Legado Cantabria es un proceso de construcción de la memoria oral a través de las historias de vida de las personas mayores. Tiene como objetivo poner en valor las experiencias, el éxito de la longevidad y el arraigo en el territorio. Participan personas mayores de 70 años que relatan su experiencia vital para ponerla a disposición de las generaciones actuales y venideras.
Este blog recoge en elDiario.es los testimonios audiovisuales que integran el Proyecto Legado Cantabria, impulsado por el Patronato Europeo de Mayores (PEM) y UNATE, La Universidad Permanente.
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María Martina: el arte de vivir como se quiere durante 100 años y 50 días
El 30 de diciembre de 2025 murió una santanderina de pura cepa después de vivir varias vidas y acumular una memoria portentosa. Legado Cantabria alcanzó a preservar su historia de vida
La santanderina María Martina Múgica de la Mano. LEGADO CANTABRIA
2 de enero de 202621:15 h
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María Martina Múgica de la Mano falleció el día 30, como había vivido: a su manera. Tenía 100 años recién cumplidos y los había celebrado rodeada de su comunidad de vecinos y vecinas y de sus amistades, en una fiesta en el portal, pequeña y verdadera, sostenida por el calor humano de quienes la querían. “Vivió como quería”, repiten quienes la acompañaron hasta el final. Y murió en calma, acompañada y celebrada. “Como ella quiso”.
En noviembre, su centenario trascendió el ámbito doméstico y ocupó una página en la prensa local. Una frase la retrataba entera: no le dolía “ni el dedo gordo del pie”. Lo decía sin épica y con verdad. Y era cierto: aún le sobraban energías para salir a comer con sus amistades y alargar la sobremesa entre risas, anécdotas y unos blancos compartidos. Pero 50 días después de cumplir los 100 años, se fue casi sin hacer ruido.
El último día del año 2025, unas rosas rojas la despidieron. Dejaba un hueco entre sus amistades —un vacío real, cotidiano—, pero también algo más duradero: su testimonio. Legado Cantabria pudo recoger su historia de vida y conservarla para el futuro, convirtiéndola en memoria compartida. Ello también lo disfrutó: tanto que animó a su amiga Adelita, Adelaida Martínez Fernández a participar en el proyecto.
María Martina Múgica de la Mano nació el 10 de noviembre de 1925 en el Hospital de San Rafael, en Santander. Años después regresaría a ese mismo edificio —ya convertido en Parlamento de Cantabria— como integrante del Coro del Orfeón Cántabro, ensayando entre muros cargados de historia.
Creció entre la calle Limón, la Cuesta del Hospital y la calle Garmendia, hasta que, pasados los 20 años, se trasladó con su familia a la calle Cisneros. En casa convivían tres generaciones: su madre, Luz Fernández; su padre, José Múgica; y su abuela materna, Josefa González, que vivió con ellas hasta superar los 80 años y atravesar la Guerra de España.
Su madre, única superviviente de nueve hermanos, fue costurera y sastra. Mujer autónoma en un tiempo que no lo favorecía, sostuvo a la familia cosiendo en casa, incluso cuando su marido estuvo ausente durante la guerra. Su padre había sido marino y realizó el servicio militar en el acorazado Jaime I. Movilizado para construir trincheras, desertó y regresó a pie a Santander. “Si lo hubieran cogido, lo habrían fusilado”, recordaba María. Sobrevivió. Retomó el trabajo en la fábrica Ribalaygua. Siguió junto a ella hasta el final, y quienes la conocieron recuerdan cómo María cuidó de su padre con una paciencia honda.
Los ojos de María atravesaron 100 años de vivencias y de historia común. La guerra y la posguerra dejaron en María recuerdos que nunca se borraron. Durante los bombardeos, cuando sonaban las sirenas, subía con una amiga a lo alto de El Túnel —el actual Pasaje de Peña— para ver pasar los aviones. Su abuela materna pasó la guerra refugiándose allí, en el Túnel, pero dentro de aquel hueco excavado en la roca. Recordaba el bombardeo del Barrio Obrero y la calle Becedo llena de soldados alemanes, “todos uniformados, impecables y guapísimos”, mientras la ciudad permanecía en silencio, temerosa de unos y otros.
