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Adrián Escudero

Adrián Escudero es doctor en Ciencias Biológicas por la Universidad Complutense de Madrid. Actualmente es catedrático de Ecología en la Universidad Rey Juan Carlos en Madrid.

Y la ciencia, ¿pa' cuando?

Después de varios meses de inactividad, demoscopia y tacticismo partidista, estamos a apenas unos días de la fecha definitiva. Los partidos autodenominados progresistas tenían que decidir antes del martes 17 si serían capaces de negociar una coalición para formar gobierno, o si abandonaban toda pretensión de hacerlo en el futuro cercano y nos abocan a nuevas elecciones. El problema, mil veces repetido, es que mientras el tridente Sánchez-Calvo-Ábalos juega al escondite con sus propios votos, el país en general, y la administración pública en particular, acumula ya años de parálisis y desmantelamiento. Seguimos viviendo de las rentas, pero estas rentas se acaban.

La situación es tan crítica que hasta se hace difícil hablar de ciencia e innovación. Con la brecha social creciendo sin detenerse, familias enteras condenadas a no salir nunca de la pobreza extrema, el acceso a la vivienda convertido en una emergencia social, una sanidad y una educación en las que se utiliza un deterioro programado mediante recortes para justificar y financiar su creciente privatización, una justicia totalmente desprestigiada por la infiltración partidista y sectaria, y una corrupción inacabable que nos cuesta 90.000 millones de euros al año (casi 6 veces más que la inversión anual en I+D), cuesta creer que nuestra investigación puede tener una mínima relevancia dentro de la serie de reformas urgentes que tendría que abordar el nuevo gobierno.

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Verdades, mentiras y la opinión sesgada sobre datos y hechos

Hace tiempo nos proponían participar en un debate supuestamente crítico sobre la evolución biológica en una mesa redonda que incluía a algunos altos responsables de la Iglesia Católica. La equidistancia y el relativismo lo admite todo. Podemos hablar de casi cualquier cosa, aunque los biólogos evolutivos y los obispos nos movamos en mundos muy alejados y de improbable intercambio y comprensión recíproca. Sin embargo, decidimos que, lógicamente, sólo cabía rechazar la invitación. ¿De qué vamos a hablar con esos señores? (Eran todos hombres, claro). La gente de ciencia nos movemos en el marco de la razón, del método científico, de la argumentación basada en evidencia contrastable y de la discusión ordenada. Fuera de ese marco, íbamos a ser solo unos tertulianos más, hablando de cualquier cosa y sin que necesariamente seamos más autorizados y confiables que cualquier otro ciudadano. Con nuestra presencia estaríamos legitimando la postura de quienes rechazan el debate honesto al aceptar un intercambio de opiniones vacío de su elemento principal: el contraste con los hechos. Puede que nos equivocáramos al rechazar la invitación.

Por supuesto que no fuimos los primeros que nos enfrentábamos a esta decisión. Es muy conocido el debate que se produjo sobre evolución y creacionismo, hace unos años, entre Bill Nye, comunicador científico, y Ken Ham, presidente del Museo de Kentucky sobre la Creación. Como muchos críticos ya anticiparon, el gran ganador fue Ken Ham. A pesar de la vacuidad de sus argumentos, la mera celebración del debate consiguió presentarlo en pie de igualdad con los científicos de su época.

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Catedráticos sin experiencia docente ni de gestión

Como casi cada año, este verano hemos vuelto a ser testigos de un nuevo coro de críticas a la Agencia Nacional de Evaluación de la Calidad y Acreditación (ANECA), el organismo encargado de mejorar la gestión de la calidad en las Universidades españolas. Durante varias semanas, la ANECA ha acaparado titulares y noticias. Todos tirando piedras contra ella porque una serie de buenos investigadores no han recibido la acreditación para catedráticos. Tono de escándalo y desesperanza en afectados y periodistas. Propuestas de revisión de los procedimientos, o incluso de cierre, de la Agencia y estupor en los que están fuera de nuestras universidades públicas. Sí, es cierto, no parece razonable lo que ha ocurrido, y podemos concluir que hay que revisar y mejorar los procedimientos de evaluación. Pero tampoco se puede dejar de reconocer lo que las acreditaciones han supuesto para un tejido universitario que, tras cuarenta años de franquismo, estaba profundamente afectado por los tan ibéricos vicios del nepotismo, la endogamia y el provincianismo académico. ¡Memoria, por favor! 

