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    <title><![CDATA[elDiario.es - Legado Cantabria]]></title>
    <link><![CDATA[https://www.eldiario.es/cantabria/blog/legado-cantabria/]]></link>
    <description><![CDATA[elDiario.es - Legado Cantabria]]></description>
    <language><![CDATA[es]]></language>
    <copyright><![CDATA[Copyright El Diario]]></copyright>
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      <title><![CDATA[Liébana, Alemania, Torrelavega: el camino de ida y vuelta de María Juana Gómez Gómez]]></title>
      <link><![CDATA[https://www.eldiario.es/cantabria/blog/legado-cantabria/liebana-alemania-torrelavega-camino-ida-vuelta-maria-juana-gomez-gomez_1_13298392.html]]></link>
      <description><![CDATA[<p><img src="https://static.eldiario.es/clip/40a4cc93-b713-4269-9dbb-7a3e9fb1b68e_16-9-discover-aspect-ratio_default_0.jpg" width="1200" height="675" alt="Liébana, Alemania, Torrelavega: el camino de ida y vuelta de María Juana Gómez Gómez"></p><div class="subtitles"><p class="subtitle">Cuando Juana Gómez nació en Villaverde, Vega de Liébana tenía algo más de 2.400 habitantes. Hoy el municipio cuenta poco más de 600. Esta mujer, que trabajó desde niña hasta la jubilación, ha hecho un viaje de ida y vuelta que hizo estación permanente en Torrelavega en el que Liébana siempre ha marcado los pasos y el tejido comunitario.</p></div><p class="article-text">
        Mar&iacute;a Juana G&oacute;mez G&oacute;mez naci&oacute; el 6 de mayo de 1943 en Villaverde, en plena Vega de Li&eacute;bana, en el seno de una familia de labradores marcada por la constancia en la tierra. Fue la hermana menor, llegada a destiempo respecto a sus hermanos mayores: Gregorio ten&iacute;a veinte a&ntilde;os, Castor, dieciocho, y Francisca, diecis&eacute;is.
    </p><p class="article-text">
        Sus padres, ambos oriundos de Villaverde, fueron Antonio G&oacute;mez Casares y Natividad G&oacute;mez G&oacute;mez. Antonio hab&iacute;a dejado la escuela a los nueve a&ntilde;os para trabajar, pero era recordado como un hombre &ldquo;muy culto&rdquo;. Natividad nunca aprendi&oacute; a leer ni a escribir, aunque supo sacar la casa adelante. Esa carencia educativa en la generaci&oacute;n anterior hizo que Antonio se empe&ntilde;ara en que sus hijos e hijas pudieran ir a la escuela, aunque la dureza del campo no siempre lo permitiera.
    </p><p class="article-text">
        Con apenas cuatro o cinco a&ntilde;os, Mar&iacute;a Juana fue enviada una temporada a Potes, al cuidado de unos t&iacute;os. Intuye que aquella decisi&oacute;n ten&iacute;a que ver con liberar a su familia, absorbida por el trabajo en la tierra. Lo que recuerda con claridad es el movimiento de la villa: el colegio cercano, la fonda de los Cayo &mdash;hoy Casa Cayo&mdash; abarrotada los lunes de mercado, las comidas adelantadas para apartar a los ni&ntilde;os del traj&iacute;n. Su prima, con quince a&ntilde;os, serv&iacute;a a los clientes; ella y su primo, en cambio, eran todav&iacute;a los peque&ntilde;os que iban de la mano camino de la escuela.
    </p><p class="article-text">
        Potes era entonces el centro econ&oacute;mico de la comarca. Cada lunes se bajaban las vacas, terneros, cerdos o sacos de patatas para vender y, con lo obtenido, comprar lo que no se produc&iacute;a en casa: aceite, arroz, az&uacute;car, chocolate o queso pic&oacute;n. Las grandes ferias &mdash;la de Todos los Santos, el 2 de noviembre, y la de San Pedro, el 29 de junio&mdash; concentraban el pulso de la econom&iacute;a rural lebaniega. Mar&iacute;a Juana recuerda que a ella nunca le gust&oacute; aquel ir y venir de ventas, pero sus padres y hermanos participaban activamente, conscientes de que de esas transacciones depend&iacute;a llenar la despensa y sostener la casa.
    </p><p class="article-text">
        Su infancia en Villaverde estuvo marcada por los fogones de le&ntilde;a, las tareas en el hogar, los rezos cotidianos y la escuela de Ledantes, a dos kil&oacute;metros de distancia. Cuatro veces al d&iacute;a hac&iacute;a el camino, &ldquo;un rato a pie y otro andando&rdquo;. All&iacute;, con don M&aacute;ximo como maestro, aprendi&oacute; a leer en el Cat&oacute;n y a escribir en pizarras con piedras del r&iacute;o. La ense&ntilde;anza se mezclaba con el catecismo y la Historia Sagrada, mientras en casa cada noche se rezaba el rosario. Sus hermanos, en cambio, estudiaban en la escuela de ni&ntilde;os de Vada, tambi&eacute;n a dos kil&oacute;metros. Vada era entonces un peque&ntilde;o centro al que todo conduc&iacute;a: el molino, la tienda de ultramarinos, la escuela que reun&iacute;a a los ni&ntilde;os del valle. Desde la Vega llegaba el m&eacute;dico, Aquilino Alles, en carro de vacas, para atender a los pueblos dispersos.
    </p><p class="article-text">
        A los doce a&ntilde;os, Mar&iacute;a Juana dej&oacute; la casa familiar y se traslad&oacute; a San Vicente de la Barquera, donde su hermano y su cu&ntilde;ada regentaban la fonda Li&eacute;bana. Hasta los catorce curs&oacute; estudios con las monjas del colegio Cristo Rey, donde aprendi&oacute; costura y matem&aacute;ticas. El resto del tiempo ayudaba en el negocio, &ldquo;haciendo lo que pod&iacute;a&rdquo;: atender mesas, limpiar, cocinar, preparar habitaciones para los clientes. Aquellos a&ntilde;os estuvieron marcados por la disciplina dom&eacute;stica y por una libertad reducida a causa de la carga laboral, aunque tambi&eacute;n por la m&uacute;sica y los cantos marineros que llenaban los bares en d&iacute;as de fiesta, alguna salida espor&aacute;dica al cine con su novio, y las clases particulares: matem&aacute;ticas con Trinidad, una ex religiosa, y costura por las tardes con la mujer de un guardia civil.
    </p><p class="article-text">
        En 1961, con dieciocho a&ntilde;os reci&eacute;n cumplidos, Mar&iacute;a Juana comenz&oacute; a trabajar en el Hospital Universitario Marqu&eacute;s de Valdecilla, en Santander. Entr&oacute; como sustituta en los comedores de internos y enfermeras, y resid&iacute;a en la cuarta planta del Pabell&oacute;n 19, todav&iacute;a regido por monjas. Adem&aacute;s del trabajo, ella y otras j&oacute;venes de Li&eacute;bana ten&iacute;an la costumbre de visitar a los paisanos hospitalizados sin familia cerca. &ldquo;Fueran mayores o j&oacute;venes, &iacute;bamos porque nos parec&iacute;a que estaban solos&rdquo;.
    </p><p class="article-text">
        Fue en una de esas visitas cuando conoci&oacute; a su futuro marido, Manuel Ib&aacute;&ntilde;ez (Li&eacute;bana, 1944&ndash;1990), ingresado tras un accidente laboral. De aquel gesto de acompa&ntilde;amiento naci&oacute; una relaci&oacute;n que se prolong&oacute; durante cuatro a&ntilde;os de noviazgo. En 1969 se casaron frente al mar santanderino, en la iglesia de San Roque, ciudad donde vivieron su primer a&ntilde;o de matrimonio. Al poco tiempo se mudaron a Torrelavega y en 1970 naci&oacute; su primera hija. En 1972, la segunda &mdash;&ldquo;nueva ilusi&oacute;n&rdquo;&mdash;, y en 1983 lleg&oacute; el &ldquo;peque&ntilde;&iacute;n de la casa&rdquo;, su &uacute;nico hijo var&oacute;n.
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        La vida de Mar&iacute;a Juana tambi&eacute;n estuvo marcada por la experiencia migratoria. Antes de casarse, interrumpi&oacute; sus a&ntilde;os en Valdecilla para trabajar m&aacute;s de un a&ntilde;o como ni&ntilde;era en Barcelona y en Santander, en casa de un familiar que hab&iacute;a hecho carrera en Venezuela. Tras el matrimonio, a finales de los sesenta, parti&oacute; con su marido a Alemania en el marco del convenio laboral hispano-alem&aacute;n. Manuel viaj&oacute; primero, junto a un grupo de c&aacute;ntabros contratados en la industria metal&uacute;rgica, y se aloj&oacute; en barracones hasta que la empresa les facilit&oacute; una vivienda.
    </p><p class="article-text">
        Ella se reuni&oacute; con &eacute;l meses despu&eacute;s, con una hija peque&ntilde;a y embarazada de la segunda. Se instalaron en Mantel, una peque&ntilde;a localidad b&aacute;vara, en el distrito de Neustadt an der Waldnaab (Oberpfalz) con tradici&oacute;n industrial. All&iacute; Manuel trabaj&oacute; en una f&aacute;brica de escaleras de m&aacute;rmol mientras Mar&iacute;a Juana sosten&iacute;a la casa y cuidaba de su familia. La vida transcurr&iacute;a entre el traj&iacute;n dom&eacute;stico, los encuentros con otras familias espa&ntilde;olas, la amistad cercana con un matrimonio &mdash;&eacute;l catal&aacute;n, ella alemana&mdash;, y el ritual de esperar cartas o acudir al &uacute;nico tel&eacute;fono del pueblo para hablar con los de casa. Mar&iacute;a Juana aprendi&oacute; a sostener la distancia con su tierra en un entorno alem&aacute;n distinto a la Espa&ntilde;a franquista que hab&iacute;a dejado atr&aacute;s.
    </p><p class="article-text">
        En 1976 regresaron a Cantabria y se hicieron cargo del Bar California, en el barrio de La Inmobiliaria de Torrelavega, una zona obrera entonces en plena expansi&oacute;n. Tres a&ntilde;os m&aacute;s tarde, en 1979, abrieron su primer negocio propio: el bar-churrer&iacute;a Traudy, situado en Nueva Ciudad. Al a&ntilde;o, Manuel impuls&oacute; la creaci&oacute;n de la Pe&ntilde;a Li&eacute;bana de Torrelavega, un espacio de encuentro para la comunidad lebaniega emigrada, donde se organizaban comidas, excursiones y se manten&iacute;a viva la memoria del valle en el coraz&oacute;n de la ciudad. Eran los a&ntilde;os en que Torrelavega era llamada la &ldquo;ciudad del d&oacute;lar&rdquo;: el dinamismo econ&oacute;mico atra&iacute;a a clientelas formadas por obreros de Solvay, Firestone y la mina de Reoc&iacute;n &mdash;explotada primero por la Real Compa&ntilde;&iacute;a Asturiana de Minas y despu&eacute;s por Asturiana de Zinc&mdash;. El bar se llenaba tambi&eacute;n con los habituales de los mercados y de los fines de semana. Los churros se convirtieron pronto en la se&ntilde;a de identidad del negocio y, entre el mostrador y el bullicio, crecieron sus tres hijos y, con el tiempo, sus seis nietos y nietas.
    </p><p class="article-text">
        En 1990 perdi&oacute; a Manuel en un accidente de tr&aacute;fico. Mar&iacute;a Juana ten&iacute;a 47 a&ntilde;os y el bar se convirti&oacute;, junto a sus hijas, hijo y su yerno, en sost&eacute;n y refugio. Se jubil&oacute; a los 65 a&ntilde;os pensando en el futuro de la familia, aunque reconoce que, por ella, &ldquo;hubiera seguido&rdquo;. 
    </p><p class="article-text">
        La jubilaci&oacute;n no signific&oacute; quietud. Entre las visitas a su familia, el yoga y el cuidado de un peque&ntilde;o huerto con gallinas en su pueblo, Mar&iacute;a Juana encontr&oacute; en el voluntariado de Cruz Roja un modo de mantener la utilidad que siempre busc&oacute;: en el ropero infantil de Torrelavega ordena ropa y acompa&ntilde;a, en compa&ntilde;&iacute;a de otras mujeres que tambi&eacute;n eligen estar activas.
    </p><p class="article-text">
        Hoy, con 82 a&ntilde;os, reparte su tiempo entre hijos, nietos, bisnietos y amistades tejidas en torno a la solidaridad. Mira el paso del tiempo con serenidad y sin dramatismos: &ldquo;Lo importante es sentirse bien y estar bien con lo que te rodea. Cumplir a&ntilde;os es mejor que no cumplirlos, aunque se note de un a&ntilde;o a otro. Procuro tener cuidado, seguir siendo &uacute;til y disfrutar de lo cotidiano, porque he sido feliz siempre, salvo en las malas circunstancias, y valoro lo que tengo&rdquo;.
    </p>]]></description>
      <dc:creator><![CDATA[Zhenya Popova Tikhonova]]></dc:creator>
      <guid isPermaLink="true"><![CDATA[https://www.eldiario.es/cantabria/blog/legado-cantabria/liebana-alemania-torrelavega-camino-ida-vuelta-maria-juana-gomez-gomez_1_13298392.html]]></guid>
      <pubDate><![CDATA[Sat, 13 Jun 2026 20:08:43 +0000]]></pubDate>
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      <title><![CDATA[Manuel Hoz Alonso o cómo “aprender la vida a pulso”]]></title>
      <link><![CDATA[https://www.eldiario.es/cantabria/blog/legado-cantabria/manuel-hoz-alonso-aprender-vida-pulso_1_13270971.html]]></link>
      <description><![CDATA[<p><img src="https://static.eldiario.es/clip/c824f883-adea-491f-bed5-790e252023a6_16-9-discover-aspect-ratio_default_0.jpg" width="1200" height="675" alt="Manuel Hoz Alonso o cómo “aprender la vida a pulso”"></p><div class="subtitles"><p class="subtitle">La posguerra dejó más que hambre. En la vida de Manuel Hoz dejó una ausencia: la detención de su padre, que marcó una infancia de caminos, noches a la intemperie y hambre; una juventud de trabajo, y una adultez de oficios extremos como la minería y la construcción. Esta es la historia de un superviviente.</p></div><p class="article-text">
        Hay vidas atravesadas por el rayo de la violencia. Esas vidas, cuando se sostienen, lo hacen a punta de tes&oacute;n y de aguante. No es justo, pero es. La existencia de Manuel Hoz ha sido as&iacute;. Lo que hiere, perdura, pero el af&aacute;n de sobrevivir parece ser incre&iacute;blemente m&aacute;s fuerte que los lastres con los que lo cargaron desde la infancia.
    </p><p class="article-text">
        Manuel Hoz Alonso naci&oacute; el 8 de agosto de 1933 en San Vitores, en el municipio de Medio Cudeyo, en el coraz&oacute;n de la comarca de Trasmiera, un territorio donde durante buena parte del siglo XX la vida se sosten&iacute;a sobre un equilibrio fr&aacute;gil entre la ganader&iacute;a, los peque&ntilde;os cultivos, las canteras, las yeseras y una miner&iacute;a dispersa que marc&oacute; profundamente el paisaje humano de la zona.
    </p><p class="article-text">
        Sus padres fueron Emilio Hoz Toyos, natural de San Vitores, e Isabel Alonso Alonso, procedente de Medio Cudeyo y con ra&iacute;ces familiares en la provincia de Burgos. Tuvieron doce hijos. Seis nacieron antes de la &ldquo;guerra entre hermanos&rdquo; y en medio de la represi&oacute;n que la sigui&oacute;; los otros seis llegar&iacute;an despu&eacute;s, cuando el padre logr&oacute; regresar a casa tras varios a&ntilde;os de ausencia forzada.
    </p><p class="article-text">
        La historia familiar qued&oacute; atravesada muy pronto por los acontecimientos de la Guerra de Espa&ntilde;a y la posguerra. Emilio Hoz fue detenido y enviado a un batall&oacute;n de trabajadores en Gallarta, en la cuenca minera de Vizcaya, donde permaneci&oacute; siete a&ntilde;os. Estos batallones disciplinarios, organizados por el r&eacute;gimen franquista desde 1937, empleaban a miles de prisioneros y represaliados pol&iacute;ticos en trabajos de miner&iacute;a, construcci&oacute;n o infraestructuras.&nbsp;En casa se hablaba poco de ello, pero el peso de aquellos a&ntilde;os estaba presente en todo: en la condena de la pobreza, en la incertidumbre y en la sensaci&oacute;n de haber quedado solos demasiado tiempo.
    </p><p class="article-text">
        En la casa de San Vitores quedaron una madre sola y seis hijos peque&ntilde;os, entre ellos Manuel, &ldquo;Lol&iacute;n&rdquo;. El hambre fue entonces parte del paisaje cotidiano que solo se calmaba con el racionamiento de la tienda de Pancho, en Omo&ntilde;o, y con los cultivos de peque&ntilde;as parcelas del monte comunal. Sobreviv&iacute;an con lo poco que pod&iacute;an obtener. La madre trabajaba para la familia Rucabado, vinculada a la explotaci&oacute;n del yeso de San Vitores, pero el sueldo no alcanzaba para alimentar a los suyos.
    </p><p class="article-text">
        Siendo ni&ntilde;o, Manuel recuerda c&oacute;mo recorr&iacute;a solo o con &Aacute;ngel, uno de sus hermanos al que ten&iacute;a &ldquo;por padre y hermano&rdquo;, los pueblos cercanos &mdash;Penagos, El Arenal, Llanos o El Condado&mdash; pidiendo algo de comida. Aquellas rutas infantiles de supervivencia terminaban incluso con noches durmiendo al aire libre, bajo carros o en soportales.
    </p><p class="article-text">
        La guerra, sin embargo, permanec&iacute;a envuelta en silencio dentro de la casa. Cuando su padre regres&oacute; del batall&oacute;n de trabajadores, hablaba poco de lo ocurrido. El miedo segu&iacute;a presente. A&ntilde;os despu&eacute;s Manuel lo resume as&iacute;: &ldquo;Vi cosas que no son para contarlas.&rdquo;
    </p><p class="article-text">
        Manuel quiere dejarlo claro: los siete a&ntilde;os que su familia pas&oacute; sin su padre &mdash;a&ntilde;os que causaron un profundo sufrimiento&mdash; nunca fueron devueltos por nadie. &ldquo;Ni por el tiempo ni por los gobiernos que llegaron despu&eacute;s&rdquo;. Una ausencia que se impuso entonces y cuya carga, dice, todav&iacute;a contin&uacute;a.
    </p><p class="article-text">
        El invierno de 1941 tambi&eacute;n qued&oacute; grabado en la memoria familiar. Aquel a&ntilde;o un fuerte temporal &mdash;recordado en Cantabria como el cicl&oacute;n de febrero del 41, que precedi&oacute; al gran incendio de Santander&mdash; arranc&oacute; el tejado de la casa familiar. Durante un tiempo la familia tuvo que trasladarse a vivir al palacio de Rioz, en Sobremazas, propiedad de la familia Rucabado, en la que continuaron residiendo. Tambi&eacute;n qued&oacute; el duelo por su hermana, Cuquina, a quien la &eacute;poca de la guerra dej&oacute; una salud delicada y a los catorce a&ntilde;os falleci&oacute; a causa de diviesos en la piel.
    </p><p class="article-text">
        El paso por la escuela de Manuel fue breve. Asisti&oacute; a la escuela de Valdecilla, donde destacaba en las cuentas y las matem&aacute;ticas; aunque, recuerda con humor, lo que &eacute;l aprendi&oacute; bien fue &ldquo;gram&aacute;tica parda y burrolog&iacute;a&rdquo;. Una pelea en la fila del comedor escolar fue el detonante para que abandonara definitivamente las clases. Ten&iacute;a menos de nueve a&ntilde;os. Aquello no era extra&ntilde;o en la Cantabria rural de los a&ntilde;os cuarenta: muchos ni&ntilde;os dejaban la escuela para empezar a trabajar. &ldquo;La cultura m&iacute;a ha sido la vida&rdquo;.
    </p><p class="article-text">
        A partir de ese momento tuvo que &mdash;como &eacute;l mismo dice&mdash; &ldquo;aprender la vida a pulso&rdquo;. Con apenas nueve a&ntilde;os comenz&oacute; a trabajar limpiando &ldquo;bo&ntilde;iga, ubres y pesebres&rdquo; en una finca de Sobremazas y poco despu&eacute;s pas&oacute; a servir como criado. Pas&oacute; trabajando por distintos pueblos de Trasmiera: Orejo, Galizano, Hoz de Anero y G&uuml;emes, y Cubas, a cambio de comida y un lugar donde dormir. Con diecinueve a&ntilde;os entr&oacute; al servicio de quien recuerda como el mejor &ldquo;amo&rdquo; que tuvo: el veterinario Jos&eacute; Ram&oacute;n Sarabia, jefe del ferial de Torrelavega, y su madre Carolina. En todos esos lugares pic&oacute; le&ntilde;a, cuid&oacute; ganado, seg&oacute; hierba, orde&ntilde;&oacute; vacas y realiz&oacute; todo tipo de trabajos del campo. A menudo descansaba en la cuadra, junto al ganado, en un rinc&oacute;n del establo. El d&iacute;a comenzaba al amanecer y terminaba cuando se recog&iacute;an los animales.
    </p><p class="article-text">
        Sus hermanas, como tantas j&oacute;venes de la &eacute;poca, empezaron a trabajar muy pronto. Sirvieron en casas y peque&ntilde;os negocios de la zona. En el caso de Lol&iacute;n, a finales de los a&ntilde;os cuarenta y comienzos de los cincuenta empez&oacute; a recibir peque&ntilde;os salarios por su trabajo en el campo. A los quince a&ntilde;os tuvo sus primeros zapatos.
    </p><p class="article-text">
        Uno de los recuerdos que conserva con mayor claridad corresponde a 1950, cuando se traslad&oacute; a P&aacute;manes para sustituir a un hermano que estaba realizando el servicio militar en Burgos. All&iacute; trabaj&oacute; en una explotaci&oacute;n vinculada a Marcela Lav&iacute;n, subiendo cada d&iacute;a hasta Rubalcaba para atender las vacas de una finca de quinientos carros de hierba. Su trabajo consist&iacute;a en cuidar el ganado, segar, orde&ntilde;ar y medir la leche destinada a la distribuci&oacute;n.
    </p><p class="article-text">
        M&aacute;s tarde pas&oacute; a trabajar para Venancia Merquiadis, que ten&iacute;a cuatro o cinco vacas y le pagaba quince duros al mes. Un d&iacute;a, mientras bajaba con la leche para entregarla al cami&oacute;n de recogida que recorr&iacute;a la ruta hacia La Penilla, el conductor &mdash;Pablo Baldor&mdash; le pregunt&oacute; cu&aacute;nto ganaba. Al o&iacute;r la cifra le propuso cambiar de casa, en Cubas, donde podr&iacute;a ganar quinientas pesetas al mes. Manuel subi&oacute; a la finca, avis&oacute; de que se marchaba y al d&iacute;a siguiente comenz&oacute; el nuevo trabajo. En el campo c&aacute;ntabro de entonces los cambios de casa eran frecuentes: si aparec&iacute;a un trabajo o un amo que pagaba algo mejor, se marchaba &ldquo;de ahora para luego&rdquo;, como se hac&iacute;a entonces.
    </p><p class="article-text">
        En aquellos a&ntilde;os de trabajo en Cubas conoci&oacute; a Laura Ortiz Sainz-Maza, una joven de diecisiete a&ntilde;os que viv&iacute;a en Salcedillo. Era primavera de 1952 y Manuel recuerda aquel instante con una precisi&oacute;n sencilla: antes siquiera de probar la sidra, lo primero que hizo fue mirarla. Aquella imagen qued&oacute; fijada en su memoria.
    </p><p class="article-text">
        El noviazgo dur&oacute; dos a&ntilde;os de visitas y exig&iacute;a paciencia y esfuerzo. Sub&iacute;a hacia La G&aacute;ndara de Soba y desde all&iacute; continuaba por los caminos de monta&ntilde;a hacia Las Machorras, hasta llegar a Lunada, donde viv&iacute;a ella. Aquellos trayectos pod&iacute;an durar varias horas andando. Pero en aquellos a&ntilde;os las distancias &mdash;y los tiempos&mdash; se med&iacute;an de otra manera.
    </p><p class="article-text">
        El 19 de marzo de 1954 comenz&oacute; el servicio militar obligatorio en Vitoria, en el cuartel de artiller&iacute;a 46 de Vitoria. Todav&iacute;a conserva el billete de 5 pesetas que le dieron en El Alta de Santander para el viaje. Lleg&oacute; a ser cabo de reemplazo, despu&eacute;s de superar los ex&aacute;menes necesarios. Para Manuel fueron dos a&ntilde;os &ldquo;sin sueldo&rdquo;, tiempo perdido en t&eacute;rminos econ&oacute;micos.
    </p><p class="article-text">
        Tras regresar del servicio militar, Manuel decidi&oacute; buscar un trabajo estable para poder casarse. Lo primero que hizo fue encargar el traje de boda a un sastre, pero para pagarlo necesitaba un salario fijo. Su primer empleo lleg&oacute; en la mina de Ibarburi, en Heras, donde el trabajo se pagaba a destajo: cinco pesetas por tonelada de material extra&iacute;do. Entre tres hombres pod&iacute;an sacar en una jornada alrededor de ciento doce toneladas de material. El trabajo era duro, pero se pagaba mejor que en el campo.
    </p><p class="article-text">
        A partir de entonces comenz&oacute; una larga etapa ligada a la miner&iacute;a de la comarca de Trasmiera, una actividad m&aacute;s modesta que la de las grandes cuencas mineras del norte, pero que durante d&eacute;cadas dio trabajo a numerosos vecinos. Manuel pas&oacute; por distintas explotaciones: la mina Farmacia, en el entorno del pantano de Heras, Elechino, El Sedo, y la mina de La Concha, en Villanueva de Villaescusa. En aquellas minas cargaba mineral, perforaba barrenos y manejaba explosivos, oficios duros que exig&iacute;an fuerza, destreza y experiencia.
    </p><p class="article-text">
        Tambi&eacute;n trabaj&oacute; en canteras. En Igollo de Camargo abri&oacute; junto a un amigo una peque&ntilde;a explotaci&oacute;n que recuerda como la cantera de &ldquo;Chacarra&rdquo;, de la que sacaban piedra para obras de la zona. Trabaj&oacute; igualmente en otra cantera de donde se extra&iacute;a piedra destinada a la construcci&oacute;n de carretera hacia Santander.
    </p><p class="article-text">
        Su trayectoria laboral tambi&eacute;n conoci&oacute; la yesera de la familia Rucabado, en San Vitores, donde trabaj&oacute; durante dos a&ntilde;os. El ritmo era extenuante: cada jornada pod&iacute;an llegar a sacar y cargar hasta novecientos sacos de yeso de veinticinco kilos. M&aacute;s tarde continu&oacute; en esa misma yesera cuando pas&oacute; a manos de nuevos propietarios, con un salario de unas cuatrocientas pesetas semanales.
    </p><p class="article-text">
        Manuel altern&oacute; estos trabajos con otros oficios vinculados a la construcci&oacute;n. Pas&oacute; adem&aacute;s por la empresa Elsan, dedicada al asfaltado y vinculada a obras p&uacute;blicas en colaboraci&oacute;n con compa&ntilde;&iacute;as como Dragados y Construcciones, donde trabaj&oacute; en tareas relacionadas con carreteras y movimiento de materiales. Trabaj&oacute; para el constructor J. Santos, sacando arena y cargando camiones en una sola jornada. Y cuando terminaba el d&iacute;a todav&iacute;a encontraba ocasiones para ganar unas pesetas m&aacute;s: dos veces por semana cargaba camiones de carb&oacute;n en Solares para dos carboneros de la zona. Tambi&eacute;n particip&oacute; en la excavaci&oacute;n de pozos de agua en Orejo y en Farmacia.
    </p><p class="article-text">
        A sus 92 a&ntilde;os, dice, &ldquo;las fechas ya no importan demasiado&rdquo;: en su biograf&iacute;a faltan a veces a&ntilde;os exactos y cronolog&iacute;as precisas; los recuerdos aparecen sin calendario, tal como quedaron guardados en la memoria.
    </p><p class="article-text">
        La que s&iacute; mantiene clara &mdash;y que fue el origen de todo su esfuerzo&mdash; es la de septiembre de 1956, cuando se cas&oacute; en Las Machorras, en Espinosa de los Monteros, &ldquo;con una mano delante y otra detr&aacute;s&rdquo;, como &eacute;l mismo dice. Ella le respondi&oacute; que ir&iacute;a con &eacute;l &ldquo;donde hiciera falta&rdquo;.
    </p><p class="article-text">
        La boda sigui&oacute; el ritual habitual de la &eacute;poca: las proclamas matrimoniales le&iacute;das en la parroquia durante tres meses seguidos, los domingos. La v&iacute;spera, Laura prepar&oacute; una comida para once familiares cercanos. Al d&iacute;a siguiente bajaron, se casaron y regresaron a casa. &ldquo;Ese fue nuestro viaje de novios&rdquo;, dice Manuel.
    </p><p class="article-text">
        Ese a&ntilde;o compr&oacute; un reba&ntilde;o de ovejas en San Pedro del Romeral, en los montes pasiegos. Y a los d&iacute;as lo baj&oacute; al monte de Cab&aacute;rceno, donde continu&oacute; con el ganado un a&ntilde;o m&aacute;s, hasta venderlo. Laura lo acompa&ntilde;&oacute; a pie embarazada del hijo mayor. 
    </p><figure class="embed-container embed-container--type-youtube ratio">
    
                    
                            
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            </figure><p class="article-text">
        Entre 1957 y 1961 tuvieron dos hijos y una hija y formaron una familia &ldquo;inmejorable&rdquo;. Aunque tambi&eacute;n conocieron p&eacute;rdidas muy duras: otro hijo muri&oacute; con dos d&iacute;as y otra hija falleci&oacute; antes de nacer. Manuel habla de esas heridas que nunca terminan de cicatrizar, con la serenidad de quien ha atravesado muchas etapas de la vida.
    </p><p class="article-text">
        Por entonces viv&iacute;an de alquiler en Sobremazas, donde permanecieron cuatro a&ntilde;os, hasta poder levantar su propia casa. Hubo tambi&eacute;n momentos dif&iacute;ciles, como el asalto que sufri&oacute; su vivienda, cuando unos ladrones entraron y mantuvieron a su mujer retenida.
    </p><p class="article-text">
        La vida tambi&eacute;n le puso delante algunas batallas con la salud. La neumon&iacute;a y la tuberculosis, despu&eacute;s de los a&ntilde;os de trabajo en la mina, la diabetes y otros achaques fueron dejando su huella. Durante un tiempo incluso la sangre aparec&iacute;a al toser, pero sigui&oacute; adelante, como tantos de su generaci&oacute;n, acostumbrados a resistir sin hacer demasiado ruido. Siempre recuerda tambi&eacute;n a los m&eacute;dicos que le salvaron la vida: Zabaleta y Pelayo con su equipo. 
    </p><p class="article-text">
        Como padre de familia, dice que nunca tuvo vacaciones. Tras dedicarse durante a&ntilde;os a la miner&iacute;a, pas&oacute; a trabajar en la construcci&oacute;n. Era un trabajo f&iacute;sico y exigente: ayud&oacute; a levantar los pisos que hoy ve desde la ventana de su habitaci&oacute;n, encarg&aacute;ndose de los encofrados. M&aacute;s tarde prefiri&oacute; cambiar de trabajo. Durante medio a&ntilde;o trabaj&oacute; tambi&eacute;n en la construcci&oacute;n de la empresa americana de Gajano, la f&aacute;brica de Calatrava. All&iacute; clavaba pivotes en la mar y trabajaban &mdash;como &eacute;l recuerda&mdash; &ldquo;a cuarenta y dos metros de altura&rdquo;, montando estructuras y conducciones del nuevo complejo industrial que empezaba a levantarse en la bah&iacute;a. Lo recuerda como el empleo mejor remunerado que tuvo. 
    </p><p class="article-text">
        Su vida laboral termin&oacute; en la f&aacute;brica de agua mineral de Solares, donde trabaj&oacute; durante unos catorce a&ntilde;os en diferentes puestos del proceso de embotellado. Las m&aacute;quinas no se deten&iacute;an: las botellas pasaban a gran velocidad por las cintas transportadoras y los trabajadores deb&iacute;an mantener un ritmo constante de producci&oacute;n de &ldquo;novecientas botellas a la hora&rdquo;. Fue un trabajo largo y exigente, que con el tiempo termin&oacute; afectando a su salud y no fue reconocido como merec&iacute;a desde el punto de vista legal. Finalmente, tuvo que jubilarse antes de lo previsto.
    </p><p class="article-text">
        Hoy, despu&eacute;s de 92 a&ntilde;os de camino recorrido, Manuel sigue se&ntilde;alando a Laura como una de las grandes columnas de su historia. Llevan m&aacute;s de setenta a&ntilde;os juntos y &eacute;l dice que &ldquo;no quiere vivir sin ella ni un minuto&rdquo;. La vida los ha llevado a trasladarse &mdash;desde el 21 de mayo de 2025&mdash; a la residencia de Solares, donde ambos cuentan con los cuidados que necesitan; &eacute;l lo llama, de alg&uacute;n modo, un nuevo &ldquo;viaje de novios&rdquo;. Estar all&iacute; tiene un sentido claro: seguir acompa&ntilde;&aacute;ndose ahora que Laura necesita m&aacute;s cuidado que nunca.
    </p><p class="article-text">
        Cuando mira atr&aacute;s, Manuel no se averg&uuml;enza de lo que fue ni de lo que hizo. Recuerda al ni&ntilde;o que pidi&oacute; comida por los pueblos y durmi&oacute; en la calle; al muchacho que empez&oacute; a trabajar muy joven hasta ganar quinientas pesetas; al minero, al obrero, al trabajador que aprendi&oacute; los oficios sobre la marcha.
    </p><p class="article-text">
        Pero tambi&eacute;n recuerda lo que consigui&oacute; levantar con ese esfuerzo: trabajo tras trabajo, casa tras casa, hasta ver crecer a sus hijos. Levant&oacute; una vida &mdash;dice&mdash; &ldquo;para escribir un libro&rdquo; y una familia de la que se siente profundamente orgulloso. No se detiene en los golpes ni en el cansancio, sino en el resultado: haber sacado adelante y educado a los suyos. Ah&iacute; reconoce hoy la medida de su vida.
    </p>]]></description>
      <dc:creator><![CDATA[Zhenya Popova Tikhonova]]></dc:creator>
      <guid isPermaLink="true"><![CDATA[https://www.eldiario.es/cantabria/blog/legado-cantabria/manuel-hoz-alonso-aprender-vida-pulso_1_13270971.html]]></guid>
      <pubDate><![CDATA[Sat, 06 Jun 2026 20:09:07 +0000]]></pubDate>
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      <media:title><![CDATA[Manuel Hoz Alonso o cómo “aprender la vida a pulso”]]></media:title>
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    </item>
    <item>
      <title><![CDATA[José Antonio Celis Díaz: una vida contra “los tiempos oscuros”]]></title>
      <link><![CDATA[https://www.eldiario.es/cantabria/blog/legado-cantabria/jose-antonio-celis-diaz-vida-tiempos-oscuros_1_13259252.html]]></link>
      <description><![CDATA[<p><img src="https://static.eldiario.es/clip/fd6fcea7-0c88-4d5d-b2d2-27e56867222b_16-9-discover-aspect-ratio_default_0.jpg" width="1200" height="675" alt="José Antonio Celis Díaz: una vida contra “los tiempos oscuros”"></p><div class="subtitles"><p class="subtitle">Dice que hoy se siente “lustroso”. La palabra le sienta bien: ha atravesado el daño sin apagarse; al contrario, ha aprendido a brillar de muchos modos. Nació en Los Corrales de Buelna en una España en la que muchas formas de diferencia se vivían en silencio. Desde entonces, buena parte de su vida ha consistido en hacer lo contrario: sacar a la luz, restaurar, cantar, amar, convertir en belleza aquello que parecía destinado al silencio.</p></div><p class="article-text">
        Jos&eacute; Antonio Celis D&iacute;az naci&oacute; el 10 de junio de 1953 en una Espa&ntilde;a todav&iacute;a atravesada por la posguerra y plenamente instalada en la dictadura franquista. Su biograf&iacute;a hunde las ra&iacute;ces en Los Corrales de Buelna, en la comarca del Besaya, un territorio definido durante d&eacute;cadas por la industria metal&uacute;rgica, la cultura del trabajo fabril, y una organizaci&oacute;n social fuertemente jerarquizada.
    </p><p class="article-text">
        Crecer all&iacute;, en los a&ntilde;os cincuenta y sesenta, implicaba hacerlo bajo una moral conservadora, con roles de g&eacute;nero r&iacute;gidos y con escaso margen para la diferencia. Ese contexto hist&oacute;rico no es un tel&oacute;n de fondo neutro: es una estructura que condiciona silenciosamente la construcci&oacute;n de la identidad.
    </p><p class="article-text">
        A los tres a&ntilde;os, tras el nacimiento de su hermano, Jos&eacute; Antonio fue llevado a vivir con sus abuelos maternos. Permaneci&oacute; con ellos hasta los nueve a&ntilde;os, un tiempo que considera clave en la formaci&oacute;n de sus v&iacute;nculos afectivos. Aunque ve&iacute;a a sus padres a diario, no crecer bajo su mismo techo dej&oacute; en &eacute;l una marca silenciosa. 
    </p><p class="article-text">
        La familia materna fue el n&uacute;cleo estructurante de su infancia. Su abuelo, Luis D&iacute;az D&iacute;az, conocido en el entorno como &ldquo;Vargas&rdquo;, trabajaba como alba&ntilde;il en el horno de acero de Corrales. Su abuela, Amelia Mu&ntilde;oz, oriunda de Cieza, aparece como una figura de fuerte presencia, sost&eacute;n dom&eacute;stico y referencia cotidiana. En ese espacio se configur&oacute; una suerte de matriarcado pr&aacute;ctico, no ideologizado pero s&iacute; real en la distribuci&oacute;n de afectos y autoridad cotidiana. 
    </p><p class="article-text">
        Creci&oacute; en Los Corrales de Buelna, escuchando desde peque&ntilde;o los relatos de su abuela Amelia, de su madre y de sus t&iacute;as sobre represalias, c&aacute;rcel y exilio interior. La memoria de la guerra no era un cap&iacute;tulo cerrado: era una herencia cotidiana. 
    </p><p class="article-text">
        La econom&iacute;a familiar se sosten&iacute;a con una tienda-bar ultramarinos, un negocio similar al que hab&iacute;an tenido sus abuelos en Cieza. En un pueblo donde alrededor del noventa por ciento de la poblaci&oacute;n trabajaba en Nueva Monta&ntilde;a Quijano, quienes no estaban en la f&aacute;brica eran agricultores, transportistas o tenderos. Y los tenderos &mdash;como &eacute;l mismo lo formula&mdash; eran &laquo;los tuertos en el pa&iacute;s de los ciegos&raquo;: una incipiente burgues&iacute;a en una Espa&ntilde;a todav&iacute;a recuper&aacute;ndose de la devastaci&oacute;n. La tienda daba estabilidad y permit&iacute;a vivir con cierta holgura, pero tambi&eacute;n exig&iacute;a trabajo. Celis trabaj&oacute; desde peque&ntilde;o en el negocio familiar. 
    </p><p class="article-text">
        La infancia transcurri&oacute; entre el peso de la tradici&oacute;n, un &aacute;mbito dom&eacute;stico sostenido por mujeres fuertes y un entorno fabril profundamente masculinizado. En ese contexto comenz&oacute; a percibirse diferente. A esa sensaci&oacute;n se sumaron experiencias de abuso tempranas que dejaron una marca en su relaci&oacute;n con el cuerpo. No encajaba del todo en el modelo de masculinidad dominante y esa percepci&oacute;n temprana se viv&iacute;a con discreci&oacute;n. En una Espa&ntilde;a donde la homosexualidad segu&iacute;a penalizada y estigmatizada, reconocerse como hombre gay implicaba silencio y cautela. No hab&iacute;a referentes ni palabras p&uacute;blicas para nombrarlo. La diferencia se atravesaba en soledad. Una soledad que muchas veces combat&iacute;a con la burla, con la tristeza de una infancia que no encaja y de una identidad que era un &lsquo;problema&rsquo; para sus padres y para su entorno. &ldquo;Podr&iacute;a decir que no tuve una infancia feliz&rdquo;.
    </p><figure class="embed-container embed-container--type-youtube ratio">
    
