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    <title><![CDATA[elDiario.es - Legado Cantabria]]></title>
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    <description><![CDATA[elDiario.es - Legado Cantabria]]></description>
    <language><![CDATA[es]]></language>
    <copyright><![CDATA[Copyright El Diario]]></copyright>
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      <title><![CDATA[Esther Longo Ruiz, una vida entre los pueblos de Campoo]]></title>
      <link><![CDATA[https://www.eldiario.es/cantabria/blog/legado-cantabria/esther-longo-ruiz-vida-pueblos-campoo_132_13615580.html]]></link>
      <description><![CDATA[<p><img src="https://static.eldiario.es/clip/73bc5de5-52e6-4834-89b0-4ac3d4e8df27_16-9-discover-aspect-ratio_default_0_x949y514.jpg" width="1200" height="675" alt="Esther Longo Ruiz, una vida entre los pueblos de Campoo"></p><div class="subtitles"><p class="subtitle">Cantabria es tierra de migraciones y de regresos. En la familia de Esther Longo Ruiz esos viajes trajeron un apellido de Asturias y relatos de Cuba. Viajes de ida y vuelta que forman parte de su propio bagaje, aun cuando su vida ha transcurrido en un puñado de kilómetros en la comarca de Campoo</p></div><p class="article-text">
        Esther Longo Ruiz vio la luz del mundo cuando la Guerra de Espa&ntilde;a estaba a poco m&aacute;s de un mes de declararse como terminada. Eran las nueve de la ma&ntilde;ana del 27 de febrero de 1939 en Santiurde de Reinosa, en la comarca c&aacute;ntabra de Campoo-Los Valles y ah&iacute; naci&oacute;. Fue en el seno de una familia de ra&iacute;ces entrelazadas, donde lo local y lo for&aacute;neo se fund&iacute;an en su historia: el apellido paterno de Esther, <em>Longo</em>, ten&iacute;a ra&iacute;ces asturianas, aunque su origen m&aacute;s remoto apuntaba a Italia. 
    </p><p class="article-text">
        Fue su bisabuelo quien lleg&oacute; desde Asturias para trabajar en la construcci&oacute;n de los t&uacute;neles del ferrocarril entre Santander y Aguilar, y fue entonces cuando el apellido qued&oacute; arraigado en la zona de Santiurde de Reinosa. Esther recuerda con afecto a sus abuelos paternos establecidos en esta localidad campurriana. Su padre, Tom&aacute;s, qued&oacute; hu&eacute;rfano de madre a los 16 a&ntilde;os y a cargo de dos hermanas peque&ntilde;as. Desde joven asumi&oacute; responsabilidades y trabaj&oacute; como criado en una ganader&iacute;a impulsada por un abogado madrile&ntilde;o afincado en Rioseco. Por parte materna, conoci&oacute; a sus abuelos oriundos en este mismo pueblo.&nbsp;
    </p><p class="article-text">
        Esther tambi&eacute;n recuerda la historia de su madre, Teresa, nacida en Santiurde, pero que a los 15 a&ntilde;os cruz&oacute; el oc&eacute;ano para trabajar en Cuba en casa de un t&iacute;o suyo, quien pose&iacute;a una vasta finca de ca&ntilde;a de az&uacute;car, tan extensa que, seg&uacute;n relataba &ldquo;a caballo se tardaba siete d&iacute;as en recorrerla&rdquo;. En el centro de la finca hab&iacute;a una tienda y trabajaban &ldquo;12 obreros negros&rdquo;, a quienes el t&iacute;o les pagaba y que luego gastaban su dinero en esa misma tienda. &ldquo;Todo lo que o&iacute; de Cuba, se lo o&iacute; a mi madre&rdquo;, explica Esther. De aquellos cinco a&ntilde;os quedaron relatos que Esther escuchar&iacute;a despu&eacute;s: jornadas de plancha que se alargaban hasta la medianoche. &ldquo;Menos las toallas, todo se almidonaba. Hasta las s&aacute;banas, para que refrescara m&aacute;s&rdquo;.
    </p><p class="article-text">
        Al regresar, Teresa trabaj&oacute; como sirvienta en la casa de la familia Collantes, due&ntilde;os de una de las primeras f&aacute;bricas l&aacute;cteas de Cantabria, fundada en 1908 y ubicada en B&aacute;rcena de Pie de Concha. Fue all&iacute; donde conoci&oacute; al que ser&iacute;a su marido, con quien se cas&oacute; en octubre de 1931 y residi&oacute; en Rioseco.&nbsp;
    </p><figure class="embed-container embed-container--type-youtube ratio">
    
                    
                            
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            </figure><p class="article-text">
        Esther fue la hija del medio, nacida en casa en 1939, como era habitual en aquella &eacute;poca, y creci&oacute; junto a su hermana Milagros (1932) y su hermano Tom&aacute;s (1941).
    </p><p class="article-text">
        A los tres a&ntilde;os y medio, Esther fue llevada a vivir a Rioseco, pueblo que marcar&iacute;a su infancia, adolescencia y juventud. All&iacute; se cri&oacute;, jug&oacute; por los campos, estudi&oacute; y recibi&oacute; una educaci&oacute;n religiosa que la ha acompa&ntilde;ado toda la vida. &ldquo;Me educaron en la fe. Y no estar&eacute; confundida, pero yo en ella sigo&rdquo;, afirma con convicci&oacute;n. Hizo su primera comuni&oacute;n en la iglesia de San Andr&eacute;s y recuerda las fiestas dedicadas a los m&aacute;rtires San Emeterio y San Celedonio. Uno de los sacerdotes m&aacute;s cercanos a su familia fue Jos&eacute; Manuel de la Serna, un hombre que, adem&aacute;s de ser el gu&iacute;a espiritual, se encargaba de canalizar los env&iacute;os de dinero que el t&iacute;o emigrado en Cuba enviaba.
    </p><p class="article-text">
        Longo recuerda que, en su ni&ntilde;ez, los ni&ntilde;os acud&iacute;an a la escuela de Santiurde, mientras que las ni&ntilde;as iban a la escuela de Lantueno. La escuela, el edificio m&aacute;s grande del pueblo, contaba con un local para fiestas y para el concejo, adem&aacute;s de una vivienda para las maestras. Esther recuerda especialmente a dos de ellas: Elvira y Elisa, originaria de Zamora, quien les dio clases hasta los 14 a&ntilde;os. Durante esos a&ntilde;os, la escuela reflejaba las estrictas normas educativas de la &eacute;poca: jornadas largas, el canto del <em>Cara al Sol</em> al comenzar las clases y castigos severos, como pasar el d&iacute;a sin comer hasta las cinco de la tarde. Las aulas, con entre 15 y 20 escolares del mismo pueblo, eran testigos de una convivencia que marcaba la ni&ntilde;ez de Esther y de muchos otros. La severidad de la educaci&oacute;n se combinaba con la rutina rural, en la que, desde joven, Esther ya se encargaba de las labores del hogar y del campo. El trabajo dom&eacute;stico era arduo: lijar madera, fregar bancos, lavar la ropa en el r&iacute;o y cargar agua desde la fuente, etc&eacute;tera. Recuerda los tiempos sin agua corriente en casa, la ropa lavada en el r&iacute;o y los viajes a la fuente. La lavadora lleg&oacute; cuando ya hab&iacute;a pasado de los cuarenta.
    </p><p class="article-text">
        Durante dos inviernos de su adolescencia, cuando el trabajo en el campo menguaba, Esther fue enviada por su madre a clases de costura con Sarita, en Santiurde. En un grupo de siete j&oacute;venes, Esther, la m&aacute;s peque&ntilde;a, empez&oacute; a trabajar con patrones de papel: primero los pintaba, luego los recortaba y, finalmente, los pasaba a la tela. Con el tiempo, fue perfeccionando sus habilidades bajo la gu&iacute;a de mujeres mayores que tambi&eacute;n le ense&ntilde;aron ganchillo y a tejer. A pesar de su deseo de trabajar como sirvienta, como algunas de sus amigas, su madre se lo impidi&oacute;, temerosa de que no encontrara empleadores adecuados. En lugar de ello, Esther comenz&oacute; a ganar algo de dinero cosiendo para sus primas, aunque su madre siempre le advert&iacute;a que &ldquo;gastaba antes de ganar&rdquo;.
    </p><p class="article-text">
        Rioseco, peque&ntilde;o pueblo, viv&iacute;a principalmente de la ganader&iacute;a y la industria de la harina. Adem&aacute;s de las f&aacute;bricas de harina de Pesquera o El Borboll&oacute;n, algunos vecinos cortaban madera y fabricaban albarcas. En invierno, se reun&iacute;an a jugar a la baraja. Las fiestas locales eran esenciales, aunque las Navidades eran modestas, con regalos sencillos como mantas o naranjas. La vida en la posguerra era dura, marcada por el racionamiento. En la tienda de ultramarinos, que a&uacute;n sobrevive como Piensos Santiurde, el padre de Esther vend&iacute;a cestos que &eacute;l mismo fabricaba para el comercio en Castilla y Le&oacute;n.
    </p><p class="article-text">
        Tras su juventud en Rioseco, Esther conoci&oacute; a Rafael Gonz&aacute;lez Herrera, quien hab&iacute;a regresado del servicio militar en &Aacute;frica. En 1958, &ldquo;vestida de negro&rdquo;, contrajo matrimonio y, tras un breve viaje de novios a Torrelavega, establecieron su hogar en Rioseco, donde compartieron sus primeros cinco a&ntilde;os de vida juntos. Tras casarse en 1958, vivieron cinco a&ntilde;os en Rioseco, donde nacieron sus dos primeros hijos. El tercero naci&oacute; en 1966, cuando ya resid&iacute;an en Aguayo, aunque Esther regres&oacute; a casa de su madre para dar a luz. Durante esa etapa, Esther se dedic&oacute; al ganado y a la crianza, adem&aacute;s de ocuparse de las labores dom&eacute;sticas.&nbsp;
    </p><p class="article-text">
        En 1963, la familia se traslad&oacute; a Aguayo, pueblo natal de su marido. Rafael trabajaba como panadero en Pesquera y recorr&iacute;a a diario diez kil&oacute;metros. Cuando Helario, el due&ntilde;o del obrador, se jubil&oacute;, el negocio pas&oacute; a nuevas manos. Permaneci&oacute; unos siete meses en el puesto &mdash;&ldquo;el tiempo suficiente para ense&ntilde;ar el oficio y el manejo del horno&rdquo;&mdash;, antes de ser despedido.
    </p><p class="article-text">
        En 1969 se establecieron en Orzales, donde vivieron durante 15 a&ntilde;os y se integraron en el negocio familiar de panader&iacute;a que regentaban los hermanos Antonio y Joaqu&iacute;n Ruiz, frente al embalse del Ebro. Su marido trabaj&oacute; all&iacute; con Joaqu&iacute;n hasta la jubilaci&oacute;n, mientras que Esther tuvo que adaptarse a un nuevo modo de vida, marcado por la distancia con su madre &mdash;los 20 kil&oacute;metros se le hac&iacute;an largos en esta tierras&mdash; y por las exigencias del entorno rural: &ldquo;Como hab&iacute;a carretera, hab&iacute;a que cuidar las vacas&rdquo;. Esther asumi&oacute; m&aacute;s horas en el trabajo ganadero y se encarg&oacute; de la venta de leche a Collantes, sin dejar de lado la crianza y las tareas del hogar. Llevaba d&eacute;cadas trabajando cuando una vecina le anim&oacute; a cotizar y, gracias a ello, pudo jubilarse a los 65 tras 12 a&ntilde;os de aportaciones.
    </p><p class="article-text">
        En 1983 compraron su propia casa en Villasuso y se mudaron al a&ntilde;o siguiente, pero la alegr&iacute;a se vio truncada por una tragedia dom&eacute;stica: el 3 de diciembre de 1988, una estufa provoc&oacute; un incendio que arras&oacute; la vivienda. A pesar de la devastaci&oacute;n, la vivienda renaci&oacute; poco a poco. Durante tres meses, la familia encontr&oacute; refugio en una casa prestada en Bustamante, con la ayuda del cura del pueblo de Orzales. Hoy en d&iacute;a, esa casa de Villasuso contin&uacute;a siendo su hogar.
    </p><p class="article-text">
        En marzo de 2010, Esther vivi&oacute; una de las p&eacute;rdidas m&aacute;s significativas de su vida, la de Rafael, tras acompa&ntilde;arle en sus &uacute;ltimos a&ntilde;os, marcados por m&uacute;ltiples operaciones y un delicado estado de salud. Desde entonces, destaca los ratos con su familia, hoy en d&iacute;a compuesta tambi&eacute;n por tres nietas y dos nietos, y, desde sus 76 a&ntilde;os, por un bisnieto. A pesar de la soledad de su pueblo, con escasa vecindad, Esther encontr&oacute; en el Centro Comunitario Las Nieves, en Campoo de Yuso, un espacio clave que le ha brindado compa&ntilde;&iacute;a, rutina e ilusi&oacute;n, hasta el punto de renunciar a su habitual estancia invernal en Santander con su hija para quedarse cerca de la comunidad que all&iacute; ha construido. &ldquo;Es media vida&rdquo;, dice a sus 87 a&ntilde;os.
    </p>]]></description>
      <dc:creator><![CDATA[Zhenya Popova Tikhonova]]></dc:creator>
      <guid isPermaLink="true"><![CDATA[https://www.eldiario.es/cantabria/blog/legado-cantabria/esther-longo-ruiz-vida-pueblos-campoo_132_13615580.html]]></guid>
      <pubDate><![CDATA[Fri, 30 Oct 2026 19:21:32 +0000]]></pubDate>
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      <media:title><![CDATA[Esther Longo Ruiz, una vida entre los pueblos de Campoo]]></media:title>
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      <media:keywords><![CDATA[Cantabria,Memoria Histórica]]></media:keywords>
    </item>
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      <title><![CDATA[Pedro Pablo Solinís Llata: una guerra, un incendio, una familia, una vida]]></title>
      <link><![CDATA[https://www.eldiario.es/cantabria/blog/legado-cantabria/pedro-pablo-solinis-llata-guerra-incendio-familia-vida_132_13601610.html]]></link>
      <description><![CDATA[<p><img src="https://static.eldiario.es/clip/2f89bc68-002a-4d86-a808-2104fcb8e765_16-9-discover-aspect-ratio_default_1153765.jpg" width="1598" height="899" alt="Pedro Pablo Solinís Llata: una guerra, un incendio, una familia, una vida"></p><div class="subtitles"><p class="subtitle">Qué hay detrás de la persona que atiende durante décadas en un comercio de ropa. Qué silencios, qué renuncias, qué alegrías y qué anhelos contiene su historia. La historia de un hombre que es, en realidad, la historia de nuestras vidas</p></div><p class="article-text">
        Pedro Pablo Solin&iacute;s Llata naci&oacute; en Santander el 29 de junio de 1930, d&iacute;a de San Pedro y San Pablo. Quiz&aacute; por eso su propio nombre aparece unido desde el principio a una fecha se&ntilde;alada, casi como si la vida hubiera querido dejarle una marca de calendario. 
    </p><p class="article-text">
        Fue el mayor de cuatro hermanas. Despu&eacute;s nacieron Mar&iacute;a Victoria, Margarita y Mar&iacute;a Dolores (Lolita). Su padre, Pablo Solin&iacute;s Cabarga, era santanderino y trabajaba como sastre cortador; su madre, Trinidad Llata Castanedo, tambi&eacute;n santanderina, se dedic&oacute; &ldquo;a sus labores&rdquo;, todo lo dom&eacute;stico y crianza, aunque de joven hab&iacute;a trabajado en una tienda de juguetes.
    </p><p class="article-text">
        La infancia de Pablo pertenece a una Santander que ya no existe. Naci&oacute; en la calle de la Concordia &mdash;hoy Cisneros&mdash;, en un entorno de cuadras, comercios, talleres, animales de carga y mujeres <em>renoveras</em> &mdash;tratantes que compraban g&eacute;nero a las campesinas en los pueblos para revenderlo en la ciudad&mdash; de los pueblos cercanos. La ciudad que recuerda era todav&iacute;a una ciudad de tratos cercanos, de tiendas donde se conoc&iacute;a a la gente por su nombre, de lavaderos p&uacute;blicos, huertas, carros, lecheras, barrenderos con bueyes y ni&ntilde;os bajando por las cuestas en triciclos de madera. &ldquo;Santander era otra cosa&rdquo;, asegura. No solo porque las calles fueran distintas, sino tambi&eacute;n la forma de vivirlas.
    </p><p class="article-text">
        Una de las figuras centrales de aquella infancia fue su abuelo paterno, Wenceslao Solin&iacute;s Abarca. Pablo lo llama &ldquo;el abuelito&rdquo; y lo recuerda como un hombre distinguido, siempre con sombrero, sastre de oficio y presidente de una sociedad m&eacute;dica de cuota, una de aquellas formas de asistencia sanitaria asociativa anteriores a la Seguridad Social unificada. En su casa hab&iacute;a taller, m&aacute;quinas de coser y una mesa de cortar bajo la que Pablo dorm&iacute;a de ni&ntilde;o. Recuerda el ruido de las m&aacute;quinas como una m&uacute;sica dom&eacute;stica: se quedaba dormido mientras cos&iacute;an y despertaba cuando paraban. Aquella casa, era &ldquo;un templo&rdquo;, siempre llena de familia, de visitas, de cu&ntilde;ados, primos y aprendices. 
    </p><p class="article-text">
        Por parte materna, su abuelo Antonio Llata trabaj&oacute; en los grandes almacenes Mart&iacute;nez Zorrilla, vinculados al comercio de tejidos, y fue tambi&eacute;n alba&ntilde;il. Pablo recuerda ese mundo de telas, sastres, almacenes y hombres &ldquo;muy serios&rdquo; como una parte esencial de su paisaje familiar. Tambi&eacute;n conserva memoria de una genealog&iacute;a singular: el apellido Solin&iacute;s, de origen franc&eacute;s seg&uacute;n el relato familiar, asociado a antepasados llegados a Santander como ingenieros o emisarios vinculados al puerto. En su relato aparece incluso el orgullo de una familia inscrita como hidalga, aunque &eacute;l lo cuenta con mezcla de memoria, humor y distancia.
    </p><p class="article-text">
        Su primera escuela fue el colegio de las monjas de San Jos&eacute;. All&iacute; recuerda a sor Carmen, sor Catalina, sor Josefa y a don Andr&eacute;s, con quien hizo la primera comuni&oacute;n. La guerra interrumpi&oacute; las clases y fue su t&iacute;o Rodolfo quien le ense&ntilde;&oacute; las letras en casa. Despu&eacute;s, durante tres a&ntilde;os, pas&oacute; por el colegio Men&eacute;ndez Pelayo, donde dice que aprendi&oacute; m&aacute;s que en ning&uacute;n otro sitio, luego tuvo diferentes profesores particulares y, finalmente, durante dos a&ntilde;os asisti&oacute; la Academia Juanes, donde estudi&oacute; cultura general y coincidi&oacute; con el duque de Alba. Su formaci&oacute;n fue irregular, como la de tantos ni&ntilde;os atravesados por la Guerra Civil, la posguerra y el incendio del centro de la ciudad, pero Pablo conserva una memoria muy viva de maestros, calles y peque&ntilde;os aprendizajes.
    </p><blockquote class="quote">

    
    <div class="quote-wrapper">
      <div class="first-quote"></div>
      <p class="quote-text">La Guerra de España le alcanzó siendo niño. Sus recuerdos no son los de quien analiza la historia desde los libros, sino los de quien retiene imágenes: sirenas, aviones, refugios, soldados, hambre, estraperlo y miedo a hablar. Recuerda a su padre repitiéndole ese “no te signifiques”, una frase que resume bien la estrategia de supervivencia de muchas familias en tiempos de violencia política</p>
          </div>

  </blockquote><p class="article-text">
        La Guerra de Espa&ntilde;a le alcanz&oacute; siendo ni&ntilde;o. Sus recuerdos no son los de quien analiza la historia desde los libros, sino los de quien retiene im&aacute;genes: sirenas, aviones, refugios, soldados, hambre, estraperlo y miedo a hablar. Recuerda a su padre repiti&eacute;ndole ese &ldquo;no te signifiques&rdquo;, una frase que resume bien la estrategia de supervivencia de muchas familias en tiempos de violencia pol&iacute;tica. En su memoria aparecen tambi&eacute;n los soldados italianos instalados en la ciudad, que daban pan, chocolate o latas a los ni&ntilde;os, y el hambre como una presencia constante. Su amigo Benito Cea, hijo del sacrist&aacute;n de San Francisco, compart&iacute;a con &eacute;l bocadillos cuando hab&iacute;a poco que comer. La amistad, en ese contexto, tambi&eacute;n pod&iacute;a ser una forma de quitar el hambre.
    </p><p class="article-text">
        La guerra dej&oacute; adem&aacute;s una herida familiar profunda. Pablo recuerda que tres j&oacute;venes parientes de su madre, vinculados a Acci&oacute;n Cat&oacute;lica, fueron escondidos en la casa de su abuelo y detenidos all&iacute; durante los registros. Despu&eacute;s fueron trasladados al barco prisi&oacute;n Alfonso P&eacute;rez donde fueron ejecutados tras el bombardeo del Barrio Obrero del Rey. Eran muy j&oacute;venes y sus restos, seg&uacute;n recuerda, reposan en la cripta del Cristo, bajo la catedral. Ese episodio abri&oacute; una fractura entre ramas de la familia. La memoria de Pablo conserva ese hecho no solo como episodio pol&iacute;tico, sino como drama &iacute;ntimo: una madre que pierde a sus hijos, una casa convertida en lugar de captura, y una familia que tarda a&ntilde;os en recomponerse.
    </p><h2 class="article-text"><strong>El incendio que cambia todo</strong></h2><p class="article-text">
        Pero si la guerra marc&oacute; su infancia, el incendio del centro de Santander de febrero de 1941 la parti&oacute; definitivamente. Pablo ten&iacute;a diez a&ntilde;os. Recuerda primero el cicl&oacute;n: su padre sentado en el suelo, la casa movi&eacute;ndose, los cascotes cayendo por la Atalaya, los cables y tiestos en la calle, la decisi&oacute;n de salir de noche hacia la casa del abuelo. Despu&eacute;s lleg&oacute; el fuego. Su casa fue volada para intentar cortar el avance de las llamas. La familia perdi&oacute; casi todo. Pablo conserva una imagen m&iacute;nima y poderosa: una botella retorcida por el calor. A veces la memoria guarda un detalle que contiene la cat&aacute;strofe entera.
    </p><p class="article-text">
        Tras el incendio comenz&oacute; otra vida. Durante unos d&iacute;as fue acogido en Pe&ntilde;acastillo, en casa de una prima de su madre, mientras sus hermanas permanec&iacute;an con su abuelo. Despu&eacute;s, la familia encontr&oacute; una buhardilla en el Alto de Miranda, junto al mercadillo. M&aacute;s tarde vivieron en Barrio Camino durante un par de a&ntilde;os y, finalmente, se instalaron en el R&iacute;o de la Pila, en una casa vinculada a los hermanos Coss&iacute;o y al entorno del restaurante Riojano. Desde all&iacute; se ve&iacute;a el Teatro Pereda que a&ntilde;os m&aacute;s tarde fue derruido. Pablo vivir&iacute;a en aquella casa m&aacute;s de 30 a&ntilde;os, hasta que se cas&oacute;.
    </p><p class="article-text">
        El incendio no fue solo una tragedia familiar. Tambi&eacute;n transform&oacute; la ciudad. Pablo recuerda las demoliciones, los barracones, las viviendas provisionales, la reconstrucci&oacute;n y la sensaci&oacute;n de que Santander perdi&oacute; una parte de s&iacute; misma. La Plaza del Pr&iacute;ncipe, las callejuelas, los comercios, la Plaza del Pescado, los caf&eacute;s, la catedral anterior al fuego, las Atarazanas o la vieja trama urbana aparecen en su relato como fragmentos de una ciudad borrada. Para &eacute;l, la reconstrucci&oacute;n tuvo algo de p&eacute;rdida y de injusticia: levant&oacute; una ciudad nueva, s&iacute;, pero no necesariamente pensada para quienes lo hab&iacute;an perdido todo.
    </p><p class="article-text">
        En la proyecci&oacute;n del documental &lsquo;<a href="https://youtu.be/iiRYARFzHlA?si=fWFvLR89NELrJXNn" target="_blank" data-mrf-recirculation="links-noticia" class="link">La memoria no arde</a>&rsquo;, el propio Pablo volvi&oacute; a caminar por aquellas calles a trav&eacute;s de las im&aacute;genes, sumando recuerdos y detalles de una ciudad que permanece viva en su memoria.
    </p><p class="article-text">
        A los 14 a&ntilde;os su padre le propuso bajar a ayudar en 'Arce', una tienda de art&iacute;culos de vestir de calidad. Lo que empez&oacute; como una ayuda se convirti&oacute; en oficio. Su primer recado &mdash;a&uacute;n lo recuerda&mdash; fue llevar un encargo hasta Canalejas, en Puertochico, a Luz, una camisera. Despu&eacute;s vinieron miles de escaleras, repartos, clientes, mostrador y aprendizajes. En 'Arce' pasaron m&aacute;s de tres d&eacute;cadas. All&iacute; se form&oacute; como dependiente y hombre de confianza, en un comercio elegante entre art&iacute;culos ingleses, cachemires, guantes, ropa de caballero y clientes de todas las clases.
    </p><p class="article-text">
        Su profesi&oacute;n tambi&eacute;n le llev&oacute; a la capital espa&ntilde;ola, donde durante tres a&ntilde;os trabaj&oacute; en la tienda de 'Arce' junto al Congreso, en la Carrera de San Jer&oacute;nimo. Vivi&oacute; en una pensi&oacute;n cerca de la Puerta del Sol y conoci&oacute; otro tipo de se&ntilde;or&iacute;o, otra manera de comercio y de ciudad. Pero un t&iacute;o suyo no quer&iacute;a que continuara en Madrid y le busc&oacute; trabajo en 'Ribalaygua', en Santander. El cambio fue r&aacute;pido: de un s&aacute;bado a un lunes dej&oacute; Madrid y empez&oacute; una nueva etapa en el gran comercio santanderino.
    </p><p class="article-text">
        Pablo hizo el servicio militar en Burgos, en torno a 1951. All&iacute; trabaj&oacute; como mecan&oacute;grafo en la Jefatura de Sanidad Militar. De aquella etapa conserva una an&eacute;cdota que cuenta con orgullo: cuando tuvo que ausentarse, fueron necesarias dos personas para sustituirlo y sacar adelante las tareas que &eacute;l asum&iacute;a solo. 
    </p><p class="article-text">
        No todo lo importante sucede en los primeros cap&iacute;tulos de una vida. El amor lleg&oacute; tarde, pero a tiempo para compartir mucho. En 'Ribalaygua' conoci&oacute; a la mujer con la que compartir&iacute;a la vida: Corsina Dorsal D&iacute;az, quien trabajaba en una oficina del mismo edificio. La primera invitaci&oacute;n fue a misa. Se llevaban doce a&ntilde;os: ella ten&iacute;a 28 y &eacute;l 40 cuando se casaron, en 1970, en una boda familiar celebrada en Las Reparadoras. La celebraci&oacute;n fue en El Sardinero y el viaje de novios, en Londres. Aquel matrimonio, seg&uacute;n Pablo, fue feliz. Compart&iacute;an el dinero, las decisiones y los viajes. Muchos destinos se sucedieron: Mallorca, Inglaterra, y otros m&aacute;s. &Eacute;l lo resume con una sencillez que pesa m&aacute;s que cualquier adorno: &ldquo;Fui muy feliz&rdquo;.
    </p><p class="article-text">
        Tuvieron dos hijos, Pablo y Rosa, y cuatro nietos. Despu&eacute;s de la muerte de su mujer, a los 60 a&ntilde;os, por un c&aacute;ncer de p&aacute;ncreas, Pablo qued&oacute; marcado por una ausencia dif&iacute;cil. 
    </p><p class="article-text">
        Hoy la familia ocupa un lugar central en su vida. Habla de sus nietos con orgullo, de Paula y Daniel, de Pablo y Valeria, de lo que estudian, de lo que han recibido de los abuelos y de lo que, seguro, lograr&aacute;n. Sus &uacute;ltimos a&ntilde;os en la profesi&oacute;n, tras 'Arce' y 'Ribalaygua', fueron en 'Custom', una tienda de ropa en la calle Lealtad, frente a la catedral. Se jubil&oacute; a los 65 a&ntilde;os, aunque sigui&oacute; trabajando un tiempo m&aacute;s para ganar algo de dinero. 
    </p><p class="article-text">
        El ni&ntilde;o de los recados termin&oacute; con toda una vida detr&aacute;s del mostrador, viendo cambiar la ciudad y la sociedad desde el comercio.
    </p><p class="article-text">
        Hubo otros espacios para tomar aire. Durante unos 40 a&ntilde;os, Li&eacute;bana fue para &eacute;l otro lugar de pertenencia: una casa, una familia de acogida, vendimias, comidas, amistades y una forma de sentirse esperado. Tambi&eacute;n tuvo aficiones sencillas y constantes: la m&uacute;sica, la zarzuela, la guitarra, el trato con grupos de amigos, las excursiones, los viajes y, recientemente, el ajedrez por internet en la tablet, donde lleg&oacute; a destacar hasta que los problemas de vista le obligaron a dejarlo.
    </p><p class="article-text">
        La religi&oacute;n fue otro de los grandes recorridos de su vida. Fue un creyente fervoroso, de misa, comuni&oacute;n, ejercicios espirituales, Acci&oacute;n Cat&oacute;lica, visitas a iglesias y relaci&oacute;n cercana con sacerdotes y can&oacute;nigos. Recuerda a &Aacute;ngel Herrera Oria como su gu&iacute;a espiritual. Frecuento espacios como Santa Luc&iacute;a, la Compa&ntilde;&iacute;a, los Jesuitas, la catedral y Las Salesas. Sin embargo, con el tiempo, esa fe se quebr&oacute;. No por un &uacute;nico hecho, sino &ldquo;por la acumulaci&oacute;n de incoherencias entre lo que se predicaba y lo que ve&iacute;a&rdquo;. Pablo habla hoy desde un ate&iacute;smo convencido, pero su ate&iacute;smo no borra la importancia que la religi&oacute;n tuvo en su formaci&oacute;n. Al contrario: muestra el trayecto de alguien que crey&oacute; mucho antes de dejar de creer.
    </p><p class="article-text">
        En la actualidad, en su vejez, Pablo vive en la residencia San C&aacute;ndido. Al principio no era lo que deseaba, pero se integr&oacute; bien. Valora estar atendido, haber hecho amistades y, sobre todo, que su familia &ldquo;pueda estar tranquila&rdquo;. Mira la edad con una lucidez dura: &ldquo;La edad te quita vida, vista, o&iacute;do, todo&rdquo;. Pero no habla desde la queja, sino desde, la aceptaci&oacute;n y verdad. Sabe que la vida le ha quitado cosas, pero tambi&eacute;n que ha dejado algo: una familia, una memoria detallada y una manera de contar en la que cada calle abre otra calle, cada nombre trae otro nombre y cada recuerdo sostiene un mundo desaparecido.
    </p>]]></description>
      <dc:creator><![CDATA[Zhenya Popova Tikhonova]]></dc:creator>
      <guid isPermaLink="true"><![CDATA[https://www.eldiario.es/cantabria/blog/legado-cantabria/pedro-pablo-solinis-llata-guerra-incendio-familia-vida_132_13601610.html]]></guid>
      <pubDate><![CDATA[Fri, 23 Oct 2026 19:53:35 +0000]]></pubDate>
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      <media:title><![CDATA[Pedro Pablo Solinís Llata: una guerra, un incendio, una familia, una vida]]></media:title>
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      <media:keywords><![CDATA[Memoria Histórica,Santander]]></media:keywords>
    </item>
    <item>
      <title><![CDATA[Los cuévanos de Tomás Mantecón Pelayo perviven en unos valles que ‘mudaron’ costumbres]]></title>
      <link><![CDATA[https://www.eldiario.es/cantabria/blog/legado-cantabria/cuevanos-tomas-mantecon-pelayo-perviven-valles-mudaron-costumbres_132_13588320.html]]></link>
      <description><![CDATA[<p><img src="https://static.eldiario.es/clip/23297601-91ad-4a63-aacd-241b7ecf57fd_16-9-discover-aspect-ratio_default_0_x808y401.jpg" width="1200" height="675" alt="Los cuévanos de Tomás Mantecón Pelayo perviven en unos valles que ‘mudaron’ costumbres"></p><div class="subtitles"><p class="subtitle">Su vida en la comarca pasiega, donde nació y ha vivido siempre, y su oficio son huella viva de una forma de habitar el territorio</p></div><p class="article-text">
        Algunas vidas condensan la historia de un lugar. La de Tom&aacute;s Mantec&oacute;n Pelayo (Riolangos, Vega de Pas, 1940) es un buen ejemplo. Su vida transcurre en el coraz&oacute;n de los Valles Pasiegos, entre caba&ntilde;as, ganado, caminos de monta&ntilde;a y un oficio ancestral que durante generaciones ayud&oacute; a sostener la econom&iacute;a de muchas familias: la elaboraci&oacute;n de cu&eacute;vanos.
    </p><p class="article-text">
        Naci&oacute; en Riolangos, dentro del &aacute;mbito hist&oacute;rico y cultural de las villas pasiegas, en una familia profundamente ligada a la ganader&iacute;a y a ese trabajo artesanal. Su padre, Conceso, dedicaba gran parte de sus jornadas a fabricar estas piezas de madera. Su madre, Balbina, combinaba las tareas dom&eacute;sticas con la venta ambulante de fruta por Vega de Pas, Entrambasmestas y otros pueblos de la comarca. &Eacute;l era uno de diez hermanos: siete mujeres y tres varones.&nbsp;
    </p><p class="article-text">
        El oficio del cu&eacute;vano formaba parte de la vida familiar desde mucho antes de que Tom&aacute;s naciera. En la memoria aparecen sus abuelos, Cayetano y &Aacute;ngel, y su abuela Tomasa, de origen vasco. Seg&uacute;n recuerda, ella habr&iacute;a llegado a la zona como ama de cr&iacute;a y termin&oacute; qued&aacute;ndose all&iacute; tras unirse a su abuelo, que hab&iacute;a enviudado y ten&iacute;a dos hijos. Su padre, sus abuelos, t&iacute;os y otros vecinos elaboraban cu&eacute;vanos en casa, en un tiempo en que varias familias de Riolangos viv&iacute;an del ganado y de este oficio. Entonces eran actividades muy extendidas tambi&eacute;n en los pueblos cercanos: en Pandacebo hab&iacute;a varios artesanos y en Guzparras otros tantos. Hoy apenas quedan unos pocos vecinos que practican el oficio.&nbsp;
    </p><p class="article-text">
        Tom&aacute;s recuerda a su abuelo trabajando todav&iacute;a a los ochenta y tres a&ntilde;os, haciendo uno con el cigarro puesto. Los cu&eacute;vanos serv&iacute;an para casi todo: llevar le&ntilde;a, hierba, esti&eacute;rcol, alimentos, ir al mercado o transportar a los ni&ntilde;os peque&ntilde;os. En su casa, recuerda, los hermanos llegaron a criarse en uno grande, usado a modo de cuna. Tambi&eacute;n existen distintos nombres y formas seg&uacute;n el uso y el lugar &mdash;bombo, giro, cu&eacute;vano grande o peque&ntilde;o&mdash;, piezas capaces de resistir cargas enormes, siempre llevadas a la espalda o al hombro.
    </p><p class="article-text">
        Desde ni&ntilde;o, acompa&ntilde;&oacute; a su padre al monte, donde recog&iacute;an la madera, y tambi&eacute;n en los d&iacute;as de venta. Primero elaboraban las piezas en casa y, cuando ten&iacute;an varias hechas, sal&iacute;an de madrugada, hacia las cuatro y media o las cinco, cargados con diez o doce cu&eacute;vanos para venderlos puerta por puerta, por pueblos como Luena o Entrambasmestas. La vida cotidiana estaba organizada en torno a distancias que hoy parecen dif&iacute;ciles de imaginar. Los desplazamientos para acudir a ferias, vender, visitar familiares o mover el ganado formaban parte de la normalidad. Caminar decenas de kil&oacute;metros en una jornada no era una excepci&oacute;n, sino una necesidad.&nbsp;
    </p><p class="article-text">
        Tom&aacute;s cobr&oacute; tres pesetas por el primero que vendi&oacute;. Eran los tiempos de construcci&oacute;n del t&uacute;nel de La Enga&ntilde;a, cuando hab&iacute;a en la zona trabajadores venidos de Andaluc&iacute;a y de otros lugares. Mientras cuidaba las vacas de su padre -entre diez y catorce animales a su cargo- hac&iacute;a uno o dos cu&eacute;vanos peque&ntilde;os, los vend&iacute;a y as&iacute; fue juntando sus primeras pesetas. &ldquo;Yo siempre ten&iacute;a mi dinero&rdquo;, recuerda. As&iacute; empez&oacute;. Casi sin separar el juego, el trabajo y la vida.&nbsp;
    </p><p class="article-text">
        &ldquo;Nacer hoy y, ma&ntilde;ana, al trabajo&rdquo;. Como tantos ni&ntilde;os de la monta&ntilde;a pasiega, aprendi&oacute; pronto que la escuela compart&iacute;a espacio -y muchas veces ced&iacute;a el paso- a las obligaciones. Fue a la escuela de Riolangos, donde llegaron a juntarse m&aacute;s de cuarenta ni&ntilde;os y ni&ntilde;as, pero su asistencia no fue constante: hab&iacute;a que atender el ganado, ayudar en casa o ir al monte. Recuerda a varios maestros y maestras, entre ellos Vicente, Pili y Ascensi&oacute;n.
    </p><p class="article-text">
        La ense&ntilde;anza era sencilla, &ldquo;con encerado, cuaderno y poco m&aacute;s&rdquo;. Tom&aacute;s conserva una memoria muy clara de su habilidad para las cuentas. Todav&iacute;a hoy calcula de cabeza con soltura, aunque leer y escribir le costaban m&aacute;s. De aquellos a&ntilde;os conserva tambi&eacute;n el recuerdo de la Primera Comuni&oacute;n, cuando varios ni&ntilde;os caminaron juntos hasta Vega de Pas sin que les dejaran hablar por el camino. Hacia los 12 o 13 a&ntilde;os, la escuela fue quedando atr&aacute;s y comenz&oacute; a ir al monte con su hermano para plantar pinos en el monte El Pico.&nbsp;
    </p><p class="article-text">
        Tom&aacute;s naci&oacute; en marzo de 1940, apenas un a&ntilde;o despu&eacute;s del final de la Guerra de Espa&ntilde;a. Aunque era demasiado peque&ntilde;o para recordarla, la guerra estaba muy presente en los relatos familiares. Su padre hab&iacute;a sido movilizado poco despu&eacute;s de casarse y permaneci&oacute; fuera durante m&aacute;s de tres a&ntilde;os. Cuando regres&oacute;, apenas reconoci&oacute; a la hija que hab&iacute;a dejado siendo un beb&eacute;.&nbsp;
    </p><p class="article-text">
        En los recuerdos transmitidos por los mayores permanec&iacute;an tambi&eacute;n las historias de quienes se refugiaron en cuevas de la zona durante el conflicto, saliendo de noche para buscar patatas o alubias con las que sobrevivir. La escasez marc&oacute; los a&ntilde;os posteriores. En casa se cultivaban ma&iacute;z, patatas y alubias, pero la harina de trigo segu&iacute;a siendo un bien preciado. Su padre recorr&iacute;a largas distancias con un burro para intercambiar cu&eacute;vanos por harina en la zona de Soncillo, aunque en ocasiones la mercanc&iacute;a era requisada en La Paloma antes de llegar a casa.
    </p><p class="article-text">
        Como ocurr&iacute;a en buena parte de los Valles Pasiegos de mediados del siglo XX, la econom&iacute;a familiar depend&iacute;a de sumar muchos esfuerzos distintos: ganado, fruta, peque&ntilde;os intercambios comerciales, trabajos agr&iacute;colas y cu&eacute;vanos.&nbsp;La familia practicaba las tradicionales mudas, caracter&iacute;sticas de los Valles Pasiegos desde siglos atr&aacute;s: el ganado se desplazaba entre distintas fincas y caba&ntilde;as seg&uacute;n la estaci&oacute;n, obligando a recorrer continuamente caminos de monta&ntilde;a. Algunas de las caba&ntilde;as donde vivieron carec&iacute;an de las comodidades m&aacute;s b&aacute;sicas. Dorm&iacute;an sobre camas de hierba o colchones rellenos con hojas de ma&iacute;z, se alumbraban con candiles de petr&oacute;leo, carburo o gas, y el agua deb&iacute;a transportarse desde las fuentes cercanas.&nbsp;
    </p><p class="article-text">
        La llegada de la luz el&eacute;ctrica a Riolangos, hacia mediados o finales de los a&ntilde;os cincuenta, fue recibida con mezcla de asombro y desconfianza. Algunos vecinos no quer&iacute;an que los postes atravesaran sus fincas y otros miraban aquella novedad con miedo: la electricidad era algo desconocido. La vida social tambi&eacute;n cambi&oacute;, la casa de los Mantec&oacute;n fue una de las primeras en contar con radio y televisi&oacute;n, convirti&eacute;ndose durante a&ntilde;os en lugar de encuentro para buena parte del vecindario.&nbsp;
    </p><p class="article-text">
        La vida comunitaria tambi&eacute;n se sosten&iacute;a en los trabajos compartidos. Tom&aacute;s recuerda c&oacute;mo, hacia el mes de abril, los vecinos se reun&iacute;an para limpiar los caminos durante uno o varios d&iacute;as. Una obligaci&oacute;n colectiva imprescindible en un territorio donde los accesos eran parte de la supervivencia diaria.&nbsp;
    </p><p class="article-text">
        Como ocurri&oacute; con muchas familias pasiegas durante las d&eacute;cadas de 1950 y 1960, la emigraci&oacute;n tambi&eacute;n atraves&oacute; la historia familiar de Tom&aacute;s. Un hermano march&oacute; primero a Asturias, donde vendi&oacute; barquillos, y despu&eacute;s se fue a Francia. Varias de sus hermanas tambi&eacute;n pasaron a&ntilde;os all&iacute;. Fueron a servir, como tantas j&oacute;venes de zonas rurales que entraban en casas de familias siguiendo redes ya abiertas al otro lado de los Pirineos. En esa memoria aparece tambi&eacute;n el trabajo del helado, tan ligado a la emigraci&oacute;n pasiega. Su padre, despu&eacute;s de casarse, hab&iacute;a ido a Francia con un hermano, cruzando por el monte y sin papeles.
    </p><p class="article-text">
        Al llegar a la juventud, Tom&aacute;s sigui&oacute; combinando la ganader&iacute;a, los trabajos del monte y la elaboraci&oacute;n de cu&eacute;vanos. Como tantos hombres de su generaci&oacute;n, tambi&eacute;n tuvo que cumplir el servicio militar, una experiencia que lo sac&oacute; por primera vez de su mundo m&aacute;s cercano. Lo hizo a comienzos de los a&ntilde;os sesenta: primero en Vitoria, donde pas&oacute; tres meses de instrucci&oacute;n en el campamento de Araca, y despu&eacute;s en Santander, en el cuartel de El Alta. Recuerda el fr&iacute;o, la nieve y el rancho de aquellos primeros meses, pero tambi&eacute;n el contraste de llegar a la ciudad y moverse por Santander vestido de paisano.
    </p><p class="article-text">
        Durante la mili fue destinado tambi&eacute;n a Santo&ntilde;a, donde pas&oacute; unos cuarenta d&iacute;as haciendo guardias en el penal. Aquella experiencia le mostr&oacute; otra cara de la Espa&ntilde;a franquista. En Santander trabaj&oacute; como asistente, llevando leche desde el cuartel a un mando que viv&iacute;a cerca de Valdecilla. Aquel periodo termin&oacute; con su ingreso en el hospital por un fuerte dolor de espalda. Recuerda todav&iacute;a Valdecilla organizada por pabellones y con presencia de religiosas; desde all&iacute; acab&oacute; siendo licenciado.&nbsp;
    </p><h2 class="article-text">Cu&eacute;vanos a pie, cu&eacute;vanos en moto</h2><p class="article-text">
        En torno a los veintinueve a&ntilde;os se cas&oacute; con Valvanuz, natural de San Pedro del Romeral. El noviazgo tambi&eacute;n se viv&iacute;a a pie: para verla ten&iacute;a que subir y bajar andando nueve, diez o doce kil&oacute;metros. Se encontraban en bailes y visitas breves, siempre condicionadas por el ganado y las tareas de cada d&iacute;a. La boda reuni&oacute; a amigos y familia. Se casaron en la iglesia de San Pedro del Romeral y la comida se celebr&oacute; en Vega de Pas. Al a&ntilde;o, en 1970, naci&oacute; su primer hijo, Conceso, que recibi&oacute; el nombre de su abuelo paterno.
    </p><p class="article-text">
        La vida de matrimonio comenz&oacute; con muy poco y se fue levantando paso a paso. La pareja termin&oacute; asent&aacute;ndose en San Pedro del Romeral en 1995, donde Tom&aacute;s continu&oacute; vinculado al ganado y a la elaboraci&oacute;n de cu&eacute;vanos. Sal&iacute;a a venderlos, primero a pie y m&aacute;s tarde en una moto, recorriendo Luena, Ontaneda, Entrambasmestas, San Mart&iacute;n y otros pueblos donde pudiera colocar alguna pieza. En verano trabaj&oacute; dos o tres temporadas ayudando a un vecino en la hierba. Con ese trabajo y con lo que iba reuniendo, la pareja empez&oacute; a formar su propia ganader&iacute;a: primero una vaca que le dio su padre, despu&eacute;s otra que le dio su suegro, y m&aacute;s tarde otras dos que pudieron comprar, hasta tener cuatro en total. &ldquo;Y as&iacute; fuimos tirando&rdquo;, cuenta.
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        Con los a&ntilde;os, logr&oacute; formar una peque&ntilde;a ganader&iacute;a propia que lleg&oacute; a reunir en torno a veinticuatro o veintis&eacute;is vacas. No era una explotaci&oacute;n grande, como &eacute;l mismo insiste, pero s&iacute; suficiente para sacar adelante a la familia a base de trabajo constante y de una econom&iacute;a en la que cada peseta contaba. La organizaci&oacute;n segu&iacute;a marcada por las estaciones y la familia continu&oacute; viviendo de caba&ntilde;a en caba&ntilde;a durante d&eacute;cadas, al ritmo de las mudas y de los pastos.
    </p><p class="article-text">
        Solo mucho m&aacute;s tarde, ya en la vejez, aquella vida de desplazamientos fue quedando atr&aacute;s. Tambi&eacute;n quedaron en la memoria algunos accidentes: una ca&iacute;da de un cerezo lo tuvo sesenta y dos d&iacute;as en cama y otro percance con una yegua volvi&oacute; a lesionarle. En los &uacute;ltimos a&ntilde;os, entre la leche que recog&iacute;a Nestl&eacute; y una econom&iacute;a a veces muy justa, el trabajo sigui&oacute; siendo exigente.
    </p><p class="article-text">
        La elaboraci&oacute;n de cu&eacute;vanos sigui&oacute; siendo una ayuda imprescindible. Tom&aacute;s hac&iacute;a las piezas por la noche, despu&eacute;s de atender el ganado, muchas veces con la caja de tabaco al lado, como su abuelo. El oficio exige conocer el monte y la madera. Hay que escoger varas rectas, con pocos nudos, cortarlas, pelarlas, dejarlas secar durante meses y volver a meterlas en agua antes de trabajarlas.
    </p><p class="article-text">
        Despu&eacute;s llega el trabajo de rodilla, trapo, navaja y regla: labrar, sacar costones, preparar las manos y empezar a tejer. Nada va clavado. Todo depende de la tensi&oacute;n de la madera, de la veta y de la experiencia acumulada en las manos. No es solo un oficio heredado: ha sido una forma concreta de sacar adelante a su familia.&nbsp;
    </p><p class="article-text">
        De aquella vida no habla con nostalgia f&aacute;cil. Recuerda el fr&iacute;o, la nieve, la lluvia, los caminos y alguna vez la niebla cerrada. &ldquo;Aqu&iacute; el campo es duro&rdquo;. Tom&aacute;s se jubil&oacute; a los sesenta y cinco a&ntilde;os, aunque todav&iacute;a continu&oacute; algunos a&ntilde;os m&aacute;s con el ganado, hasta rondar los setenta. M&aacute;s que una elecci&oacute;n, fue la vida que le toc&oacute;: moverse, trabajar y seguir adelante.&nbsp;
    </p><p class="article-text">
        Los cu&eacute;vanos, como &eacute;l mismo dice, le han acompa&ntilde;ado siempre: hacerlos, venderlos, volver a hacerlos. No lo presenta como una vocaci&oacute;n idealizada, sino como una tarea aprendida desde ni&ntilde;o, abandonada a veces por cansancio y retomada despu&eacute;s con gusto. Hoy sabe que quedan muy pocos capaces de continuar este oficio y que apenas hay relevo para un saber transmitido durante generaciones.
    </p><p class="article-text">
        En sus manos, el cu&eacute;vano no es una reliquia: es memoria viva. Una t&eacute;cnica, una econom&iacute;a y una forma de habitar los Valles Pasiegos que todav&iacute;a resiste aunque seg&uacute;n Tom&aacute;s est&aacute; destinado a acabarse. La vida de trabajo duro no permite mucha romantizaci&oacute;n. El balance de su vida, dice, &ldquo;es peque&ntilde;o&rdquo;, &ldquo;unos ratos buenos, otros malos&hellip; ir tirando a ver&rdquo;.
    </p>]]></description>
      <dc:creator><![CDATA[Zhenya Popova Tikhonova]]></dc:creator>
      <guid isPermaLink="true"><![CDATA[https://www.eldiario.es/cantabria/blog/legado-cantabria/cuevanos-tomas-mantecon-pelayo-perviven-valles-mudaron-costumbres_132_13588320.html]]></guid>
      <pubDate><![CDATA[Sat, 17 Oct 2026 19:21:37 +0000]]></pubDate>
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    </item>
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      <title><![CDATA[Eloy Velázquez: materia, memoria y vida]]></title>
      <link><![CDATA[https://www.eldiario.es/cantabria/blog/legado-cantabria/eloy-velazquez-materia-memoria-vida_1_13538593.html]]></link>
      <description><![CDATA[<p><img src="https://static.eldiario.es/clip/3c3a5c60-b377-4a01-a2dd-7c9df000cc98_16-9-discover-aspect-ratio_default_0_x780y390.jpg" width="1200" height="675" alt="Eloy Velázquez: materia, memoria y vida"></p><div class="subtitles"><p class="subtitle">Buena parte de la trayectoria del artista consiste en escuchar y transmitir las historias que guarda la materia y que conserva las huellas de otra vida </p></div><p class="article-text">
        Eloy Vel&aacute;zquez G&oacute;mez naci&oacute; el 6 de diciembre de 1949 en Belmonte (Asturias), en la casa de su abuela materna, donde su madre, Erundina, hab&iacute;a ido a dar a luz siguiendo una costumbre de la &eacute;poca. La inscripci&oacute;n tard&iacute;a de su padre en el registro situ&oacute; oficialmente su nacimiento el 18 de diciembre. Su vida quedar&iacute;a para siempre ligada a Santander.
    </p><p class="article-text">
        Eloy estudi&oacute; en un colegio religioso ya desaparecido, dentro de aquella ense&ntilde;anza del franquismo que recuerda marcada por la dureza, la obediencia y los principios del r&eacute;gimen dictatorial. &ldquo;Crecimos en el franquismo, bajo la f&eacute;rrea dictadura nacionalcatolicista. La sufrimos, conservamos las cicatrices de una infancia y adolescencia triste, sombr&iacute;a&rdquo;.
    </p><p class="article-text">
        Sin embargo, incluso en los contextos m&aacute;s cerrados aparecen grietas por las que entra la luz. En su caso, esa grieta lleg&oacute; muy pronto: un ni&ntilde;o tallando palos con una navaja, modelando la masilla sobrante de los cristales y buscando formas en cualquier material que ca&iacute;a en sus manos. No hab&iacute;a antecedentes art&iacute;sticos en la familia, pero s&iacute; una curiosidad insaciable por transformar la materia.
    </p><p class="article-text">
        La revelaci&oacute;n lleg&oacute; cuando ten&iacute;a apenas diez u once a&ntilde;os. Una amiga de su hermana envi&oacute; desde Argentina un libro dedicado a los maestros del expresionismo alem&aacute;n. En una Espa&ntilde;a donde casi todo se imprim&iacute;a en blanco y negro, aquellas p&aacute;ginas en color le mostraron que &ldquo;el arte pod&iacute;a ser maravilloso. Era un refugio para ser t&uacute; mismo, para encontrarte a ti mismo, para ejercer la libertad que no ten&iacute;amos&rdquo;. Aprendi&oacute; que el arte no ten&iacute;a por qu&eacute; limitarse a copiar la realidad.
    </p><p class="article-text">
        De aquella fascinaci&oacute;n naci&oacute; uno de sus primeros cuadros al &oacute;leo y empez&oacute; a construirse su mirada. Entre las antig&uuml;edades familiares aprendi&oacute; que los objetos tambi&eacute;n tienen biograf&iacute;a, una intuici&oacute;n que d&eacute;cadas despu&eacute;s reaparecer&iacute;a en su escultura. Su madre, Erundina, desempe&ntilde;&oacute; un papel decisivo. Fue ella quien apoy&oacute; aquellas inclinaciones art&iacute;sticas tempranas, quien le compraba pinturas y quien comprendi&oacute; que aquella afici&oacute;n no era una ocurrencia pasajera.
    </p><p class="article-text">
        A medida que avanzaba la adolescencia, el dibujo y la pintura fueron ocupando cada vez m&aacute;s espacio. Eloy ten&iacute;a claro que quer&iacute;a ser artista. El siguiente giro lleg&oacute; a los dieciocho a&ntilde;os, cuando consigui&oacute; que sus padres le permitieran sacar el pasaporte &mdash;un tr&aacute;mite nada sencillo en la Espa&ntilde;a franquista&mdash; y viaj&oacute; a Par&iacute;s con Jean Bautiste Den&iacute;s, un profesor franc&eacute;s de espa&ntilde;ol con el que hab&iacute;a entablado cierta amistad.
    </p><p class="article-text">
        Lleg&oacute; en el verano de 1968, poco despu&eacute;s del Mayo franc&eacute;s. No vivi&oacute; directamente el estallido de las revueltas, pero s&iacute; su atm&oacute;sfera: las pintadas, las manifestaciones, los ecos de &ldquo;prohibido prohibir&rdquo;, la simpat&iacute;a hacia la juventud universitaria y una ciudad donde la libertad parec&iacute;a ocupar la calle. 
    </p><p class="article-text">
        Aquel mismo verano presenci&oacute; tambi&eacute;n las manifestaciones provocadas por la invasi&oacute;n sovi&eacute;tica de Checoslovaquia, otro golpe de realidad pol&iacute;tica para un joven que ven&iacute;a de una Espa&ntilde;a que &eacute;l recuerda &ldquo;dura, &aacute;spera, violenta&rdquo;. 
    </p><blockquote class="quote">

