaria predeterminación antes de pensar en su implantación

La moderación solo puede ganar si es más fuerte que el extremismo que, en momentos como este, vive estimulado al extender un discurso de confrontación y aniquilación del oponente

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Una barricada separa a manifestantes y policías entre Pau Claris con Ronda Sant Pere en la quinta noche de protestas.

Una barricada separa a manifestantes y policías entre Pau Claris y Ronda Sant Pere en la quinta noche de protestas Sònia Calvó

Todo lo ocurrido en torno a los incidentes vividos esta semana en Cataluña ha cambiado la mirada que teníamos sobre la vida política en España. Hemos asistido a sucesos desconocidos. Aún es pronto para tener una mínima perspectiva de lo que ha pasado, de sus causas y de sus consecuencias. La amenaza de nuevos incidentes sigue presente, lo que dificulta aún más poder asimilar lo acaecido. El movimiento independentista catalán había marcado la no violencia como uno de sus puntales. La desastrosa gestión política que propició la actuación de las fuerzas de orden público el 1-O de 2017 había quedado como el principal paradigma de un manifiesto y descomunal error.

Ahora, grupos de manifestantes han desatado una ola de vandalismo callejero que a muchos nos ha obligado a frotarnos los ojos frente al televisor. Falta aún comprobar si estamos ante unos hechos coyunturales que irán decayendo en intensidad o ante el comienzo de una descontrolada ola de imprevisible futuro. Para dilucidar esta disyuntiva, necesitamos entender quién ha propiciado este salto cualitativo en la reivindicación independentista. Las investigaciones policiales esperemos que puedan arrojar luz sobre el origen de lo sucedido y de quienes han promovido y dirigido estos acontecimientos que no han sido espontáneos. No parece complicado adivinar dónde está el germen y algunos indicios ya existen al respecto.

Una segunda derivada será la de determinar quiénes buscan sacar provecho de la crítica situación y que es previsible que no vean mayor problema en su extensión. Parece evidente que quienes han incentivado la activación de la violencia como estrategia política creen que les traerá beneficio. Pero aquí, la cuestión se complica enormemente. La proximidad de las elecciones está provocando efectos secundarios en el comportamiento de muchas formaciones políticas que ven la posibilidad de sacar beneficio directo de la situación que padecemos. Si el vandalismo sigue presente en las calles, no sería de extrañar que se convirtiera desgraciadamente en el eje determinante del voto. Los españoles iríamos en realidad a las urnas intentando dilucidar un único debate: ¿Qué postura tenemos respecto a la extensión de la violencia en Cataluña?

El enfrentamiento violento en las calles representa sin duda el grado más elevado de la polarización política. En realidad, la respuesta que todos debemos resolver lo antes posible es la de mediante qué procedimiento pensamos que puede resolverse la situación que vivimos. Al final, solo caben dos posturas: o el radicalismo o la contención. Desde el radicalismo, se busca conseguir la imposición de un bando sobre el otro. Desde el independentismo radical se ve la extensión de la violencia como la oportunidad de hacer explotar el actual marco político y promover un deterioro del orden establecido que abra alguna posibilidad de reconocimiento de su causa internacionalmente. Abre sin duda una oportunidad buscada y preparada a tal fin.

Mientras, en plena campaña electoral, la ultraderecha pide ni más ni menos que la implantación de un estado de excepción en Cataluña, algo que supera la desmesura. Hay quien solicita una irracional reinstauración urgente del artículo 155 sin especificar para qué, ni durante cuánto tiempo, que son las dos condiciones de necesaria predeterminación antes de pensar en su implantación. Finalmente, hay quien exige la aplicación inmediata de la Ley de Seguridad Nacional, que busca asegurar la cooperación de las fuerzas policiales estatales y autonómicas. Es decir, se pide incorporar justamente lo que ya está incorporado.

Una vez más, al igual que ocurre en muchos países del mundo actual, el debate principal que subyace en la contienda política es el de optar por posiciones radicales o moderadas. El extremismo tiene la gran ventaja de que se explica con enorme facilidad. Apela a pulsiones emocionales y alienta la esperanza de una rápida y contundente resolución de los conflictos. El problema es que rara vez consigue su propósito y no cura la herida existente, sino que profundiza en su gravedad. La contención tiene el riesgo de no contar con la fuerza necesaria para evitar la confrontación. Solo es efectiva si reúne un amplio y firme apoyo que la sustente. Hace falta la unidad de mucha gente diversa en favor de un interés común. La moderación, en mitad de un conflicto, es la postura que necesita más esfuerzo y determinación. En el radicalismo solo hace falta dejarse llevar por los arrebatos de furia que nos ciegan en plena conflagración. La moderación solo puede ganar si es más fuerte que el extremismo que, en momentos como este, vive estimulado al extender un discurso de confrontación y aniquilación del oponente.

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