                    
                            
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            </figure><p class="article-text">
        En materia educativa, su trayectoria refleja la estructura social de la &eacute;poca. En Los Corrales curs&oacute; la primaria, a finales de los a&ntilde;os cincuenta, en las Escuelas Nacionales, dentro del sistema reglado del franquismo. A comienzos de los a&ntilde;os sesenta realiz&oacute; el ingreso y curs&oacute; primero, segundo, tercero y cuarto de Bachillerato Elemental, con su correspondiente rev&aacute;lida, en lo que en Corrales se conoc&iacute;a simplemente como &ldquo;el instituto&rdquo;: un colegio menor creado por Falange. Para completar el Bachillerato Superior se desplazaba diariamente a Torrelavega. En un municipio donde muchos j&oacute;venes abandonaban pronto los estudios para incorporarse a la f&aacute;brica, continuar form&aacute;ndose no era lo habitual. El bachillerato &mdash;y m&aacute;s a&uacute;n la universidad&mdash; estaba m&aacute;s asociado, como &eacute;l mismo se&ntilde;ala, a &ldquo;hijos de tenderos&rdquo; o familias con cierta estabilidad econ&oacute;mica. &laquo;Los universitarios de mi generaci&oacute;n en el pueblo deb&iacute;amos ser poqu&iacute;simos&raquo;. Para Jos&eacute; Antonio ir a estudiar tambi&eacute;n fue el camino para huir de un pueblo que &eacute;l relaciona con la opresi&oacute;n, &laquo;una tabla de salvaci&oacute;n a la que me agarr&eacute; como pude&raquo;.
    </p><p class="article-text">
        A finales de los a&ntilde;os sesenta, en un pa&iacute;s que comenzaba a experimentar tensiones entre tradici&oacute;n y modernidad, la lectura y el pensamiento se convirtieron para &eacute;l en refugio y herramienta. Comprender el mundo era tambi&eacute;n una forma de comprenderse. As&iacute;, el deseo de ampliar horizontes y la necesidad de poner distancia respecto a su pueblo lo llev&oacute; a estudiar Filosof&iacute;a y Letras en Valladolid en 1971, en los &uacute;ltimos a&ntilde;os del franquismo. Valladolid represent&oacute;, en sus palabras, una liberaci&oacute;n: excursiones al Pinar de Antequera, discotecas, vida compartida en pisos de estudiantes y, sobre todo, la autonom&iacute;a. Cuando regresaba a Corrales durante las vacaciones sent&iacute;a una extra&ntilde;eza creciente, casi un desajuste: &laquo;&iquest;qu&eacute; pinto yo all&iacute;?&raquo;. 
    </p><p class="article-text">
        La universidad no solo ampli&oacute; su horizonte intelectual; le permiti&oacute; mirarse desde fuera. Valladolid ofrec&iacute;a un ambiente m&aacute;s plural que el de su localidad de origen. Tras la muerte de Franco en 1975, el clima universitario se volvi&oacute; a&uacute;n m&aacute;s efervescente: las huelgas interrump&iacute;an el calendario acad&eacute;mico, los debates pol&iacute;ticos ocupaban aulas y pasillos y la democracia comenzaba a imaginarse como posibilidad real. En ese contexto, su identidad encontr&oacute; mayores m&aacute;rgenes de afirmaci&oacute;n. Sin embargo, el proceso no fue lineal: la apertura social avanzaba a ritmos desiguales y la visibilidad LGTBIQ+ segu&iacute;a siendo fr&aacute;gil. De hecho, incluso entre las izquierdas. &laquo;Para los comunistas espa&ntilde;oles la homosexualidad era un vicio de la burgues&iacute;a&raquo; as&iacute; que le toc&oacute; vivir esos tiempos de efervescencia como&laquo;espectador de todo aquello&raquo;.
    </p><p class="article-text">
        Tras finalizar sus estudios &mdash;a mediados de los a&ntilde;os setenta&mdash; regres&oacute; a Los Corrales de Buelna por una raz&oacute;n estrictamente familiar. Ese mismo a&ntilde;o su hermano deb&iacute;a incorporarse al servicio militar. &Eacute;l, sin embargo, se libr&oacute; por miop&iacute;a severa &mdash;catorce dioptr&iacute;as en cada ojo&mdash;. En un pa&iacute;s donde la mili era todav&iacute;a el rito que convert&iacute;a a los ni&ntilde;os en hombres, no hacerla tambi&eacute;n lo situaba en un lugar singular. &laquo;Yo no tuve vocaci&oacute;n de hacerme hombre&raquo;, dice con iron&iacute;a. Mientras su hermano part&iacute;a al servicio militar, &eacute;l trabajaba en el negocio familiar. Adem&aacute;s de la tienda, la familia gestionaba un cebadero de terneros con alrededor de 160 animales. Alguien ten&iacute;a que hacerse cargo. Y fue &eacute;l. Durante un a&ntilde;o ejerci&oacute; como ganadero, asumiendo un trabajo f&iacute;sicamente exigente que no deseaba, pero que cumpli&oacute; por responsabilidad.
    </p><p class="article-text">
        Luego comenz&oacute; una nueva etapa en Santander con su prima Almudena. Jos&eacute; Antonio comenz&oacute; a trabajar en la Academia Poza (Torrelavega), donde durante cinco cursos prepar&oacute; al alumnado de Magisterio. En 1982 pas&oacute; al Colegio Tagore de Santander, un centro privado situado en un chal&eacute; del Alto Miranda. Permaneci&oacute; all&iacute; hasta 1991. Su manera de ense&ntilde;ar se alejaba de la memorizaci&oacute;n mec&aacute;nica: insist&iacute;a en el m&eacute;todo, en los esquemas y en la estructura del pensamiento. Lo esencial &mdash;defend&iacute;a&mdash; no era acumular contenidos, sino aprender a estudiar y a pensar con autonom&iacute;a.
    </p><p class="article-text">
        El cierre del Tagore &mdash;debido a la decisi&oacute;n de la propietaria de vender el edificio&mdash; marc&oacute; un punto de inflexi&oacute;n. Pas&oacute; despu&eacute;s al colegio Dickens durante dos a&ntilde;os, una etapa menos af&iacute;n a su manera de entender la ense&ntilde;anza, tras la que decidi&oacute; cerrar definitivamente su ciclo en la docencia reglada. Siguieron dos a&ntilde;os en situaci&oacute;n de desempleo que &eacute;l resume con una expresi&oacute;n muy suya: &laquo;para aprender lo que vale un peine, lamerse las heridas, caer al pozo y buscar la salida del ave F&eacute;nix&raquo;. 
    </p><p class="article-text">
        La inclinaci&oacute;n hacia el trabajo con la madera ven&iacute;a de mucho antes. Ya en Valladolid, durante los a&ntilde;os universitarios, hab&iacute;a comenzado a intervenir muebles y a experimentar con el ensamblaje. No era todav&iacute;a un proyecto profesional, sino una necesidad &iacute;ntima: transformar el espacio habitado, hacerlo propio y, al mismo tiempo, resolver con ingenio la falta de recursos. De regreso a Cantabria, mientras ejerc&iacute;a como docente, mantuvo esa pr&aacute;ctica en paralelo. Adem&aacute;s, realiz&oacute; durante cinco a&ntilde;os estudios en una academia de Santander y super&oacute; una exigente rev&aacute;lida que le otorg&oacute; el t&iacute;tulo de Dise&ntilde;ador de Interiores por la Escuela de Artes y Oficios Art&iacute;sticos de Oviedo. 
    </p><p class="article-text">
        En 1996 abri&oacute; en Astillero la tienda&ndash;taller A de C (Antonio de Celis), iniciando una nueva etapa profesional en un espacio que combinaba restauraci&oacute;n, dise&ntilde;o y clases pr&aacute;cticas. Restaurar muebles implicaba dialogar con el pasado material, comprender t&eacute;cnicas tradicionales y devolver funcionalidad a objetos cargados de memoria. Con el tiempo, la restauraci&oacute;n deriv&oacute; en ensamblaje art&iacute;stico: la madera dej&oacute; de ser solo soporte para convertirse en relato. Bibliotecas que evocan la infancia, columnas construidas con restos, camas que dialogan con la literatura cervantina. La dimensi&oacute;n p&uacute;blica de su obra se consolid&oacute; especialmente a partir de la d&eacute;cada de 2010.
    </p><p class="article-text">
        En abril de 2016 present&oacute; en el Centro Cultural Doctor Madrazo (Santander) la exposici&oacute;n <em>Reflexiones sobre el barroco</em>, vinculada a La Nave de Euterpe, asociaci&oacute;n cultural con sede en B&aacute;rcena de Pie de Concha en la que participa activamente. En mayo de 2023 regres&oacute; al Doctor Madrazo con <em>Colores del alma</em>. Especial relevancia adquiere el proyecto <em>No desaparecen</em>, presentado en la Sala Bret&oacute;n de Astillero y en el Centro Cultural Doctor Madrazo, una serie de ensamblajes inspirados en <em>Don Quijote de la Mancha</em>. 
    </p><p class="article-text">
        En paralelo, la m&uacute;sica ocup&oacute; un lugar significativo en su vida. Desde comienzos de los a&ntilde;os ochenta comenz&oacute; a cantar copla en p&uacute;blico bajo el nombre de To&ntilde;o de Celis, ofreciendo su primer concierto en Santander en esa d&eacute;cada. El escenario fue, desde el inicio, algo m&aacute;s que una actividad cultural: un espacio de comunidad y de afirmaci&oacute;n de la voz propia. Entre sus actuaciones m&aacute;s recientes destaca <em>Noche de copla</em>, presentada en 2021 en el Museo Etnogr&aacute;fico Casa de las Do&ntilde;as (Enterr&iacute;as, Vega de Li&eacute;bana), acompa&ntilde;ado al piano por Marta Guti&eacute;rrez Os&eacute;s.
    </p><p class="article-text">
        En 1982 se incorpor&oacute; a la Coral de Santander, donde permaneci&oacute; durante catorce a&ntilde;os en la cuerda de tenores. 
    </p><p class="article-text">
        Celis se jubil&oacute; a los 65 a&ntilde;os, en diciembre de 2018. Tras el periodo de confinamiento derivado de la COVID-19 y algunas colaboraciones puntuales &mdash;como un taller de cer&aacute;mica junto a <a href="https://legadocantabria.org/pilar-blanco-puente/" target="_blank" data-mrf-recirculation="links-noticia" class="link">Pilar Blanco Puente</a>&mdash; mantiene activo su taller dom&eacute;stico, y con &eacute;l la dimensi&oacute;n creativa y social que le ha acompa&ntilde;ado toda su biograf&iacute;a.
    </p><p class="article-text">
        Si la familia biol&oacute;gica marc&oacute; su infancia, los v&iacute;nculos elegidos han definido su vida adulta. &ldquo;Pr&aacute;cticamente lo que soy se lo debo a mis amigos&rdquo;, afirma. Fue a ellos a quienes comenz&oacute; a contar aquello que durante a&ntilde;os hab&iacute;a permanecido en silencio.
    </p><p class="article-text">
        Desde hace casi cuarenta a&ntilde;os vive en Santiago de Cudeyo con Pilar, en la casa que ambos construyeron. Aquella obra, levantada con esfuerzo compartido, dio forma a una convivencia sostenida en la amistad y el apoyo mutuo, una forma de familia elegida.
    </p><p class="article-text">
        M&aacute;s recientemente, hace doce a&ntilde;os, apareci&oacute; Santiago en su vida. &laquo;Es lo m&aacute;s importante que me ha pasado en mucho tiempo&raquo;, reconoce. Con &eacute;l encontr&oacute; no solo pareja, sino una relaci&oacute;n vivida sin reservas y asentada en el afecto.
    </p><p class="article-text">
        Mirar su recorrido implica situarlo en una transformaci&oacute;n hist&oacute;rica m&aacute;s amplia. Naci&oacute; en una dictadura que penalizaba la diversidad sexual y vive en una sociedad que ha reconocido derechos antes impensables. Ha transitado del silencio impuesto a la posibilidad de narrarse con mayor libertad, aunque advierte que &ldquo;los tiempos oscuros pueden volver&rdquo;. 
    </p><p class="article-text">
        Su trayectoria no es lineal, sino persistente: convertir la sensibilidad en oficio, el pensamiento en pr&aacute;ctica cotidiana, la amistad en sost&eacute;n y los restos del pasado en memoria viva. Es una vida construida sin estridencias, pero sin renuncias.
    </p>]]></description>
      <dc:creator><![CDATA[Zhenya Popova Tikhonova]]></dc:creator>
      <guid isPermaLink="true"><![CDATA[https://www.eldiario.es/cantabria/blog/legado-cantabria/jose-antonio-celis-diaz-vida-tiempos-oscuros_1_13259252.html]]></guid>
      <pubDate><![CDATA[Sat, 30 May 2026 20:12:44 +0000]]></pubDate>
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      <media:title><![CDATA[José Antonio Celis Díaz: una vida contra “los tiempos oscuros”]]></media:title>
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    </item>
    <item>
      <title><![CDATA[Herminia Merino Arroyo: una vida entre dos países]]></title>
      <link><![CDATA[https://www.eldiario.es/cantabria/blog/legado-cantabria/herminia-merino-arroyo-vida-paises_1_13234990.html]]></link>
      <description><![CDATA[<p><img src="https://static.eldiario.es/clip/ace66953-2c25-4668-babd-c585d23946f7_16-9-discover-aspect-ratio_default_0.jpg" width="1200" height="675" alt="Herminia Merino Arroyo: una vida entre dos países"></p><div class="subtitles"><p class="subtitle">Falleció el pasado 15 de mayo, en París. Había nacido el 31 de julio de 1930 en Valencia, pero su vida no cabe en un solo lugar. Niña del Cabanyal, hija de la guerra, muchacha de Bustillo del Monte en la posguerra, trabajadora en Madrid o en Valencia, emigrante en París... Fue trabajadora doméstica y mujer capaz de defender su dignidad en cada escalera. Fue mujer de cartas, de memoria y de poesía. Mujer de memoria viva y palabras claras.</p></div><p class="article-text">
        Su historia comienza junto al mar de Valencia, en el barrio marinero del Cabanyal. All&iacute; Herminia recordaba una primera infancia feliz. Contaba que su madre no la encontr&oacute; guapa al verla por primera vez: &ldquo;Parece que ten&iacute;a pelos por todos los sitios, juntaba la cabeza con las cejas&rdquo;. Despu&eacute;s, a&ntilde;ad&iacute;a con picard&iacute;a: &ldquo;Pero luego, fui una ni&ntilde;a muy guapa. Tengo fotos que lo atestiguan&rdquo;. Su padre la llevaba en bicicleta al cine infantil y la dejaba all&iacute; una hora, confiado, mientras ella miraba aquellas pel&iacute;culas con &ldquo;el gato Periquito&rdquo;, como dec&iacute;a su madre. Conservaba tambi&eacute;n el recuerdo de la escuela con las monjas y de haber aprendido a leer y escribir all&iacute;.
    </p><p class="article-text">
        Entonces lleg&oacute; la guerra. La familia tuvo que desplazarse a las afueras, al campo. Su madre estaba embarazada de su hermano Pepe, el segundo de los cinco hermanos, nacido en enero de 1938, en plena contienda. Herminia recordaba los bombardeos desde el cuerpo: los perros que aullaban antes de que nadie oyera los aviones, el refugio, el miedo de las madres, el mar ardiendo cuando bombardearon los dep&oacute;sitos de combustible de la Campsa. &ldquo;A m&iacute; me dura a&uacute;n lo de la guerra&rdquo;, dec&iacute;a. Y lo explicaba con un gesto cotidiano: nunca se pon&iacute;a de noche junto a una ventana iluminada. 
    </p><p class="article-text">
        La guerra termin&oacute; y sus vidas cambiaron: a su padre, guardia municipal, lo expulsaron del cuerpo por &ldquo;desafecto al r&eacute;gimen&rdquo;. Sin trabajo ni horizonte en Valencia, regresaron a Valderredible, al pueblo de origen. Herminia ten&iacute;a nueve a&ntilde;os cuando pis&oacute; por primera vez Bustillo del Monte. All&iacute; empezaron de cero, con unas ovejas prestadas por los abuelos, unas tierras pobres, trigo, patatas, fr&iacute;o, trabajo y una dignidad sostenida a fuerza de no rendirse.
    </p><p class="article-text">
        La posguerra fue el tiempo del hambre y de la astucia. Herminia ayudaba a su madre mientras su padre pasaba inviernos a kil&oacute;metros, en Bizkaia, para ganar algo de dinero. Recordaba entonces ir de noche al molino, cargando trigo propio como si fuera robado. Recordaba tambi&eacute;n aquel viaje en tren con harina trabajada por la familia, cuando los guardias requisaron los sacos. Ella ten&iacute;a 16 a&ntilde;os. Baj&oacute; al and&eacute;n, esper&oacute; a que los agentes pasaran a otro vag&oacute;n, cogi&oacute; su saco y lo volvi&oacute; a subir. &ldquo;Yo salv&eacute; mi harina. Y de eso estoy orgullosa&rdquo;, contaba. En ese gesto estaba ya una mujer peque&ntilde;a ante la Historia.
    </p><p class="article-text">
        Herminia fue a la escuela en Bustillo hasta los 14 a&ntilde;os. Recordaba a do&ntilde;a Victoria, a don Sim&oacute;n, a don Anastasio. Recordaba la escuela como algo m&aacute;s que un aula: all&iacute; se reun&iacute;a el Concejo, all&iacute; se organizaban los trabajos del pueblo, all&iacute; tambi&eacute;n cab&iacute;an las comedias, los bailes, las palabras aprendidas de memoria. Todav&iacute;a recitaba, d&eacute;cadas despu&eacute;s, poes&iacute;as aprendidas. 
    </p><p class="article-text">
        Esa memoria oral de Herminia no era solo recuerdo. Era archivo vivo. En su voz aparec&iacute;an la guerra, el estraperlo, la escuela, las campanas, las mujeres hilando lana, los hombres y los trabajos del Concejo, los bailes, los miedos, la moral de una &eacute;poca, la pobreza y riqueza rural y tambi&eacute;n el orgullo de haber sabido hacer de todo. &ldquo;&iexcl;C&oacute;mo ha cambiado la vida! Yo, claro, tengo una larga vida, pero de estar que no ten&iacute;amos ni luz el&eacute;ctrica ni agua, aqu&iacute; en Bustillo, no hab&iacute;a ni luz ni agua. Y ahora f&iacute;jese, hay internet en Bustillo&rdquo;, dec&iacute;a, asombrada ante el tama&ntilde;o del siglo que le hab&iacute;a tocado vivir.
    </p><p class="article-text">
        Como tantas mujeres de su generaci&oacute;n, Herminia empez&oacute; pronto a trabajar en casa y fuera. A los 21 a&ntilde;os march&oacute; a Madrid a servir en una casa. Despu&eacute;s lleg&oacute; a Valencia, casi por azar, con la intenci&oacute;n de ver las Fallas y regresar al pueblo. Pero una oportunidad en el sanatorio de la Malvarrosa (Valencia) se convirti&oacute; en cinco a&ntilde;os de trabajo. Bajo la supervisi&oacute;n de las Hijas de la Caridad de San Vicente de Pa&uacute;l estuvo en la cocina, despu&eacute;s en la limpieza y en la atenci&oacute;n como &ldquo;chica de sala&rdquo;.
    </p><p class="article-text">
        En 1957, en pleno ciclo de emigraci&oacute;n laboral espa&ntilde;ola a Francia, Herminia march&oacute; a Par&iacute;s. No fue una aventura ni una postal de progreso, sino una de aquellas salidas que tantas mujeres hicieron con una maleta peque&ntilde;a y una necesidad grande. En la Francia de posguerra, muchas espa&ntilde;olas encontraron trabajo en el servicio dom&eacute;stico, la limpieza, la porter&iacute;a o los cuidados: sectores feminizados, poco visibles &mdash;entonces como ahora&mdash;, pero imprescindibles para sostener la vida y la econom&iacute;a cotidiana.
    </p><figure class="embed-container embed-container--type-youtube ratio">
    
                    
                            
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            </figure><p class="article-text">
        A Herminia la contrataron como <em>bonne &agrave; tout faire,</em> literalmente chica para todo. Trabaj&oacute; en casas vinculadas a una familia de comerciantes jud&iacute;os y all&iacute; permaneci&oacute; durante d&eacute;cadas, enlazando hogares, cuidados, rutinas y confianza hasta su jubilaci&oacute;n. Pero nunca confundi&oacute; servir con rebajarse. Sab&iacute;a que el trabajo dom&eacute;stico pod&iacute;a situar a una mujer en la parte baja de la escalera social, a veces incluso en la escalera de servicio, pero tambi&eacute;n sab&iacute;a que la dignidad no la concede la clase social de quien contrata, sino la humanidad con que se mira a quien trabaja.
    </p><p class="article-text">
        Herminia aprendi&oacute; franc&eacute;s &ldquo;aunque fuera mal&rdquo;, se atrevi&oacute; a responder, a negarse, a marcharse de casas donde no la trataban bien. Hab&iacute;a en ella una &eacute;tica clara: trabajar, s&iacute;; aceptar la humillaci&oacute;n, no. Par&iacute;s le gustaba. Le gustaba porque all&iacute; &ldquo;hab&iacute;a m&aacute;s libertad&rdquo;. M&aacute;s libertad de prensa, m&aacute;s libertad para las parejas, m&aacute;s libertad para las mujeres, aunque ella misma sab&iacute;a bien que esa libertad tambi&eacute;n era incompleta. 
    </p><p class="article-text">
        Las migraciones suelen explicarse con categor&iacute;as demasiado limpias: &ldquo;migrantes econ&oacute;micos&rdquo;, &ldquo;migrantes profesionales&rdquo;, &ldquo;solicitantes de asilo&rdquo;, &ldquo;refugiados&rdquo;, &ldquo;turistas&rdquo;. Pero las vidas no obedecen tan f&aacute;cilmente a esos cajones. 
    </p><p class="article-text">
        La migraci&oacute;n, escribi&oacute; Abdelmalek Sayad, puede entenderse como una experiencia de doble ausencia: quien emigra queda separado del pa&iacute;s que dej&oacute;, pero tampoco pertenece nunca del todo, de manera simple, al pa&iacute;s que lo recibe. En Herminia, esa doble ausencia fue convirti&eacute;ndose tambi&eacute;n en una doble pertenencia. Bustillo sigui&oacute; siendo ra&iacute;z; Par&iacute;s, vida levantada. El pueblo no desapareci&oacute; bajo Francia, pero Francia tampoco fue un par&eacute;ntesis. 
    </p><p class="article-text">
        Fue all&iacute; donde construy&oacute; su historia con Jos&eacute; Guti&eacute;rrez Arroyo. Se conoc&iacute;an desde siempre. Hab&iacute;an ido de ni&ntilde;os a Montes Claros, cada uno en un cesto a lomos de una caballer&iacute;a. Tras un tiempo de correspondencia, Jos&eacute; le pidi&oacute; relaciones. Herminia escribi&oacute; a sus padres una frase que conserv&oacute; con humor: &ldquo;Queridos padres: tengo el honor de decirles que pronto ser&eacute; su sobrina&rdquo;. Eran primos, y aquel modo suyo de comunicarlo mezclaba pudor, gracia e independencia. 
    </p><p class="article-text">
        Se casaron en octubre de 1960 y se establecieron en Francia. All&iacute; trabaj&oacute;, am&oacute;, cri&oacute; a sus hijos, compr&oacute; una casa y envejeci&oacute;. All&iacute; pas&oacute; m&aacute;s de seis d&eacute;cadas. Su marido dec&iacute;a que no sab&iacute;a cu&aacute;ndo se hab&iacute;a dado cuenta de que la quer&iacute;a: era &ldquo;de siempre&rdquo;, recordaba Herminia entre risa y ternura.
    </p><p class="article-text">
        En los &uacute;ltimos a&ntilde;os, la enfermedad de Jos&eacute; lo fue volviendo m&aacute;s dependiente. Herminia hablaba de su Alzheimer con el cansancio del d&iacute;a a d&iacute;a, ternura y crudeza. &ldquo;Tengo que pelear con &eacute;l noche y d&iacute;a&rdquo;. Pero tambi&eacute;n intu&iacute;a que, cada vez que ella se ausentaba y &eacute;l la necesitaba cerca, en medio de la p&eacute;rdida de memoria algo del amor permanec&iacute;a: &ldquo;No s&eacute; si es miedo de quedarse solo o es que el amor le queda todav&iacute;a un poco all&aacute;&rdquo;. Herminia lo cuid&oacute; con tenacidad hasta el final. Regresaron a Bustillo un tiempo y volvieron despu&eacute;s a Par&iacute;s, como tantas vidas migrantes: siempre entre aqu&iacute; y all&iacute;, entre las ra&iacute;ces y la casa levantada lejos. Jos&eacute; falleci&oacute; meses antes que ella. 
    </p><p class="article-text">
        Desde entonces, la tristeza fue ocupando poco a poco un lugar en su vida. Era la tristeza de quien hab&iacute;a compartido m&aacute;s de sesenta a&ntilde;os con alguien. El duelo no avanza en l&iacute;nea recta. Y, en la vejez, cuando una pareja ha sido compa&ntilde;&iacute;a, historia, rutina, memoria y presencia diaria, la p&eacute;rdida no deja solo una ausencia: desordena tambi&eacute;n la forma de estar en el mundo.
    </p><p class="article-text">
        Herminia muri&oacute; en el pa&iacute;s al que lleg&oacute; joven para trabajar y donde, como dec&iacute;a, &ldquo;all&iacute; se han quedado muchos recuerdos. Toda una vida&rdquo;. En 2023, reflexionaba para Legado Cantabria: &ldquo;Mi vida ha tenido altos y bajos, pero bien. Yo me conformo&rdquo;. Y en ese conformarse hab&iacute;a una sabidur&iacute;a antigua: la de quien hab&iacute;a visto arder el mar, hab&iacute;a empezado de cero, hab&iacute;a cruzado fronteras, hab&iacute;a trabajado desde ni&ntilde;a y hab&iacute;a amado durante una vida entera.
    </p>]]></description>
      <dc:creator><![CDATA[Zhenya Popova Tikhonova]]></dc:creator>
      <guid isPermaLink="true"><![CDATA[https://www.eldiario.es/cantabria/blog/legado-cantabria/herminia-merino-arroyo-vida-paises_1_13234990.html]]></guid>
      <pubDate><![CDATA[Sat, 23 May 2026 19:30:29 +0000]]></pubDate>
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      <media:title><![CDATA[Herminia Merino Arroyo: una vida entre dos países]]></media:title>
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    <item>
      <title><![CDATA[Tomás Garmendia León: Navegar la vida, gestionar lo imprevisible]]></title>
      <link><![CDATA[https://www.eldiario.es/cantabria/blog/legado-cantabria/tomas-garmendia-leon-navegar-vida-gestionar-imprevisible_132_13224710.html]]></link>
      <description><![CDATA[<p><img src="https://static.eldiario.es/clip/a100ba89-1056-449c-afa1-aa919c0387af_16-9-discover-aspect-ratio_default_0.jpg" width="1200" height="675" alt="Tomás Garmendia León: Navegar la vida, gestionar lo imprevisible"></p><div class="subtitles"><p class="subtitle">Hay vidas que avanzan de puerto en puerto, de trabajo en trabajo, de país en país, y que habla menos del viaje que de la capacidad de seguir adelante cuando todo cambia alrededor. Hay vidas que nos recuerdan que migrar para buscar una vida buena es humano y que adaptarse, también. La de Tomás Garmendia León es una de estas existencias</p></div><p class="article-text">
        Tom&aacute;s Garmendia Le&oacute;n naci&oacute; el 18 de diciembre de 1935 en Guarnizo (El Astillero), en la bah&iacute;a de Santander. Naci&oacute; pocos meses antes del estallido de la Guerra de Espa&ntilde;a, de modo que su infancia qued&oacute; marcada por los a&ntilde;os de la posguerra franquista, un tiempo de escasez y precariedad econ&oacute;mica.
    </p><p class="article-text">
        Guarnizo y Astillero formaban entonces parte de un paisaje industrial en expansi&oacute;n. A lo largo de la r&iacute;a se concentraban talleres metal&uacute;rgicos, peque&ntilde;as fundiciones y la actividad naval del astillero. Para un ni&ntilde;o de aquella &eacute;poca, el ruido del metal, el humo de las f&aacute;bricas y el ir y venir de los trabajadores formaban parte del paisaje cotidiano tanto como los prados o las huertas cercanas.
    </p><p class="article-text">
        Creci&oacute; en una familia profundamente marcada por la guerra. Su padre, Juan Tom&aacute;s Garmendia Lloreda, fue encarcelado al finalizar el conflicto b&eacute;lico &laquo;por motivos pol&iacute;ticos&raquo;. Seg&uacute;n recuerda Tom&aacute;s, lleg&oacute; a tener varias penas de muerte que finalmente fueron retiradas gracias a la intervenci&oacute;n de Eliseo Azc&aacute;rate, un empresario influyente de El Astillero para quien su padre hab&iacute;a trabajado como ch&oacute;fer. Aun as&iacute;, sufri&oacute; diez a&ntilde;os en prisi&oacute;n. La infancia de Tom&aacute;s estuvo atravesada por la ausencia del padre. Lo ve&iacute;a una vez al a&ntilde;o, el D&iacute;a de la Merced, festividad de los presos. Las familias acud&iacute;an a las prisiones y compart&iacute;an comidas sencillas en encuentros breves y vigilados que, para muchos hogares de la posguerra, eran la &uacute;nica forma de mantener el v&iacute;nculo.
    </p><p class="article-text">
        Mientras tanto, el hogar se sosten&iacute;a gracias al trabajo de su madre, Asunci&oacute;n Le&oacute;n Escajedo, que ejerc&iacute;a como modista. Cos&iacute;a ropa para otras familias del pueblo y ense&ntilde;aba el oficio a j&oacute;venes aprendices. Cuando su padre recuper&oacute; la libertad trabaj&oacute; en los talleres de El Astillero. El retorno no borr&oacute; los a&ntilde;os de ausencia, pero permiti&oacute; recomponer poco a poco la vida familiar.
    </p><p class="article-text">
        Tom&aacute;s pas&oacute; su infancia en una gran casa familiar de Guarnizo donde permaneci&oacute; hasta aproximadamente los quince a&ntilde;os. Como ocurr&iacute;a con muchos ni&ntilde;os de los entornos obreros de la &eacute;poca, su escolarizaci&oacute;n fue breve. Recibi&oacute; la ense&ntilde;anza b&aacute;sica y pronto dej&oacute; la escuela para incorporarse al trabajo.
    </p><h2 class="article-text">Juventud obrera y emigraci&oacute;n a Australia</h2><p class="article-text">
        A comienzos de la d&eacute;cada de 1950, con diecis&eacute;is a&ntilde;os, Tom&aacute;s inici&oacute; su vida laboral en la Vidriera de Malia&ntilde;o, una de las instalaciones industriales m&aacute;s importantes de la bah&iacute;a de Santander. All&iacute;, entre hornos encendidos y bandejas de cristal, comenz&oacute; a aprender el oficio y la disciplina del trabajo fabril. Tras tres a&ntilde;os como pinche en la Vidriera, pas&oacute; por distintos trabajos en el sector de la construcci&oacute;n y la obra p&uacute;blica, participando en canalizaciones, carreteras y edificaciones. Poco despu&eacute;s, ingres&oacute; en Astilleros de Santander S.A. (Astander), el gran complejo naval de El Astillero, donde trabaj&oacute; cerca de cuatro a&ntilde;os como ayudante de ajustadores, en tareas relacionadas con la fundici&oacute;n y preparaci&oacute;n de piezas met&aacute;licas destinadas a maquinaria y equipos industriales.
    </p><p class="article-text">
        Sin embargo, Tom&aacute;s ten&iacute;a otra inquietud. Como tantos j&oacute;venes de su generaci&oacute;n, so&ntilde;aba con marcharse al extranjero. A mediados de los a&ntilde;os cincuenta, con diecinueve a&ntilde;os, intent&oacute; cruzar la frontera hacia Francia en busca de oportunidades. El intento fracas&oacute; por falta de documentaci&oacute;n. Fue detenido y trasladado por diversas c&aacute;rceles del norte de Espa&ntilde;a &mdash;entre ellas San Sebasti&aacute;n, Burgos, Palencia y Santander&mdash; antes de ser liberado tras un breve periodo de reclusi&oacute;n. Aquella experiencia reflejaba una realidad frecuente en aquellos a&ntilde;os: emigrar exig&iacute;a permisos y documentos que muchos j&oacute;venes no ten&iacute;an, pero el deseo de marcharse era m&aacute;s fuerte.
    </p><p class="article-text">
        En medio de su etapa en los trabajos industriales de la bah&iacute;a de Santander, Tom&aacute;s realiz&oacute; el servicio militar obligatorio en Pamplona, en el campamento del Carrascal. Permaneci&oacute; all&iacute; dos a&ntilde;os. En plena etapa del desarrollismo franquista, miles de j&oacute;venes espa&ntilde;oles buscaron trabajo fuera del pa&iacute;s. En 1956 el r&eacute;gimen cre&oacute; el Instituto Espa&ntilde;ol de Emigraci&oacute;n (IEE<strong>)</strong>, un organismo destinado a organizar y canalizar la salida de trabajadores mediante acuerdos laborales con distintos pa&iacute;ses. Francia, Suiza, Alemania o Australia se convirtieron as&iacute; en destinos habituales para quienes buscaban oportunidades fuera de Espa&ntilde;a. El 20 de junio de 1960 Tom&aacute;s se embarc&oacute; en el <em>Monte Udala</em>, un buque de carga y pasajeros de la Naviera Aznar que realizaba viajes de emigrantes espa&ntilde;oles hacia Australia. El traslado se enmarcaba en los programas de emigraci&oacute;n laboral establecidos entre Espa&ntilde;a y Australia a finales de los a&ntilde;os cincuenta &mdash;conocidos como Operaci&oacute;n Canguro&mdash; mediante los cuales miles de trabajadores espa&ntilde;oles viajaron al pa&iacute;s oce&aacute;nico con un compromiso laboral m&iacute;nimo de dos a&ntilde;os. 
    </p><p class="article-text">
        Tras la llegada a Melbourne despu&eacute;s de un largo viaje, Tom&aacute;s fue trasladado al <em>Bonegilla Migrant Reception Centre</em>, en el estado de Victoria, uno de los principales centros de recepci&oacute;n de inmigrantes de Australia entre 1947 y 1971, por el que pasaron cientos de miles de europeos. Tras esa etapa inicial trabaj&oacute; en tareas agr&iacute;colas, entre ellas el corte de ca&ntilde;a de az&uacute;car en Queensland para la empresa que recuerda como Casanova &amp; Sons, uno de los trabajos m&aacute;s duros para los inmigrantes europeos en Australia. Aquellas jornadas bajo el sol, con machete en la mano, marcaron su primera experiencia directa de emigraci&oacute;n laboral.
    </p><p class="article-text">
        Al cabo de un tiempo decidi&oacute; marcharse junto a un amigo para probar suerte en otro lugar. Durante dos o tres meses trabaj&oacute; en una fundici&oacute;n, ayudando a dar vuelta a los moldes y extraer piezas met&aacute;licas. M&aacute;s tarde pas&oacute; a una empresa de construcci&oacute;n dedicada a obras de canalizaci&oacute;n, donde continu&oacute; trabajando durante un tiempo.
    </p><p class="article-text">
        Sin embargo, Australia no termin&oacute; de convencerle y decidi&oacute; buscar otras opciones. Entonces el mar se abri&oacute; camino. En Sydney, uno de los mayores puertos del hemisferio sur, entr&oacute; en contacto con marineros que trabajaban en buques mercantes internacionales. A partir de ese momento comenz&oacute; una etapa decisiva de su vida: la navegaci&oacute;n.
    </p><h2 class="article-text">Los a&ntilde;os en la marina mercante</h2><p class="article-text">
        Tom&aacute;s embarc&oacute; como poliz&oacute;n en un buque mercante cuyo nombre recuerda como <strong>&lsquo;</strong>Chris&rsquo;, que navegaba hacia Indonesia transportando mineral de hierro con destino a Jap&oacute;n. Permaneci&oacute; varios d&iacute;as oculto en la bodega, con algo de agua y chocolate, hasta que fue descubierto por la tripulaci&oacute;n. Lejos de ser desembarcado en el primer puerto, termin&oacute; incorpor&aacute;ndose al barco y pas&oacute; a formar parte de la tripulaci&oacute;n como marinero.
    </p><p class="article-text">
        Durante aquella etapa se produjo un conflicto a bordo entre parte de la tripulaci&oacute;n y el mando del barco, relacionado con las condiciones de alimentaci&oacute;n. Tras el mot&iacute;n, Tom&aacute;s y varios compa&ntilde;eros permanecieron retenidos durante cerca de dos meses en Manado, en la isla de C&eacute;lebes, bajo control militar y durmiendo en colchonetas. Posteriormente fueron trasladados a Yakarta, donde, ante la falta de alojamiento, las autoridades los instalaron provisionalmente en una c&aacute;rcel, donde pasaron varios d&iacute;as antes de poder continuar viaje.
    </p><p class="article-text">
        Entonces logr&oacute; embarcar como marinero en el &lsquo;Tob&oacute;n&rsquo;, un buque que realizaba rutas hacia Asia y Jap&oacute;n transportando cemento. Tras aquella traves&iacute;a volvi&oacute; a cruzar el Pac&iacute;fico y termin&oacute; desembarcando en Huacho, al norte de Lima (Per&uacute;). Desde all&iacute; emprendi&oacute; un largo viaje por tierra. Recorri&oacute; m&aacute;s de mil kil&oacute;metros en autobuses de l&iacute;nea hasta la frontera con Ecuador, atraves&oacute; el pa&iacute;s hasta Guayaquil y continu&oacute; despu&eacute;s hacia Quito, adonde logr&oacute; llegar gracias a un autobusero escolar que acept&oacute; llevarlos previo pago. Finalmente, cruz&oacute; a Colombia, donde permaneci&oacute; cerca de tres meses en Cali junto a su amigo Ra&uacute;l. Cuando este se march&oacute; a trabajar en la pesca de camarones, Tom&aacute;s decidi&oacute; seguir su propio camino y encontr&oacute; empleo como marinero en un buque que recuerda con el nombre de &lsquo;Stronghill&rsquo;, dedicado al transporte internacional de mercanc&iacute;as.
    </p><p class="article-text">
        Las rutas de ese barco lo llevaron a numerosos puertos del continente americano: Per&uacute;, Colombia, Ecuador, Panam&aacute; y Costa Rica, adem&aacute;s de escalas en Estados Unidos y Canad&aacute;, donde el buque lleg&oacute; hasta el puerto de Vancouver. Entre las principales mercanc&iacute;as transportadas en aquellas traves&iacute;as se encontraban caf&eacute; y az&uacute;car, dos de los productos m&aacute;s importantes del comercio mar&iacute;timo internacional de la &eacute;poca.
    </p><p class="article-text">
        Las condiciones de trabajo en la marina mercante eran muy distintas de las del trabajo industrial en tierra. Al embarcar, los marineros sol&iacute;an entregar su pasaporte al capit&aacute;n, quedando sometidos a la disciplina del barco durante toda la traves&iacute;a. Las jornadas eran largas y el esfuerzo f&iacute;sico continuo, pero el mar ofrec&iacute;a algo que en la Espa&ntilde;a de la &eacute;poca resultaba casi imposible: movilidad, experiencia internacional y un salario relativamente alto.
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        Tras cerca de un a&ntilde;o navegando, Tom&aacute;s y su amigo Ra&uacute;l intentaron probar suerte en el Caribe. Llegaron a Aruba y Curazao, pero despu&eacute;s de una semana sin encontrar trabajo regresaron a Buenaventura (Colombia), donde lograron embarcar de nuevo y recorrieron numerosos puertos del continente americano adem&aacute;s de escalas en Estados Unidos y Canad&aacute;. Con el tiempo el barco fue destinado a rutas europeas y Tom&aacute;s lleg&oacute; hasta Francia. A&ntilde;os despu&eacute;s resumir&iacute;a aquella etapa con una frase sencilla: trabajando en barcos hab&iacute;a dado la vuelta al mundo.
    </p><p class="article-text">
        Tras una escala sin &eacute;xito en Hamburgo se desplaz&oacute; a Oslo, donde embarc&oacute; en el Motor Ship (MS) &lsquo;Mars&rsquo;. El barco carg&oacute; cemento en la isla sueca de Slite con destino a Martinica y Guadalupe. Despu&eacute;s transport&oacute; mineral desde Newcastle hacia Noruega y papel desde Suecia hasta el puerto italiano de Savona. El barco continu&oacute; navegando por distintas rutas del Atl&aacute;ntico y del norte de Europa, recalando tambi&eacute;n en puertos del Mediterr&aacute;neo.
    </p><p class="article-text">
        En aquellos meses, Tom&aacute;s pas&oacute; por Italia, Sevilla, Grecia y Yugoslavia, siguiendo las rutas comerciales del buque. Permaneci&oacute; cerca de nueve meses embarcado en aquel buque.
    </p><p class="article-text">
        Tras un mes sin carga, con el barco amarrado en Suecia, varios compa&ntilde;eros decidieron desplazarse una tarde a Copenhague. All&iacute;, despu&eacute;s de una disputa, Tom&aacute;s tom&oacute; la decisi&oacute;n de abandonar definitivamente el barco. Tras cuatro a&ntilde;os en el mar, regres&oacute; a Espa&ntilde;a con la idea de permanecer brevemente pero, como &eacute;l mismo dice, &laquo;el destino es imprevisible&raquo;. 
    </p><p class="article-text">
        El mar hab&iacute;a sido, en ese sentido, una escuela: no solo de trabajo, sino tambi&eacute;n de mundo.
    </p><h2 class="article-text">El regreso, la vida familiar y la &lsquo;estabilidad&rsquo; laboral</h2><p class="article-text">
        De regreso en Cantabria, tras sus a&ntilde;os de navegaci&oacute;n y trabajo en el extranjero, Tom&aacute;s comenz&oacute; un noviazgo de cuatro a&ntilde;os con Concepci&oacute;n Hern&aacute;ndez del Campo. En 1968 contrajeron matrimonio en El Astillero, con la celebraci&oacute;n en Li&eacute;rganes. La vida familiar comenz&oacute; entonces a asentarse en la misma tierra donde hab&iacute;a nacido y crecido, en el entorno de la bah&iacute;a de Santander.
    </p><p class="article-text">
        Dos a&ntilde;os despu&eacute;s, en 1970, naci&oacute; su hijo, Tom&aacute;s. La paternidad fue uno de los momentos m&aacute;s importantes de su vida. Sin embargo, el curso de la familia qued&oacute; marcado en 2005 por una p&eacute;rdida: la muerte de su hijo a los 34 a&ntilde;os, un acontecimiento que marc&oacute; su vida.
    </p><p class="article-text">
        En esa nueva etapa en tierra encontr&oacute; estabilidad en el Banco Santander, donde inici&oacute; una trayectoria que lo llevar&iacute;a a desempe&ntilde;ar distintos puestos dentro de la entidad hasta terminar en la oficina principal de Santander. Su vida en la banca transcurri&oacute; en un periodo decisivo: los a&ntilde;os finales del franquismo, el desarrollismo econ&oacute;mico y la posterior Transici&oacute;n. Durante ese tiempo particip&oacute; en algunas movilizaciones laborales del sector. &Eacute;l mismo lo recuerda con claridad: <em>&laquo;</em>No &eacute;ramos muchos, pero fuimos&raquo;. Su relato evita la &eacute;pica pol&iacute;tica y se centra en lo concreto: salario, condiciones de trabajo y dignidad laboral.
    </p><p class="article-text">
        Tras d&eacute;cadas de trabajo en la entidad, en torno a 2003, se prejubil&oacute; a los 58 a&ntilde;os, cerrando as&iacute; una trayectoria marcada por una notable capacidad de adaptaci&oacute;n a contextos muy distintos. Tambi&eacute;n fue testigo de un proceso de desindustrializaci&oacute;n progresiva: del auge de los talleres y f&aacute;bricas a su declive. Observ&oacute; c&oacute;mo la centralidad obrera ced&iacute;a espacio a nuevas formas de empleo y a otras configuraciones urbanas.
    </p><p class="article-text">
        Despu&eacute;s de jubilarse, durante unos tres a&ntilde;os se dedic&oacute; a distribuir cerveza junto a un cu&ntilde;ado por distintos negocios de hosteler&iacute;a. Sin embargo, el esfuerzo no compensaba las ganancias y aquella etapa termin&oacute; poco despu&eacute;s.
    </p><p class="article-text">
        Cuando Tom&aacute;s recuerda su vida, no lo hace con grandes gestos ni con palabras solemnes: habla de los hechos con la serenidad de quien ha atravesado muchos paisajes distintos. Si algo resume su trayectoria es quiz&aacute; la capacidad de adaptaci&oacute;n. Tom&aacute;s pertenece a una generaci&oacute;n que aprendi&oacute; pronto que la vida exige moverse, cambiar de oficio, atravesar dificultades y seguir adelante. Cuando mira hacia atr&aacute;s recuerda los puertos, los viajes y los trabajos que lo llevaron por medio mundo. Pero tambi&eacute;n sabe que lo importante no es solo lo vivido, sino la manera de afrontarlo. En una de sus reflexiones lo resume con sencillez: nunca tuvo miedo de intentarlo.
    </p>]]></description>
      <dc:creator><![CDATA[Zhenya Popova Tikhonova]]></dc:creator>
      <guid isPermaLink="true"><![CDATA[https://www.eldiario.es/cantabria/blog/legado-cantabria/tomas-garmendia-leon-navegar-vida-gestionar-imprevisible_132_13224710.html]]></guid>
      <pubDate><![CDATA[Sat, 16 May 2026 19:50:08 +0000]]></pubDate>
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      <media:title><![CDATA[Tomás Garmendia León: Navegar la vida, gestionar lo imprevisible]]></media:title>
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    </item>
    <item>
      <title><![CDATA[María Ángeles Raba, el terreno fértil para el pensamiento crítico]]></title>
      <link><![CDATA[https://www.eldiario.es/cantabria/blog/legado-cantabria/maria-angeles-raba-terreno-fertil-pensamiento-critico_132_13209063.html]]></link>
      <description><![CDATA[<p><img src="https://static.eldiario.es/clip/71e31235-86fd-4e27-8f32-f47feed5c599_16-9-discover-aspect-ratio_default_0.jpg" width="1200" height="675" alt="María Ángeles Raba, el terreno fértil para el pensamiento crítico"></p><div class="subtitles"><p class="subtitle">Nacer en 1950 en una localidad de Santillana del Mar parece garantía de ciertas certezas de lo que se espera de cada cual, un destino casi predefinido</p><p class="subtitle">Perfil - Agustín de Celis: el viaje continuo del artista</p></div><p class="article-text">
        Mar&iacute;a &Aacute;ngeles Raba Gonz&aacute;lez naci&oacute; el 28 de abril de 1950 en Queveda (municipio de Santillana del Mar) en el seno de una familia arraigada al mundo rural y atravesada por la migraci&oacute;n y las transformaciones sociales de la posguerra. Lleg&oacute; al mundo en casa, como era habitual entonces en el marco de esas redes de cuidados comunitarios, asistida por la partera Pelagia Mart&iacute;nez Fern&aacute;ndez, figura clave en la atenci&oacute;n de partos en la zona y en Santillana.
    </p><p class="article-text">
        La memoria familiar de Mar&iacute;a &Aacute;ngeles se extiende bien atr&aacute;s y se encarna en la figura de su bisabuelo materno, &Aacute;ngel, padre de Dolores Pardo, su abuela. Emigr&oacute; a Argentina siendo muy joven, con unos diez o doce a&ntilde;os, en una trayectoria que remite a los movimientos migratorios c&aacute;ntabros de finales del siglo XIX. All&iacute;, seg&uacute;n el relato familiar, encontr&oacute; apoyo &mdash;vinculado, al parecer, a redes mas&oacute;nicas&mdash; que le permiti&oacute; prosperar, aunque tambi&eacute;n vivi&oacute; episodios que le obligaron a marcharse. A su regreso a Cantabria, compr&oacute; fincas en Queveda, algunas de ellas vinculadas a casas donde su familia hab&iacute;a trabajado previamente.
    </p><p class="article-text">
        La madre de Mar&iacute;a &Aacute;ngeles, Angelita Gonz&aacute;lez Pardo, nacida en 1925 en Queveda en el seno de una familia ganadera, representa la continuidad de un modelo femenino vinculado al cuidado y al trabajo en casa, pero tambi&eacute;n a la resistencia cotidiana y a ciertas formas discretas de autonom&iacute;a. En su recuerdo aparece como una mujer con una mirada abierta para su tiempo &mdash;capaz incluso de moverse en una vespa&mdash;, en un contexto donde no era habitual ver a las mujeres ocupar esos espacios.
    </p><p class="article-text">
        Su padre, Manuel Raba Navamuel, hijo de&nbsp;Cipriana y Jos&eacute;, trabaj&oacute; como camarero durante a&ntilde;os en el barco Reina del Mar de la Compa&ntilde;&iacute;a Transatl&aacute;ntica, con rutas por el Pac&iacute;fico, no la conoci&oacute; hasta d&iacute;as despu&eacute;s de su nacimiento, cuando regres&oacute; para el bautizo. Esa presencia intermitente, propia de los trabajos mar&iacute;timos de la &eacute;poca, marc&oacute; su infancia, en la que cada regreso se convert&iacute;a en acontecimiento: mu&ntilde;ecas, collares u objetos desconocidos en el entorno local llegaban con &eacute;l, generando una cierta apertura al mundo.
    </p><p class="article-text">
        Fue la mayor de cuatro hermanos &mdash;In&eacute;s, Ana y Manuel&mdash; y creci&oacute; en una casa compartida con su madre y sus abuelos, donde la figura paterna, marcada por la distancia, se ve&iacute;a acompa&ntilde;ada por la presencia cercana de su abuelo materno, Nicanor Gonz&aacute;lez Quintana, a quien ella misma reconoce como una figura muy importante en su vida. Nicanor estaba ligado a la vida ganadera y vend&iacute;a leche a La SAM; su abuelo paterno, Jos&eacute;, trabaj&oacute; en la industria de Solvay y fue tambi&eacute;n un hombre con inquietudes intelectuales, due&ntilde;o de una biblioteca que se convertir&iacute;a en un espacio simb&oacute;lico dentro de la familia.
    </p><p class="article-text">
        Su primera infancia transcurri&oacute; en un universo profundamente intergeneracional y pr&oacute;ximo a ese hogar. La figura de la abuela Dolores aparece especialmente vinculada al cuidado, acompa&ntilde;&aacute;ndola durante sus enfermedades infantiles, mientras cos&iacute;a en silencio. Fue una infancia en ese cruce entre tradici&oacute;n rural, relatos familiares y un contexto marcado por la posguerra. Asoma el recuerdo de que en su casa acogieron a personas refugiadas del bando republicano, integr&aacute;ndolas en las tareas agr&iacute;colas y dom&eacute;sticas. Su abuelo Nicanor estuvo a punto de ser ejecutado en un &ldquo;pase&iacute;llo&rdquo;, salv&aacute;ndose por relaciones personales. La guerra, m&aacute;s que un relato pol&iacute;tico, aparece en su memoria como un clima de miedo, rencillas y supervivencia. La posguerra configur&oacute; el horizonte material de su infancia: racionamiento, escasez &mdash;aunque sin hambre&mdash; y pol&iacute;ticas asistenciales como el reparto de leche en polvo y queso en las escuelas.
    </p><p class="article-text">
        El primer gran punto de inflexi&oacute;n en su vida lleg&oacute; a los nueve a&ntilde;os, cuando abandon&oacute; el pueblo para ingresar, junto a su hermana, como interna en un colegio religioso en Santander, el de Las Mercedarias. La infancia libre, vinculada al espacio familiar y a la escuela del pueblo, se sustituy&oacute; por un r&eacute;gimen de normas, silencios y jerarqu&iacute;as, que ella cuestion&oacute; casi desde el principio.
    </p><p class="article-text">
        Durante la adolescencia, ese cuestionamiento se intensific&oacute;. Mar&iacute;a &Aacute;ngeles empez&oacute; a transgredir normas cotidianas &mdash;no usar velo en misa, ducharse cuando no estaba permitido&mdash; en peque&ntilde;os gestos de resistencia individual. No fue una rebeld&iacute;a, sino una forma de estar.
    </p><p class="article-text">
        A los 16 a&ntilde;os, el intercambio con una joven francesa ampli&oacute; su mirada. Francia apareci&oacute; como un espacio de contraste: mayor libertad femenina, otra relaci&oacute;n con el trabajo familiar, y normas sociales y culturales distintas. Este contacto, sostenido durante tres veranos, le permiti&oacute; tomar conciencia de las restricciones que atravesaban su propia vida en Espa&ntilde;a, en pleno franquismo.
    </p><p class="article-text">
        De regreso, estudi&oacute; en una academia en Santander, en la calle Hern&aacute;n Cort&eacute;s, para formarse como asistente social. Eligi&oacute; esta profesi&oacute;n movida por una vocaci&oacute;n de ayuda y una sensibilidad hacia las personas que ya hab&iacute;a desarrollado desde joven. En un contexto marcado por la dictadura franquista, entr&oacute; en contacto con profesorado progresista y con nuevos enfoques en sociolog&iacute;a, psicolog&iacute;a y educaci&oacute;n sexual.
    </p><p class="article-text">
        La entrada en la vida adulta se produjo de manera simult&aacute;nea y acelerada: trabajo, matrimonio y maternidad en un corto periodo de tiempo. En 1972, tras dos a&ntilde;os de noviazgo, se cas&oacute; y ese mismo a&ntilde;o naci&oacute; su primera hija, Judith. En 1974 fue madre de Ram&oacute;n, y en 1977, de Mar&iacute;a.
    </p><p class="article-text">
        La maternidad, vivida con intensidad y orgullo, se combin&oacute; desde el inicio con su desarrollo profesional. Su trayectoria profesional se desarroll&oacute; en el &aacute;mbito del trabajo social &mdash;entonces denominado asistencia social&mdash;, en concreto en el centro Fernando Arce de educaci&oacute;n especial en Torrelavega. Se incorpor&oacute; en un momento en el que la integraci&oacute;n educativa no exist&iacute;a y la educaci&oacute;n especial estaba atravesada por enfoques y terminolog&iacute;as hoy superadas.
    </p><p class="article-text">
        All&iacute; abri&oacute; caminos donde no los hab&iacute;a con el fin de favorecer la escolarizaci&oacute;n, mediar entre instituciones y hogares, y contribuir a construir una mirada m&aacute;s digna hacia las personas con diversidad funcional. Su trayectoria permite leer, en paralelo, la evoluci&oacute;n hist&oacute;rica de la educaci&oacute;n especial en Cantabria y Espa&ntilde;a: de la invisibilizaci&oacute;n y el encierro dom&eacute;stico a la progresiva institucionalizaci&oacute;n y el reconocimiento de derechos.
    </p><p class="article-text">
        Paralelamente, su inquietud pol&iacute;tica y social se intensific&oacute;. Se interes&oacute; por la Organizaci&oacute;n Revolucionaria de Trabajadores (ORT), pas&oacute; por el Sindicato Unitario y posteriormente se afili&oacute; a Comisiones Obreras, en un entorno sindical fuertemente masculinizado, donde la presencia de las mujeres y sus espacios propios eran a&uacute;n muy limitados.
    </p><p class="article-text">
        A principios de los a&ntilde;os 80 se divorci&oacute; de mutuo acuerdo, en un contexto en el que la ley del divorcio acababa de aprobarse en Espa&ntilde;a (1981). En paralelo, su experiencia vital se vio atravesada por la toma de conciencia feminista.
    </p><p class="article-text">
        La dependencia econ&oacute;mica, las limitaciones legales y sociales y la falta de espacios propios para las mujeres actuaron como detonantes en los a&ntilde;os 80 para su implicaci&oacute;n en el asociacionismo feminista en Torrelavega. Primero se vincul&oacute; a la asociaci&oacute;n Mujeres del Hogar y Amas de Casa y, en 1980, impuls&oacute; junto a otras mujeres &mdash;como Rosa Pereda, Dolores Herrer&iacute;a, Esther Garc&iacute;a o Gloria Ruiz&mdash; la Asociaci&oacute;n Feminista de Torrelavega, ocupando distintos roles, incluso la presidencia.
    </p><p class="article-text">
        Desde ah&iacute; llevaron a cabo acciones como la huelga del pan, estudios sobre las necesidades de los barrios, y la creaci&oacute;n del centro asesor de las mujeres en 1989. Se implic&oacute; activamente en la reivindicaci&oacute;n de servicios p&uacute;blicos &mdash;guarder&iacute;as, planificaci&oacute;n familiar, espacios urbanos&mdash; y en acciones colectivas de informaci&oacute;n y apoyo que hoy forman parte de la historia del movimiento feminista en Cantabria.
    </p><figure class="embed-container embed-container--type-youtube ratio">
    