    
    <div class="quote-wrapper">
      <div class="first-quote"></div>
      <p class="quote-text">“El arte podía ser maravilloso, era un refugio para ser tú mismo, para ejercer la libertad que no teníamos”</p>
          </div>

  </blockquote><p class="article-text">
        Durante un tiempo quiso quedarse all&iacute;, estudiar arte y formar parte de aquel ambiente. Frecuent&oacute; talleres libres de dibujo y pintura en la zona de Montmartre, donde, previo pago de una peque&ntilde;a entrada, pod&iacute;a dibujar modelos desnudos junto a aprendices de artista de distintas nacionalidades. 
    </p><p class="article-text">
        Pero Par&iacute;s tambi&eacute;n exig&iacute;a sobrevivir. Trabaj&oacute; primero repartiendo y pegando carteles publicitarios para una inmobiliaria y despu&eacute;s como pinche en un restaurante llamado La Paella, junto a la Estaci&oacute;n del Este, donde adem&aacute;s consigui&oacute; alojamiento. 
    </p><p class="article-text">
        Aquellos d&iacute;as dejaron en &eacute;l no solo un impacto est&eacute;tico y pol&iacute;tico, sino una idea que atravesar&iacute;a toda su obra posterior: intentar contribuir, desde el arte y desde la propia vida, a hacer un mundo un poco mejor.
    </p><p class="article-text">
        Cuando regres&oacute; de la capital francesa, Eloy ten&iacute;a dieciocho a&ntilde;os y una certeza que ya no le abandonar&iacute;a: quer&iacute;a dedicar su vida al arte. Sin embargo, la realidad de la &eacute;poca impon&iacute;a otros ritmos. En la Santander de finales de los a&ntilde;os sesenta las opciones universitarias eran limitadas: para quienes proced&iacute;an de Humanidades, solo Magisterio; para el resto, la Escuela de Peritos.
    </p><p class="article-text">
        Opt&oacute; por estudiar Magisterio mientras segu&iacute;a alimentando su formaci&oacute;n art&iacute;stica de manera paralela. Fueron tambi&eacute;n a&ntilde;os de intensa actividad cultural. En Magisterio entr&oacute; en contacto con Julio Fernandez, los hermanos Gij&oacute;n, Jos&eacute; Ram&oacute;n San Juan y otros j&oacute;venes inquietos, y se vincul&oacute; al grupo Nuevos Juglares. Tocaba la guitarra, la flauta y la arm&oacute;nica, y lleg&oacute; a escribir sus propias canciones dentro de aquel ambiente de m&uacute;sica folk, canci&oacute;n protesta y militancia cultural de los &uacute;ltimos a&ntilde;os del franquismo. 
    </p><p class="article-text">
        Era una cultura hecha bajo vigilancia, entre lecturas prohibidas y amistades que en algunos casos terminaron vinculadas al Partido Comunista. Recuerda aquella etapa como una experiencia &ldquo;maravillosa&rdquo;, formada por &ldquo;chavales rom&aacute;nticos, revolucionarios&rdquo;, que dej&oacute; en ellos &ldquo;un poso&rdquo; para seguir andando por la vida. En aquella Santander de los setenta, espacios como La Llave, de Alfredo P&iacute;ris, funcionaron tambi&eacute;n como peque&ntilde;os territorios de libertad y encuentro.
    </p><p class="article-text">
        A principio de los setenta empez&oacute; a trabajar en la ense&ntilde;anza y, al mismo tiempo, se matricul&oacute; en Historia del Arte en Valladolid para completar una formaci&oacute;n que en Cantabria todav&iacute;a no pod&iacute;a cursar. Durante esos a&ntilde;os empez&oacute; a unir dos caminos que ya no se separar&iacute;an del todo: la creaci&oacute;n art&iacute;stica y la educaci&oacute;n.
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        En 1974 se produjo un nuevo giro. Sus padres ampliaron el negocio familiar de antig&uuml;edades y pusieron en marcha la Galer&iacute;a de arte Vel&aacute;zquez, comunicada con el negocio de antig&uuml;edades. Eloy asumi&oacute; la direcci&oacute;n del espacio con apenas veinticuatro a&ntilde;os. En aquella misma planta tuvo su primer estudio, un cuarto peque&ntilde;o donde colgaba dibujos y experimentaba con caf&eacute;, lej&iacute;a y otros materiales dom&eacute;sticos. 
    </p><p class="article-text">
        Aquel taller dentro del negocio familiar dio cuerpo diario a su vocaci&oacute;n, aunque la galer&iacute;a termin&oacute; oblig&aacute;ndole a aparcar temporalmente los estudios en Valladolid. Durante a&ntilde;os, la Galer&iacute;a Vel&aacute;zquez fue algo m&aacute;s que una sala de exposiciones: un espacio de charlas, recitales y encuentros con artistas y escritores como P&iacute;o Muriedas, Jose Antonio Sandoval, Leopoldo Rodr&iacute;guez Alcalde, Paco Revuelta o Fernando Abascal, entre otros. En la Santander de aquellos a&ntilde;os, abri&oacute; un peque&ntilde;o territorio de libertad cultural.
    </p><p class="article-text">
        La Galer&iacute;a Vel&aacute;zquez no solo acogi&oacute; obras ajenas. En 1979, Eloy present&oacute; all&iacute; su primera exposici&oacute;n individual, una treintena de &oacute;leos vinculados al mar, la playa y la vida marinera de Cantabria. 
    </p><p class="article-text">
        Durante la d&eacute;cada de 1980, su presencia expositiva se hizo cada vez m&aacute;s frecuente en Cantabria, La Rioja, Burgos o Madrid. La cr&iacute;tica lo situ&oacute; dentro de la llamada Generaci&oacute;n de los 80 del arte c&aacute;ntabro, aunque Eloy nunca fue un artista f&aacute;cil de encasillar. M&aacute;s que seguir una corriente, fue construyendo una voz propia.
    </p><p class="article-text">
        En esa etapa pict&oacute;rica ya aparecen varias constantes que seguir&aacute;n acompa&ntilde;&aacute;ndolo: la presencia de lo po&eacute;tico y literario, la investigaci&oacute;n de las texturas y una mirada cr&iacute;tica hacia la educaci&oacute;n sentimental recibida durante el franquismo. 
    </p><p class="article-text">
        Tras las marinas, de fuerte cromatismo y realismo m&aacute;gico, llegaron las figuras humanas -aquellas &ldquo;figurotas&rdquo; de transici&oacute;n- y despu&eacute;s una serie de dibujos de tem&aacute;tica er&oacute;tica realizados con caf&eacute; y vino, cuya fuerza no estaba tanto en lo expl&iacute;cito como en la libertad que propon&iacute;an. 
    </p><p class="article-text">
        En 1985, su exposici&oacute;n en el Museo de Bellas Artes de Santander consolid&oacute; esa etapa, donde tambi&eacute;n aparec&iacute;an referencias literarias como Federico Garc&iacute;a Lorca y su Eleg&iacute;a a Juana la Loca.
    </p><p class="article-text">
        Durante los a&ntilde;os ochenta ampli&oacute; su formaci&oacute;n en grabado. Primero en Madrid, junto a su amigo Jos&eacute; Mar&iacute;a del Valle; despu&eacute;s, en 1986, en la Escola de recerca gr&aacute;fica de Calella, en Barcelona; y m&aacute;s adelante con una beca ampli&oacute; estudios en Florencia, en la prestigiosa Scuola Internazionale di specializzazione Grafica Il Bisonte. All&iacute; trabaj&oacute; con Domenico Viggiano y F. Kraczyna, y pudo estudiar de cerca dibujos originales de Miguel &Aacute;ngel, Leonardo da Vinci o Botticelli.
    </p><p class="article-text">
        El grabado le abri&oacute; un campo nuevo de investigaci&oacute;n: planchas, &aacute;cidos, tintas, presi&oacute;n, papeles artesanales y t&eacute;cnicas mixtas. Ese aprendizaje lo llev&oacute; a instalar en Santo&ntilde;a un amplio taller en una antigua f&aacute;brica de conservas de mil metros cuadrados, donde fabric&oacute; papeles de gran formato, tras estudiar las t&eacute;cnicas con Thomas Pupkiewikz.
    </p><p class="article-text">
        El grabado le dio tambi&eacute;n proyecci&oacute;n internacional: particip&oacute;, entre otras muestras, en Grabadores europeos actuales, en Latina (Italia), en 1989, y obtuvo reconocimiento en cert&aacute;menes como la IV y V Bienal de Grabado Ciudad de Burgos, en 1989 y 1991. En 1993 particip&oacute; en la espectacular realizaci&oacute;n de El mayor grabado del mundo, una estampa de doce metros cuadrados estampada al aire libre en el campus de la Universidad de Cantabria, con ayuda de una apisonadora, un proyecto financiado por la UC y Artesantander
    </p><p class="article-text">
        En esos a&ntilde;os, el papel dej&oacute; de ser soporte para convertirse en materia, lo fabricaba, lo endurec&iacute;a y lo cargaba de pigmentos y restos de objetos, llegando a pesar algunas obras decenas de kilos. Entre la Galer&iacute;a Sen de Madrid (1991), San Rom&aacute;n de Escalante (1992), De la tierra al mar en la Fundaci&oacute;n Marcelino Bot&iacute;n (1993) y el Congreso Nacional de la Historia del Papel en Cuenca (1997), el relieve fue ganando cuerpo hasta abrir el camino hacia la escultura. Eloy lleg&oacute; as&iacute; al volumen de manera natural, aunque prefiere definirse como artista pl&aacute;stico: alguien que no renuncia a ning&uacute;n medio si ese medio le permite decir lo que necesita decir.
    </p><p class="article-text">
        La investigaci&oacute;n sobre el grabado tampoco qued&oacute; limitada al taller. En 2003 obtuvo el grado de doctor por la Universidad de Oviedo con la tesis doctoral Cantabria en el grabado y la estampa. Del siglo XVI a la Guerra Civil espa&ntilde;ola, una investigaci&oacute;n a la que dedic&oacute; siete a&ntilde;os y que fue calificada con sobresaliente cum laude. As&iacute;, el grabado se convirti&oacute; en una bisagra decisiva de su trayectoria y abri&oacute; el camino hacia las t&eacute;cnicas mixtas, el papel de gran formato, los relieves y la escultura.
    </p><p class="article-text">
        Sus proyectos comenzaron a construirse como espacios de reflexi&oacute;n donde conviv&iacute;an memoria, historia, literatura, denuncia social y experiencia personal. La materia segu&iacute;a siendo esencial y serv&iacute;a para interrogar cuestiones universales relacionadas con la violencia, el poder, el exilio, la vigilancia, la fragilidad humana o la guerra.
    </p><p class="article-text">
        Miradas perdidas (2004), en el Centro Cultural Caja Cantabria, marc&oacute; ese giro definitivo: por primera vez la escultura ocupaba el centro de una gran exposici&oacute;n suya, con personajes construidos a partir de madera, hierro y objetos rescatados de la vida com&uacute;n. Eran figuras nacidas de la calle, de la soledad y de una mirada cr&iacute;tica hacia los m&aacute;rgenes de la sociedad. 
    </p><p class="article-text">
        Despu&eacute;s llegaron las grandes instalaciones de compromiso social: Desde el sur del silencio (2011), sobre las migraciones y los derechos humanos. Entre medias, proyectos como Singles &amp; Couples (2012) e Invisible Lines (2015) ampliaron su reflexi&oacute;n sobre la comunicaci&oacute;n contempor&aacute;nea, el cuerpo y los l&iacute;mites de lo visible, adem&aacute;s de abrir nuevas investigaciones formales. No Crossing (2016), centrada en las fronteras y el desarraigo, y Las flores de Ares (2019), ampliada y revisitada en 2024, donde la guerra aparece como origen del horror y de los desplazamientos humanos. 
    </p><p class="article-text">
        En los a&ntilde;os posteriores, proyectos como Para&iacute;so pan&oacute;ptico (2021), Wonderland (2024) ampliaron esa mirada cr&iacute;tica hacia la vigilancia, la tecnolog&iacute;a, las contradicciones del presente y la memoria &iacute;ntima de la materia.
    </p><p class="article-text">
        Para Eloy, una instalaci&oacute;n funciona como un todo al que no se le puede quitar nada. Algunas de estas instalaciones est&aacute;n cedidas, depositadas o adquiridas por instituciones como la Universidad de Cantabria, la Fundaci&oacute;n Valdecilla o la Consejer&iacute;a de Cultura.
    </p><p class="article-text">
        Paralelamente, llev&oacute; el grabado al formato del libro de artista, en di&aacute;logo con poetas y escritores. De esa l&iacute;nea surgieron Indocumentados (2011); El Cuervo (2012), versi&oacute;n de Isaac Cuende sobre el poema de Edgar Allan Poe; Sex(t)o Sentido (2014), con poemas de Rafael Fombellida; y Entrance (2016), con textos de Guillermo Balbona.
    </p><p class="article-text">
        En m&aacute;s de cinco d&eacute;cadas de trayectoria, su obra ha circulado en exposiciones nacionales e internacionales y forma parte de colecciones como la Biblioteca Nacional, la Calcograf&iacute;a Nacional, el Museo de Bellas Artes de Santander, colecci&oacute;n Bragales, el Museo de Bellas Artes de La Rioja, la Fundaci&oacute;n Marcelino Bot&iacute;n, la Colecci&oacute;n Norte del Gobierno de Cantabria o la Fundaci&oacute;n La Caixa.&nbsp;
    </p><p class="article-text">
        Tras sus primeros a&ntilde;os en Liergan&eacute;s, tuvo distintos destinos, ya en Secundaria, y termin&oacute; su carrera docente en el Instituto Santa Clara de Santander, donde imparti&oacute; Historia del Arte y Volumen al alumnado del Bachillerato de Arte. All&iacute; ense&ntilde;&oacute; y foment&oacute; la libertad creativa y el pensamiento cr&iacute;tico de los futuros estudiantes de Bellas Artes. Desde 2015, uno de sus caracter&iacute;sticos Troyanos permanece en el hall del IES Santa Clara, como huella de su trayectoria docente y art&iacute;stica.
    </p><p class="article-text">
        Desde sus estudios imparti&oacute; tambi&eacute;n cursos de grabado, fabricaci&oacute;n artesanal de papel y t&eacute;cnicas gr&aacute;ficas para profesorado a trav&eacute;s del CEP. Para Eloy, ense&ntilde;ar arte nunca consisti&oacute; &uacute;nicamente en transmitir t&eacute;cnicas: &ldquo;el arte est&aacute; en la cabeza, no solo en las manos&rdquo;. 
    </p><p class="article-text">
        Tras d&eacute;cadas de docencia, Eloy se prejubil&oacute; a los sesenta a&ntilde;os. Estaba a gusto en el Instituto Santa Clara, pero segu&iacute;a una idea que le gusta recordar de Plat&oacute;n: el verdadero vivir del hombre es el ocioe. No entendido como inactividad, sino como tiempo propio para pensar, crear y trabajar sin horarios.
    </p><p class="article-text">
        Hoy trabaja en su estudio de Santander, un bajo con jard&iacute;n que se convirti&oacute; en su segunda casa. Entre la mesa de pensar, la mesa de trabajo y una peque&ntilde;a nave al fondo, con un limonero como testigo, sigue dialogando con la madera. 
    </p><p class="article-text">
        Conserva tambi&eacute;n sus cuadernos de cama -ideas, procesos y soluciones t&eacute;cnicas desde los a&ntilde;os ochenta- y un archivo ordenado de prensa, cat&aacute;logos y documentaci&oacute;n. Todo ocupa su lugar. Lejos del t&oacute;pico del artista rodeado de caos, en su taller predominan el orden, la memoria y el tiempo calmo.&nbsp;&nbsp;
    </p><p class="article-text">
        Para Eloy, la creaci&oacute;n no pertenece a una edad: cambia de ritmo, de herramienta y de materia, pero sigue buscando forma. Por eso contin&uacute;a recogiendo materiales, observando grietas y dejando que los restos encontrados le indiquen por d&oacute;nde seguir. Tambi&eacute;n mira el arte c&aacute;ntabro desde la conciencia del relevo.&nbsp;
    </p><p class="article-text">
        Su trayectoria puede leerse como una conversaci&oacute;n larga entre materia, memoria y vida. 
    </p><p class="article-text">
        Desde aquel ni&ntilde;o que modelaba masilla y tallaba palos con una navaja hasta el artista que hoy sigue recogiendo maderas en la playa, Eloy Vel&aacute;zquez G&oacute;mez ha construido una obra donde nada llega vac&iacute;o. 
    </p><p class="article-text">
        Cada resto conserva una historia. Cada grieta puede convertirse en forma. Cada material, si se sabe escuchar, todav&iacute;a tiene algo que decir.
    </p>]]></description>
      <dc:creator><![CDATA[Zhenya Popova Tikhonova]]></dc:creator>
      <guid isPermaLink="true"><![CDATA[https://www.eldiario.es/cantabria/blog/legado-cantabria/eloy-velazquez-materia-memoria-vida_1_13538593.html]]></guid>
      <pubDate><![CDATA[Sat, 26 Sep 2026 20:07:46 +0000]]></pubDate>
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      <media:title><![CDATA[Eloy Velázquez: materia, memoria y vida]]></media:title>
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    </item>
    <item>
      <title><![CDATA[Esteban López Ruiz: caminar hasta que la frase de la vida cobre sentido]]></title>
      <link><![CDATA[https://www.eldiario.es/cantabria/blog/legado-cantabria/esteban-lopez-ruiz-caminar-frase-vida-cobre-sentido_1_13521337.html]]></link>
      <description><![CDATA[<p><img src="https://static.eldiario.es/clip/7fa774d7-899f-4035-ad73-a6bc775ac54f_16-9-discover-aspect-ratio_default_0.jpg" width="1200" height="675" alt="Esteban López Ruiz: caminar hasta que la frase de la vida cobre sentido"></p><div class="subtitles"><p class="subtitle">Su vida ha sido un largo caminar desde los campos secos de Arjona hasta las calles húmedas de Torrelavega</p></div><p class="article-text">
        Buena parte de la vida de Esteban L&oacute;pez Ruiz se ha desarrollado en movimiento. Antes de que pudiera elegir un oficio, ya caminaba detr&aacute;s de los animales por los campos de Ja&eacute;n. Despu&eacute;s atraves&oacute; Espa&ntilde;a en tren, recorri&oacute; durante d&eacute;cadas una f&aacute;brica de porter&iacute;a para dentro, transport&oacute; suministros en un carro por Burgos y pedale&oacute; por las carreteras de Cantabria siempre que el trabajo le dej&oacute; un poco de tiempo. &ldquo;A m&iacute; siempre me ha gustado andar y andar&rdquo;, resume. Y en ese movimiento continuo se reconoce tambi&eacute;n la experiencia de una generaci&oacute;n obligada a desplazarse para sobrevivir.
    </p><p class="article-text">
        Esteban naci&oacute; el 16 de enero de 1933 en Arjona, un municipio de la provincia de Ja&eacute;n situado a unos treinta kil&oacute;metros de la capital. Vino al mundo de noche, en casa, como era habitual entonces. Era hijo de Jos&eacute; Mar&iacute;a L&oacute;pez y Dolores Ruiz Salcedo, ambos pertenecientes a un mundo campesino en el que se viv&iacute;a de lo que ofrec&iacute;an las temporadas: la aceituna, la siega, los olivos y cualquier tarea que apareciera.
    </p><p class="article-text">
        Recuerda Arjona como un pueblo sin agua corriente ni electricidad, donde la oscuridad apenas se venc&iacute;a con la llama de los candiles de aceite. El agua no llegaba hasta las viviendas: hab&iacute;a que caminar hasta los pozos situados fuera del n&uacute;cleo urbano. Las casas se levantaban con barro y, durante las noches m&aacute;s calurosas, el descanso se trasladaba a la calle. En esas im&aacute;genes permanece la vida material de una Andaluc&iacute;a rural marcada por la escasez y sostenida por unos saberes cotidianos transmitidos de generaci&oacute;n en generaci&oacute;n.&nbsp;
    </p><p class="article-text">
        Su padre trabajaba en el campo, aunque Esteban lo recuerda como un hombre con una formaci&oacute;n poco com&uacute;n para su entorno. Sab&iacute;a leer y escribir con soltura, ten&iacute;a conocimientos de lat&iacute;n y, seg&uacute;n contaba, hab&iacute;a llegado a un punto en que el maestro apenas ten&iacute;a ya nada que ense&ntilde;arle. Su madre trabajaba en la recogida de la aceituna y en otras labores cuando era necesario. Esteban conserva su imagen: una mujer morena, de pelo abundante, recogido en un mo&ntilde;o, siempre ocupada y tratando de sostener a la familia.
    </p><p class="article-text">
        La Guerra Espa&ntilde;ola estall&oacute; cuando Esteban ten&iacute;a tres a&ntilde;os. Arjona qued&oacute; situada en una zona cercana al frente y sus primeros recuerdos aparecen unidos a im&aacute;genes que entonces no pod&iacute;a comprender: soldados, bombas, tanques pasando cerca de su casa y personas apresur&aacute;ndose para entrar en un refugio excavado bajo tierra. Para aquel ni&ntilde;o, los veh&iacute;culos militares parec&iacute;an casi juguetes.&nbsp;
    </p><p class="article-text">
        La guerra entr&oacute; directamente en la vida familiar cuando su padre fue detenido y trasladado a Ja&eacute;n. Estuvo encarcelado durante tres a&ntilde;os, aunque Esteban nunca supo con certeza por qu&eacute; se lo hab&iacute;an llevado. Durante aquel periodo, su madre se desplazaba para visitarlo y trataba de mantener unidos a sus hijos en medio de una situaci&oacute;n extremadamente precaria. Esteban vivi&oacute; entonces largas temporadas en Ja&eacute;n que altern&oacute; con tiempos en casa de su abuela Isabel. Lleg&oacute; a conocer sus calles con una precisi&oacute;n que, seg&uacute;n dice, no ha alcanzado despu&eacute;s ni siquiera en Torrelavega. Recuerda la estaci&oacute;n, las obras de la plaza de abastos, los bomberos regando con sus mangueras y los recorridos que hac&iacute;a siendo todav&iacute;a un ni&ntilde;o de cinco o seis a&ntilde;os.
    </p><p class="article-text">
        Parte de la familia se aloj&oacute; durante alg&uacute;n tiempo en una cueva compartida con otras cuatro, cinco o seis familias. Dorm&iacute;an y se organizaban &ldquo;como se pod&iacute;a&rdquo;. La comida proced&iacute;a en ocasiones de los comedores de ayuda que funcionaban en la ciudad. Su madre hac&iacute;a cuanto estaba en su mano mientras su padre permanec&iacute;a preso. Cuando &eacute;l sali&oacute; de la c&aacute;rcel, apenas habl&oacute; de lo ocurrido. Como tantas experiencias de la guerra, aquella qued&oacute; encerrada en el silencio.
    </p><p class="article-text">
        Conoci&oacute; a sus cuatro abuelos: Isabel y Esteban, por parte de madre; Jos&eacute; y Carmen, por parte de padre. Sus nombres pertenecen a ese primer mundo familiar que la memoria conserva incluso cuando los detalles empiezan a borrarse. En aquella familia extensa, como en tantas familias rurales de la &eacute;poca, la vida conviv&iacute;a muy cerca de la p&eacute;rdida. Su hermana Carmen muri&oacute; siendo todav&iacute;a una ni&ntilde;a, despu&eacute;s de enfermar. Entre 1937 y 1938 &eacute;l mismo contrajo paludismo. La enfermedad formaba parte de la infancia y se afrontaba en casa con los recursos disponibles.&nbsp;
    </p><p class="article-text">
        La infancia de Esteban estuvo dominada por el trabajo. Desde los seis o siete a&ntilde;os comenz&oacute; a cuidar animales para distintos &ldquo;patrones&rdquo; como su t&iacute;o o Basilio Rom&aacute;n. Llevaba cerdos -los &ldquo;chones&rdquo; de los que todav&iacute;a habla-, cabras y ovejas por los lugares donde pod&iacute;an pastar seg&uacute;n la &eacute;poca del a&ntilde;o y el estado de los cultivos. En ocasiones iba acompa&ntilde;ado por una persona mayor; otras veces permanec&iacute;a solo.
    </p><p class="article-text">
        Su familia no ten&iacute;a ganado propio ni tierras suficientes. Trabajaban para otros y se trasladaron entre varias casas de la misma zona dependiendo de las circunstancias. No hab&iacute;a espacio para imaginar qu&eacute; quer&iacute;a ser de mayor. El d&iacute;a empezaba con el ganado y, cuando no ten&iacute;a que salir al campo, pod&iacute;a jugar un rato a las canicas con alg&uacute;n vecino. La soledad, sin embargo, estuvo muy presente desde aquellos primeros a&ntilde;os.
    </p><p class="article-text">
        Nunca pudo ir a la escuela. Sab&iacute;a d&oacute;nde estaba, pero solo pod&iacute;a verla desde fuera. &laquo;All&iacute; no te ense&ntilde;aban nada m&aacute;s que trabajar, trabajar y se acab&oacute;&raquo;. Mientras otros ni&ntilde;os asist&iacute;an a clase, &eacute;l contribu&iacute;a a la supervivencia familiar. La falta de escolarizaci&oacute;n lo acompa&ntilde;ar&iacute;a durante d&eacute;cadas, aunque, asegura que aprendi&oacute; a desenvolverse con soltura.
    </p><p class="article-text">
        La posguerra sigui&oacute; ofreciendo pocas oportunidades. El campo andaluz estaba, en palabras de Esteban, &laquo;muerto&raquo;. A su padre le hablaron entonces de Torrelavega, una ciudad donde la industria necesitaba mano de obra. En 1949, la familia emprendi&oacute; el viaje hacia Cantabria. La llegada a Torrelavega signific&oacute; un cambio radical. Frente al campo empobrecido de Ja&eacute;n, se encontr&oacute; con una comarca en plena expansi&oacute;n industrial, con f&aacute;bricas, ganado, mercados y un continuo movimiento de personas. La familia se instal&oacute; en el barrio de La Inmobiliaria, donde cuatro familias y parientes compart&iacute;an vivienda para afrontar el alquiler. El hacinamiento, la solidaridad y las redes familiares formaban parte de las primeras estrategias de asentamiento de quienes llegaban del sur. A pesar de aquellas estrecheces, Esteban sinti&oacute; que la vida empezaba a ofrecer otras posibilidades. Su padre logr&oacute; entrar a trabajar en SNIACE, principalmente en tareas de limpieza y en los lugares donde era requerido, mientras Dolores permanec&iacute;a al cuidado de la casa.
    </p><p class="article-text">
        El primer trabajo de Esteban en Cantabria volvi&oacute; a estar relacionado con los animales. Durante un breve periodo cuid&oacute; las vacas de Jandro, un conocido carnicero del Puente de La Barca. Pasaba gran parte del d&iacute;a en el monte y recib&iacute;a una peseta, adem&aacute;s de manutenci&oacute;n. Tambi&eacute;n ayudaba con el carro y acompa&ntilde;aba el traslado de animales hacia Requejada.&nbsp;Poco despu&eacute;s surgi&oacute; la posibilidad de entrar en SNIACE. Al principio existieron dificultades porque pesaba apenas treinta kilos y alguien consider&oacute; que no reun&iacute;a las condiciones necesarias. Su madre intervino para defenderlo y finalmente fue admitido, comenzando as&iacute; una relaci&oacute;n laboral que se prolongar&iacute;a durante cuarenta y cuatro a&ntilde;os.
    </p><p class="article-text">
        Entr&oacute; como pinche y despu&eacute;s pas&oacute; por la estufa, los talleres, los trabajos junto a mec&aacute;nicos, los montajes, los dep&oacute;sitos de pasta y la brigada que enviaba operarios a distintas secciones. &laquo;De porter&iacute;a para dentro, hice todo lo que me mandaban&raquo;. Durante algunos a&ntilde;os vivi&oacute; en el poblado de SNIACE, donde la empresa proporcionaba viviendas a parte de sus trabajadores. Conserva el recuerdo de una casa c&oacute;moda, desde la que pod&iacute;a contemplar el r&iacute;o y las instalaciones industriales. A lo largo de aquellos a&ntilde;os residi&oacute; en distintos puntos de Vi&eacute;rnoles, La Monta&ntilde;a y Torrelavega; una geograf&iacute;a familiar y obrera enteramente ligada a la comarca del Besaya.&nbsp;
    </p><p class="article-text">
        Antes de casarse cumpli&oacute; el servicio militar en Burgos, en la Academia de Ingenieros. Ten&iacute;a unos veinte o veinti&uacute;n a&ntilde;os y permaneci&oacute; all&iacute; alrededor de dos a&ntilde;os. Tras la instrucci&oacute;n fue destinado como carretero. Conduc&iacute;a un carro tirado por dos caballos y recorr&iacute;a Burgos recogiendo pan y otros suministros para el cuartel. Durante la mili hizo tambi&eacute;n la primera comuni&oacute;n, que no hab&iacute;a podido recibir de ni&ntilde;o debido a que pasaba casi todo el tiempo trabajando en el campo.
    </p><p class="article-text">
        De regreso en Torrelavega, un compa&ntilde;ero de la SNIACE le present&oacute; a &Aacute;ngeles Canal Bueno. Fue su primera compa&ntilde;era y con ella construy&oacute; una familia que se prolong&oacute; durante d&eacute;cadas. Esteban ten&iacute;a alrededor de veinticuatro o veinticinco a&ntilde;os cuando se casaron.
    </p><p class="article-text">
        Tuvieron seis hijos, tres mujeres y tres hombres: &Aacute;ngeles, Dolores, Jos&eacute;, Maite, Esteban y Fernando. La muerte de su madre, en 1971, y, muchos a&ntilde;os despu&eacute;s, la p&eacute;rdida de su esposa fueron dos de los golpes familiares que marcaron su vida adulta.
    </p><p class="article-text">
        Adem&aacute;s de su empleo en SNIACE, trabaj&oacute; durante alg&uacute;n tiempo en un taller de Cud&oacute;n dirigido por Enrique Salas, donde se fabricaban remos; con un cepillo y una lija daba forma a las palas de madera. Cuando libraba o despu&eacute;s de terminar su turno en la f&aacute;brica. Ese trayecto lo hac&iacute;a en bicicleta.
    </p><p class="article-text">
        La bicicleta fue mucho m&aacute;s que un medio de transporte. Representaba el tiempo propio despu&eacute;s del trabajo, el movimiento sin &oacute;rdenes y la posibilidad de recorrer el territorio a su manera. Seraf&iacute;n le construy&oacute; una de sus primeras bicicletas por 3.000 pesetas. Nunca sinti&oacute; inter&eacute;s por competir seriamente: prefer&iacute;a pedalear solo y elegir el camino. Admiraba a Federico Mart&iacute;n Bahamontes y segu&iacute;a las grandes vueltas. En una ocasi&oacute;n lleg&oacute; a completar una ruta de unos cuatrocientos kil&oacute;metros pasando por Vitoria y Burgos. Tambi&eacute;n se desplazaba con frecuencia hasta Portugalete y otros puntos del norte.
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        La f&aacute;brica fue escenario de algunos de los principales conflictos laborales de la historia reciente de Torrelavega. Esteban recuerda la convivencia de distintos sindicatos &mdash;Comisiones Obreras, UGT y el Sindicato Unitario&mdash;, las huelgas y un encierro que se prolong&oacute; durante m&aacute;s de cuarenta d&iacute;as. Trabajadores y familiares se organizaban para sostener la protesta. En otra movilizaci&oacute;n caminaron desde Torrelavega hasta Santander, recorriendo unos veinticinco kil&oacute;metros para hacer visibles sus reivindicaciones. A los sesenta a&ntilde;os, Esteban sali&oacute; de SNIACE en medio de un proceso de reducci&oacute;n de plantilla. &Eacute;l insiste en que no se jubil&oacute; voluntariamente: &laquo;Me echaron&raquo;. Despu&eacute;s de cuarenta y cuatro a&ntilde;os, todav&iacute;a conservaba energ&iacute;a, pero el mercado laboral ya no ten&iacute;a un lugar para &eacute;l. Volvi&oacute; entonces a dedicar muchas horas a la bicicleta, recorriendo carreteras y caminos mientras el cuerpo se lo permiti&oacute;.
    </p><p class="article-text">
        La falta de escuela dej&oacute; una herida que tardar&iacute;a d&eacute;cadas en empezar a cerrarse. Ya adulto, SNIACE organiz&oacute; clases para los trabajadores que no hab&iacute;an aprendido a leer y escribir. Esteban asist&iacute;a cuando los turnos se lo permit&iacute;an. Durante una hora abandonaba su puesto y recib&iacute;a formaci&oacute;n b&aacute;sica. Aprendi&oacute;, pero la falta de pr&aacute;ctica hizo que con el tiempo olvidara buena parte de lo aprendido. Muchos a&ntilde;os despu&eacute;s retom&oacute; ese camino. En la residencia Alborada de Torrelavega, Tamara comenz&oacute; a ponerle deberes y ejercicios con una cartilla. Esteban copia palabras, reconoce letras y lee textos, aunque a veces le cuesta retener el significado o distinguir las letras peque&ntilde;as. Lo importante no es solo el resultado, sino la perseverancia de un hombre que, despu&eacute;s de haber pasado toda la infancia trabajando, volvi&oacute; a sentarse ante una p&aacute;gina con m&aacute;s de noventa a&ntilde;os.
    </p><p class="article-text">
        Sus seis hijos pudieron asistir a la escuela, algo que para &eacute;l represent&oacute; una diferencia fundamental respecto a su propia infancia. La familia ha seguido creciendo: Esteban cuenta con ocho nietos, nueve bisnietos y una bisnieta. Es el &uacute;ltimo superviviente de su generaci&oacute;n familiar y contempla en esa descendencia la continuidad de una historia que comenz&oacute; en una casa humilde de Arjona.
    </p><p class="article-text">
        Tras el fallecimiento de su esposa, en 2015, continu&oacute; viviendo solo durante alg&uacute;n tiempo. Varias ca&iacute;das en casa hicieron evidente que necesitaba apoyo, por lo que pas&oacute; varias temporadas con dos de sus hijas y residi&oacute; tambi&eacute;n en un centro de Vega de Pas. M&aacute;s adelante acudi&oacute; al centro de d&iacute;a La Alborada, antes de ingresar, en 2025, en la residencia donde vive actualmente. All&iacute; mantiene una rutina propia: escucha la radio desde primera hora, camina por Torrelavega, pasa por La Llama, la Plaza Mayor o Cuatro Ca&ntilde;os y visita con frecuencia el Bar Estadio, regentado por uno de sus hijos.
    </p><p class="article-text">
        El envejecimiento le ha tra&iacute;do dolores, p&eacute;rdidas y momentos de des&aacute;nimo. Un atropello afect&oacute; a la buena salud que hab&iacute;a conservado durante casi toda su vida y le dej&oacute; molestias en la cabeza y en la espalda. Sin embargo, procura seguir andando porque sabe que detenerse significa perder movilidad. La soledad contin&uacute;a siendo una constante: &ldquo;Perro solo bien se lame&rdquo;, dice, mezclando independencia y resignaci&oacute;n.
    </p><p class="article-text">
        Despu&eacute;s de m&aacute;s de setenta a&ntilde;os viviendo en Cantabria, Esteban conserva su acento de Ja&eacute;n &mdash;&laquo;de all&iacute; no tengo nada m&aacute;s que el habla&raquo;&mdash; y cuando le preguntan si alg&uacute;n d&iacute;a lo perder&aacute;, responde que no se le quitar&aacute; mientras conserve la cabeza. En ese acento permanece la huella del ni&ntilde;o que cuidaba ganado, del joven que lleg&oacute; en tren a Torrelavega y del trabajador que recorri&oacute; durante cuarenta y cuatro a&ntilde;os las instalaciones de SNIACE.
    </p><p class="article-text">
        En la entrevista, con noventa y tres a&ntilde;os, Esteban mira hacia atr&aacute;s sin idealizar lo vivido. Habla de calamidades, trabajo y obligaciones, pero tambi&eacute;n de las carreteras recorridas en bicicleta, de los lugares descubiertos y de la posibilidad de seguir aprendiendo.&nbsp;
    </p>]]></description>
      <dc:creator><![CDATA[Zhenya Popova Tikhonova]]></dc:creator>
      <guid isPermaLink="true"><![CDATA[https://www.eldiario.es/cantabria/blog/legado-cantabria/esteban-lopez-ruiz-caminar-frase-vida-cobre-sentido_1_13521337.html]]></guid>
      <pubDate><![CDATA[Sat, 19 Sep 2026 20:00:52 +0000]]></pubDate>
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      <media:title><![CDATA[Esteban López Ruiz: caminar hasta que la frase de la vida cobre sentido]]></media:title>
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      <title><![CDATA[Las muchas vidas de la atleta María Luisa González Ortiz]]></title>
      <link><![CDATA[https://www.eldiario.es/cantabria/blog/legado-cantabria/vidas-atleta-maria-luisa-gonzalez-ortiz_1_13500355.html]]></link>
      <description><![CDATA[<p><img src="https://static.eldiario.es/clip/d0dc1616-eb4a-4c04-969a-476ddf8b4260_16-9-discover-aspect-ratio_default_0_x818y435.jpg" width="1200" height="675" alt="Las muchas vidas de la atleta María Luisa González Ortiz"></p><div class="subtitles"><p class="subtitle">Con cincuenta años empezó a competir en atletismo y consiguió más de doscientas medallas y varios récords de España</p></div><p class="article-text">
        &ldquo;Es que se van los a&ntilde;os, no lo entiendo, se van tan r&aacute;pido&rdquo;, dice Mar&iacute;a Luisa Gonz&aacute;lez. Hay vidas que parecen empezar m&aacute;s de una vez y a contracorriente. La suya, hoy con 93 a&ntilde;os, es una de ellas. Pas&oacute; d&eacute;cadas ocup&aacute;ndose de aquello que entonces parec&iacute;a corresponder, casi por defecto, a las mujeres. Cerca de los cincuenta a&ntilde;os cogi&oacute; una raqueta, pas&oacute; al atletismo y ya no par&oacute;: compiti&oacute; en 60, 100 y 200 metros, cross, relevos y lanzamiento de peso y disco; particip&oacute; en campeonatos regionales, nacionales, europeos y mundiales, y consigui&oacute; m&aacute;s de doscientas medallas y varios r&eacute;cords de Espa&ntilde;a.
    </p><p class="article-text">
        Mar&iacute;a Luisa Gonz&aacute;lez Ortiz naci&oacute; el 5 de julio de 1933 en una casa de la calle de la Ense&ntilde;anza, en Santander, antes de que llegara la comadrona. Fue su propio padre, Pedro Gonz&aacute;lez Guardo, quien la recibi&oacute; al nacer. Aquella escena dom&eacute;stica resume bien el mundo en el que comenz&oacute; su vida: una ciudad donde muchas cosas depend&iacute;an de la ayuda familiar, de la vecindad y de la capacidad de salir adelante con lo que hubiera a mano.
    </p><p class="article-text">
        Form&oacute; parte de una familia marcada por las dificultades y por una intensa red de parentesco que un&iacute;a Santander con Li&eacute;bana, Trasmiera, Asturias y Am&eacute;rica. Su padre, Pedro Gonz&aacute;lez Guardo, hab&iacute;a nacido en 1889 y proced&iacute;a de Potes. Su madre, Elvira Ortiz Trueba, naci&oacute; en 1900 en Solares, en el entorno de Briana, y muri&oacute; en 1996. Los abuelos maternos, Manuel Ortiz Fern&aacute;ndez y Carolina Trueba, pertenec&iacute;an a una familia de fuerte arraigo en la comarca de Trasmiera. Por esa rama familiar tambi&eacute;n estaban presentes las historias de emigraci&oacute;n: dos hermanos de su madre marcharon a Am&eacute;rica y una hermana vivi&oacute; en La Habana, formando parte de esa geograf&iacute;a de idas y v&iacute;nculos lejanos tan habitual en muchas familias c&aacute;ntabras. La familia conoci&oacute; pronto el dolor de las p&eacute;rdidas. Uno de sus hermanos, Pedro, falleci&oacute; de meningitis con apenas diecisiete meses. Luego llegaron otros y otras: Manolita y Jos&eacute;, gemelos; Juli&aacute;n Jes&uacute;s, que a&ntilde;os despu&eacute;s morir&iacute;a en B&eacute;lgica, y Juli&aacute;n. 
    </p><p class="article-text">
