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Adrián Escudero

Adrián Escudero es doctor en Ciencias Biológicas por la Universidad Complutense de Madrid. Actualmente es catedrático de Ecología en la Universidad Rey Juan Carlos en Madrid.

Lo que la ciencia española necesitaría ahora de los políticos

La ejecución de los proyectos científicos y el avance de las distintas líneas de investigación se enfrenta en estos momentos en nuestro país a un calvario burocrático que obliga a devolver fondos por no poder gastarlos, a cancelar compromisos de colaboraciones internacionales por no poder ponerlas en práctica y a dejar sin contratar a cientos de personas durante meses a pesar de contar con el dinero para hacerlo. La aplicación de la nueva Ley de Contratos del Sector Público se ha añadido al elevado nivel de burocratización que arrastra la ciencia española durante los últimos años. La transposición de esta directiva europea sin la exención para actividades de I+D+i de otros países europeos amenaza con paralizar la actividad de la mayoría de las instituciones públicas de investigación.

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Titulitis o la mercantilización de la formación superior

Hemos visto en las últimas semanas un gran trasiego de títulos universitarios en los medios de comunicación, con el máster irregular de Cristina Cifuentes, que ha terminado empujando a la dimisión de todos sus cargos políticos, ocupando una gran atención. Hemos asistido a la perplejidad de la expresidenta de la Comunidad de Madrid por el mero hecho de hacerse público que hubiera comprado un título de máster. La perplejidad ha sido probablemente genuina ya que nadie se escandaliza si compra una lubina o un solomillo. Cierto que la compra del título involucró en este caso la falsificación de documentos públicos y esas cosillas, pero al fin y al cabo eso es como cuando le quitan la grasa sobrante al solomillo en la carnicería o las escamas y tripas a la lubina en la pescadería, ¿sabe usted?

Para entender la sorpresa de Cifuentes es necesario comprender el contexto político y social en el que se desarrolla la obtención fraudulenta de su título. Y ese contexto incluye, en primera página, la mercantilización de la “formación”. Hace unos días, El País publicaba un artículo explicando que la empresa privada cada vez se fija menos en los títulos universitarios a la hora de contratar personal. Si en los años 70 del pasado siglo un título universitario poco menos que garantizaba un buen empleo de por vida (sobre todo en determinadas profesiones), hoy en día miles de jóvenes en paro acumulan títulos universitarios como el que colecciona cromos y con similares efectos sobre su futuro laboral.

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Una corte i-real

Entender el caso de la presidenta o el de otros aristócratas de la política como el prometedor Casado exigen un esfuerzo de análisis retrospectivo y alguna propuesta prospectiva. No sé muy bien qué es la verdad jurídica ni cómo se accede a ella, pero si lo que es la verdad estadística. Seguro que son las limitaciones propias de alguien que se dedica a ciencia básica. Las evidencias acumuladas hacen imposible tener dudas sobre lo que ha ocurrido. Si se tratase de apostar, uno se jugaría el sueldo de un año. Ganaría; la presidenta no hizo nada del máster o como mucho pagar a destiempo. La pregunta retórica es evidente, ¿qué ha ocurrido?  Quizás pueda sorprender a alguien, pero la respuesta no hay que buscarla exclusivamente en los campus de la URJC.

La conformación de una corte alrededor de los nuevos príncipes y princesas que ostentan el poder está conectada con el quehacer histórico de nuestros gobiernos. La sacralización de la monarquía parlamentaria y la paradoja implícita, de que todos somos iguales menos algunos, nuestra familia real, dibuja la justificación ética necesaria para ejercer la diferencia. De una manera racional o no, nuestros líderes políticos se consideran monarcas en ciernes, o en algunos casos monarcas absolutos bien consolidados. En ese marco, no son pocos los que rinden pleitesía como cortesanos a los nuevos príncipes. Ver la cara de la presidente y su perplejidad con lo que le está pasando es sintomático. Ella parece creer firmemente que no ha hecho nada; alguien probablemente le ofreció un máster en ese marco de dádivas y regalos mutuos; y lo acepto sin darle ninguna importancia. Para ella es una persecución porque lo que ha emergido es una nimiedad; pero si yo tengo ya el nivel de abogado que es el que me daba ese título de máster. Lo de mentir es la trampa en la que se ha metido por soberbia y probablemente por falta de formación en valores y ciudadanía ética y responsable. Suena a sermón, pero lo creo profundamente; hacer carrera en el seno de los partidos políticos puede requerir habilidades muy concretas, pero desde luego parece que lo de asumir los errores es algo que no se trabaja mucho.