                    
                            
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            </figure><p class="article-text">
        En los a&ntilde;os 80 y 90 particip&oacute; en acciones colectivas como el encierro en un centro de salud de Torrelavega para exigir la creaci&oacute;n de un servicio de planificaci&oacute;n familiar, as&iacute; como en movilizaciones en torno al derecho al aborto. En ese contexto, form&oacute; parte de iniciativas en las que varias mujeres se autoinculparon p&uacute;blicamente tras la proyecci&oacute;n de un v&iacute;deo sobre un aborto practicado en Cantabria, como forma de denuncia y visibilizaci&oacute;n de una realidad silenciada.
    </p><p class="article-text">
        Tambi&eacute;n particip&oacute; en campa&ntilde;as como la del divorcio, en manifestaciones y celebraciones del 8M y en actos coordinados con movimientos de Madrid y Santander, hasta colaborar con entidades como Espacio Com&uacute;n.
    </p><p class="article-text">
        Su trabajo en esta asociaci&oacute;n le permiti&oacute; conocer de cerca la realidad del maltrato y la desigualdad estructural que atravesaba a muchas mujeres de distintas clases sociales y edades: dependencia econ&oacute;mica, miedo, aislamiento. Esa experiencia, a la vez transformadora y exigente, reforz&oacute; su convicci&oacute;n de que la independencia &mdash;econ&oacute;mica, emocional y tambi&eacute;n en autonom&iacute;a personal&mdash; es clave para la igualdad entre hombres y mujeres. A partir de ah&iacute;, fue tomando conciencia de una desigualdad que se repet&iacute;a en muchas vidas y contextos, m&aacute;s all&aacute; de lo individual.
    </p><p class="article-text">
        Con el paso del tiempo, su vida entr&oacute; en otra etapa. En 1995 dej&oacute; la participaci&oacute;n activa en el movimiento feminista para acompa&ntilde;ar m&aacute;s de cerca a su hijo y, m&aacute;s adelante, a su nieto. Tras cuarenta a&ntilde;os de trabajo, a los 61 a&ntilde;os, se prejubil&oacute;. Este tr&aacute;nsito hacia el cuidado familiar no supuso una ruptura, sino una reordenaci&oacute;n de su tiempo y sus prioridades. Reconoce el valor de la lucha feminista como herramienta de transformaci&oacute;n personal y colectiva, pero tambi&eacute;n la importancia de sostenerse y encontrar equilibrio.
    </p><p class="article-text">
        En la actualidad, contin&uacute;a viviendo en Torrelavega, donde su vida cotidiana se articula en torno a la familia, la participaci&oacute;n desde 2021 en espacios como UNATE y el disfrute de actividades como la danza oriental, el pilates, el piano o el dibujo. Comparte tiempo con su nieto Malik, en una vida que ahora se mide en lo cercano: los afectos, los ritmos tranquilos, lo cotidiano.
    </p><p class="article-text">
        Al mirar su vida, Mar&iacute;a &Aacute;ngeles no lo hace desde la nostalgia, sino desde una conciencia clara de los procesos vividos y de los aprendizajes adquiridos. Su trayectoria no ha sido un camino sin fisuras: tambi&eacute;n ha atravesado momentos dif&iacute;ciles &mdash;separaciones, enfermedades o frustraciones&mdash; que forman parte de una experiencia m&aacute;s compleja, lejos de cualquier relato idealizado. En esa mirada, que combina experiencia y lucidez, se reconoce una vida sostenida por el cuidado, el compromiso y una forma de situarse ante lo vivido que ella misma resume as&iacute;: &laquo;Tengo la suerte de ser positiva y mirar hacia delante&raquo;.
    </p>]]></description>
      <dc:creator><![CDATA[Zhenya Popova Tikhonova]]></dc:creator>
      <guid isPermaLink="true"><![CDATA[https://www.eldiario.es/cantabria/blog/legado-cantabria/maria-angeles-raba-terreno-fertil-pensamiento-critico_132_13209063.html]]></guid>
      <pubDate><![CDATA[Sat, 09 May 2026 20:14:32 +0000]]></pubDate>
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      <media:title><![CDATA[María Ángeles Raba, el terreno fértil para el pensamiento crítico]]></media:title>
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      <media:keywords><![CDATA[Cantabria,Memoria Histórica]]></media:keywords>
    </item>
    <item>
      <title><![CDATA[Agustín de Celis: el viaje continuo del artista]]></title>
      <link><![CDATA[https://www.eldiario.es/cantabria/blog/legado-cantabria/agustin-celis-viaje-continuo-artista_132_13184600.html]]></link>
      <description><![CDATA[<p><img src="https://static.eldiario.es/clip/a507a65e-b58e-410f-8f25-5594dbba2599_16-9-discover-aspect-ratio_default_0.jpg" width="1200" height="675" alt="Agustín de Celis: el viaje continuo del artista"></p><div class="subtitles"><p class="subtitle">Todo configura el inicio del viaje artístico: la infancia, los olores, las rupturas, las ayudas. Agustín de Celis es uno de los artistas contemporáneos de referencia en España, pero todo comenzó en Comillas y hoy, con 94 años de edad, todo para él sigue siendo un viaje</p><p class="subtitle">Perfil - Lines Marichalar Llano o la vida cotidiana del Comillas invisible</p></div><p class="article-text">
        A sus 94 a&ntilde;os reci&eacute;n cumplidos, Agust&iacute;n de Celis no habla de su obra como una carrera, sino como un viaje. Un recorrido que hoy atraviesa una etapa de calma y revisi&oacute;n, pero que arranca en la Comillas de los a&ntilde;os treinta &mdash;entre mansiones aristocr&aacute;ticas y casas obreras, entre tierra y mar&mdash; y cruza la guerra, la posguerra y la modernidad art&iacute;stica espa&ntilde;ola hasta llegar a Roma, Par&iacute;s o la Escuela de Arquitectura de Madrid. 
    </p><p class="article-text">
        Pintor de una generaci&oacute;n que hizo del arte una forma de resistencia y de aprendizaje continuo, su trayectoria se ha construido entre la materia y la memoria, entre el oficio y la b&uacute;squeda. Tambi&eacute;n como docente, cineasta experimental y testigo de una cultura que se abri&oacute; paso entre la censura, la precariedad y el deseo de libertad. Fue pieza clave en el desarrollo y consolidaci&oacute;n de proyectos culturales como el Museo de Arte Contempor&aacute;neo de Villafam&eacute;s (MACVAC). 
    </p><p class="article-text">
        La conversaci&oacute;n, mantenida en el marco del proyecto Legado Cantabria entre verano y oto&ntilde;o de 2025, transcurri&oacute; con calma, honestidad y una humanidad que se percibe sin esfuerzo. 
    </p><p class="article-text">
        <a href="https://legadocantabria.org/agustin-de-celis-gutierrez/" target="_blank" data-mrf-recirculation="links-noticia" class="link">Agust&iacute;n de Celis Guti&eacute;rrez</a> naci&oacute; el 7 de marzo de 1932 en Comillas, una villa que por entonces viv&iacute;a dividida entre dos mundos: el aristocr&aacute;tico de los veraneantes y marqueses, y el obrero y marinero que sosten&iacute;a aquel entramado social. Sus padres se llamaban Agust&iacute;n Celis S&aacute;nchez &mdash;obrero especializado en mantenimiento de las mansiones comillanas&mdash; y Carmen Guti&eacute;rrez Rom&aacute;n, modista reconocida&mdash;m&aacute;s tarde vinculada a la Compa&ntilde;&iacute;a Trasatl&aacute;ntica en el ropero de los barcos de l&iacute;nea&mdash;. Ambos proced&iacute;an de mundos distintos: &eacute;l, de Cabez&oacute;n de la Sal, ligado al interior, y ella, al mar de La Revilla, pedan&iacute;a de San Vicente de la Barquera, vinculada a un clan agr&iacute;cola de fuerte car&aacute;cter matriarcal. De aquel mestizaje de interior y costa, de tela y madera, hered&oacute; Agust&iacute;n la precisi&oacute;n del oficio y la imaginaci&oacute;n del creador.
    </p><p class="article-text">
        En sus primeros recuerdos aparece el mundo dom&eacute;stico de las abuelas, Eumenia y Manuela, mujeres que llevaban la gesti&oacute;n de las tierras, el ganado y las econom&iacute;as familiares con autoridad silenciosa. Los abuelos, Isidoro y Vidal, por su parte, trabajaban la madera y la piedra en talleres donde resonaban las herramientas y ol&iacute;a a barniz y serr&iacute;n. Ese sonido, esa materia &mdash;la madera&mdash; fueron su primer lenguaje. Nieto de &ldquo;esa tribu&rdquo;, se reconoce &ldquo;incre&iacute;blemente feliz&rdquo; en aquellos d&iacute;as de bicicleta entre los prados, cuando empez&oacute; a tallar vacas, camiones y carros en miniatura.
    </p><p class="article-text">
        &ldquo;Soy un ni&ntilde;o de la guerra con bastante suerte&rdquo;, resume al mirar hacia atr&aacute;s, consciente de que su infancia se despleg&oacute; en la rigidez de la posguerra y los a&ntilde;os de contrastes. En el verano de 1937, durante la ofensiva franquista sobre Cantabria, recuerda el sonido de los aviones sobrevolando la carretera entre Santander y Asturias, las columnas de civiles que hu&iacute;an hacia el oeste y la bomba de humo que cay&oacute; a pocos metros de la casa de su abuela. En pleno caos, un desconocido lo llev&oacute; de la mano hasta una cueva que sirvi&oacute; de refugio improvisado. Tambi&eacute;n recuerda la noche en que unos hombres llamaron a su puerta para llevarse a su padre; &eacute;l se neg&oacute; a salir sin su hijo y, gracias a ese gesto, salv&oacute; la vida. La represi&oacute;n golpe&oacute; a la familia: un t&iacute;o paterno fue condenado a muerte en El Dueso, pero consigui&oacute; librarse de la ejecuci&oacute;n; otro tuvo que exiliarse en Francia. Por el lado materno, les confiscaron buena parte de lo que hab&iacute;an conseguido con a&ntilde;os de trabajo.
    </p><p class="article-text">
        El poso de aquellas experiencias se mezcl&oacute; con la cultura popular de la posguerra. Su padre, adem&aacute;s de obrero, hac&iacute;a de portero en el cine de Comillas, donde Agust&iacute;n de ni&ntilde;o pudo ver &ldquo;toda la historia del cine espa&ntilde;ol y americano&rdquo; de los a&ntilde;os treinta y cuarenta. A esa formaci&oacute;n visual e intelectual se sum&oacute; el ambiente lector que le rodeaba: los cuentos que su padre le tra&iacute;a de viaje, revistas como <em>Signal</em> o <em>La Codorniz</em> o las revistas extranjeras que llegaban de contrabando a la casa de su abuela.
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            </figure><p class="article-text">
        Su primer trauma, como &eacute;l lo recuerda, vino de un cambio. A comienzos de los a&ntilde;os cuarenta lo sacaron del colegio de monjas de la plaza &mdash;donde hoy se alza el Ayuntamiento, en la vieja plaza del &Aacute;ngel&mdash;. Aquel lugar hab&iacute;a sido su primer refugio. El paso a la escuela nacional supuso una ruptura: cambi&oacute; la Biblia por <em>El Quijote</em> y la compa&ntilde;&iacute;a de los hijos de familias acomodadas por la de los hijos de obreros. Le doli&oacute; la despedida m&aacute;s que el destino y pronto se adapt&oacute;. Encontr&oacute; all&iacute; otra forma de alegr&iacute;a. Por entonces hab&iacute;a nacido su segunda hermana, Mai &mdash;la peque&ntilde;a de tres, junto a Rosa y el hermano menor, Jos&eacute; Luis&mdash;.
    </p><p class="article-text">
        El gran golpe familiar lleg&oacute; en 1946, cuando su padre muri&oacute; en un accidente laboral. Con catorce a&ntilde;os, Agust&iacute;n tuvo que crecer deprisa. Su madre, viuda y embarazada de Jos&eacute; Luis, convirti&oacute; el mismo bajo donde su marido hab&iacute;a trabajado en una tienda de ultramarinos. Cos&iacute;a por las noches, atend&iacute;a por las ma&ntilde;anas. Al a&ntilde;o siguiente, y tras terminar la escuela, su madre lo anim&oacute; a formarse en Santander con la esperanza de que alg&uacute;n d&iacute;a retomara el negocio que hab&iacute;a iniciado su padre. Se instal&oacute; en casa de una t&iacute;a y comenz&oacute; a trabajar en diferentes talleres de restauraci&oacute;n de antig&uuml;edades artesanales. All&iacute; aprendi&oacute; a dibujar el m&aacute;rmol, restaurar madera y, sobre todo, a trabajar con las manos. Entre limas, pigmentos y barnices, forj&oacute; tambi&eacute;n amistades con otros aprendices y artesanos. Cuando le toc&oacute; la edad del servicio militar, no tuvo que marchar: fue declarado exento por ser hijo mayor de viuda.
    </p><p class="article-text">
        Por las noches estudiaba en la Academia Juanes, donde conoci&oacute; a su profesor de dibujo, Catalu&ntilde;a, y a j&oacute;venes artistas con los que compartir&iacute;a inquietudes y amistad: Eduardo Sanz, Fernando Cuerno, Luis Fern&aacute;ndez, y Navarro Baldeweg, entre otros. Y en 1948 se inici&oacute; en la pintura. La ciudad, en aquellos a&ntilde;os, bull&iacute;a de ideas y nombres. Pr&oacute;ximo al grupo Proel y a intelectuales como Jos&eacute; Hierro, Manuel Arce, Julio Maruri<strong>, </strong>Jos&eacute; Luis Hidalgo, encontr&oacute; all&iacute; su escuela m&aacute;s viva. Y, con apenas dieciocho a&ntilde;os, obtuvo el Premio Estanislao Abarca del Banco Santander. Su vocaci&oacute;n art&iacute;stica se consolid&oacute; entonces.
    </p><p class="article-text">
        Se aliment&oacute; del Festival Internacional de Santander, de las amistades de la Escuela de Santillana, del ambiente de la UIMP, y de lecturas que lo acompa&ntilde;ar&iacute;an siempre. Pero fue su madre quien sostuvo la posibilidad de aquel destino. A ella, dice, le debe el principio de todo. 
    </p><p class="article-text">
        Animado por uno de sus profesores y gracias a una beca de la Diputaci&oacute;n de Santander, en 1954 se traslad&oacute; a Madrid para estudiar en la Escuela de Bellas Artes de San Fernando. No fue una etapa f&aacute;cil pero s&iacute; de apertura: la entrada en los c&iacute;rculos culturales de la capital, la participaci&oacute;n en las exposiciones <em>Arte al Aire Libre</em> dentro de las Exposiciones de Primavera (1959, 1960, 1962 y 1973), y el descubrimiento del impresionismo durante un viaje a Par&iacute;s.
    </p><p class="article-text">
        En Cantabria, Agust&iacute;n de Celis fue uno de los 14 artistas que participaron en el I Sal&oacute;n de la Joven Pintura Monta&ntilde;esa, celebrado en 1953 en la Galer&iacute;a Sur de Santander, organizada por Manuel Arce y Teresa Santamatilde. Aquella primera experiencia marc&oacute; el inicio de una relaci&oacute;n que se prolong&oacute; durante los a&ntilde;os sesenta, hasta 1971.&nbsp;
    </p><p class="article-text">
        Tras finalizar sus estudios, en 1959, march&oacute; a Par&iacute;s. Ese mismo a&ntilde;o se present&oacute; al Gran Premio de Roma. En 1960, la beca le abri&oacute; las puertas de la Academia de Espa&ntilde;a en Roma, donde permaneci&oacute; cuatro a&ntilde;os. All&iacute; el aprendizaje no fue solo t&eacute;cnico, fue vital. En ese tiempo conoci&oacute; a Miranda D&rsquo;Amico (1932, Italia), escultora y poeta, con quien se cas&oacute; en 1963 en el Tempietto del Bramante en Roma y tuvo dos hijos: Flavio, catedr&aacute;tico y arquitecto (1965) y B&aacute;rbara, periodista (1973).
    </p><p class="article-text">
        Roma fue, en sus palabras, un descubrimiento. D&iacute;as de trabajo en el taller, noches de cine en el Trastevere, viajes y conversaciones que ampliaban el horizonte. &ldquo;En la facultad aprend&iacute; a ser pintor, pero en Italia aprend&iacute; lo que era ser artista&rdquo;. En ese periodo obtuvo la Medalla de Oro del Senado Italiano (1963) y consolid&oacute; v&iacute;nculos que marcar&iacute;an su trayectoria.
    </p><p class="article-text">
        A mediados de los a&ntilde;os sesenta, Celis se instal&oacute; en Madrid. En 1968 comenz&oacute; a ense&ntilde;ar en la Escuela T&eacute;cnica Superior de Arquitectura de Madrid (ETSAM), donde imparti&oacute; durante m&aacute;s de tres d&eacute;cadas la asignatura de <em>An&aacute;lisis de Formas</em>. De aquellos a&ntilde;os conserva la imagen de las octavillas en el suelo y el murmullo de los pasillos llenos de debate. Fue profesor no numerario (PNN), implicado en la lucha docente por la dignidad del oficio, mientras la universidad ensayaba su propia transici&oacute;n. Finalmente doctor en Bellas Artes, lo tiene claro:<em> un maestro debe ser, ante todo, un aprendiz</em>.
    </p><p class="article-text">
        Simult&aacute;neamente, su carrera art&iacute;stica se proyect&oacute; en bienales internacionales como las de Venecia, S&atilde;o Paulo, Medell&iacute;n, Par&iacute;s, entre otras. En 1968, en la llamada Bienal de la contestaci&oacute;n de Venecia, form&oacute; parte del grupo de artistas espa&ntilde;oles que dieron la vuelta a sus cuadros en protesta contra la censura franquista, un gesto que los situ&oacute; en las listas negras del r&eacute;gimen. Tambi&eacute;n particip&oacute; en la Sociedad de Artistas Pl&aacute;sticos, que impuls&oacute; el reconocimiento de los derechos de autor y del 1% cultural destinado al patrimonio art&iacute;stico, a&uacute;n hoy vigente.
    </p><p class="article-text">
        Su vida transcurri&oacute; entre Italia y Espa&ntilde;a, con temporadas en Madrid, Cantabria, Castell&oacute;n, Roma y los Abruzos. En 1972 adquiri&oacute; una casa en Villafam&eacute;s atra&iacute;do por el proyecto impulsado por Vicente Aguilera Cerni de crear el Museo de Arte Contempor&aacute;neo (MACVAC) junto a un grupo de artistas nacionales e internacionales. All&iacute;, junto a su familia, particip&oacute; activamente en su desarrollo, y a&ntilde;os m&aacute;s tarde, en 2000, fue nombrado conservador del museo
    </p><p class="article-text">
        En paralelo explor&oacute; otros lenguajes. A comienzos de los setenta, realiz&oacute; varios documentales dedicados al arte, como <em>El viaje</em>, una pieza experimental que reflejaba el descontento en las calles de Espa&ntilde;a durante el franquismo. La obra fue concebida junto a la poeta Miranda D&rsquo;Amico, el compositor Carmelo Alonso Bernaola y varios alumnos de la Escuela de Arquitectura. Con la llegada de la democracia, su pintura deriv&oacute; hacia los <em>&ldquo;</em>paisajes de la imaginaci&oacute;n<em>&rdquo;</em>, obras en las que fusiona memoria, naturaleza e intuici&oacute;n. En esa etapa obtuvo numerosos reconocimientos: el Premio del Ministerio de Cultura de la Real F&aacute;brica de Tapices, Premio Nacional de Pintura (1971), el Premio del Concurso de Pintura Contempor&aacute;nea de Iberia (1974), o el Premio de Pintura del Congreso de los Diputados (1983), con una obra dedicada a la Constituci&oacute;n espa&ntilde;ola y los valores democr&aacute;ticos, que a&uacute;n hoy contin&uacute;a expuesta en los pasillos del Congreso.
    </p><p class="article-text">
        Desde los a&ntilde;os ochenta, su trayectoria combin&oacute; exposiciones, docencia y proyecci&oacute;n internacional. Particip&oacute; en ARCO, colabor&oacute; con el Museo Espa&ntilde;ol de Arte Contempor&aacute;neo y mantuvo una relaci&oacute;n constante con Italia, donde desarroll&oacute; proyectos vinculados a la pintura y la arquitectura. A lo largo de su vida ha realizado cincuenta exposiciones individuales en Espa&ntilde;a, Italia, Francia y Estados Unidos. Su obra circul&oacute; en muestras colectivas e itinerantes &mdash;tambi&eacute;n en Am&eacute;rica Latina&mdash; y, en a&ntilde;os recientes, ha sido objeto de exposiciones y retrospectivas en instituciones como la Fundaci&oacute;n Comillas o la Universidad de Alcal&aacute; de Henares, donde present&oacute; junto a Miranda D&rsquo;Amico <em>El color y la forma</em>. 
    </p><p class="article-text">
        Agust&iacute;n de Celis es, en definitiva, adem&aacute;s de pintor, un intelectual vinculado a la cultura, un docente que form&oacute; a generaciones de arquitectos y una figura destacada de la modernidad art&iacute;stica espa&ntilde;ola del siglo XX. Autor de obras como <em>Bajamar, Nordeste, Marejada, Matale&ntilde;as </em>o <em>San Mart&iacute;n</em>, su trayectoria dialoga con su tiempo y deja huella en instituciones de dentro y fuera de Espa&ntilde;a, entre ellas el Museo Nacional Centro de Arte Reina Sof&iacute;a, Museo Espa&ntilde;ol de Arte Contempor&aacute;neo de Madrid, o el Museo Nacional de Quito o Managua, adem&aacute;s de los museos de Santander, Bilbao, Sevilla o Elche.&nbsp;En 2023 obtuvo la Medalla Conmemorativa del 150.&ordm; Aniversario de la Real Academia de Espa&ntilde;a en Roma y en&nbsp;2025, el Gobierno de Cantabria conmemor&oacute; su trayectoria con la declaraci&oacute;n del <em>&ldquo;A&ntilde;o Cultural Agust&iacute;n de Celis&rdquo;</em>.
    </p><p class="article-text">
        Su pintura, como su vida, ha transitado diferentes etapas: primero un acento paisaj&iacute;stico, despu&eacute;s el encuentro con la abstracci&oacute;n y, con el tiempo, el regreso a un l&eacute;xico de azules que terminar&iacute;a siendo distintivo. Siempre en di&aacute;logo con la poes&iacute;a. En este recorrido destacan dos presencias esenciales: su mujer, Miranda D&rsquo;Amico, compa&ntilde;era de vida y de mirada, y Luis Gonz&aacute;lez Robles, el primer comisario que, aun sin compartir sus ideas pol&iacute;ticas, le abri&oacute; las fronteras de Espa&ntilde;a a su obra.
    </p><p class="article-text">
        A sus 93 a&ntilde;os, <em>el pintor de los azules </em>contempla su obra como un modo de seguir viviendo en lo que permanece. &ldquo;La pintura no es un destino &mdash;dice&mdash;, es un viaje. Y lo importante del viaje es haberlo hecho acompa&ntilde;ado&raquo;.
    </p>]]></description>
      <dc:creator><![CDATA[Zhenya Popova Tikhonova]]></dc:creator>
      <guid isPermaLink="true"><![CDATA[https://www.eldiario.es/cantabria/blog/legado-cantabria/agustin-celis-viaje-continuo-artista_132_13184600.html]]></guid>
      <pubDate><![CDATA[Fri, 01 May 2026 18:24:15 +0000]]></pubDate>
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      <media:title><![CDATA[Agustín de Celis: el viaje continuo del artista]]></media:title>
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      <media:keywords><![CDATA[Cantabria,Memoria Histórica]]></media:keywords>
    </item>
    <item>
      <title><![CDATA[Emilia Arroyo Alonso: 101 años que dejan camino]]></title>
      <link><![CDATA[https://www.eldiario.es/cantabria/blog/legado-cantabria/emilia-arroyo-alonso-101-anos-dejan-camino_132_13160592.html]]></link>
      <description><![CDATA[<p><img src="https://static.eldiario.es/clip/d6d1f714-2b05-459a-9e81-e3b983653042_16-9-discover-aspect-ratio_default_1141327.jpg" width="1600" height="900" alt="Emilia Arroyo Alonso: 101 años que dejan camino"></p><div class="subtitles"><p class="subtitle">Hace unos días que falleció esta mujer pasiega que transitó un siglo y dejó pruebas de ello: a caballo entre Vega de Pas y Zaragoza, su historia es la de las mujeres que, sin estridencias, han sido el sostén de muchas vidas</p><p class="subtitle">Perfil - Antonio Ontañón: la justa memoria de los vencidos</p></div><p class="article-text">
        Hay vidas que no solo pasan: dejan camino. La de Emilia Arroyo Alonso fue una de ellas. La conversaci&oacute;n de <a href="https://www.eldiario.es/cantabria/blog/legado-cantabria/antonio-ontanon-justa-memoria-vencidos_132_13129026.html" target="_blank" data-mrf-recirculation="links-noticia" class="link">Legado Cantabria</a> con Emilia no fue inmediata. Antes de encender la c&aacute;mara hubo varios encuentros y tiempo compartido, confianza que se fue tejiendo poco a poco. En la posada Don Guzm&aacute;n, rodeada de los suyos, fue contando su historia como quien abre un &aacute;lbum, poco a poco, recorrida sin prisa.&nbsp;
    </p><p class="article-text">
        Vivi&oacute; 101 a&ntilde;os: desde una infancia entre Vega de Pas y Zaragoza hasta una vejez con la memoria intacta.
    </p><p class="article-text">
        Naci&oacute; el 28 de marzo de 1925 en Vega de Pas, en un territorio donde la vida se med&iacute;a en ganado, en huertas y en caminos. Aquel mismo mes, un globo meteorol&oacute;gico de la marina francesa &mdash;confundido por los vecinos con un zepel&iacute;n&mdash; aterriz&oacute; en la Vega y alter&oacute; por unas horas la calma del valle.&nbsp;
    </p><p class="article-text">
        La econom&iacute;a familiar se sosten&iacute;a en la ganader&iacute;a y la subsistencia, pero muy pronto su vida cambi&oacute; de rumbo. Con apenas seis a&ntilde;os se traslad&oacute; a Zaragoza junto a su madre y su padrastro, que hab&iacute;an decidido buscar un futuro mejor abriendo una vaquer&iacute;a con un nombre que lo dec&iacute;a todo: La Pasiega.
    </p><figure class="embed-container embed-container--type-youtube ratio">
    