        Su infancia transcurri&oacute; en los a&ntilde;os m&aacute;s duros de la posguerra. Su padre trabajaba como ch&oacute;fer para la familia Valero y fue encarcelado durante tres a&ntilde;os tras ser detenido cuando transportaba muebles. Aquella ausencia dej&oacute; a su madre al frente de una casa con cinco hijos y la oblig&oacute; a buscar formas de subsistencia. Fue cocinera, vendi&oacute; fruta en la plaza y recurri&oacute; al estraperlo. Mar&iacute;a Luisa recuerda las carreras cuando aparec&iacute;an los inspectores de Abastos y las mujeres trataban de salvar alubias, arroz, aceite o pan antes de que se los requisaran. Tambi&eacute;n recuerda los desplazamientos con un puchero para recoger comida de Auxilio Social, una ayuda que permiti&oacute; sostener a muchas familias trabajadoras en aquellos a&ntilde;os. Eran escenas habituales en el Santander de la posguerra, una ciudad donde muchas familias sobreviv&iacute;an gracias a peque&ntilde;as redes de ayuda mutua, intercambios y trabajos informales.
    </p><p class="article-text">
        En ese contexto curs&oacute; sus primeros estudios en una peque&ntilde;a escuela situada en un piso de la zona de la calle de la Ense&ntilde;anza. Cuando ten&iacute;a ocho o nueve a&ntilde;os continu&oacute; en la Cocina Econ&oacute;mica de Santander, regentada por religiosas, donde adem&aacute;s de las materias b&aacute;sicas aprendi&oacute; costura, particip&oacute; en representaciones teatrales y cant&oacute; en el coro. Como ocurri&oacute; con muchas ni&ntilde;as de familias humildes en la posguerra, su escolarizaci&oacute;n fue breve y termin&oacute; hacia los diez a&ntilde;os.
    </p><p class="article-text">
        Mientras Santander comenzaba lentamente a reconstruirse tras la guerra y el incendio de 1941 segu&iacute;a muy presente en la memoria colectiva de la ciudad, Mar&iacute;a Luisa fue creciendo entre trabajo dom&eacute;stico, recados y obligaciones cotidianas. A los diecinueve a&ntilde;os comenz&oacute; a trabajar en la imprenta de don Guzm&aacute;n, situada en el n&uacute;mero 13 de la calle Gravina. Permaneci&oacute; all&iacute; durante cinco a&ntilde;os. El trabajo no terminaba al salir de la imprenta. Muchas tardes regresaba a casa con paquetes de papel para fabricar bolsas de caramelos. Las pegaba una a una con pasta, las extend&iacute;a por la vivienda para que secaran y las entregaba despu&eacute;s agrupadas en paquetes. 
    </p><p class="article-text">
        En aquellos a&ntilde;os de juventud, Mar&iacute;a Luisa fue coincidiendo con Antonio Mariano Marqu&eacute;s Blanco, nacido el 8 de marzo de 1929. &Eacute;l viv&iacute;a en el portal de la casa de Dolores, prima de su madre, y se ve&iacute;an en el entorno de la calle de la Ense&ntilde;anza, entre recados, portales y vida de vecindad. Poco a poco, aquellos encuentros cotidianos dieron paso al noviazgo.
    </p><p class="article-text">
        No faltaron advertencias. Una vecina de su madre le dec&iacute;a que tuviera cuidado porque Antonio era &ldquo;de otra categor&iacute;a&rdquo;. La frase resum&iacute;a bien las diferencias sociales de aquel tiempo: &eacute;l hab&iacute;a estudiado Magisterio y Peritaje Industrial; ella proced&iacute;a de una familia trabajadora marcada por la posguerra. Con el tiempo, aquella distancia se fue borrando en una vida compartida. El 8 de octubre de 1957 contrajeron matrimonio. Al a&ntilde;o siguiente naci&oacute; su primera hija, Ana Luisa, en la Cl&iacute;nica Hotel de Juan de Herrera. Despu&eacute;s llegar&iacute;an Isabel, Eduardo, Cristina, Antonio, Elena y Alberto, nacidos entre 1958 y 1969, formando una familia numerosa que creci&oacute; al mismo ritmo que cambiaba la sociedad espa&ntilde;ola.
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        La maternidad ocup&oacute; buena parte de los a&ntilde;os siguientes. Fueron a&ntilde;os de mudanzas, carros de beb&eacute;, colegios, comidas, uniformes, ropa cosida en casa y jornadas que se alargaban hasta la noche. Criar, para ella, fue tambi&eacute;n un trabajo: un trabajo sostenido, casi siempre invisible, que llev&oacute; en gran parte sobre sus hombros. Mientras tanto, Antonio desarrollaba su carrera profesional en Standard El&eacute;ctrica. Junto al trabajo exist&iacute;a en &eacute;l otra gran pasi&oacute;n: el deporte. Primero fue el baloncesto, que entrenaba en el pabell&oacute;n de la calle Vargas. Despu&eacute;s lleg&oacute; el atletismo. Antonio empez&oacute; a competir en 1974 y lleg&oacute; a convertirse en campe&oacute;n de Europa de 200 metros en pista cubierta en Ancona, en categor&iacute;a M80, adem&aacute;s de sumar decenas de medallas y varios r&eacute;cords de Espa&ntilde;a. Aquella afici&oacute;n, que en principio parec&iacute;a suya, acabar&iacute;a transformando tambi&eacute;n la vida de Mar&iacute;a Luisa. 
    </p><p class="article-text">
        A comienzos de los a&ntilde;os setenta, Antonio entrenaba en el Complejo Municipal de Deportes de La Albericia y Mar&iacute;a Luisa empez&oacute; a acompa&ntilde;arlo. En 1976, ambos se hicieron socios de las instalaciones deportivas de Parayas. All&iacute; encontr&oacute; algo decisivo: pistas de tenis, zonas para correr y una guarder&iacute;a donde pod&iacute;a dejar a sus hijos e hijas mientras dedicaba un tiempo al deporte. 
    </p><p class="article-text">
        Al llegar la menopausia, cuando rondaba los cincuenta a&ntilde;os, decidi&oacute; que aquella etapa no iba a reducirse a permanecer en casa y pidi&oacute; a Antonio que le ense&ntilde;ara a jugar al tenis. La raqueta le abri&oacute; por primera vez un espacio propio. Despu&eacute;s, al compartir con Antonio las instalaciones y las rutinas de entrenamiento, comenz&oacute; a correr y fue acerc&aacute;ndose al atletismo hasta preparar sus propias pruebas. M&aacute;s adelante se incorpor&oacute; al Club Atl&eacute;tico Espa&ntilde;a de Cueto, entidad con la que desarrollar&iacute;a la mayor parte de su carrera competitiva y a la que siempre consider&oacute; una segunda familia. 
    </p><p class="article-text">
        Su primera participaci&oacute;n oficial se produjo en 1981, vinculada al Club Atl&eacute;tico Espa&ntilde;a de Cueto. Aquel a&ntilde;o compiti&oacute; en pista cubierta en Oviedo y ya obtuvo medallas: recuerda especialmente la plata en 60 metros y su participaci&oacute;n en relevos. Desde entonces comenz&oacute; una trayectoria extraordinaria en campeonatos regionales, nacionales e internacionales m&aacute;ster. Compiti&oacute; en velocidad &mdash;60, 100 y 200 metros&mdash;, campo a trav&eacute;s, relevos y, con el paso del tiempo, tambi&eacute;n en lanzamientos de peso y disco. Le gustaba especialmente correr, pero con los a&ntilde;os fue incorporando otras pruebas para seguir compitiendo en nuevas categor&iacute;as.  En los lanzamientos pas&oacute; de pesos m&aacute;s altos a artefactos adaptados a su edad; con 85 a&ntilde;os lanzaba con el peso de tres cuartos de kilo. Particip&oacute; en categor&iacute;as veteranas como F70, F75, F80 y F85, siempre adapt&aacute;ndose a los cambios del cuerpo sin abandonar la disciplina.
    </p><p class="article-text">
        Durante d&eacute;cadas recorri&oacute; pistas de Cantabria, de Espa&ntilde;a y de Europa. Entrenaba con Antonio en el Complejo, en Parayas, en La Magdalena o donde hiciera falta. Hac&iacute;an series, cuestas, salidas, t&eacute;cnica y ejercicios incluso con mal tiempo. Mar&iacute;a Luisa recuerda aquella etapa como algo profundamente compartido. Entrenar con su marido, dice, fue &ldquo;bonito&rdquo;. No era solo deporte: era una forma de estar juntos, de viajar, de organizar la vida y de ampliar el mundo. 
    </p><p class="article-text">
        En el atletismo veterano encontr&oacute; tambi&eacute;n una comunidad. Al principio eran pocas mujeres y ella sol&iacute;a ser de las mayores. Con el tiempo hizo amistades con atletas de otros lugares y pa&iacute;ses: mujeres que coincid&iacute;an en los campeonatos, se reconoc&iacute;an en la pista y compart&iacute;an la experiencia poco habitual de seguir compitiendo a unas edades en las que la sociedad esperaba de ellas quietud. Para muchas mujeres de su generaci&oacute;n todav&iacute;a eran escasos los espacios propios fuera de la casa y la familia.
    </p><p class="article-text">
        Los resultados fueron excepcionales. A lo largo de m&aacute;s de tres d&eacute;cadas de competici&oacute;n acumul&oacute; m&aacute;s de doscientas medallas en campeonatos regionales, nacionales e internacionales de atletismo veterano. El historial deportivo recopilado en 2018 ya recog&iacute;a 144 medallas de oro, 41 de plata y 12 de bronce, adem&aacute;s de doce r&eacute;cords de Espa&ntilde;a en distintas categor&iacute;as, nueve de ellos todav&iacute;a vigentes en aquel momento. Sus &eacute;xitos llegaron en pruebas tan diversas como el cross, los 60, 100 y 200 metros lisos, el lanzamiento de disco y el lanzamiento de peso. 
    </p><p class="article-text">
        Sus diplomas internacionales recogen una trayectoria que la llev&oacute; al Campeonato de Europa al aire libre de Atenas, en 1994; al Campeonato de Europa al aire libre de Malm&ouml;, en 1996; al Campeonato de Europa en pista cubierta de Ancona, en 2009; al Campeonato del Mundo en pista cubierta de Budapest, en 2014; y al Campeonato del Mundo al aire libre de M&aacute;laga, en 2018. Ese Mundial de M&aacute;laga ocupa un lugar especial en su memoria. Ten&iacute;a 85 a&ntilde;os y compiti&oacute; en categor&iacute;a V85. La prensa la present&oacute; como la espa&ntilde;ola de mayor edad que participaba en aquel Mundial M&aacute;ster. Consigui&oacute; el oro en lanzamiento de peso, con una marca de 5,09 metros, y despu&eacute;s el bronce en disco. Aquel oro tuvo adem&aacute;s un valor simb&oacute;lico: fue la primera medalla para Espa&ntilde;a en el campeonato. El titular dec&iacute;a: &ldquo;No pesan los a&ntilde;os&rdquo;. Ella explicaba entonces que no se cansaba, que segu&iacute;a entrenando un d&iacute;a s&iacute; y otro no, y que le gustaba &ldquo;ver a tanta gente disfrutando&rdquo; porque tambi&eacute;n ella hab&iacute;a disfrutado mucho con el deporte. 
    </p><p class="article-text">
        La &uacute;ltima gran cita lleg&oacute; en Ourense, en 2019, cuando Antonio ten&iacute;a ya 90 a&ntilde;os. Para ellos fue una despedida deportiva compartida. Poco despu&eacute;s, &eacute;l sufri&oacute; un ictus y dej&oacute; de competir. Mar&iacute;a Luisa tambi&eacute;n fue cerrando aquella etapa, aunque nunca abandon&oacute; del todo la actividad f&iacute;sica. Durante la pandemia sigui&oacute; entrenando en el pasillo de casa y a&uacute;n hoy mantiene la costumbre de hacer unos veinte minutos de gimnasia al inicio del d&iacute;a. Tambi&eacute;n acude desde hace a&ntilde;os a yoga y a actividades en un centro c&iacute;vico. El deporte no qued&oacute; como un recuerdo, sino como una forma de seguir habitando el cuerpo. 
    </p><p class="article-text">
        Antonio comparti&oacute; buena parte de aquella aventura. Su historial deportivo recoge 90 medallas de oro, 45 de plata y 17 de bronce. Diecisiete de sus marcas supusieron r&eacute;cords de Espa&ntilde;a y, entre sus logros m&aacute;s destacados, figuran el bronce en pentatl&oacute;n en el Campeonato del Mundo de Roma de 1985 y el oro europeo de 200 metros en Ancona, en 2009. Juntos formaron una pareja poco habitual: marido y mujer viajando a campeonatos, entrenando y acumulando trofeos cuando la mayor&iacute;a de sus contempor&aacute;neos ya hab&iacute;an abandonado cualquier pr&aacute;ctica deportiva. 
    </p><p class="article-text">
        El reconocimiento lleg&oacute; tambi&eacute;n fuera de las pistas. En el a&ntilde;o 2000, la Asociaci&oacute;n C&aacute;ntabra de Atletas Veteranos le concedi&oacute; a Mar&iacute;a Luisa la Placa de M&eacute;rito de la Asociaci&oacute;n. En noviembre de 2015, el Club Atl&eacute;tico Espa&ntilde;a de Cueto le otorg&oacute; su Insignia de Plata por su trayectoria deportiva. Sus medallas, diplomas, fotograf&iacute;as y recortes de prensa forman hoy un archivo familiar de una vida que desbord&oacute; las expectativas asignadas a las mujeres de su generaci&oacute;n. 
    </p><p class="article-text">
        Pero quiz&aacute; el homenaje que mejor resume otra parte de su vida lleg&oacute; por un camino distinto. En 2009 fue una de las cinco mujeres reconocidas en Cantabria en el homenaje a las abuelas promovido por el Gobierno regional con motivo del D&iacute;a Internacional de las Mujeres. Bajo el lema &lsquo;Abuelas: puentes de historias y experiencias&rsquo;, aquel acto quiso destacar a mujeres que hab&iacute;an sostenido la estructura familiar, transmitido valores y cuidado de varias generaciones. En Mar&iacute;a Luisa se reconoc&iacute;a esa doble trayectoria: la de la mujer que hab&iacute;a criado una familia numerosa y la de la deportista que, despu&eacute;s de los cuarenta, abri&oacute; una etapa inesperada de libertad, viajes y competici&oacute;n. 
    </p><p class="article-text">
        Hoy, cuando habla de su vida, las medallas aparecen despu&eacute;s. Antes llegan los nombres de las personas: su madre, sus hermanas, Antonio, sus siete hijos e hijas, sus trece nietos y nietas, sus cinco bisnietos y bisnietas. Como si con los a&ntilde;os el recorrido importara m&aacute;s que las metas. &laquo;Es que se van los a&ntilde;os, no lo entiendo, se van tan r&aacute;pido&raquo;, dice. Pero en su historia los a&ntilde;os no parecen haberse ido del todo: permanecen all&iacute; donde alguien los recuerda, los cuenta y los deja en herencia. De ni&ntilde;a aprendi&oacute; a sobrevivir; de joven, a trabajar; de madre, a sostener; de atleta, a salir al mundo. Su legado no est&aacute; solo en las medallas ni solo en la familia, sino en haber demostrado que una vida puede abrirse varias veces, incluso cuando parec&iacute;a haber cumplido todos los papeles que su &eacute;poca hab&iacute;a previsto para ella. 
    </p>]]></description>
      <dc:creator><![CDATA[Zhenya Popova Tikhonova]]></dc:creator>
      <guid isPermaLink="true"><![CDATA[https://www.eldiario.es/cantabria/blog/legado-cantabria/vidas-atleta-maria-luisa-gonzalez-ortiz_1_13500355.html]]></guid>
      <pubDate><![CDATA[Sat, 12 Sep 2026 19:30:52 +0000]]></pubDate>
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      <media:title><![CDATA[Las muchas vidas de la atleta María Luisa González Ortiz]]></media:title>
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      <media:keywords><![CDATA[Deporte,Deportistas,Santander,Atletismo,Atletas,Mujer]]></media:keywords>
    </item>
    <item>
      <title><![CDATA[Pedro Manuel González Toca: una vida hecha en común desde Cueto]]></title>
      <link><![CDATA[https://www.eldiario.es/cantabria/blog/legado-cantabria/pedro-manuel-gonzalez-toca-vida-hecha-comun-cueto_1_13483918.html]]></link>
      <description><![CDATA[<p><img src="https://static.eldiario.es/clip/2e76d97e-0f5b-43db-8483-76cc133aea5d_16-9-discover-aspect-ratio_default_0_x765y264.jpg" width="1200" height="675" alt="Pedro Manuel González Toca: una vida hecha en común desde Cueto"></p><div class="subtitles"><p class="subtitle">Formó parte de la primera promoción mixta de la Escuela de Enfermería de Cantabria, el único hombre entre un centenar de mujeres</p><p class="subtitle">Antecedentes - Antonia, sor Victoria, Antonia: los caminos de una vida</p></div><p class="article-text">
        La vida de Pedro Manuel Gonz&aacute;lez Toca comenz&oacute; el 5 de octubre de 1954 en la casa familiar, en el entorno de Cueto. Era hijo de Manuel Gonz&aacute;lez Toca, conocido como Manolo, trabajador de Electra de Viesgo, y de Milagros Toca Villa. Creci&oacute; junto a sus dos hermanos, Juan Jos&eacute; y Milagros, nacidos en 1956 y 1959 respectivamente, en una familia que se extend&iacute;a m&aacute;s all&aacute; del n&uacute;cleo inmediato y que configuraba una red amplia de convivencia y apoyo.
    </p><p class="article-text">
        Por parte materna, sus abuelos, Elvira y Juan, estaban vinculados al campo y la ganader&iacute;a. Tambi&eacute;n formaban parte de ese entorno sus t&iacute;os maternos Manuel y Elena. Por parte paterna, sus abuelos Avelina y Pedro, as&iacute; como un t&iacute;o y cuatro t&iacute;as que viv&iacute;an en la zona de Cueto &mdash;una de ellas regentaba la conocida tienda de La Nuncia&mdash;, completaban un entramado familiar profundamente arraigado en el territorio.
    </p><p class="article-text">
        Creci&oacute;, as&iacute;, en una casa llena: padres, abuelos, t&iacute;os, primos, hermanos. Una estructura familiar amplia donde la vida se organizaba en com&uacute;n y donde el cuidado no era una tarea individual, sino una responsabilidad compartida. La econom&iacute;a tambi&eacute;n lo era: ganader&iacute;a lechera &mdash;la leche de diez vacas que vend&iacute;an a La SAM&mdash;, huertas y trabajo constante. Los productos &mdash;lechugas, tomates, pimientos&mdash; sal&iacute;an hacia Santander en recorridos que formaban parte de la rutina familiar, a veces en burra, atravesando caminos como los de Las Llamas o Polio, que hoy han perdido ese uso.
    </p><p class="article-text">
        Su infancia no se puede separar del trabajo. Con seis o siete a&ntilde;os ya le tocaba cuidar vacas en zonas como El Calvario, pendiente de que no se pasaran al prado vecino. Aprendi&oacute; a orientarse en el terreno y a asumir responsabilidades sin necesidad de nombrarlas como tales. Era una forma de crecer en la que la infancia y la vida adulta no estaban tan diferenciadas como ahora.
    </p><p class="article-text">
        En paralelo, en esa casa tambi&eacute;n circulaban historias sobre la guerra contadas en voz baja. Su madre recordaba los bombardeos sobre Santander y c&oacute;mo, siendo ni&ntilde;a, ten&iacute;a que salir corriendo hacia una cueva en Cueto para esconderse. Otras hablaban de quienes no pudieron salir: un vecino que permaneci&oacute; oculto durante m&aacute;s de una d&eacute;cada &mdash;entre diez y catorce a&ntilde;os&mdash; en un zulo dentro de una vivienda, sostenido por su compa&ntilde;era, sin que el resto del pueblo supiera que segu&iacute;a all&iacute;. Historias de miedo, pero tambi&eacute;n de resistencia invisible.
    </p><p class="article-text">
        En Cueto faltaban muchos de los servicios b&aacute;sicos. Hasta aproximadamente 1960 no hab&iacute;a agua corriente en las casas. El agua lleg&oacute; no por decisi&oacute;n administrativa, sino por la acci&oacute;n directa de los vecinos: abrir zanjas a pico y pala, colocar tuber&iacute;as, organizarse. M&aacute;s adelante lograr&iacute;an que el Ayuntamiento asumiera parte de ese trabajo. Pero primero fue el pueblo de Cueto. Esa experiencia &mdash;resolver colectivamente lo que faltaba&mdash; dej&oacute; una huella que no desaparecer&iacute;a y que a&uacute;n hoy marca a Pedro.
    </p><p class="article-text">
        Su formaci&oacute;n comenz&oacute; con las monjas en el parvulario, en el asilo de San Juan. Continu&oacute; en sus primeros a&ntilde;os en la escuela de Cueto, ubicada en el edificio que hab&iacute;a albergado la antigua Sociedad de Socorros Mutuos de Artistas de Cueto, y de la mano de don Federico.
    </p><p class="article-text">
        M&aacute;s tarde se traslad&oacute; a Santander: estudi&oacute; en los Salesianos entre los ocho y los diez a&ntilde;os, curs&oacute; el primer curso de bachillerato en el colegio Santa Clara y continu&oacute; en el instituto Jos&eacute; Mar&iacute;a de Pereda, donde complet&oacute; sus estudios hasta sexto y la rev&aacute;lida, a finales de los a&ntilde;os sesenta. Era un sistema educativo todav&iacute;a segregado: puertas distintas para chicos y chicas, aulas separadas, decisiones organizativas atravesadas por normas de g&eacute;nero que entonces formaban parte de la normalidad.
    </p><p class="article-text">
        Aquella normalidad -marcada por normas r&iacute;gidas y caminos predefinidos- comenz&oacute; a resquebrajarse cuando decidi&oacute; elegir su propio rumbo. No fue un gesto abrupto, sino una forma consciente de salir de lo establecido.
    </p><p class="article-text">
        Tras finalizar la rev&aacute;lida, su trayectoria no fue lineal. &Eacute;l mismo la define como una etapa de intentos que no siempre llegaron a consolidarse, en un momento en el que elegir camino no era sencillo. Inici&oacute; estudios de Magisterio, que no lleg&oacute; a finalizar, prob&oacute; otros itinerarios formativos y prepar&oacute; oposiciones al banco por consejo de su padre -que ve&iacute;a en ello una salida estable-, sin continuar tampoco por esa v&iacute;a.  Lleg&oacute; a plantearse trabajar en una f&aacute;brica de corcho en la zona de Pe&ntilde;acastillo, pero finalmente no se incorpor&oacute; debido a la distancia y a las condiciones de los turnos. Aquel periodo fue un tiempo de b&uacute;squeda, de tanteo, en el que fue delimitando su propio camino. Un proceso que terminar&iacute;a encontrando direcci&oacute;n en el &aacute;mbito sanitario.
    </p><p class="article-text">
        En esos a&ntilde;os -entre finales de los sesenta y mediados de los setenta- aparecen otros espacios de aprendizaje. El grupo Scout de Cueto (1970&ndash;1975), donde se construyeron v&iacute;nculos y sentido de comunidad. La monta&ntilde;a, con excursiones a lugares como la caba&ntilde;a Ver&oacute;nica o las visitas a Ciriego cada abril... Ese v&iacute;nculo continu&oacute; en su vida adulta, ya en el &aacute;mbito de UGT, y en espacios locales como el Club Atl&eacute;tico Espa&ntilde;a de Cueto y la Pe&ntilde;a Luro, donde el deporte y la monta&ntilde;a eran lugares de encuentro.
    </p><p class="article-text">
        Su vida profesional comenz&oacute; en 1973, cuando entr&oacute; a trabajar como celador en la Residencia Cantabria. Aquel primer contacto con el hospital fue tambi&eacute;n el inicio de su implicaci&oacute;n en movilizaciones vinculadas al &aacute;mbito sanitario.
    </p><p class="article-text">
        En aquel tiempo, la formaci&oacute;n no exist&iacute;a en Santander, lo que obligaba a quienes quer&iacute;an dedicarse a la enfermer&iacute;a a salir fuera. En 1975 se traslad&oacute; a Madrid, al Hospital San Rafael, donde inici&oacute; sus estudios de Ayudante T&eacute;cnico Sanitario. All&iacute; curs&oacute; los dos primeros a&ntilde;os de formaci&oacute;n. Fue un tiempo de apertura en esa Transici&oacute;n: la asistencia a charlas y encuentros pol&iacute;ticos ampliaron su mirada sobre la realidad social.
    </p><p class="article-text">
        Mientras estudiaba fuera, no se desvincul&oacute; de lo que ocurr&iacute;a en Cantabria. Desde 1974 formaba parte de un movimiento colectivo que reclamaba la apertura de la escuela de ATS en Valdecilla para hombres, en un momento en el que la enfermer&iacute;a estaba pr&aacute;cticamente reservada a mujeres. 
    </p><p class="article-text">
        Aquella demanda trascendi&oacute; los espacios formales y se hizo visible en lo p&uacute;blico. Recuerda un episodio en 1974, en un partido entre el Racing y el Oviedo, cuando un amigo y su hermano desplegaron una pancarta en apoyo a la futura escuela de practicantes. &laquo;Nos anim&aacute;bamos viendo cartas en la prensa local, de otros j&oacute;venes y ciudadanos que nos apoyaban, sin olvidar aquella pancarta en el campo: &ldquo;la futura escuela de practicantes&hellip; felicita al Racing por su ascenso&rdquo;&raquo;. En aquel contexto, gestos as&iacute; implicaban un riesgo real: &laquo;que los grises te &lsquo;acariciasen&rsquo; y luego te preguntasen el nombre en comisar&iacute;a&raquo;. El 4 de agosto de 1976 esa reivindicaci&oacute;n se materializ&oacute; con la publicaci&oacute;n en el BOE de la autorizaci&oacute;n de una secci&oacute;n masculina en la Escuela de Ayudantes T&eacute;cnicos Sanitarios de Valdecilla. 
    </p><p class="article-text">
        Fue a partir de la d&eacute;cada de los setenta cuando en la Escuela comenzaron a producirse cambios tanto en su gesti&oacute;n -que dejan de llevar las Hermanas de la Caridad- como en su organizaci&oacute;n  con la incorporaci&oacute;n de un grupo de profesionales de enfermer&iacute;a encabezados por Felisa Lois, porterior directora t&eacute;cnica. En el curso 1976-1977 se convierte en mixta y se extingue la obligatoriedad del internado. Fue entonces cuando regres&oacute; a Santander y se incorpor&oacute; al tercer curso, completando all&iacute; su formaci&oacute;n hasta 1978. Pedro form&oacute; parte de la primera promoci&oacute;n masculina en un momento de cambio para la sanidad c&aacute;ntabra.
    </p><p class="article-text">
        Compart&iacute;a aula con cerca de un centenar de mujeres, siendo el &uacute;nico hombre de su promoci&oacute;n. Aquella situaci&oacute;n hac&iacute;a visibles los roles de g&eacute;nero en la profesi&oacute;n. Esa tensi&oacute;n no desapareci&oacute; al finalizar sus estudios: en el acto de cierre no visti&oacute; el uniforme blanco ni recibi&oacute; el diploma como el resto, y en el t&iacute;tulo fue nombrado en femenino. Ante ello, recurri&oacute; a los medios de comunicaci&oacute;n. 
    </p><p class="article-text">
        En julio de 1981 se cas&oacute; en Astorga (Le&oacute;n) con Mar&iacute;a del Carmen Mart&iacute;nez Prieto, enfermera de la Residencia, con quien form&oacute; una familia con tres hijos &mdash;Cristina, Pablo y Silvia&mdash;, nacidos entre 1984 y 1990. A d&iacute;a de hoy es abuelo de tres nietos &mdash;Lucas, Roc&iacute;o y V&iacute;ctor&mdash;.
    </p><p class="article-text">
        Su recorrido profesional no sigui&oacute; una &uacute;nica l&iacute;nea. Mientras trabajaba en sanidad en distintos destinos &mdash;Los Corrales de Buelna, Santander y Camargo&mdash;, y en muchos casos en turnos de noche, continu&oacute; form&aacute;ndose. Tras completar el COU en horario nocturno en el Instituto Jos&eacute; Mar&iacute;a de Pereda, decidi&oacute; dar un paso m&aacute;s. Entre 1982 y 1989 curs&oacute; la licenciatura de Derecho en la Universidad de Cantabria a lo largo de siete a&ntilde;os en los que, adem&aacute;s, era ya padre y asum&iacute;a responsabilidades m&uacute;ltiples. 
    </p><p class="article-text">
        En los a&ntilde;os noventa ejerci&oacute; durante dos o tres a&ntilde;os como abogado en la asesor&iacute;a jur&iacute;dica de UGT Cantabria, combinando la defensa laboral con su experiencia sanitaria. Esa doble mirada &mdash;cuidar y defender&mdash; termin&oacute; orientando su trayectoria hacia el &aacute;mbito de la gesti&oacute;n sanitaria y administrativa.
    </p><p class="article-text">
        El 2 de noviembre de 1999 vivi&oacute; uno de los episodios m&aacute;s impactantes vinculados a su recorrido: el derrumbe de la fachada del edificio de Traumatolog&iacute;a del Hospital Universitario Marqu&eacute;s de Valdecilla. En ese momento no trabajaba directamente en el hospital, aunque manten&iacute;a una vinculaci&oacute;n a trav&eacute;s de su pertenencia al comit&eacute; de bio&eacute;tica. La noticia le alcanz&oacute; desde esa posici&oacute;n. El accidente, ocurrido en un d&iacute;a de fuerte lluvia y viento, provoc&oacute; la muerte de cuatro personas y tuvo una gran repercusi&oacute;n en Cantabria. Para &eacute;l, no fue un hecho distante. Con los a&ntilde;os, qued&oacute; incorporado a su recorrido como uno de esos momentos que cambian la manera de entender la vida.
    </p><p class="article-text">
        En ese contexto decidi&oacute; reorientar su trayectoria profesional y se present&oacute; a una oposici&oacute;n de &aacute;mbito estatal para el grupo de gesti&oacute;n administrativa de la funci&oacute;n p&uacute;blica, que logr&oacute; superar.
    </p><p class="article-text">
        Desarroll&oacute; su labor en el &aacute;rea de gesti&oacute;n en Valdecilla entre 2010 y 2012 y, posteriormente, durante una d&eacute;cada, en la Gerencia de Atenci&oacute;n Primaria hasta su jubilaci&oacute;n a los 65 a&ntilde;os. Pero, en paralelo a todo ello, hay otra l&iacute;nea constante: el pueblo.
    </p><p class="article-text">
        Desde los a&ntilde;os setenta participa en la Asociaci&oacute;n de Vecinos de Cueto, constituida en 1974, y ha asumido responsabilidades como presidente en distintas etapas (1978&ndash;1982 y 1998&ndash;2004). En a&ntilde;os posteriores ha continuado vinculado a la entidad como vocal (2017&ndash;2026), secretario y socio activo.
    </p><p class="article-text">
        El 16 de junio de 1978 fue nombrado alcalde del pueblo de Cueto por el entonces alcalde de Santander, Juan Hormaechea. Desde esa posici&oacute;n, y en paralelo a su implicaci&oacute;n en la Asociaci&oacute;n de Vecinos, particip&oacute; activamente en la mejora de las condiciones de vida del entorno. En esos mismos a&ntilde;os, y tambi&eacute;n desde su vinculaci&oacute;n con el tejido deportivo &mdash;como vicepresidente del Club Atl&eacute;tico Espa&ntilde;a de Cueto&mdash;, impuls&oacute; junto a otros vecinos la reivindicaci&oacute;n de un campo de f&uacute;tbol para el equipo. 
    </p><p class="article-text">
        Desde ah&iacute; se implic&oacute; en procesos que afectaban directamente a la vida cotidiana del pueblo: la apertura del ambulatorio en 1978 o, en 1975, la mejora del transporte &mdash;en una &eacute;poca en la que las gentes de Cueto depend&iacute;an de la furgoneta de &ldquo;Pancho&rdquo; como &uacute;nica conexi&oacute;n con la ciudad&mdash;, hasta lograr, tras protestas vecinales, la implantaci&oacute;n de una l&iacute;nea de autob&uacute;s. Tambi&eacute;n las protestas por el alumbrado p&uacute;blico en 1980 o la defensa del territorio frente a planes urban&iacute;sticos que amenazaban viviendas y espacios del entorno. A ello se suman acciones de conservaci&oacute;n del patrimonio local, como el arreglo del lavadero de Fumoril, y, en 2004, su implicaci&oacute;n en la defensa del litoral, formando parte de la Plataforma por la Defensa de la Senda Costera. Tambi&eacute;n particip&oacute; en movilizaciones vinculadas a la crisis del Prestige (2002&ndash;2003), en tareas de limpieza y apoyo en la costa.
    </p><p class="article-text">
        Ese compromiso no se detuvo con el paso de los a&ntilde;os. Ya en la d&eacute;cada de 2000 continu&oacute; participando en procesos colectivos vinculados a la defensa del territorio y de los derechos vecinales, en movilizaciones contra el llamado &ldquo;MetroTUS&rdquo; y con lo que &eacute;l mismo denomina el &ldquo;catastrazo&rdquo;, en referencia al incremento del IBI derivado del Plan General y al aumento del cobro por fincas. Ese compromiso se ha mantenido en el tiempo y alcanza tambi&eacute;n el presente, con su participaci&oacute;n en protestas vinculadas al uso del espacio p&uacute;blico y la ordenaci&oacute;n del territorio.
    </p><p class="article-text">
        Las asambleas vecinales, en algunos momentos, llegaron a reunir a centenares &mdash;incluso m&aacute;s de un millar&mdash; de personas. La pol&iacute;tica no estaba lejos: se hac&iacute;a en el propio pueblo. La democracia, sostiene, tambi&eacute;n se construy&oacute; desde espacios como Cueto, donde la organizaci&oacute;n vecinal permiti&oacute; transformar necesidades cotidianas en reivindicaciones colectivas.
    </p><p class="article-text">
        A esta labor se suma su implicaci&oacute;n en otras iniciativas de memoria impulsadas por la Asociaci&oacute;n de Vecinos de Cueto, como la revista <em>Barrio,</em> en la que particip&oacute; activamente, y el libro colectivo <em>El coraz&oacute;n de un pueblo: Cueto en 50 a&ntilde;os de historia</em>, publicado con motivo del medio siglo de la entidad, fundada en 1974, una de las primeras inscritas oficialmente en Cantabria. 
    </p><p class="article-text">
        Ese trabajo de memoria no se ha limitado a lo escrito. Tambi&eacute;n ha formado parte de iniciativas culturales y de reconocimiento p&uacute;blico, como el homenaje celebrado en 2023 al Centro Social Bellavista por sus cincuenta a&ntilde;os de labor social y educativa, en el que particip&oacute; junto a otras personas vinculadas a la historia del pueblo de Cueto. Son formas de cuidar lo vivido, de nombrarlo y de situarlo en el presente.
    </p><p class="article-text">
        Hoy, al mirar su vida, Pedro Manuel Gonz&aacute;lez Toca establece un contraste claro: una sociedad que recuerda m&aacute;s dura, pero tambi&eacute;n m&aacute;s colectiva, frente a un presente que percibe m&aacute;s individualizado. No lo plantea desde la nostalgia, sino desde la experiencia. Los cambios que llegaron no fueron espont&aacute;neos, sino fruto de la organizaci&oacute;n, el conflicto y el encuentro.
    </p><p class="article-text">
        &laquo;Lo vivido hay que recordarlo para que quienes vienen detr&aacute;s sepan que las cosas se consiguen unidas, prepar&aacute;ndolas y reivindic&aacute;ndolas. No llegan del cielo&raquo;.
    </p><p class="article-text">
        En su recorrido no hay una &uacute;nica profesi&oacute;n, ni un &uacute;nico lugar, ni una sola identidad. Hay campo, hospital, derecho, pueblo. Sobre todo, pueblo y familia. Y una idea que atraviesa todo: que la vida no se construye sola. Que se hace, poco a poco. Con un granito hoy. Y otro ma&ntilde;ana.
    </p>]]></description>
      <dc:creator><![CDATA[Zhenya Popova Tikhonova]]></dc:creator>
      <guid isPermaLink="true"><![CDATA[https://www.eldiario.es/cantabria/blog/legado-cantabria/pedro-manuel-gonzalez-toca-vida-hecha-comun-cueto_1_13483918.html]]></guid>
      <pubDate><![CDATA[Sat, 05 Sep 2026 20:46:51 +0000]]></pubDate>
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    </item>
    <item>
      <title><![CDATA[Antonia, sor Victoria, Antonia: los caminos de una vida]]></title>
      <link><![CDATA[https://www.eldiario.es/cantabria/blog/legado-cantabria/antonia-sor-victoria-antonia-caminos-vida_132_13317329.html]]></link>
      <description><![CDATA[<p><img src="https://static.eldiario.es/clip/0f7bbe2b-5705-4ded-805b-2fe6fdb300b4_16-9-discover-aspect-ratio_default_0.jpg" width="1200" height="675" alt="Antonia, sor Victoria, Antonia: los caminos de una vida"></p><div class="subtitles"><p class="subtitle">Antonia Allende vive sola a sus 94 años en Linares, en Liébana. Su vida ha estado llena de pérdidas, renuncias y de cuidados, pero también de una calma que sigue transmitiendo. Antonia fue sor Victoria pero reconoce que, hasta que no colgó los hábitos, la vida con todas sus complejidades estaba fuera del convento</p></div><p class="article-text">
        Antonia Allende Escudero naci&oacute; en Linares, en Li&eacute;bana, y all&iacute; vive hoy, en la misma casa donde empez&oacute; todo. Ha tenido dos nombres y, quiz&aacute;, dos vidas. Fue Antonia en Linares: una ni&ntilde;a protegida entre mujeres, guerra y monta&ntilde;a. Fue sor Victoria: religiosa mercedaria, profesora, directora de colegio y cuidadora de muchas ni&ntilde;as internas. Y volvi&oacute; a ser Antonia cuando regres&oacute; al pueblo para acompa&ntilde;ar a su familia y aprender, ya adulta, todo aquello que no ense&ntilde;aban los libros ni el convento: la casa, el ganado, la vecindad, la enfermedad, la intemperie y la vida diaria.
    </p><p class="article-text">
        Hoy, a sus 94 a&ntilde;os, vive sola en Linares, aunque dice, entre risas, que no se siente sola: &ldquo;tiene a Antonia&rdquo;. En su historia, el regreso al pueblo no fue una retirada, sino otra forma de empezar&ldquo;.
    </p><p class="article-text">
        Clara Antonia Allende Escudero naci&oacute; el 13 de junio de 1932 en Linares, capital del municipio de Pe&ntilde;arrubia, en el seno de una familia marcada por las trayectorias migratorias entre el norte de Espa&ntilde;a, C&aacute;diz y Cuba. Su padre, Gabino Allende Soberado, natural de Navedo e hijo de madre soltera, fue enviado a C&aacute;diz con quince a&ntilde;os para trabajar en un ultramarinos. Desde all&iacute;, y seg&uacute;n contaba &eacute;l mismo, &ldquo;se subi&oacute; a uno de los barcos que ve&iacute;a&rdquo; y emigr&oacute; a Cuba, donde logr&oacute; abrir una ferreter&iacute;a junto con una actividad relacionada con la joyer&iacute;a. En La Habana conoci&oacute; a Concepci&oacute;n Escudero Verdejo, originaria de Linares, quien hab&iacute;a emigrado junto con su hermana Mar&iacute;a para trabajar como empleada dom&eacute;stica. Se casaron en 1929 en la iglesia de Nuestra Se&ntilde;ora de Santa Clara.
    </p><p class="article-text">
        La pareja regres&oacute; a Espa&ntilde;a poco antes del nacimiento de Antonia: Concepci&oacute;n lo hizo primero, y poco despu&eacute;s lleg&oacute; Gabino, quien con los ahorros tra&iacute;dos de Cuba compr&oacute; la casa, tierras y ganado, estableciendo as&iacute; las bases para asentarse definitivamente en su tierra natal.
    </p><p class="article-text">
        Antonia recuerda su infancia como &ldquo;feliz, pero diferente a la de todas&rdquo;, marcada por la estricta protecci&oacute;n de su padre, que no le permit&iacute;a &ldquo;ni asomar a las fincas&rdquo;. Creci&oacute; rodeada de mujeres: su madre, su abuela materna &mdash;Sandalia Verdeja&mdash; y sus t&iacute;as Virgita y Mar&iacute;a &mdash;a quien recuerda con especial cari&ntilde;o, consider&aacute;ndola &ldquo;una santa&rdquo; por su devoci&oacute;n religiosa, su generosidad con las vecinas y su total desprendimiento de cualquier bien material&mdash;.
    </p><figure class="embed-container embed-container--type-youtube ratio">
    
