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Más que víctimas, digamos que somos supervivientes

Es imprescindible concienciar a todas las personas LGTB de lo que supone la LGTBifobia sobre nuestras vidas, como una cuestión repudiable y contestable políticamente, al mismo nivel que debemos hacerlo en el caso de la violencia contra las mujeres como mujeres cuyas cifras son absolutamente pavorosas.

Con la besada en el Burguer King de Princesa (Madrid), el movimiento LGTBI triunfó al situar el asunto de las agresiones en la esfera pública, dada la enorme repercusión que la acción ha tenido en los medios de comunicación, tanto a nivel nacional como internacional. Sin lugar a dudas, se trató de un ejercicio democrático contestatario y de empoderamiento que logró que la violencia que sufrimos no quedase silenciada.

Dos semanas más tarde, un grupo de neonazis agredieron físicamente a dos chicos gays en el Templo de Debod de la capital, siendo también contestada exitosamente por otra convocatoria política, colectiva y democrática. Ambos casos se suman a una larga lista que, hasta el momento, había quedado al margen de lo político. Una vez más, desde los colectivos sociales, desde la ciudadanía, hemos convertido el espacio público en un lugar disputado políticamente cuando hacemos visibles aquellas agresiones que demuestran que aún seguimos ancladas en una sociedad misógina y LGTBifóbica*  a transformar.

Ciertamente, quién escribe estas palabras siente optimismo, a pesar de lo terrible del escenario. No podría ser de otra manera si no obviamos el revuelo que han tenido las diversas acciones políticas, irrumpiendo  en diversos espacios de los medios de comunicación, en los partidos políticos, las entidades sociales y en el seno de los poderes públicos. Si en estos días tanto Cristina Cifuentes como el Ministerio del Interior, han anunciado la ejecución de determinadas medidas contra este tipo de delitos contra la democracia,  es el efecto de los movimientos sociales y de sus expresiones políticas.

Ahora mismo, las élites políticas reconocen que hemos abierto un conflicto que, hasta el momento, se encontraba hegemonizado a través de prácticas asistenciales —de determinada pospolítica recurriendo a Zizek—, necesarias pero insuficientes, que el Estado debería asumir como parte de las garantías sociales de las personas y que mantenían, en cierta forma, censurado el conflicto: la violencia estructural se convierte en una fuerza antagonista en nuestras vidas, hasta el punto en el que nos puede convertir en muertas en vida o en muertas sensu stricto.

Como la historia nos ha enseñado que no nos libraremos tan fácilmente de aquello que nos atormenta, nosotras seguimos y seguiremos organizadas. Es imprescindible concienciar a todas las personas LGTB de lo que supone la LGTBifobia sobre nuestras vidas, como una cuestión repudiable y contestable políticamente, al mismo nivel que debemos hacerlo en el caso de la violencia contra las mujeres como mujeres cuyas cifras son absolutamente pavorosas.

El incremento de la cantidad de iniciativas políticas, así como de denuncias, debe revelarnos que nos encontramos ante las condiciones de posibilidad que nos permiten construir una respuesta colectiva contra las agresiones. Solo así, el asunto en lo institucional tendrá más impulso, por lo que agrietar lo dado desde arriba y mantener un nivel de conflictividad social democrático, como con todo conflicto por la justicia, no resultan formulas nada incompatibles.

Catalunya ha marcado un precedente con la aprobación de una ley que vela por nuestra dignidad, pero todas conocemos que se ratificó únicamente gracias un amplio trabajo político de los movimientos sociales del lugar. Andalucía ha hecho lo mismo gracias a la ley trans conquistada por los colectivos trans, incluso a través de huelgas de hambre. Podríamos extenderlo por el conjunto del Estado y a todos los niveles y sabemos que será posible si así nos lo proyectamos. De la misma manera que sabemos que asistimos a una oleada de recortes en derechos y libertades, de pobreza y exclusión, que convierte en imposible la puesta en marcha de políticas sociales que gocen de  capacidad real de transformar nuestras vidas.

Lejos de desalentar, descubrimos una oportunidad favorable para construir una democracia donde las demandas feministas y LGTBI estén en el centro de la política y en ningún caso los dictados antidemocráticos de las élites económicas que nos empobrecen ni de aquellos grupos fundamentalistas contrarios a los Derechos Humanos, como la Iglesia Católica. Ni lo conseguido será totalmente real si no lo ejercemos, mediante los medios que tengamos a mano, ni lo ausente será posible si nos conformamos con lo que ya hay, si no seguimos extendiendo "el campo de lo posible".  

Existimos y existe un régimen que produce y reproduce injusticias, ergo existe un desencuentro, un conflicto entre quiénes restringen la democracia y quiénes pretendemos radicalizarla para que la igualdad y la libertad sea una realidad. Algunas ya encendimos la mecha desde el momento en el que dejamos de ser víctimas para ser supervivientes con ganas de vivir dignamente.

*Llamamos LGTBifobia a la violencia sistémica que se ejerce contra gays, lesbianas, trans, intersex , bisexuales y contra todas aquellas personas que no encajan en la norma heterosexual y en los rígidos modelos de hombre/mujer.

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