                    
                            
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            </figure><p class="article-text">
        Su infancia transcurri&oacute; en la capital aragonesa, entre calles c&eacute;ntricas y una vida que, aunque atravesada por la guerra, recuerda como feliz. Habla de juegos, de amistades, de la parroquia, de su paso por el colegio Santa Rosa y de las horas en el taller de costura, donde aprendi&oacute; a coser y bordar para casa. Describe aquellos a&ntilde;os como &ldquo;f&aacute;ciles y felices&rdquo;, marcados por una educaci&oacute;n en valores cristianos y por una forma de vida sencilla, pero plena.
    </p><p class="article-text">
        La guerra tambi&eacute;n dej&oacute; huella. Recuerda los refugios, el miedo y los bombardeos en Zaragoza. Pero en su memoria conviven esos momentos con otros de alegr&iacute;a: los veranos en Vega de Pas, en el barrio del Cruce, donde se reun&iacute;a con sus primas, corr&iacute;an por el pueblo y la vida transcurr&iacute;a sin coches y con otra medida del tiempo.
    </p><p class="article-text">
        En Zaragoza conoci&oacute; a Manuel G&oacute;mez Ruiz, &ldquo;el m&aacute;s guapo del pueblo&rdquo;, cuya familia era due&ntilde;a del molino de Vega de Pas. Se casaron en 1961 en la iglesia de San Antonio de Padua. A partir de entonces, su vida se teji&oacute; entre la ciudad y el valle.&nbsp;
    </p><p class="article-text">
        Entre 1962 y 1967 residieron en Vega de Pas, donde nacieron dos de sus tres hijos y donde Emilia sostuvo la vida cotidiana: la casa, la crianza y los cuidados, tambi&eacute;n los de su madre enferma. A finales de los a&ntilde;os sesenta regresaron a Zaragoza, donde naci&oacute; su tercer hijo y donde vivieron durante d&eacute;cadas, hasta finales de los a&ntilde;os noventa, coincidiendo con la jubilaci&oacute;n de Manuel, fallecido en 2008. Aun as&iacute;, los veranos siguieron perteneciendo a la Vega.
    </p><p class="article-text">
        Emilia fue madre, abuela, mujer de casa y de sost&eacute;n. Pero tambi&eacute;n fue algo menos visible y profundamente valioso: una memoria que se hizo imagen. Durante a&ntilde;os llev&oacute; una c&aacute;mara y fotografi&oacute; la vida en Vega de Pas cuando nadie pensaba en guardar aquello. Las casas llenas, los obreros del t&uacute;nel de La Enga&ntilde;a, los veranos compartidos. Muchas de las im&aacute;genes que hoy explican ese tiempo llevan su mirada.
    </p><blockquote class="quote">

    
    <div class="quote-wrapper">
      <div class="first-quote"></div>
      <p class="quote-text">Durante años llevó una cámara y fotografió la vida en Vega de Pas cuando nadie pensaba en guardar aquello. Las casas llenas, los obreros del túnel de La Engaña, los veranos compartidos. Muchas de las imágenes que hoy explican ese tiempo llevan su mirada</p>
          </div>

  </blockquote><p class="article-text">
        Con los a&ntilde;os, la vida volvi&oacute; a asentarse en su lugar de origen. En 2004, sus hijos adquirieron una propiedad en la plaza y abrieron la posada Don Guzm&aacute;n. Desde all&iacute;, Emilia sigui&oacute; habitando el pueblo y sus v&iacute;nculos, acompa&ntilde;ada tambi&eacute;n por su prima Amalia en los &uacute;ltimos a&ntilde;os, con quien compart&iacute;a el tiempo entre conversaciones y risas.
    </p><p class="article-text">
        Su vida se sostuvo en lo cotidiano y en lo esencial: el cuidado, la familia y la fe. Devota de la Virgen de la Vega, a quien lleg&oacute; a regalar su traje de novia, entend&iacute;a la vida desde ese lugar donde lo material y lo simb&oacute;lico se mezclan sin conflicto.
    </p><p class="article-text">
        Vivi&oacute; mucho, pero sobre todo vivi&oacute; en paz con lo que quer&iacute;a ser. &ldquo;He sido muy feliz, no me ha faltado de nada y solo puedo dar las gracias&rdquo;, dec&iacute;a. Y en esa frase &mdash;tan sencilla&mdash; cabe casi todo.
    </p><p class="article-text">
        Emilia ha fallecido recientemente a los 101 a&ntilde;os. La muerte, escribi&oacute; Elisabeth K&uuml;bler-Ross, no es un final abrupto, sino un tr&aacute;nsito que tambi&eacute;n pertenece a la vida. Y en quienes quedan, el duelo no borra: transforma. Seguir con lo que permanece: esos v&iacute;nculos que no se rompen con la ausencia, sino que cambian de forma y se hacen m&aacute;s silenciosos, m&aacute;s hondos.
    </p><p class="article-text">
        Queda lo que hizo: las im&aacute;genes, los recuerdos, la forma de contar y de estar. Queda tambi&eacute;n algo m&aacute;s dif&iacute;cil de nombrar: una manera de vivir sin estridencias, sostenida en lo que se comparte. Queda tambi&eacute;n una familia y el camino que ella allan&oacute;. Las vidas no se apagan. Y la de Emilia sigue alumbrando.
    </p>]]></description>
      <dc:creator><![CDATA[Zhenya Popova Tikhonova]]></dc:creator>
      <guid isPermaLink="true"><![CDATA[https://www.eldiario.es/cantabria/blog/legado-cantabria/emilia-arroyo-alonso-101-anos-dejan-camino_132_13160592.html]]></guid>
      <pubDate><![CDATA[Fri, 24 Apr 2026 20:53:48 +0000]]></pubDate>
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      <media:title><![CDATA[Emilia Arroyo Alonso: 101 años que dejan camino]]></media:title>
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      <media:keywords><![CDATA[Cantabria,Memoria Histórica]]></media:keywords>
    </item>
    <item>
      <title><![CDATA[Lines Marichalar Llano o la vida cotidiana del Comillas invisible]]></title>
      <link><![CDATA[https://www.eldiario.es/cantabria/blog/legado-cantabria/lines-marichalar-llano-vida-cotidiana-comillas-invisible_132_13141340.html]]></link>
      <description><![CDATA[<p><img src="https://static.eldiario.es/clip/be9fcfcc-a1c4-4f71-b934-15857f283b53_16-9-discover-aspect-ratio_default_0.jpg" width="1200" height="675" alt="Lines Marichalar Llano o la vida cotidiana del Comillas invisible"></p><div class="subtitles"><p class="subtitle">Ni el mar, ni los monumentos, ni las casonas marcan la vida de Ángeles, sino el trabajo, el campo, los cuidados, el discreto vivir en los pliegues de lo visible. Con 97 años recién cumplidos, comparte su historia</p></div><p class="article-text">
        &Aacute;ngeles Marichalar Llano, a quien desde ni&ntilde;a le gust&oacute; que la llamaran Lines, naci&oacute; el 1 de marzo de 1929 en Comillas, en el barrio pr&oacute;ximo a la calle Fuente Real, a la entrada de El Capricho, que llevaba ya d&eacute;cadas formando parte del paisaje del pueblo, aunque entonces no era s&iacute;mbolo ni reclamo, sino simplemente una casa m&aacute;s junto a caminos de tierra y fincas de labor.
    </p><p class="article-text">
        En junio de ese mismo a&ntilde;o, cuando Lines ten&iacute;a apenas tres meses, el llamado P&aacute;jaro Amarillo &mdash;el avi&oacute;n franc&eacute;s que logr&oacute; cruzar el Atl&aacute;ntico y aterriz&oacute; de emergencia en la playa de Oyambre&mdash; se convirti&oacute; en noticia en toda Espa&ntilde;a. Fue el primer vuelo transatl&aacute;ntico que toc&oacute; tierra en el pa&iacute;s y el acontecimiento qued&oacute; inscrito en la memoria de la comarca.
    </p><p class="article-text">
        Con el tiempo se erigi&oacute; un monumento en Oyambre para conmemorar aquel aterrizaje. A ese homenaje parece referirse su recuerdo cuando dice: &ldquo;Mi padre fue con otra persona a las minas de Escobedo, cerca de Santander, a buscar la piedra. La trajo &eacute;l (&hellip;) Yo ten&iacute;a tres meses o seis cuando lo inauguraron&rdquo;. La historia colectiva se filtr&oacute; en su casa convertida en objeto: una piedra asociada a aquella conmemoraci&oacute;n.
    </p><p class="article-text">
        Su infancia no se desarrolla en un espacio urbano ni monumental, sino fundamentalmente en la finca de La Terena, donde su familia trabaja en r&eacute;gimen de aparcer&iacute;a en las tierras de Mar&iacute;a Coss&iacute;o. All&iacute; se cr&iacute;a. En una casa que durante a&ntilde;os carece de luz el&eacute;ctrica y de agua corriente. En una cocina de le&ntilde;a donde la plancha se calentaba sobre las brasas y la ropa se cos&iacute;a de noche, a la luz de una vela. En una estructura dom&eacute;stica sostenida por el trabajo diario.
    </p><p class="article-text">
        Su mundo cotidiano estuvo marcado por el trabajo constante: orde&ntilde;ar cinco o seis vacas, entregar cada d&iacute;a la leche correspondiente, recoger la hierba seca en verano, cuidar el ma&iacute;z, mezclar harina de ma&iacute;z con peque&ntilde;as cantidades de trigo para poder hacer pan, sostener la econom&iacute;a dom&eacute;stica con ingenio y esfuerzo.
    </p><p class="article-text">
        Aunque Comillas era un municipio costero, el mar no estructur&oacute; su vida. El Cant&aacute;brico estaba ah&iacute;, visible y cercano, pero no organizaba su econom&iacute;a ni su pertenencia. Bajaba a la playa con la comida cuando su padre trabajaba all&iacute; &mdash;en alguna etapa cargando arena y mezclando mortero para obras&mdash;; se sentaba a cierta distancia y observaba el movimiento del verano, siempre desde fuera. Nunca se ba&ntilde;&oacute;. El mar fue escenario, no oficio.
    </p><p class="article-text">
        Lines creci&oacute; viendo a su padre recorrer caminos a pie o con carro, acudir a ferias, negociar animales; fue un trabajador del campo que depend&iacute;a del clima, de los precios del ganado y de acuerdos verbales. Ella creci&oacute; entre prados, vacas y cuestas. Esa pertenencia a la tierra atraviesa toda su biograf&iacute;a.
    </p><figure class="embed-container embed-container--type-youtube ratio">
    
                    
                            
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        Lines estudi&oacute; en el colegio de las monjas de Comillas, regentado por las Hijas de la Caridad de San Vicente de Pa&uacute;l, hist&oacute;ricamente vinculadas al Seminario Pontificio y a la educaci&oacute;n femenina del municipio. Recuerda con claridad la diferencia entre aquel colegio y las Escuelas Nacionales, situadas en la zona del actual Espol&oacute;n. Recuerda especialmente a una monja, sor Concepci&oacute;n, que la trataba con amabilidad. No guarda memoria de castigos ni de dureza extrema; al contrario, habla de un ambiente &ldquo;bien arregladito&rdquo;, estructurado. All&iacute; aprendi&oacute; lo esencial: lectura b&aacute;sica, catecismo &mdash;que memorizaba con facilidad&mdash; y, sobre todo, costura. Por las tardes dedicaban una o dos horas a repasar, a coser. Ese aprendizaje fue decisivo. Cuando m&aacute;s tarde qued&oacute; sola con su padre, aquellas habilidades se convirtieron en sustento. Desde los diez a&ntilde;os, hacia 1939, dej&oacute; la escuela y ya cos&iacute;a pantalones gastados por el trabajo, a la luz de una vela, hasta la madrugada, para que &eacute;l pudiera salir al d&iacute;a siguiente con la ropa remendada. No fue una decisi&oacute;n ideol&oacute;gica, sino econ&oacute;mica y de supervivencia; fue una necesidad. La finca necesitaba dos cuerpos trabajando.
    </p><p class="article-text">
        Ese v&iacute;nculo estrecho entre ambos marc&oacute; toda su juventud. No recuerda juegos prolongados ni ocio despreocupado. Aun as&iacute;, hubo destellos de juventud. Lines recuerda que, con nueve o diez a&ntilde;os, una prima la esperaba algunas tardes cuando su padre bajaba al pueblo. Se reun&iacute;an en el corro junto a la iglesia, bajo los casta&ntilde;os, donde colocaban un altavoz para las verbenas. A veces iban un rato al cine; otras, simplemente daban vueltas en la plaza mientras sonaba la m&uacute;sica. Recuerda tareas, responsabilidad y cuidado. Esa es la base de su identidad: una infancia y juventud atravesada por la cultura del esfuerzo, por la econom&iacute;a campesina y por una &eacute;tica del deber que no se formula, pero se practica.
    </p><p class="article-text">
        Cuando estalla la Guerra de Espa&ntilde;a en 1936, Lines tiene siete a&ntilde;os. La guerra no se vive en su casa como discurso pol&iacute;tico, sino como irrupci&oacute;n concreta: registros, miedo y objetos que desaparecen. Recuerda el ganado escondido para evitar requisas y el silencio que sigui&oacute;. 
    </p><p class="article-text">
        El final oficial del conflicto en 1939 no trajo alivio inmediato. Llegaron los a&ntilde;os del racionamiento, de las cartillas insuficientes y del mercado negro. En su casa no siempre hubo pan. El ma&iacute;z &mdash;cultivado por ellos mismos&mdash; fue la base de la alimentaci&oacute;n. Cuando su padre consegu&iacute;a un poco de harina de trigo en la feria de Potes o en el estraperlo, ella mezclaba ambas para mejorar la masa. El ingenio era supervivencia.
    </p><p class="article-text">
        En esos mismos a&ntilde;os, la presencia de &ldquo;los del monte&rdquo; &mdash;los guerrilleros antifranquistas vinculados a Juan&iacute;n&mdash; formaba parte del paisaje nocturno. Lines recuerda cruzarse con hombres que atravesaban la finca en silencio. Recuerda la tensi&oacute;n y tambi&eacute;n la prudencia: nadie hablaba demasiado. En el entorno se produjeron enfrentamientos y muertes. Para una adolescente campesina, aquello no fue &eacute;pica pol&iacute;tica, sino inquietud cotidiana.
    </p><p class="article-text">
        Pero lo m&aacute;s duro no fue la escasez. Fue la enfermedad de su madre. Tras un parto complicado, qued&oacute; debilitada para siempre. La falta de recursos m&eacute;dicos y el desgaste f&iacute;sico hicieron el resto. Muri&oacute; cuando Lines a&uacute;n era ni&ntilde;a &mdash;ya en la posguerra&mdash;, dejando la casa reducida a padre e hija. Ese tr&aacute;nsito &mdash;de hija a sost&eacute;n&mdash; no fue gradual: fue abrupto. La infancia se acort&oacute; de golpe.
    </p><p class="article-text">
        Tres meses despu&eacute;s, con trece a&ntilde;os, un peque&ntilde;o corte en la mano mientras trabajaba en la finca se complic&oacute; con una infecci&oacute;n grave. No hab&iacute;a penicilina disponible. La fiebre subi&oacute; y la infecci&oacute;n avanz&oacute; con rapidez. Ella misma recuerda que qued&oacute; &ldquo;a siete horas de vida&rdquo;.
    </p><p class="article-text">
        Fue trasladada al Hospital Valdecilla, en Santander. Los m&eacute;dicos llegaron a valorar la amputaci&oacute;n del brazo. Lograron salvarle la vida, pero perdi&oacute; un dedo como consecuencia de la infecci&oacute;n.
    </p><p class="article-text">
        Durante aquellos meses vivi&oacute; en Gornazo (Miengo), en casa de una t&iacute;a viuda, y acud&iacute;a desde all&iacute; a las curas en Valdecilla. Su padre caminaba hasta el apeadero de Cabez&oacute;n, tomaba el tren y repet&iacute;a el recorrido cada domingo para verla. Ese ir y venir resume el v&iacute;nculo entre ambos. La enfermedad fue una frontera. Y, sin embargo, volvi&oacute; al campo.
    </p><p class="article-text">
        Su juventud transcurri&oacute; en continuidad con la infancia: orde&ntilde;o, hierba, ma&iacute;z, leche entregada diariamente a la due&ntilde;a de la finca. Alguna verbena en San Pedro. Alguna sesi&oacute;n de cine. Pero siempre con hora de regreso. Mientras el pa&iacute;s entraba lentamente en el desarrollismo de los a&ntilde;os cincuenta.
    </p><p class="article-text">
        En 1949, con veinte a&ntilde;os, Lines se casa en la iglesia de Comillas. El noviazgo hab&iacute;a sido breve &mdash;nueve meses&mdash;, pero la relaci&oacute;n con Mariano ven&iacute;a de la infancia. Su marido, habilidoso en carpinter&iacute;a y construcci&oacute;n, participa en la fabricaci&oacute;n de peque&ntilde;as embarcaciones y en obras del municipio. Lines colabora cuando es necesario. La finca sigue marcando el ritmo.
    </p><p class="article-text">
        En 1950 nace su primer hijo, Manuel. Despu&eacute;s llegar&aacute;n Jos&eacute; Carlos y Mar&iacute;a de los &Aacute;ngeles. La maternidad no interrumpe nada: vacas, campo, casa, crianza. Todo se superpone.
    </p><p class="article-text">
        En los a&ntilde;os sesenta, mientras Espa&ntilde;a entraba en el desarrollismo y muchas familias emigraban, Lines permaneci&oacute; en Comillas con los suyos. No hubo traslado ni ruptura. La vida continu&oacute; anclada a la casa y a la tierra.
    </p><p class="article-text">
        Su marido falleci&oacute; tres a&ntilde;os antes que su padre. Tras esa p&eacute;rdida, su padre sigui&oacute; viviendo con ella hasta los noventa y seis a&ntilde;os. No fue una convivencia circunstancial, sino prolongada en el tiempo. Cuando le preguntaron si lo cuid&oacute;, respondi&oacute; sin vacilar: &ldquo;Igual que me cuid&oacute; &eacute;l a m&iacute;. Porque, francamente, no puedo tener una queja ni que me haya re&ntilde;ido, ni que me haya hecho nada. Al contrario&rdquo;.
    </p><p class="article-text">
        En esa frase se condensa una biograf&iacute;a entera: el cuidado como reciprocidad. Ahora es ella quien vive por semanas con uno de sus hijos. La direcci&oacute;n ha cambiado; la l&oacute;gica permanece.
    </p><p class="article-text">
        Lines ha vivido casi un siglo atravesado por guerra, posguerra, escasez, trabajo f&iacute;sico, maternidad y duelo. Ha cuidado y despedido a quienes la precedieron y ha visto crecer a hijos y nietos.
    </p><p class="article-text">
        Hoy, con noventa y siete a&ntilde;os cumplidos hace unas semanas, no se define por la haza&ntilde;a ni por el sufrimiento, sino por la constancia. Si algo atraviesa su recorrido es una idea sencilla: hacer lo que hab&iacute;a que hacer.
    </p><p class="article-text">
        El tiempo, dice, pasa deprisa. Y al mirar atr&aacute;s no formula reproches. Su vida no fue f&aacute;cil, pero fue suya. Y quiz&aacute; ah&iacute; resida su legado m&aacute;s silencioso: en haber sostenido lo cotidiano sin estridencias y poder decir, casi un siglo despu&eacute;s, que no tiene queja.
    </p>]]></description>
      <dc:creator><![CDATA[Zhenya Popova Tikhonova]]></dc:creator>
      <guid isPermaLink="true"><![CDATA[https://www.eldiario.es/cantabria/blog/legado-cantabria/lines-marichalar-llano-vida-cotidiana-comillas-invisible_132_13141340.html]]></guid>
      <pubDate><![CDATA[Fri, 17 Apr 2026 19:15:56 +0000]]></pubDate>
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      <media:title><![CDATA[Lines Marichalar Llano o la vida cotidiana del Comillas invisible]]></media:title>
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      <media:keywords><![CDATA[Memoria Histórica,Cantabria]]></media:keywords>
    </item>
    <item>
      <title><![CDATA[Antonio Ontañón: la justa memoria de los vencidos]]></title>
      <link><![CDATA[https://www.eldiario.es/cantabria/blog/legado-cantabria/antonio-ontanon-justa-memoria-vencidos_132_13129026.html]]></link>
      <description><![CDATA[<p><img src="https://static.eldiario.es/clip/b4f7953a-a05c-4a16-97ff-66c26c3ca8b9_16-9-discover-aspect-ratio_default_0.jpg" width="1200" height="675" alt="Antonio Ontañón: la justa memoria de los vencidos"></p><div class="subtitles"><p class="subtitle">La Guerra Civil española dejó heridas que solo se van limpiando con el compromiso con el pasado. Así lo ha entendido Antonio Ontañón, el sindicalista y activista de la memoria histórica que ya prepara, a sus 91 años, un 14 de abril de rememoración en el Cementerio de Ciriego</p><p class="subtitle">Archivo - Genio, el de Camijanes: hablar mientras alguien escuche</p></div><p class="article-text">
        Lo m&aacute;s normal es que si una se encuentra con Antonio Onta&ntilde;&oacute;n, tras el saludo de cortes&iacute;a, este hombre grande, de voz grave y barba en ristre, lance un &ldquo;a las aladas almas de las rosas/ del almendro de nata te requiero,/ que tenemos que hablar de muchas cosas,/ compa&ntilde;era del alma, compa&ntilde;era&rdquo;. Y as&iacute;, como quien no se da cuenta, Miguel Hern&aacute;ndez participa de la conversaci&oacute;n y de los anhelos de Antonio.
    </p><p class="article-text">
        Un d&iacute;a como hoy Onta&ntilde;&oacute;n ya estar&aacute; preparando su insignia con la bandera republicana para conmemorar el 14 de abril en el cementerio de Ciriego en Santander, donde lleva d&eacute;cadas acompa&ntilde;ando y rescatando del olvido a las v&iacute;ctimas de la represi&oacute;n franquista que se agolpan en la inmensa fosa com&uacute;n en la que, de 100 en 100, los cuerpos ya tienen nombre aunque no consuelo. Pero la historia de Antonio empieza mucho antes.
    </p><p class="article-text">
        Antonio Onta&ntilde;&oacute;n Toca naci&oacute; el 25 de septiembre de 1934 &mdash;10 d&iacute;as antes de que los obreros de Cantabria se sumaran al intento revolucionario que cristaliz&oacute; y fracas&oacute; en Asturias&mdash; en una casa situada en la traves&iacute;a de la calle del Sol, en Santander. Creci&oacute; en un entorno humilde junto a dos hermanas y un hermano, hijo de Federico Onta&ntilde;&oacute;n Velasco y Teresa Toca Diego, ambos panaderos de la panader&iacute;a Hermosilla, en la calle Santa Luc&iacute;a. A los cinco a&ntilde;os, la familia se mud&oacute; a Canalejas, a una vivienda frente al conocido Cine Popular Victoria, donde la calle fue escuela y las pandillas, compa&ntilde;&iacute;a.
    </p><figure class="embed-container embed-container--type-youtube ratio">
    
                    
                            
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            </figure><p class="article-text">
        Sus primeros a&ntilde;os escolares los pas&oacute; entre el colegio de ni&ntilde;os de San Mart&iacute;n y la escuela del Sardinero. Y entre 1946 y 1949, estudi&oacute; y fue monaguillo en las escuelas gratuitas del Colegio de los Padres Escolapios donde tuvo una experiencia que le hizo &ldquo;perder la fe&rdquo; y apostatar en su adultez.
    </p><p class="article-text">
        La Guerra Civil espa&ntilde;ola marc&oacute; la infancia de Antonio, quien recuerda los bombardeos, las sirenas y las carreras hacia los refugios. En 1937, su padre solicit&oacute; la evacuaci&oacute;n mar&iacute;tima al Frente Popular de Santander, buscando el exilio en Francia, pero no lograron embarcar. Esta experiencia, junto con las cicatrices que la guerra dej&oacute; en su familia, con miembros encarcelados o forzados al exilio, dej&oacute; una huella profunda en su entorno.&nbsp;
    </p><p class="article-text">
        En 1956, realiz&oacute; el servicio militar durante a&ntilde;o y medio en el Cuartel de Instrucci&oacute;n de Artiller&iacute;a de Costa, ubicado en Bilbao, en la estaci&oacute;n de Dos Caminos, de Basauri, Vizcaya.
    </p><p class="article-text">
        Profesionalmente, Antonio comenz&oacute; su carrera en la banca tras formarse brevemente como electricista en la Escuela de Artes y Oficios. A los 17 a&ntilde;os aprob&oacute; los ex&aacute;menes y comenz&oacute; a trabajar en el Banco de Bilbao (actual BBVA), donde desempe&ntilde;&oacute; su vida laboral durante 40 a&ntilde;os hasta prejubilarse a los 57 a&ntilde;os.&nbsp;
    </p><p class="article-text">
        Su compromiso sindical fue notable; como secretario general de la UGT en Santander, lider&oacute; la primera huelga de la banca privada sucedida en Santander en 1979. Tambi&eacute;n fue secretario general de UGT de Jubilados y particip&oacute; activamente en CCOO. Su militancia obrera, en defensa de la libertad de huelga y los derechos sindicales, le llev&oacute; a repartir octavillas en su Vespa '20660' y a participar en diversas acciones que resultaron&nbsp;en varias detenciones a lo largo de los a&ntilde;os.
    </p><p class="article-text">
        Entre 1959 y finales de los a&ntilde;os 70 su vida tambi&eacute;n se sostuvo en lo familiar: junto a Marta Peredo tuvo dos hijas y dos hijos. Durante este periodo, fue miembro activo de la Hermandad Obrera de Acci&oacute;n Cat&oacute;lica (HOAC), una experiencia que le proporcion&oacute; formaci&oacute;n para &ldquo;actuar con conocimiento&rdquo;. En los a&ntilde;os 70, fue miembro activo de Amnist&iacute;a Internacional, donde represent&oacute; a la organizaci&oacute;n a nivel regional en la Comisi&oacute;n contra la Pena de Muerte. 
    </p><p class="article-text">
        Tambi&eacute;n se present&oacute; como candidato independiente a la Alcald&iacute;a de Santander por la ORT (Organizaci&oacute;n Revolucionaria de Trabajadores) y, en otra ocasi&oacute;n, integr&oacute; una candidatura junto a J.R Saiz Viadero; sin embargo, sus propuestas no lograron materializarse en una victoria electoral.
    </p><p class="article-text">
        Durante dos d&eacute;cadas y hasta hace unos meses, Antonio Onta&ntilde;&oacute;n ha presidido la Asociaci&oacute;n H&eacute;roes de la Rep&uacute;blica y la Libertad, dedicando su tiempo tras la jubilaci&oacute;n a investigar y dar visibilidad &ldquo;a las personas que sufrieron la represi&oacute;n franquista en Cantabria&rdquo;.&nbsp;
    </p><p class="article-text">
        Ha logrado recuperar la identidad y memoria de 1.207 v&iacute;ctimas, entre ellos 850 fusilados en la tapia del cementerio de Ciriego, en Santander, cuyos restos fueron enterrados en fosas comunes entre 1937 y 1948. Su labor, centrada en &ldquo;evitar que cientos de v&iacute;ctimas an&oacute;nimas fueran olvidadas&rdquo;, culmin&oacute; en la publicaci&oacute;n de 'Rescatados del olvido' en 2004, una obra clave en la memoria hist&oacute;rica de la comunidad. A lo largo de los a&ntilde;os, Antonio continu&oacute; su labor investigadora, luch&oacute; por la financiaci&oacute;n de monumentos conmemorativos e, incluso, utiliz&oacute; su libro como prueba documental en el juicio ante el Tribunal Supremo con el juez Baltasar Garz&oacute;n, donde denunciaba los cr&iacute;menes franquistas.&nbsp;
    </p><blockquote class="quote">

    
    <div class="quote-wrapper">
      <div class="first-quote"></div>
      <p class="quote-text">Ha logrado recuperar la identidad y memoria de 1.207 víctimas, entre ellos 850 fusilados en la tapia del cementerio de Ciriego, en Santander, cuyos restos fueron enterrados en fosas comunes entre 1937 y 1948</p>
          </div>

  </blockquote><p class="article-text">
        En 1980, particip&oacute; en el movimiento colectivo de construcci&oacute;n de un trilito en Ciriego y, en 2001, erigi&oacute; nueve monolitos con los nombres de casi 900 personas fusiladas. Posteriormente, erigi&oacute; tres m&aacute;s en la manzana 52 del mismo cementerio. As&iacute; como un monolito en el pueblo de Polaciones, que fue destruido pocos d&iacute;as despu&eacute;s de su inauguraci&oacute;n. En 2021, don&oacute; documentaci&oacute;n hist&oacute;rica a la Fundaci&oacute;n Bruno Alonso, contribuyendo as&iacute; a la preservaci&oacute;n y divulgaci&oacute;n de la memoria hist&oacute;rica en la comunidad.
    </p><p class="article-text">
        En la primera d&eacute;cada de los 2000, Onta&ntilde;&oacute;n Toca colabor&oacute; con Francisco Etxeberria Gabilondo, miembro de la Sociedad de Ciencias Aranzadi, en la exhumaci&oacute;n de fosas comunes, como la de Talledo (2005) y Caranceja (2009), aunque en esta &uacute;ltima no se hallaron restos. Adem&aacute;s, investig&oacute; la fosa en el cementerio de la finca Valdecilla, en Solares, donde dej&oacute; constancia de los nombres de las personas &ldquo;paseadas&rdquo; en una l&aacute;pida conmemorativa.&nbsp;
    </p><p class="article-text">
        En 2005, la Asociaci&oacute;n Manuel Aza&ntilde;a de Madrid reconoci&oacute; la labor y el compromiso de Onta&ntilde;&oacute;n Toca con la memoria hist&oacute;rica al concederle el Premio a la Lealtad Republicana. A lo largo de su vida, particip&oacute; en la lucha por la justicia social y estuvo en contacto con figuras clave como Ram&oacute;n Peredo, Julio V&aacute;zquez y Felipe Matarranz. As&iacute; como destaca encuentros como el que tuvo con el escritor Jos&eacute; Saramago, Dolores Ib&aacute;rruri o Eulalio Ferrer.
    </p><blockquote class="quote">

    
    <div class="quote-wrapper">
      <div class="first-quote"></div>
      <p class="quote-text">La historia de España está por escribir porque hasta ahora la han escrito los que ganaron la Guerra. Falta escribir la historia de España por nosotros, por los vencidos. Falta por escribir... Porque la realidad todavía no se conoce, ni se ha hecho justicia</p>
          </div>

  </blockquote><p class="article-text">
        Al repasar su historia de vida concluye que se siente satisfecho al ver c&oacute;mo su trabajo ha dejado un legado tangible, especialmente al recibir el agradecimiento de las personas que se han beneficiado de su dedicaci&oacute;n. Como &eacute;l mismo afirma: &ldquo;He dedicado a&ntilde;os de mi vida, lo he pasado mejor o peor, pero siempre tratando de ser consecuente con lo que cre&iacute;a&rdquo;. As&iacute; se lo reconoci&oacute; la Delegaci&oacute;n del Gobierno de Espa&ntilde;a en diciembre de 2024, cuando destac&oacute; su trabajo de investigaci&oacute;n para identificar las fosas comunes en Cantabria o el homenaje que recibi&oacute; de la asociaci&oacute;n memorialista que lider&oacute; con motivo de su 90 cumplea&ntilde;os.
    </p><p class="article-text">
        A sus 91 a&ntilde;os, Antonio destaca que hay una asignatura que sigue pendiente para la sociedad en la que habita: &ldquo;La historia de Espa&ntilde;a est&aacute; por escribir porque hasta ahora la han escrito los que ganaron la Guerra. Falta escribir la historia de Espa&ntilde;a por nosotros, por los vencidos. Falta por escribir... Porque la realidad todav&iacute;a no se conoce, ni se ha hecho justicia&rdquo;. Hoy vive frente al mar, entre el humor, las canciones en Bodegas Maz&oacute;n y las poes&iacute;as que regala&nbsp;porque, como &eacute;l dice, debe hacerlo &ldquo;por reciprocidad: dar y recibir, y porque es bello envejecer amando&rdquo;.
    </p>]]></description>
      <dc:creator><![CDATA[Zhenya Popova Tikhonova]]></dc:creator>
      <guid isPermaLink="true"><![CDATA[https://www.eldiario.es/cantabria/blog/legado-cantabria/antonio-ontanon-justa-memoria-vencidos_132_13129026.html]]></guid>
      <pubDate><![CDATA[Fri, 10 Apr 2026 19:15:38 +0000]]></pubDate>
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      <media:title><![CDATA[Antonio Ontañón: la justa memoria de los vencidos]]></media:title>
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      <media:keywords><![CDATA[Cantabria,Memoria Histórica,Guerra Civil Española]]></media:keywords>
    </item>
    <item>
      <title><![CDATA[Genio, el de Camijanes: hablar mientras alguien escuche]]></title>
      <link><![CDATA[https://www.eldiario.es/cantabria/blog/legado-cantabria/genio-camijanes-hablar-alguien-escuche_132_13113252.html]]></link>
      <description><![CDATA[<p><img src="https://static.eldiario.es/clip/1ae9eaba-774d-4a04-9c9d-e0fa48589e4b_16-9-discover-aspect-ratio_default_1139897.jpg" width="1600" height="900" alt="Genio, el de Camijanes: hablar mientras alguien escuche"></p><div class="subtitles"><p class="subtitle">Eugenio González es una referencia en la tonada cántabra. Desde Herrerías, la voz de Genio irrumpe como un trueno: clara y necesaria. Cual filósofo sin academia, pero con vida, quiere dejar dicha la verdad de lo vivido antes de marchar</p><p class="subtitle">Perfil - Adelaida Fernández Martínez: caminar y bailar con las alas cortadas</p></div><p class="article-text">
        Eugenio Gonz&aacute;lez D&iacute;az supo callar durante d&eacute;cadas y ha sabido hablar y cantar otras tantas. Call&oacute; o habl&oacute; &ldquo;lo justo&rdquo; con quien se pod&iacute;a cuando la Guardia Civil daba palizas en ese territorio transitado por los guerrilleros antifascistas; habl&oacute; cuando pudo hacerlo y defendi&oacute; sus ideas pol&iacute;ticas ante los excesos de los poderosos; cant&oacute; hasta cuando a algunos no les gustaba que lo hiciera. Y, ahora, a los 93 a&ntilde;os, canta y habla con aquel que tenga a bien escuchar con respeto. Hay una especie de filosof&iacute;a natural en Eugenio y hay mucho saber acumulado en las nueve d&eacute;cadas que lleva agotadas.
    </p><p class="article-text">
        &ldquo;Yo lo que dispongo es de buena memoria. No tengo dinero y no lo necesito porque es que no lo quiero. Pero a m&iacute; lo que me importa es decir la verdad a tiempo antes de morir. S&eacute; que me queda muy poco, pero ganas de hablar tengo, de decir la verdad. Un d&iacute;a morir&eacute; por raz&oacute;n de ser. Pero no le tengo miedo a la muerte&rdquo;.
    </p><p class="article-text">
        Nacido en noviembre de 1932 en Camijanes, en el Valle de Herrer&iacute;as, Eugenio Gonz&aacute;lez D&iacute;az &mdash;conocido popularmente como <em>Genio, el de Camijanes</em>&mdash; es adem&aacute;s uno de los &uacute;ltimos grandes representantes vivos de la tonada monta&ntilde;esa, ese cante tradicional que condensa la memoria emocional, oral y sonora de Cantabria.
    </p><p class="article-text">
        Hijo de Andresa &mdash;natural de Bielva, panderetera y amante del baile&mdash; y de Nazario &mdash;oriundo de Camijanes, que trabaj&oacute; como carnicero, cantero y tratante de ganado&mdash;, Genio creci&oacute; en una familia que encarn&oacute; las complejidades y la fortaleza de la posguerra rural. Su padre enviud&oacute; con ocho hijos e hijas a su cargo, y su madre, con dos hijas propias, se integr&oacute; a esa gran casa com&uacute;n tras casarse con Nazario. 
    </p><p class="article-text">
        Aquel nuevo hogar, en el barrio El Collado, fue levantado entre ambos y lleg&oacute; a acoger a 17 hijos e hijas, criados sin distinciones, &ldquo;como si fu&eacute;ramos todos de una madre&rdquo;. De ese matrimonio nacieron siete, y Genio fue el tercero. El afecto y el respeto cimentaron esta convivencia, a pesar de las estrecheces y los trabajos tempranos que marcaron la infancia de Genio y de sus hermanas, quienes trabajaron en servicio dom&eacute;stico en ciudades como Madrid, Valladolid o Bilbao. &ldquo;No estudia quien no puede. Y qui&eacute;n sabe d&oacute;nde est&aacute; la inteligencia&hellip; puede estar en la cabeza de un pobre&rdquo;, reflexiona Genio.
    </p><figure class="embed-container embed-container--type-youtube ratio">
    
