Sobre este blog

Ciencia Crítica pretende ser una plataforma para revisar y analizar la Ciencia, su propio funcionamiento, las circunstancias que la hacen posible, la interfaz con la sociedad y los temas históricos o actuales que le plantean desafíos. Escribimos aquí Fernando Valladares, Raquel Pérez Gómez, Joaquín Hortal, Adrián Escudero, Miguel Ángel Rodríguez-Gironés, Luis Santamaría, y Silvia Pérez Espona

El colonialismo científico, una realidad tenaz

Adrián Escudero, Silvia Pérez Espona y Fernando Valladares / Carlos Iván Espinosa

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Ciencia Crítica pretende ser una plataforma para revisar y analizar la Ciencia, su propio funcionamiento, las circunstancias que la hacen posible, la interfaz con la sociedad y los temas históricos o actuales que le plantean desafíos. Escribimos aquí Fernando Valladares, Raquel Pérez Gómez, Joaquín Hortal, Adrián Escudero, Miguel Ángel Rodríguez-Gironés, Luis Santamaría, y Silvia Pérez Espona

Hace unos días se hacía eco la prensa generalista de un trabajo que acababa de ver la luz en la prestigiosa revista Science liderado por investigadores de la Escuela de Geografía de la Universidad de Leeds en Reino Unido (Sullivan y colaboradores, 2020). Más allá de su incuestionable valor científico, al describir la sensibilidad térmica de los bosques tropicales y las repercusiones que ello puede tener a nivel global en los flujos y dinámica del carbono, una cuestión clave para reducir la incertidumbre de nuestros modelos climáticos globales, lo que nos llamó poderosamente la atención es el listado tan enorme de autores: 224 ni más ni menos. Una primera impresión puede hacernos concluir que esto no es más que el resultado de un trabajo colaborativo y una reafirmación de que las grandes preguntas no pueden abordarse de otra forma. De hecho, en las revistas científicas más relevantes como ésta, no es raro encontrar listados de autores casi interminables que impactan al lector pero que hablan de un trabajo intenso en cooperación. La mejor ciencia también es esa.

En un trabajo como éste, donde se quiere dar respuesta a una cuestión global relacionada con la dinámica de bosques tropicales, parece imprescindible la participación activa y predominante de investigadores de países tropicales. Sin embargo, un análisis rápido de las autorías nos indica algo sustancialmente diferente; más de la mitad de los autores trabajan en países desarrollados de latitudes elevadas (53%). Es más, entre los investigadores del Reino Unido (28%) y de Estados Unidos (10%) se reúne a una buena parte de los autores. Este listado se completa con más científicos de los mal llamados países desarrollados, con colegas holandeses y franceses. Aunque no viene muy al caso, no hay representantes españoles; algo que daría para reflexionar también, pero que no toca en este momento. Entre los países en los que aparece este tipo de bosques sólo cabe destacar a los brasileños que representan aproximadamente el 17% de todo el listado de autores. El resto es una larga lista de países donde hay un reducido número de investigadores por país y que, en general, no han conseguido organizar grupos locales de impacto y reconocimiento global. Pero más allá de estos números, llama también la atención que algunas instituciones situadas en países "aristocráticos" en esto de la ciencia como en el caso de la Universidad de Leeds en Reino Unido llegan a tener algo más del 11 % de las autorías, un número realmente desorbitado para los bosques tropicales que hay en su ámbito territorial. Es más, las posiciones más relevantes desde el punto de vista curricular, los dos primeros y el último puesto, son también ocupadas por investigadores de dicha universidad, lo cual destaca aún más el papel dominante de dicha institución.

A dónde queremos ir con este simple ejercicio, es a que esta publicación, como tantas otras con muchos autores, es un ejemplo de una expresión de lo que en un reciente trabajo en Scientific American, Asha de Vos llama Ciencia Colonial. La publicación mencionada anteriormente no es más que uno de los muchos ejemplos de una disfunción ética que seguimos sin superar y que arrastramos casi desde la emergencia de la ciencia moderna en el siglo XVIII. Obviamente, esto no es un problema asociado a los autores de este y muchos otros artículos, sino una simple y contundente expresión de una mala práctica tristemente habitual y de un funcionamiento profesional no resuelto. El colonialismo científico no sólo se expresa como una brecha en la incorporación de investigadores de países con menor renta per cápita en proyectos de investigación relevantes para esos países, un déficit que algún investigador de países desarrollados se esfuerza en compensar, el problema es mucho más profundo. El problema implica un sesgo en el desarrollo de investigadores y grupos autónomos capaces de hacer ciencia de alto nivel sin la tutela de nadie. En muchas ocasiones, los investigadores de los países tropicales son, en esencia y con escasas excepciones, meros proveedores de los datos que por otra parte son imprescindibles, o bien mantenedores de infraestructuras científicas de seguimiento a largo plazo, o facilitadores de la logística necesaria para el estudio o intermediarios entre las poblaciones locales (acceso cultural e idiomático) y los investigadores del norte que trabajan en países más afluentes. Con frecuencia los "locales" son un proceso burocrático más, que se sobrelleva incluyendo a alguno de ellos en los artículos.

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