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La política del maquillaje no funciona con la ciencia

Complicando la ejecución del gasto y maquillando las cifras, el Gobierno juega con el mensaje de “España va bien”. Pero los datos son tozudos. Y los investigadores lo somos aún más. Si en un post anterior nos preguntábamos retóricamente por qué el Gobierno dificulta la ejecución del gasto en investigación y ciencia, ahora nos preguntamos “¿A quién quiere engañar con la manipulación de los datos?”. La estrategia de apoyar la investigación con préstamos y créditos, sabiendo que una gran parte no llega ni a solicitarse, y de poner cada vez más trabas a la ejecución de los menguantes presupuestos de subvención directa, lleva años dando los resultados esperables: cada vez se invierte menos en el presupuesto de I+D+i. No hablamos de una reducción pequeña ya que la combinación de recortes y trabas a la ejecución del presupuesto lleva a una inversión actual que es la sexta parte de la que se realizaba hace ocho años.

La estrategia seguida permite enmascarar la brutal reducción de la ‘inversión’ en investigación y desarrollo. Se mantiene aparentemente estable el nivel de recortes de los presupuestos desde 2011 pero en realidad entre uno y dos tercios de ese presupuesto se queda sin gastar. Claro que la estrategia sí que es buena si el objetivo no es impulsar la investigación científica sino sólo aparentar que se impulsa, guardando ese dinero para otros asuntos. La cuestión llega a levantar ampollas cuando parece que se quiere transmitir la idea de que la falta de gasto en I+D no responde a una falta de voluntad política por invertir en ciencia, sino a la incapacidad de los investigadores para gestionar bien los recursos de los que disponen. Además de levantar ampollas, por ofensiva y humillante, esta situación allana el camino para futuros recortes, ya que es práctica común en la Administración ajustar a la baja los presupuestos de un año cuando en el anterior no se ejecuta todo lo que se había asignado.

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¿Por qué el Gobierno dificulta la ejecución del gasto en investigación científica?

Han corrido ríos de tinta sobre la incomprensible y repetida decisión del Gobierno español de ir disminuyendo la inversión en ciencia, alejándonos cada vez mas de los países de nuestro entorno. Con la excusa de la crisis, se han aplicado recortes tan exagerados que han quebrado líneas y centros de investigación enteras y han forzado a emigrar a miles de los mejores científicos de nuestro país. Sin embargo, en los últimos años se ha añadido una tortura incomprensible: cada vez cuesta más tiempo y esfuerzo ejecutar los gastos, por lo que una parte mayoritaria de los presupuestos de investigación (mas del 70% en 2017) no llega a gastarse. Esto, que parecía algo temporal, producto quizá de los reajustes burocráticos de nuestras administraciones, se ha convertido en un mal endémico que está cobrando dimensiones dantescas. El paroxismo se alcanza con la entrada en vigor el pasado 9 de marzo de la Ley 9/2017 de 8 de noviembre, de contratos del sector público. Hasta hace poco manteníamos la duda sobre denunciar o no este maltrato y el languidecimiento correspondiente de nuestra labor científica, pero ahora no cabe duda. Prácticamente todos los centros e instituciones se desesperan ante esta situación realmente kafkiana de no poder emplear unos fondos conseguidos en convocatorias abiertas y competitivas o provenientes de sus presupuestos básicos. En suma, tienen disponible un dinero para investigar que no se puede llegar a gastar. La situación en nuestro país es tan preocupante como patética y ya ha sido reseñada en las más prestigiosas revistas científicas internacionales. Es cierto que la ley es una trascripción de una directiva europea, pero no es menos cierto que en los países de nuestro entorno europeo se ha sido capaz de aislar la actividad investigadora de estos requerimientos, conscientes de su importancia y de las características excepcionales de ejecución presupuestaria a la que debe estar sometida el I+D+i.

El 18 de marzo de 2018, más de 300 trabajadores del Instituto Español de Oceanografía (científicos, técnicos y personal de administración) hacen público un manifiesto en defensa de esta institución centenaria que, con nueve centros oceanográficos repartidos a lo largo de todo el litoral español y las mejores instalaciones e infraestructuras para la investigación marina, agoniza por la dificultad para ejecutar sus presupuestos. La incapacidad de los responsables de la institución para adecuarla a su creciente actividad investigadora junto con la incorporación, en 2014, de un nuevo sistema de control del gasto por parte de Hacienda, se ha traducido en una dramática disminución en la ejecución presupuestaria que pasó del 90% en 2013 a apenas el 50% en 2017. Esta incapacidad para ejecutar el gasto comprometido en 2017 ha llevado a un ajuste adicional en gasto corriente en bienes y servicios, que sólo permite disponer para 2018 de un 30% de lo presupuestado en el año 2017. Estos problemas de gestión y presupuesto hacen que los compromisos que tiene el IEO no se puedan llevar a cabo.