                    
                            
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        La econom&iacute;a familiar giraba en torno a la ganader&iacute;a y al ingenio de sus progenitores. Su padre compraba y vend&iacute;a ganado por toda la regi&oacute;n, incluso cruzando clandestinamente a Asturias cuando la provincia estaba en estado de sitio. &ldquo;Si le cog&iacute;an, iba a la c&aacute;rcel&rdquo;, recuerda Genio, pero aquel riesgo era parte de la necesidad. Las vacas llegaban en tren hasta Pesu&eacute;s y desde all&iacute; las llevaban a casa, alimentando la cuadra y a los suyos. 
    </p><p class="article-text">
        Su madre, por su parte, sab&iacute;a fabricar alpargatas con suelas de goma y cos&iacute;a con lo que hubiera a mano; era, como &eacute;l la describe, &ldquo;una mujer muy fuerte y muy inteligente&rdquo;.
    </p><p class="article-text">
        Su infancia coincidi&oacute; con los a&ntilde;os de la Guerra de Espa&ntilde;a y, aunque no conserva recuerdos precisos de los hechos, guarda el eco del miedo vivido: las carreras entre bombas, el paso de soldados de ambos bandos, las privaciones y los momentos de refugio en las cuevas cercanas, como Trascudia y Cabraliza. La posguerra &mdash;que &ldquo;fue peor&rdquo;&mdash; estuvo marcada por la dictadura, el canto del<em> Cara al Sol</em>, los fielatos, el estraperlo y el racionamiento en el Puente de El Arrudo, as&iacute; como por el fin del trabajo paterno en la carnicer&iacute;a. 
    </p><p class="article-text">
        &ldquo;Y estando en la guerra esos a&ntilde;os, la gente joven fue y muri&oacute;. Y aqu&iacute; ya no hab&iacute;a nadie: cuatro viejos y las mujeres que quedaron y sufrieron la tira&hellip; mucho sufrieron las mujeres. Yo a la mujer le doy un valor tremendo, porque fue terrible esa vida. Despu&eacute;s te acostumbras, viene un d&iacute;a con un poco de sol y parece que te olvidas de lo otro. Algunos... Yo estoy aqu&iacute; permanentemente con ello, llevo a cuestas esa mochila hasta que me marche&rdquo;.
    </p><p class="article-text">
        Genio comenz&oacute; a trabajar en casa desde los seis a&ntilde;os, primero cuidando pollos, luego pastoreando corderos y despu&eacute;s ovejas en Gesa. M&aacute;s tarde sirvi&oacute; &ldquo;a cambio de comida&rdquo; en el pueblo: sembrando tierras, segando, andando con una pareja de bueyes, etc&eacute;tera. 
    </p><p class="article-text">
        A los 13 a&ntilde;os comenz&oacute; a trabajar como pinche en la empresa Saltos del Nansa, donde pas&oacute; tres a&ntilde;os junto a su padre &mdash;cantero y guarda de la dinamita&mdash; y sus hermanos, que trabajaban en la canter&iacute;a del canal. Por entonces, con un sueldo de 10,50 pesetas al d&iacute;a, empez&oacute; cuidando a los hijos de los ingenieros, llevando agua y, poco a poco, entre recados y descansos de los obreros, aprendi&oacute; el oficio de cantero.
    </p><p class="article-text">
        En su rutina no faltaba acudir al Rosario en Bielva, a la capilla del Cristo, frente a la que viv&iacute;a su familia materna. All&iacute; cumpli&oacute; los primeros sacramentos y ejerci&oacute; de monaguillo. Bajaba tras recoger las ovejas, atra&iacute;do por la devoci&oacute;n, pero sobre todo por la vida social del pueblo, donde &ldquo;hab&iacute;a much&iacute;sima juventud&rdquo; y, seg&uacute;n &eacute;l, &ldquo;las mujeres m&aacute;s guapas de todos los valles&rdquo;.
    </p><p class="article-text">
        Recuerda que ten&iacute;a 16 a&ntilde;os cuando lleg&oacute; la luz el&eacute;ctrica al pueblo, justo en la &eacute;poca en que comenz&oacute; a trabajar con su hermano Samuel y otros obreros en la canter&iacute;a. Vivi&oacute; su oficio con dureza y orgullo, consciente de que muchos esfuerzos los hizo antes de estar f&iacute;sicamente preparado: &ldquo;Es como coger la fruta verde. No es conveniente, pero hab&iacute;a que hacerlo por necesidad&rdquo;. Hoy, reconoce las secuelas del duro trabajo en su salud.
    </p><p class="article-text">
        Durante tres o cuatro a&ntilde;os, entre marzo y diciembre, recorri&oacute; con sus herramientas y su pericia los montes de Cantabria, Navarra, Palencia y Le&oacute;n. Y, a diferencia de muchos compa&ntilde;eros que emigraron al extranjero, este vecino de Camijanes eligi&oacute; quedarse: &ldquo;Me agarr&eacute; aqu&iacute;. Nunca quise ir a Alemania ni a Francia. Tuve la suerte de quedarme y aqu&iacute; morir&eacute;&rdquo;.
    </p><p class="article-text">
        A Genio le &ldquo;pes&oacute; no pisar la escuela&rdquo; y lamenta no haber podido formarse desde ni&ntilde;o &mdash;&ldquo;me hubiera gustado ir; estoy seguro de que habr&iacute;a aprendido mucho&rdquo;, confiesa&mdash;. Su conocimiento es profundo y vivencial, forjado entre montes, ferias ganaderas y memorias familiares. Aprendi&oacute; a leer y escribir a los 22 a&ntilde;os, durante el periodo de instrucci&oacute;n del servicio militar en Tetu&aacute;n, Marruecos, que comenz&oacute; en marzo de 1954 bajo la tutela de sus alf&eacute;reces. Aprendi&oacute; tarde pero no ha dejado de leer desde entonces. De la mili recuerda c&oacute;mo iba marcando los meses que pasaban con se&ntilde;ales en el cintur&oacute;n para contar los d&iacute;as y reencontrarse con su tierra y la novia que ten&iacute;a desde los 20 a&ntilde;os.&nbsp;
    </p><p class="article-text">
        Se cas&oacute; con Mar&iacute;a Luisa S&aacute;nchez S&aacute;nchez, originaria de Prellezo, el 9 de julio de 1960, a los 28 a&ntilde;os. &ldquo;Boda de pobres&rdquo;, dice, pero feliz: ella estaba embarazada de cuatro meses y &eacute;l, &ldquo;content&iacute;simo&rdquo;, porque la quer&iacute;a de verdad. &ldquo;Cuando se quiere, no se hace pecado&rdquo;. Despu&eacute;s del matrimonio, sigui&oacute; en la ganader&iacute;a de sus padres, y juntos adquirieron algo de ganado y alquilaron una casa para comenzar su vida juntos. Construyeron su primera casa a cuatro pasos de donde &eacute;l hab&iacute;a nacido tras el nacimiento de su tercer hijo; en total tuvieron dos hijos y dos hijas. Hoy, su familia se ha extendido hasta seis nietos y cuatro bisnietos que les rodean con cari&ntilde;o.
    </p><p class="article-text">
        Su segunda d&eacute;cada de vida transcurri&oacute; trabajando por temporadas y durante seis a&ntilde;os como pe&oacute;n en una serrer&iacute;a de H&oacute;rreo, en el Pa&iacute;s Vasco, para Pepe Abascal. 
    </p><p class="article-text">
        Cerca de cumplir los 30 a&ntilde;os, y ya padre de su hija primog&eacute;nita, Eugenio ingres&oacute; en el cuerpo de guarda fluvial tras superar una oposici&oacute;n con 29 plazas disponibles, en un cuerpo militarizado. Y a comienzos de los a&ntilde;os sesenta comenz&oacute; a trabajar como vigilante fluvial en el r&iacute;o Nansa y sus afluentes pr&oacute;ximos, dentro de una zona salmonera especialmente vigilada y con presencia constante de pesca furtiva. Si bien deb&iacute;a sancionar, tambi&eacute;n entend&iacute;a la realidad que le rodeaba: &ldquo;Hab&iacute;a mucha necesidad. El que se jugaba la c&aacute;rcel por un salm&oacute;n no lo hac&iacute;a por maldad&rdquo;. 
    </p><p class="article-text">
        Tras varios a&ntilde;os en Camijanes, fue trasladado a Galicia, concretamente a la provincia de Ourense, para cubrir el tramo del r&iacute;o Arnoia entre Allariz y Ba&ntilde;os de Molgas, una zona fronteriza con Zamora. En este nuevo entorno, se enfrent&oacute; a un reto mayor: m&aacute;s de 70 kil&oacute;metros de r&iacute;o y numerosos molinos, focos potenciales de pesca ilegal. Pero las condiciones no eran sostenibles: su sueldo apenas cubr&iacute;a los 40 reales de pensi&oacute;n diaria, y su familia segu&iacute;a en Cantabria. Tras solicitar sin &eacute;xito una vivienda para poder trasladarlos, decidi&oacute; dejar el puesto. Solicit&oacute; una excedencia de cinco a&ntilde;os y regres&oacute; a casa sin despedirse oficialmente.
    </p><p class="article-text">
        De vuelta en el hogar, se dedic&oacute; a la ganader&iacute;a, parte de lo que gestionaba su mujer, y adem&aacute;s, con cr&eacute;ditos &ldquo;al 23 %&rdquo; pudo comprar tierras &ldquo;al patr&oacute;n&rdquo;, la caser&iacute;a de su padre &mdash;junto con su hermano&mdash;y maquinaria y suficiente ganado, unas 60 cabezas, para mantener a su familia. Vend&iacute;an leche a Mantequer&iacute;a La Asturiana, Nestl&eacute; o La RAM, hasta que a los 60 a&ntilde;os se jubil&oacute; como ganadero aut&oacute;nomo, debido a un problema de salud. Ya de casado vivi&oacute; los tiempos del silencio y del miedo. &ldquo;Se sufri&oacute; much&iacute;simo porque no ten&iacute;as defensa ninguna. Te pasan todas estas cosas y te empujan y te pisan... &iquest;Y d&oacute;nde ibas? &iquest;D&oacute;nde te quejabas? &iquest;Ven&iacute;as a llorar donde tus padres? &iquest;A darle m&aacute;s de un susto? Ten&iacute;as que pasarlo como pudieras... &iquest;Qui&eacute;n cree que ya est&aacute;n pagados todos esos atropellos?&rdquo;, defiende.
    </p><blockquote class="quote">

    
    <div class="quote-wrapper">
      <div class="first-quote"></div>
      <p class="quote-text">Como él mismo reconoce: &#039;Sin música no podría haber mundo, es imposible; cantan hasta los pájaros&#039;. Y lo dice con orgullo: &#039;Donde quiera que fui, canté&#039;</p>
          </div>

  </blockquote><p class="article-text">
        Conocido desde ni&ntilde;o como &ldquo;el hijo de Nazario&rdquo;, silbaba mientras cuidaba las ovejas y memorizaba los romances que los ciegos tra&iacute;an escritos en papeles finos, esos mismos que luego resonaban en los corros de taberna, en ferias y romer&iacute;as como las de San Miguel o La Luz en Li&eacute;bana. Su formaci&oacute;n musical fue oral, instintiva y profundamente ligada al entorno rural. Como &eacute;l mismo reconoce: &ldquo;Sin m&uacute;sica no podr&iacute;a haber mundo, es imposible; cantan hasta los p&aacute;jaros&rdquo;. Y lo dice con orgullo: &ldquo;Donde quiera que fui, cant&eacute;&rdquo;. Tambi&eacute;n recuerda muchas salidas &ldquo;de la cuadra, al evento&rdquo;, pues sol&iacute;an buscarlo en casa para que cantara.
    </p><p class="article-text">
        Este &ldquo;cante de chigre&rdquo;, de ra&iacute;z campesina, naci&oacute; del uso cotidiano de la palabra cantada como forma de contar, resistir, celebrar y recordar. Genio es uno de los pocos cantadores que se acompa&ntilde;an de una gaita, ejecutada por su hijo o su nieto, miembros del grupo <em>Sones del Nansa</em>&mdash;. Comenz&oacute; cantando canciones asturianas, en referencia a sus or&iacute;genes maternos, luego adopt&oacute; la tonada monta&ntilde;esa y asegura que canta de todo, incluso flamenco o jotas navarras. &ldquo;El cante es algo que se tiene dentro, un esp&iacute;ritu. No se puede comprar&rdquo;.
    </p><p class="article-text">
        Genio tambi&eacute;n ha expresado su deseo de dejar grabada su voz &ldquo;antes de irse de este mundo&rdquo;. Hasta ahora, ha registrado ocho temas, la &uacute;ltima vez, a sus 78 a&ntilde;os. Recuerda con especial cari&ntilde;o la visita de Jes&uacute;s Garc&iacute;a Preciado, hace 25 a&ntilde;os, cuando le grab&oacute; <em>Callejuca, callejuca</em> acompa&ntilde;ado de su hijo Luis en la gaita. La m&uacute;sica llev&oacute; a Genio a aparecer en medios de comunicaci&oacute;n, a viajar por distintas ciudades de Espa&ntilde;a y a compartir escenario y amistad con grandes figuras como El Malv&iacute;s de Tanos, Aurelio Ruiz, Benito D&iacute;az, Manolo Sa&ntilde;udo o los Hermanos Cos&iacute;o. Gracias a su larga trayectoria, fue homenajeado en varios lugares emblem&aacute;ticos como Unquera, Cabez&oacute;n de la Sal y Polaciones. Hoy, desde su casa en Camijanes, Genio sigue cantando con la misma emoci&oacute;n con la que aprendi&oacute;: apoy&aacute;ndose en la memoria, la garganta y el coraz&oacute;n.
    </p><p class="article-text">
        A sus 93 a&ntilde;os, declara que &ldquo;no son los a&ntilde;os de vida, es la calidad&rdquo; y Genio se reconoce afortunado, pues gracias al apoyo de su hija contin&uacute;a viviendo en su casa con su mujer y en compa&ntilde;&iacute;a de sus hijos. Dedica su tiempo a la lectura, las amistades y a disfrutar de su familia, en especial, a ver tocar a los nietos. Y sobre todo, a disfrutar de lo sencillo: &ldquo;Veo c&oacute;mo crece un &aacute;rbol, oigo ladrar a un perro&hellip;&rdquo;. 
    </p>]]></description>
      <dc:creator><![CDATA[Zhenya Popova Tikhonova]]></dc:creator>
      <guid isPermaLink="true"><![CDATA[https://www.eldiario.es/cantabria/blog/legado-cantabria/genio-camijanes-hablar-alguien-escuche_132_13113252.html]]></guid>
      <pubDate><![CDATA[Fri, 03 Apr 2026 18:55:18 +0000]]></pubDate>
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      <media:title><![CDATA[Genio, el de Camijanes: hablar mientras alguien escuche]]></media:title>
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      <media:keywords><![CDATA[Memoria Histórica,Cantabria,Música,Folclore]]></media:keywords>
    </item>
    <item>
      <title><![CDATA[Adelaida Fernández Martínez: caminar y bailar con las alas cortadas]]></title>
      <link><![CDATA[https://www.eldiario.es/cantabria/blog/legado-cantabria/adelaida-fernandez-martinez-caminar-bailar-alas-cortadas_132_13102716.html]]></link>
      <description><![CDATA[<p><img src="https://static.eldiario.es/clip/9f10dc4c-8da7-44d9-a47b-d13c4e0daeb3_16-9-discover-aspect-ratio_default_0.jpg" width="1200" height="675" alt="Adelaida Fernández Martínez: caminar y bailar con las alas cortadas"></p><div class="subtitles"><p class="subtitle">Las vidas heroicas tienden a esconder las arrugas de lo cotidiano. La voz de esta mujer está plagada de poemas y canciones, de la fragancia de las rosas blancas del Barrio Obrero del Rey a los macizos de margaritas en San Román</p><p class="subtitle">Archivo - Chitín Mantilla: vivir lo suficiente para dejar un legado ejemplar</p></div><p class="article-text">
        Adelaida Fern&aacute;ndez Mart&iacute;nez naci&oacute; el 25 de julio de 1934 en Santander, en una ciudad en la que siempre miraba el mar desde lo alto. Sus primeros a&ntilde;os transcurrieron en el Paseo Altamira (entonces Calle del Alta), donde las cuestas marcaban el l&iacute;mite entre lo popular y lo burgu&eacute;s. Su familia rezaba en la parroquia de San Francisco &mdash;donde fue bautizada en octubre de 1934&mdash; y viv&iacute;a en la finca que su abuelo materno, Gregorio, cuidaba en Villa Abarca, propiedad del director de la f&aacute;brica de loza &Iacute;bero Tanagra. Y hasta esa misma f&aacute;brica, a&ntilde;os despu&eacute;s, caminar&iacute;a cada d&iacute;a su suegra, que bajaba desde Soto de la Marina en albarcas.
    </p><p class="article-text">
        Apenas cumplidos dos a&ntilde;os, el bombardeo del 27 de diciembre de 1936 sacudi&oacute; la ciudad y el barrio que m&aacute;s tarde ser&iacute;a esencial en su vida. No conserva im&aacute;genes n&iacute;tidas, pero s&iacute; la memoria transmitida en casa: sirenas, carreras, un temblor que se convirti&oacute; en relato familiar. Del incendio de Santander en 1941 le queda una imagen breve pero intensa: la luz roja filtr&aacute;ndose en casa, los cascotes que parec&iacute;an arrastrados por un hurac&aacute;n y la llegada de la t&iacute;a Cuca, prima materna, con sus tres hijos, a quienes acogieron despu&eacute;s de que el fuego les arrebatara la vivienda.
    </p><p class="article-text">
        De su padre, Jos&eacute; Fern&aacute;ndez Mart&iacute;nez, madrile&ntilde;o de ra&iacute;ces gallegas, recuerda la voz lista, el cuaderno de canciones y aquel humor que no se agotaba nunca &mdash;&ldquo;siempre estaba de buen humor; salgo a &eacute;l&rdquo;, dice Adelaida&mdash;. Antes de llegar a Santander hab&iacute;a trabajado en una taberna de Madrid, de la que sali&oacute; empujado por la huelga y la crisis que hicieron emigrar a tantos panaderos, camareros y oficios humildes. En la ciudad se convirti&oacute; en cobrador de tranv&iacute;as rumbo a El Astillero, un trabajo que marc&oacute; el comp&aacute;s de muchas familias de entonces. Su madre, Carmen Mart&iacute;nez Eguren, nacida en Guarnizo, le ense&ntilde;&oacute; la constancia y el orden dom&eacute;stico que sosten&iacute;an la casa. Adelaida creci&oacute; junto a su hermana mayor, Juana Mari &mdash;nacida tres a&ntilde;os antes, el 5 de marzo&mdash;, que siempre llevaba un paso de ventaja en aquella infancia.
    </p><p class="article-text">
        Desde 1942 vivieron en el Barrio Obrero del Rey. All&iacute; transcurrieron las dos d&eacute;cadas decisivas de Adelaida, entre escaleras comunes, reuniones en el Callej&oacute;n de la Mona, un patio de rosas blancas &mdash;con las que sue&ntilde;a a&uacute;n&mdash; y los bailes de la fiesta de San Bartolom&eacute;, cuando el barrio parec&iacute;a latir al mismo comp&aacute;s. Creci&oacute; en una ni&ntilde;ez hecha de c&aacute;nticos &mdash;como &ldquo;Tres marinos en el mar, otros tres en busca van&rdquo;&ldquo;, resonando en patios sin coches&mdash; y juegos que llenaban las tardes de felicidad: tabas, alfileres, marro, dobles, canicas&hellip;
    </p><figure class="embed-container embed-container--type-youtube ratio">
    
                    
                            
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            </figure><p class="article-text">
        Entre los seis y los ocho a&ntilde;os acudi&oacute; a La Ense&ntilde;anza, en la calle V&iacute;a Cornelia, y despu&eacute;s continu&oacute; hasta los catorce en Las Adoratrices. M&aacute;s tarde entr&oacute; en el taller de costura de Maruchi, en San Fernando, donde aprendi&oacute; a bordar a mano y a mover las agujas al mismo tiempo &mdash;una arriba y otra abajo&mdash; con la precisi&oacute;n que solo nace de la paciencia. La costura se convirti&oacute;, durante a&ntilde;os, en una prolongaci&oacute;n de sus manos. Ya casada, colaboraba con su vecina Paula y cos&iacute;a encargos en su propia casa: el fest&oacute;n &mdash;uno o uno y medio en pesetas&mdash; era su manera discreta de contribuir a la econom&iacute;a familiar. A&ntilde;os despu&eacute;s retom&oacute; la aguja los lunes y los mi&eacute;rcoles, reuni&eacute;ndose bajo la gu&iacute;a de Elena con otras mujeres en el centro cultural de San Rom&aacute;n, para tener compa&ntilde;&iacute;a y pasar un buen rato.
    </p><p class="article-text">
        En la juventud encontr&oacute; espacio para mucho m&aacute;s: jug&oacute; al baloncesto y al balonvolea, particip&oacute; en Acci&oacute;n Cat&oacute;lica en la parroquia de La Consolaci&oacute;n y vivi&oacute; la disciplina &mdash;y la camarader&iacute;a&mdash; de los campamentos de la Secci&oacute;n Femenina en Ontaneda y Poo de Llanes, entre catequesis, cantos y marchas que acompa&ntilde;aron su tr&aacute;nsito de ni&ntilde;a a adulta. &ldquo;Ir a Ontaneda era como ir a Nueva York&rdquo;, recuerda ahora, con esa mezcla de humor y nostalgia que permanece. Entrenaba en el Frente de Juventudes en San Fernando. Y, a sus 16 a&ntilde;os, hizo un curso de Educaci&oacute;n F&iacute;sica y Deportes en Polanco y lleg&oacute; a plantearse formarse como instructora deportiva &mdash;un deseo que a&uacute;n hoy considera su asignatura pendiente&mdash;, pero la vida la llev&oacute; por otros caminos.
    </p><p class="article-text">
        En esa etapa se afianz&oacute; un v&iacute;nculo esencial: &ldquo;Las Mellis&rdquo;, Ana Mari y Mar&iacute;a Jes&uacute;s. Con ellas recorri&oacute; buena parte de Cantabria, muchas veces haciendo autoestop, compartiendo caminos y confidencias. Hoy, cuando muchas de aquellas amigas ya no est&aacute;n, ese recuerdo pesa distinto: se vuelve m&aacute;s valioso.
    </p><p class="article-text">
        El 11 de octubre de 1962 se cas&oacute; en la iglesia de La Consolaci&oacute;n, en la calle Alta, con Valent&iacute;n Torre Llata, carpintero minucioso de San Rom&aacute;n de la Llanilla. Llegaron a un terreno entonces despejado, donde asomaban margaritas, y all&iacute; construyeron su hogar. Llevaron una vida sin grandes gestos: viajaron cuando pudieron, fueron al cine, se quedaron &ldquo;a gustito&rdquo; en casa, bailaron, pasearon por la ciudad, compartieron los s&aacute;bados &ldquo;de media cerveza&rdquo; y los rezos en San Antonio &mdash;en la calle Juan de la Cosa&mdash;, que a&uacute;n recuerda, y mantuvieron cerca a sus amistades y a la familia del Barrio Obrero y de San Rom&aacute;n.
    </p><p class="article-text">
        De casada, durante diez a&ntilde;os, Adelita demostr&oacute; que el canto ordena el aire: cant&oacute; tercera voz en el coro femenino 'Concha Espina'. M&aacute;s tarde bail&oacute; la jota monta&ntilde;esa y otros bailes tradicionales con UNATE; ensayaba en Cuatro Caminos y gan&oacute; concursos que el cuerpo a&uacute;n guarda en su memoria. Obtuvo el primer premio en un certamen de danzas en El Astillero y actu&oacute; en distintos escenarios, entre ellos el Palacio de Festivales.
    </p><p class="article-text">
        Tambi&eacute;n particip&oacute; en la Asociaci&oacute;n de Amas de Casa y Consumidoras, donde encontr&oacute; un lugar para aprender, organizarse y crear lazos con otras mujeres de Santander. Religiosa y constante en las misas dominicales &mdash;primero en Las Adoratrices y, despu&eacute;s de casada, en Las Salesas&mdash;, Adelaida ha vivido los cambios de su ciudad como propios: del tranv&iacute;a al autob&uacute;s, del humo de Tanagra a la Santander moderna. Ella ha cambiado, y Santander tambi&eacute;n.
    </p><p class="article-text">
        Goza de buena salud, dejando atr&aacute;s el bache de 2020, cuando una semana de COVID la oblig&oacute; a ingresar y regres&oacute; a casa sin secuelas. Su vida transcurre entre flores &mdash;las que cultiva y entrega a la comunidad religiosa de Las Salesas&mdash;, conversaciones con amistades y un vecindario que la arropa y del que habla con orgullo.
    </p><p class="article-text">
        A sus 91 a&ntilde;os dice que ha sido feliz. &ldquo;Me cortaron ya las alas, pero no me quejo. He andado, bailado, cantado&hellip; &iquest;pues qu&eacute; m&aacute;s quiero?&rdquo;, lo dice como quien ya ha entendido qu&eacute; importa y qu&eacute; no. Los juegos de tabas y alfileres, el autostop por los pueblos, el canto coral y la fe la han acompa&ntilde;ado siempre. Le duelen las ausencias &mdash;las amistades, Valent&iacute;n&mdash;, pero no le impiden sonre&iacute;r. Y siente que su vida, al final, se parece al fest&oacute;n que aprendi&oacute; de joven: una puntada fina, humilde y fuerte para que no se rompa.
    </p>]]></description>
      <dc:creator><![CDATA[Zhenya Popova Tikhonova]]></dc:creator>
      <guid isPermaLink="true"><![CDATA[https://www.eldiario.es/cantabria/blog/legado-cantabria/adelaida-fernandez-martinez-caminar-bailar-alas-cortadas_132_13102716.html]]></guid>
      <pubDate><![CDATA[Fri, 27 Mar 2026 20:16:28 +0000]]></pubDate>
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      <media:title><![CDATA[Adelaida Fernández Martínez: caminar y bailar con las alas cortadas]]></media:title>
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      <media:keywords><![CDATA[Memoria Histórica,Cantabria,Santander]]></media:keywords>
    </item>
    <item>
      <title><![CDATA[‘Moro’: el amor a la mar perdura en Comillas]]></title>
      <link><![CDATA[https://www.eldiario.es/cantabria/blog/legado-cantabria/moro-amor-mar-perdura-comillas_132_13075076.html]]></link>
      <description><![CDATA[<p><img src="https://static.eldiario.es/clip/93b2f248-cd12-40f5-ade9-55d40e120609_16-9-discover-aspect-ratio_default_0.jpg" width="1200" height="675" alt="‘Moro’: el amor a la mar perdura en Comillas"></p><div class="subtitles"><p class="subtitle">Cantabria huele a mar y a pesca, pero a veces no conoce con detalle las vidas de aquellos que han sostenido los puertos con un trabajo tan duro como invisibilizado. Esta es la historia de Luis Moro Fernández preservada por Legado.</p></div><p class="article-text">
        <a href="https://youtu.be/TA6KFPNF28M?si=BfPgJOxN3HhPeXRS" data-mrf-recirculation="links-noticia" class="link" target="_blank">Luis Moro Fern&aacute;ndez</a> naci&oacute; el 20 de octubre de 1932 en Camp&iacute;os, asistido por una comadrona de C&oacute;breces, cuando la Segunda Rep&uacute;blica se acercaba a su final y la vida en los pueblos se organizaba por los oficios heredados y la cercan&iacute;a entre familias. Comillas era entonces una villa peque&ntilde;a, hecha de mar y tierra, de ritmos mansos y trabajos que pasaban de mano en mano. 
    </p><p class="article-text">
        Su padre, Luis Moro Cavadas, era pescador; su madre, Higinia Fern&aacute;ndez Fern&aacute;ndez, se dedicaba al trabajo del hogar y a coser alpargatas, pero siempre dispuesta a sumar lo que pod&iacute;a, incluso vendiendo pesca y recogiendo arena en la costa, labor en la que el propio Luis ayud&oacute; desde ni&ntilde;o: una perra gorda por cada caldero lleno.
    </p><p class="article-text">
        De la mano de su padre, sub&iacute;a al Monte Corona a buscar le&ntilde;a y varas que luego vend&iacute;an o trenzaban para hacer cestas de pesca. Tambi&eacute;n recorr&iacute;an el pueblo con esquilas, n&eacute;coras o percebes, y muchas veces terminaban en la Fonda La Colasa, donde la econom&iacute;a dom&eacute;stica encontraba un respiro. As&iacute; se trenzaba la vida cotidiana en aquella villa mar&iacute;tima de los a&ntilde;os treinta: trabajos menudos, esfuerzo compartido y una familia que sacaba adelante los d&iacute;as con lo que ofrec&iacute;a el mar y un poco de la tierra.
    </p><p class="article-text">
        Cuando se produjo el golpe de Estado contra la Rep&uacute;blica, en 1936, Luis ten&iacute;a apenas cuatro a&ntilde;os. Sus primeros recuerdos est&aacute;n marcados por aquel periodo. Durante la guerra, pas&oacute; d&iacute;as refugiado en el t&uacute;nel de Comillas con paredes de sacos, escuchando el paso de aviones y el desplazamiento de soldados, mientras otras personas buscaban refugio en Pe&ntilde;a Redonda. Luis recuerda la bomba que cay&oacute; en La Corona y c&oacute;mo, alrededor, el paisaje cotidiano se transform&oacute;: barracones improvisados, puestos de transmisiones, lugares que para un ni&ntilde;o solo pod&iacute;an ser se&ntilde;ales de que algo grande y desconocido estaba ocurriendo.
    </p><p class="article-text">
        Con el fin de la contienda lleg&oacute; la posguerra, el racionamiento y la escasez. &ldquo;Mucha hambre&rdquo;, resume. Entre risas recuerda c&oacute;mo sal&iacute;a a por el pan y volv&iacute;a sin &eacute;l, porque lo com&iacute;a por el camino, y al llegar a casa le esperaba la ri&ntilde;a previsible. La necesidad marcaba el d&iacute;a a d&iacute;a de las familias de la Cantabria rural de los a&ntilde;os cuarenta.
    </p><figure class="embed-container embed-container--type-youtube ratio">
    
                    
                            