                    
                            
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            </figure><p class="article-text">
        Su infancia estuvo profundamente atravesada por los estragos de la Guerra de Espa&ntilde;a. La familia sufri&oacute; directamente la violencia pol&iacute;tica: requisas de bienes &mdash;como las joyas tra&iacute;das de Cuba&mdash;, amenazas armadas y la ejecuci&oacute;n de personas cercanas, entre ellas el m&eacute;dico que la atendi&oacute; al nacer, Aquilino Alles. Antonia recuerda con nitidez la presencia de soldados del bando sublevado refugiados en el le&ntilde;ero de su casa, as&iacute; como las latas de sardinas que dejaron tras su paso como forma de agradecimiento. Estos episodios marcaron su infancia con una precoz conciencia de los tiempos convulsos que le toc&oacute; vivir.
    </p><p class="article-text">
        Estudi&oacute; durante cuatro a&ntilde;os en las escuelas nacionales de Linares, con la maestra Jesusa y el maestro Ceferino. Se cri&oacute; en un entorno rural donde, a pesar de la dureza de la posguerra, en su casa &ldquo;hubo pan y de todo&rdquo;, gracias en buena parte al abastecimiento que proporcionaba la tienda de ultramarinos de Ceferino Campos, en La Hermida, mediante el sistema de cartillas de racionamiento.
    </p><p class="article-text">
        Hacia los ocho o nueve a&ntilde;os, pas&oacute; una breve etapa en Astillero,&nbsp;donde su padre y un socio fundaron la destiler&iacute;a de licores &ldquo;A y P&rdquo;, siglas de Allende y Polanco, que abrieron al regresar de Cuba y que oper&oacute; durante varios a&ntilde;os en la posguerra. All&iacute; fue escolarizada durante dos a&ntilde;os en un colegio dirigido por las Hermanas de San Vicente de Pa&uacute;l, donde comenz&oacute; a interiorizar el estilo de vida religiosa que m&aacute;s adelante marcar&iacute;a profundamente su trayectoria vital.
    </p><p class="article-text">
        La vida familiar dio un giro radical cuando la madre enferm&oacute; gravemente de c&aacute;ncer. Decidieron entonces regresar a Linares, para que ella pudiera estar cerca de su familia. Esta circunstancia llev&oacute; a su padre a vender la destiler&iacute;a de licores en Astillero y comenzar una nueva etapa dedicada a la vida rural. Antonia perdi&oacute; a su madre a los diez a&ntilde;os. Durante ese tiempo, su padre le proporcion&oacute; cuidados en el hogar con morfina adquirida en Santander, a un alto coste y de forma clandestina. Seis meses despu&eacute;s del fallecimiento materno, Antonia fue internada durante siete a&ntilde;os en un colegio de religiosas mercedarias. A pesar de la estricta disciplina, las escasas visitas familiares y la comunicaci&oacute;n limitada por carta, que su padre incentivaba envi&aacute;ndole una peseta junto a sus misivas, conserv&oacute; un recuerdo afectuoso hacia las monjas.
    </p><p class="article-text">
        El ingreso de Antonia en el colegio fue una decisi&oacute;n dif&iacute;cil para su padre, quien, un a&ntilde;o despu&eacute;s del fallecimiento de su esposa, contrajo matrimonio con Virgita, su cu&ntilde;ada. Atendiendo los deseos de Concepci&oacute;n, destin&oacute; los ingresos obtenidos por la venta de unas tierras a garantizar la educaci&oacute;n de su hija, convencido de que &ldquo;deb&iacute;a llegar a ser una se&ntilde;orita&rdquo;.
    </p><p class="article-text">
        A pesar del dolor del duelo &mdash;&ldquo;que no se habla y queda ah&iacute;&rdquo;&mdash;, destac&oacute; acad&eacute;micamente, siendo una de las pocas alumnas en completar el bachillerato a los 18 a&ntilde;os, present&aacute;ndose al examen de Estado en Valladolid y aprob&aacute;ndolo &ldquo;a la primera&rdquo;.&nbsp;A los 19 a&ntilde;os ingres&oacute; en el noviciado de Navarra, iniciando su vida como religiosa en la congregaci&oacute;n de las Mercedarias Misioneras de Ense&ntilde;anza, actualmente integrada en la Fundaci&oacute;n Educativa La Merced.
    </p><p class="article-text">
        Durante tres a&ntilde;os, Antonia recibi&oacute; formaci&oacute;n en espiritualidad, en la observancia de los votos de sacrificio, obediencia y pobreza, as&iacute; como en pr&aacute;cticas pedag&oacute;gicas. Posteriormente, fue enviada a la Universidad de Oviedo para estudiar Filolog&iacute;a Hisp&aacute;nica, completando primero y segundo curso en un solo a&ntilde;o.
    </p><p class="article-text">
        Desde 1954 ejerci&oacute; su labor educativa en el Colegio de las Mercedarias de Santander, como profesora de bachillerato, incluso fue directora del colegio durante dos a&ntilde;os (1981-1982), entregada a una labor que abarcaba tambi&eacute;n funciones asistenciales, especialmente con ni&ntilde;as internas, la mayor&iacute;a con situaciones dif&iacute;ciles en sus familias. Afirma que desde peque&ntilde;a le ense&ntilde;aron a elegir siempre &ldquo;lo mejor entre varias opciones&rdquo;, incluso cuando implicaba renuncia: &ldquo;Lo mejor, aunque te cueste&rdquo;. Por eso, decidi&oacute; seguir un camino que, en sus palabras, &ldquo;sacrificaba su vida&rdquo;, alej&aacute;ndola de su familia &mdash;una decisi&oacute;n dur&iacute;sima tanto para ella como para su padre&mdash; y de la maternidad biol&oacute;gica, a cambio de &ldquo;darse a las dem&aacute;s&rdquo; a trav&eacute;s de la vida religiosa, la ense&ntilde;anza y el cuidado, convirti&eacute;ndose en &ldquo;madre&rdquo; de muchas ni&ntilde;as internas a las que acompa&ntilde;&oacute; con afecto y entrega. A lo largo de su camino como religiosa, adopt&oacute; el nombre de sor Victoria y se dej&oacute; guiar por sor Asunci&oacute;n Segarra, quien influy&oacute; profundamente en sus decisiones. Tambi&eacute;n residi&oacute; cinco a&ntilde;os en Barcelona, en Sant Feliu de Llobregat, en donde como seglar imparti&oacute; clases de lat&iacute;n en un instituto.&nbsp;
    </p><p class="article-text">
        Sobre el periodo de la dictadura, recuerda que &ldquo;la pol&iacute;tica no entr&oacute; al convento... Atrasadas. Eso no es acompa&ntilde;ar a la sociedad. Pero est&aacute;bamos tranquil&iacute;simas, que hagan, que digan&hellip;&rdquo;. Durante la Transici&oacute;n al sistema democr&aacute;tico, el sistema educativo espa&ntilde;ol vivi&oacute; un proceso de secularizaci&oacute;n y profesionalizaci&oacute;n. Tras los Acuerdos Iglesia-Estado de 1979 y con la entrada en vigor de la Ley Org&aacute;nica del Estatuto de Centros Escolares (LOECE, 1980), se estableci&oacute; la obligatoriedad de que todo el profesorado contara con la titulaci&oacute;n acad&eacute;mica correspondiente. Esto supuso que muchas religiosas sin formaci&oacute;n universitaria tuvieran que abandonar la docencia directa. Antonia vivi&oacute; este proceso desde el colegio concertado confesional, participando en la reorganizaci&oacute;n del claustro y la incorporaci&oacute;n de docentes laicos.
    </p><blockquote class="quote">

    
    <div class="quote-wrapper">
      <div class="first-quote"></div>
      <p class="quote-text">La Iglesia “no camina al ritmo de la sociedad y debe dar un paso muy largo”</p>
          </div>

  </blockquote><p class="article-text">
        La vida comunitaria dentro del convento estuvo marcada por el Concilio Vaticano II, cuyos cambios permitieron mayor contacto con la familia y cierta flexibilidad institucional, que Antonia reclama necesarios y que en su d&iacute;a le impidieron despedirse de su padre. Se sincera sobre la Iglesia, pues &ldquo;no camina al ritmo de la sociedad y debe dar un paso muy largo&rdquo;.&nbsp;
    </p><p class="article-text">
        Tras varios a&ntilde;os desplaz&aacute;ndose entre Santander y Linares para atender a su familia los fines de semana, decidi&oacute; durante tres a&ntilde;os delegar en un suplente y establecerse en Linares. Aunque contempl&oacute; la posibilidad de continuar dando clases en Potes, el diagn&oacute;stico de Alzheimer de su t&iacute;a Mar&iacute;a la llev&oacute; a tomar una decisi&oacute;n crucial en los a&ntilde;os 80: abandonar el convento para asumir el cuidado familiar. Esta transici&oacute;n revel&oacute; un nuevo proceso de aprendizaje a sus 50 a&ntilde;os de edad: la adaptaci&oacute;n a la vida rural, la gesti&oacute;n dom&eacute;stica, el trabajo ganadero y las tareas cotidianas que nunca hab&iacute;a realizado y aprendi&oacute; a realizar con &eacute;xito. Lo tiene claro y afirma con contundencia: &ldquo;Mi vida rica empez&oacute; aqu&iacute;&rdquo;.
    </p><p class="article-text">
        Su experiencia como cuidadora durante trece a&ntilde;os estuvo marcada por dificultades f&iacute;sicas, econ&oacute;micas y emocionales, pero tambi&eacute;n por un profundo sentido de entrega. Cuid&oacute; primero de sus t&iacute;as y, posteriormente, de su hermano tras un ictus. Paralelamente, afront&oacute; una dura realidad: sus d&eacute;cadas de trabajo docente no le garantizaron jubilaci&oacute;n, ya que no lleg&oacute; a cotizar el m&iacute;nimo requerido. Desde entonces, su subsistencia depende de una pensi&oacute;n m&iacute;nima y de la ayuda domiciliaria que recibe a trav&eacute;s del ayuntamiento y la Seguridad Social.
    </p><p class="article-text">
        En la actualidad, Antonia reivindica con lucidez la riqueza de la vida rural y el valor de la experiencia directa por encima de la teor&iacute;a &mdash;&ldquo;La vida no se aprende en los libros, y de la vida (yo) no sab&iacute;a&rdquo;&mdash;, as&iacute; como la importancia de la comunicaci&oacute;n como una necesidad vital. A sus 94 a&ntilde;os, se muestra l&uacute;cida, cr&iacute;tica con los modelos eclesi&aacute;sticos obsoletos y agradecida por una vida plena y comprometida.
    </p><p class="article-text">
        Tras haber vivido dos vidas muy distintas, Antonia reside hoy sola en el pueblo de Linares, pero, &ldquo;no se siente sola; tiene a Antonia&rdquo;, dice entre risas. Adem&aacute;s, a pesar de la escasa vecindad &mdash;cada hogar abierto habitado por una sola persona&mdash;, siente que conforman &ldquo;una familia&rdquo;. En estos a&ntilde;os ha tejido chaquetillas para las nuevas generaciones que llegan, ha enfrentado dolencias de cadera y hoy vive en paz en la casa donde naci&oacute;.
    </p>]]></description>
      <dc:creator><![CDATA[Zhenya Popova Tikhonova]]></dc:creator>
      <guid isPermaLink="true"><![CDATA[https://www.eldiario.es/cantabria/blog/legado-cantabria/antonia-sor-victoria-antonia-caminos-vida_132_13317329.html]]></guid>
      <pubDate><![CDATA[Sat, 20 Jun 2026 19:01:12 +0000]]></pubDate>
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      <media:title><![CDATA[Antonia, sor Victoria, Antonia: los caminos de una vida]]></media:title>
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      <media:keywords><![CDATA[Cantabria,Memoria Histórica]]></media:keywords>
    </item>
    <item>
      <title><![CDATA[Liébana, Alemania, Torrelavega: el camino de ida y vuelta de María Juana Gómez Gómez]]></title>
      <link><![CDATA[https://www.eldiario.es/cantabria/blog/legado-cantabria/liebana-alemania-torrelavega-camino-ida-vuelta-maria-juana-gomez-gomez_1_13298392.html]]></link>
      <description><![CDATA[<p><img src="https://static.eldiario.es/clip/40a4cc93-b713-4269-9dbb-7a3e9fb1b68e_16-9-discover-aspect-ratio_default_0.jpg" width="1200" height="675" alt="Liébana, Alemania, Torrelavega: el camino de ida y vuelta de María Juana Gómez Gómez"></p><div class="subtitles"><p class="subtitle">Cuando Juana Gómez nació en Villaverde, Vega de Liébana tenía algo más de 2.400 habitantes. Hoy el municipio cuenta poco más de 600. Esta mujer, que trabajó desde niña hasta la jubilación, ha hecho un viaje de ida y vuelta que hizo estación permanente en Torrelavega en el que Liébana siempre ha marcado los pasos y el tejido comunitario.</p></div><p class="article-text">
        Mar&iacute;a Juana G&oacute;mez G&oacute;mez naci&oacute; el 6 de mayo de 1943 en Villaverde, en plena Vega de Li&eacute;bana, en el seno de una familia de labradores marcada por la constancia en la tierra. Fue la hermana menor, llegada a destiempo respecto a sus hermanos mayores: Gregorio ten&iacute;a veinte a&ntilde;os, Castor, dieciocho, y Francisca, diecis&eacute;is.
    </p><p class="article-text">
        Sus padres, ambos oriundos de Villaverde, fueron Antonio G&oacute;mez Casares y Natividad G&oacute;mez G&oacute;mez. Antonio hab&iacute;a dejado la escuela a los nueve a&ntilde;os para trabajar, pero era recordado como un hombre &ldquo;muy culto&rdquo;. Natividad nunca aprendi&oacute; a leer ni a escribir, aunque supo sacar la casa adelante. Esa carencia educativa en la generaci&oacute;n anterior hizo que Antonio se empe&ntilde;ara en que sus hijos e hijas pudieran ir a la escuela, aunque la dureza del campo no siempre lo permitiera.
    </p><p class="article-text">
        Con apenas cuatro o cinco a&ntilde;os, Mar&iacute;a Juana fue enviada una temporada a Potes, al cuidado de unos t&iacute;os. Intuye que aquella decisi&oacute;n ten&iacute;a que ver con liberar a su familia, absorbida por el trabajo en la tierra. Lo que recuerda con claridad es el movimiento de la villa: el colegio cercano, la fonda de los Cayo &mdash;hoy Casa Cayo&mdash; abarrotada los lunes de mercado, las comidas adelantadas para apartar a los ni&ntilde;os del traj&iacute;n. Su prima, con quince a&ntilde;os, serv&iacute;a a los clientes; ella y su primo, en cambio, eran todav&iacute;a los peque&ntilde;os que iban de la mano camino de la escuela.
    </p><p class="article-text">
        Potes era entonces el centro econ&oacute;mico de la comarca. Cada lunes se bajaban las vacas, terneros, cerdos o sacos de patatas para vender y, con lo obtenido, comprar lo que no se produc&iacute;a en casa: aceite, arroz, az&uacute;car, chocolate o queso pic&oacute;n. Las grandes ferias &mdash;la de Todos los Santos, el 2 de noviembre, y la de San Pedro, el 29 de junio&mdash; concentraban el pulso de la econom&iacute;a rural lebaniega. Mar&iacute;a Juana recuerda que a ella nunca le gust&oacute; aquel ir y venir de ventas, pero sus padres y hermanos participaban activamente, conscientes de que de esas transacciones depend&iacute;a llenar la despensa y sostener la casa.
    </p><p class="article-text">
        Su infancia en Villaverde estuvo marcada por los fogones de le&ntilde;a, las tareas en el hogar, los rezos cotidianos y la escuela de Ledantes, a dos kil&oacute;metros de distancia. Cuatro veces al d&iacute;a hac&iacute;a el camino, &ldquo;un rato a pie y otro andando&rdquo;. All&iacute;, con don M&aacute;ximo como maestro, aprendi&oacute; a leer en el Cat&oacute;n y a escribir en pizarras con piedras del r&iacute;o. La ense&ntilde;anza se mezclaba con el catecismo y la Historia Sagrada, mientras en casa cada noche se rezaba el rosario. Sus hermanos, en cambio, estudiaban en la escuela de ni&ntilde;os de Vada, tambi&eacute;n a dos kil&oacute;metros. Vada era entonces un peque&ntilde;o centro al que todo conduc&iacute;a: el molino, la tienda de ultramarinos, la escuela que reun&iacute;a a los ni&ntilde;os del valle. Desde la Vega llegaba el m&eacute;dico, Aquilino Alles, en carro de vacas, para atender a los pueblos dispersos.
    </p><p class="article-text">
        A los doce a&ntilde;os, Mar&iacute;a Juana dej&oacute; la casa familiar y se traslad&oacute; a San Vicente de la Barquera, donde su hermano y su cu&ntilde;ada regentaban la fonda Li&eacute;bana. Hasta los catorce curs&oacute; estudios con las monjas del colegio Cristo Rey, donde aprendi&oacute; costura y matem&aacute;ticas. El resto del tiempo ayudaba en el negocio, &ldquo;haciendo lo que pod&iacute;a&rdquo;: atender mesas, limpiar, cocinar, preparar habitaciones para los clientes. Aquellos a&ntilde;os estuvieron marcados por la disciplina dom&eacute;stica y por una libertad reducida a causa de la carga laboral, aunque tambi&eacute;n por la m&uacute;sica y los cantos marineros que llenaban los bares en d&iacute;as de fiesta, alguna salida espor&aacute;dica al cine con su novio, y las clases particulares: matem&aacute;ticas con Trinidad, una ex religiosa, y costura por las tardes con la mujer de un guardia civil.
    </p><p class="article-text">
        En 1961, con dieciocho a&ntilde;os reci&eacute;n cumplidos, Mar&iacute;a Juana comenz&oacute; a trabajar en el Hospital Universitario Marqu&eacute;s de Valdecilla, en Santander. Entr&oacute; como sustituta en los comedores de internos y enfermeras, y resid&iacute;a en la cuarta planta del Pabell&oacute;n 19, todav&iacute;a regido por monjas. Adem&aacute;s del trabajo, ella y otras j&oacute;venes de Li&eacute;bana ten&iacute;an la costumbre de visitar a los paisanos hospitalizados sin familia cerca. &ldquo;Fueran mayores o j&oacute;venes, &iacute;bamos porque nos parec&iacute;a que estaban solos&rdquo;.
    </p><p class="article-text">
        Fue en una de esas visitas cuando conoci&oacute; a su futuro marido, Manuel Ib&aacute;&ntilde;ez (Li&eacute;bana, 1944&ndash;1990), ingresado tras un accidente laboral. De aquel gesto de acompa&ntilde;amiento naci&oacute; una relaci&oacute;n que se prolong&oacute; durante cuatro a&ntilde;os de noviazgo. En 1969 se casaron frente al mar santanderino, en la iglesia de San Roque, ciudad donde vivieron su primer a&ntilde;o de matrimonio. Al poco tiempo se mudaron a Torrelavega y en 1970 naci&oacute; su primera hija. En 1972, la segunda &mdash;&ldquo;nueva ilusi&oacute;n&rdquo;&mdash;, y en 1983 lleg&oacute; el &ldquo;peque&ntilde;&iacute;n de la casa&rdquo;, su &uacute;nico hijo var&oacute;n.
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            </figure><p class="article-text">
        La vida de Mar&iacute;a Juana tambi&eacute;n estuvo marcada por la experiencia migratoria. Antes de casarse, interrumpi&oacute; sus a&ntilde;os en Valdecilla para trabajar m&aacute;s de un a&ntilde;o como ni&ntilde;era en Barcelona y en Santander, en casa de un familiar que hab&iacute;a hecho carrera en Venezuela. Tras el matrimonio, a finales de los sesenta, parti&oacute; con su marido a Alemania en el marco del convenio laboral hispano-alem&aacute;n. Manuel viaj&oacute; primero, junto a un grupo de c&aacute;ntabros contratados en la industria metal&uacute;rgica, y se aloj&oacute; en barracones hasta que la empresa les facilit&oacute; una vivienda.
    </p><p class="article-text">
        Ella se reuni&oacute; con &eacute;l meses despu&eacute;s, con una hija peque&ntilde;a y embarazada de la segunda. Se instalaron en Mantel, una peque&ntilde;a localidad b&aacute;vara, en el distrito de Neustadt an der Waldnaab (Oberpfalz) con tradici&oacute;n industrial. All&iacute; Manuel trabaj&oacute; en una f&aacute;brica de escaleras de m&aacute;rmol mientras Mar&iacute;a Juana sosten&iacute;a la casa y cuidaba de su familia. La vida transcurr&iacute;a entre el traj&iacute;n dom&eacute;stico, los encuentros con otras familias espa&ntilde;olas, la amistad cercana con un matrimonio &mdash;&eacute;l catal&aacute;n, ella alemana&mdash;, y el ritual de esperar cartas o acudir al &uacute;nico tel&eacute;fono del pueblo para hablar con los de casa. Mar&iacute;a Juana aprendi&oacute; a sostener la distancia con su tierra en un entorno alem&aacute;n distinto a la Espa&ntilde;a franquista que hab&iacute;a dejado atr&aacute;s.
    </p><p class="article-text">
        En 1976 regresaron a Cantabria y se hicieron cargo del Bar California, en el barrio de La Inmobiliaria de Torrelavega, una zona obrera entonces en plena expansi&oacute;n. Tres a&ntilde;os m&aacute;s tarde, en 1979, abrieron su primer negocio propio: el bar-churrer&iacute;a Traudy, situado en Nueva Ciudad. Al a&ntilde;o, Manuel impuls&oacute; la creaci&oacute;n de la Pe&ntilde;a Li&eacute;bana de Torrelavega, un espacio de encuentro para la comunidad lebaniega emigrada, donde se organizaban comidas, excursiones y se manten&iacute;a viva la memoria del valle en el coraz&oacute;n de la ciudad. Eran los a&ntilde;os en que Torrelavega era llamada la &ldquo;ciudad del d&oacute;lar&rdquo;: el dinamismo econ&oacute;mico atra&iacute;a a clientelas formadas por obreros de Solvay, Firestone y la mina de Reoc&iacute;n &mdash;explotada primero por la Real Compa&ntilde;&iacute;a Asturiana de Minas y despu&eacute;s por Asturiana de Zinc&mdash;. El bar se llenaba tambi&eacute;n con los habituales de los mercados y de los fines de semana. Los churros se convirtieron pronto en la se&ntilde;a de identidad del negocio y, entre el mostrador y el bullicio, crecieron sus tres hijos y, con el tiempo, sus seis nietos y nietas.
    </p><p class="article-text">
        En 1990 perdi&oacute; a Manuel en un accidente de tr&aacute;fico. Mar&iacute;a Juana ten&iacute;a 47 a&ntilde;os y el bar se convirti&oacute;, junto a sus hijas, hijo y su yerno, en sost&eacute;n y refugio. Se jubil&oacute; a los 65 a&ntilde;os pensando en el futuro de la familia, aunque reconoce que, por ella, &ldquo;hubiera seguido&rdquo;. 
    </p><p class="article-text">
        La jubilaci&oacute;n no signific&oacute; quietud. Entre las visitas a su familia, el yoga y el cuidado de un peque&ntilde;o huerto con gallinas en su pueblo, Mar&iacute;a Juana encontr&oacute; en el voluntariado de Cruz Roja un modo de mantener la utilidad que siempre busc&oacute;: en el ropero infantil de Torrelavega ordena ropa y acompa&ntilde;a, en compa&ntilde;&iacute;a de otras mujeres que tambi&eacute;n eligen estar activas.
    </p><p class="article-text">
        Hoy, con 82 a&ntilde;os, reparte su tiempo entre hijos, nietos, bisnietos y amistades tejidas en torno a la solidaridad. Mira el paso del tiempo con serenidad y sin dramatismos: &ldquo;Lo importante es sentirse bien y estar bien con lo que te rodea. Cumplir a&ntilde;os es mejor que no cumplirlos, aunque se note de un a&ntilde;o a otro. Procuro tener cuidado, seguir siendo &uacute;til y disfrutar de lo cotidiano, porque he sido feliz siempre, salvo en las malas circunstancias, y valoro lo que tengo&rdquo;.
    </p>]]></description>
      <dc:creator><![CDATA[Zhenya Popova Tikhonova]]></dc:creator>
      <guid isPermaLink="true"><![CDATA[https://www.eldiario.es/cantabria/blog/legado-cantabria/liebana-alemania-torrelavega-camino-ida-vuelta-maria-juana-gomez-gomez_1_13298392.html]]></guid>
      <pubDate><![CDATA[Sat, 13 Jun 2026 20:08:43 +0000]]></pubDate>
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      <media:title><![CDATA[Liébana, Alemania, Torrelavega: el camino de ida y vuelta de María Juana Gómez Gómez]]></media:title>
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    </item>
    <item>
      <title><![CDATA[Manuel Hoz Alonso o cómo “aprender la vida a pulso”]]></title>
      <link><![CDATA[https://www.eldiario.es/cantabria/blog/legado-cantabria/manuel-hoz-alonso-aprender-vida-pulso_1_13270971.html]]></link>
      <description><![CDATA[<p><img src="https://static.eldiario.es/clip/c824f883-adea-491f-bed5-790e252023a6_16-9-discover-aspect-ratio_default_0.jpg" width="1200" height="675" alt="Manuel Hoz Alonso o cómo “aprender la vida a pulso”"></p><div class="subtitles"><p class="subtitle">La posguerra dejó más que hambre. En la vida de Manuel Hoz dejó una ausencia: la detención de su padre, que marcó una infancia de caminos, noches a la intemperie y hambre; una juventud de trabajo, y una adultez de oficios extremos como la minería y la construcción. Esta es la historia de un superviviente.</p></div><p class="article-text">
        Hay vidas atravesadas por el rayo de la violencia. Esas vidas, cuando se sostienen, lo hacen a punta de tes&oacute;n y de aguante. No es justo, pero es. La existencia de Manuel Hoz ha sido as&iacute;. Lo que hiere, perdura, pero el af&aacute;n de sobrevivir parece ser incre&iacute;blemente m&aacute;s fuerte que los lastres con los que lo cargaron desde la infancia.
    </p><p class="article-text">
        Manuel Hoz Alonso naci&oacute; el 8 de agosto de 1933 en San Vitores, en el municipio de Medio Cudeyo, en el coraz&oacute;n de la comarca de Trasmiera, un territorio donde durante buena parte del siglo XX la vida se sosten&iacute;a sobre un equilibrio fr&aacute;gil entre la ganader&iacute;a, los peque&ntilde;os cultivos, las canteras, las yeseras y una miner&iacute;a dispersa que marc&oacute; profundamente el paisaje humano de la zona.
    </p><p class="article-text">
        Sus padres fueron Emilio Hoz Toyos, natural de San Vitores, e Isabel Alonso Alonso, procedente de Medio Cudeyo y con ra&iacute;ces familiares en la provincia de Burgos. Tuvieron doce hijos. Seis nacieron antes de la &ldquo;guerra entre hermanos&rdquo; y en medio de la represi&oacute;n que la sigui&oacute;; los otros seis llegar&iacute;an despu&eacute;s, cuando el padre logr&oacute; regresar a casa tras varios a&ntilde;os de ausencia forzada.
    </p><p class="article-text">
        La historia familiar qued&oacute; atravesada muy pronto por los acontecimientos de la Guerra de Espa&ntilde;a y la posguerra. Emilio Hoz fue detenido y enviado a un batall&oacute;n de trabajadores en Gallarta, en la cuenca minera de Vizcaya, donde permaneci&oacute; siete a&ntilde;os. Estos batallones disciplinarios, organizados por el r&eacute;gimen franquista desde 1937, empleaban a miles de prisioneros y represaliados pol&iacute;ticos en trabajos de miner&iacute;a, construcci&oacute;n o infraestructuras.&nbsp;En casa se hablaba poco de ello, pero el peso de aquellos a&ntilde;os estaba presente en todo: en la condena de la pobreza, en la incertidumbre y en la sensaci&oacute;n de haber quedado solos demasiado tiempo.
    </p><p class="article-text">
        En la casa de San Vitores quedaron una madre sola y seis hijos peque&ntilde;os, entre ellos Manuel, &ldquo;Lol&iacute;n&rdquo;. El hambre fue entonces parte del paisaje cotidiano que solo se calmaba con el racionamiento de la tienda de Pancho, en Omo&ntilde;o, y con los cultivos de peque&ntilde;as parcelas del monte comunal. Sobreviv&iacute;an con lo poco que pod&iacute;an obtener. La madre trabajaba para la familia Rucabado, vinculada a la explotaci&oacute;n del yeso de San Vitores, pero el sueldo no alcanzaba para alimentar a los suyos.
    </p><p class="article-text">
        Siendo ni&ntilde;o, Manuel recuerda c&oacute;mo recorr&iacute;a solo o con &Aacute;ngel, uno de sus hermanos al que ten&iacute;a &ldquo;por padre y hermano&rdquo;, los pueblos cercanos &mdash;Penagos, El Arenal, Llanos o El Condado&mdash; pidiendo algo de comida. Aquellas rutas infantiles de supervivencia terminaban incluso con noches durmiendo al aire libre, bajo carros o en soportales.
    </p><p class="article-text">
        La guerra, sin embargo, permanec&iacute;a envuelta en silencio dentro de la casa. Cuando su padre regres&oacute; del batall&oacute;n de trabajadores, hablaba poco de lo ocurrido. El miedo segu&iacute;a presente. A&ntilde;os despu&eacute;s Manuel lo resume as&iacute;: &ldquo;Vi cosas que no son para contarlas.&rdquo;
    </p><p class="article-text">
        Manuel quiere dejarlo claro: los siete a&ntilde;os que su familia pas&oacute; sin su padre &mdash;a&ntilde;os que causaron un profundo sufrimiento&mdash; nunca fueron devueltos por nadie. &ldquo;Ni por el tiempo ni por los gobiernos que llegaron despu&eacute;s&rdquo;. Una ausencia que se impuso entonces y cuya carga, dice, todav&iacute;a contin&uacute;a.
    </p><p class="article-text">
        El invierno de 1941 tambi&eacute;n qued&oacute; grabado en la memoria familiar. Aquel a&ntilde;o un fuerte temporal &mdash;recordado en Cantabria como el cicl&oacute;n de febrero del 41, que precedi&oacute; al gran incendio de Santander&mdash; arranc&oacute; el tejado de la casa familiar. Durante un tiempo la familia tuvo que trasladarse a vivir al palacio de Rioz, en Sobremazas, propiedad de la familia Rucabado, en la que continuaron residiendo. Tambi&eacute;n qued&oacute; el duelo por su hermana, Cuquina, a quien la &eacute;poca de la guerra dej&oacute; una salud delicada y a los catorce a&ntilde;os falleci&oacute; a causa de diviesos en la piel.
    </p><p class="article-text">
        El paso por la escuela de Manuel fue breve. Asisti&oacute; a la escuela de Valdecilla, donde destacaba en las cuentas y las matem&aacute;ticas; aunque, recuerda con humor, lo que &eacute;l aprendi&oacute; bien fue &ldquo;gram&aacute;tica parda y burrolog&iacute;a&rdquo;. Una pelea en la fila del comedor escolar fue el detonante para que abandonara definitivamente las clases. Ten&iacute;a menos de nueve a&ntilde;os. Aquello no era extra&ntilde;o en la Cantabria rural de los a&ntilde;os cuarenta: muchos ni&ntilde;os dejaban la escuela para empezar a trabajar. &ldquo;La cultura m&iacute;a ha sido la vida&rdquo;.
    </p><p class="article-text">
        A partir de ese momento tuvo que &mdash;como &eacute;l mismo dice&mdash; &ldquo;aprender la vida a pulso&rdquo;. Con apenas nueve a&ntilde;os comenz&oacute; a trabajar limpiando &ldquo;bo&ntilde;iga, ubres y pesebres&rdquo; en una finca de Sobremazas y poco despu&eacute;s pas&oacute; a servir como criado. Pas&oacute; trabajando por distintos pueblos de Trasmiera: Orejo, Galizano, Hoz de Anero y G&uuml;emes, y Cubas, a cambio de comida y un lugar donde dormir. Con diecinueve a&ntilde;os entr&oacute; al servicio de quien recuerda como el mejor &ldquo;amo&rdquo; que tuvo: el veterinario Jos&eacute; Ram&oacute;n Sarabia, jefe del ferial de Torrelavega, y su madre Carolina. En todos esos lugares pic&oacute; le&ntilde;a, cuid&oacute; ganado, seg&oacute; hierba, orde&ntilde;&oacute; vacas y realiz&oacute; todo tipo de trabajos del campo. A menudo descansaba en la cuadra, junto al ganado, en un rinc&oacute;n del establo. El d&iacute;a comenzaba al amanecer y terminaba cuando se recog&iacute;an los animales.
    </p><p class="article-text">
        Sus hermanas, como tantas j&oacute;venes de la &eacute;poca, empezaron a trabajar muy pronto. Sirvieron en casas y peque&ntilde;os negocios de la zona. En el caso de Lol&iacute;n, a finales de los a&ntilde;os cuarenta y comienzos de los cincuenta empez&oacute; a recibir peque&ntilde;os salarios por su trabajo en el campo. A los quince a&ntilde;os tuvo sus primeros zapatos.
    </p><p class="article-text">
        Uno de los recuerdos que conserva con mayor claridad corresponde a 1950, cuando se traslad&oacute; a P&aacute;manes para sustituir a un hermano que estaba realizando el servicio militar en Burgos. All&iacute; trabaj&oacute; en una explotaci&oacute;n vinculada a Marcela Lav&iacute;n, subiendo cada d&iacute;a hasta Rubalcaba para atender las vacas de una finca de quinientos carros de hierba. Su trabajo consist&iacute;a en cuidar el ganado, segar, orde&ntilde;ar y medir la leche destinada a la distribuci&oacute;n.
    </p><p class="article-text">
        M&aacute;s tarde pas&oacute; a trabajar para Venancia Merquiadis, que ten&iacute;a cuatro o cinco vacas y le pagaba quince duros al mes. Un d&iacute;a, mientras bajaba con la leche para entregarla al cami&oacute;n de recogida que recorr&iacute;a la ruta hacia La Penilla, el conductor &mdash;Pablo Baldor&mdash; le pregunt&oacute; cu&aacute;nto ganaba. Al o&iacute;r la cifra le propuso cambiar de casa, en Cubas, donde podr&iacute;a ganar quinientas pesetas al mes. Manuel subi&oacute; a la finca, avis&oacute; de que se marchaba y al d&iacute;a siguiente comenz&oacute; el nuevo trabajo. En el campo c&aacute;ntabro de entonces los cambios de casa eran frecuentes: si aparec&iacute;a un trabajo o un amo que pagaba algo mejor, se marchaba &ldquo;de ahora para luego&rdquo;, como se hac&iacute;a entonces.
    </p><p class="article-text">
        En aquellos a&ntilde;os de trabajo en Cubas conoci&oacute; a Laura Ortiz Sainz-Maza, una joven de diecisiete a&ntilde;os que viv&iacute;a en Salcedillo. Era primavera de 1952 y Manuel recuerda aquel instante con una precisi&oacute;n sencilla: antes siquiera de probar la sidra, lo primero que hizo fue mirarla. Aquella imagen qued&oacute; fijada en su memoria.
    </p><p class="article-text">
        El noviazgo dur&oacute; dos a&ntilde;os de visitas y exig&iacute;a paciencia y esfuerzo. Sub&iacute;a hacia La G&aacute;ndara de Soba y desde all&iacute; continuaba por los caminos de monta&ntilde;a hacia Las Machorras, hasta llegar a Lunada, donde viv&iacute;a ella. Aquellos trayectos pod&iacute;an durar varias horas andando. Pero en aquellos a&ntilde;os las distancias &mdash;y los tiempos&mdash; se med&iacute;an de otra manera.
    </p><p class="article-text">
        El 19 de marzo de 1954 comenz&oacute; el servicio militar obligatorio en Vitoria, en el cuartel de artiller&iacute;a 46 de Vitoria. Todav&iacute;a conserva el billete de 5 pesetas que le dieron en El Alta de Santander para el viaje. Lleg&oacute; a ser cabo de reemplazo, despu&eacute;s de superar los ex&aacute;menes necesarios. Para Manuel fueron dos a&ntilde;os &ldquo;sin sueldo&rdquo;, tiempo perdido en t&eacute;rminos econ&oacute;micos.
    </p><p class="article-text">
        Tras regresar del servicio militar, Manuel decidi&oacute; buscar un trabajo estable para poder casarse. Lo primero que hizo fue encargar el traje de boda a un sastre, pero para pagarlo necesitaba un salario fijo. Su primer empleo lleg&oacute; en la mina de Ibarburi, en Heras, donde el trabajo se pagaba a destajo: cinco pesetas por tonelada de material extra&iacute;do. Entre tres hombres pod&iacute;an sacar en una jornada alrededor de ciento doce toneladas de material. El trabajo era duro, pero se pagaba mejor que en el campo.
    </p><p class="article-text">
        A partir de entonces comenz&oacute; una larga etapa ligada a la miner&iacute;a de la comarca de Trasmiera, una actividad m&aacute;s modesta que la de las grandes cuencas mineras del norte, pero que durante d&eacute;cadas dio trabajo a numerosos vecinos. Manuel pas&oacute; por distintas explotaciones: la mina Farmacia, en el entorno del pantano de Heras, Elechino, El Sedo, y la mina de La Concha, en Villanueva de Villaescusa. En aquellas minas cargaba mineral, perforaba barrenos y manejaba explosivos, oficios duros que exig&iacute;an fuerza, destreza y experiencia.
    </p><p class="article-text">
        Tambi&eacute;n trabaj&oacute; en canteras. En Igollo de Camargo abri&oacute; junto a un amigo una peque&ntilde;a explotaci&oacute;n que recuerda como la cantera de &ldquo;Chacarra&rdquo;, de la que sacaban piedra para obras de la zona. Trabaj&oacute; igualmente en otra cantera de donde se extra&iacute;a piedra destinada a la construcci&oacute;n de carretera hacia Santander.
    </p><p class="article-text">
        Su trayectoria laboral tambi&eacute;n conoci&oacute; la yesera de la familia Rucabado, en San Vitores, donde trabaj&oacute; durante dos a&ntilde;os. El ritmo era extenuante: cada jornada pod&iacute;an llegar a sacar y cargar hasta novecientos sacos de yeso de veinticinco kilos. M&aacute;s tarde continu&oacute; en esa misma yesera cuando pas&oacute; a manos de nuevos propietarios, con un salario de unas cuatrocientas pesetas semanales.
    </p><p class="article-text">
        Manuel altern&oacute; estos trabajos con otros oficios vinculados a la construcci&oacute;n. Pas&oacute; adem&aacute;s por la empresa Elsan, dedicada al asfaltado y vinculada a obras p&uacute;blicas en colaboraci&oacute;n con compa&ntilde;&iacute;as como Dragados y Construcciones, donde trabaj&oacute; en tareas relacionadas con carreteras y movimiento de materiales. Trabaj&oacute; para el constructor J. Santos, sacando arena y cargando camiones en una sola jornada. Y cuando terminaba el d&iacute;a todav&iacute;a encontraba ocasiones para ganar unas pesetas m&aacute;s: dos veces por semana cargaba camiones de carb&oacute;n en Solares para dos carboneros de la zona. Tambi&eacute;n particip&oacute; en la excavaci&oacute;n de pozos de agua en Orejo y en Farmacia.
    </p><p class="article-text">
        A sus 92 a&ntilde;os, dice, &ldquo;las fechas ya no importan demasiado&rdquo;: en su biograf&iacute;a faltan a veces a&ntilde;os exactos y cronolog&iacute;as precisas; los recuerdos aparecen sin calendario, tal como quedaron guardados en la memoria.
    </p><p class="article-text">
        La que s&iacute; mantiene clara &mdash;y que fue el origen de todo su esfuerzo&mdash; es la de septiembre de 1956, cuando se cas&oacute; en Las Machorras, en Espinosa de los Monteros, &ldquo;con una mano delante y otra detr&aacute;s&rdquo;, como &eacute;l mismo dice. Ella le respondi&oacute; que ir&iacute;a con &eacute;l &ldquo;donde hiciera falta&rdquo;.
    </p><p class="article-text">
        La boda sigui&oacute; el ritual habitual de la &eacute;poca: las proclamas matrimoniales le&iacute;das en la parroquia durante tres meses seguidos, los domingos. La v&iacute;spera, Laura prepar&oacute; una comida para once familiares cercanos. Al d&iacute;a siguiente bajaron, se casaron y regresaron a casa. &ldquo;Ese fue nuestro viaje de novios&rdquo;, dice Manuel.
    </p><p class="article-text">
        Ese a&ntilde;o compr&oacute; un reba&ntilde;o de ovejas en San Pedro del Romeral, en los montes pasiegos. Y a los d&iacute;as lo baj&oacute; al monte de Cab&aacute;rceno, donde continu&oacute; con el ganado un a&ntilde;o m&aacute;s, hasta venderlo. Laura lo acompa&ntilde;&oacute; a pie embarazada del hijo mayor. 
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            </figure><p class="article-text">
        Entre 1957 y 1961 tuvieron dos hijos y una hija y formaron una familia &ldquo;inmejorable&rdquo;. Aunque tambi&eacute;n conocieron p&eacute;rdidas muy duras: otro hijo muri&oacute; con dos d&iacute;as y otra hija falleci&oacute; antes de nacer. Manuel habla de esas heridas que nunca terminan de cicatrizar, con la serenidad de quien ha atravesado muchas etapas de la vida.
    </p><p class="article-text">
        Por entonces viv&iacute;an de alquiler en Sobremazas, donde permanecieron cuatro a&ntilde;os, hasta poder levantar su propia casa. Hubo tambi&eacute;n momentos dif&iacute;ciles, como el asalto que sufri&oacute; su vivienda, cuando unos ladrones entraron y mantuvieron a su mujer retenida.
    </p><p class="article-text">
        La vida tambi&eacute;n le puso delante algunas batallas con la salud. La neumon&iacute;a y la tuberculosis, despu&eacute;s de los a&ntilde;os de trabajo en la mina, la diabetes y otros achaques fueron dejando su huella. Durante un tiempo incluso la sangre aparec&iacute;a al toser, pero sigui&oacute; adelante, como tantos de su generaci&oacute;n, acostumbrados a resistir sin hacer demasiado ruido. Siempre recuerda tambi&eacute;n a los m&eacute;dicos que le salvaron la vida: Zabaleta y Pelayo con su equipo. 
    </p><p class="article-text">
        Como padre de familia, dice que nunca tuvo vacaciones. Tras dedicarse durante a&ntilde;os a la miner&iacute;a, pas&oacute; a trabajar en la construcci&oacute;n. Era un trabajo f&iacute;sico y exigente: ayud&oacute; a levantar los pisos que hoy ve desde la ventana de su habitaci&oacute;n, encarg&aacute;ndose de los encofrados. M&aacute;s tarde prefiri&oacute; cambiar de trabajo. Durante medio a&ntilde;o trabaj&oacute; tambi&eacute;n en la construcci&oacute;n de la empresa americana de Gajano, la f&aacute;brica de Calatrava. All&iacute; clavaba pivotes en la mar y trabajaban &mdash;como &eacute;l recuerda&mdash; &ldquo;a cuarenta y dos metros de altura&rdquo;, montando estructuras y conducciones del nuevo complejo industrial que empezaba a levantarse en la bah&iacute;a. Lo recuerda como el empleo mejor remunerado que tuvo. 
    </p><p class="article-text">
        Su vida laboral termin&oacute; en la f&aacute;brica de agua mineral de Solares, donde trabaj&oacute; durante unos catorce a&ntilde;os en diferentes puestos del proceso de embotellado. Las m&aacute;quinas no se deten&iacute;an: las botellas pasaban a gran velocidad por las cintas transportadoras y los trabajadores deb&iacute;an mantener un ritmo constante de producci&oacute;n de &ldquo;novecientas botellas a la hora&rdquo;. Fue un trabajo largo y exigente, que con el tiempo termin&oacute; afectando a su salud y no fue reconocido como merec&iacute;a desde el punto de vista legal. Finalmente, tuvo que jubilarse antes de lo previsto.
    </p><p class="article-text">
        Hoy, despu&eacute;s de 92 a&ntilde;os de camino recorrido, Manuel sigue se&ntilde;alando a Laura como una de las grandes columnas de su historia. Llevan m&aacute;s de setenta a&ntilde;os juntos y &eacute;l dice que &ldquo;no quiere vivir sin ella ni un minuto&rdquo;. La vida los ha llevado a trasladarse &mdash;desde el 21 de mayo de 2025&mdash; a la residencia de Solares, donde ambos cuentan con los cuidados que necesitan; &eacute;l lo llama, de alg&uacute;n modo, un nuevo &ldquo;viaje de novios&rdquo;. Estar all&iacute; tiene un sentido claro: seguir acompa&ntilde;&aacute;ndose ahora que Laura necesita m&aacute;s cuidado que nunca.
    </p><p class="article-text">
        Cuando mira atr&aacute;s, Manuel no se averg&uuml;enza de lo que fue ni de lo que hizo. Recuerda al ni&ntilde;o que pidi&oacute; comida por los pueblos y durmi&oacute; en la calle; al muchacho que empez&oacute; a trabajar muy joven hasta ganar quinientas pesetas; al minero, al obrero, al trabajador que aprendi&oacute; los oficios sobre la marcha.
    </p><p class="article-text">
        Pero tambi&eacute;n recuerda lo que consigui&oacute; levantar con ese esfuerzo: trabajo tras trabajo, casa tras casa, hasta ver crecer a sus hijos. Levant&oacute; una vida &mdash;dice&mdash; &ldquo;para escribir un libro&rdquo; y una familia de la que se siente profundamente orgulloso. No se detiene en los golpes ni en el cansancio, sino en el resultado: haber sacado adelante y educado a los suyos. Ah&iacute; reconoce hoy la medida de su vida.
    </p>]]></description>
      <dc:creator><![CDATA[Zhenya Popova Tikhonova]]></dc:creator>
      <guid isPermaLink="true"><![CDATA[https://www.eldiario.es/cantabria/blog/legado-cantabria/manuel-hoz-alonso-aprender-vida-pulso_1_13270971.html]]></guid>
      <pubDate><![CDATA[Sat, 06 Jun 2026 20:09:07 +0000]]></pubDate>
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    </item>
    <item>
      <title><![CDATA[José Antonio Celis Díaz: una vida contra “los tiempos oscuros”]]></title>
      <link><![CDATA[https://www.eldiario.es/cantabria/blog/legado-cantabria/jose-antonio-celis-diaz-vida-tiempos-oscuros_1_13259252.html]]></link>
      <description><![CDATA[<p><img src="https://static.eldiario.es/clip/fd6fcea7-0c88-4d5d-b2d2-27e56867222b_16-9-discover-aspect-ratio_default_0.jpg" width="1200" height="675" alt="José Antonio Celis Díaz: una vida contra “los tiempos oscuros”"></p><div class="subtitles"><p class="subtitle">Dice que hoy se siente “lustroso”. La palabra le sienta bien: ha atravesado el daño sin apagarse; al contrario, ha aprendido a brillar de muchos modos. Nació en Los Corrales de Buelna en una España en la que muchas formas de diferencia se vivían en silencio. Desde entonces, buena parte de su vida ha consistido en hacer lo contrario: sacar a la luz, restaurar, cantar, amar, convertir en belleza aquello que parecía destinado al silencio.</p></div><p class="article-text">
        Jos&eacute; Antonio Celis D&iacute;az naci&oacute; el 10 de junio de 1953 en una Espa&ntilde;a todav&iacute;a atravesada por la posguerra y plenamente instalada en la dictadura franquista. Su biograf&iacute;a hunde las ra&iacute;ces en Los Corrales de Buelna, en la comarca del Besaya, un territorio definido durante d&eacute;cadas por la industria metal&uacute;rgica, la cultura del trabajo fabril, y una organizaci&oacute;n social fuertemente jerarquizada.
    </p><p class="article-text">
        Crecer all&iacute;, en los a&ntilde;os cincuenta y sesenta, implicaba hacerlo bajo una moral conservadora, con roles de g&eacute;nero r&iacute;gidos y con escaso margen para la diferencia. Ese contexto hist&oacute;rico no es un tel&oacute;n de fondo neutro: es una estructura que condiciona silenciosamente la construcci&oacute;n de la identidad.
    </p><p class="article-text">
        A los tres a&ntilde;os, tras el nacimiento de su hermano, Jos&eacute; Antonio fue llevado a vivir con sus abuelos maternos. Permaneci&oacute; con ellos hasta los nueve a&ntilde;os, un tiempo que considera clave en la formaci&oacute;n de sus v&iacute;nculos afectivos. Aunque ve&iacute;a a sus padres a diario, no crecer bajo su mismo techo dej&oacute; en &eacute;l una marca silenciosa. 
    </p><p class="article-text">
        La familia materna fue el n&uacute;cleo estructurante de su infancia. Su abuelo, Luis D&iacute;az D&iacute;az, conocido en el entorno como &ldquo;Vargas&rdquo;, trabajaba como alba&ntilde;il en el horno de acero de Corrales. Su abuela, Amelia Mu&ntilde;oz, oriunda de Cieza, aparece como una figura de fuerte presencia, sost&eacute;n dom&eacute;stico y referencia cotidiana. En ese espacio se configur&oacute; una suerte de matriarcado pr&aacute;ctico, no ideologizado pero s&iacute; real en la distribuci&oacute;n de afectos y autoridad cotidiana. 
    </p><p class="article-text">
        Creci&oacute; en Los Corrales de Buelna, escuchando desde peque&ntilde;o los relatos de su abuela Amelia, de su madre y de sus t&iacute;as sobre represalias, c&aacute;rcel y exilio interior. La memoria de la guerra no era un cap&iacute;tulo cerrado: era una herencia cotidiana. 
    </p><p class="article-text">
        La econom&iacute;a familiar se sosten&iacute;a con una tienda-bar ultramarinos, un negocio similar al que hab&iacute;an tenido sus abuelos en Cieza. En un pueblo donde alrededor del noventa por ciento de la poblaci&oacute;n trabajaba en Nueva Monta&ntilde;a Quijano, quienes no estaban en la f&aacute;brica eran agricultores, transportistas o tenderos. Y los tenderos &mdash;como &eacute;l mismo lo formula&mdash; eran &laquo;los tuertos en el pa&iacute;s de los ciegos&raquo;: una incipiente burgues&iacute;a en una Espa&ntilde;a todav&iacute;a recuper&aacute;ndose de la devastaci&oacute;n. La tienda daba estabilidad y permit&iacute;a vivir con cierta holgura, pero tambi&eacute;n exig&iacute;a trabajo. Celis trabaj&oacute; desde peque&ntilde;o en el negocio familiar. 
    </p><p class="article-text">
        La infancia transcurri&oacute; entre el peso de la tradici&oacute;n, un &aacute;mbito dom&eacute;stico sostenido por mujeres fuertes y un entorno fabril profundamente masculinizado. En ese contexto comenz&oacute; a percibirse diferente. A esa sensaci&oacute;n se sumaron experiencias de abuso tempranas que dejaron una marca en su relaci&oacute;n con el cuerpo. No encajaba del todo en el modelo de masculinidad dominante y esa percepci&oacute;n temprana se viv&iacute;a con discreci&oacute;n. En una Espa&ntilde;a donde la homosexualidad segu&iacute;a penalizada y estigmatizada, reconocerse como hombre gay implicaba silencio y cautela. No hab&iacute;a referentes ni palabras p&uacute;blicas para nombrarlo. La diferencia se atravesaba en soledad. Una soledad que muchas veces combat&iacute;a con la burla, con la tristeza de una infancia que no encaja y de una identidad que era un &lsquo;problema&rsquo; para sus padres y para su entorno. &ldquo;Podr&iacute;a decir que no tuve una infancia feliz&rdquo;.
    </p><figure class="embed-container embed-container--type-youtube ratio">
    