Debe ser como el mito del escorpión, va en nuestra naturaleza picar y, en este caso, olvidar de dónde venimos y lo que el sistema de acreditación ha supuesto. El sistema actual de evaluación está plagado de problemas, sin duda. Pero debemos recordar por qué se lanzó y cuál era el desierto que exigió a gritos algo similar a lo que tenemos con la ANECA. Y debemos también reconocer que la mayoría de esos problemas no proviene sino de la inercia del sistema anterior, el mismo que trataba de corregir, y que se puso rápidamente en movimiento para descafeinar cada incremento de exigencia que iba tratando de incorporar la Agencia. Y que reformar la ANECA o suprimirla no va a solucionar los tres principales problemas del sistema español de contratación del profesorado universitario: la burocratización, la incoherencia legislativa y la endogamia

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Saltándose acuerdos internacionales, el nuevo gobierno municipal de Madrid se aleja del conocimiento científico

Los pactos que han suscrito los tres partidos de la derecha española para sacar de su puesto a la última alcaldesa de Madrid, Manuela Carmena, van completamente en contra de las directrices y acuerdos internacionales que ha firmado España en general y Madrid en particular en materia de medio ambiente y salud. Estos pactos, que pueden verse resumidos aquíaquí, van más allá de saltarse acuerdos internacionales como el de París sobre cambio climático, o las directivas europeas en esta materia que Bruselas nos recuerda constantemente. Se saltan la evidencia científica sobre los problemas para la salud tanto de las personas como del planeta que se generan con el tráfico anterior a Madrid Central. Eliminar Madrid Central, soterrar la Gran Vía, construir infraestructuras en Madrid Norte o en la A-5 que pretenden incrementar el tráfico en el centro de esta gran ciudad son propuestas insostenibles en pleno siglo XXI, por mucho que hayan sido promesas electorales.

Estas propuestas, negando la contribución de Madrid al cambio climático y el impacto de una atmósfera sucia sobre la salud, van exactamente en contra de todos los acuerdos entre los alcaldes de las principales ciudades del mundo y en contra de todas las iniciativas que aglutinan ciudades de distintas regiones del planeta. Porque no hay ni una sola red o consorcio o agrupación de ciudades que se hayan reunido para emitir más carbono a la atmósfera, para exponer más a las personas a las partículas y gases resultantes de la quema de combustibles fósiles, ni para facilitar el tráfico de un número creciente de vehículos a expensas de contaminar localmente y activar el calentamiento de la atmósfera a nivel global. Ni una. Y existen muchas para todo lo contrario, como el pacto global de los alcaldes del mundo o la red C40 y el CDP-Cities a nivel internacional y la Red Española de Ciudades por el Clima a nivel nacional. Redes estas últimas en las que, como es lógico, está Madrid. ¿Pensará el nuevo equipo municipal dar de baja a Madrid en todas estas alianzas, redes y pactos nacionales e internacionales por la salud de las personas y del planeta?

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Ciencia en positivo: Yes, we can!

Hace cosa de un mes coincidimos con dos investigadores muy jóvenes y brillantes de nuestra abarrotada diáspora internacional. Los conocemos bien porque han trabajado en el entorno de nuestro departamento y sólo cabe decir que son realmente buenos. Al preguntarles por su futuro nos comentaron que habían conseguido sendos contratos Ramón y Cajal, que, para quien no lo sepa, son la joya de la corona de un sistema de captación de talento científico organizado y financiado por el ministerio de turno (nuestras excusas por no completar el nombre, porque la ciencia ha pasado por cuatro ministerios diferentes en las últimas dos décadas, y con las elecciones anticipadas encima, cualquiera se aventura con el nombre del próximo). 

Ya hemos escrito muchas veces sobre las dificultades para desarrollar una carrera investigadora en nuestro país y lo paradójico que resulta que, como leíamos el otro día en El País, más del 50 % de los profesores universitarios no investiga nada o casi nada, y por otro lado nuestros investigadores postdoctorales (o “postdocs”) son investigadores muy valorados internacionalmente. Nuestros postdocs se cuentan entre los candidatos más cualificados y de mejor desempeño en el mercado internacional y, sin embargo, no hay manera de traerlos de vuelta de una manera digna. El programa Ramón y Cajal cuenta con una financiación escasa y la incorporación final de los contratados en el sistema de I+D+i de nuestro país es bastante incierta, pero sin duda consigue el objetivo de atraer y retener a una fracción de los mejores científicos. Se trata de un sistema extraordinariamente competitivo que permite retornar a lo mejor que hay por ahí fuera, retener algo del talento que ya volvió, e incluso atraer investigadores extranjeros con trayectorias prometedoras. Un sistema que por fortuna se ha mantenido de forma transversal independientemente del color político del ejecutivo, aunque con las obvias dificultades de financiación introducidas con la excusa de la crisis y mantenidas hasta ahora. Podemos estar orgullosos de algunas cosas que se hacen razonablemente bien en este país. 