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            </figure><p class="article-text">
        En los a&ntilde;os de sus primeras palabras y pasos, fueron las monjas de Comillas quienes lo atendieron, mientras sus padres se mov&iacute;an entre mar y tierra y algunas de sus hermanas cos&iacute;an alpargatas para sumar a la econom&iacute;a familiar. Entre las misas de los domingos en San Crist&oacute;bal y la vida tranquila de Velecio, Luis creci&oacute; como el hijo mediano entre sus hermanas: Pilar &mdash;Pil&iacute;n&mdash;, Luisa, Carmen, Margarita y Socorro. El recuerdo de Pil&iacute;n lo acompa&ntilde;a siempre. Era la mayor, &ldquo;guap&iacute;sima&rdquo;, y muri&oacute; con apenas veinte a&ntilde;os, en un tiempo en que una meningitis o un dolor de cabeza persistente pod&iacute;an torcer un destino sin aviso. Han pasado d&eacute;cadas, pero Luis la sigue recordando con ternura.
    </p><p class="article-text">
        Cumplida la edad escolar, Luis &mdash;al que en el pueblo llamaban por su apellido, &lsquo;Moro&rsquo;&mdash; entr&oacute; en las escuelas nacionales situadas en lo que hoy es El Espol&oacute;n. Estudi&oacute; hasta los 14 a&ntilde;os. La enciclopedia era su libro gu&iacute;a, un compendio que pretend&iacute;a contenerlo todo, y la disciplina se impon&iacute;a con castigos comunes en aquella &eacute;poca, como la temida &ldquo;cabeza de burro&rdquo;, un cono de cart&oacute;n que serv&iacute;a para avergonzar a quien romp&iacute;a la disciplina.
    </p><p class="article-text">
        En aquellos a&ntilde;os de infancia siempre visitaba a sus abuelas, Luc&iacute;a y Teodora, y, al salir de clase, el muelle se convert&iacute;a en su verdadera geograf&iacute;a. All&iacute; se juntaba con su amigo Titi (Ignacio), entre barcas y redes, bajo la mirada de los marineros veteranos. Comillas era entonces un puerto vivo: f&aacute;bricas de conservas, m&aacute;s de ciento sesenta hombres faenando, y mujeres que, como rederas o como parte de las labores asociadas a la pesca, aguardaban la llegada de las embarcaciones para remendar redes, organizar aparejos o ayudar en la venta. Tambi&eacute;n destacaba la f&aacute;brica Collado &amp; Otero<em> </em>de preparaci&oacute;n y envasado de anchoa, abierta en 1941 y dirigida por un matrimonio llegado de Santo&ntilde;a &mdash;Miguel Exp&oacute;sito y Florinda Rodr&iacute;guez&mdash;, antepasados de quien m&aacute;s adelante formar&iacute;a parte de la propia familia de Luis. Ese mundo de sal y voces qued&oacute; grabado para siempre en la memoria de Luis, que creci&oacute; en &eacute;l como quien crece dentro de un hogar.
    </p><p class="article-text">
        Su amor al mar le vali&oacute; pronto el apodo de &lsquo;El cr&iacute;o&rsquo;. Rodeado de marineros con oficio &mdash;su padre naveg&oacute; en varios barcos, entre ellos <em>El Guadalupe</em>&mdash;, Luis era el m&aacute;s joven en un puerto que bull&iacute;a. Se sac&oacute; la licencia de patr&oacute;n en Santander y, desde entonces, la mar le confi&oacute; un lugar distinto: estuvo al frente de seis embarcaciones &mdash;<em>Bedia, Reina de los &Aacute;ngeles, Remedios</em>&hellip;&mdash; y lleg&oacute; a tener hasta catorce hombres a su cargo.&nbsp;
    </p><p class="article-text">
        Luis hab&iacute;a empezado joven, con trabajos que lo fueron acercando al oficio casi sin darse cuenta. Pas&oacute; &ldquo;dos o tres a&ntilde;os&rdquo; trabajando para Victoriano Noceda, hostelero, aprendiendo a ganarse el jornal. Despu&eacute;s embarc&oacute; en el <em>Reina de los &Aacute;ngeles</em> de Paco, un hostelero de San Vicente de la Barquera, donde conoci&oacute; de primera mano las condiciones de la &eacute;poca: el amo cobraba la mitad, una norma asumida en la pesca de entonces, tan natural como la sal en la ropa, las arrugas tempranas o ese cansancio que se queda en las manos.
    </p><p class="article-text">
        En su juventud, cuando rondaba los veinte a&ntilde;os, trabaj&oacute; en <em>El Tolino</em> junto a su mejor amigo, Titi. Fueron a&ntilde;os de aprendizaje y camarader&iacute;a. En tantos a&ntilde;os de mar, algunos sucesos quedaron grabados. El encallamiento del <em>Saint Korentine</em> en 1966 &mdash;un barco que lleg&oacute; con ocho tripulantes y del que murieron tres&mdash;, es uno de esos recuerdos que no se desdibujan. La mar, recuerda, no olvida.
    </p><p class="article-text">
        En 1952 lleg&oacute; una noticia inesperada: por excedente de cupo no tendr&iacute;a que hacer el servicio militar. &Eacute;l y otro muchacho de Comillas se libraron, un alivio poco com&uacute;n en aquellos tiempos.
    </p><p class="article-text">
        Luis se enamor&oacute; de Guadalupe Ariste Robles, aprendiz de peluquera y natural del barrio de Trasierra (Ruiloba) que le cortaba el pelo. En 1960 se casaron en la iglesia del barrio de Ruiloba y empezaron una vida que tendr&iacute;a su centro en Trasierra durante casi cuarenta a&ntilde;os. All&iacute; Luis registr&oacute; a su nombre unas pocas vacas &mdash;cuatro o cinco&mdash; que cuidaban su mujer y, a&ntilde;os m&aacute;s tarde, su hija, completando con la tierra lo que tra&iacute;a la mar, un modo de vivir muy propio de aquellas casas que depend&iacute;an de varios oficios para sostener el d&iacute;a a d&iacute;a.
    </p><p class="article-text">
        Despu&eacute;s de su etapa en <em>El Tolino</em>, Luis pas&oacute; dos inviernos trabajando en la construcci&oacute;n. Pero la falta de trabajo en el puerto lo empuj&oacute; m&aacute;s lejos: se embarc&oacute; para la Compa&ntilde;&iacute;a Trasatl&aacute;ntica. Naveg&oacute; ocho a&ntilde;os como timonel en barcos como el <em>Covadonga</em> o el <em>Almudena</em>, cruzando el Atl&aacute;ntico y tocando puertos como Nueva York, Puerto Rico o Veracruz. En uno de sus regresos, su hija Guadalupe ya andaba y dud&oacute; un instante al verlo. A Luis le bast&oacute; ese gesto m&iacute;nimo para comprender que la distancia empezaba a dejar huella, y decidi&oacute; no volver a navegar lejos de casa.
    </p><p class="article-text">
        En junio de 1986 regres&oacute; a la pesca local para trabajar junto a su hijo Luis. Primero con el <em>Playa de Lua&ntilde;a</em> y despu&eacute;s con el <em>Nuevo Playa de Lua&ntilde;a</em>. De aquellos a&ntilde;os guarda recuerdos intensos: &ldquo;Sal&iacute;a a la una de la madrugada y a las tres volv&iacute;a con cuatro mil kilos pescados&rdquo;. Tambi&eacute;n hubo mareas extraordinarias de lubina y otras desesperantes, con un mes entero sin poder salir. Y sustos que pudieron acabar mal: la rotura del tim&oacute;n contra una lastra del muelle o aquellos tres d&iacute;as y noches varados, con el motor parado y la incertidumbre creciendo.
    </p><p class="article-text">
        Se jubil&oacute; a los 65 a&ntilde;os, aunque sigui&oacute; saliendo a la mar hasta los 68, fiel a una vida entera de madrugadas y mareas. Ya entrados los a&ntilde;os 2000 comenzaron tambi&eacute;n los sustos: primero un tumor en la oreja, luego otros en la nariz y la cabeza, un rosario de intervenciones que &eacute;l afront&oacute; con la misma entereza con la que hab&iacute;a navegado toda la vida. A los 70 tuvo que detenerse: un c&aacute;ncer de colon lo llev&oacute; a pasar seis meses en Sierrallana. Y aun as&iacute;, tras la &uacute;ltima sesi&oacute;n de quimio, se regal&oacute; un gesto de vida: un d&iacute;a entero de barco hasta A Coru&ntilde;a para recoger el <em>Nuevo Playa de Lua&ntilde;a</em>. Incluso sufri&oacute; dos ictus recientemente. Son cap&iacute;tulos que recuerda sin dramatismo, como parte de ese cuerpo que ha trabajado tanto.&nbsp;
    </p><p class="article-text">
        En 2015 muri&oacute; Guadalupe, su compa&ntilde;era de 55 a&ntilde;os de vida. Desde entonces, Luis vive en el centro de Comillas, acompa&ntilde;ado por el apoyo constante de sus hijos. All&iacute; lo arropan tambi&eacute;n sus nietos &mdash;Luis y Paz&mdash; y sus bisnietos: Cataleya, Atenea y Andr&eacute;s. Este entorno familiar es ahora su apoyo, en una etapa en la que mira la vida con la serenidad de quien ha pasado por mucho y todav&iacute;a sostiene la sonrisa, esa que lo ha acompa&ntilde;ado siempre.
    </p><p class="article-text">
        &ldquo;El mar lo es todo&rdquo;, dice. Y su amor por el mar dej&oacute; huella en la familia: su hijo y su nieto contin&uacute;an en la profesi&oacute;n, y ya son cuatro generaciones frente al Cant&aacute;brico. Luis lo mira ahora con la perspectiva de una vida larga y un oficio que se ha transmitido sin estridencias, como se pasan las cosas importantes. Y cuando resume su historia, lo hace con una certeza serena, propia de quienes crecieron mirando al horizonte: &ldquo;Amo la vida, amo la mar y a la familia&rdquo;.
    </p>]]></description>
      <dc:creator><![CDATA[Zhenya Popova Tikhonova]]></dc:creator>
      <guid isPermaLink="true"><![CDATA[https://www.eldiario.es/cantabria/blog/legado-cantabria/moro-amor-mar-perdura-comillas_132_13075076.html]]></guid>
      <pubDate><![CDATA[Fri, 20 Mar 2026 21:16:15 +0000]]></pubDate>
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      <media:title><![CDATA[‘Moro’: el amor a la mar perdura en Comillas]]></media:title>
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      <media:keywords><![CDATA[Memoria Histórica,Cantabria]]></media:keywords>
    </item>
    <item>
      <title><![CDATA[Lo que merece memoria cada día: "Al nacer sacamos el destino"]]></title>
      <link><![CDATA[https://www.eldiario.es/cantabria/blog/legado-cantabria/merece-memoria-dia-nacer-sacamos-destino_132_13061939.html]]></link>
      <description><![CDATA[<p><img src="https://static.eldiario.es/clip/8daf5fb9-9747-43a8-9654-027226e72ddd_16-9-discover-aspect-ratio_default_0.jpg" width="1200" height="675" alt="Lo que merece memoria cada día: &quot;Al nacer sacamos el destino&quot;"></p><div class="subtitles"><p class="subtitle">La historia de 21 mujeres se entrelazan en Legado Cantabria y sus voces, invisibilizada habitualmemente, es una posibilidad de entender lo que somos, pero, ante todo, lo que podemos ser</p></div><p class="article-text">
        El patrimonio no est&aacute; solo en lo monumental ni en lo heroico, sino tambi&eacute;n en esas formas de sostener la existencia que hist&oacute;ricamente hicieron las mujeres: criar, alimentar, coser, cuidar, acompa&ntilde;ar, organizar, aconsejar, trabajar dentro y fuera de casa, tejer vecindad, saber distinguir el amor del sometimiento, y seguir.
    </p><p class="article-text">
        <a href="https://youtu.be/6j8mu20J0oM?si=raw4_MhOYddB79im" target="_blank" data-mrf-recirculation="links-noticia" class="link">Mar&iacute;a Jes&uacute;s del Hoyo Guti&eacute;rrez</a> (1920&ndash;2024, Bores, Vega de Li&eacute;bana) ten&iacute;a 101 a&ntilde;os cuando la escuchamos en 2021. &ldquo;&iquest;Mi infancia? Que yo no tuve infancia. Recuerdo que en cuanto empec&eacute; a valer, con cinco o seis a&ntilde;os, ya ten&iacute;a que ir con los animales. Salir con los cerdos o con las vacas, o eso. A la escuela fui muy poco&rdquo;. Y, sin embargo, sostuvo con su marido una tienda de ultramarinos, atraves&oacute; la posguerra de cerca y sac&oacute; adelante a nueve hijos e hijas.
    </p><p class="article-text">
        Aquel a&ntilde;o, Legado Cantabria comenz&oacute; escuchando a muchas mujeres que hab&iacute;an sostenido la vida &mdash;como ni&ntilde;as primero, como mujeres despu&eacute;s&mdash; en distintas etapas y durante d&eacute;cadas sin haber sido le&iacute;das nunca como archivo. Ellas fueron las primeras y permanecen.
    </p><p class="article-text">
        Nos dejaron ense&ntilde;anzas que no estaban en los libros ni en los cargos, sino en la experiencia misma de vivir y sostener. En muchos sentidos, ellas fueron infraestructura humana del siglo XX.&nbsp;
    </p><p class="article-text">
        Pero lo decisivo no era visible &mdash;&iquest;hoy lo es?&mdash;. Lo importante no aparec&iacute;a en los cargos, ni en los libros, ni en las fotograf&iacute;as oficiales. Aparec&iacute;a en otra parte: en el pan hecho de madrugada, en la ropa cosida, en la vecina que ayudaba a criar, en la mujer que no se cas&oacute; porque supo leer a tiempo lo que no quer&iacute;a para s&iacute;, en la que sostuvo una casa casi sola, en la que hizo de madre antes de tiempo, en la que convirti&oacute; un bar en econom&iacute;a familiar, en la que ense&ntilde;&oacute; cari&ntilde;o como forma de educaci&oacute;n.
    </p><p class="article-text">
        Detr&aacute;s de esas formas de sostener la vida hay nombres propios. Hemos querido rendir homenaje a las primeras voces del archivo de Legado en 2021 y 2022 y tambi&eacute;n a las m&aacute;s longevas: mujeres nacidas entre 1918 y finales de los a&ntilde;os veinte que sostuvieron silenciosamente el d&iacute;a a d&iacute;a del siglo XX.
    </p><p class="article-text">
        <a href="https://youtu.be/tSRqTz1g3TA?si=lvreXhpqGu3eF_DJ" target="_blank" data-mrf-recirculation="links-noticia" class="link">Mar&iacute;a Jesusa de la Vega Ruiz</a> (1919, Saja), a quien la guerra y el exilio le arrebataron la vida que conoc&iacute;a y la obligaron a rehacerla. <a href="https://youtu.be/HlouBd3vFpk?si=gmaM4-Rk-P9HLgT_" target="_blank" data-mrf-recirculation="links-noticia" class="link">Martina L&oacute;pez Mart&iacute;nez</a> (1918, Tierzo), a quien la guerra sorprendi&oacute; lejos de su pueblo y los suyos y que atraves&oacute; m&aacute;s de un siglo de vida con una idea sencilla: &ldquo;Vivir sin abusar de nada, andando mucho y siendo buena persona&rdquo;.
    </p><p class="article-text">
        Lo que las une no es solo la guerra, la posguerra o la edad. Lo que las une es haber vivido en un r&eacute;gimen pol&iacute;tico y social donde mucho de lo indispensable no ten&iacute;a prestigio ni nombre. Su valor estaba en hacer, no en figurar: cuidar, sostener la comunidad, el saber dom&eacute;stico.
    </p><p class="article-text">
        No lo nombraban con teor&iacute;as sobre el patriarcado, pero s&iacute; con una conciencia muy n&iacute;tida de que la vida ven&iacute;a marcada. &ldquo;Al nacer sacamos el destino&rdquo;, dijo <a href="https://youtu.be/Zum_8rEiONs?si=DBveKrhEkRJ2-a0J" target="_blank" data-mrf-recirculation="links-noticia" class="link">Carmen Bustillo Montes</a>. Y es que durante buena parte del siglo XX, el mundo les asignaba de antemano una posici&oacute;n, una carga y una forma de renuncia. Nacida en 1925 en Vi&eacute;rnoles, Carmen atraves&oacute; la guerra, el trabajo dom&eacute;stico y la crianza de cuatro hijos. Con los a&ntilde;os lleg&oacute; a una conclusi&oacute;n sencilla: &ldquo;Este mundo no hay quien lo entienda&rdquo;.
    </p><p class="article-text">
        Lo notable es que, incluso dentro de ese destino impuesto, construyeron margen, criterio, comunidad, cari&ntilde;o y resistencia. Como <a href="https://youtu.be/Wu_yeYxytNs?si=wBhObTd3YfsMH_LC" target="_blank" data-mrf-recirculation="links-noticia" class="link">Consolaci&oacute;n Covadonga Vejo P&eacute;rez</a> (1927, Caloca, Pesaguero), vecina de Lebe&ntilde;a, en Li&eacute;bana, criada entre ganado, trabajo dom&eacute;stico y una fuerte vocaci&oacute;n por aprender, vio pronto truncadas sus posibilidades de estudio. Pero nunca dej&oacute; de cultivarse. A&ntilde;os despu&eacute;s empez&oacute; a escribir poemas a la sombra del tejo de la iglesia de Santa Mar&iacute;a de Lebe&ntilde;a, donde fue gu&iacute;a voluntaria durante d&eacute;cadas, convirti&eacute;ndose en una voz singular de la memoria cultural y del patrimonio religioso de la comarca y dejando herencia. <a href="https://youtu.be/WMo9sMUnzHI?si=fhHwqmNTgy1kHQcT" target="_blank" data-mrf-recirculation="links-noticia" class="link">Mar&iacute;a Concepci&oacute;n Colorado del Val</a> (1928, Matamorosa), criada entre Bilbao y Campoo, formada desde ni&ntilde;a en la costura, y cuya vida uni&oacute; emigraci&oacute;n, familia y una activa participaci&oacute;n cultural en su comunidad. <a href="https://youtu.be/m0R8OIQHGhs?si=jT0srHNSjOegHgz6" target="_blank" data-mrf-recirculation="links-noticia" class="link">Dolores Castillo Gonz&aacute;lez</a> (1922, Laredo), que trabaj&oacute; desde ni&ntilde;a en el muelle como redera, aguja de madera en mano, y que sostuvo una convicci&oacute;n muy clara: toda mujer deb&iacute;a ser independiente econ&oacute;micamente.
    </p><p class="article-text">
        Si el soci&oacute;logo Zygmunt Bauman habl&oacute; la fragilidad contempor&aacute;nea de la sociedad l&iacute;quida, estas mujeres recuerdan otra cosa: ellas eran la estructura que permit&iacute;a resistir d&iacute;a a d&iacute;a y, en especial, cuando todo faltaba. No lo decimos como una idealizaci&oacute;n del pasado, sino como una constataci&oacute;n antropol&oacute;gica: en contextos de escasez, las comunidades se sosten&iacute;an sobre saberes femeninos invisibilizados. Lo que hoy llamar&iacute;amos cuidados, econom&iacute;a moral, reproducci&oacute;n social o apoyo mutuo, en ellas era simplemente el d&iacute;a. Tambi&eacute;n sororidad real. Tambi&eacute;n comunidad vecinal.
    </p><p class="article-text">
        Muchas lo hicieron desde decisiones personales que exig&iacute;an una forma poco visible de valent&iacute;a. Una de nuestras primeras entrevistadas: <a href="https://youtu.be/T6mcKhEKuWo?si=SOOuGv5I4xIwRcsm" target="_blank" data-mrf-recirculation="links-noticia" class="link">Lucrecia Diego Garc&iacute;a</a> (1920, Selaya) decidi&oacute; no casarse. Hab&iacute;a visto demasiado de cerca la violencia y la dureza que muchas mujeres soportaban en el silencio de sus casas. Ganadera y labradora, trabaj&oacute; toda su vida y tambi&eacute;n acompa&ntilde;&oacute; a otras mujeres del pueblo, ayud&aacute;ndolas en momentos dif&iacute;ciles e incluso aportando dinero de su propio trabajo cuando no ten&iacute;an otra forma de salir adelante. Su ense&ntilde;anza era sencilla y profunda: saber distinguir el amor de aquello que no lo es y, como ella dec&iacute;a, &ldquo;llevarse bien con los otros&rdquo;. 
    </p><p class="article-text">
        <a href="https://youtu.be/q3p55V7wxWQ?si=ZUuE3sfNsvOshsDq" target="_blank" data-mrf-recirculation="links-noticia" class="link">Araceli Garc&iacute;a Ruiz</a> (1926, Campo de Ebro), que con solo 17 a&ntilde;os asumi&oacute; el cuidado de sus hermanos tras quedar hu&eacute;rfanos, pasando &mdash;como ella dice&mdash; &ldquo;directamente de la infancia a la adultez&rdquo;. <a href="https://youtu.be/d25Nubf4h9I?si=7zbcVUZDcrFd0Lob" target="_blank" data-mrf-recirculation="links-noticia" class="link">Consuelo Sainz Quijano</a> (1922, Vio&ntilde;o de Pi&eacute;lagos), criada en una familia ganadera numerosa, aprendi&oacute; a leer gracias a un t&iacute;o capuchino y dedic&oacute; gran parte de su vida al cuidado de otros, tambi&eacute;n acompa&ntilde;ando a personas con diversidad funcional. <a href="https://youtu.be/tc6ddU4pLls?si=EM5U_UUATWiTnp9M" target="_blank" data-mrf-recirculation="links-noticia" class="link">Marina Ortiz Velasco</a> (1925, Llanos de Penagos), criada entre el trabajo dom&eacute;stico y la ganader&iacute;a, sostuvo junto a su marido una econom&iacute;a familiar basada en el ganado, la venta de lana y corderos en el mercado, todo ello entrelazado con crianza de sus hijos. 
    </p><p class="article-text">
        <a href="https://youtu.be/roMLWCcGbHk?si=POFS0j5unmfG5DrX" target="_blank" data-mrf-recirculation="links-noticia" class="link">Emilia Arroyo Alonso</a> (1925, Vega de Pas), criada entre Vega de Pas y Zaragoza, donde se form&oacute; en la escuela y en la costura, y que m&aacute;s tarde sostuvo su hogar entre la crianza de sus hijos y el cuidado de su madre enferma, haciendo posible el futuro de los suyos. Josefa Boo Camus (1920, Cueto), criada entre el trabajo dom&eacute;stico, la costura de zapatillas y los servicios en casas de familias acomodadas de Santander, donde desde muy joven sostuvo la econom&iacute;a familiar y el cuidado de los suyos.
    </p><p class="article-text">
        O <a href="https://youtu.be/qzk5lDbZHTA?si=JC8qIRik_1nRAOLz" target="_blank" data-mrf-recirculation="links-noticia" class="link">Victoria Jimeno Sesma</a> (1922, Logro&ntilde;o), cuya ense&ntilde;anza qued&oacute; en los gestos cotidianos de cuidado y afecto, que hoy son herencia; <a href="https://youtu.be/V8JkhO0uGjU?si=CKDjBCjPFfNw55Di" target="_blank" data-mrf-recirculation="links-noticia" class="link">Ana Carmen Crespo Viadero</a>, Carmina (1928, Galizano), que &ldquo;tir&oacute; de todo&rdquo; y conoc&iacute;a bien esas redes informales que hac&iacute;an posible la vida y la crianza, una verdadera arquitectura comunitaria entre mujeres; <a href="https://youtu.be/_fjmLfdufLc?si=teKBpyg5GHzKLZQH" target="_blank" data-mrf-recirculation="links-noticia" class="link">Mar&iacute;a Luisa Riego P&eacute;rez</a>, Manolita (1924, Solares), cuya generosidad fue estructural en su familia desde muy temprana edad; <a href="https://youtu.be/P3SZdVXC1GA?si=EIBIXUrt6bw1BUy5" target="_blank" data-mrf-recirculation="links-noticia" class="link">Concepci&oacute;n Herrera Fi&ntilde;aga</a> (1929, Santander), que muy pronto se convirti&oacute; en el apoyo de su madre y en una segunda madre para sus hermanos; <a href="https://youtu.be/xk7YeZ4u6Xs?si=Tjg2s4HyYGBkkjr6" target="_blank" data-mrf-recirculation="links-noticia" class="link">Fronilda Sedano Ruiz</a>, Flori (1925, Ter&aacute;n), que levant&oacute; un negocio mientras sosten&iacute;a la crianza y la casa, ejemplo de esas econom&iacute;as familiares donde el trabajo femenino lo atravesaba todo. 
    </p><p class="article-text">
        <a href="https://youtu.be/Cx8_41tAU0w?si=M-zeXbOV3CXKA7EO" target="_blank" data-mrf-recirculation="links-noticia" class="link">Irene Cabrera Lanza</a> (1928, Herrera de Camargo), criada entre distintos pueblos del norte durante los a&ntilde;os de guerra, formada en la costura y dedicada despu&eacute;s a sostener la econom&iacute;a familiar &mdash;ganader&iacute;a primero, peque&ntilde;o comercio despu&eacute;s&mdash; mientras criaba a sus hijos y cuidaba de sus mayores. <a href="https://youtu.be/rsNoq1v9pyI?si=6IG2D5MUeVJZ4w1U" target="_blank" data-mrf-recirculation="links-noticia" class="link">Mar&iacute;a Pacheco P&eacute;rez</a> (1919, Las Presillas, Puente Viesgo), criada en una familia dedicada al campo y a la ganader&iacute;a lechera, cuyo esfuerzo cotidiano permiti&oacute; mantener el oficio familiar que despu&eacute;s continuaron su hijo y su nieto. <a href="https://youtu.be/2fuK16cekvc?si=C9qatV9ZzC3mXzcw" target="_blank" data-mrf-recirculation="links-noticia" class="link">Antonia Sagrario Monasterio Seti&eacute;n</a> (1928, G&uuml;emes), cuya vida atraves&oacute; crianza, campo, mercado y f&aacute;brica, sosteniendo mucho a la vez, como tantas mujeres.
    </p><p class="article-text">
        Gracias a que muchas de estas mujeres vivieron tanto, hemos podido escucharlas todav&iacute;a en primera persona. Su longevidad fue y sigue siendo una oportunidad hist&oacute;rica de transmisi&oacute;n. Escucharlas no es un gesto de nostalgia, sino una forma de discernimiento: preguntarnos qu&eacute; merece permanecer y qu&eacute; necesita cambiar. Cambian las generaciones, pero no del todo las emociones ni ciertos errores humanos. Por eso sus experiencias siguen siendo una fuente de aprendizaje.
    </p><p class="article-text">
        Como recuerda la escritora Chimamanda Ngozi Adichie al hablar del poder de las historias, cuando escuchamos otras vidas ampliamos nuestra comprensi&oacute;n del mundo y tambi&eacute;n de lo que somos capaces de imaginar.&nbsp;Es, en el fondo, una forma de ver y de ser vistos despu&eacute;s.
    </p><p class="article-text">
        En ese sentido, Legado Cantabria no solo conserva voces &mdash;ya 200 de mujeres y hombres&mdash;: ayuda a mirar de otra manera aquello que merece ser recordado. E invita a reconsiderar qu&eacute; vidas y qu&eacute; experiencias forman parte de nuestra memoria colectiva.
    </p>]]></description>
      <dc:creator><![CDATA[Zhenya Popova Tikhonova]]></dc:creator>
      <guid isPermaLink="true"><![CDATA[https://www.eldiario.es/cantabria/blog/legado-cantabria/merece-memoria-dia-nacer-sacamos-destino_132_13061939.html]]></guid>
      <pubDate><![CDATA[Fri, 13 Mar 2026 20:30:40 +0000]]></pubDate>
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      <media:title><![CDATA[Lo que merece memoria cada día: "Al nacer sacamos el destino"]]></media:title>
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    </item>
    <item>
      <title><![CDATA[Teresa Fernández Sánchez Vallejo: ser cosmopolita en el Comillas de posguerra]]></title>
      <link><![CDATA[https://www.eldiario.es/cantabria/blog/legado-cantabria/teresa-fernandez-sanchez-vallejo-cosmopolita-comillas-posguerra_132_13036181.html]]></link>
      <description><![CDATA[<p><img src="https://static.eldiario.es/clip/9a7d3f78-35a0-4c28-8bd0-0e23e63a7ac4_16-9-discover-aspect-ratio_default_0.jpg" width="1200" height="675" alt="Teresa Fernández Sánchez Vallejo: ser cosmopolita en el Comillas de posguerra"></p><div class="subtitles"><p class="subtitle">Bebe de la tradición rural de Trasvía, pero ha vivido influenciada por las ventanas al mundo que su biografía le regaló. A los 97 años es la memoria viva de una villa peculiar dentro de Cantabria.</p><p class="subtitle">Legado Cantabria - Chitín Mantilla: vivir lo suficiente para dejar un legado ejemplar</p></div><p class="article-text">
        Teresa Fern&aacute;ndez S&aacute;nchez Vallejo naci&oacute; el 28 de octubre de 1928 en la localidad de Trasv&iacute;a (Comillas), pueblo costero vinculado a la ganader&iacute;a y al mar, a manos de su abuela Josefa. Pas&oacute; sus primeros a&ntilde;os conviviendo precisamente en casa de Josefa, una mujer &ldquo;bastante ilustrada&rdquo; que, tras quedar hu&eacute;rfana en Potes, fue acogida por un t&iacute;o y trabaj&oacute; como sirvienta en la taberna de paso de La Rabia. 
    </p><p class="article-text">
        El abuelo de Teresa, Domingo 'Mingo' Vallejo, estuvo profundamente ligado al mar. Fue navegante en la Compa&ntilde;&iacute;a Trasatl&aacute;ntica, participando en viajes a Am&eacute;rica y estableciendo amistad con el primer marqu&eacute;s de Comillas, Antonio L&oacute;pez y L&oacute;pez. Como recuerda Teresa: &ldquo;Mi abuelo naveg&oacute; muchos a&ntilde;os en la compa&ntilde;&iacute;a. Siempre estuvo involucrado en todo, desde la fundaci&oacute;n de la Compa&ntilde;&iacute;a Trasatl&aacute;ntica hasta Tabacos de Filipinas&rdquo;. 
    </p><p class="article-text">
        Su padre, Federico, pas&oacute; su juventud en Am&eacute;rica, trabajando en unas minas de m&aacute;rmol en Nueva York, donde vivi&oacute; 20 a&ntilde;os junto a parientes emigrados. Al regresar, se cas&oacute; con Mari&uacute;, una joven vivaz y muy presente en la vida social del pueblo, y se dedic&oacute; de lleno a la ganader&iacute;a, participando en las primeras ediciones de la Feria Internacional de Ganados de Torrelavega. Fue tambi&eacute;n impulsor de una cooperativa y cofundador de la Asociaci&oacute;n Cultural El Marte.
    </p><p class="article-text">
        En 1934, a los cinco a&ntilde;os, Teresa viaj&oacute; con su t&iacute;a a Barcelona para reunirse con su t&iacute;o Modesto, quien tambi&eacute;n trabajaba en la Compa&ntilde;&iacute;a Trasatl&aacute;ntica. Adem&aacute;s, otro t&iacute;o, Manolo, era cocinero a bordo de los barcos de la misma empresa. Sin embargo, el estallido de la guerra y la grave enfermedad de su padre llevaron a sus t&iacute;os a quedarse en Barcelona con Teresa. Su t&iacute;a Teresa, hermana de su madre, la acogi&oacute; &ldquo;como a una hija&rdquo;. 
    </p><p class="article-text">
        Durante siete a&ntilde;os, Teresa vivi&oacute; cerca de la instituci&oacute;n Consell de Cent y frente a las bater&iacute;as antia&eacute;reas en la monta&ntilde;a de Montju&iuml;c, en la calle d'Arag&oacute;, ubicada en el Eixample de Barcelona. Con 10 o 11 a&ntilde;os, ayudaba a una mujer durante la venta de pescado, ya que &ldquo;no se encontraba nada de comprar&rdquo;. Durante su estancia en Barcelona, la abuela de Teresa gestion&oacute; su ingreso en un colegio religioso cercano a su domicilio. Esta mediaci&oacute;n fue posible gracias al v&iacute;nculo previo con las religiosas, las Hermanas Paulas, establecidas en Comillas.&nbsp;
    </p><figure class="embed-container embed-container--type-youtube ratio">
    
                    
                            
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        Sin embargo, Teresa recuerda como, &ldquo;con la guerra, se fastidi&oacute; todo y tuve que cambiarme a un colegio p&uacute;blico&rdquo;. Recuerda de manera desordenada momentos, como la llegada de soldados, los refugios, los bombardeos de la aviaci&oacute;n italiana y alemana y los encuentros con la comunidad comillana 'La Monta&ntilde;a'. Para alejarse de la violencia y coger provisiones, visitaban semanalmente a unos parientes, Consuelo y Sim&oacute;n, en Vilassar de Mar (Maresme), una casa con huerta, a unos 25 kil&oacute;metros al norte de Barcelona.&nbsp;
    </p><p class="article-text">
        Durante la Guerra Civil, la madre de Teresa crey&oacute; que su hija hab&iacute;a sido evacuada en uno de los barcos destinados a los ni&ntilde;os, con Rusia como destino. Las noticias tampoco llegaban desde el norte, de hecho, tard&oacute; en conocer el fallecimiento de su padre, ocurrido el mismo d&iacute;a de la entrada de los sublevados en Barcelona, y que fue confirmada tard&iacute;amente &ldquo;a trav&eacute;s de una valija diplom&aacute;tica&rdquo;. Con los a&ntilde;os, Teresa recogi&oacute;, a trav&eacute;s de relatos orales, las experiencias de su familia en Trasv&iacute;a durante la guerra.
    </p><p class="article-text">
        El regreso de Barcelona a Cantabria fue complicado debido a problemas con los pasaportes y el caos en las l&iacute;neas ferroviarias. Adem&aacute;s, la grave enfermedad de su t&iacute;o hizo urgente el retorno desde Catalu&ntilde;a. Llegaron durante el &ldquo;Tercer A&ntilde;o Triunfal&rdquo; del r&eacute;gimen franquista, en el contexto de la celebraci&oacute;n del 1 de abril de 1941. En Trasv&iacute;a, la comunidad celebr&oacute; con una fiesta, hoguera y m&uacute;sica regional, ya que &ldquo;no hab&iacute;a discos ni otros entretenimientos&rdquo;. La acogida fue c&aacute;lida: &ldquo;Nada m&aacute;s llegar, hice muy buenas migas&rdquo;, recuerda. Pronto reanud&oacute; su vida junto a su familia y&nbsp;amistades en el entorno que no hab&iacute;a olvidado.
    </p><p class="article-text">
        Al regresar, uno de los primeros gestos fue tener que hacer la primera comuni&oacute;n por segunda vez. Ven&iacute;an de la guerra, parec&iacute;a necesario &ldquo;borrar la influencia de los rusos&rdquo; &mdash;es decir, del ambiente ajeno al nacionalcatolicismo&mdash;. La educaci&oacute;n en Trasv&iacute;a estuvo influenciada por el mecenazgo del marqu&eacute;s de Comillas. La escuela, con todas las comodidades de la &eacute;poca, tuvo como maestra a una mujer que permaneci&oacute; en el cargo m&aacute;s de 50 a&ntilde;os, educando a tres generaciones. &ldquo;&Eacute;ramos m&aacute;s bien ni&ntilde;as&rdquo;, explica Teresa.
    </p><p class="article-text">
        Al regresar a Cantabria, con unos 12 a&ntilde;os, Teresa se describe como &ldquo;la revoluci&oacute;n del pueblo&rdquo;. Tra&iacute;a libros en catal&aacute;n, como el Cat&oacute;n, y pinturas de colores que nunca se hab&iacute;an visto en Trasv&iacute;a. &ldquo;Eso era una novedad. Empezamos a hacer flores, muchas flores&rdquo;, recuerda con entusiasmo. Fue entonces cuando comenz&oacute; a compartir lo aprendido en Barcelona con sus amigas, &ldquo;pero en catal&aacute;n&rdquo;, convirti&eacute;ndose, de alguna manera, en una peque&ntilde;a maestra para su entorno.
    </p><p class="article-text">
        Desde joven, Teresa particip&oacute; activamente en la vida cultural de Trasv&iacute;a, colaborando con seminaristas y curas en la realizaci&oacute;n de comedias como 'La fierecilla domada', con la escuela como escenario. &ldquo;Las veladas de Trasv&iacute;a eran muy populares entre la juventud, como no hab&iacute;a otra cosa que hacer...&rdquo;, comenta entre risas. Con el tiempo, la Asociaci&oacute;n Cultural El Marte revitaliz&oacute; esas veladas y foment&oacute; grupos de canto y teatro, extendiendo su influencia a otros pueblos y llegando hasta la actualidad.
    </p><p class="article-text">
        Vivi&oacute; con sus t&iacute;os, colaborando en los trabajos dom&eacute;sticos y realizando tareas como ir a la Fuente Santa o al molino de la baronesa de G&uuml;ell. Su t&iacute;o pescador generaba peque&ntilde;os ingresos y Teresa se encargaba de vender el pescado puerta a puerta. Adem&aacute;s, altruistamente, se convirti&oacute; en la encargada de poner inyecciones en Trasv&iacute;a y El Tejo, aprendiendo con su t&iacute;o Modesto, quien, pese a estar enfermo, le ense&ntilde;&oacute; a usar la aguja. Teresa lleg&oacute; a administrar cientos de inyecciones, cubriendo la ausencia del practicante oficial, Pedr&iacute;n Conde. Sus hijas a&uacute;n la recuerdan con la peque&ntilde;a cartera que conten&iacute;a su jeringuilla especial. &ldquo;Y nunca, nunca pas&oacute; nada&rdquo;, dice Teresa, reafirmando su destreza y compromiso.
    </p><p class="article-text">
        Tras la muerte de su t&iacute;o Modesto, Teresa asumi&oacute; los trabajos dom&eacute;sticos y el cuidado de su t&iacute;a enferma. Por las tardes, acud&iacute;a al taller de costura en la porter&iacute;a de La Coteruca, finca del marqu&eacute;s de Movell&aacute;n, donde inici&oacute; su carrera bajo la tutela de Mariu 'La Catalana', una modista muy respetada en la alta sociedad de Comillas. Teresa perfeccion&oacute; su habilidad en su taller, utilizando la revista Vogue que su t&iacute;o le tra&iacute;a de Am&eacute;rica, como referencia para seguir las &uacute;ltimas tendencias. A trav&eacute;s de estos modelos, Teresa no solo aprendi&oacute; a coser, sino tambi&eacute;n a interpretar y adaptar las tendencias internacionales a los gustos y necesidades de sus clientas.
    </p><p class="article-text">
        A los 15 a&ntilde;os, Teresa comenz&oacute; a trabajar para el Seminario de Comillas, donde, gracias a la conexi&oacute;n de su t&iacute;o Manolo con los religiosos, se encargaba de confeccionar prendas para los jesuitas. Inicialmente cos&iacute;a camisas y calzoncillos que le entregaban ya cortados y, con el tiempo, asumi&oacute; tambi&eacute;n la confecci&oacute;n de sotanas. La calidad de su trabajo le permiti&oacute; asumir encargos m&aacute;s elaborados, como las 'dulletas' que los frailes llevaban sobre las sotanas. &ldquo;Me gustaba, y realmente llegu&eacute; a hacer prendas al estilo de un sastre&rdquo;, confiesa, recordando con cari&ntilde;o esa etapa, y su familia destaca que, gracias a su costura, siempre tuvieron trajes para actuaciones escolares y eventos.
    </p><p class="article-text">
        Tras el fallecimiento de su t&iacute;a, y con tan solo 20 a&ntilde;os, Teresa ya dispon&iacute;a de su propio hogar y ten&iacute;a independencia econ&oacute;mica. Aunque en las noches dorm&iacute;a en casa de su madre, aprovechaba sus d&iacute;as para cumplir con sus obligaciones y disfrutar del ocio. En esos a&ntilde;os, a ra&iacute;z de una amistad de la adolescencia y sin los convencionalismos de una relaci&oacute;n de novios, naci&oacute; el amor entre Teresa y Paco Crespo Sobrina. &ldquo;Ten&iacute;a muy buena planta&rdquo;, recuerda ella. Se casaron el 25 de agosto de 1954, tras dos a&ntilde;os de noviazgo, en una ceremonia &iacute;ntima en la iglesia parroquial de San Crist&oacute;bal en Comillas. 
    </p><p class="article-text">
        Teresa luci&oacute; un vestido negro confeccionado a mano por Mari&uacute;, la modista. Entre 1955 y 1970, tuvo once partos en casa, asistidos por la partera Cuqui y bajo la supervisi&oacute;n del m&eacute;dico Francisco Verdejo. Aunque sufri&oacute; la p&eacute;rdida de dos hijos &mdash;uno de ellos siendo un beb&eacute; y otro en su adultez&mdash;, cri&oacute; a seis hijas y cuatro hijos, con el apoyo de su hija primog&eacute;nita, su madre, su prima Beatriz y Rosario, &ldquo;su amiga del alma&rdquo;.
    </p><p class="article-text">
        Paco comenz&oacute; su carrera laboral desde joven como pinche en el negocio de cristales de su t&iacute;o, quien hab&iacute;a aprendido el oficio en La Habana. Entre 1954 y 1958 trabaj&oacute; como aprendiz en el Seminario y, hasta mitad de los a&ntilde;os 70, desempe&ntilde;&oacute; funciones como oficial de pintura, restauraci&oacute;n y mantenimiento.&nbsp;
    </p><blockquote class="quote">

    
    <div class="quote-wrapper">
      <div class="first-quote"></div>
      <p class="quote-text">Teresa supo combinar la tradición rural de su familia con influencias cosmopolitas, desarrollando una mirada propia sobre los cambios sociales y económicos de su tiempo</p>
          </div>