De la posguerra guardaba un recuerdo aún más áspero: “Creo que fue peor que la guerra. Pasamos más hambre, más escasez”. El hambre, en su memoria, tenía sabor: “Nunca había comido pan con gusto, pero entonces lo devoraba”.
En 1941, el gran incendio del centro de Santander la sorprendió aguja en mano, en el taller de la modista donde aprendía, en la calle Bailén. Gracias a su padre pudo regresar a casa. Aquello, resumía, “parecía el fin del mundo”.
Estudió con las monjas de la Caridad en la calle Ruamayor, otro edificio que ardió. Empezó pronto a formarse como modista, pero nunca se sintió cómoda en aquel oficio. Probó, resistió y decidió cambiar, en una España que proclamaba el resurgir mientras a ella, como decía con ironía, la vida la había dejado “debajo de la mesa”.
Vivía entonces en condiciones muy precarias. Trabajó en la cocina del pabellón deportivo de La Albericia, según recuerda su amiga Adelita, y en la limpieza en casa de los suegros del doctor Pérez Puente, hasta que un contacto le abrió la puerta a la formación. Completó con buena nota el de auxiliar de enfermería a través de la Promoción Profesional Obrera, un programa estatal de formación para desempleados en la España franquista, y realizó otro curso de puericultura. Entró en Valdecilla por méritos propios y comenzó allí su segunda vida profesional.
En la tercera década de su vida entró a trabajar como auxiliar de enfermería en el antiguo Hospital de Valdecilla. Pasó por pediatría y por la planta de infecciosos, cuidando a niños en un tiempo en que las madres no podían quedarse a su lado. Junto a otras compañeras, alzó la voz y logró que se permitiera a las madres lactantes dormir con sus bebés. Fue una conquista pequeña y decisiva. “Entrar en Valdecilla fue como si me tocara el gordo”, decía. Se jubiló a los 66 años. “Fui muy feliz allí”.
No se casó ni tuvo hijos. “O enamorada, o no”, lo tuvo siempre claro. A cambio, tejió una vida de vínculos. Viajó por Europa y hasta Nueva York —y, según recuerdan, por medio mundo—, practicó taichí durante años y mantuvo intacta, hasta el final, la curiosidad por la vida.
En sus últimos años vivía sola, pero no estaba sola. Eduardo, el portero del edificio, fue su cuidador, su amigo, su “nieto por elección”. “Mi ángel de la guarda”, decía ella. También la rodearon sus amistades de décadas, compañeras de trabajo, vecinas y vecinos. De hecho, su esquela estaba firmada por sus amigos, sus vecinos de Villatorre y Eduardo, “su nieto postizo”. Todas y todos coinciden: vivió como quiso. Y se hizo a sí misma.
Su historia de vida completa y el vídeo de su testimonio pueden verse en la web de Legado Cantabria, donde su voz queda a resguardo, contada a su ritmo y con sus palabras. Además, María Martina será una de las voces que atraviesan el documental La memoria no arde, dedicado a los recuerdos indelebles sobre el incendio del centro de Santander de 1941, que se estrenará el 14 de febrero, a las 18:00 horas, en la Filmoteca de Cantabria Mario Camus.
Nunca fue de anticipar el futuro. Prefería estar. “¿Para qué preocuparse?”, decía. “Lo que tenga que venir, vendrá”. Tampoco discutía con el tiempo ni sus años. “No me estorban”. Ahora nos toca cuidarla en la memoria común.
Sobre este blog
Legado Cantabria es un proceso de construcción de la memoria oral a través de las historias de vida de las personas mayores. Tiene como objetivo poner en valor las experiencias, el éxito de la longevidad y el arraigo en el territorio. Participan personas mayores de 70 años que relatan su experiencia vital para ponerla a disposición de las generaciones actuales y venideras.
Este blog recoge en elDiario.es los testimonios audiovisuales que integran el Proyecto Legado Cantabria, impulsado por el Patronato Europeo de Mayores (PEM) y UNATE, La Universidad Permanente.
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