                    
                            
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        En materia educativa, su trayectoria refleja la estructura social de la &eacute;poca. En Los Corrales curs&oacute; la primaria, a finales de los a&ntilde;os cincuenta, en las Escuelas Nacionales, dentro del sistema reglado del franquismo. A comienzos de los a&ntilde;os sesenta realiz&oacute; el ingreso y curs&oacute; primero, segundo, tercero y cuarto de Bachillerato Elemental, con su correspondiente rev&aacute;lida, en lo que en Corrales se conoc&iacute;a simplemente como &ldquo;el instituto&rdquo;: un colegio menor creado por Falange. Para completar el Bachillerato Superior se desplazaba diariamente a Torrelavega. En un municipio donde muchos j&oacute;venes abandonaban pronto los estudios para incorporarse a la f&aacute;brica, continuar form&aacute;ndose no era lo habitual. El bachillerato &mdash;y m&aacute;s a&uacute;n la universidad&mdash; estaba m&aacute;s asociado, como &eacute;l mismo se&ntilde;ala, a &ldquo;hijos de tenderos&rdquo; o familias con cierta estabilidad econ&oacute;mica. &laquo;Los universitarios de mi generaci&oacute;n en el pueblo deb&iacute;amos ser poqu&iacute;simos&raquo;. Para Jos&eacute; Antonio ir a estudiar tambi&eacute;n fue el camino para huir de un pueblo que &eacute;l relaciona con la opresi&oacute;n, &laquo;una tabla de salvaci&oacute;n a la que me agarr&eacute; como pude&raquo;.
    </p><p class="article-text">
        A finales de los a&ntilde;os sesenta, en un pa&iacute;s que comenzaba a experimentar tensiones entre tradici&oacute;n y modernidad, la lectura y el pensamiento se convirtieron para &eacute;l en refugio y herramienta. Comprender el mundo era tambi&eacute;n una forma de comprenderse. As&iacute;, el deseo de ampliar horizontes y la necesidad de poner distancia respecto a su pueblo lo llev&oacute; a estudiar Filosof&iacute;a y Letras en Valladolid en 1971, en los &uacute;ltimos a&ntilde;os del franquismo. Valladolid represent&oacute;, en sus palabras, una liberaci&oacute;n: excursiones al Pinar de Antequera, discotecas, vida compartida en pisos de estudiantes y, sobre todo, la autonom&iacute;a. Cuando regresaba a Corrales durante las vacaciones sent&iacute;a una extra&ntilde;eza creciente, casi un desajuste: &laquo;&iquest;qu&eacute; pinto yo all&iacute;?&raquo;. 
    </p><p class="article-text">
        La universidad no solo ampli&oacute; su horizonte intelectual; le permiti&oacute; mirarse desde fuera. Valladolid ofrec&iacute;a un ambiente m&aacute;s plural que el de su localidad de origen. Tras la muerte de Franco en 1975, el clima universitario se volvi&oacute; a&uacute;n m&aacute;s efervescente: las huelgas interrump&iacute;an el calendario acad&eacute;mico, los debates pol&iacute;ticos ocupaban aulas y pasillos y la democracia comenzaba a imaginarse como posibilidad real. En ese contexto, su identidad encontr&oacute; mayores m&aacute;rgenes de afirmaci&oacute;n. Sin embargo, el proceso no fue lineal: la apertura social avanzaba a ritmos desiguales y la visibilidad LGTBIQ+ segu&iacute;a siendo fr&aacute;gil. De hecho, incluso entre las izquierdas. &laquo;Para los comunistas espa&ntilde;oles la homosexualidad era un vicio de la burgues&iacute;a&raquo; as&iacute; que le toc&oacute; vivir esos tiempos de efervescencia como&laquo;espectador de todo aquello&raquo;.
    </p><p class="article-text">
        Tras finalizar sus estudios &mdash;a mediados de los a&ntilde;os setenta&mdash; regres&oacute; a Los Corrales de Buelna por una raz&oacute;n estrictamente familiar. Ese mismo a&ntilde;o su hermano deb&iacute;a incorporarse al servicio militar. &Eacute;l, sin embargo, se libr&oacute; por miop&iacute;a severa &mdash;catorce dioptr&iacute;as en cada ojo&mdash;. En un pa&iacute;s donde la mili era todav&iacute;a el rito que convert&iacute;a a los ni&ntilde;os en hombres, no hacerla tambi&eacute;n lo situaba en un lugar singular. &laquo;Yo no tuve vocaci&oacute;n de hacerme hombre&raquo;, dice con iron&iacute;a. Mientras su hermano part&iacute;a al servicio militar, &eacute;l trabajaba en el negocio familiar. Adem&aacute;s de la tienda, la familia gestionaba un cebadero de terneros con alrededor de 160 animales. Alguien ten&iacute;a que hacerse cargo. Y fue &eacute;l. Durante un a&ntilde;o ejerci&oacute; como ganadero, asumiendo un trabajo f&iacute;sicamente exigente que no deseaba, pero que cumpli&oacute; por responsabilidad.
    </p><p class="article-text">
        Luego comenz&oacute; una nueva etapa en Santander con su prima Almudena. Jos&eacute; Antonio comenz&oacute; a trabajar en la Academia Poza (Torrelavega), donde durante cinco cursos prepar&oacute; al alumnado de Magisterio. En 1982 pas&oacute; al Colegio Tagore de Santander, un centro privado situado en un chal&eacute; del Alto Miranda. Permaneci&oacute; all&iacute; hasta 1991. Su manera de ense&ntilde;ar se alejaba de la memorizaci&oacute;n mec&aacute;nica: insist&iacute;a en el m&eacute;todo, en los esquemas y en la estructura del pensamiento. Lo esencial &mdash;defend&iacute;a&mdash; no era acumular contenidos, sino aprender a estudiar y a pensar con autonom&iacute;a.
    </p><p class="article-text">
        El cierre del Tagore &mdash;debido a la decisi&oacute;n de la propietaria de vender el edificio&mdash; marc&oacute; un punto de inflexi&oacute;n. Pas&oacute; despu&eacute;s al colegio Dickens durante dos a&ntilde;os, una etapa menos af&iacute;n a su manera de entender la ense&ntilde;anza, tras la que decidi&oacute; cerrar definitivamente su ciclo en la docencia reglada. Siguieron dos a&ntilde;os en situaci&oacute;n de desempleo que &eacute;l resume con una expresi&oacute;n muy suya: &laquo;para aprender lo que vale un peine, lamerse las heridas, caer al pozo y buscar la salida del ave F&eacute;nix&raquo;. 
    </p><p class="article-text">
        La inclinaci&oacute;n hacia el trabajo con la madera ven&iacute;a de mucho antes. Ya en Valladolid, durante los a&ntilde;os universitarios, hab&iacute;a comenzado a intervenir muebles y a experimentar con el ensamblaje. No era todav&iacute;a un proyecto profesional, sino una necesidad &iacute;ntima: transformar el espacio habitado, hacerlo propio y, al mismo tiempo, resolver con ingenio la falta de recursos. De regreso a Cantabria, mientras ejerc&iacute;a como docente, mantuvo esa pr&aacute;ctica en paralelo. Adem&aacute;s, realiz&oacute; durante cinco a&ntilde;os estudios en una academia de Santander y super&oacute; una exigente rev&aacute;lida que le otorg&oacute; el t&iacute;tulo de Dise&ntilde;ador de Interiores por la Escuela de Artes y Oficios Art&iacute;sticos de Oviedo. 
    </p><p class="article-text">
        En 1996 abri&oacute; en Astillero la tienda&ndash;taller A de C (Antonio de Celis), iniciando una nueva etapa profesional en un espacio que combinaba restauraci&oacute;n, dise&ntilde;o y clases pr&aacute;cticas. Restaurar muebles implicaba dialogar con el pasado material, comprender t&eacute;cnicas tradicionales y devolver funcionalidad a objetos cargados de memoria. Con el tiempo, la restauraci&oacute;n deriv&oacute; en ensamblaje art&iacute;stico: la madera dej&oacute; de ser solo soporte para convertirse en relato. Bibliotecas que evocan la infancia, columnas construidas con restos, camas que dialogan con la literatura cervantina. La dimensi&oacute;n p&uacute;blica de su obra se consolid&oacute; especialmente a partir de la d&eacute;cada de 2010.
    </p><p class="article-text">
        En abril de 2016 present&oacute; en el Centro Cultural Doctor Madrazo (Santander) la exposici&oacute;n <em>Reflexiones sobre el barroco</em>, vinculada a La Nave de Euterpe, asociaci&oacute;n cultural con sede en B&aacute;rcena de Pie de Concha en la que participa activamente. En mayo de 2023 regres&oacute; al Doctor Madrazo con <em>Colores del alma</em>. Especial relevancia adquiere el proyecto <em>No desaparecen</em>, presentado en la Sala Bret&oacute;n de Astillero y en el Centro Cultural Doctor Madrazo, una serie de ensamblajes inspirados en <em>Don Quijote de la Mancha</em>. 
    </p><p class="article-text">
        En paralelo, la m&uacute;sica ocup&oacute; un lugar significativo en su vida. Desde comienzos de los a&ntilde;os ochenta comenz&oacute; a cantar copla en p&uacute;blico bajo el nombre de To&ntilde;o de Celis, ofreciendo su primer concierto en Santander en esa d&eacute;cada. El escenario fue, desde el inicio, algo m&aacute;s que una actividad cultural: un espacio de comunidad y de afirmaci&oacute;n de la voz propia. Entre sus actuaciones m&aacute;s recientes destaca <em>Noche de copla</em>, presentada en 2021 en el Museo Etnogr&aacute;fico Casa de las Do&ntilde;as (Enterr&iacute;as, Vega de Li&eacute;bana), acompa&ntilde;ado al piano por Marta Guti&eacute;rrez Os&eacute;s.
    </p><p class="article-text">
        En 1982 se incorpor&oacute; a la Coral de Santander, donde permaneci&oacute; durante catorce a&ntilde;os en la cuerda de tenores. 
    </p><p class="article-text">
        Celis se jubil&oacute; a los 65 a&ntilde;os, en diciembre de 2018. Tras el periodo de confinamiento derivado de la COVID-19 y algunas colaboraciones puntuales &mdash;como un taller de cer&aacute;mica junto a <a href="https://legadocantabria.org/pilar-blanco-puente/" target="_blank" data-mrf-recirculation="links-noticia" class="link">Pilar Blanco Puente</a>&mdash; mantiene activo su taller dom&eacute;stico, y con &eacute;l la dimensi&oacute;n creativa y social que le ha acompa&ntilde;ado toda su biograf&iacute;a.
    </p><p class="article-text">
        Si la familia biol&oacute;gica marc&oacute; su infancia, los v&iacute;nculos elegidos han definido su vida adulta. &ldquo;Pr&aacute;cticamente lo que soy se lo debo a mis amigos&rdquo;, afirma. Fue a ellos a quienes comenz&oacute; a contar aquello que durante a&ntilde;os hab&iacute;a permanecido en silencio.
    </p><p class="article-text">
        Desde hace casi cuarenta a&ntilde;os vive en Santiago de Cudeyo con Pilar, en la casa que ambos construyeron. Aquella obra, levantada con esfuerzo compartido, dio forma a una convivencia sostenida en la amistad y el apoyo mutuo, una forma de familia elegida.
    </p><p class="article-text">
        M&aacute;s recientemente, hace doce a&ntilde;os, apareci&oacute; Santiago en su vida. &laquo;Es lo m&aacute;s importante que me ha pasado en mucho tiempo&raquo;, reconoce. Con &eacute;l encontr&oacute; no solo pareja, sino una relaci&oacute;n vivida sin reservas y asentada en el afecto.
    </p><p class="article-text">
        Mirar su recorrido implica situarlo en una transformaci&oacute;n hist&oacute;rica m&aacute;s amplia. Naci&oacute; en una dictadura que penalizaba la diversidad sexual y vive en una sociedad que ha reconocido derechos antes impensables. Ha transitado del silencio impuesto a la posibilidad de narrarse con mayor libertad, aunque advierte que &ldquo;los tiempos oscuros pueden volver&rdquo;. 
    </p><p class="article-text">
        Su trayectoria no es lineal, sino persistente: convertir la sensibilidad en oficio, el pensamiento en pr&aacute;ctica cotidiana, la amistad en sost&eacute;n y los restos del pasado en memoria viva. Es una vida construida sin estridencias, pero sin renuncias.
    </p>]]></description>
      <dc:creator><![CDATA[Zhenya Popova Tikhonova]]></dc:creator>
      <guid isPermaLink="true"><![CDATA[https://www.eldiario.es/cantabria/blog/legado-cantabria/jose-antonio-celis-diaz-vida-tiempos-oscuros_1_13259252.html]]></guid>
      <pubDate><![CDATA[Sat, 30 May 2026 20:12:44 +0000]]></pubDate>
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      <media:title><![CDATA[José Antonio Celis Díaz: una vida contra “los tiempos oscuros”]]></media:title>
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    </item>
    <item>
      <title><![CDATA[Herminia Merino Arroyo: una vida entre dos países]]></title>
      <link><![CDATA[https://www.eldiario.es/cantabria/blog/legado-cantabria/herminia-merino-arroyo-vida-paises_1_13234990.html]]></link>
      <description><![CDATA[<p><img src="https://static.eldiario.es/clip/ace66953-2c25-4668-babd-c585d23946f7_16-9-discover-aspect-ratio_default_0.jpg" width="1200" height="675" alt="Herminia Merino Arroyo: una vida entre dos países"></p><div class="subtitles"><p class="subtitle">Falleció el pasado 15 de mayo, en París. Había nacido el 31 de julio de 1930 en Valencia, pero su vida no cabe en un solo lugar. Niña del Cabanyal, hija de la guerra, muchacha de Bustillo del Monte en la posguerra, trabajadora en Madrid o en Valencia, emigrante en París... Fue trabajadora doméstica y mujer capaz de defender su dignidad en cada escalera. Fue mujer de cartas, de memoria y de poesía. Mujer de memoria viva y palabras claras.</p></div><p class="article-text">
        Su historia comienza junto al mar de Valencia, en el barrio marinero del Cabanyal. All&iacute; Herminia recordaba una primera infancia feliz. Contaba que su madre no la encontr&oacute; guapa al verla por primera vez: &ldquo;Parece que ten&iacute;a pelos por todos los sitios, juntaba la cabeza con las cejas&rdquo;. Despu&eacute;s, a&ntilde;ad&iacute;a con picard&iacute;a: &ldquo;Pero luego, fui una ni&ntilde;a muy guapa. Tengo fotos que lo atestiguan&rdquo;. Su padre la llevaba en bicicleta al cine infantil y la dejaba all&iacute; una hora, confiado, mientras ella miraba aquellas pel&iacute;culas con &ldquo;el gato Periquito&rdquo;, como dec&iacute;a su madre. Conservaba tambi&eacute;n el recuerdo de la escuela con las monjas y de haber aprendido a leer y escribir all&iacute;.
    </p><p class="article-text">
        Entonces lleg&oacute; la guerra. La familia tuvo que desplazarse a las afueras, al campo. Su madre estaba embarazada de su hermano Pepe, el segundo de los cinco hermanos, nacido en enero de 1938, en plena contienda. Herminia recordaba los bombardeos desde el cuerpo: los perros que aullaban antes de que nadie oyera los aviones, el refugio, el miedo de las madres, el mar ardiendo cuando bombardearon los dep&oacute;sitos de combustible de la Campsa. &ldquo;A m&iacute; me dura a&uacute;n lo de la guerra&rdquo;, dec&iacute;a. Y lo explicaba con un gesto cotidiano: nunca se pon&iacute;a de noche junto a una ventana iluminada. 
    </p><p class="article-text">
        La guerra termin&oacute; y sus vidas cambiaron: a su padre, guardia municipal, lo expulsaron del cuerpo por &ldquo;desafecto al r&eacute;gimen&rdquo;. Sin trabajo ni horizonte en Valencia, regresaron a Valderredible, al pueblo de origen. Herminia ten&iacute;a nueve a&ntilde;os cuando pis&oacute; por primera vez Bustillo del Monte. All&iacute; empezaron de cero, con unas ovejas prestadas por los abuelos, unas tierras pobres, trigo, patatas, fr&iacute;o, trabajo y una dignidad sostenida a fuerza de no rendirse.
    </p><p class="article-text">
        La posguerra fue el tiempo del hambre y de la astucia. Herminia ayudaba a su madre mientras su padre pasaba inviernos a kil&oacute;metros, en Bizkaia, para ganar algo de dinero. Recordaba entonces ir de noche al molino, cargando trigo propio como si fuera robado. Recordaba tambi&eacute;n aquel viaje en tren con harina trabajada por la familia, cuando los guardias requisaron los sacos. Ella ten&iacute;a 16 a&ntilde;os. Baj&oacute; al and&eacute;n, esper&oacute; a que los agentes pasaran a otro vag&oacute;n, cogi&oacute; su saco y lo volvi&oacute; a subir. &ldquo;Yo salv&eacute; mi harina. Y de eso estoy orgullosa&rdquo;, contaba. En ese gesto estaba ya una mujer peque&ntilde;a ante la Historia.
    </p><p class="article-text">
        Herminia fue a la escuela en Bustillo hasta los 14 a&ntilde;os. Recordaba a do&ntilde;a Victoria, a don Sim&oacute;n, a don Anastasio. Recordaba la escuela como algo m&aacute;s que un aula: all&iacute; se reun&iacute;a el Concejo, all&iacute; se organizaban los trabajos del pueblo, all&iacute; tambi&eacute;n cab&iacute;an las comedias, los bailes, las palabras aprendidas de memoria. Todav&iacute;a recitaba, d&eacute;cadas despu&eacute;s, poes&iacute;as aprendidas. 
    </p><p class="article-text">
        Esa memoria oral de Herminia no era solo recuerdo. Era archivo vivo. En su voz aparec&iacute;an la guerra, el estraperlo, la escuela, las campanas, las mujeres hilando lana, los hombres y los trabajos del Concejo, los bailes, los miedos, la moral de una &eacute;poca, la pobreza y riqueza rural y tambi&eacute;n el orgullo de haber sabido hacer de todo. &ldquo;&iexcl;C&oacute;mo ha cambiado la vida! Yo, claro, tengo una larga vida, pero de estar que no ten&iacute;amos ni luz el&eacute;ctrica ni agua, aqu&iacute; en Bustillo, no hab&iacute;a ni luz ni agua. Y ahora f&iacute;jese, hay internet en Bustillo&rdquo;, dec&iacute;a, asombrada ante el tama&ntilde;o del siglo que le hab&iacute;a tocado vivir.
    </p><p class="article-text">
        Como tantas mujeres de su generaci&oacute;n, Herminia empez&oacute; pronto a trabajar en casa y fuera. A los 21 a&ntilde;os march&oacute; a Madrid a servir en una casa. Despu&eacute;s lleg&oacute; a Valencia, casi por azar, con la intenci&oacute;n de ver las Fallas y regresar al pueblo. Pero una oportunidad en el sanatorio de la Malvarrosa (Valencia) se convirti&oacute; en cinco a&ntilde;os de trabajo. Bajo la supervisi&oacute;n de las Hijas de la Caridad de San Vicente de Pa&uacute;l estuvo en la cocina, despu&eacute;s en la limpieza y en la atenci&oacute;n como &ldquo;chica de sala&rdquo;.
    </p><p class="article-text">
        En 1957, en pleno ciclo de emigraci&oacute;n laboral espa&ntilde;ola a Francia, Herminia march&oacute; a Par&iacute;s. No fue una aventura ni una postal de progreso, sino una de aquellas salidas que tantas mujeres hicieron con una maleta peque&ntilde;a y una necesidad grande. En la Francia de posguerra, muchas espa&ntilde;olas encontraron trabajo en el servicio dom&eacute;stico, la limpieza, la porter&iacute;a o los cuidados: sectores feminizados, poco visibles &mdash;entonces como ahora&mdash;, pero imprescindibles para sostener la vida y la econom&iacute;a cotidiana.
    </p><figure class="embed-container embed-container--type-youtube ratio">
    
                    
                            