  </blockquote><p class="article-text">
        Paco particip&oacute; activamente en las tareas dom&eacute;sticas y en la educaci&oacute;n integral de sus hijos. &ldquo;Quisimos que nuestros hijos aprendieran de todo y que nuestras hijas fueran independientes&rdquo;, afirma Teresa. Su hija mayor, Lines, rompi&oacute; convenciones sociales, siendo una de las primeras mujeres en Comillas en usar pantalones y tener una Vespa. La familia adopt&oacute; un estilo de vida que romp&iacute;a convenciones, rechazando la econom&iacute;a basada en el ganado, disfrutando de momentos en la playa y cultivando amistades con familias extranjeras. Teresa supo combinar la tradici&oacute;n rural de su familia con influencias cosmopolitas, desarrollando una mirada propia sobre los cambios sociales y econ&oacute;micos de su tiempo. Hoy, a sus 97 a&ntilde;os, es madre, abuela de 30 nietos y nietas, y bisabuela de 15.
    </p><p class="article-text">
        En su adultez, uno de los momentos m&aacute;s significativos para Teresa fue su trabajo en el hogar de Mar&iacute;a Antonia de Satr&uacute;stegui, conocida como 'Noni' y pariente del primer marqu&eacute;s de Comillas, en la Finca Las Vi&ntilde;as. Teresa se encarg&oacute; de diversas tareas, incluyendo el cuidado de la casa y de las nietas de la se&ntilde;ora, a quienes les uni&oacute; un profundo cari&ntilde;o. En 1980 sufri&oacute; un accidente dom&eacute;stico debido a un incendio, lo que la dej&oacute; convaleciente durante cuatro meses en la unidad de quemados del Hospital de Cruces. 
    </p><p class="article-text">
        Tras su recuperaci&oacute;n, pas&oacute; varios meses en su casa y continu&oacute; apoyando a la Noni con la ayuda de sus hijas. Trabaj&oacute; con ella hasta mediados de los a&ntilde;os 80, momento en que Noni falleci&oacute;. A pesar de ello, Teresa sigui&oacute; cuidando su finca con el apoyo de sus hijas y, durante cuatro a&ntilde;os, trabaj&oacute; para sus nietas. Su profunda amistad qued&oacute; reflejada tanto en su legado como en el de Mar&iacute;a Antonia de Satr&uacute;stegui.
    </p><p class="article-text">
        A los 65 a&ntilde;os, Teresa se jubil&oacute;, despu&eacute;s de haber podido cotizar a la seguridad social tras sufrir el accidente, lo que le permiti&oacute; asegurar su futuro. En 1988, enviud&oacute; tras la prematura muerte de Paco, quien falleci&oacute; a los 59 a&ntilde;os. Desde entonces, Teresa vivi&oacute; en Trasv&iacute;a, en su casa familiar, cerca de su segundo hijo.
    </p><p class="article-text">
        Teresa pertenece a una generaci&oacute;n que enlaz&oacute; mar y ganader&iacute;a, tradici&oacute;n y apertura al mundo. Su vida ha sido un puente entre &eacute;pocas y generaciones hasta llegar en 2024 a la residencia donde hoy conversa con sus amistades de la infancia.&nbsp;En ella se cruzan numerosas historias, personas y lugares, pero sobre todo late la historia de la mujer que supo sostener, trabajar, cuidar, ense&ntilde;ar, amar&hellip;&nbsp;Hoy su legado no est&aacute; solo en lo que hizo, sino en lo que permiti&oacute; que otros fueran. Y eso tambi&eacute;n es historia.
    </p>]]></description>
      <dc:creator><![CDATA[Zhenya Popova Tikhonova]]></dc:creator>
      <guid isPermaLink="true"><![CDATA[https://www.eldiario.es/cantabria/blog/legado-cantabria/teresa-fernandez-sanchez-vallejo-cosmopolita-comillas-posguerra_132_13036181.html]]></guid>
      <pubDate><![CDATA[Fri, 06 Mar 2026 21:20:59 +0000]]></pubDate>
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      <media:title><![CDATA[Teresa Fernández Sánchez Vallejo: ser cosmopolita en el Comillas de posguerra]]></media:title>
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      <media:keywords><![CDATA[Memoria Histórica,Cantabria]]></media:keywords>
    </item>
    <item>
      <title><![CDATA[Chitín Mantilla: vivir lo suficiente para dejar un legado ejemplar]]></title>
      <link><![CDATA[https://www.eldiario.es/cantabria/blog/legado-cantabria/chitin-mantilla-vivir-suficiente-legado-ejemplar_132_13022743.html]]></link>
      <description><![CDATA[<p><img src="https://static.eldiario.es/clip/74c58dc7-0791-4783-bb44-645c503aa7d6_16-9-discover-aspect-ratio_default_0.jpg" width="1200" height="675" alt="Chitín Mantilla: vivir lo suficiente para dejar un legado ejemplar"></p><div class="subtitles"><p class="subtitle">A lo largo de su vida, participó activamente en instituciones como el Ateneo de Santander, el Centro Cultural Matilde de la Torre o Cruz Roja. Además, destacó en su rol como cofundadora de la Asociación de Mujeres Empresarias de Cantabria y fue la primera mujer concejala del PRC en Santander</p></div><p class="article-text">
        Si algo repiten, casi como un susurro compartido, la mayor&iacute;a de las cerca de 200 personas que han compartido su historia en Legado Cantabria desde 2021, es que el tiempo corre, casi imperceptible. Pasa deprisa, demasiado deprisa. Y, aun sabi&eacute;ndolo, a veces dejamos que el reloj se llene de obligaciones, aplazando &mdash;casi por inercia&mdash; los minutos que s&iacute; eran elecci&oacute;n.
    </p><p class="article-text">
        Hace apenas dos semanas, Conchita Mantilla Rodr&iacute;guez (1935, Santander), a quien tuvimos la suerte de entrevistar en 2024, me escrib&iacute;a desde su hogar de Santander: el piso donde hab&iacute;a vivido durante m&aacute;s de seis d&eacute;cadas y donde cada estancia conservaba algo de su historia. Quer&iacute;a presentarme a su amiga Valentina. Un caf&eacute; sencillo, compartido, de esos que se llenan de conversaci&oacute;n. Pero el d&iacute;a &mdash;sus urgencias, sus tareas&mdash; me dej&oacute; fuera de esa mesa. Estar dispuesta no siempre significa estar disponible.
    </p><p class="article-text">
        Hoy resuena aquel &ldquo;otro d&iacute;a nos vemos&rdquo; y su risa real, nacida de una vida larga y activa, atravesada por una &eacute;poca en la que abrirse camino siendo mujer exig&iacute;a determinaci&oacute;n. Ella misma fue una mujer todoterreno, capaz de desdramatizar las desgracias, presumir &mdash;siempre con orgullo&mdash; de sus seres queridos, restar importancia a sus propias peripecias y aliviar tristezas ajenas con una ligereza casi terap&eacute;utica.
    </p><p class="article-text">
        Conchita no acudi&oacute; a la presentaci&oacute;n de 'La memoria no arde', documental en el que participaba. Ya no ten&iacute;a fuerzas para salir. Su coraz&oacute;n, discretamente, empezaba a pedir descanso.
    </p><p class="article-text">
        Semanas despu&eacute;s, el domingo 22 de febrero, decidi&oacute; marchar. El tiempo, ajeno a todo, sigui&oacute; corriendo, pero su historia, como ella quiso, queda ya en la memoria compartida. Como escribi&oacute; Henri Bergson, el presente se forma del pasado. Generosa, contin&uacute;a habit&aacute;ndonos.
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        Tal vez ah&iacute; resid&iacute;a tambi&eacute;n una de sus certezas: no podemos frenar el tiempo, pero s&iacute; elegir c&oacute;mo habitarlo. Quiz&aacute; esa fue tambi&eacute;n su &uacute;ltima ense&ntilde;anza: a los 91 a&ntilde;os, Conchita Mantilla Rodr&iacute;guez dec&iacute;a haber tenido &ldquo;muy buena vida&rdquo;.
    </p><p class="article-text">
        Naci&oacute; el 26 de enero de 1935 en la calle Santa Luc&iacute;a de Santander. Fue la primera hija de Mar&iacute;a del Carmen, maestra nacional, y Gabriel Mantilla, perito mercantil del Banco Santander. Tras la temprana p&eacute;rdida del hijo mayor, Conchita pas&oacute; a ser la mayor de una familia de ocho hermanos. La llamaban cari&ntilde;osamente Chit&iacute;n.
    </p><p class="article-text">
        Su infancia transcurri&oacute; entre Santander y Los Prados (Li&eacute;rganes), acompa&ntilde;ada por la figura constante de &ldquo;la tata&rdquo; y por la cercan&iacute;a de su abuelo materno. Creci&oacute; en un entorno familiar donde los relatos del pasado conviv&iacute;an con la experiencia directa de una &eacute;poca marcada por la posguerra. Entre las historias familiares m&aacute;s destacadas se encontraba la de su t&iacute;a abuela materna, Maximina Pedraja, quien fue ama de cr&iacute;a del rey Alfonso XIII. 
    </p><p class="article-text">
        Entre los recuerdos m&aacute;s v&iacute;vidos de su ni&ntilde;ez destacan los veranos en la casa familiar de San Vicente de Toranzo; las visitas a &ldquo;las Cari&ntilde;osas&rdquo;, las primas de la familia del guerrillero antifranquista Jos&eacute; Lav&iacute;n, 'el Cari&ntilde;oso', en Los Prados; y la vida cotidiana en Santander, marcada por la lectura de cuentos de la librer&iacute;a Hispano Argentina, los paseos en bicicleta y los momentos compartidos en familia. Sin embargo, su infancia tambi&eacute;n estuvo atravesada por eventos tr&aacute;gicos: en 1940, perdi&oacute; a su hermana menor en un accidente dom&eacute;stico, y en 1941, el gran incendio de Santander le oblig&oacute; a trasladarse temporalmente a Riolangos, camino a Vega de Pas.&nbsp;&nbsp;
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            <span class="title">
                Grabación de la entrevista con Chitín Mantilla.                            </span>
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        Conchita inici&oacute; su formaci&oacute;n acad&eacute;mica a los cuatro a&ntilde;os en el colegio de las Teresianas de Santander. Tras continuar sus estudios en una escuela privada de la calle que ahora se denomina Ata&uacute;lfo Argenta, ingres&oacute; en la Escuela de Comercio de Santander, donde se form&oacute; hasta los 17 a&ntilde;os. Posteriormente se traslad&oacute; a Madrid para completar sus estudios de Perito Mercantil. A los 20 a&ntilde;os, con el t&iacute;tulo de Perito Mercantil en mano, enfrent&oacute; la negativa de su padre, apoderado del Banco de Santander, a que se convirtiera en la primera mujer en trabajar en dicha entidad. Aquella decisi&oacute;n marc&oacute; un giro vital: Conchita se dedic&oacute; al hogar y cultiv&oacute; su pasi&oacute;n por la costura.
    </p><p class="article-text">
        Durante su juventud, particip&oacute; en la Agrupaci&oacute;n L&iacute;rica Monta&ntilde;esa con ensayos y representaciones de zarzuela en varios teatros, bajo la direcci&oacute;n de Sim&oacute;n Madrazo y Maripi Gonz&aacute;lez. Tambi&eacute;n realiz&oacute; el Servicio Social franquista, experiencia que formaba parte de las exigencias de la &eacute;poca: un mes en un comedor para personas sin recursos en la calle El Arrabal de Santander y tres meses en La Granja de San Ildefonso, requisito para participar en un intercambio en Toulouse con el fin de aprender franc&eacute;s.&nbsp;
    </p><p class="article-text">
        Conoci&oacute; a Jes&uacute;s Ruiz Rugama, 'Chisco', durante sus a&ntilde;os de estudio. Tras un noviazgo de m&aacute;s de una d&eacute;cada, contrajeron matrimonio en 1965, a&ntilde;o en el que naci&oacute; su &uacute;nico hijo, Jes&uacute;s. En los primeros a&ntilde;os, Conchita se dedic&oacute; al hogar y a la crianza, acompa&ntilde;ando al mismo tiempo la trayectoria profesional de su marido, cuyo despacho alcanz&oacute; pronto prestigio. Jes&uacute;s Ruiz ser&iacute;a despu&eacute;s magistrado suplente y consejero de Presidencia en el primer Gobierno auton&oacute;mico de Cantabria.
    </p><p class="article-text">
        En 1967 Conchita asumi&oacute; la direcci&oacute;n del Hotel Rex de Santander, establecimiento que gestion&oacute; durante m&aacute;s de tres d&eacute;cadas. El hotel fue negocio, proyecto vital y, en distintas etapas, tambi&eacute;n hogar familiar. Bajo su gesti&oacute;n, el Rex se consolid&oacute; como un referente de la hospitalidad santanderina.
    </p><p class="article-text">
        A lo largo de su vida, Chit&iacute;n Mantilla Rodr&iacute;guez particip&oacute; activamente en instituciones como el Ateneo de Santander, el Centro Cultural Matilde de la Torre, popularmente conocido como 'Las Matildes', la Cruz Roja (en calidad de vocal), entre otras. No obstante, su legado m&aacute;s significativo radica en su rol como cofundadora en 1985 de la Asociaci&oacute;n de Mujeres Empresarias de Cantabria (ADMEC). Su labor en este &aacute;mbito no solo mejor&oacute; las din&aacute;micas locales, sino que tambi&eacute;n favoreci&oacute; la proyecci&oacute;n a nivel nacional de las mujeres empresarias. Adem&aacute;s, Conchita desempe&ntilde;&oacute; el papel de tesorera nacional de la Asociaci&oacute;n Espa&ntilde;ola de Mujeres Empresarias (ASEME) durante un periodo de ocho a&ntilde;os, contribuyendo a la visibilizaci&oacute;n del papel de las mujeres en el &aacute;mbito empresarial.
    </p><p class="article-text">
        A principios de los a&ntilde;os 80, Conchita desempe&ntilde;&oacute; un papel clave como vocal y co-impulsora del Congreso del Skal Club en Cantabria, una iniciativa que fortaleci&oacute; las redes profesionales en los sectores de hosteler&iacute;a y turismo e impuls&oacute; el desarrollo del turismo en la comunidad.
    </p><p class="article-text">
        A finales de los a&ntilde;os 90, &ldquo;animada por Miguel &Aacute;ngel Revilla&rdquo;, se uni&oacute; al Partido Regionalista de Cantabria (PRC), convirti&eacute;ndose en la primera mujer concejal de esta formaci&oacute;n en Santander. Entre 1995 y 2004 ejerci&oacute; como concejala de Servicios Sociales en el Ayuntamiento de la ciudad. Tras el cierre del hotel en 2000 inici&oacute; una etapa entre Madrid y Cantabria, donde finalmente regres&oacute;. En sus &uacute;ltimos a&ntilde;os mantuvo una vida activa, atenta a la actualidad y profundamente vinculada a su entorno m&aacute;s cercano. Su hijo y sus dos nietas ocuparon siempre un lugar central en su relato.
    </p><p class="article-text">
        Quiz&aacute; ah&iacute; resida tambi&eacute;n su legado m&aacute;s silencioso: haber vivido lo suficiente &mdash;y con la lucidez intacta&mdash; para decir que su vida fue una &ldquo;muy buena vida&rdquo;.
    </p>]]></description>
      <dc:creator><![CDATA[Zhenya Popova Tikhonova]]></dc:creator>
      <guid isPermaLink="true"><![CDATA[https://www.eldiario.es/cantabria/blog/legado-cantabria/chitin-mantilla-vivir-suficiente-legado-ejemplar_132_13022743.html]]></guid>
      <pubDate><![CDATA[Fri, 27 Feb 2026 20:12:29 +0000]]></pubDate>
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      <media:title><![CDATA[Chitín Mantilla: vivir lo suficiente para dejar un legado ejemplar]]></media:title>
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      <media:keywords><![CDATA[Memoria Histórica,Cantabria,Santander]]></media:keywords>
    </item>
    <item>
      <title><![CDATA[Juan González Quijano: el derecho a nombrar el mundo con las manos]]></title>
      <link><![CDATA[https://www.eldiario.es/cantabria/blog/legado-cantabria/juan-gonzalez-quijano-derecho-nombrar-mundo-manos_132_12994589.html]]></link>
      <description><![CDATA[<p><img src="https://static.eldiario.es/clip/ee79858a-bb24-4d5e-8fdb-6e4887bb1c44_16-9-discover-aspect-ratio_default_0.jpg" width="1200" height="675" alt="Juan González Quijano: el derecho a nombrar el mundo con las manos"></p><div class="subtitles"><p class="subtitle">El derecho a comunicarse parece esencial, pero ha sido negado —y aún lo es— a decenas de miles de personas con sordera. La historia de Juan González Quijano es de quien ha sabido y podido habitar un mundo de hablantes gracias a la lengua de signos</p></div><p class="article-text">
        Durante d&eacute;cadas, la sordera fue le&iacute;da como carencia, como l&iacute;mite individual, como algo que deb&iacute;a corregirse. Y es que en buena parte del siglo XX, nacer sordo en Espa&ntilde;a signific&oacute; crecer sin lengua reconocida, sin derecho a nombrar el mundo con las manos. En realidad, fue &mdash;y sigue siendo&mdash; una cuesti&oacute;n de desigualdad: de acceso al lenguaje, a la educaci&oacute;n, a la informaci&oacute;n, a la vida compartida.
    </p><p class="article-text">
        En Cantabria, como en otros muchos lugares, las asociaciones de personas sordas han funcionado durante a&ntilde;os como espacios de refugio y de resistencia: lugares donde la lengua de signos no estaba prohibida, donde la comunicaci&oacute;n no era un esfuerzo constante y donde la identidad pod&iacute;a construirse sin pedir permiso. En ese mapa de apoyos y afectos se inscribe la vida de <a href="https://legadocantabria.org/juan-gonzalez-quijano/" target="_blank" data-mrf-recirculation="links-noticia" class="link">Juan Gonz&aacute;lez Quijano</a>.
    </p><p class="article-text">
        Juan naci&oacute; en Santander el 18 de diciembre de 1942, en una Espa&ntilde;a marcada por la posguerra y el r&eacute;gimen franquista. Su primera infancia estuvo atravesada por la p&eacute;rdida: su madre muri&oacute; cuando &eacute;l ten&iacute;a apenas un a&ntilde;o y medio. Creci&oacute; al cuidado de su padre, funcionario de la Diputaci&oacute;n Provincial, y de varias t&iacute;as maternas que sostuvieron el d&iacute;a a d&iacute;a familiar. Fue el &uacute;nico de sus hermanos con sordera profunda desde nacimiento, aunque siempre ha recordado su hogar como un espacio donde la diferencia formaba parte de la vida cotidiana.
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        Lejos de casa estaba el &uacute;nico lugar que pod&iacute;a atender a Juan y, con solo cuatro a&ntilde;os, fue trasladado a Madrid para ingresar como alumno interno en el Colegio de la Pur&iacute;sima para Ni&ntilde;os Sordos, regido por la Congregaci&oacute;n de las Hermanas Franciscanas Misioneras del Sagrado Coraz&oacute;n. Era 1947. All&iacute; recibi&oacute; una educaci&oacute;n marcada por el oralismo, el modelo dominante durante el franquismo, que prohib&iacute;a la lengua de signos y obligaba a aprender a hablar mediante lectura labial y m&eacute;todos correctivos.
    </p><p class="article-text">
        La lengua natural de las personas sordas fue expulsada de las aulas, pero sobrevivi&oacute; fuera de ellas: en los patios, en los pasillos, en la complicidad entre ni&ntilde;os y ni&ntilde;as. Aquella lengua no solo le permiti&oacute; comunicarse: le dio pensamiento, pertenencia y una forma de estar en el mundo. &ldquo;Sin lengua de signos, me habr&iacute;a pegado un tiro&rdquo;, reconoce, sin dramatismo, con absoluta certeza, como quien enuncia una verdad vital.
    </p><p class="article-text">
        Finalizada su etapa escolar, en 1956, regres&oacute; a Santander. Con apenas 16 a&ntilde;os y gracias a la mediaci&oacute;n de su padre, inici&oacute; un per&iacute;odo de pr&aacute;cticas en el Banco Santander. Durante 18 meses, y sin remuneraci&oacute;n, se form&oacute; en tareas administrativas hasta lograr un puesto estable. Se adapt&oacute; gracias al apoyo de sus compa&ntilde;eros y a la firme orientaci&oacute;n de su padre, a quien describe como &ldquo;un santo&rdquo;, que adem&aacute;s le ense&ntilde;aba en casa los entresijos del trabajo bancario. Tras ser contratado, se convirti&oacute; en uno de los primeros trabajadores sordos integrados en una entidad bancaria nacional en Cantabria. Durante 40 a&ntilde;os &mdash;de 1959 a 1999&mdash; trabaj&oacute; en varias oficinas del banco, incluida la central de Santander.&nbsp;
    </p><p class="article-text">
        Pero si el trabajo le dio estabilidad, fue el movimiento asociativo el que le dio comunidad. Desde comienzos de los a&ntilde;os sesenta, Juan se implic&oacute; activamente en las asociaciones de personas sordas de Cantabria. Fue presidente de ASORLA, en Laredo, y de ASOBE, en Torrelavega, y particip&oacute; tambi&eacute;n en la vida asociativa de Santander. Aquellos espacios &mdash;hoy articulados en torno a la Federaci&oacute;n C&aacute;ntabra de Personas Sordas (FESCAN)&mdash; fueron escuelas de ciudadan&iacute;a, espacios de ocio compartido, de militancia cotidiana y de transmisi&oacute;n cultural. Lugares donde la lengua de signos no se explicaba: se viv&iacute;a. Tambi&eacute;n fueron espacios abiertos a personas oyentes que se acercaban a la lengua de signos no como curiosidad, sino como puerta de entrada a una comunidad viva.
    </p><blockquote class="quote">

    
    <div class="quote-wrapper">
      <div class="first-quote"></div>
      <p class="quote-text">A los 83 años, se siente satisfecho. No habla de heroísmo ni de conquistas épicas. Habla de haber podido trabajar, amar, criar a un hijo —también sordo— y formar parte de una comunidad que le dio lengua y lugar, y de otra —la oyente— en la que, en parte, también pudo participar</p>
          </div>

  </blockquote><p class="article-text">
        El marco legal que rodea a la comunidad sorda tambi&eacute;n ha cambiado con el tiempo. La aprobaci&oacute;n de la Ley 27/2007 supuso el reconocimiento oficial de la lengua de signos, pero no elimin&oacute; las barreras. La desigualdad sigue presente en las aulas, en los hospitales, en la administraci&oacute;n, en los servicios p&uacute;blicos donde la accesibilidad comunicativa contin&uacute;a siendo una excepci&oacute;n. 
    </p><p class="article-text">
        Juan lo sabe bien: su vida est&aacute; atravesada por esas ausencias cotidianas. Durante m&aacute;s de 20 a&ntilde;os acompa&ntilde;&oacute; a su esposa, Alicia Trueba Ruiz, tambi&eacute;n sorda, a lo largo de una enfermedad prolongada, enfrent&aacute;ndose a la ausencia de int&eacute;rpretes y a un sistema sanitario que rara vez piensa en quienes no oyen. Alicia falleci&oacute; en 2024, tras m&aacute;s de medio siglo de vida compartida en Santander.
    </p><p class="article-text">
        Hoy, a los 83 a&ntilde;os, Juan Gonz&aacute;lez Quijano se siente satisfecho. No habla de hero&iacute;smo ni de conquistas &eacute;picas. Habla de haber podido trabajar, amar, criar a un hijo &mdash;tambi&eacute;n sordo&mdash; y formar parte de una comunidad que le dio lengua y lugar, y de otra &mdash;la oyente&mdash; en la que, en parte, tambi&eacute;n pudo participar.
    </p><p class="article-text">
        Su biograf&iacute;a &mdash;que, junto a la de <a href="https://legadocantabria.org/valentina-gutierrez-de-la-concha/" target="_blank" data-mrf-recirculation="links-noticia" class="link">Valentina Guti&eacute;rrez de la Concha</a>, otra persona sorda entrevistada en 2022, forma parte de <a href="https://legadocantabria.org/" target="_blank" data-mrf-recirculation="links-noticia" class="link">Legado Cantabria</a>&mdash; es la historia de una vida sostenida en lengua de signos y, tambi&eacute;n, una invitaci&oacute;n a pensar la sordera no como una discapacidad individual, sino como una cuesti&oacute;n de derechos, de acceso y de justicia social.
    </p><p class="article-text">
        La lengua de signos espa&ntilde;ola (LSE) no es un recurso auxiliar ni un sistema improvisado: es una lengua plena, con gram&aacute;tica, l&eacute;xico y tradici&oacute;n propia, utilizada por decenas de miles de personas en Espa&ntilde;a. Aunque no existen cifras exactas, se estima que m&aacute;s de 100.000 personas la emplean de forma habitual, para una parte de ellas como primera lengua y para otras como segunda.
    </p><p class="article-text">
        Su reconocimiento legal lleg&oacute; tarde: no fue hasta hace apenas dos d&eacute;cadas cuando el Estado reconoci&oacute; oficialmente las lenguas de signos espa&ntilde;olas y los derechos ling&uuml;&iacute;sticos de quienes las usan. Hasta entonces &mdash;y durante buena parte de la vida de Juan Gonz&aacute;lez Quijano o de Valentina Guti&eacute;rrez de la Concha&mdash; la lengua de signos qued&oacute; confinada a la transmisi&oacute;n entre iguales, lejos del reconocimiento institucional.
    </p><p class="article-text">
        Para personas como Juan o Valentina, la lengua de signos ha sido &ldquo;la salvaci&oacute;n&rdquo;, &ldquo;la base para todo&rdquo;: una condici&oacute;n de posibilidad para vivir con plenitud, para pensar, amar, trabajar y participar. Entender su biograf&iacute;a sin entender la historia de esta lengua ser&iacute;a quedarse en la superficie. Porque la sordera no es solo una cuesti&oacute;n m&eacute;dica, sino &mdash;sobre todo&mdash; una cuesti&oacute;n de derechos, de acceso y de justicia ling&uuml;&iacute;stica. 
    </p>]]></description>
      <dc:creator><![CDATA[Zhenya Popova Tikhonova]]></dc:creator>
      <guid isPermaLink="true"><![CDATA[https://www.eldiario.es/cantabria/blog/legado-cantabria/juan-gonzalez-quijano-derecho-nombrar-mundo-manos_132_12994589.html]]></guid>
      <pubDate><![CDATA[Fri, 20 Feb 2026 20:19:56 +0000]]></pubDate>
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      <media:title><![CDATA[Juan González Quijano: el derecho a nombrar el mundo con las manos]]></media:title>
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      <media:keywords><![CDATA[Memoria Histórica,Cantabria]]></media:keywords>
    </item>
    <item>
      <title><![CDATA[Cipriano Camus: el carpintero de Cueto que aprendió a no envidiar]]></title>
      <link><![CDATA[https://www.eldiario.es/cantabria/blog/legado-cantabria/cipriano-camus-carpintero-cueto-aprendio-no-envidiar_132_12980213.html]]></link>
      <description><![CDATA[<p><img src="https://static.eldiario.es/clip/ea7985c2-f372-47c6-b49e-dd65b556d254_16-9-discover-aspect-ratio_default_0.jpg" width="1200" height="675" alt="Cipriano Camus: el carpintero de Cueto que aprendió a no envidiar"></p><div class="subtitles"><p class="subtitle">Un siglo da para mucha vida y Cipriano Camus Gutiérrez la ha vivido. Ahora, con un siglo de memoria, hace recuento de una historia que es la de Cueto, la de Cantabria y la de varias generaciones</p></div><p class="article-text">
        En una Espa&ntilde;a gobernada por el dictador Miguel Primo de Rivera, bajo la monarqu&iacute;a de Alfonso XIII, naci&oacute; Cipriano Camus Guti&eacute;rrez el 6 de noviembre de 1925 en una casa de Cueto, cuando este lugar era todav&iacute;a un pueblo de tradici&oacute;n rural ganadera a las afueras de Santander. Su llegada al mundo estuvo acompa&ntilde;ada de las costumbres de la &eacute;poca: una matrona de La Albericia lleg&oacute; en burra, con los cu&eacute;vanos preparados, como se hac&iacute;a entonces en los partos dom&eacute;sticos.
    </p><p class="article-text">
        Creci&oacute; en una familia formada tras las segundas nupcias de su padre, junto a dos hermanas y dos hermanos. Al frente, Lorenzo Camus: trabajador, de car&aacute;cter recto. En la Estaci&oacute;n del Norte se encargaba del cambio de agujas y, adem&aacute;s, completaba el sustento transportando en su carro carb&oacute;n o paja para los jefes de la estaci&oacute;n. Beatriz, su madre, nacida en Barruelo (Palencia), se dedicaba al hogar y mucho m&aacute;s: cuidaba vacas, cultivaba la huerta, vend&iacute;a leche y verduras. Con ingenio, hac&iacute;a que la econom&iacute;a de la casa saliera adelante. La infancia de Cipriano transcurri&oacute; en ese mundo de trabajo y cuidados, entre tensiones familiares, animales y tierras de pasto: los prados de Sierra, en la bajada de Las Llamas; las fincas &ldquo;del Alto&rdquo; de Camus; o los prados cercanos al faro de Santander y La Pereda.
    </p><p class="article-text">
        En un tiempo en que la disciplina pesaba m&aacute;s que la pedagog&iacute;a, la escuela de Cueto la recuerda &aacute;spera: palos para quien no sab&iacute;a la lecci&oacute;n, disciplina por encima de todo. Frente a esa dureza, la gratitud hacia Isabel, la maestra que &mdash;dice&mdash; &ldquo;ense&ntilde;&oacute; a todo Cueto&rdquo;, con paciencia y calma en las clases nocturnas tras las largas jornadas de trabajo. Esa dualidad marc&oacute; sus primeros pasos en la educaci&oacute;n.
    </p><p class="article-text">
        Mientras tanto, siempre hab&iacute;a tiempo para juegos en la calle: el marro, las trompas, las chapas, las correr&iacute;as por las huertas para robar higos o las aventuras de engancharse a los tranv&iacute;as para viajar gratis por Santander. La calle fue su patio, un territorio de risas y de riesgo. Hoy Cipriano es la voz que queda de aquella pandilla.
    </p><p class="article-text">
        En su ni&ntilde;ez, el deporte tambi&eacute;n fue parte de la rutina. Iba al campo del Racing con su hermano mayor, socio del club. Todav&iacute;a ve en su memoria la tribuna de madera que un temporal derrib&oacute;. En Cueto estaba el Club Atl&eacute;tico Espa&ntilde;a, fundado en 1928 y a&uacute;n con vida hoy. Entonces era campo de f&uacute;tbol y de atletismo, y escenario de las carreras de su hermano. Esa pasi&oacute;n se prolongaba en la calle, aunque las pelotas eran de trapo&hellip; bueno, tambi&eacute;n hab&iacute;a alguna extraviada del Racing, comprada por unas pocas perras gordas. Y en verano, la familia iba a La Magdalena a ver las carreras de caballos desde lo alto de las caballerizas.
    </p><figure class="embed-container embed-container--type-youtube ratio">
    
                    
                            
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            </figure><p class="article-text">
        En 1936, el mismo a&ntilde;o en que estall&oacute; la Guerra de Espa&ntilde;a, su padre comenz&oacute; a levantar la nueva casa familiar, s&iacute;mbolo de arraigo en tiempos de incertidumbre. Ten&iacute;a 11 a&ntilde;os cuando el conflicto alcanz&oacute; tambi&eacute;n a Cueto. No hubo all&iacute; un frente estable de combate, pero s&iacute; bombardeos, refugios improvisados y el temor cotidiano a las incursiones a&eacute;reas que castigaban la retaguardia republicana en Santander.&nbsp;Ante ese miedo, su padre hab&iacute;a abierto un refugio cerca de la actual farmacia del pueblo, un resguardo precario frente al ruido de las sirenas y las bombas. Cipriano recuerda esconderse tras los paredones del Alto de Camus mientras cuidaba las vacas.
    </p><p class="article-text">
        En el verano de 1937, tras la ca&iacute;da de Bilbao, el ej&eacute;rcito sublevado avanz&oacute; sobre Cantabria. Santander capitul&oacute; el 26 de agosto y, poco despu&eacute;s, Cipriano vio instalarse en la escuela del pueblo a los &lsquo;regulares&rsquo; marroqu&iacute;es, un espacio que hasta hac&iacute;a poco hab&iacute;a sido de ni&ntilde;os y que de pronto se volvi&oacute; cuartel.
    </p><p class="article-text">
        Su hermanastro estuvo destinado en La Lora, uno de los frentes activos en Burgos, aunque regres&oacute; con vida y con malas experiencias; nadie de la familia muri&oacute; en la guerra. La contienda, sin embargo, golpe&oacute; a vecinos y allegados. Algunos pasaron a&ntilde;os ocultos en zulos &mdash;m&aacute;s de una d&eacute;cada&mdash; hasta sentirse a salvo. Otros fueron asesinados. De unos y otros Cipriano apenas quiere hablar: son nombres que pesan, recuerdos que duelen al ser evocados.
    </p><p class="article-text">
        Su hermano mayor tambi&eacute;n trabaj&oacute; como auxiliar en el faro de Cabo Mayor de Santander &mdash;encarg&aacute;ndose de tareas como el suministro de buj&iacute;as para el alumbrado&mdash; y fue testigo del hundimiento del acorazado 'Espa&ntilde;a' frente a la costa c&aacute;ntabra en 1937. A sus o&iacute;dos lleg&oacute; tambi&eacute;n la noticia: un estr&eacute;pito de mar y acero que se sum&oacute; a los ecos de la guerra. Y despu&eacute;s llegar&iacute;an los recuerdos de la posguerra, algunos ligados a la Casa de la Falange de Cueto. Hombres golpeados, mujeres rapadas, la certeza de que la violencia no termin&oacute; con la guerra. Tambi&eacute;n la memoria del reparto de comida para quienes nada ten&iacute;an, el racionamiento de la &eacute;poca, con boniatos que &eacute;l, sin embargo, nunca lleg&oacute; a probar.
    </p><blockquote class="quote">

    
    <div class="quote-wrapper">
      <div class="first-quote"></div>
      <p class="quote-text">Cuando en 1941 el gran incendio arrasó el centro de Santander, la familia de Cipriano ya tenía lista la casa que su padre había comenzado a construir en 1936. El fuego fue también un principio: al día siguiente del viento trasladaron los muebles de una casa a otra y se instalaron definitivamente en la vivienda recién estrenada</p>
          </div>

  </blockquote><p class="article-text">
        Cuando en 1941 el gran incendio arras&oacute; el centro de Santander, la familia de Cipriano ya ten&iacute;a lista la casa que su padre hab&iacute;a comenzado a construir en 1936. El fuego fue tambi&eacute;n un principio: al d&iacute;a siguiente del viento trasladaron los muebles de una casa a otra y se instalaron definitivamente en la vivienda reci&eacute;n estrenada. Desde all&iacute; vivieron la conmoci&oacute;n de una parte de la ciudad calcinada y &eacute;l mismo particip&oacute;, siendo todav&iacute;a joven, en las labores de reconstrucci&oacute;n con los barracones que se levantaron en la Alameda y junto al Ayuntamiento.&nbsp;
    </p><p class="article-text">
        De aquellos a&ntilde;os datan tambi&eacute;n sus primeras experiencias con la madera. Aprendi&oacute; el oficio de carpintero junto a Luis Tromp&iacute;n, un artesano que le ense&ntilde;&oacute; a usar el metro, a medir con precisi&oacute;n y a trabajar la madera a mano. M&aacute;s tarde pas&oacute; por talleres de la calle Vargas, donde estuvo cuatro a&ntilde;os junto al oficial Manolo, 'el Barrendero', de quien aprendi&oacute; buena parte del oficio. Su sueldo era de seis pesetas a la semana, apenas lo justo para cubrir los gastos. Al dejar ese taller pas&oacute; un tiempo con los hermanos Fern&aacute;ndez y despu&eacute;s se traslad&oacute; a la calle del Sol, donde el salario ya ascend&iacute;a a diez pesetas. En ese peque&ntilde;o taller coincidi&oacute; con uno de los hermanos Tonetti &mdash;el mayor&mdash;, de quien conserva todav&iacute;a un estuche tallado con gran detalle. 
    </p><p class="article-text">
        Entre tanto, el servicio militar lo llev&oacute; a Pamplona, donde pas&oacute; tres a&ntilde;os en la posguerra. All&iacute; se ocup&oacute; de levantar nidos de ametralladora en la raya de Francia, en condiciones duras: comida escasa, ropa deficiente, barracones plagados de chinches. Vivi&oacute; tambi&eacute;n el castigo de un encierro cuando parte del grupo escap&oacute; cruzando a Francia. Durante una de aquellas jornadas de trabajo en Pamplona sufri&oacute; un accidente militar. Regres&oacute; a Cantabria con cicatrices y una cojera que m&aacute;s tarde oblig&oacute; a una operaci&oacute;n de cadera. 
    </p><p class="article-text">
        Retom&oacute; entonces la madera, el oficio que hab&iacute;a aprendido de joven y que ya era el centro de su vida. Pas&oacute; temporadas en una ebanister&iacute;a de Malia&ntilde;o, donde se fue especializando en carpinter&iacute;a y ebanister&iacute;a. All&iacute; &mdash;como &eacute;l mismo admite&mdash; &ldquo;no pagaba a la Seguridad Social&rdquo;, porque era un trabajo espor&aacute;dico, solo en inviernos o en d&iacute;as de mal tiempo. En verano prefer&iacute;a quedarse en Cueto, ayudando en la casa y a sus padres.&nbsp;
    </p><blockquote class="quote">

    
    <div class="quote-wrapper">
      <div class="first-quote"></div>
      <p class="quote-text">El oficio de carpintero fue su identidad hasta bien entrados los 90 años, cuando aún seguía ayudando en algunos trabajos, hasta que su hijo decidió retirar las herramientas. Carpinterías, muebles, chalés y encargos especiales forman parte del legado de sus manos</p>
          </div>