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¡Qué derecho tuerces!

Los homeópatas venden agua con azúcar en farmacias para curar casi todo. Los negacionistas del cambio climático dicen que la Tierra se ha calentado más rápido otras veces en el pasado sin la intervención humana. Muchos políticos prometen mejoras sociales bajando impuestos a partir de su interpretación de los modelos económicos. Bastantes deportistas afirman aún hoy en día que las agujetas son debidas a microcristales de ácido láctico. En las playas se escucha a los padres prohibir el baño a sus hijos porque se les cortará la digestión. En los bares y en las televisiones los hay que insisten en que la igualdad de las mujeres y los hombres se logró en España hace ya muchos años. Lo único que tienen en común todas estas situaciones, además de apoyarse en el error, es que quienes las defienden lo hacen con mucha rotundidad. Como si las alternativas fueran imposibles o puros disparates. Un provocador artículo reveló hace ahora veinte años la base científica de que los incompetentes se muestren muy seguros. Se conoce como el efecto Dunning-Kruger y ha vuelto a suscitar mucha investigación tras la victoria de Trump en las elecciones norteamericanas de 2017. 

El estudio mostró, sin apenas margen para la duda, que las personas que peor resolvieron los tests se mostraron, sin embargo, más seguros de haberlos hecho bien. El trabajo fue sencillo, claro y estuvo bien diseñado. Las implicaciones son terribles. Los resultados confirmaban la hipótesis de los autores que se apoyaba, a su vez, en la afirmación "la ignorancia engendra confianza con más frecuencia que el conocimiento" del mismísimo Charles Darwin en 1871 y que entroncaba a su vez con la tradición socrática de que "el auténtico conocimiento es saber que no se sabe nada". Pero los propios Dunning y Kruger, autores del trabajo inicial, se quedaron sorprendidos por la potencia y claridad de los resultados de sus encuestas. El patrón era general entre diferentes grupos sociales y se mantenía independientemente de los contenidos del test. 

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Replanteando el modelo de publicación y de acceso a la información científica

La publicación de trabajos científicos está dominada por un reducido grupo de empresas editoriales que operan con márgenes de beneficio desorbitados de hasta el 40% [1]. A pesar del presupuesto limitado con el que cuenta el sistema científico español desde hace años, el conjunto de universidades y organismos públicos de investigación de nuestro país mantiene ungasto ingente (decenas de millones de euros anuales) para poder acceder a las bases de datos y publicaciones editadas por las grandes editoriales. Por ejemplo, la suscripción a la base de datos Scopus (propiedad de Elsevier) nos cuesta más de 2 millones de euros al año [2], y la suscripción a Web of Science (propiedad de Clarivate) se estima que cuesta más de 3 millones de euros al año. A pesar de que a menudo se vende el acceso a estas bases de datos como indispensables para los científicos, actualmente existen alternativas gratuitas viables y con prestaciones similares [3,4] (e.g. Google Scholar, MS Academic, Dimensions, 1findr, ...). 

Los costes de suscripción para poder acceder al contenido de revistas científicas son aún más impactantes [5] y con constantes subidas de precios anuales. Por ejemplo, se estima que España paga unos 25 millones de euros anuales [6] sólo para poder leer los contenidos publicados en Elsevier. Para hacernos una idea de la magnitud de esta cifra, esa cantidad es equiparable [7] a lo que se invierte anualmente en todo el programa postdoctoral Juan de la Cierva. El beneficio económico de estas grandes editoriales contrasta con el hecho de que la inmensa mayoría de editores, autores y revisores realizan su trabajo de asesoramiento y revisión de manera gratuita. Un primer paso imprescindible es conocer el gasto real de forma fiable exigiendo más transparencia sobre los costes de las licencias tanto de bases de datos como de revistas. 