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            </figure><p class="article-text">
        A Herminia la contrataron como <em>bonne &agrave; tout faire,</em> literalmente chica para todo. Trabaj&oacute; en casas vinculadas a una familia de comerciantes jud&iacute;os y all&iacute; permaneci&oacute; durante d&eacute;cadas, enlazando hogares, cuidados, rutinas y confianza hasta su jubilaci&oacute;n. Pero nunca confundi&oacute; servir con rebajarse. Sab&iacute;a que el trabajo dom&eacute;stico pod&iacute;a situar a una mujer en la parte baja de la escalera social, a veces incluso en la escalera de servicio, pero tambi&eacute;n sab&iacute;a que la dignidad no la concede la clase social de quien contrata, sino la humanidad con que se mira a quien trabaja.
    </p><p class="article-text">
        Herminia aprendi&oacute; franc&eacute;s &ldquo;aunque fuera mal&rdquo;, se atrevi&oacute; a responder, a negarse, a marcharse de casas donde no la trataban bien. Hab&iacute;a en ella una &eacute;tica clara: trabajar, s&iacute;; aceptar la humillaci&oacute;n, no. Par&iacute;s le gustaba. Le gustaba porque all&iacute; &ldquo;hab&iacute;a m&aacute;s libertad&rdquo;. M&aacute;s libertad de prensa, m&aacute;s libertad para las parejas, m&aacute;s libertad para las mujeres, aunque ella misma sab&iacute;a bien que esa libertad tambi&eacute;n era incompleta. 
    </p><p class="article-text">
        Las migraciones suelen explicarse con categor&iacute;as demasiado limpias: &ldquo;migrantes econ&oacute;micos&rdquo;, &ldquo;migrantes profesionales&rdquo;, &ldquo;solicitantes de asilo&rdquo;, &ldquo;refugiados&rdquo;, &ldquo;turistas&rdquo;. Pero las vidas no obedecen tan f&aacute;cilmente a esos cajones. 
    </p><p class="article-text">
        La migraci&oacute;n, escribi&oacute; Abdelmalek Sayad, puede entenderse como una experiencia de doble ausencia: quien emigra queda separado del pa&iacute;s que dej&oacute;, pero tampoco pertenece nunca del todo, de manera simple, al pa&iacute;s que lo recibe. En Herminia, esa doble ausencia fue convirti&eacute;ndose tambi&eacute;n en una doble pertenencia. Bustillo sigui&oacute; siendo ra&iacute;z; Par&iacute;s, vida levantada. El pueblo no desapareci&oacute; bajo Francia, pero Francia tampoco fue un par&eacute;ntesis. 
    </p><p class="article-text">
        Fue all&iacute; donde construy&oacute; su historia con Jos&eacute; Guti&eacute;rrez Arroyo. Se conoc&iacute;an desde siempre. Hab&iacute;an ido de ni&ntilde;os a Montes Claros, cada uno en un cesto a lomos de una caballer&iacute;a. Tras un tiempo de correspondencia, Jos&eacute; le pidi&oacute; relaciones. Herminia escribi&oacute; a sus padres una frase que conserv&oacute; con humor: &ldquo;Queridos padres: tengo el honor de decirles que pronto ser&eacute; su sobrina&rdquo;. Eran primos, y aquel modo suyo de comunicarlo mezclaba pudor, gracia e independencia. 
    </p><p class="article-text">
        Se casaron en octubre de 1960 y se establecieron en Francia. All&iacute; trabaj&oacute;, am&oacute;, cri&oacute; a sus hijos, compr&oacute; una casa y envejeci&oacute;. All&iacute; pas&oacute; m&aacute;s de seis d&eacute;cadas. Su marido dec&iacute;a que no sab&iacute;a cu&aacute;ndo se hab&iacute;a dado cuenta de que la quer&iacute;a: era &ldquo;de siempre&rdquo;, recordaba Herminia entre risa y ternura.
    </p><p class="article-text">
        En los &uacute;ltimos a&ntilde;os, la enfermedad de Jos&eacute; lo fue volviendo m&aacute;s dependiente. Herminia hablaba de su Alzheimer con el cansancio del d&iacute;a a d&iacute;a, ternura y crudeza. &ldquo;Tengo que pelear con &eacute;l noche y d&iacute;a&rdquo;. Pero tambi&eacute;n intu&iacute;a que, cada vez que ella se ausentaba y &eacute;l la necesitaba cerca, en medio de la p&eacute;rdida de memoria algo del amor permanec&iacute;a: &ldquo;No s&eacute; si es miedo de quedarse solo o es que el amor le queda todav&iacute;a un poco all&aacute;&rdquo;. Herminia lo cuid&oacute; con tenacidad hasta el final. Regresaron a Bustillo un tiempo y volvieron despu&eacute;s a Par&iacute;s, como tantas vidas migrantes: siempre entre aqu&iacute; y all&iacute;, entre las ra&iacute;ces y la casa levantada lejos. Jos&eacute; falleci&oacute; meses antes que ella. 
    </p><p class="article-text">
        Desde entonces, la tristeza fue ocupando poco a poco un lugar en su vida. Era la tristeza de quien hab&iacute;a compartido m&aacute;s de sesenta a&ntilde;os con alguien. El duelo no avanza en l&iacute;nea recta. Y, en la vejez, cuando una pareja ha sido compa&ntilde;&iacute;a, historia, rutina, memoria y presencia diaria, la p&eacute;rdida no deja solo una ausencia: desordena tambi&eacute;n la forma de estar en el mundo.
    </p><p class="article-text">
        Herminia muri&oacute; en el pa&iacute;s al que lleg&oacute; joven para trabajar y donde, como dec&iacute;a, &ldquo;all&iacute; se han quedado muchos recuerdos. Toda una vida&rdquo;. En 2023, reflexionaba para Legado Cantabria: &ldquo;Mi vida ha tenido altos y bajos, pero bien. Yo me conformo&rdquo;. Y en ese conformarse hab&iacute;a una sabidur&iacute;a antigua: la de quien hab&iacute;a visto arder el mar, hab&iacute;a empezado de cero, hab&iacute;a cruzado fronteras, hab&iacute;a trabajado desde ni&ntilde;a y hab&iacute;a amado durante una vida entera.
    </p>]]></description>
      <dc:creator><![CDATA[Zhenya Popova Tikhonova]]></dc:creator>
      <guid isPermaLink="true"><![CDATA[https://www.eldiario.es/cantabria/blog/legado-cantabria/herminia-merino-arroyo-vida-paises_1_13234990.html]]></guid>
      <pubDate><![CDATA[Sat, 23 May 2026 19:30:29 +0000]]></pubDate>
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      <media:title><![CDATA[Herminia Merino Arroyo: una vida entre dos países]]></media:title>
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    </item>
    <item>
      <title><![CDATA[Tomás Garmendia León: Navegar la vida, gestionar lo imprevisible]]></title>
      <link><![CDATA[https://www.eldiario.es/cantabria/blog/legado-cantabria/tomas-garmendia-leon-navegar-vida-gestionar-imprevisible_132_13224710.html]]></link>
      <description><![CDATA[<p><img src="https://static.eldiario.es/clip/a100ba89-1056-449c-afa1-aa919c0387af_16-9-discover-aspect-ratio_default_0.jpg" width="1200" height="675" alt="Tomás Garmendia León: Navegar la vida, gestionar lo imprevisible"></p><div class="subtitles"><p class="subtitle">Hay vidas que avanzan de puerto en puerto, de trabajo en trabajo, de país en país, y que habla menos del viaje que de la capacidad de seguir adelante cuando todo cambia alrededor. Hay vidas que nos recuerdan que migrar para buscar una vida buena es humano y que adaptarse, también. La de Tomás Garmendia León es una de estas existencias</p></div><p class="article-text">
        Tom&aacute;s Garmendia Le&oacute;n naci&oacute; el 18 de diciembre de 1935 en Guarnizo (El Astillero), en la bah&iacute;a de Santander. Naci&oacute; pocos meses antes del estallido de la Guerra de Espa&ntilde;a, de modo que su infancia qued&oacute; marcada por los a&ntilde;os de la posguerra franquista, un tiempo de escasez y precariedad econ&oacute;mica.
    </p><p class="article-text">
        Guarnizo y Astillero formaban entonces parte de un paisaje industrial en expansi&oacute;n. A lo largo de la r&iacute;a se concentraban talleres metal&uacute;rgicos, peque&ntilde;as fundiciones y la actividad naval del astillero. Para un ni&ntilde;o de aquella &eacute;poca, el ruido del metal, el humo de las f&aacute;bricas y el ir y venir de los trabajadores formaban parte del paisaje cotidiano tanto como los prados o las huertas cercanas.
    </p><p class="article-text">
        Creci&oacute; en una familia profundamente marcada por la guerra. Su padre, Juan Tom&aacute;s Garmendia Lloreda, fue encarcelado al finalizar el conflicto b&eacute;lico &laquo;por motivos pol&iacute;ticos&raquo;. Seg&uacute;n recuerda Tom&aacute;s, lleg&oacute; a tener varias penas de muerte que finalmente fueron retiradas gracias a la intervenci&oacute;n de Eliseo Azc&aacute;rate, un empresario influyente de El Astillero para quien su padre hab&iacute;a trabajado como ch&oacute;fer. Aun as&iacute;, sufri&oacute; diez a&ntilde;os en prisi&oacute;n. La infancia de Tom&aacute;s estuvo atravesada por la ausencia del padre. Lo ve&iacute;a una vez al a&ntilde;o, el D&iacute;a de la Merced, festividad de los presos. Las familias acud&iacute;an a las prisiones y compart&iacute;an comidas sencillas en encuentros breves y vigilados que, para muchos hogares de la posguerra, eran la &uacute;nica forma de mantener el v&iacute;nculo.
    </p><p class="article-text">
        Mientras tanto, el hogar se sosten&iacute;a gracias al trabajo de su madre, Asunci&oacute;n Le&oacute;n Escajedo, que ejerc&iacute;a como modista. Cos&iacute;a ropa para otras familias del pueblo y ense&ntilde;aba el oficio a j&oacute;venes aprendices. Cuando su padre recuper&oacute; la libertad trabaj&oacute; en los talleres de El Astillero. El retorno no borr&oacute; los a&ntilde;os de ausencia, pero permiti&oacute; recomponer poco a poco la vida familiar.
    </p><p class="article-text">
        Tom&aacute;s pas&oacute; su infancia en una gran casa familiar de Guarnizo donde permaneci&oacute; hasta aproximadamente los quince a&ntilde;os. Como ocurr&iacute;a con muchos ni&ntilde;os de los entornos obreros de la &eacute;poca, su escolarizaci&oacute;n fue breve. Recibi&oacute; la ense&ntilde;anza b&aacute;sica y pronto dej&oacute; la escuela para incorporarse al trabajo.
    </p><h2 class="article-text">Juventud obrera y emigraci&oacute;n a Australia</h2><p class="article-text">
        A comienzos de la d&eacute;cada de 1950, con diecis&eacute;is a&ntilde;os, Tom&aacute;s inici&oacute; su vida laboral en la Vidriera de Malia&ntilde;o, una de las instalaciones industriales m&aacute;s importantes de la bah&iacute;a de Santander. All&iacute;, entre hornos encendidos y bandejas de cristal, comenz&oacute; a aprender el oficio y la disciplina del trabajo fabril. Tras tres a&ntilde;os como pinche en la Vidriera, pas&oacute; por distintos trabajos en el sector de la construcci&oacute;n y la obra p&uacute;blica, participando en canalizaciones, carreteras y edificaciones. Poco despu&eacute;s, ingres&oacute; en Astilleros de Santander S.A. (Astander), el gran complejo naval de El Astillero, donde trabaj&oacute; cerca de cuatro a&ntilde;os como ayudante de ajustadores, en tareas relacionadas con la fundici&oacute;n y preparaci&oacute;n de piezas met&aacute;licas destinadas a maquinaria y equipos industriales.
    </p><p class="article-text">
        Sin embargo, Tom&aacute;s ten&iacute;a otra inquietud. Como tantos j&oacute;venes de su generaci&oacute;n, so&ntilde;aba con marcharse al extranjero. A mediados de los a&ntilde;os cincuenta, con diecinueve a&ntilde;os, intent&oacute; cruzar la frontera hacia Francia en busca de oportunidades. El intento fracas&oacute; por falta de documentaci&oacute;n. Fue detenido y trasladado por diversas c&aacute;rceles del norte de Espa&ntilde;a &mdash;entre ellas San Sebasti&aacute;n, Burgos, Palencia y Santander&mdash; antes de ser liberado tras un breve periodo de reclusi&oacute;n. Aquella experiencia reflejaba una realidad frecuente en aquellos a&ntilde;os: emigrar exig&iacute;a permisos y documentos que muchos j&oacute;venes no ten&iacute;an, pero el deseo de marcharse era m&aacute;s fuerte.
    </p><p class="article-text">
        En medio de su etapa en los trabajos industriales de la bah&iacute;a de Santander, Tom&aacute;s realiz&oacute; el servicio militar obligatorio en Pamplona, en el campamento del Carrascal. Permaneci&oacute; all&iacute; dos a&ntilde;os. En plena etapa del desarrollismo franquista, miles de j&oacute;venes espa&ntilde;oles buscaron trabajo fuera del pa&iacute;s. En 1956 el r&eacute;gimen cre&oacute; el Instituto Espa&ntilde;ol de Emigraci&oacute;n (IEE<strong>)</strong>, un organismo destinado a organizar y canalizar la salida de trabajadores mediante acuerdos laborales con distintos pa&iacute;ses. Francia, Suiza, Alemania o Australia se convirtieron as&iacute; en destinos habituales para quienes buscaban oportunidades fuera de Espa&ntilde;a. El 20 de junio de 1960 Tom&aacute;s se embarc&oacute; en el <em>Monte Udala</em>, un buque de carga y pasajeros de la Naviera Aznar que realizaba viajes de emigrantes espa&ntilde;oles hacia Australia. El traslado se enmarcaba en los programas de emigraci&oacute;n laboral establecidos entre Espa&ntilde;a y Australia a finales de los a&ntilde;os cincuenta &mdash;conocidos como Operaci&oacute;n Canguro&mdash; mediante los cuales miles de trabajadores espa&ntilde;oles viajaron al pa&iacute;s oce&aacute;nico con un compromiso laboral m&iacute;nimo de dos a&ntilde;os. 
    </p><p class="article-text">
        Tras la llegada a Melbourne despu&eacute;s de un largo viaje, Tom&aacute;s fue trasladado al <em>Bonegilla Migrant Reception Centre</em>, en el estado de Victoria, uno de los principales centros de recepci&oacute;n de inmigrantes de Australia entre 1947 y 1971, por el que pasaron cientos de miles de europeos. Tras esa etapa inicial trabaj&oacute; en tareas agr&iacute;colas, entre ellas el corte de ca&ntilde;a de az&uacute;car en Queensland para la empresa que recuerda como Casanova &amp; Sons, uno de los trabajos m&aacute;s duros para los inmigrantes europeos en Australia. Aquellas jornadas bajo el sol, con machete en la mano, marcaron su primera experiencia directa de emigraci&oacute;n laboral.
    </p><p class="article-text">
        Al cabo de un tiempo decidi&oacute; marcharse junto a un amigo para probar suerte en otro lugar. Durante dos o tres meses trabaj&oacute; en una fundici&oacute;n, ayudando a dar vuelta a los moldes y extraer piezas met&aacute;licas. M&aacute;s tarde pas&oacute; a una empresa de construcci&oacute;n dedicada a obras de canalizaci&oacute;n, donde continu&oacute; trabajando durante un tiempo.
    </p><p class="article-text">
        Sin embargo, Australia no termin&oacute; de convencerle y decidi&oacute; buscar otras opciones. Entonces el mar se abri&oacute; camino. En Sydney, uno de los mayores puertos del hemisferio sur, entr&oacute; en contacto con marineros que trabajaban en buques mercantes internacionales. A partir de ese momento comenz&oacute; una etapa decisiva de su vida: la navegaci&oacute;n.
    </p><h2 class="article-text">Los a&ntilde;os en la marina mercante</h2><p class="article-text">
        Tom&aacute;s embarc&oacute; como poliz&oacute;n en un buque mercante cuyo nombre recuerda como <strong>&lsquo;</strong>Chris&rsquo;, que navegaba hacia Indonesia transportando mineral de hierro con destino a Jap&oacute;n. Permaneci&oacute; varios d&iacute;as oculto en la bodega, con algo de agua y chocolate, hasta que fue descubierto por la tripulaci&oacute;n. Lejos de ser desembarcado en el primer puerto, termin&oacute; incorpor&aacute;ndose al barco y pas&oacute; a formar parte de la tripulaci&oacute;n como marinero.
    </p><p class="article-text">
        Durante aquella etapa se produjo un conflicto a bordo entre parte de la tripulaci&oacute;n y el mando del barco, relacionado con las condiciones de alimentaci&oacute;n. Tras el mot&iacute;n, Tom&aacute;s y varios compa&ntilde;eros permanecieron retenidos durante cerca de dos meses en Manado, en la isla de C&eacute;lebes, bajo control militar y durmiendo en colchonetas. Posteriormente fueron trasladados a Yakarta, donde, ante la falta de alojamiento, las autoridades los instalaron provisionalmente en una c&aacute;rcel, donde pasaron varios d&iacute;as antes de poder continuar viaje.
    </p><p class="article-text">
        Entonces logr&oacute; embarcar como marinero en el &lsquo;Tob&oacute;n&rsquo;, un buque que realizaba rutas hacia Asia y Jap&oacute;n transportando cemento. Tras aquella traves&iacute;a volvi&oacute; a cruzar el Pac&iacute;fico y termin&oacute; desembarcando en Huacho, al norte de Lima (Per&uacute;). Desde all&iacute; emprendi&oacute; un largo viaje por tierra. Recorri&oacute; m&aacute;s de mil kil&oacute;metros en autobuses de l&iacute;nea hasta la frontera con Ecuador, atraves&oacute; el pa&iacute;s hasta Guayaquil y continu&oacute; despu&eacute;s hacia Quito, adonde logr&oacute; llegar gracias a un autobusero escolar que acept&oacute; llevarlos previo pago. Finalmente, cruz&oacute; a Colombia, donde permaneci&oacute; cerca de tres meses en Cali junto a su amigo Ra&uacute;l. Cuando este se march&oacute; a trabajar en la pesca de camarones, Tom&aacute;s decidi&oacute; seguir su propio camino y encontr&oacute; empleo como marinero en un buque que recuerda con el nombre de &lsquo;Stronghill&rsquo;, dedicado al transporte internacional de mercanc&iacute;as.
    </p><p class="article-text">
        Las rutas de ese barco lo llevaron a numerosos puertos del continente americano: Per&uacute;, Colombia, Ecuador, Panam&aacute; y Costa Rica, adem&aacute;s de escalas en Estados Unidos y Canad&aacute;, donde el buque lleg&oacute; hasta el puerto de Vancouver. Entre las principales mercanc&iacute;as transportadas en aquellas traves&iacute;as se encontraban caf&eacute; y az&uacute;car, dos de los productos m&aacute;s importantes del comercio mar&iacute;timo internacional de la &eacute;poca.
    </p><p class="article-text">
        Las condiciones de trabajo en la marina mercante eran muy distintas de las del trabajo industrial en tierra. Al embarcar, los marineros sol&iacute;an entregar su pasaporte al capit&aacute;n, quedando sometidos a la disciplina del barco durante toda la traves&iacute;a. Las jornadas eran largas y el esfuerzo f&iacute;sico continuo, pero el mar ofrec&iacute;a algo que en la Espa&ntilde;a de la &eacute;poca resultaba casi imposible: movilidad, experiencia internacional y un salario relativamente alto.
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        Tras cerca de un a&ntilde;o navegando, Tom&aacute;s y su amigo Ra&uacute;l intentaron probar suerte en el Caribe. Llegaron a Aruba y Curazao, pero despu&eacute;s de una semana sin encontrar trabajo regresaron a Buenaventura (Colombia), donde lograron embarcar de nuevo y recorrieron numerosos puertos del continente americano adem&aacute;s de escalas en Estados Unidos y Canad&aacute;. Con el tiempo el barco fue destinado a rutas europeas y Tom&aacute;s lleg&oacute; hasta Francia. A&ntilde;os despu&eacute;s resumir&iacute;a aquella etapa con una frase sencilla: trabajando en barcos hab&iacute;a dado la vuelta al mundo.
    </p><p class="article-text">
        Tras una escala sin &eacute;xito en Hamburgo se desplaz&oacute; a Oslo, donde embarc&oacute; en el Motor Ship (MS) &lsquo;Mars&rsquo;. El barco carg&oacute; cemento en la isla sueca de Slite con destino a Martinica y Guadalupe. Despu&eacute;s transport&oacute; mineral desde Newcastle hacia Noruega y papel desde Suecia hasta el puerto italiano de Savona. El barco continu&oacute; navegando por distintas rutas del Atl&aacute;ntico y del norte de Europa, recalando tambi&eacute;n en puertos del Mediterr&aacute;neo.
    </p><p class="article-text">
        En aquellos meses, Tom&aacute;s pas&oacute; por Italia, Sevilla, Grecia y Yugoslavia, siguiendo las rutas comerciales del buque. Permaneci&oacute; cerca de nueve meses embarcado en aquel buque.
    </p><p class="article-text">
        Tras un mes sin carga, con el barco amarrado en Suecia, varios compa&ntilde;eros decidieron desplazarse una tarde a Copenhague. All&iacute;, despu&eacute;s de una disputa, Tom&aacute;s tom&oacute; la decisi&oacute;n de abandonar definitivamente el barco. Tras cuatro a&ntilde;os en el mar, regres&oacute; a Espa&ntilde;a con la idea de permanecer brevemente pero, como &eacute;l mismo dice, &laquo;el destino es imprevisible&raquo;. 
    </p><p class="article-text">
        El mar hab&iacute;a sido, en ese sentido, una escuela: no solo de trabajo, sino tambi&eacute;n de mundo.
    </p><h2 class="article-text">El regreso, la vida familiar y la &lsquo;estabilidad&rsquo; laboral</h2><p class="article-text">
        De regreso en Cantabria, tras sus a&ntilde;os de navegaci&oacute;n y trabajo en el extranjero, Tom&aacute;s comenz&oacute; un noviazgo de cuatro a&ntilde;os con Concepci&oacute;n Hern&aacute;ndez del Campo. En 1968 contrajeron matrimonio en El Astillero, con la celebraci&oacute;n en Li&eacute;rganes. La vida familiar comenz&oacute; entonces a asentarse en la misma tierra donde hab&iacute;a nacido y crecido, en el entorno de la bah&iacute;a de Santander.
    </p><p class="article-text">
        Dos a&ntilde;os despu&eacute;s, en 1970, naci&oacute; su hijo, Tom&aacute;s. La paternidad fue uno de los momentos m&aacute;s importantes de su vida. Sin embargo, el curso de la familia qued&oacute; marcado en 2005 por una p&eacute;rdida: la muerte de su hijo a los 34 a&ntilde;os, un acontecimiento que marc&oacute; su vida.
    </p><p class="article-text">
        En esa nueva etapa en tierra encontr&oacute; estabilidad en el Banco Santander, donde inici&oacute; una trayectoria que lo llevar&iacute;a a desempe&ntilde;ar distintos puestos dentro de la entidad hasta terminar en la oficina principal de Santander. Su vida en la banca transcurri&oacute; en un periodo decisivo: los a&ntilde;os finales del franquismo, el desarrollismo econ&oacute;mico y la posterior Transici&oacute;n. Durante ese tiempo particip&oacute; en algunas movilizaciones laborales del sector. &Eacute;l mismo lo recuerda con claridad: <em>&laquo;</em>No &eacute;ramos muchos, pero fuimos&raquo;. Su relato evita la &eacute;pica pol&iacute;tica y se centra en lo concreto: salario, condiciones de trabajo y dignidad laboral.
    </p><p class="article-text">
        Tras d&eacute;cadas de trabajo en la entidad, en torno a 2003, se prejubil&oacute; a los 58 a&ntilde;os, cerrando as&iacute; una trayectoria marcada por una notable capacidad de adaptaci&oacute;n a contextos muy distintos. Tambi&eacute;n fue testigo de un proceso de desindustrializaci&oacute;n progresiva: del auge de los talleres y f&aacute;bricas a su declive. Observ&oacute; c&oacute;mo la centralidad obrera ced&iacute;a espacio a nuevas formas de empleo y a otras configuraciones urbanas.
    </p><p class="article-text">
        Despu&eacute;s de jubilarse, durante unos tres a&ntilde;os se dedic&oacute; a distribuir cerveza junto a un cu&ntilde;ado por distintos negocios de hosteler&iacute;a. Sin embargo, el esfuerzo no compensaba las ganancias y aquella etapa termin&oacute; poco despu&eacute;s.
    </p><p class="article-text">
        Cuando Tom&aacute;s recuerda su vida, no lo hace con grandes gestos ni con palabras solemnes: habla de los hechos con la serenidad de quien ha atravesado muchos paisajes distintos. Si algo resume su trayectoria es quiz&aacute; la capacidad de adaptaci&oacute;n. Tom&aacute;s pertenece a una generaci&oacute;n que aprendi&oacute; pronto que la vida exige moverse, cambiar de oficio, atravesar dificultades y seguir adelante. Cuando mira hacia atr&aacute;s recuerda los puertos, los viajes y los trabajos que lo llevaron por medio mundo. Pero tambi&eacute;n sabe que lo importante no es solo lo vivido, sino la manera de afrontarlo. En una de sus reflexiones lo resume con sencillez: nunca tuvo miedo de intentarlo.
    </p>]]></description>
      <dc:creator><![CDATA[Zhenya Popova Tikhonova]]></dc:creator>
      <guid isPermaLink="true"><![CDATA[https://www.eldiario.es/cantabria/blog/legado-cantabria/tomas-garmendia-leon-navegar-vida-gestionar-imprevisible_132_13224710.html]]></guid>
      <pubDate><![CDATA[Sat, 16 May 2026 19:50:08 +0000]]></pubDate>
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    </item>
    <item>
      <title><![CDATA[María Ángeles Raba, el terreno fértil para el pensamiento crítico]]></title>
      <link><![CDATA[https://www.eldiario.es/cantabria/blog/legado-cantabria/maria-angeles-raba-terreno-fertil-pensamiento-critico_132_13209063.html]]></link>
      <description><![CDATA[<p><img src="https://static.eldiario.es/clip/71e31235-86fd-4e27-8f32-f47feed5c599_16-9-discover-aspect-ratio_default_0.jpg" width="1200" height="675" alt="María Ángeles Raba, el terreno fértil para el pensamiento crítico"></p><div class="subtitles"><p class="subtitle">Nacer en 1950 en una localidad de Santillana del Mar parece garantía de ciertas certezas de lo que se espera de cada cual, un destino casi predefinido</p><p class="subtitle">Perfil - Agustín de Celis: el viaje continuo del artista</p></div><p class="article-text">
        Mar&iacute;a &Aacute;ngeles Raba Gonz&aacute;lez naci&oacute; el 28 de abril de 1950 en Queveda (municipio de Santillana del Mar) en el seno de una familia arraigada al mundo rural y atravesada por la migraci&oacute;n y las transformaciones sociales de la posguerra. Lleg&oacute; al mundo en casa, como era habitual entonces en el marco de esas redes de cuidados comunitarios, asistida por la partera Pelagia Mart&iacute;nez Fern&aacute;ndez, figura clave en la atenci&oacute;n de partos en la zona y en Santillana.
    </p><p class="article-text">
        La memoria familiar de Mar&iacute;a &Aacute;ngeles se extiende bien atr&aacute;s y se encarna en la figura de su bisabuelo materno, &Aacute;ngel, padre de Dolores Pardo, su abuela. Emigr&oacute; a Argentina siendo muy joven, con unos diez o doce a&ntilde;os, en una trayectoria que remite a los movimientos migratorios c&aacute;ntabros de finales del siglo XIX. All&iacute;, seg&uacute;n el relato familiar, encontr&oacute; apoyo &mdash;vinculado, al parecer, a redes mas&oacute;nicas&mdash; que le permiti&oacute; prosperar, aunque tambi&eacute;n vivi&oacute; episodios que le obligaron a marcharse. A su regreso a Cantabria, compr&oacute; fincas en Queveda, algunas de ellas vinculadas a casas donde su familia hab&iacute;a trabajado previamente.
    </p><p class="article-text">
        La madre de Mar&iacute;a &Aacute;ngeles, Angelita Gonz&aacute;lez Pardo, nacida en 1925 en Queveda en el seno de una familia ganadera, representa la continuidad de un modelo femenino vinculado al cuidado y al trabajo en casa, pero tambi&eacute;n a la resistencia cotidiana y a ciertas formas discretas de autonom&iacute;a. En su recuerdo aparece como una mujer con una mirada abierta para su tiempo &mdash;capaz incluso de moverse en una vespa&mdash;, en un contexto donde no era habitual ver a las mujeres ocupar esos espacios.
    </p><p class="article-text">
        Su padre, Manuel Raba Navamuel, hijo de&nbsp;Cipriana y Jos&eacute;, trabaj&oacute; como camarero durante a&ntilde;os en el barco Reina del Mar de la Compa&ntilde;&iacute;a Transatl&aacute;ntica, con rutas por el Pac&iacute;fico, no la conoci&oacute; hasta d&iacute;as despu&eacute;s de su nacimiento, cuando regres&oacute; para el bautizo. Esa presencia intermitente, propia de los trabajos mar&iacute;timos de la &eacute;poca, marc&oacute; su infancia, en la que cada regreso se convert&iacute;a en acontecimiento: mu&ntilde;ecas, collares u objetos desconocidos en el entorno local llegaban con &eacute;l, generando una cierta apertura al mundo.
    </p><p class="article-text">
        Fue la mayor de cuatro hermanos &mdash;In&eacute;s, Ana y Manuel&mdash; y creci&oacute; en una casa compartida con su madre y sus abuelos, donde la figura paterna, marcada por la distancia, se ve&iacute;a acompa&ntilde;ada por la presencia cercana de su abuelo materno, Nicanor Gonz&aacute;lez Quintana, a quien ella misma reconoce como una figura muy importante en su vida. Nicanor estaba ligado a la vida ganadera y vend&iacute;a leche a La SAM; su abuelo paterno, Jos&eacute;, trabaj&oacute; en la industria de Solvay y fue tambi&eacute;n un hombre con inquietudes intelectuales, due&ntilde;o de una biblioteca que se convertir&iacute;a en un espacio simb&oacute;lico dentro de la familia.
    </p><p class="article-text">
        Su primera infancia transcurri&oacute; en un universo profundamente intergeneracional y pr&oacute;ximo a ese hogar. La figura de la abuela Dolores aparece especialmente vinculada al cuidado, acompa&ntilde;&aacute;ndola durante sus enfermedades infantiles, mientras cos&iacute;a en silencio. Fue una infancia en ese cruce entre tradici&oacute;n rural, relatos familiares y un contexto marcado por la posguerra. Asoma el recuerdo de que en su casa acogieron a personas refugiadas del bando republicano, integr&aacute;ndolas en las tareas agr&iacute;colas y dom&eacute;sticas. Su abuelo Nicanor estuvo a punto de ser ejecutado en un &ldquo;pase&iacute;llo&rdquo;, salv&aacute;ndose por relaciones personales. La guerra, m&aacute;s que un relato pol&iacute;tico, aparece en su memoria como un clima de miedo, rencillas y supervivencia. La posguerra configur&oacute; el horizonte material de su infancia: racionamiento, escasez &mdash;aunque sin hambre&mdash; y pol&iacute;ticas asistenciales como el reparto de leche en polvo y queso en las escuelas.
    </p><p class="article-text">
        El primer gran punto de inflexi&oacute;n en su vida lleg&oacute; a los nueve a&ntilde;os, cuando abandon&oacute; el pueblo para ingresar, junto a su hermana, como interna en un colegio religioso en Santander, el de Las Mercedarias. La infancia libre, vinculada al espacio familiar y a la escuela del pueblo, se sustituy&oacute; por un r&eacute;gimen de normas, silencios y jerarqu&iacute;as, que ella cuestion&oacute; casi desde el principio.
    </p><p class="article-text">
        Durante la adolescencia, ese cuestionamiento se intensific&oacute;. Mar&iacute;a &Aacute;ngeles empez&oacute; a transgredir normas cotidianas &mdash;no usar velo en misa, ducharse cuando no estaba permitido&mdash; en peque&ntilde;os gestos de resistencia individual. No fue una rebeld&iacute;a, sino una forma de estar.
    </p><p class="article-text">
        A los 16 a&ntilde;os, el intercambio con una joven francesa ampli&oacute; su mirada. Francia apareci&oacute; como un espacio de contraste: mayor libertad femenina, otra relaci&oacute;n con el trabajo familiar, y normas sociales y culturales distintas. Este contacto, sostenido durante tres veranos, le permiti&oacute; tomar conciencia de las restricciones que atravesaban su propia vida en Espa&ntilde;a, en pleno franquismo.
    </p><p class="article-text">
        De regreso, estudi&oacute; en una academia en Santander, en la calle Hern&aacute;n Cort&eacute;s, para formarse como asistente social. Eligi&oacute; esta profesi&oacute;n movida por una vocaci&oacute;n de ayuda y una sensibilidad hacia las personas que ya hab&iacute;a desarrollado desde joven. En un contexto marcado por la dictadura franquista, entr&oacute; en contacto con profesorado progresista y con nuevos enfoques en sociolog&iacute;a, psicolog&iacute;a y educaci&oacute;n sexual.
    </p><p class="article-text">
        La entrada en la vida adulta se produjo de manera simult&aacute;nea y acelerada: trabajo, matrimonio y maternidad en un corto periodo de tiempo. En 1972, tras dos a&ntilde;os de noviazgo, se cas&oacute; y ese mismo a&ntilde;o naci&oacute; su primera hija, Judith. En 1974 fue madre de Ram&oacute;n, y en 1977, de Mar&iacute;a.
    </p><p class="article-text">
        La maternidad, vivida con intensidad y orgullo, se combin&oacute; desde el inicio con su desarrollo profesional. Su trayectoria profesional se desarroll&oacute; en el &aacute;mbito del trabajo social &mdash;entonces denominado asistencia social&mdash;, en concreto en el centro Fernando Arce de educaci&oacute;n especial en Torrelavega. Se incorpor&oacute; en un momento en el que la integraci&oacute;n educativa no exist&iacute;a y la educaci&oacute;n especial estaba atravesada por enfoques y terminolog&iacute;as hoy superadas.
    </p><p class="article-text">
        All&iacute; abri&oacute; caminos donde no los hab&iacute;a con el fin de favorecer la escolarizaci&oacute;n, mediar entre instituciones y hogares, y contribuir a construir una mirada m&aacute;s digna hacia las personas con diversidad funcional. Su trayectoria permite leer, en paralelo, la evoluci&oacute;n hist&oacute;rica de la educaci&oacute;n especial en Cantabria y Espa&ntilde;a: de la invisibilizaci&oacute;n y el encierro dom&eacute;stico a la progresiva institucionalizaci&oacute;n y el reconocimiento de derechos.
    </p><p class="article-text">
        Paralelamente, su inquietud pol&iacute;tica y social se intensific&oacute;. Se interes&oacute; por la Organizaci&oacute;n Revolucionaria de Trabajadores (ORT), pas&oacute; por el Sindicato Unitario y posteriormente se afili&oacute; a Comisiones Obreras, en un entorno sindical fuertemente masculinizado, donde la presencia de las mujeres y sus espacios propios eran a&uacute;n muy limitados.
    </p><p class="article-text">
        A principios de los a&ntilde;os 80 se divorci&oacute; de mutuo acuerdo, en un contexto en el que la ley del divorcio acababa de aprobarse en Espa&ntilde;a (1981). En paralelo, su experiencia vital se vio atravesada por la toma de conciencia feminista.
    </p><p class="article-text">
        La dependencia econ&oacute;mica, las limitaciones legales y sociales y la falta de espacios propios para las mujeres actuaron como detonantes en los a&ntilde;os 80 para su implicaci&oacute;n en el asociacionismo feminista en Torrelavega. Primero se vincul&oacute; a la asociaci&oacute;n Mujeres del Hogar y Amas de Casa y, en 1980, impuls&oacute; junto a otras mujeres &mdash;como Rosa Pereda, Dolores Herrer&iacute;a, Esther Garc&iacute;a o Gloria Ruiz&mdash; la Asociaci&oacute;n Feminista de Torrelavega, ocupando distintos roles, incluso la presidencia.
    </p><p class="article-text">
        Desde ah&iacute; llevaron a cabo acciones como la huelga del pan, estudios sobre las necesidades de los barrios, y la creaci&oacute;n del centro asesor de las mujeres en 1989. Se implic&oacute; activamente en la reivindicaci&oacute;n de servicios p&uacute;blicos &mdash;guarder&iacute;as, planificaci&oacute;n familiar, espacios urbanos&mdash; y en acciones colectivas de informaci&oacute;n y apoyo que hoy forman parte de la historia del movimiento feminista en Cantabria.
    </p><figure class="embed-container embed-container--type-youtube ratio">
    
                    
                            
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            </figure><p class="article-text">
        En los a&ntilde;os 80 y 90 particip&oacute; en acciones colectivas como el encierro en un centro de salud de Torrelavega para exigir la creaci&oacute;n de un servicio de planificaci&oacute;n familiar, as&iacute; como en movilizaciones en torno al derecho al aborto. En ese contexto, form&oacute; parte de iniciativas en las que varias mujeres se autoinculparon p&uacute;blicamente tras la proyecci&oacute;n de un v&iacute;deo sobre un aborto practicado en Cantabria, como forma de denuncia y visibilizaci&oacute;n de una realidad silenciada.
    </p><p class="article-text">
        Tambi&eacute;n particip&oacute; en campa&ntilde;as como la del divorcio, en manifestaciones y celebraciones del 8M y en actos coordinados con movimientos de Madrid y Santander, hasta colaborar con entidades como Espacio Com&uacute;n.
    </p><p class="article-text">
        Su trabajo en esta asociaci&oacute;n le permiti&oacute; conocer de cerca la realidad del maltrato y la desigualdad estructural que atravesaba a muchas mujeres de distintas clases sociales y edades: dependencia econ&oacute;mica, miedo, aislamiento. Esa experiencia, a la vez transformadora y exigente, reforz&oacute; su convicci&oacute;n de que la independencia &mdash;econ&oacute;mica, emocional y tambi&eacute;n en autonom&iacute;a personal&mdash; es clave para la igualdad entre hombres y mujeres. A partir de ah&iacute;, fue tomando conciencia de una desigualdad que se repet&iacute;a en muchas vidas y contextos, m&aacute;s all&aacute; de lo individual.
    </p><p class="article-text">
        Con el paso del tiempo, su vida entr&oacute; en otra etapa. En 1995 dej&oacute; la participaci&oacute;n activa en el movimiento feminista para acompa&ntilde;ar m&aacute;s de cerca a su hijo y, m&aacute;s adelante, a su nieto. Tras cuarenta a&ntilde;os de trabajo, a los 61 a&ntilde;os, se prejubil&oacute;. Este tr&aacute;nsito hacia el cuidado familiar no supuso una ruptura, sino una reordenaci&oacute;n de su tiempo y sus prioridades. Reconoce el valor de la lucha feminista como herramienta de transformaci&oacute;n personal y colectiva, pero tambi&eacute;n la importancia de sostenerse y encontrar equilibrio.
    </p><p class="article-text">
        En la actualidad, contin&uacute;a viviendo en Torrelavega, donde su vida cotidiana se articula en torno a la familia, la participaci&oacute;n desde 2021 en espacios como UNATE y el disfrute de actividades como la danza oriental, el pilates, el piano o el dibujo. Comparte tiempo con su nieto Malik, en una vida que ahora se mide en lo cercano: los afectos, los ritmos tranquilos, lo cotidiano.
    </p><p class="article-text">
        Al mirar su vida, Mar&iacute;a &Aacute;ngeles no lo hace desde la nostalgia, sino desde una conciencia clara de los procesos vividos y de los aprendizajes adquiridos. Su trayectoria no ha sido un camino sin fisuras: tambi&eacute;n ha atravesado momentos dif&iacute;ciles &mdash;separaciones, enfermedades o frustraciones&mdash; que forman parte de una experiencia m&aacute;s compleja, lejos de cualquier relato idealizado. En esa mirada, que combina experiencia y lucidez, se reconoce una vida sostenida por el cuidado, el compromiso y una forma de situarse ante lo vivido que ella misma resume as&iacute;: &laquo;Tengo la suerte de ser positiva y mirar hacia delante&raquo;.
    </p>]]></description>
      <dc:creator><![CDATA[Zhenya Popova Tikhonova]]></dc:creator>
      <guid isPermaLink="true"><![CDATA[https://www.eldiario.es/cantabria/blog/legado-cantabria/maria-angeles-raba-terreno-fertil-pensamiento-critico_132_13209063.html]]></guid>
      <pubDate><![CDATA[Sat, 09 May 2026 20:14:32 +0000]]></pubDate>
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      <media:title><![CDATA[María Ángeles Raba, el terreno fértil para el pensamiento crítico]]></media:title>
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      <media:keywords><![CDATA[Cantabria,Memoria Histórica]]></media:keywords>
    </item>
    <item>
      <title><![CDATA[Agustín de Celis: el viaje continuo del artista]]></title>
      <link><![CDATA[https://www.eldiario.es/cantabria/blog/legado-cantabria/agustin-celis-viaje-continuo-artista_132_13184600.html]]></link>
      <description><![CDATA[<p><img src="https://static.eldiario.es/clip/a507a65e-b58e-410f-8f25-5594dbba2599_16-9-discover-aspect-ratio_default_0.jpg" width="1200" height="675" alt="Agustín de Celis: el viaje continuo del artista"></p><div class="subtitles"><p class="subtitle">Todo configura el inicio del viaje artístico: la infancia, los olores, las rupturas, las ayudas. Agustín de Celis es uno de los artistas contemporáneos de referencia en España, pero todo comenzó en Comillas y hoy, con 94 años de edad, todo para él sigue siendo un viaje</p><p class="subtitle">Perfil - Lines Marichalar Llano o la vida cotidiana del Comillas invisible</p></div><p class="article-text">
        A sus 94 a&ntilde;os reci&eacute;n cumplidos, Agust&iacute;n de Celis no habla de su obra como una carrera, sino como un viaje. Un recorrido que hoy atraviesa una etapa de calma y revisi&oacute;n, pero que arranca en la Comillas de los a&ntilde;os treinta &mdash;entre mansiones aristocr&aacute;ticas y casas obreras, entre tierra y mar&mdash; y cruza la guerra, la posguerra y la modernidad art&iacute;stica espa&ntilde;ola hasta llegar a Roma, Par&iacute;s o la Escuela de Arquitectura de Madrid. 
    </p><p class="article-text">
        Pintor de una generaci&oacute;n que hizo del arte una forma de resistencia y de aprendizaje continuo, su trayectoria se ha construido entre la materia y la memoria, entre el oficio y la b&uacute;squeda. Tambi&eacute;n como docente, cineasta experimental y testigo de una cultura que se abri&oacute; paso entre la censura, la precariedad y el deseo de libertad. Fue pieza clave en el desarrollo y consolidaci&oacute;n de proyectos culturales como el Museo de Arte Contempor&aacute;neo de Villafam&eacute;s (MACVAC). 
    </p><p class="article-text">
        La conversaci&oacute;n, mantenida en el marco del proyecto Legado Cantabria entre verano y oto&ntilde;o de 2025, transcurri&oacute; con calma, honestidad y una humanidad que se percibe sin esfuerzo. 
    </p><p class="article-text">
        <a href="https://legadocantabria.org/agustin-de-celis-gutierrez/" target="_blank" data-mrf-recirculation="links-noticia" class="link">Agust&iacute;n de Celis Guti&eacute;rrez</a> naci&oacute; el 7 de marzo de 1932 en Comillas, una villa que por entonces viv&iacute;a dividida entre dos mundos: el aristocr&aacute;tico de los veraneantes y marqueses, y el obrero y marinero que sosten&iacute;a aquel entramado social. Sus padres se llamaban Agust&iacute;n Celis S&aacute;nchez &mdash;obrero especializado en mantenimiento de las mansiones comillanas&mdash; y Carmen Guti&eacute;rrez Rom&aacute;n, modista reconocida&mdash;m&aacute;s tarde vinculada a la Compa&ntilde;&iacute;a Trasatl&aacute;ntica en el ropero de los barcos de l&iacute;nea&mdash;. Ambos proced&iacute;an de mundos distintos: &eacute;l, de Cabez&oacute;n de la Sal, ligado al interior, y ella, al mar de La Revilla, pedan&iacute;a de San Vicente de la Barquera, vinculada a un clan agr&iacute;cola de fuerte car&aacute;cter matriarcal. De aquel mestizaje de interior y costa, de tela y madera, hered&oacute; Agust&iacute;n la precisi&oacute;n del oficio y la imaginaci&oacute;n del creador.
    </p><p class="article-text">
        En sus primeros recuerdos aparece el mundo dom&eacute;stico de las abuelas, Eumenia y Manuela, mujeres que llevaban la gesti&oacute;n de las tierras, el ganado y las econom&iacute;as familiares con autoridad silenciosa. Los abuelos, Isidoro y Vidal, por su parte, trabajaban la madera y la piedra en talleres donde resonaban las herramientas y ol&iacute;a a barniz y serr&iacute;n. Ese sonido, esa materia &mdash;la madera&mdash; fueron su primer lenguaje. Nieto de &ldquo;esa tribu&rdquo;, se reconoce &ldquo;incre&iacute;blemente feliz&rdquo; en aquellos d&iacute;as de bicicleta entre los prados, cuando empez&oacute; a tallar vacas, camiones y carros en miniatura.
    </p><p class="article-text">
        &ldquo;Soy un ni&ntilde;o de la guerra con bastante suerte&rdquo;, resume al mirar hacia atr&aacute;s, consciente de que su infancia se despleg&oacute; en la rigidez de la posguerra y los a&ntilde;os de contrastes. En el verano de 1937, durante la ofensiva franquista sobre Cantabria, recuerda el sonido de los aviones sobrevolando la carretera entre Santander y Asturias, las columnas de civiles que hu&iacute;an hacia el oeste y la bomba de humo que cay&oacute; a pocos metros de la casa de su abuela. En pleno caos, un desconocido lo llev&oacute; de la mano hasta una cueva que sirvi&oacute; de refugio improvisado. Tambi&eacute;n recuerda la noche en que unos hombres llamaron a su puerta para llevarse a su padre; &eacute;l se neg&oacute; a salir sin su hijo y, gracias a ese gesto, salv&oacute; la vida. La represi&oacute;n golpe&oacute; a la familia: un t&iacute;o paterno fue condenado a muerte en El Dueso, pero consigui&oacute; librarse de la ejecuci&oacute;n; otro tuvo que exiliarse en Francia. Por el lado materno, les confiscaron buena parte de lo que hab&iacute;an conseguido con a&ntilde;os de trabajo.
    </p><p class="article-text">
        El poso de aquellas experiencias se mezcl&oacute; con la cultura popular de la posguerra. Su padre, adem&aacute;s de obrero, hac&iacute;a de portero en el cine de Comillas, donde Agust&iacute;n de ni&ntilde;o pudo ver &ldquo;toda la historia del cine espa&ntilde;ol y americano&rdquo; de los a&ntilde;os treinta y cuarenta. A esa formaci&oacute;n visual e intelectual se sum&oacute; el ambiente lector que le rodeaba: los cuentos que su padre le tra&iacute;a de viaje, revistas como <em>Signal</em> o <em>La Codorniz</em> o las revistas extranjeras que llegaban de contrabando a la casa de su abuela.
    </p><figure class="embed-container embed-container--type-youtube ratio">
    