  </blockquote><p class="article-text">
        Sus &uacute;ltimos a&ntilde;os laborales los pas&oacute; junto al maestro Antonio Hoyal, con quien permaneci&oacute; m&aacute;s de tres d&eacute;cadas reparando pupitres, ajustando puertas o fabricando muebles. Destaca especialmente el tiempo que trabaj&oacute; en colegios religiosos como las Esclavas y las Teresianas, abasteciendo encargos que llegaban incluso desde Bilbao. Tambi&eacute;n hizo horas extra y sustituciones: durante un tiempo cubri&oacute; a su hermano en el Paseo de la Concepci&oacute;n, trabajando con Falag&aacute;n.
    </p><p class="article-text">
        Conoci&oacute; a Dolores Gonz&aacute;lez en Santander, frente a los escaparates cerca del Ayuntamiento, no lejos de la Jugueter&iacute;a Palacios, donde ella trabajaba. Diez a&ntilde;os de noviazgo y, en 1958, la boda en Los Corrales de Buelna. En la casa familiar levantada por su padre tuvieron un hijo y compartieron m&aacute;s de seis d&eacute;cadas, hasta que ella falleci&oacute; a los 87 a&ntilde;os. Cipriano la recuerda como una mujer &ldquo;guapa y trabajadora&rdquo;. Reconoce que hubo discusiones, sobre todo en la crianza, pero tambi&eacute;n una vida plena: excursiones, domingos de f&uacute;tbol y cine, viajes en autob&uacute;s con las pe&ntilde;as del barrio y salidas con el Club Atl&eacute;tico Espa&ntilde;a de Cueto. Hoy, su orgullo se resume en la familia que levantaron: un hijo, un nieto y una nieta, y cuatro bisnietos que prolongan la historia.
    </p><p class="article-text">
        El oficio de carpintero fue su identidad hasta bien entrados los 90 a&ntilde;os, cuando a&uacute;n segu&iacute;a ayudando en algunos trabajos, hasta que su hijo decidi&oacute; retirar las herramientas. Carpinter&iacute;as, muebles, chal&eacute;s y encargos especiales forman parte del legado de sus manos. &ldquo;Yo no me quiero alabar &mdash;dec&iacute;a&mdash;, pero se me ha dado bien el oficio&rdquo;. Y as&iacute; lo reconocen en Cueto, donde muchos saben de su destreza y su constancia. Se jubil&oacute; oficialmente a los 62 a&ntilde;os, aunque nunca dej&oacute; del todo la madera. Su lema de vida ha sido sencillo: madrugar, trabajar, no gastar m&aacute;s de lo necesario y, sobre todo, no envidiar a nadie.
    </p><p class="article-text">
        Hoy, mirando hacia atr&aacute;s, Cipriano asegura que no tiene miedo a la muerte. &ldquo;Lo duro es sufrir&rdquo;. Defiende la dignidad en el final de la vida y rechaza la idea de terminar en una residencia. Se siente satisfecho: una vida sencilla, con un duro en el bolsillo, la compa&ntilde;&iacute;a de su esposa, el orgullo de la familia y el recuerdo de un oficio al que dedic&oacute; todo su empe&ntilde;o. &ldquo;Yo la vida la he llevado normal, como otro cualquiera. Pero hemos sabido llevarla. Eso es lo que cuenta&rdquo;.
    </p>]]></description>
      <dc:creator><![CDATA[Zhenya Popova Tikhonova]]></dc:creator>
      <guid isPermaLink="true"><![CDATA[https://www.eldiario.es/cantabria/blog/legado-cantabria/cipriano-camus-carpintero-cueto-aprendio-no-envidiar_132_12980213.html]]></guid>
      <pubDate><![CDATA[Fri, 13 Feb 2026 20:17:34 +0000]]></pubDate>
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      <media:title><![CDATA[Cipriano Camus: el carpintero de Cueto que aprendió a no envidiar]]></media:title>
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      <media:keywords><![CDATA[Santander,Memoria Histórica]]></media:keywords>
    </item>
    <item>
      <title><![CDATA[Araceli Olea Bárcena o el obstinado empeño de seguir adelante]]></title>
      <link><![CDATA[https://www.eldiario.es/cantabria/blog/legado-cantabria/araceli-olea-barcena-obstinado-empeno-seguir-adelante_132_12967750.html]]></link>
      <description><![CDATA[<p><img src="https://static.eldiario.es/clip/506e346e-02ed-4d71-be0b-1e3b83721341_16-9-discover-aspect-ratio_default_0.jpg" width="1200" height="675" alt="Araceli Olea Bárcena o el obstinado empeño de seguir adelante"></p><div class="subtitles"><p class="subtitle">Natural de Monte, esta mujer de 101 años sabe lo que es la guerra, el exilio, el hambre y el fuego. Pero también tiene una certeza menos visible y más decisiva: en comunidad se sale adelante</p></div><p class="article-text">
        Araceli tiene 101 a&ntilde;os cumplidos y su memoria recorre la historia del desgarro con calma que no borra. Un doble exilio siendo una adolescente, la c&aacute;rcel y el destierro de su padre, el hambre, la supervivencia. Todo eso, pero tambi&eacute;n su conexi&oacute;n con el mundo de las imprentas, con el deporte, con el asociacionismo de las mujeres. Araceli Olea encarna la historia viva de la ciudad y la voluntad de seguir adelante. Para atr&aacute;s, &ldquo;ni siquiera para coger impulso&rdquo;.
    </p><p class="article-text">
        Araceli Olea B&aacute;rcena naci&oacute; en Santander el 13 de octubre de 1924. Lleg&oacute; al mundo en la localidad santanderina de Monte, en casa de sus abuelos maternos, siguiendo una costumbre entonces habitual: parir rodeada de familia, en el lugar donde la vida parec&iacute;a m&aacute;s segura.
    </p><p class="article-text">
        La historia familiar de Araceli se articula entre dos impulsos. Por un lado, la vida que te viene: la familia materna, Monte, la casa frente a la costa y una forma de estar en el mundo que se hereda sin elegir. Por otro lado, lo que se aprende para sostenerla: el gesto de su abuela paterna al dejar Palencia y traer a sus hijos a Santander para que aprendieran un oficio y pudieran sostener su vida. Ese doble origen &mdash;el arraigo por un lado, el saber aprendido por otro&mdash; atraviesa la biograf&iacute;a de Araceli y ayuda a entender tanto la estabilidad buscada como la capacidad de resistir cuando todo se rompi&oacute;. Y todo se rompi&oacute;.
    </p><p class="article-text">
        Olea B&aacute;rcena creci&oacute; entre Monte, La Maruca y las calles c&eacute;ntricas de Santander, en una infancia hecha de calles, tapias de piedra y casas abiertas al mar.&nbsp;
    </p><p class="article-text">
        Su padre, Emeterio Olea Revilla, natural de Villalc&aacute;zar de Sirga (Palencia), era mec&aacute;nico de oficio y trabajaba de forma estable en los talleres de la compa&ntilde;&iacute;a de autobuses de Santander, situados en la zona de San C&aacute;ndido. Era un hombre muy competente, de esos a los que se llamaba cuando algo no funcionaba: arreglaba motores, resolv&iacute;a aver&iacute;as y serv&iacute;a de apoyo t&eacute;cnico all&iacute; donde hiciera falta. Esa capacidad pr&aacute;ctica, tan valorada en tiempos dif&iacute;ciles, le permiti&oacute; trabajar tanto antes como despu&eacute;s de la guerra.
    </p><p class="article-text">
        Su madre, Concepci&oacute;n B&aacute;rcena Card&iacute;n, natural de Monte, sostuvo el trabajo dom&eacute;stico y la crianza de seis hijos. Araceli fue la segunda de las mayores de aquella familia numerosa de la que, con el tiempo, solo quedar&iacute;an ella y una hermana m&aacute;s, tambi&eacute;n centenaria, que vive en M&eacute;xico.
    </p><p class="article-text">
        La infancia de Araceli estuvo hecha de juegos en la calle, de veranos cerca del mar&nbsp;&mdash;y ba&ntilde;os con sacos&mdash;, de correr entre tapias y casas donde los ni&ntilde;os todav&iacute;a pertenec&iacute;an al espacio com&uacute;n. Estudi&oacute; &ldquo;hasta los diez a&ntilde;os&rdquo; en la Escuela de Numancia, un tiempo que recuerda con agrado, asociado al aprendizaje, a sus primeras labores de costura y a una normalidad que la guerra se encargar&iacute;a de quebrar. 
    </p><p class="article-text">
        Y la quebr&oacute;.
    </p><p class="article-text">
        La Guerra de Espa&ntilde;a lleg&oacute; a Santander en diciembre de 1936 y lo hizo entrando en las casas, en los cuerpos y en la memoria. Araceli ten&iacute;a 12 a&ntilde;os cuando comenzaron los bombardeos. Lo recuerda con una precisi&oacute;n que no se borra: el sonido de las sirenas &mdash;una pitada para el aviso, dos para el peligro, tres para la falsa normalidad&mdash; y la carrera desesperada de la gente por las calles para buscar refugio. 
    </p><p class="article-text">
        Recuerda esconderse en la zona de Cisneros, junto a los chalets de La Tierruca, en una peque&ntilde;a taberna que hac&iacute;a las veces de refugio &mdash;abierta a&uacute;n y conocida hasta hace poco como La Cueva, hoy La Fonda&mdash;. All&iacute; se amontonaba la gente, empujada m&aacute;s por el p&aacute;nico que por la certeza de estar a salvo. Entre risas recuerda que, siendo a&uacute;n una ni&ntilde;a, toc&oacute; por error la sirena en las oficinas de su padre. Bast&oacute; un golpe involuntario para que la ciudad entera se echara a correr. Desde la ventana ve&iacute;a a la gente huir despavorida por el Paseo Pereda, buscando cualquier hueco donde meterse. Ese miedo &mdash;colectivo, instintivo, no escogido&mdash; fue una de las marcas m&aacute;s profundas de su infancia.
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        A los bombardeos se sumaron el hambre y la escasez. El dinero dej&oacute; de servir cuando no hab&iacute;a nada que comprar. M&aacute;s tarde, la vida cotidiana pas&oacute; a depender de cartillas de racionamiento, de colas interminables y, para quien pod&iacute;a permit&iacute;rselo, del estraperlo. Tambi&eacute;n recuerda &mdash;aunque con desagrado&mdash; el Auxilio Social y su ayuda, no tanto por la comida en s&iacute; &mdash;aunque tambi&eacute;n&mdash;, sino por lo que significaba: la confirmaci&oacute;n de que todo se hab&iacute;a venido abajo.
    </p><p class="article-text">
        Con el estallido del conflicto b&eacute;lico, la ruta de aquellos a&ntilde;os se volvi&oacute; err&aacute;tica, sin un trazo limpio ni un orden reconocible. Araceli la recuerda no como un viaje con fechas cerradas, sino como una sucesi&oacute;n de desplazamientos forzados, condicionados por el avance del frente y por decisiones tomadas siempre en un margen estrecho. La memoria sit&uacute;a primero a Santander en guerra, desde diciembre de 1936 y, con seguridad, hasta el verano de 1937. 
    </p><p class="article-text">
        La salida de Santander no fue un viaje pensado, sino una huida necesaria. Araceli recuerda que fue su padre quien las llev&oacute; hasta Gij&oacute;n, uno de los &uacute;ltimos puertos republicanos operativos del norte &mdash;hist&oacute;ricamente funcion&oacute; como punto de evacuaci&oacute;n civil hasta octubre de 1937, antes de la ca&iacute;da definitiva de Asturias&mdash;. Desde all&iacute; embarcaron rumbo a Francia: un barco grande, la noche mirando el mar desde las ventanas, la mezcla de miedo y extra&ntilde;eza. As&iacute; qued&oacute; ese viaje en su memoria.&nbsp;
    </p><p class="article-text">
        La llegada al puerto franc&eacute;s de La Rochelle, m&aacute;s n&iacute;tida que las fechas. Despu&eacute;s vinieron los desplazamientos en convoyes. Araceli recuerda trenes largos, muchos vagones, paradas sin explicaci&oacute;n.
    </p><p class="article-text">
        En su recuerdo, tras la llegada a Francia vino Louviers: los convoyes, el edificio habilitado para refugiados y una vida relativamente tranquila. As&iacute; lo conserva la memoria. Sin embargo, desde el punto de vista hist&oacute;rico, es posible que aquel primer paso por Francia no fuera definitivo: en 1937 no pocas familias que cruzaron la frontera por el norte fueron reenviadas a la Espa&ntilde;a republicana, especialmente a Catalu&ntilde;a, todav&iacute;a en retaguardia. En su memoria, Ripoll aparece como un tiempo de calma antes de que el exilio en Francia se impusiera definitivamente.
    </p><p class="article-text">
        La memoria &mdash;marcada por una experiencia l&iacute;mite&mdash; guarda el recorrido como un trayecto seguido; el tiempo hist&oacute;rico, m&aacute;s quebrado, introduce desplazamientos que no siempre dejaron huella en forma de fechas, pero s&iacute; de sensaciones.
    </p><p class="article-text">
        Antes del exilio definitivo en Francia, Ripoll aparece como una estancia prolongada en Catalu&ntilde;a. Vivieron all&iacute; en un piso alquilado, frente a la estaci&oacute;n del tren. Fue un tiempo de calma fr&aacute;gil, sostenido en la convivencia con otros refugiados: se ayudaban, compart&iacute;an lo que hab&iacute;a y, pese a todo, tambi&eacute;n se re&iacute;an. La vida encontraba maneras de seguir. 
    </p><p class="article-text">
        Su padre, destinado entonces en el frente de Valencia, les enviaba alimentos con frecuencia. Valencia &mdash;capital de la Rep&uacute;blica hasta finales de 1937&mdash; conservaba a&uacute;n redes de abastecimiento relativamente estables. Hab&iacute;a aceite, hab&iacute;a comida suficiente. Esa posibilidad cotidiana marc&oacute; la diferencia y dio a aquellos meses un tono que Araceli recuerda como distinto: menos urgencia, m&aacute;s respiro.
    </p><p class="article-text">
        En Ripoll, Araceli fue al colegio. No les permit&iacute;an hablar castellano y la adaptaci&oacute;n no fue f&aacute;cil, pero la vida cotidiana intentaba sostenerse: escuela, casa, amistades y familia. Sin embargo, recuerda la sensaci&oacute;n de vivir en un lugar fr&aacute;gil. Sab&iacute;an que, si bombardean Ripoll &mdash;un nudo ferroviario estrat&eacute;gico&mdash;, &ldquo;lo deshar&iacute;an entero&rdquo;. Ese temor no era infundado: 1938 fue el a&ntilde;o de mayor intensidad de los bombardeos en Catalu&ntilde;a.
    </p><p class="article-text">
        Cuando los sublevados tomaron Barcelona, a comienzos de 1939, la situaci&oacute;n en Catalu&ntilde;a empeor&oacute; de forma decisiva. El miedo dej&oacute; de ser una amenaza difusa para convertirse en urgencia. Entonces volvi&oacute; a imponerse la huida: sin maletas, con la ropa en bolsas, procurando dejar una manga o un trozo visible para poder reconocer lo propio. Un gesto ampliamente documentado en los relatos de lo que se conoce como La Retirada.
    </p><blockquote class="quote">

    
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      <p class="quote-text">El exilio en Francia no tiene fechas precisas, pero fue, en comparación, un tiempo de refugio. Vivieron en Louviers, donde fueron acogidos en una residencia habilitada por las autoridades francesas: un antiguo edificio, una cárcel reconvertida, transformada por dentro en grandes salas con varias camas por habitación</p>
          </div>

  </blockquote><p class="article-text">
        El exilio en Francia no tiene fechas precisas, pero fue, en comparaci&oacute;n, un tiempo de refugio. Vivieron en Louviers, donde fueron acogidos en una residencia habilitada por las autoridades francesas: un antiguo edificio, una c&aacute;rcel reconvertida, transformada por dentro en grandes salas con varias camas por habitaci&oacute;n. Espacios reutilizados, funcionales y provisionales, habituales en Normand&iacute;a y otras zonas del norte franc&eacute;s durante los primeros a&ntilde;os de acogida. No era un hogar, pero ofrec&iacute;a algo decisivo entonces: orden, techo y una cierta estabilidad tras tanto desplazamiento.
    </p><p class="article-text">
        Por primera vez en mucho tiempo, viv&iacute;an juntos, con libertad de movimientos y una rutina relativamente estable. La comida llegaba desde un hospital y recuerda que era abundante y buena. Fue all&iacute; donde Araceli empez&oacute; a dar clases en una escuela a otros ni&ntilde;os espa&ntilde;oles &mdash; &ldquo;la mayor&iacute;a de Santander&rdquo;&mdash;. Louviers fue casa durante alrededor de un a&ntilde;o y medio.&nbsp;
    </p><p class="article-text">
        Nada de aquello tuvo fechas precisas: en el exilio, la vida depend&iacute;a por completo del curso de la guerra en Espa&ntilde;a. El regreso definitivo lleg&oacute; con su final, no como una elecci&oacute;n personal ni un proyecto pensado, sino como una orden de repatriaci&oacute;n. De nuevo en tren, de nuevo por etapas, junto a otras familias espa&ntilde;olas que regresaban a un pa&iacute;s que ya no conoc&iacute;an.&nbsp;
    </p><p class="article-text">
        En 1940 el r&eacute;gimen franquista negoci&oacute; con Francia el retorno de miles de personas refugiadas. Araceli recuerda la sucesi&oacute;n de traslados, encadenados y poco explicados, atravesando pueblos donde solo pasaban unas horas o d&iacute;as antes de continuar viaje. Pasaron unos seis meses en Lyon, una ciudad m&aacute;s grande, donde residieron en casas y donde la sensaci&oacute;n de provisionalidad volvi&oacute; a imponerse. M&aacute;s tarde fueron trasladadas a otro pueblo: Gaillon. Desde all&iacute; se organiz&oacute; la salida hacia Espa&ntilde;a.&nbsp;
    </p><blockquote class="quote">

    
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      <p class="quote-text">En 1940 el régimen franquista negoció con Francia el retorno de miles de personas refugiadas. Araceli recuerda la sucesión de traslados, encadenados y poco explicados, atravesando pueblos donde solo pasaban unas horas o días antes de continuar viaje</p>
          </div>

  </blockquote><p class="article-text">
        En Santander la guerra hab&iacute;a terminado, pero la vida &mdash;como ella misma recuerda&mdash; ya no era la misma. La capital c&aacute;ntabra las recibi&oacute; cambiada, empobrecida y herida, y sin la posibilidad de haber vuelto a ver a sus abuelos maternos, fallecidos durante su ausencia. La casa familiar hab&iacute;a sido ocupada; parte de los muebles y de sus objetos personales, requisados. Recuperaron lo imprescindible y se instalaron en una buhardilla de la calle Alta, compartiendo espacios, recomenzando desde casi nada y sin su padre.
    </p><p class="article-text">
        Araceli cuenta tambi&eacute;n la historia de Emeterio, su padre. Una historia que se cruza con la suya en tiempos y lugares &mdash;la guerra, la huida, el exilio&mdash; hasta separarse definitivamente.
    </p><p class="article-text">
        Tras regresar del frente en Valencia, su padre se present&oacute; voluntariamente ante las autoridades &mdash;convencido de que no ten&iacute;a delitos de sangre&mdash;, al mes aproximadamente, fue detenido, juzgado y condenado. La pena de muerte fue conmutada; durante el juicio, recuerda Araceli, hubo incluso voces de derechas que declararon a su favor.
    </p><p class="article-text">
        Seg&uacute;n recuerda, la causa de la detenci&oacute;n de su padre estuvo en un intento previo de intervenci&oacute;n en el barco-prisi&oacute;n <em>Alfonso P&eacute;rez</em>, anclado en la bah&iacute;a. Trat&oacute; de sacar de all&iacute; a un superior al que apreciaba, pero lleg&oacute; tarde: ya lo hab&iacute;an asesinado. Aquel gesto, nacido del riesgo y de la lealtad, acabar&iacute;a pesando en su contra: pas&oacute; alrededor de ocho a&ntilde;os en la prisi&oacute;n provincial de la calle Alta. Durante un tiempo, la familia vivi&oacute; cerca de la c&aacute;rcel y Araceli conserva una imagen que nunca se borr&oacute;: su madre mirando cada noche desde la ventana la luz de un edificio cercano. Cuando aquella luz se encend&iacute;a, sab&iacute;an que al d&iacute;a siguiente habr&iacute;a sacas. El miedo no era una idea abstracta, sino una espera concreta, repetida noche tras noche.
    </p><blockquote class="quote">

    
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      <p class="quote-text">Araceli conserva una imagen que nunca se borró: su madre mirando cada noche desde la ventana la luz de un edificio cercano. Cuando aquella luz se encendía, sabían que al día siguiente habría sacas. El miedo no era una idea abstracta, sino una espera concreta, repetida noche tras noche</p>
          </div>

  </blockquote><p class="article-text">
        Tras la prisi&oacute;n lleg&oacute; el destierro. A su padre no se le permiti&oacute; quedarse en Santander y fue enviado a Madrid, donde residi&oacute; en el barrio de El Viso del distrito de Chamart&iacute;n. All&iacute; reh&iacute;zo una vida m&iacute;nima: trabajaba como mec&aacute;nico, llevaba una existencia discreta, vigilada, alejada de su propia vida familiar. Araceli y su hermana viajaron a Madrid en varias ocasiones para visitarlo, en trayectos largos y dif&iacute;ciles, con finales tristes propios de un tiempo en el que nada era sencillo. Cuando por fin pudo regresar a Santander, lo hizo enfermo. Hab&iacute;a contra&iacute;do tuberculosis &mdash;&ldquo;o quiz&aacute; c&aacute;ncer&rdquo;&mdash; y su salud estaba ya muy quebrada. Vivi&oacute; poco m&aacute;s de un a&ntilde;o con los suyos antes de morir, todav&iacute;a joven: 48 a&ntilde;os. Su regreso no fue un final reparador, sino un cierre incompleto marcado por todo lo que la guerra ya hab&iacute;a arrancado.
    </p><p class="article-text">
        A partir del regreso a Cantabria, sostener la vida fue una tarea cotidiana y colectiva. Pero Araceli quiso estudiar, no como una aspiraci&oacute;n abstracta, sino como una salida concreta. Pudo hacerlo gracias a una mezcla de empe&ntilde;o y fortuna familiar: una beca sostenida por un pariente de la rama materna que hab&iacute;a hecho fortuna en Am&eacute;rica y dej&oacute; pagados estudios de N&aacute;utica y Comercio para personas humildes del entorno, con preferencia familiar. 
    </p><p class="article-text">
        Fue su abuelo &mdash;testarudo, dice ella&mdash; quien se empe&ntilde;&oacute; en que Araceli deb&iacute;a aprovecharla y movi&oacute; gestiones incluso a trav&eacute;s del Obispado. Estudi&oacute; primero y segundo, luego &ldquo;por libre&rdquo;, en a&ntilde;os sin libros. M&aacute;s adelante recuper&oacute; lo perdido &mdash;lleg&oacute; a hacer dos cursos en uno&mdash; y se form&oacute; en academias; recuerda en concreto la Academia Escuela Montes de Neira. Le gustaba estudiar, le gustaba aprender: lo repite como una convicci&oacute;n. Se qued&oacute; en perito y el profesorado qued&oacute; al otro lado de una frontera muy concreta: Bilbao, un internado, unos gastos imposibles en plena posguerra; no pudo ser profesora.
    </p><p class="article-text">
        Su vida laboral comenz&oacute; en La Raquel, una de las industrias confiteras m&aacute;s importantes de Santander &mdash;a finales de los a&ntilde;os cuarenta&mdash; gracias a una t&iacute;a que trabajaba all&iacute; desde hac&iacute;a tiempo envolviendo caramelos. Aprend&iacute;a r&aacute;pido, se adaptaba a todo y asum&iacute;a responsabilidades sin hacer ruido, hasta que decidi&oacute; cambiar de rumbo. Luego, entr&oacute; en la Imprenta J. Mart&iacute;nez, conocida en la ciudad por el apellido Corpas, el de las mujeres de la familia propietaria. All&iacute; trabaj&oacute; como administrativa durante 17 a&ntilde;os y ese fue su verdadero lugar profesional. Desde la oficina gestionaba pedidos complejos, controlaba listados, pesos, facturaci&oacute;n y plazos. Pasaban por sus manos encargos para RENFE, para entidades financieras como el Banco Santander, para seminarios y para instituciones religiosas, como los jesuitas del Seminario de Comillas. Llevaba personalmente las pruebas para su revisi&oacute;n y, en el banco, sol&iacute;an pedir <em>&laquo;a la se&ntilde;orita de siempre&raquo;</em>, porque era la &uacute;nica que sab&iacute;a interpretar con exactitud lo que necesitaban. Era un trabajo exigente, sin vacaciones completas, y no era solo un empleo: era una responsabilidad asumida.
    </p><p class="article-text">
        Conoci&oacute; a Ricardo siendo muy joven, alrededor de los veinte a&ntilde;os, en el Paseo Pereda. Siete a&ntilde;os de noviazgo precedieron a una boda sencilla, celebrada en su parroquia, la Iglesia de la Consolaci&oacute;n. La luna de miel fue casi secreta: una noche en Suances y luego idas y venidas entre Santander y la costa, con la excusa de los toros y de Juan Posada Bienvenida.
    </p><p class="article-text">
        Tras la boda, ambos siguieron trabajando. Ricardo lo hac&iacute;a en la Imprenta Minerva, en la calle Guevara, y lleg&oacute; a ser presidente del sindicato de Artes Gr&aacute;ficas; Araceli mantuvo tambi&eacute;n su empleo. Vivieron primero de alquiler y, con la llegada del primer hijo, pasaron un tiempo en casa de su suegra. La vivienda propia lleg&oacute; por sorteo sindical: a ambos les adjudicaron piso en la zona de Pero Ni&ntilde;o y eligieron el de Araceli, un quinto sin ascensor. Durante un tiempo, el agua se sub&iacute;a en cubos, escalera a escalera, hasta que por fin lleg&oacute; la instalaci&oacute;n. Era una vida hecha con las manos, de soluciones cotidianas, de ir levantando casa y familia paso a paso.
    </p><p class="article-text">
        Juntos formaron una familia numerosa: tres hijos &mdash;Ricardo (1955), Jos&eacute; Ignacio (1957), Bel&eacute;n (1958)&mdash; en apenas cuatro a&ntilde;os, sin abandonar Araceli el trabajo hasta que las circunstancias lo hicieron inevitable. Compatibiliz&oacute; empleo, crianza y cuidados con una energ&iacute;a que hoy le parece casi inexplicable, sostenida en gran medida por el apoyo decisivo de su suegra.
    </p><p class="article-text">
        La vida en com&uacute;n fue para Araceli una manera de estar en el mundo. Particip&oacute; durante d&eacute;cadas en la Asociaci&oacute;n Regional de Amas de Casa, Consumidores y Usuarios de Cantabria, una asociaci&oacute;n femenina dedicada a la formaci&oacute;n dom&eacute;stica, el consumo y el apoyo entre mujeres, presidida entonces por Josefina Sierra Presmanes. Araceli no acud&iacute;a solo a escuchar: dio clases de punto, costura y labores, ense&ntilde;ando lo que sab&iacute;a a otras mujeres, intercambiando t&eacute;cnicas, tiempo y conversaci&oacute;n. All&iacute; se tej&iacute;an prendas, pero tambi&eacute;n v&iacute;nculos.&nbsp;
    </p><p class="article-text">
        El trabajo manual &mdash;el punto, el bordado, el punto de cruz&mdash; fue su gran pasi&oacute;n y una forma cotidiana de estar pendiente de los suyos. Una relaci&oacute;n con las labores que aprendi&oacute; desde ni&ntilde;a, en la Escuela de Numancia, al margen de la formaci&oacute;n de la Secci&oacute;n Femenina, y que continu&oacute; a lo largo de su vida.
    </p><p class="article-text">
        Fue tambi&eacute;n socia del Racing de Santander durante m&aacute;s de 30 a&ntilde;os, hasta que &ldquo;el des&aacute;nimo de la Segunda Divisi&oacute;n la llev&oacute; a hacerse del Real Madrid&rdquo;. Frecuent&oacute; clubes deportivos &mdash;como el Club Parayas, &ldquo;su segunda casa&rdquo;&mdash; donde crecieron y practicaron deporte sus hijos y, despu&eacute;s, sus nietos, y donde cultiv&oacute; amistades duraderas.
    </p><p class="article-text">
        Ella, que ya hab&iacute;a vivido un exilio doble, vio tambi&eacute;n arder su ciudad en 1941. Recuerda c&oacute;mo la pared de su habitaci&oacute;n &mdash;donde minutos antes dorm&iacute;a con su hermana mayor, &ldquo;Carmela&rdquo;, Mar&iacute;a del Carmen&mdash; se rasg&oacute; entera y la cama apareci&oacute; en el jard&iacute;n inferior; c&oacute;mo la ciudad ard&iacute;a empujada por el viento; c&oacute;mo los vecinos sal&iacute;an con sacos y muebles, con lo poco que pod&iacute;an salvar, y se refugiaban en la tienda de ultramarinos. &ldquo;Desde la calle Alta se ve&iacute;a todo: Santander ardiendo&rdquo;. Aquella noche volvi&oacute; a confirmar algo que ya sab&iacute;a: sobrevivir era, muchas veces, cuesti&oacute;n de segundos y de intuici&oacute;n. Viv&iacute;an en un quinto piso; se salvaron por haber salido a tiempo.&nbsp;&ldquo;Fue horrible&rdquo;.&nbsp;Y Santander cambi&oacute; &mdash;dice&mdash; con el incendio.&nbsp;
    </p><p class="article-text">
        Con el paso de los a&ntilde;os, estuvo rodeada de una familia extensa &mdash;hijos, nietos, bisnietos&mdash; y tambi&eacute;n atravesada por p&eacute;rdidas hondas, algunas especialmente dif&iacute;ciles de asumir, como la de un hijo y la de un nieto. A ellas se sum&oacute; la muerte de su marido, que falleci&oacute; con 82 a&ntilde;os. De &eacute;l guarda una definici&oacute;n sencilla y definitiva: &ldquo;Un buen hijo, un buen padre y un buen marido, enamorado de su profesi&oacute;n&rdquo;.
    </p><p class="article-text">
        Hoy, con 101 a&ntilde;os, vive en una residencia de Santander, en San C&aacute;ndido, un lugar que con el tiempo &mdash;al cabo de alrededor de un a&ntilde;o&mdash; ha sabido hacer suyo. Sigue defendiendo su independencia, su deseo de no molestar, su voluntad de hacer por s&iacute; misma todo lo que a&uacute;n puede. 
    </p><p class="article-text">
        Cuando se le pregunta qu&eacute; ha aprendido, responde sin solemnidad, casi como quien enuncia una regla pr&aacute;ctica: &ldquo;Hay que tirar siempre hacia adelante. Ni un paso atr&aacute;s, ni siquiera para coger impulso&rdquo;.
    </p>]]></description>
      <dc:creator><![CDATA[Zhenya Popova Tikhonova]]></dc:creator>
      <guid isPermaLink="true"><![CDATA[https://www.eldiario.es/cantabria/blog/legado-cantabria/araceli-olea-barcena-obstinado-empeno-seguir-adelante_132_12967750.html]]></guid>
      <pubDate><![CDATA[Fri, 06 Feb 2026 20:22:44 +0000]]></pubDate>
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      <media:title><![CDATA[Araceli Olea Bárcena o el obstinado empeño de seguir adelante]]></media:title>
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      <media:keywords><![CDATA[Memoria Histórica,Cantabria]]></media:keywords>
    </item>
    <item>
      <title><![CDATA[Ñuca: la guerra, las pérdidas, la comunidad, la vida]]></title>
      <link><![CDATA[https://www.eldiario.es/cantabria/blog/legado-cantabria/nuca-guerra-perdidas-comunidad-vida_132_12938542.html]]></link>
      <description><![CDATA[<p><img src="https://static.eldiario.es/clip/862e6d71-4b98-4865-a823-7bdd25a43082_16-9-discover-aspect-ratio_default_0.jpg" width="1200" height="675" alt="Ñuca: la guerra, las pérdidas, la comunidad, la vida"></p><div class="subtitles"><p class="subtitle">Cesárea Pérez Hoz nació el 30 de diciembre de 1929 en Bucarrero, un barrio de Pámanes, en la habitación que ha sido la suya hasta que en julio de 2024 se trasladó a la Residencia de Mayores de Solares. Entre todo lo vivido, pesa la pérdida —de un padre, un hermano, un marido y un hijo— pero también el orgullo por una familia unida</p></div><p class="article-text">
        El tiempo, en este pa&iacute;s, no siempre responde a las preguntas silenciadas. <a href="https://youtu.be/PNxDa4yIF3s?si=BbDp_xnrS9kjlbMv" target="_blank" data-mrf-recirculation="links-noticia" class="link">Ces&aacute;rea P&eacute;rez Hoz</a> tard&oacute; 80 a&ntilde;os en acceder al expediente de su padre en el Archivo General Militar de Burgos. En su ficha oficial figuraba la palabra &ldquo;ajusticiado&rdquo;, en el apartado de antecedentes se le&iacute;a &ldquo;se desconocen&rdquo; y en el de la causa, una simple raya. Pero lo que s&iacute; sabe, desde el 17 de diciembre de 1937, es que su padre, Francisco P&eacute;rez Cora, fue ejecutado y sepultado en la fosa com&uacute;n de Ciriego &mdash;esa que tambi&eacute;n tuvo que esperar 43 a&ntilde;os para ser marcada con un trilito en homenaje a las v&iacute;ctimas de la represi&oacute;n franquista, en una iniciativa colectiva en la que particip&oacute; activamente <a href="https://legadocantabria.org/antonio-ontanon-toca/" target="_blank" data-mrf-recirculation="links-noticia" class="link">Antonio Onta&ntilde;&oacute;n Toca</a>, y que ser&iacute;a el germen de posteriores monolitos con los nombres de cerca de 900 personas fusiladas durante la guerra y la posguerra&mdash;. Tambi&eacute;n sabe que Francisco hab&iacute;a regresado de Am&eacute;rica con el dinero suficiente para levantar casa y tierras. Que fue denunciado por un vecino y acusado falsamente de delitos contra la iglesia. Que fue sometido a un consejo de guerra sumar&iacute;simo sin ninguna garant&iacute;a &mdash;como no las hab&iacute;a en tiempos de represi&oacute;n masiva&mdash;, y que, aunque no militaba en pol&iacute;tica, su padre hab&iacute;a trabajado como cocinero para el Frente Popular de P&aacute;manes. 
    </p><p class="article-text">
        La recogida de firmas en su favor que se hizo en el pueblo no sirvi&oacute; de nada y fue condenado &ldquo;sin juicio, ni nada&rdquo;. Primero estuvo encarcelado en P&aacute;manes, muy cerca del hogar familiar, y aquella proximidad permit&iacute;a que, seg&uacute;n la disposici&oacute;n de quien custodiara la puerta, sus hijas pudieran acercarle algo de comida y, con suerte, permanecer unos instantes a su lado. M&aacute;s tarde fue trasladado a Bilbao, donde lo dejaron en libertad, pero decidi&oacute; regresar a Cantabria para ver a su familia, y, en especial, a &ldquo;sus dos pesetas&rdquo;, las dos hijas peque&ntilde;as de una familia que ya sumaba cinco hijas y un hijo. Ces&aacute;rea era una de ellas. A los dos d&iacute;as volvi&oacute; a ser detenido y encarcelado en la prisi&oacute;n provincial de Santander. La sa&ntilde;a no esquiva segundas oportunidades. Dos meses despu&eacute;s, cuando Francisco ten&iacute;a 58 a&ntilde;os, fue ejecutado. Era 17 de diciembre.
    </p><p class="article-text">
        Una de aquellas &ldquo;dos pesetas&rdquo; era Ces&aacute;rea P&eacute;rez Hoz y ten&iacute;a casi ocho a&ntilde;os cuando perdi&oacute; a su padre. Naci&oacute; el 30 de diciembre de 1929 en Bucarrero, un barrio de P&aacute;manes, en la habitaci&oacute;n que ha sido la suya hasta que en julio de 2024 se traslad&oacute; a la Residencia de Mayores de Solares. De su madre hered&oacute; el nombre y la vida: la trajo al mundo cuando ya rondaba los 50 a&ntilde;os. El apodo, &ldquo;&Ntilde;uca&rdquo;, se lo regal&oacute; su hermana Narcisa, la m&aacute;s cercana en edad. Creci&oacute; en una familia de cinco hermanas &mdash;Teresa, C&aacute;ndida, Amelia, Narcisa y ella&mdash; y un hermano, &Aacute;ngel.
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        La infancia de Ces&aacute;rea estuvo marcada por la alegr&iacute;a en un hogar campesino donde, hasta los siete a&ntilde;os, disfrut&oacute; de juegos en la calle con hijos e hijas de vecinos y de la complicidad de un padre que las consent&iacute;a. El coro de la iglesia fue tambi&eacute;n su lugar. Pero la guerra en Espa&ntilde;a cambi&oacute; todo para el pa&iacute;s y para &Ntilde;uca. En 1937, la represi&oacute;n franquista se instal&oacute; en el valle: soldados, registros y miedos irrumpieron en la vida cotidiana. Para Ces&aacute;rea y su hermana, entonces ni&ntilde;as, quedaron grabadas escenas como los registros en casa, o la imagen de un vecino apunt&aacute;ndolas con una pistola para intimidar a la familia. Desde entonces, y tras la muerte de su padre, vivieron bajo el estigma de ser &ldquo;las rojas&rdquo;, soportando humillaciones. Aquel a&ntilde;o, adem&aacute;s, su hermano &mdash;&Aacute;ngel P&eacute;rez Hoz&mdash; muri&oacute; en el frente de guerra.
    </p><blockquote class="quote">

    
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      <div class="first-quote"></div>
      <p class="quote-text">La infancia de Cesárea estuvo marcada por la alegría en un hogar campesino donde, hasta los siete años, disfrutó de juegos en la calle con hijos e hijas de vecinos y de la complicidad de un padre que las consentía. El coro de la iglesia fue también su lugar. Pero la guerra en España cambió todo para el país y para Ñuca</p>
          </div>

  </blockquote><p class="article-text">
        Ces&aacute;rea recuerda tambi&eacute;n las desgracias de los pueblos vecinos: familias represaliadas, fusilamientos en los montes, asesinatos, requisas, robos y casas reducidas a cenizas.&nbsp;Entre las historias que corr&iacute;an por P&aacute;manes estaba la del huido de Pe&ntilde;a Cabarga, Jos&eacute; L&oacute;pez Ruiz, &lsquo;Josel&oacute;n&rsquo;, que escap&oacute; del cami&oacute;n en el que lo trasladaban detenido y permaneci&oacute; como guerrillero hasta que fue capturado y ejecutado en agosto de 1947.
    </p><p class="article-text">
        Aunque en su memoria de posguerra se instal&oacute; el miedo, tambi&eacute;n qued&oacute; la solidaridad de la comunidad: los vecinos se ayudaban entre s&iacute; en las tareas del campo, compart&iacute;an lo poco que ten&iacute;an y, adem&aacute;s, acompa&ntilde;aron a su madre en el duro duelo.&nbsp;
    </p><p class="article-text">
        Hoy, Ces&aacute;rea recuerda que &ldquo;la historia es historia y no se ha podido contar: muchos a&ntilde;os de silencio&rdquo;. Habla sin rencor y explica que, como no se hablaba de ello, las generaciones posteriores crecieron sin saber lo que hab&iacute;a ocurrido y las familias se mezclaron sin distinciones. Prefiere no dar nombres ni remover recuerdos, convencida de que no conduce a nada. Con serenidad insiste en lo que considera indiscutible: &ldquo;La guerra es lo peor, no hay cosa peor&rdquo;.
    </p><p class="article-text">
        De lo que s&iacute; habla es de c&oacute;mo, en plena Guerra de Espa&ntilde;a, inici&oacute; sus estudios en las escuelas nacionales de P&aacute;manes, donde permaneci&oacute; hasta los 11 a&ntilde;os bajo la formaci&oacute;n de los maestros Virginia y Cipriano. Despu&eacute;s se traslad&oacute; a medio-r&eacute;gimen al colegio de las Hermanas de la Caridad en Anaz (Medio Cudeyo). El cambio vino tras un tiempo dif&iacute;cil en la escuela anterior, donde a menudo la se&ntilde;alaban como &ldquo;la roja&rdquo; y culpable de travesuras. En Anaz, adonde iba andando con las alpargatas en la mano, se sinti&oacute; acogida. All&iacute; destac&oacute; en concursos de catequesis y encontr&oacute; en sor Emilia una presencia cercana, casi maternal, hasta los 14 a&ntilde;os.
    </p><p class="article-text">
        En su juventud, entre los 18 y los 20 a&ntilde;os, se uni&oacute; al teatro popular de P&aacute;manes, bajo la direcci&oacute;n de Jaime Velasco. Form&oacute; parte del grupo que represent&oacute; obras como <em>Los amantes de Teruel</em>, <em>El mal ap&oacute;stol</em> y <em>el buen ladr&oacute;n</em>, entre otras, en distintos pueblos. Aquella experiencia, que le llev&oacute; a viajar en cami&oacute;n con decorados y trajes, le abri&oacute; una ventana a la creatividad colectiva en tiempos de escasez. Con el tiempo, la vida tambi&eacute;n volvi&oacute; a abrirse paso para ella. Llegaron espacios para crear y volver a confiar.
    </p><blockquote class="quote">

    
    <div class="quote-wrapper">
      <div class="first-quote"></div>
      <p class="quote-text">La vida adulta de Cesárea la marcó —como la de tantas mujeres—, lo invisible. Desde muy joven fue la “chacha para todo”: ayudaba a sus hermanas, lavaba, cuidaba, cosía e incluso se animó a tricotar a máquina</p>
          </div>

  </blockquote><p class="article-text">
        La vida adulta de Ces&aacute;rea la marc&oacute; &mdash;como la de tantas mujeres&mdash;,&nbsp;lo invisible. Desde muy joven fue la &ldquo;chacha para todo&rdquo;: ayudaba a sus hermanas, lavaba, cuidaba, cos&iacute;a junto a Narcisa e incluso se anim&oacute; a tricotar a m&aacute;quina. Luego, en 1951, con su matrimonio con Miguel Miranda, en P&aacute;manes &mdash;a quien hab&iacute;a conocido en la fiesta de San Lorenzo y con quien comparti&oacute; tres a&ntilde;os de noviazgo entre bailes y romer&iacute;as&mdash;, llegaron las responsabilidades de la casa y del campo, y las de cuidados de su madre, de su abuela nonagenaria y de sus cuatro hijos, nacidos entre 1952 y 1962. En esos a&ntilde;os, el apoyo lleg&oacute; de la mano de su t&iacute;o &Aacute;ngel, que hab&iacute;a regresado de Argentina tras la muerte de su padre.
    </p><p class="article-text">
        Criaron vacas, orde&ntilde;aron, vendieron leche. Durante cuatro a&ntilde;os, Ces&aacute;rea se encarg&oacute; del dep&oacute;sito de recogida de leche de&nbsp;Collantes en Bucarrero (Li&eacute;rganes). Miguel trabaj&oacute; de panadero, pas&oacute; dos a&ntilde;os en plantaciones de caf&eacute; en Guinea y, finalmente, fue caminero hasta su jubilaci&oacute;n a principios de los a&ntilde;os 80. Ces&aacute;rea &mdash;que arrastr&oacute; durante dos d&eacute;cadas una anemia ferrop&eacute;nica tras su segundo parto&mdash; llev&oacute; sobre sus hombros el peso de la casa, el campo, y la vida cotidiana de los suyos. Reconoc&iacute;a, no obstante, otra ayuda en casa: la silenciosa de Miguel en una &eacute;poca en la que un hombre no deb&iacute;a dejarse ver entre fogones ni con el balde en la mano.
    </p><p class="article-text">
        Recuerda los d&iacute;as de lavar en el r&iacute;o, de acarrear c&aacute;ntaros, de calentar el agua al fuego. A finales de los sesenta lleg&oacute; el agua corriente y, en los setenta, la lavadora, que Miguel le llev&oacute; por sorpresa y cuyo recuerdo todav&iacute;a le hace re&iacute;r. Entonces todo empez&oacute; a ser distinto: las faenas dejaron de pesar tanto. A finales de los ochenta, la vida volvi&oacute; a cambiar de rumbo con la muerte de Miguel. Ella aprendi&oacute; a segar y a orde&ntilde;ar, hasta que puso punto final y malvendi&oacute; las vacas para dejar atr&aacute;s ese trabajo. Ces&aacute;rea trabaj&oacute; mucho, aunque nunca cotiz&oacute;, como tantas mujeres de su generaci&oacute;n.
    </p><p class="article-text">
        Inici&oacute; los a&ntilde;os noventa dando catequesis en la iglesia de P&aacute;manes. Fueron tres a&ntilde;os, otra forma de mantenerse unida a la vida del pueblo. Tambi&eacute;n encontr&oacute; espacios de sociabilidad y resistencia. Form&oacute; parte de la Asociaci&oacute;n de Mujeres de P&aacute;manes, surgida en torno a las manualidades y convertida en un grupo cohesionado durante casi dos d&eacute;cadas. En las antiguas escuelas de P&aacute;manes compartieron aprendizajes, caf&eacute;s y manualidades, sin conflictos, con un compa&ntilde;erismo entre mujeres que ella recuerda con aprecio.&nbsp;
    </p><p class="article-text">
        Entre todo lo vivido, pesa la p&eacute;rdida &mdash;de un padre, un hermano, un marido y un hijo&mdash; pero tambi&eacute;n el orgullo por una familia unida. Con el tiempo ha llegado a ser abuela de ocho nietos y &ldquo;Bisa&rdquo; de cinco bisnietos &mdash;con otro en camino&mdash;, &lsquo;t&iacute;tulos&rsquo; que lleva con alegr&iacute;a y responsabilidades de cuidado que sostuvo en numerosas ocasiones.&nbsp;
    </p>]]></description>
      <dc:creator><![CDATA[Zhenya Popova Tikhonova]]></dc:creator>
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      <pubDate><![CDATA[Fri, 30 Jan 2026 20:00:49 +0000]]></pubDate>
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