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Desiertos prístinos y bosques desiertos: revisando algunos tópicos sobre la desertificación

El celebérrimo E.O. Wilson, de la siempre prestigiosa Universidad de Harvard, popularizó el término de biofilia acuñado por el filósofo Erich Fromm para hacer referencia a la supuesta inclinación positiva que tenemos hacia la diversidad biológica. Según estos autores cuanta más biodiversidad en nuestro entorno, mejor nos encontramos. Se utilizó, sobre todo, para agitar conciencias y señalar uno de los mayores problemas de carácter global a los que nos enfrentamos: la dramática pérdida de diversidad biológica que vivimos como consecuencia del cambio global. Tuvo éxito y hoy vemos el término por doquier en todo tipo de contextos, sea en el proyecto educativo y musical pilotado por la cantante Björk o dando amparo a los premios Frontera del Conocimiento de la Fundación BBVA.

¿Existe o no la biofilia, más allá de como un recurso comunicativo? ¿O es más bien un ejemplo más de términos que, propuestos en marcos muy concretos, saltan a otros contextos para ser ampliamente utilizados incorporando sesgos semánticos y conceptuales profundamente irracionales?

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La Universidad Rey Juan Carlos en positivo: una carta para nuestros alumnos, sus familiares y sus amigos

Casi anestesiados por la lluvia que no cesa de escándalos de la Universidad Rey Juan Carlos (URJC) aventados por la prensa, de chistes poco imaginativos en los bares, de caras de sorpresa o dolor de los que nos quieren, gritando sin abrir la boca, de indignación y frustración de los que están con nosotros, que conocen nuestro esfuerzo de cada día, parece absurdo volver a repetir que todo ha resultado del quehacer torticero y deshonesto de unos pocos, combinado, quizás, con una exacerbación de los problemas de gobernanza de nuestro sistema público de universidades a los que nunca se ha querido o se ha sabido meter mano. Los colegas de profesión, no sólo españoles, nos dan su apoyo mientras los chicos y chicas que trabajan y se forman en nuestras aulas y laboratorios se dan de bruces con dificultades extra para desarrollar una carrera científica en nuestro país mientras ahí fuera su esfuerzo es vilipendiado o cuando menos ridiculizado.

No sé, solo queda contar lo que hacemos y poner números de nuestro desempeño sobre la mesa. Puede que sólo alguno de vosotros sea consciente de que llevamos instalados en el buque de Ciencia Crítica desde el principio de la aventura del eldiario.es, realizando su trabajo en la universidad, en la URJC más concretamente. Desnudémonos delante de todos para que quede claro lo injusto y desatinado que es abandonar a los que trabajamos allí. En la URJC intentamos llevar a cabo nuestro servicio público como investigadores, docentes y trabajadores honestos. Como Umbral en su día, hoy hemos venido a hablar de nuestro libro; de lo que hemos hecho unos cuantos investigadores en este entorno; en realidad, la mayoría, porque los ejemplos de buen hacer en la URJC son numerosos. Da pudor, mucho, pero no sé cómo se puede ayudar de otra manera a los estudiantes que osan completar sus grados y sus másteres con nosotros, a todos aquellos que están haciendo sus tesis doctorales o se forman como investigadores postdoctorales aquí, gente que viene de rincones diversos del planeta y que tienen que vivir con ese estigma y, por supuesto, a los profesores, profesoras y personal de administración que desarrollan su trabajo a nuestro lado. Nuestro grupo es un ejemplo entre muchos, un exponente de lo que es una universidad pública, con sus méritos y sus limitaciones, y un caso que ilustra bien lo injusto de generalizar a partir de personas y actividades extremas que están de hecho siendo analizadas en sede judicial.

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Restauración ecológica y cambio climático II: las soluciones

El cambio climático está aquí para quedarse. Por un buen tiempo. Eso ya nadie lo duda, salvo unos pocos desinformados y unos no tan pocos desalmados. Lo que nos queda por aprender ahora es cómo podemos mitigarlo y hasta qué punto podemos adaptarnos a la dimensión del cambio que no va a poder frenarse en el corto plazo. Una de las principales preocupaciones que se suman a las relacionadas con sus efectos directos sobre la salud y el bienestar humanos es la alteración de numerosos procesos ecológicos que lleva asociada el cambio climático. Estas alteraciones afectan a su vez a numerosos bienes y servicios ecosistémicos que necesitamos en nuestro día a día, bienes y servicios que se ven también alterados por la degradación directa de los ecosistemas a través de la fragmentación, los cambios de uso del territorio, la sobreexplotación de recursos como el agua o la introducción de especies exóticas, por ejemplo. Esta combinación de ecosistemas degradados que se ven crecientemente amenazados por cambios en el clima constituye uno de los principales desafíos de la restauración ecológica del siglo XXI. 

Entre los servicios ambientales con mayor probabilidad de ser recuperados a través de acciones de restauración ecológica destacan los siguientes: 

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