                    
                            
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            </figure><p class="article-text">
        Su primer trauma, como &eacute;l lo recuerda, vino de un cambio. A comienzos de los a&ntilde;os cuarenta lo sacaron del colegio de monjas de la plaza &mdash;donde hoy se alza el Ayuntamiento, en la vieja plaza del &Aacute;ngel&mdash;. Aquel lugar hab&iacute;a sido su primer refugio. El paso a la escuela nacional supuso una ruptura: cambi&oacute; la Biblia por <em>El Quijote</em> y la compa&ntilde;&iacute;a de los hijos de familias acomodadas por la de los hijos de obreros. Le doli&oacute; la despedida m&aacute;s que el destino y pronto se adapt&oacute;. Encontr&oacute; all&iacute; otra forma de alegr&iacute;a. Por entonces hab&iacute;a nacido su segunda hermana, Mai &mdash;la peque&ntilde;a de tres, junto a Rosa y el hermano menor, Jos&eacute; Luis&mdash;.
    </p><p class="article-text">
        El gran golpe familiar lleg&oacute; en 1946, cuando su padre muri&oacute; en un accidente laboral. Con catorce a&ntilde;os, Agust&iacute;n tuvo que crecer deprisa. Su madre, viuda y embarazada de Jos&eacute; Luis, convirti&oacute; el mismo bajo donde su marido hab&iacute;a trabajado en una tienda de ultramarinos. Cos&iacute;a por las noches, atend&iacute;a por las ma&ntilde;anas. Al a&ntilde;o siguiente, y tras terminar la escuela, su madre lo anim&oacute; a formarse en Santander con la esperanza de que alg&uacute;n d&iacute;a retomara el negocio que hab&iacute;a iniciado su padre. Se instal&oacute; en casa de una t&iacute;a y comenz&oacute; a trabajar en diferentes talleres de restauraci&oacute;n de antig&uuml;edades artesanales. All&iacute; aprendi&oacute; a dibujar el m&aacute;rmol, restaurar madera y, sobre todo, a trabajar con las manos. Entre limas, pigmentos y barnices, forj&oacute; tambi&eacute;n amistades con otros aprendices y artesanos. Cuando le toc&oacute; la edad del servicio militar, no tuvo que marchar: fue declarado exento por ser hijo mayor de viuda.
    </p><p class="article-text">
        Por las noches estudiaba en la Academia Juanes, donde conoci&oacute; a su profesor de dibujo, Catalu&ntilde;a, y a j&oacute;venes artistas con los que compartir&iacute;a inquietudes y amistad: Eduardo Sanz, Fernando Cuerno, Luis Fern&aacute;ndez, y Navarro Baldeweg, entre otros. Y en 1948 se inici&oacute; en la pintura. La ciudad, en aquellos a&ntilde;os, bull&iacute;a de ideas y nombres. Pr&oacute;ximo al grupo Proel y a intelectuales como Jos&eacute; Hierro, Manuel Arce, Julio Maruri<strong>, </strong>Jos&eacute; Luis Hidalgo, encontr&oacute; all&iacute; su escuela m&aacute;s viva. Y, con apenas dieciocho a&ntilde;os, obtuvo el Premio Estanislao Abarca del Banco Santander. Su vocaci&oacute;n art&iacute;stica se consolid&oacute; entonces.
    </p><p class="article-text">
        Se aliment&oacute; del Festival Internacional de Santander, de las amistades de la Escuela de Santillana, del ambiente de la UIMP, y de lecturas que lo acompa&ntilde;ar&iacute;an siempre. Pero fue su madre quien sostuvo la posibilidad de aquel destino. A ella, dice, le debe el principio de todo. 
    </p><p class="article-text">
        Animado por uno de sus profesores y gracias a una beca de la Diputaci&oacute;n de Santander, en 1954 se traslad&oacute; a Madrid para estudiar en la Escuela de Bellas Artes de San Fernando. No fue una etapa f&aacute;cil pero s&iacute; de apertura: la entrada en los c&iacute;rculos culturales de la capital, la participaci&oacute;n en las exposiciones <em>Arte al Aire Libre</em> dentro de las Exposiciones de Primavera (1959, 1960, 1962 y 1973), y el descubrimiento del impresionismo durante un viaje a Par&iacute;s.
    </p><p class="article-text">
        En Cantabria, Agust&iacute;n de Celis fue uno de los 14 artistas que participaron en el I Sal&oacute;n de la Joven Pintura Monta&ntilde;esa, celebrado en 1953 en la Galer&iacute;a Sur de Santander, organizada por Manuel Arce y Teresa Santamatilde. Aquella primera experiencia marc&oacute; el inicio de una relaci&oacute;n que se prolong&oacute; durante los a&ntilde;os sesenta, hasta 1971.&nbsp;
    </p><p class="article-text">
        Tras finalizar sus estudios, en 1959, march&oacute; a Par&iacute;s. Ese mismo a&ntilde;o se present&oacute; al Gran Premio de Roma. En 1960, la beca le abri&oacute; las puertas de la Academia de Espa&ntilde;a en Roma, donde permaneci&oacute; cuatro a&ntilde;os. All&iacute; el aprendizaje no fue solo t&eacute;cnico, fue vital. En ese tiempo conoci&oacute; a Miranda D&rsquo;Amico (1932, Italia), escultora y poeta, con quien se cas&oacute; en 1963 en el Tempietto del Bramante en Roma y tuvo dos hijos: Flavio, catedr&aacute;tico y arquitecto (1965) y B&aacute;rbara, periodista (1973).
    </p><p class="article-text">
        Roma fue, en sus palabras, un descubrimiento. D&iacute;as de trabajo en el taller, noches de cine en el Trastevere, viajes y conversaciones que ampliaban el horizonte. &ldquo;En la facultad aprend&iacute; a ser pintor, pero en Italia aprend&iacute; lo que era ser artista&rdquo;. En ese periodo obtuvo la Medalla de Oro del Senado Italiano (1963) y consolid&oacute; v&iacute;nculos que marcar&iacute;an su trayectoria.
    </p><p class="article-text">
        A mediados de los a&ntilde;os sesenta, Celis se instal&oacute; en Madrid. En 1968 comenz&oacute; a ense&ntilde;ar en la Escuela T&eacute;cnica Superior de Arquitectura de Madrid (ETSAM), donde imparti&oacute; durante m&aacute;s de tres d&eacute;cadas la asignatura de <em>An&aacute;lisis de Formas</em>. De aquellos a&ntilde;os conserva la imagen de las octavillas en el suelo y el murmullo de los pasillos llenos de debate. Fue profesor no numerario (PNN), implicado en la lucha docente por la dignidad del oficio, mientras la universidad ensayaba su propia transici&oacute;n. Finalmente doctor en Bellas Artes, lo tiene claro:<em> un maestro debe ser, ante todo, un aprendiz</em>.
    </p><p class="article-text">
        Simult&aacute;neamente, su carrera art&iacute;stica se proyect&oacute; en bienales internacionales como las de Venecia, S&atilde;o Paulo, Medell&iacute;n, Par&iacute;s, entre otras. En 1968, en la llamada Bienal de la contestaci&oacute;n de Venecia, form&oacute; parte del grupo de artistas espa&ntilde;oles que dieron la vuelta a sus cuadros en protesta contra la censura franquista, un gesto que los situ&oacute; en las listas negras del r&eacute;gimen. Tambi&eacute;n particip&oacute; en la Sociedad de Artistas Pl&aacute;sticos, que impuls&oacute; el reconocimiento de los derechos de autor y del 1% cultural destinado al patrimonio art&iacute;stico, a&uacute;n hoy vigente.
    </p><p class="article-text">
        Su vida transcurri&oacute; entre Italia y Espa&ntilde;a, con temporadas en Madrid, Cantabria, Castell&oacute;n, Roma y los Abruzos. En 1972 adquiri&oacute; una casa en Villafam&eacute;s atra&iacute;do por el proyecto impulsado por Vicente Aguilera Cerni de crear el Museo de Arte Contempor&aacute;neo (MACVAC) junto a un grupo de artistas nacionales e internacionales. All&iacute;, junto a su familia, particip&oacute; activamente en su desarrollo, y a&ntilde;os m&aacute;s tarde, en 2000, fue nombrado conservador del museo
    </p><p class="article-text">
        En paralelo explor&oacute; otros lenguajes. A comienzos de los setenta, realiz&oacute; varios documentales dedicados al arte, como <em>El viaje</em>, una pieza experimental que reflejaba el descontento en las calles de Espa&ntilde;a durante el franquismo. La obra fue concebida junto a la poeta Miranda D&rsquo;Amico, el compositor Carmelo Alonso Bernaola y varios alumnos de la Escuela de Arquitectura. Con la llegada de la democracia, su pintura deriv&oacute; hacia los <em>&ldquo;</em>paisajes de la imaginaci&oacute;n<em>&rdquo;</em>, obras en las que fusiona memoria, naturaleza e intuici&oacute;n. En esa etapa obtuvo numerosos reconocimientos: el Premio del Ministerio de Cultura de la Real F&aacute;brica de Tapices, Premio Nacional de Pintura (1971), el Premio del Concurso de Pintura Contempor&aacute;nea de Iberia (1974), o el Premio de Pintura del Congreso de los Diputados (1983), con una obra dedicada a la Constituci&oacute;n espa&ntilde;ola y los valores democr&aacute;ticos, que a&uacute;n hoy contin&uacute;a expuesta en los pasillos del Congreso.
    </p><p class="article-text">
        Desde los a&ntilde;os ochenta, su trayectoria combin&oacute; exposiciones, docencia y proyecci&oacute;n internacional. Particip&oacute; en ARCO, colabor&oacute; con el Museo Espa&ntilde;ol de Arte Contempor&aacute;neo y mantuvo una relaci&oacute;n constante con Italia, donde desarroll&oacute; proyectos vinculados a la pintura y la arquitectura. A lo largo de su vida ha realizado cincuenta exposiciones individuales en Espa&ntilde;a, Italia, Francia y Estados Unidos. Su obra circul&oacute; en muestras colectivas e itinerantes &mdash;tambi&eacute;n en Am&eacute;rica Latina&mdash; y, en a&ntilde;os recientes, ha sido objeto de exposiciones y retrospectivas en instituciones como la Fundaci&oacute;n Comillas o la Universidad de Alcal&aacute; de Henares, donde present&oacute; junto a Miranda D&rsquo;Amico <em>El color y la forma</em>. 
    </p><p class="article-text">
        Agust&iacute;n de Celis es, en definitiva, adem&aacute;s de pintor, un intelectual vinculado a la cultura, un docente que form&oacute; a generaciones de arquitectos y una figura destacada de la modernidad art&iacute;stica espa&ntilde;ola del siglo XX. Autor de obras como <em>Bajamar, Nordeste, Marejada, Matale&ntilde;as </em>o <em>San Mart&iacute;n</em>, su trayectoria dialoga con su tiempo y deja huella en instituciones de dentro y fuera de Espa&ntilde;a, entre ellas el Museo Nacional Centro de Arte Reina Sof&iacute;a, Museo Espa&ntilde;ol de Arte Contempor&aacute;neo de Madrid, o el Museo Nacional de Quito o Managua, adem&aacute;s de los museos de Santander, Bilbao, Sevilla o Elche.&nbsp;En 2023 obtuvo la Medalla Conmemorativa del 150.&ordm; Aniversario de la Real Academia de Espa&ntilde;a en Roma y en&nbsp;2025, el Gobierno de Cantabria conmemor&oacute; su trayectoria con la declaraci&oacute;n del <em>&ldquo;A&ntilde;o Cultural Agust&iacute;n de Celis&rdquo;</em>.
    </p><p class="article-text">
        Su pintura, como su vida, ha transitado diferentes etapas: primero un acento paisaj&iacute;stico, despu&eacute;s el encuentro con la abstracci&oacute;n y, con el tiempo, el regreso a un l&eacute;xico de azules que terminar&iacute;a siendo distintivo. Siempre en di&aacute;logo con la poes&iacute;a. En este recorrido destacan dos presencias esenciales: su mujer, Miranda D&rsquo;Amico, compa&ntilde;era de vida y de mirada, y Luis Gonz&aacute;lez Robles, el primer comisario que, aun sin compartir sus ideas pol&iacute;ticas, le abri&oacute; las fronteras de Espa&ntilde;a a su obra.
    </p><p class="article-text">
        A sus 93 a&ntilde;os, <em>el pintor de los azules </em>contempla su obra como un modo de seguir viviendo en lo que permanece. &ldquo;La pintura no es un destino &mdash;dice&mdash;, es un viaje. Y lo importante del viaje es haberlo hecho acompa&ntilde;ado&raquo;.
    </p>]]></description>
      <dc:creator><![CDATA[Zhenya Popova Tikhonova]]></dc:creator>
      <guid isPermaLink="true"><![CDATA[https://www.eldiario.es/cantabria/blog/legado-cantabria/agustin-celis-viaje-continuo-artista_132_13184600.html]]></guid>
      <pubDate><![CDATA[Fri, 01 May 2026 18:24:15 +0000]]></pubDate>
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      <media:title><![CDATA[Agustín de Celis: el viaje continuo del artista]]></media:title>
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      <media:keywords><![CDATA[Cantabria,Memoria Histórica]]></media:keywords>
    </item>
    <item>
      <title><![CDATA[Emilia Arroyo Alonso: 101 años que dejan camino]]></title>
      <link><![CDATA[https://www.eldiario.es/cantabria/blog/legado-cantabria/emilia-arroyo-alonso-101-anos-dejan-camino_132_13160592.html]]></link>
      <description><![CDATA[<p><img src="https://static.eldiario.es/clip/d6d1f714-2b05-459a-9e81-e3b983653042_16-9-discover-aspect-ratio_default_1141327.jpg" width="1600" height="900" alt="Emilia Arroyo Alonso: 101 años que dejan camino"></p><div class="subtitles"><p class="subtitle">Hace unos días que falleció esta mujer pasiega que transitó un siglo y dejó pruebas de ello: a caballo entre Vega de Pas y Zaragoza, su historia es la de las mujeres que, sin estridencias, han sido el sostén de muchas vidas</p><p class="subtitle">Perfil - Antonio Ontañón: la justa memoria de los vencidos</p></div><p class="article-text">
        Hay vidas que no solo pasan: dejan camino. La de Emilia Arroyo Alonso fue una de ellas. La conversaci&oacute;n de <a href="https://www.eldiario.es/cantabria/blog/legado-cantabria/antonio-ontanon-justa-memoria-vencidos_132_13129026.html" target="_blank" data-mrf-recirculation="links-noticia" class="link">Legado Cantabria</a> con Emilia no fue inmediata. Antes de encender la c&aacute;mara hubo varios encuentros y tiempo compartido, confianza que se fue tejiendo poco a poco. En la posada Don Guzm&aacute;n, rodeada de los suyos, fue contando su historia como quien abre un &aacute;lbum, poco a poco, recorrida sin prisa.&nbsp;
    </p><p class="article-text">
        Vivi&oacute; 101 a&ntilde;os: desde una infancia entre Vega de Pas y Zaragoza hasta una vejez con la memoria intacta.
    </p><p class="article-text">
        Naci&oacute; el 28 de marzo de 1925 en Vega de Pas, en un territorio donde la vida se med&iacute;a en ganado, en huertas y en caminos. Aquel mismo mes, un globo meteorol&oacute;gico de la marina francesa &mdash;confundido por los vecinos con un zepel&iacute;n&mdash; aterriz&oacute; en la Vega y alter&oacute; por unas horas la calma del valle.&nbsp;
    </p><p class="article-text">
        La econom&iacute;a familiar se sosten&iacute;a en la ganader&iacute;a y la subsistencia, pero muy pronto su vida cambi&oacute; de rumbo. Con apenas seis a&ntilde;os se traslad&oacute; a Zaragoza junto a su madre y su padrastro, que hab&iacute;an decidido buscar un futuro mejor abriendo una vaquer&iacute;a con un nombre que lo dec&iacute;a todo: La Pasiega.
    </p><figure class="embed-container embed-container--type-youtube ratio">
    
                    
                            
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            </figure><p class="article-text">
        Su infancia transcurri&oacute; en la capital aragonesa, entre calles c&eacute;ntricas y una vida que, aunque atravesada por la guerra, recuerda como feliz. Habla de juegos, de amistades, de la parroquia, de su paso por el colegio Santa Rosa y de las horas en el taller de costura, donde aprendi&oacute; a coser y bordar para casa. Describe aquellos a&ntilde;os como &ldquo;f&aacute;ciles y felices&rdquo;, marcados por una educaci&oacute;n en valores cristianos y por una forma de vida sencilla, pero plena.
    </p><p class="article-text">
        La guerra tambi&eacute;n dej&oacute; huella. Recuerda los refugios, el miedo y los bombardeos en Zaragoza. Pero en su memoria conviven esos momentos con otros de alegr&iacute;a: los veranos en Vega de Pas, en el barrio del Cruce, donde se reun&iacute;a con sus primas, corr&iacute;an por el pueblo y la vida transcurr&iacute;a sin coches y con otra medida del tiempo.
    </p><p class="article-text">
        En Zaragoza conoci&oacute; a Manuel G&oacute;mez Ruiz, &ldquo;el m&aacute;s guapo del pueblo&rdquo;, cuya familia era due&ntilde;a del molino de Vega de Pas. Se casaron en 1961 en la iglesia de San Antonio de Padua. A partir de entonces, su vida se teji&oacute; entre la ciudad y el valle.&nbsp;
    </p><p class="article-text">
        Entre 1962 y 1967 residieron en Vega de Pas, donde nacieron dos de sus tres hijos y donde Emilia sostuvo la vida cotidiana: la casa, la crianza y los cuidados, tambi&eacute;n los de su madre enferma. A finales de los a&ntilde;os sesenta regresaron a Zaragoza, donde naci&oacute; su tercer hijo y donde vivieron durante d&eacute;cadas, hasta finales de los a&ntilde;os noventa, coincidiendo con la jubilaci&oacute;n de Manuel, fallecido en 2008. Aun as&iacute;, los veranos siguieron perteneciendo a la Vega.
    </p><p class="article-text">
        Emilia fue madre, abuela, mujer de casa y de sost&eacute;n. Pero tambi&eacute;n fue algo menos visible y profundamente valioso: una memoria que se hizo imagen. Durante a&ntilde;os llev&oacute; una c&aacute;mara y fotografi&oacute; la vida en Vega de Pas cuando nadie pensaba en guardar aquello. Las casas llenas, los obreros del t&uacute;nel de La Enga&ntilde;a, los veranos compartidos. Muchas de las im&aacute;genes que hoy explican ese tiempo llevan su mirada.
    </p><blockquote class="quote">

    
    <div class="quote-wrapper">
      <div class="first-quote"></div>
      <p class="quote-text">Durante años llevó una cámara y fotografió la vida en Vega de Pas cuando nadie pensaba en guardar aquello. Las casas llenas, los obreros del túnel de La Engaña, los veranos compartidos. Muchas de las imágenes que hoy explican ese tiempo llevan su mirada</p>
          </div>

  </blockquote><p class="article-text">
        Con los a&ntilde;os, la vida volvi&oacute; a asentarse en su lugar de origen. En 2004, sus hijos adquirieron una propiedad en la plaza y abrieron la posada Don Guzm&aacute;n. Desde all&iacute;, Emilia sigui&oacute; habitando el pueblo y sus v&iacute;nculos, acompa&ntilde;ada tambi&eacute;n por su prima Amalia en los &uacute;ltimos a&ntilde;os, con quien compart&iacute;a el tiempo entre conversaciones y risas.
    </p><p class="article-text">
        Su vida se sostuvo en lo cotidiano y en lo esencial: el cuidado, la familia y la fe. Devota de la Virgen de la Vega, a quien lleg&oacute; a regalar su traje de novia, entend&iacute;a la vida desde ese lugar donde lo material y lo simb&oacute;lico se mezclan sin conflicto.
    </p><p class="article-text">
        Vivi&oacute; mucho, pero sobre todo vivi&oacute; en paz con lo que quer&iacute;a ser. &ldquo;He sido muy feliz, no me ha faltado de nada y solo puedo dar las gracias&rdquo;, dec&iacute;a. Y en esa frase &mdash;tan sencilla&mdash; cabe casi todo.
    </p><p class="article-text">
        Emilia ha fallecido recientemente a los 101 a&ntilde;os. La muerte, escribi&oacute; Elisabeth K&uuml;bler-Ross, no es un final abrupto, sino un tr&aacute;nsito que tambi&eacute;n pertenece a la vida. Y en quienes quedan, el duelo no borra: transforma. Seguir con lo que permanece: esos v&iacute;nculos que no se rompen con la ausencia, sino que cambian de forma y se hacen m&aacute;s silenciosos, m&aacute;s hondos.
    </p><p class="article-text">
        Queda lo que hizo: las im&aacute;genes, los recuerdos, la forma de contar y de estar. Queda tambi&eacute;n algo m&aacute;s dif&iacute;cil de nombrar: una manera de vivir sin estridencias, sostenida en lo que se comparte. Queda tambi&eacute;n una familia y el camino que ella allan&oacute;. Las vidas no se apagan. Y la de Emilia sigue alumbrando.
    </p>]]></description>
      <dc:creator><![CDATA[Zhenya Popova Tikhonova]]></dc:creator>
      <guid isPermaLink="true"><![CDATA[https://www.eldiario.es/cantabria/blog/legado-cantabria/emilia-arroyo-alonso-101-anos-dejan-camino_132_13160592.html]]></guid>
      <pubDate><![CDATA[Fri, 24 Apr 2026 20:53:48 +0000]]></pubDate>
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      <media:title><![CDATA[Emilia Arroyo Alonso: 101 años que dejan camino]]></media:title>
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      <media:keywords><![CDATA[Cantabria,Memoria Histórica]]></media:keywords>
    </item>
    <item>
      <title><![CDATA[Lines Marichalar Llano o la vida cotidiana del Comillas invisible]]></title>
      <link><![CDATA[https://www.eldiario.es/cantabria/blog/legado-cantabria/lines-marichalar-llano-vida-cotidiana-comillas-invisible_132_13141340.html]]></link>
      <description><![CDATA[<p><img src="https://static.eldiario.es/clip/be9fcfcc-a1c4-4f71-b934-15857f283b53_16-9-discover-aspect-ratio_default_0.jpg" width="1200" height="675" alt="Lines Marichalar Llano o la vida cotidiana del Comillas invisible"></p><div class="subtitles"><p class="subtitle">Ni el mar, ni los monumentos, ni las casonas marcan la vida de Ángeles, sino el trabajo, el campo, los cuidados, el discreto vivir en los pliegues de lo visible. Con 97 años recién cumplidos, comparte su historia</p></div><p class="article-text">
        &Aacute;ngeles Marichalar Llano, a quien desde ni&ntilde;a le gust&oacute; que la llamaran Lines, naci&oacute; el 1 de marzo de 1929 en Comillas, en el barrio pr&oacute;ximo a la calle Fuente Real, a la entrada de El Capricho, que llevaba ya d&eacute;cadas formando parte del paisaje del pueblo, aunque entonces no era s&iacute;mbolo ni reclamo, sino simplemente una casa m&aacute;s junto a caminos de tierra y fincas de labor.
    </p><p class="article-text">
        En junio de ese mismo a&ntilde;o, cuando Lines ten&iacute;a apenas tres meses, el llamado P&aacute;jaro Amarillo &mdash;el avi&oacute;n franc&eacute;s que logr&oacute; cruzar el Atl&aacute;ntico y aterriz&oacute; de emergencia en la playa de Oyambre&mdash; se convirti&oacute; en noticia en toda Espa&ntilde;a. Fue el primer vuelo transatl&aacute;ntico que toc&oacute; tierra en el pa&iacute;s y el acontecimiento qued&oacute; inscrito en la memoria de la comarca.
    </p><p class="article-text">
        Con el tiempo se erigi&oacute; un monumento en Oyambre para conmemorar aquel aterrizaje. A ese homenaje parece referirse su recuerdo cuando dice: &ldquo;Mi padre fue con otra persona a las minas de Escobedo, cerca de Santander, a buscar la piedra. La trajo &eacute;l (&hellip;) Yo ten&iacute;a tres meses o seis cuando lo inauguraron&rdquo;. La historia colectiva se filtr&oacute; en su casa convertida en objeto: una piedra asociada a aquella conmemoraci&oacute;n.
    </p><p class="article-text">
        Su infancia no se desarrolla en un espacio urbano ni monumental, sino fundamentalmente en la finca de La Terena, donde su familia trabaja en r&eacute;gimen de aparcer&iacute;a en las tierras de Mar&iacute;a Coss&iacute;o. All&iacute; se cr&iacute;a. En una casa que durante a&ntilde;os carece de luz el&eacute;ctrica y de agua corriente. En una cocina de le&ntilde;a donde la plancha se calentaba sobre las brasas y la ropa se cos&iacute;a de noche, a la luz de una vela. En una estructura dom&eacute;stica sostenida por el trabajo diario.
    </p><p class="article-text">
        Su mundo cotidiano estuvo marcado por el trabajo constante: orde&ntilde;ar cinco o seis vacas, entregar cada d&iacute;a la leche correspondiente, recoger la hierba seca en verano, cuidar el ma&iacute;z, mezclar harina de ma&iacute;z con peque&ntilde;as cantidades de trigo para poder hacer pan, sostener la econom&iacute;a dom&eacute;stica con ingenio y esfuerzo.
    </p><p class="article-text">
        Aunque Comillas era un municipio costero, el mar no estructur&oacute; su vida. El Cant&aacute;brico estaba ah&iacute;, visible y cercano, pero no organizaba su econom&iacute;a ni su pertenencia. Bajaba a la playa con la comida cuando su padre trabajaba all&iacute; &mdash;en alguna etapa cargando arena y mezclando mortero para obras&mdash;; se sentaba a cierta distancia y observaba el movimiento del verano, siempre desde fuera. Nunca se ba&ntilde;&oacute;. El mar fue escenario, no oficio.
    </p><p class="article-text">
        Lines creci&oacute; viendo a su padre recorrer caminos a pie o con carro, acudir a ferias, negociar animales; fue un trabajador del campo que depend&iacute;a del clima, de los precios del ganado y de acuerdos verbales. Ella creci&oacute; entre prados, vacas y cuestas. Esa pertenencia a la tierra atraviesa toda su biograf&iacute;a.
    </p><figure class="embed-container embed-container--type-youtube ratio">
    
                    
                            
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            </figure><p class="article-text">
        Lines estudi&oacute; en el colegio de las monjas de Comillas, regentado por las Hijas de la Caridad de San Vicente de Pa&uacute;l, hist&oacute;ricamente vinculadas al Seminario Pontificio y a la educaci&oacute;n femenina del municipio. Recuerda con claridad la diferencia entre aquel colegio y las Escuelas Nacionales, situadas en la zona del actual Espol&oacute;n. Recuerda especialmente a una monja, sor Concepci&oacute;n, que la trataba con amabilidad. No guarda memoria de castigos ni de dureza extrema; al contrario, habla de un ambiente &ldquo;bien arregladito&rdquo;, estructurado. All&iacute; aprendi&oacute; lo esencial: lectura b&aacute;sica, catecismo &mdash;que memorizaba con facilidad&mdash; y, sobre todo, costura. Por las tardes dedicaban una o dos horas a repasar, a coser. Ese aprendizaje fue decisivo. Cuando m&aacute;s tarde qued&oacute; sola con su padre, aquellas habilidades se convirtieron en sustento. Desde los diez a&ntilde;os, hacia 1939, dej&oacute; la escuela y ya cos&iacute;a pantalones gastados por el trabajo, a la luz de una vela, hasta la madrugada, para que &eacute;l pudiera salir al d&iacute;a siguiente con la ropa remendada. No fue una decisi&oacute;n ideol&oacute;gica, sino econ&oacute;mica y de supervivencia; fue una necesidad. La finca necesitaba dos cuerpos trabajando.
    </p><p class="article-text">
        Ese v&iacute;nculo estrecho entre ambos marc&oacute; toda su juventud. No recuerda juegos prolongados ni ocio despreocupado. Aun as&iacute;, hubo destellos de juventud. Lines recuerda que, con nueve o diez a&ntilde;os, una prima la esperaba algunas tardes cuando su padre bajaba al pueblo. Se reun&iacute;an en el corro junto a la iglesia, bajo los casta&ntilde;os, donde colocaban un altavoz para las verbenas. A veces iban un rato al cine; otras, simplemente daban vueltas en la plaza mientras sonaba la m&uacute;sica. Recuerda tareas, responsabilidad y cuidado. Esa es la base de su identidad: una infancia y juventud atravesada por la cultura del esfuerzo, por la econom&iacute;a campesina y por una &eacute;tica del deber que no se formula, pero se practica.
    </p><p class="article-text">
        Cuando estalla la Guerra de Espa&ntilde;a en 1936, Lines tiene siete a&ntilde;os. La guerra no se vive en su casa como discurso pol&iacute;tico, sino como irrupci&oacute;n concreta: registros, miedo y objetos que desaparecen. Recuerda el ganado escondido para evitar requisas y el silencio que sigui&oacute;. 
    </p><p class="article-text">
        El final oficial del conflicto en 1939 no trajo alivio inmediato. Llegaron los a&ntilde;os del racionamiento, de las cartillas insuficientes y del mercado negro. En su casa no siempre hubo pan. El ma&iacute;z &mdash;cultivado por ellos mismos&mdash; fue la base de la alimentaci&oacute;n. Cuando su padre consegu&iacute;a un poco de harina de trigo en la feria de Potes o en el estraperlo, ella mezclaba ambas para mejorar la masa. El ingenio era supervivencia.
    </p><p class="article-text">
        En esos mismos a&ntilde;os, la presencia de &ldquo;los del monte&rdquo; &mdash;los guerrilleros antifranquistas vinculados a Juan&iacute;n&mdash; formaba parte del paisaje nocturno. Lines recuerda cruzarse con hombres que atravesaban la finca en silencio. Recuerda la tensi&oacute;n y tambi&eacute;n la prudencia: nadie hablaba demasiado. En el entorno se produjeron enfrentamientos y muertes. Para una adolescente campesina, aquello no fue &eacute;pica pol&iacute;tica, sino inquietud cotidiana.
    </p><p class="article-text">
        Pero lo m&aacute;s duro no fue la escasez. Fue la enfermedad de su madre. Tras un parto complicado, qued&oacute; debilitada para siempre. La falta de recursos m&eacute;dicos y el desgaste f&iacute;sico hicieron el resto. Muri&oacute; cuando Lines a&uacute;n era ni&ntilde;a &mdash;ya en la posguerra&mdash;, dejando la casa reducida a padre e hija. Ese tr&aacute;nsito &mdash;de hija a sost&eacute;n&mdash; no fue gradual: fue abrupto. La infancia se acort&oacute; de golpe.
    </p><p class="article-text">
        Tres meses despu&eacute;s, con trece a&ntilde;os, un peque&ntilde;o corte en la mano mientras trabajaba en la finca se complic&oacute; con una infecci&oacute;n grave. No hab&iacute;a penicilina disponible. La fiebre subi&oacute; y la infecci&oacute;n avanz&oacute; con rapidez. Ella misma recuerda que qued&oacute; &ldquo;a siete horas de vida&rdquo;.
    </p><p class="article-text">
        Fue trasladada al Hospital Valdecilla, en Santander. Los m&eacute;dicos llegaron a valorar la amputaci&oacute;n del brazo. Lograron salvarle la vida, pero perdi&oacute; un dedo como consecuencia de la infecci&oacute;n.
    </p><p class="article-text">
        Durante aquellos meses vivi&oacute; en Gornazo (Miengo), en casa de una t&iacute;a viuda, y acud&iacute;a desde all&iacute; a las curas en Valdecilla. Su padre caminaba hasta el apeadero de Cabez&oacute;n, tomaba el tren y repet&iacute;a el recorrido cada domingo para verla. Ese ir y venir resume el v&iacute;nculo entre ambos. La enfermedad fue una frontera. Y, sin embargo, volvi&oacute; al campo.
    </p><p class="article-text">
        Su juventud transcurri&oacute; en continuidad con la infancia: orde&ntilde;o, hierba, ma&iacute;z, leche entregada diariamente a la due&ntilde;a de la finca. Alguna verbena en San Pedro. Alguna sesi&oacute;n de cine. Pero siempre con hora de regreso. Mientras el pa&iacute;s entraba lentamente en el desarrollismo de los a&ntilde;os cincuenta.
    </p><p class="article-text">
        En 1949, con veinte a&ntilde;os, Lines se casa en la iglesia de Comillas. El noviazgo hab&iacute;a sido breve &mdash;nueve meses&mdash;, pero la relaci&oacute;n con Mariano ven&iacute;a de la infancia. Su marido, habilidoso en carpinter&iacute;a y construcci&oacute;n, participa en la fabricaci&oacute;n de peque&ntilde;as embarcaciones y en obras del municipio. Lines colabora cuando es necesario. La finca sigue marcando el ritmo.
    </p><p class="article-text">
        En 1950 nace su primer hijo, Manuel. Despu&eacute;s llegar&aacute;n Jos&eacute; Carlos y Mar&iacute;a de los &Aacute;ngeles. La maternidad no interrumpe nada: vacas, campo, casa, crianza. Todo se superpone.
    </p><p class="article-text">
        En los a&ntilde;os sesenta, mientras Espa&ntilde;a entraba en el desarrollismo y muchas familias emigraban, Lines permaneci&oacute; en Comillas con los suyos. No hubo traslado ni ruptura. La vida continu&oacute; anclada a la casa y a la tierra.
    </p><p class="article-text">
        Su marido falleci&oacute; tres a&ntilde;os antes que su padre. Tras esa p&eacute;rdida, su padre sigui&oacute; viviendo con ella hasta los noventa y seis a&ntilde;os. No fue una convivencia circunstancial, sino prolongada en el tiempo. Cuando le preguntaron si lo cuid&oacute;, respondi&oacute; sin vacilar: &ldquo;Igual que me cuid&oacute; &eacute;l a m&iacute;. Porque, francamente, no puedo tener una queja ni que me haya re&ntilde;ido, ni que me haya hecho nada. Al contrario&rdquo;.
    </p><p class="article-text">
        En esa frase se condensa una biograf&iacute;a entera: el cuidado como reciprocidad. Ahora es ella quien vive por semanas con uno de sus hijos. La direcci&oacute;n ha cambiado; la l&oacute;gica permanece.
    </p><p class="article-text">
        Lines ha vivido casi un siglo atravesado por guerra, posguerra, escasez, trabajo f&iacute;sico, maternidad y duelo. Ha cuidado y despedido a quienes la precedieron y ha visto crecer a hijos y nietos.
    </p><p class="article-text">
        Hoy, con noventa y siete a&ntilde;os cumplidos hace unas semanas, no se define por la haza&ntilde;a ni por el sufrimiento, sino por la constancia. Si algo atraviesa su recorrido es una idea sencilla: hacer lo que hab&iacute;a que hacer.
    </p><p class="article-text">
        El tiempo, dice, pasa deprisa. Y al mirar atr&aacute;s no formula reproches. Su vida no fue f&aacute;cil, pero fue suya. Y quiz&aacute; ah&iacute; resida su legado m&aacute;s silencioso: en haber sostenido lo cotidiano sin estridencias y poder decir, casi un siglo despu&eacute;s, que no tiene queja.
    </p>]]></description>
      <dc:creator><![CDATA[Zhenya Popova Tikhonova]]></dc:creator>
      <guid isPermaLink="true"><![CDATA[https://www.eldiario.es/cantabria/blog/legado-cantabria/lines-marichalar-llano-vida-cotidiana-comillas-invisible_132_13141340.html]]></guid>
      <pubDate><![CDATA[Fri, 17 Apr 2026 19:15:56 +0000]]></pubDate>
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      <media:title><![CDATA[Lines Marichalar Llano o la vida cotidiana del Comillas invisible]]></media:title>
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      <media:keywords><![CDATA[Memoria Histórica,Cantabria]]></media:keywords>
    </item>
    <item>
      <title><![CDATA[Antonio Ontañón: la justa memoria de los vencidos]]></title>
      <link><![CDATA[https://www.eldiario.es/cantabria/blog/legado-cantabria/antonio-ontanon-justa-memoria-vencidos_132_13129026.html]]></link>
      <description><![CDATA[<p><img src="https://static.eldiario.es/clip/b4f7953a-a05c-4a16-97ff-66c26c3ca8b9_16-9-discover-aspect-ratio_default_0.jpg" width="1200" height="675" alt="Antonio Ontañón: la justa memoria de los vencidos"></p><div class="subtitles"><p class="subtitle">La Guerra Civil española dejó heridas que solo se van limpiando con el compromiso con el pasado. Así lo ha entendido Antonio Ontañón, el sindicalista y activista de la memoria histórica que ya prepara, a sus 91 años, un 14 de abril de rememoración en el Cementerio de Ciriego</p><p class="subtitle">Archivo - Genio, el de Camijanes: hablar mientras alguien escuche</p></div><p class="article-text">
        Lo m&aacute;s normal es que si una se encuentra con Antonio Onta&ntilde;&oacute;n, tras el saludo de cortes&iacute;a, este hombre grande, de voz grave y barba en ristre, lance un &ldquo;a las aladas almas de las rosas/ del almendro de nata te requiero,/ que tenemos que hablar de muchas cosas,/ compa&ntilde;era del alma, compa&ntilde;era&rdquo;. Y as&iacute;, como quien no se da cuenta, Miguel Hern&aacute;ndez participa de la conversaci&oacute;n y de los anhelos de Antonio.
    </p><p class="article-text">
        Un d&iacute;a como hoy Onta&ntilde;&oacute;n ya estar&aacute; preparando su insignia con la bandera republicana para conmemorar el 14 de abril en el cementerio de Ciriego en Santander, donde lleva d&eacute;cadas acompa&ntilde;ando y rescatando del olvido a las v&iacute;ctimas de la represi&oacute;n franquista que se agolpan en la inmensa fosa com&uacute;n en la que, de 100 en 100, los cuerpos ya tienen nombre aunque no consuelo. Pero la historia de Antonio empieza mucho antes.
    </p><p class="article-text">
        Antonio Onta&ntilde;&oacute;n Toca naci&oacute; el 25 de septiembre de 1934 &mdash;10 d&iacute;as antes de que los obreros de Cantabria se sumaran al intento revolucionario que cristaliz&oacute; y fracas&oacute; en Asturias&mdash; en una casa situada en la traves&iacute;a de la calle del Sol, en Santander. Creci&oacute; en un entorno humilde junto a dos hermanas y un hermano, hijo de Federico Onta&ntilde;&oacute;n Velasco y Teresa Toca Diego, ambos panaderos de la panader&iacute;a Hermosilla, en la calle Santa Luc&iacute;a. A los cinco a&ntilde;os, la familia se mud&oacute; a Canalejas, a una vivienda frente al conocido Cine Popular Victoria, donde la calle fue escuela y las pandillas, compa&ntilde;&iacute;a.
    </p><figure class="embed-container embed-container--type-youtube ratio">
    
                    
                            
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            </figure><p class="article-text">
        Sus primeros a&ntilde;os escolares los pas&oacute; entre el colegio de ni&ntilde;os de San Mart&iacute;n y la escuela del Sardinero. Y entre 1946 y 1949, estudi&oacute; y fue monaguillo en las escuelas gratuitas del Colegio de los Padres Escolapios donde tuvo una experiencia que le hizo &ldquo;perder la fe&rdquo; y apostatar en su adultez.
    </p><p class="article-text">
        La Guerra Civil espa&ntilde;ola marc&oacute; la infancia de Antonio, quien recuerda los bombardeos, las sirenas y las carreras hacia los refugios. En 1937, su padre solicit&oacute; la evacuaci&oacute;n mar&iacute;tima al Frente Popular de Santander, buscando el exilio en Francia, pero no lograron embarcar. Esta experiencia, junto con las cicatrices que la guerra dej&oacute; en su familia, con miembros encarcelados o forzados al exilio, dej&oacute; una huella profunda en su entorno.&nbsp;
    </p><p class="article-text">
        En 1956, realiz&oacute; el servicio militar durante a&ntilde;o y medio en el Cuartel de Instrucci&oacute;n de Artiller&iacute;a de Costa, ubicado en Bilbao, en la estaci&oacute;n de Dos Caminos, de Basauri, Vizcaya.
    </p><p class="article-text">
        Profesionalmente, Antonio comenz&oacute; su carrera en la banca tras formarse brevemente como electricista en la Escuela de Artes y Oficios. A los 17 a&ntilde;os aprob&oacute; los ex&aacute;menes y comenz&oacute; a trabajar en el Banco de Bilbao (actual BBVA), donde desempe&ntilde;&oacute; su vida laboral durante 40 a&ntilde;os hasta prejubilarse a los 57 a&ntilde;os.&nbsp;
    </p><p class="article-text">
        Su compromiso sindical fue notable; como secretario general de la UGT en Santander, lider&oacute; la primera huelga de la banca privada sucedida en Santander en 1979. Tambi&eacute;n fue secretario general de UGT de Jubilados y particip&oacute; activamente en CCOO. Su militancia obrera, en defensa de la libertad de huelga y los derechos sindicales, le llev&oacute; a repartir octavillas en su Vespa '20660' y a participar en diversas acciones que resultaron&nbsp;en varias detenciones a lo largo de los a&ntilde;os.
    </p><p class="article-text">
        Entre 1959 y finales de los a&ntilde;os 70 su vida tambi&eacute;n se sostuvo en lo familiar: junto a Marta Peredo tuvo dos hijas y dos hijos. Durante este periodo, fue miembro activo de la Hermandad Obrera de Acci&oacute;n Cat&oacute;lica (HOAC), una experiencia que le proporcion&oacute; formaci&oacute;n para &ldquo;actuar con conocimiento&rdquo;. En los a&ntilde;os 70, fue miembro activo de Amnist&iacute;a Internacional, donde represent&oacute; a la organizaci&oacute;n a nivel regional en la Comisi&oacute;n contra la Pena de Muerte. 
    </p><p class="article-text">
        Tambi&eacute;n se present&oacute; como candidato independiente a la Alcald&iacute;a de Santander por la ORT (Organizaci&oacute;n Revolucionaria de Trabajadores) y, en otra ocasi&oacute;n, integr&oacute; una candidatura junto a J.R Saiz Viadero; sin embargo, sus propuestas no lograron materializarse en una victoria electoral.
    </p><p class="article-text">
        Durante dos d&eacute;cadas y hasta hace unos meses, Antonio Onta&ntilde;&oacute;n ha presidido la Asociaci&oacute;n H&eacute;roes de la Rep&uacute;blica y la Libertad, dedicando su tiempo tras la jubilaci&oacute;n a investigar y dar visibilidad &ldquo;a las personas que sufrieron la represi&oacute;n franquista en Cantabria&rdquo;.&nbsp;
    </p><p class="article-text">
        Ha logrado recuperar la identidad y memoria de 1.207 v&iacute;ctimas, entre ellos 850 fusilados en la tapia del cementerio de Ciriego, en Santander, cuyos restos fueron enterrados en fosas comunes entre 1937 y 1948. Su labor, centrada en &ldquo;evitar que cientos de v&iacute;ctimas an&oacute;nimas fueran olvidadas&rdquo;, culmin&oacute; en la publicaci&oacute;n de 'Rescatados del olvido' en 2004, una obra clave en la memoria hist&oacute;rica de la comunidad. A lo largo de los a&ntilde;os, Antonio continu&oacute; su labor investigadora, luch&oacute; por la financiaci&oacute;n de monumentos conmemorativos e, incluso, utiliz&oacute; su libro como prueba documental en el juicio ante el Tribunal Supremo con el juez Baltasar Garz&oacute;n, donde denunciaba los cr&iacute;menes franquistas.&nbsp;
    </p><blockquote class="quote">

    
    <div class="quote-wrapper">
      <div class="first-quote"></div>
      <p class="quote-text">Ha logrado recuperar la identidad y memoria de 1.207 víctimas, entre ellos 850 fusilados en la tapia del cementerio de Ciriego, en Santander, cuyos restos fueron enterrados en fosas comunes entre 1937 y 1948</p>
          </div>

  </blockquote><p class="article-text">
        En 1980, particip&oacute; en el movimiento colectivo de construcci&oacute;n de un trilito en Ciriego y, en 2001, erigi&oacute; nueve monolitos con los nombres de casi 900 personas fusiladas. Posteriormente, erigi&oacute; tres m&aacute;s en la manzana 52 del mismo cementerio. As&iacute; como un monolito en el pueblo de Polaciones, que fue destruido pocos d&iacute;as despu&eacute;s de su inauguraci&oacute;n. En 2021, don&oacute; documentaci&oacute;n hist&oacute;rica a la Fundaci&oacute;n Bruno Alonso, contribuyendo as&iacute; a la preservaci&oacute;n y divulgaci&oacute;n de la memoria hist&oacute;rica en la comunidad.
    </p><p class="article-text">
        En la primera d&eacute;cada de los 2000, Onta&ntilde;&oacute;n Toca colabor&oacute; con Francisco Etxeberria Gabilondo, miembro de la Sociedad de Ciencias Aranzadi, en la exhumaci&oacute;n de fosas comunes, como la de Talledo (2005) y Caranceja (2009), aunque en esta &uacute;ltima no se hallaron restos. Adem&aacute;s, investig&oacute; la fosa en el cementerio de la finca Valdecilla, en Solares, donde dej&oacute; constancia de los nombres de las personas &ldquo;paseadas&rdquo; en una l&aacute;pida conmemorativa.&nbsp;
    </p><p class="article-text">
        En 2005, la Asociaci&oacute;n Manuel Aza&ntilde;a de Madrid reconoci&oacute; la labor y el compromiso de Onta&ntilde;&oacute;n Toca con la memoria hist&oacute;rica al concederle el Premio a la Lealtad Republicana. A lo largo de su vida, particip&oacute; en la lucha por la justicia social y estuvo en contacto con figuras clave como Ram&oacute;n Peredo, Julio V&aacute;zquez y Felipe Matarranz. As&iacute; como destaca encuentros como el que tuvo con el escritor Jos&eacute; Saramago, Dolores Ib&aacute;rruri o Eulalio Ferrer.
    </p><blockquote class="quote">

    
    <div class="quote-wrapper">
      <div class="first-quote"></div>
      <p class="quote-text">La historia de España está por escribir porque hasta ahora la han escrito los que ganaron la Guerra. Falta escribir la historia de España por nosotros, por los vencidos. Falta por escribir... Porque la realidad todavía no se conoce, ni se ha hecho justicia</p>
          </div>

  </blockquote><p class="article-text">
        Al repasar su historia de vida concluye que se siente satisfecho al ver c&oacute;mo su trabajo ha dejado un legado tangible, especialmente al recibir el agradecimiento de las personas que se han beneficiado de su dedicaci&oacute;n. Como &eacute;l mismo afirma: &ldquo;He dedicado a&ntilde;os de mi vida, lo he pasado mejor o peor, pero siempre tratando de ser consecuente con lo que cre&iacute;a&rdquo;. As&iacute; se lo reconoci&oacute; la Delegaci&oacute;n del Gobierno de Espa&ntilde;a en diciembre de 2024, cuando destac&oacute; su trabajo de investigaci&oacute;n para identificar las fosas comunes en Cantabria o el homenaje que recibi&oacute; de la asociaci&oacute;n memorialista que lider&oacute; con motivo de su 90 cumplea&ntilde;os.
    </p><p class="article-text">
        A sus 91 a&ntilde;os, Antonio destaca que hay una asignatura que sigue pendiente para la sociedad en la que habita: &ldquo;La historia de Espa&ntilde;a est&aacute; por escribir porque hasta ahora la han escrito los que ganaron la Guerra. Falta escribir la historia de Espa&ntilde;a por nosotros, por los vencidos. Falta por escribir... Porque la realidad todav&iacute;a no se conoce, ni se ha hecho justicia&rdquo;. Hoy vive frente al mar, entre el humor, las canciones en Bodegas Maz&oacute;n y las poes&iacute;as que regala&nbsp;porque, como &eacute;l dice, debe hacerlo &ldquo;por reciprocidad: dar y recibir, y porque es bello envejecer amando&rdquo;.
    </p>]]></description>
      <dc:creator><![CDATA[Zhenya Popova Tikhonova]]></dc:creator>
      <guid isPermaLink="true"><![CDATA[https://www.eldiario.es/cantabria/blog/legado-cantabria/antonio-ontanon-justa-memoria-vencidos_132_13129026.html]]></guid>
      <pubDate><![CDATA[Fri, 10 Apr 2026 19:15:38 +0000]]></pubDate>
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      <media:title><![CDATA[Antonio Ontañón: la justa memoria de los vencidos]]></media:title>
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      <media:keywords><![CDATA[Cantabria,Memoria Histórica,Guerra Civil Española]]></media:keywords>
    </item>
    <item>
      <title><![CDATA[Genio, el de Camijanes: hablar mientras alguien escuche]]></title>
      <link><![CDATA[https://www.eldiario.es/cantabria/blog/legado-cantabria/genio-camijanes-hablar-alguien-escuche_132_13113252.html]]></link>
      <description><![CDATA[<p><img src="https://static.eldiario.es/clip/1ae9eaba-774d-4a04-9c9d-e0fa48589e4b_16-9-discover-aspect-ratio_default_1139897.jpg" width="1600" height="900" alt="Genio, el de Camijanes: hablar mientras alguien escuche"></p><div class="subtitles"><p class="subtitle">Eugenio González es una referencia en la tonada cántabra. Desde Herrerías, la voz de Genio irrumpe como un trueno: clara y necesaria. Cual filósofo sin academia, pero con vida, quiere dejar dicha la verdad de lo vivido antes de marchar</p><p class="subtitle">Perfil - Adelaida Fernández Martínez: caminar y bailar con las alas cortadas</p></div><p class="article-text">
        Eugenio Gonz&aacute;lez D&iacute;az supo callar durante d&eacute;cadas y ha sabido hablar y cantar otras tantas. Call&oacute; o habl&oacute; &ldquo;lo justo&rdquo; con quien se pod&iacute;a cuando la Guardia Civil daba palizas en ese territorio transitado por los guerrilleros antifascistas; habl&oacute; cuando pudo hacerlo y defendi&oacute; sus ideas pol&iacute;ticas ante los excesos de los poderosos; cant&oacute; hasta cuando a algunos no les gustaba que lo hiciera. Y, ahora, a los 93 a&ntilde;os, canta y habla con aquel que tenga a bien escuchar con respeto. Hay una especie de filosof&iacute;a natural en Eugenio y hay mucho saber acumulado en las nueve d&eacute;cadas que lleva agotadas.
    </p><p class="article-text">
        &ldquo;Yo lo que dispongo es de buena memoria. No tengo dinero y no lo necesito porque es que no lo quiero. Pero a m&iacute; lo que me importa es decir la verdad a tiempo antes de morir. S&eacute; que me queda muy poco, pero ganas de hablar tengo, de decir la verdad. Un d&iacute;a morir&eacute; por raz&oacute;n de ser. Pero no le tengo miedo a la muerte&rdquo;.
    </p><p class="article-text">
        Nacido en noviembre de 1932 en Camijanes, en el Valle de Herrer&iacute;as, Eugenio Gonz&aacute;lez D&iacute;az &mdash;conocido popularmente como <em>Genio, el de Camijanes</em>&mdash; es adem&aacute;s uno de los &uacute;ltimos grandes representantes vivos de la tonada monta&ntilde;esa, ese cante tradicional que condensa la memoria emocional, oral y sonora de Cantabria.
    </p><p class="article-text">
        Hijo de Andresa &mdash;natural de Bielva, panderetera y amante del baile&mdash; y de Nazario &mdash;oriundo de Camijanes, que trabaj&oacute; como carnicero, cantero y tratante de ganado&mdash;, Genio creci&oacute; en una familia que encarn&oacute; las complejidades y la fortaleza de la posguerra rural. Su padre enviud&oacute; con ocho hijos e hijas a su cargo, y su madre, con dos hijas propias, se integr&oacute; a esa gran casa com&uacute;n tras casarse con Nazario. 
    </p><p class="article-text">
        Aquel nuevo hogar, en el barrio El Collado, fue levantado entre ambos y lleg&oacute; a acoger a 17 hijos e hijas, criados sin distinciones, &ldquo;como si fu&eacute;ramos todos de una madre&rdquo;. De ese matrimonio nacieron siete, y Genio fue el tercero. El afecto y el respeto cimentaron esta convivencia, a pesar de las estrecheces y los trabajos tempranos que marcaron la infancia de Genio y de sus hermanas, quienes trabajaron en servicio dom&eacute;stico en ciudades como Madrid, Valladolid o Bilbao. &ldquo;No estudia quien no puede. Y qui&eacute;n sabe d&oacute;nde est&aacute; la inteligencia&hellip; puede estar en la cabeza de un pobre&rdquo;, reflexiona Genio.
    </p><figure class="embed-container embed-container--type-youtube ratio">
    
                    
                            
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            </figure><p class="article-text">
        La econom&iacute;a familiar giraba en torno a la ganader&iacute;a y al ingenio de sus progenitores. Su padre compraba y vend&iacute;a ganado por toda la regi&oacute;n, incluso cruzando clandestinamente a Asturias cuando la provincia estaba en estado de sitio. &ldquo;Si le cog&iacute;an, iba a la c&aacute;rcel&rdquo;, recuerda Genio, pero aquel riesgo era parte de la necesidad. Las vacas llegaban en tren hasta Pesu&eacute;s y desde all&iacute; las llevaban a casa, alimentando la cuadra y a los suyos. 
    </p><p class="article-text">
        Su madre, por su parte, sab&iacute;a fabricar alpargatas con suelas de goma y cos&iacute;a con lo que hubiera a mano; era, como &eacute;l la describe, &ldquo;una mujer muy fuerte y muy inteligente&rdquo;.
    </p><p class="article-text">
        Su infancia coincidi&oacute; con los a&ntilde;os de la Guerra de Espa&ntilde;a y, aunque no conserva recuerdos precisos de los hechos, guarda el eco del miedo vivido: las carreras entre bombas, el paso de soldados de ambos bandos, las privaciones y los momentos de refugio en las cuevas cercanas, como Trascudia y Cabraliza. La posguerra &mdash;que &ldquo;fue peor&rdquo;&mdash; estuvo marcada por la dictadura, el canto del<em> Cara al Sol</em>, los fielatos, el estraperlo y el racionamiento en el Puente de El Arrudo, as&iacute; como por el fin del trabajo paterno en la carnicer&iacute;a. 
    </p><p class="article-text">
        &ldquo;Y estando en la guerra esos a&ntilde;os, la gente joven fue y muri&oacute;. Y aqu&iacute; ya no hab&iacute;a nadie: cuatro viejos y las mujeres que quedaron y sufrieron la tira&hellip; mucho sufrieron las mujeres. Yo a la mujer le doy un valor tremendo, porque fue terrible esa vida. Despu&eacute;s te acostumbras, viene un d&iacute;a con un poco de sol y parece que te olvidas de lo otro. Algunos... Yo estoy aqu&iacute; permanentemente con ello, llevo a cuestas esa mochila hasta que me marche&rdquo;.
    </p><p class="article-text">
        Genio comenz&oacute; a trabajar en casa desde los seis a&ntilde;os, primero cuidando pollos, luego pastoreando corderos y despu&eacute;s ovejas en Gesa. M&aacute;s tarde sirvi&oacute; &ldquo;a cambio de comida&rdquo; en el pueblo: sembrando tierras, segando, andando con una pareja de bueyes, etc&eacute;tera. 
    </p><p class="article-text">
        A los 13 a&ntilde;os comenz&oacute; a trabajar como pinche en la empresa Saltos del Nansa, donde pas&oacute; tres a&ntilde;os junto a su padre &mdash;cantero y guarda de la dinamita&mdash; y sus hermanos, que trabajaban en la canter&iacute;a del canal. Por entonces, con un sueldo de 10,50 pesetas al d&iacute;a, empez&oacute; cuidando a los hijos de los ingenieros, llevando agua y, poco a poco, entre recados y descansos de los obreros, aprendi&oacute; el oficio de cantero.
    </p><p class="article-text">
        En su rutina no faltaba acudir al Rosario en Bielva, a la capilla del Cristo, frente a la que viv&iacute;a su familia materna. All&iacute; cumpli&oacute; los primeros sacramentos y ejerci&oacute; de monaguillo. Bajaba tras recoger las ovejas, atra&iacute;do por la devoci&oacute;n, pero sobre todo por la vida social del pueblo, donde &ldquo;hab&iacute;a much&iacute;sima juventud&rdquo; y, seg&uacute;n &eacute;l, &ldquo;las mujeres m&aacute;s guapas de todos los valles&rdquo;.
    </p><p class="article-text">
        Recuerda que ten&iacute;a 16 a&ntilde;os cuando lleg&oacute; la luz el&eacute;ctrica al pueblo, justo en la &eacute;poca en que comenz&oacute; a trabajar con su hermano Samuel y otros obreros en la canter&iacute;a. Vivi&oacute; su oficio con dureza y orgullo, consciente de que muchos esfuerzos los hizo antes de estar f&iacute;sicamente preparado: &ldquo;Es como coger la fruta verde. No es conveniente, pero hab&iacute;a que hacerlo por necesidad&rdquo;. Hoy, reconoce las secuelas del duro trabajo en su salud.
    </p><p class="article-text">
        Durante tres o cuatro a&ntilde;os, entre marzo y diciembre, recorri&oacute; con sus herramientas y su pericia los montes de Cantabria, Navarra, Palencia y Le&oacute;n. Y, a diferencia de muchos compa&ntilde;eros que emigraron al extranjero, este vecino de Camijanes eligi&oacute; quedarse: &ldquo;Me agarr&eacute; aqu&iacute;. Nunca quise ir a Alemania ni a Francia. Tuve la suerte de quedarme y aqu&iacute; morir&eacute;&rdquo;.
    </p><p class="article-text">
        A Genio le &ldquo;pes&oacute; no pisar la escuela&rdquo; y lamenta no haber podido formarse desde ni&ntilde;o &mdash;&ldquo;me hubiera gustado ir; estoy seguro de que habr&iacute;a aprendido mucho&rdquo;, confiesa&mdash;. Su conocimiento es profundo y vivencial, forjado entre montes, ferias ganaderas y memorias familiares. Aprendi&oacute; a leer y escribir a los 22 a&ntilde;os, durante el periodo de instrucci&oacute;n del servicio militar en Tetu&aacute;n, Marruecos, que comenz&oacute; en marzo de 1954 bajo la tutela de sus alf&eacute;reces. Aprendi&oacute; tarde pero no ha dejado de leer desde entonces. De la mili recuerda c&oacute;mo iba marcando los meses que pasaban con se&ntilde;ales en el cintur&oacute;n para contar los d&iacute;as y reencontrarse con su tierra y la novia que ten&iacute;a desde los 20 a&ntilde;os.&nbsp;
    </p><p class="article-text">
        Se cas&oacute; con Mar&iacute;a Luisa S&aacute;nchez S&aacute;nchez, originaria de Prellezo, el 9 de julio de 1960, a los 28 a&ntilde;os. &ldquo;Boda de pobres&rdquo;, dice, pero feliz: ella estaba embarazada de cuatro meses y &eacute;l, &ldquo;content&iacute;simo&rdquo;, porque la quer&iacute;a de verdad. &ldquo;Cuando se quiere, no se hace pecado&rdquo;. Despu&eacute;s del matrimonio, sigui&oacute; en la ganader&iacute;a de sus padres, y juntos adquirieron algo de ganado y alquilaron una casa para comenzar su vida juntos. Construyeron su primera casa a cuatro pasos de donde &eacute;l hab&iacute;a nacido tras el nacimiento de su tercer hijo; en total tuvieron dos hijos y dos hijas. Hoy, su familia se ha extendido hasta seis nietos y cuatro bisnietos que les rodean con cari&ntilde;o.
    </p><p class="article-text">
        Su segunda d&eacute;cada de vida transcurri&oacute; trabajando por temporadas y durante seis a&ntilde;os como pe&oacute;n en una serrer&iacute;a de H&oacute;rreo, en el Pa&iacute;s Vasco, para Pepe Abascal. 
    </p><p class="article-text">
        Cerca de cumplir los 30 a&ntilde;os, y ya padre de su hija primog&eacute;nita, Eugenio ingres&oacute; en el cuerpo de guarda fluvial tras superar una oposici&oacute;n con 29 plazas disponibles, en un cuerpo militarizado. Y a comienzos de los a&ntilde;os sesenta comenz&oacute; a trabajar como vigilante fluvial en el r&iacute;o Nansa y sus afluentes pr&oacute;ximos, dentro de una zona salmonera especialmente vigilada y con presencia constante de pesca furtiva. Si bien deb&iacute;a sancionar, tambi&eacute;n entend&iacute;a la realidad que le rodeaba: &ldquo;Hab&iacute;a mucha necesidad. El que se jugaba la c&aacute;rcel por un salm&oacute;n no lo hac&iacute;a por maldad&rdquo;. 
    </p><p class="article-text">
        Tras varios a&ntilde;os en Camijanes, fue trasladado a Galicia, concretamente a la provincia de Ourense, para cubrir el tramo del r&iacute;o Arnoia entre Allariz y Ba&ntilde;os de Molgas, una zona fronteriza con Zamora. En este nuevo entorno, se enfrent&oacute; a un reto mayor: m&aacute;s de 70 kil&oacute;metros de r&iacute;o y numerosos molinos, focos potenciales de pesca ilegal. Pero las condiciones no eran sostenibles: su sueldo apenas cubr&iacute;a los 40 reales de pensi&oacute;n diaria, y su familia segu&iacute;a en Cantabria. Tras solicitar sin &eacute;xito una vivienda para poder trasladarlos, decidi&oacute; dejar el puesto. Solicit&oacute; una excedencia de cinco a&ntilde;os y regres&oacute; a casa sin despedirse oficialmente.
    </p><p class="article-text">
        De vuelta en el hogar, se dedic&oacute; a la ganader&iacute;a, parte de lo que gestionaba su mujer, y adem&aacute;s, con cr&eacute;ditos &ldquo;al 23 %&rdquo; pudo comprar tierras &ldquo;al patr&oacute;n&rdquo;, la caser&iacute;a de su padre &mdash;junto con su hermano&mdash;y maquinaria y suficiente ganado, unas 60 cabezas, para mantener a su familia. Vend&iacute;an leche a Mantequer&iacute;a La Asturiana, Nestl&eacute; o La RAM, hasta que a los 60 a&ntilde;os se jubil&oacute; como ganadero aut&oacute;nomo, debido a un problema de salud. Ya de casado vivi&oacute; los tiempos del silencio y del miedo. &ldquo;Se sufri&oacute; much&iacute;simo porque no ten&iacute;as defensa ninguna. Te pasan todas estas cosas y te empujan y te pisan... &iquest;Y d&oacute;nde ibas? &iquest;D&oacute;nde te quejabas? &iquest;Ven&iacute;as a llorar donde tus padres? &iquest;A darle m&aacute;s de un susto? Ten&iacute;as que pasarlo como pudieras... &iquest;Qui&eacute;n cree que ya est&aacute;n pagados todos esos atropellos?&rdquo;, defiende.
    </p><blockquote class="quote">

    
    <div class="quote-wrapper">
      <div class="first-quote"></div>
      <p class="quote-text">Como él mismo reconoce: &#039;Sin música no podría haber mundo, es imposible; cantan hasta los pájaros&#039;. Y lo dice con orgullo: &#039;Donde quiera que fui, canté&#039;</p>
          </div>

  </blockquote><p class="article-text">
        Conocido desde ni&ntilde;o como &ldquo;el hijo de Nazario&rdquo;, silbaba mientras cuidaba las ovejas y memorizaba los romances que los ciegos tra&iacute;an escritos en papeles finos, esos mismos que luego resonaban en los corros de taberna, en ferias y romer&iacute;as como las de San Miguel o La Luz en Li&eacute;bana. Su formaci&oacute;n musical fue oral, instintiva y profundamente ligada al entorno rural. Como &eacute;l mismo reconoce: &ldquo;Sin m&uacute;sica no podr&iacute;a haber mundo, es imposible; cantan hasta los p&aacute;jaros&rdquo;. Y lo dice con orgullo: &ldquo;Donde quiera que fui, cant&eacute;&rdquo;. Tambi&eacute;n recuerda muchas salidas &ldquo;de la cuadra, al evento&rdquo;, pues sol&iacute;an buscarlo en casa para que cantara.
    </p><p class="article-text">
        Este &ldquo;cante de chigre&rdquo;, de ra&iacute;z campesina, naci&oacute; del uso cotidiano de la palabra cantada como forma de contar, resistir, celebrar y recordar. Genio es uno de los pocos cantadores que se acompa&ntilde;an de una gaita, ejecutada por su hijo o su nieto, miembros del grupo <em>Sones del Nansa</em>&mdash;. Comenz&oacute; cantando canciones asturianas, en referencia a sus or&iacute;genes maternos, luego adopt&oacute; la tonada monta&ntilde;esa y asegura que canta de todo, incluso flamenco o jotas navarras. &ldquo;El cante es algo que se tiene dentro, un esp&iacute;ritu. No se puede comprar&rdquo;.
    </p><p class="article-text">
        Genio tambi&eacute;n ha expresado su deseo de dejar grabada su voz &ldquo;antes de irse de este mundo&rdquo;. Hasta ahora, ha registrado ocho temas, la &uacute;ltima vez, a sus 78 a&ntilde;os. Recuerda con especial cari&ntilde;o la visita de Jes&uacute;s Garc&iacute;a Preciado, hace 25 a&ntilde;os, cuando le grab&oacute; <em>Callejuca, callejuca</em> acompa&ntilde;ado de su hijo Luis en la gaita. La m&uacute;sica llev&oacute; a Genio a aparecer en medios de comunicaci&oacute;n, a viajar por distintas ciudades de Espa&ntilde;a y a compartir escenario y amistad con grandes figuras como El Malv&iacute;s de Tanos, Aurelio Ruiz, Benito D&iacute;az, Manolo Sa&ntilde;udo o los Hermanos Cos&iacute;o. Gracias a su larga trayectoria, fue homenajeado en varios lugares emblem&aacute;ticos como Unquera, Cabez&oacute;n de la Sal y Polaciones. Hoy, desde su casa en Camijanes, Genio sigue cantando con la misma emoci&oacute;n con la que aprendi&oacute;: apoy&aacute;ndose en la memoria, la garganta y el coraz&oacute;n.
    </p><p class="article-text">
        A sus 93 a&ntilde;os, declara que &ldquo;no son los a&ntilde;os de vida, es la calidad&rdquo; y Genio se reconoce afortunado, pues gracias al apoyo de su hija contin&uacute;a viviendo en su casa con su mujer y en compa&ntilde;&iacute;a de sus hijos. Dedica su tiempo a la lectura, las amistades y a disfrutar de su familia, en especial, a ver tocar a los nietos. Y sobre todo, a disfrutar de lo sencillo: &ldquo;Veo c&oacute;mo crece un &aacute;rbol, oigo ladrar a un perro&hellip;&rdquo;. 
    </p>]]></description>
      <dc:creator><![CDATA[Zhenya Popova Tikhonova]]></dc:creator>
      <guid isPermaLink="true"><![CDATA[https://www.eldiario.es/cantabria/blog/legado-cantabria/genio-camijanes-hablar-alguien-escuche_132_13113252.html]]></guid>
      <pubDate><![CDATA[Fri, 03 Apr 2026 18:55:18 +0000]]></pubDate>
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      <media:title><![CDATA[Genio, el de Camijanes: hablar mientras alguien escuche]]></media:title>
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      <media:keywords><![CDATA[Memoria Histórica,Cantabria,Música,Folclore]]></media:keywords>
    </item>
    <item>
      <title><![CDATA[Adelaida Fernández Martínez: caminar y bailar con las alas cortadas]]></title>
      <link><![CDATA[https://www.eldiario.es/cantabria/blog/legado-cantabria/adelaida-fernandez-martinez-caminar-bailar-alas-cortadas_132_13102716.html]]></link>
      <description><![CDATA[<p><img src="https://static.eldiario.es/clip/9f10dc4c-8da7-44d9-a47b-d13c4e0daeb3_16-9-discover-aspect-ratio_default_0.jpg" width="1200" height="675" alt="Adelaida Fernández Martínez: caminar y bailar con las alas cortadas"></p><div class="subtitles"><p class="subtitle">Las vidas heroicas tienden a esconder las arrugas de lo cotidiano. La voz de esta mujer está plagada de poemas y canciones, de la fragancia de las rosas blancas del Barrio Obrero del Rey a los macizos de margaritas en San Román</p><p class="subtitle">Archivo - Chitín Mantilla: vivir lo suficiente para dejar un legado ejemplar</p></div><p class="article-text">
        Adelaida Fern&aacute;ndez Mart&iacute;nez naci&oacute; el 25 de julio de 1934 en Santander, en una ciudad en la que siempre miraba el mar desde lo alto. Sus primeros a&ntilde;os transcurrieron en el Paseo Altamira (entonces Calle del Alta), donde las cuestas marcaban el l&iacute;mite entre lo popular y lo burgu&eacute;s. Su familia rezaba en la parroquia de San Francisco &mdash;donde fue bautizada en octubre de 1934&mdash; y viv&iacute;a en la finca que su abuelo materno, Gregorio, cuidaba en Villa Abarca, propiedad del director de la f&aacute;brica de loza &Iacute;bero Tanagra. Y hasta esa misma f&aacute;brica, a&ntilde;os despu&eacute;s, caminar&iacute;a cada d&iacute;a su suegra, que bajaba desde Soto de la Marina en albarcas.
    </p><p class="article-text">
        Apenas cumplidos dos a&ntilde;os, el bombardeo del 27 de diciembre de 1936 sacudi&oacute; la ciudad y el barrio que m&aacute;s tarde ser&iacute;a esencial en su vida. No conserva im&aacute;genes n&iacute;tidas, pero s&iacute; la memoria transmitida en casa: sirenas, carreras, un temblor que se convirti&oacute; en relato familiar. Del incendio de Santander en 1941 le queda una imagen breve pero intensa: la luz roja filtr&aacute;ndose en casa, los cascotes que parec&iacute;an arrastrados por un hurac&aacute;n y la llegada de la t&iacute;a Cuca, prima materna, con sus tres hijos, a quienes acogieron despu&eacute;s de que el fuego les arrebatara la vivienda.
    </p><p class="article-text">
        De su padre, Jos&eacute; Fern&aacute;ndez Mart&iacute;nez, madrile&ntilde;o de ra&iacute;ces gallegas, recuerda la voz lista, el cuaderno de canciones y aquel humor que no se agotaba nunca &mdash;&ldquo;siempre estaba de buen humor; salgo a &eacute;l&rdquo;, dice Adelaida&mdash;. Antes de llegar a Santander hab&iacute;a trabajado en una taberna de Madrid, de la que sali&oacute; empujado por la huelga y la crisis que hicieron emigrar a tantos panaderos, camareros y oficios humildes. En la ciudad se convirti&oacute; en cobrador de tranv&iacute;as rumbo a El Astillero, un trabajo que marc&oacute; el comp&aacute;s de muchas familias de entonces. Su madre, Carmen Mart&iacute;nez Eguren, nacida en Guarnizo, le ense&ntilde;&oacute; la constancia y el orden dom&eacute;stico que sosten&iacute;an la casa. Adelaida creci&oacute; junto a su hermana mayor, Juana Mari &mdash;nacida tres a&ntilde;os antes, el 5 de marzo&mdash;, que siempre llevaba un paso de ventaja en aquella infancia.
    </p><p class="article-text">
        Desde 1942 vivieron en el Barrio Obrero del Rey. All&iacute; transcurrieron las dos d&eacute;cadas decisivas de Adelaida, entre escaleras comunes, reuniones en el Callej&oacute;n de la Mona, un patio de rosas blancas &mdash;con las que sue&ntilde;a a&uacute;n&mdash; y los bailes de la fiesta de San Bartolom&eacute;, cuando el barrio parec&iacute;a latir al mismo comp&aacute;s. Creci&oacute; en una ni&ntilde;ez hecha de c&aacute;nticos &mdash;como &ldquo;Tres marinos en el mar, otros tres en busca van&rdquo;&ldquo;, resonando en patios sin coches&mdash; y juegos que llenaban las tardes de felicidad: tabas, alfileres, marro, dobles, canicas&hellip;
    </p><figure class="embed-container embed-container--type-youtube ratio">
    
                    
                            
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        Entre los seis y los ocho a&ntilde;os acudi&oacute; a La Ense&ntilde;anza, en la calle V&iacute;a Cornelia, y despu&eacute;s continu&oacute; hasta los catorce en Las Adoratrices. M&aacute;s tarde entr&oacute; en el taller de costura de Maruchi, en San Fernando, donde aprendi&oacute; a bordar a mano y a mover las agujas al mismo tiempo &mdash;una arriba y otra abajo&mdash; con la precisi&oacute;n que solo nace de la paciencia. La costura se convirti&oacute;, durante a&ntilde;os, en una prolongaci&oacute;n de sus manos. Ya casada, colaboraba con su vecina Paula y cos&iacute;a encargos en su propia casa: el fest&oacute;n &mdash;uno o uno y medio en pesetas&mdash; era su manera discreta de contribuir a la econom&iacute;a familiar. A&ntilde;os despu&eacute;s retom&oacute; la aguja los lunes y los mi&eacute;rcoles, reuni&eacute;ndose bajo la gu&iacute;a de Elena con otras mujeres en el centro cultural de San Rom&aacute;n, para tener compa&ntilde;&iacute;a y pasar un buen rato.
    </p><p class="article-text">
        En la juventud encontr&oacute; espacio para mucho m&aacute;s: jug&oacute; al baloncesto y al balonvolea, particip&oacute; en Acci&oacute;n Cat&oacute;lica en la parroquia de La Consolaci&oacute;n y vivi&oacute; la disciplina &mdash;y la camarader&iacute;a&mdash; de los campamentos de la Secci&oacute;n Femenina en Ontaneda y Poo de Llanes, entre catequesis, cantos y marchas que acompa&ntilde;aron su tr&aacute;nsito de ni&ntilde;a a adulta. &ldquo;Ir a Ontaneda era como ir a Nueva York&rdquo;, recuerda ahora, con esa mezcla de humor y nostalgia que permanece. Entrenaba en el Frente de Juventudes en San Fernando. Y, a sus 16 a&ntilde;os, hizo un curso de Educaci&oacute;n F&iacute;sica y Deportes en Polanco y lleg&oacute; a plantearse formarse como instructora deportiva &mdash;un deseo que a&uacute;n hoy considera su asignatura pendiente&mdash;, pero la vida la llev&oacute; por otros caminos.
    </p><p class="article-text">
        En esa etapa se afianz&oacute; un v&iacute;nculo esencial: &ldquo;Las Mellis&rdquo;, Ana Mari y Mar&iacute;a Jes&uacute;s. Con ellas recorri&oacute; buena parte de Cantabria, muchas veces haciendo autoestop, compartiendo caminos y confidencias. Hoy, cuando muchas de aquellas amigas ya no est&aacute;n, ese recuerdo pesa distinto: se vuelve m&aacute;s valioso.
    </p><p class="article-text">
        El 11 de octubre de 1962 se cas&oacute; en la iglesia de La Consolaci&oacute;n, en la calle Alta, con Valent&iacute;n Torre Llata, carpintero minucioso de San Rom&aacute;n de la Llanilla. Llegaron a un terreno entonces despejado, donde asomaban margaritas, y all&iacute; construyeron su hogar. Llevaron una vida sin grandes gestos: viajaron cuando pudieron, fueron al cine, se quedaron &ldquo;a gustito&rdquo; en casa, bailaron, pasearon por la ciudad, compartieron los s&aacute;bados &ldquo;de media cerveza&rdquo; y los rezos en San Antonio &mdash;en la calle Juan de la Cosa&mdash;, que a&uacute;n recuerda, y mantuvieron cerca a sus amistades y a la familia del Barrio Obrero y de San Rom&aacute;n.
    </p><p class="article-text">
        De casada, durante diez a&ntilde;os, Adelita demostr&oacute; que el canto ordena el aire: cant&oacute; tercera voz en el coro femenino 'Concha Espina'. M&aacute;s tarde bail&oacute; la jota monta&ntilde;esa y otros bailes tradicionales con UNATE; ensayaba en Cuatro Caminos y gan&oacute; concursos que el cuerpo a&uacute;n guarda en su memoria. Obtuvo el primer premio en un certamen de danzas en El Astillero y actu&oacute; en distintos escenarios, entre ellos el Palacio de Festivales.
    </p><p class="article-text">
        Tambi&eacute;n particip&oacute; en la Asociaci&oacute;n de Amas de Casa y Consumidoras, donde encontr&oacute; un lugar para aprender, organizarse y crear lazos con otras mujeres de Santander. Religiosa y constante en las misas dominicales &mdash;primero en Las Adoratrices y, despu&eacute;s de casada, en Las Salesas&mdash;, Adelaida ha vivido los cambios de su ciudad como propios: del tranv&iacute;a al autob&uacute;s, del humo de Tanagra a la Santander moderna. Ella ha cambiado, y Santander tambi&eacute;n.
    </p><p class="article-text">
        Goza de buena salud, dejando atr&aacute;s el bache de 2020, cuando una semana de COVID la oblig&oacute; a ingresar y regres&oacute; a casa sin secuelas. Su vida transcurre entre flores &mdash;las que cultiva y entrega a la comunidad religiosa de Las Salesas&mdash;, conversaciones con amistades y un vecindario que la arropa y del que habla con orgullo.
    </p><p class="article-text">
        A sus 91 a&ntilde;os dice que ha sido feliz. &ldquo;Me cortaron ya las alas, pero no me quejo. He andado, bailado, cantado&hellip; &iquest;pues qu&eacute; m&aacute;s quiero?&rdquo;, lo dice como quien ya ha entendido qu&eacute; importa y qu&eacute; no. Los juegos de tabas y alfileres, el autostop por los pueblos, el canto coral y la fe la han acompa&ntilde;ado siempre. Le duelen las ausencias &mdash;las amistades, Valent&iacute;n&mdash;, pero no le impiden sonre&iacute;r. Y siente que su vida, al final, se parece al fest&oacute;n que aprendi&oacute; de joven: una puntada fina, humilde y fuerte para que no se rompa.
    </p>]]></description>
      <dc:creator><![CDATA[Zhenya Popova Tikhonova]]></dc:creator>
      <guid isPermaLink="true"><![CDATA[https://www.eldiario.es/cantabria/blog/legado-cantabria/adelaida-fernandez-martinez-caminar-bailar-alas-cortadas_132_13102716.html]]></guid>
      <pubDate><![CDATA[Fri, 27 Mar 2026 20:16:28 +0000]]></pubDate>
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