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Las montañas: una película de terror en las cumbres del planeta

La fascinación por las montañas es un fenómeno global. Su diversidad biológica, paisajes culturales, historia y gente, nos atraen como un imán. Buscamos montañas cuando queremos huir de los agobios de nuestra existencia y les conferimos un valor casi sobrenatural y trascendente al poner monasterios o centros espirituales allá arriba. Si preguntamos a la gente qué debe ser una prioridad de conservación para las generaciones futuras, la mayoría encabezaría la lista con montañas. Son un icono y bálsamo colectivo.

Las montañas son también un excelente observatorio natural para estudiar los cambios ambientales. En un espacio pequeño tenemos una variación climática predecible. Al ascender por sus cuestas desciende la temperatura a un ritmo promedio de 0,6 grados por 100 metros y aumenta la precipitación. Es por ello que los investigadores hemos recurrido con frecuencia a evaluar el desempeño de nuestros organismos modelos, plantas, animales o lo que sea, en condiciones climáticas contrastadas a lo largo de gradientes altitudinales en montañas. Un laboratorio barato para estudiar el motor más conspicuo del cambio global, el calentamiento.

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Científicos excelentes, ¿excelentes mentores?

Carlos es uno de los muchos científicos españoles que llevan ya años en el extranjero. Algo le conminó a hacer su doctorado en otro país. El catedrático con el que había colaborado y que podría dirigirle la tesis le invitó a escribir un artículo “que le ayudaría a reunir méritos para obtener una beca”, aprovechando su dominio del inglés y unos datos de un proyecto previo. El análisis de los datos no acababa de confirmar la hipótesis de partida, algo desafortunado porque “un resultado inconcluyente no se iba a vender igual de bien”. La sugerencia de su supervisor: eliminar dos o tres puntos “que seguramente estaban mal medidos”. Carlos capeó el temporal como pudo al tiempo que conseguía su primer contrato en Alemania, aunque no pudo evitar consolidar una mala relación con “su jefe en España”.

Miguel es un posdoctoral de éxito en un grupo muy competitivo. Hizo la tesis en un grupo bueno y honesto, y con ese bagaje consiguió un contrato en un grupo “de los que publican Natures y Sciences”. Allí le dejaron que tomara mucha iniciativa: el investigador líder, siempre ocupado, le dejaba completa libertad para decidir todo lo que hacía, a partir de esporádicas instrucciones. Al principio se puso muy nervioso, pero cuando consultó a los posdocs más antiguos del grupo comprobó que era algo normal, “y todos publicaban muy bien”. Por desgracia, los resultados no acababan de confirmar las ideas de su jefe. Así que pescó análisis estadísticos cada vez más retorcidos en todos los foros que pudo encontrar, hasta conseguir la deseada significación; y, cuando un par de análisis se resistieron, eliminó un par de datos que estorbaban. Bingo: solo un par de tensas reuniones más y consiguió publicar, gracias a la presencia de su IP en la lista de autores, un artículo en una revista “de referencia”.

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En defensa de la Rey Juan Carlos, frente a las intromisiones de la política

Ayer, de camino a la URJC recibí un misil informativo: personal de nuestra universidad parece que está involucrado en la obtención supuestamente poco ética de un título de máster de la presidenta de la Comunidad. Es desolador. Otra losa a sumar a la carga de desprestigio que vestimos cada día.

No quiero sumergirme en el fango de los detalles de este caso. Vivimos otra tormenta perfecta en el que todo lo peor de la clase política, mediática y universitaria se mezcla de forma turbulenta para conseguir el fin último; dar pábulo a ese mensaje trumptiano de que la universidad pública no funciona. No es momento de entrar a detallar los problemas derivados de la gobernanza de nuestras universidades, ni del sinsentido de la intromisión política en buena parte de ellas, ni de la falta de proyectos sólidos y estratégicos de servicio público, ni de las oportunidades perdidas durante las crisis padecidas para hacer de nuestras universidades un motor real de cambio de nuestra sociedad. Eso daría para muchas líneas. No, hoy sólo quiero reivindicar a muchos de mis compañeros y al trabajo que hacemos en esta denostada URJC.

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Sobre la perversión del sistema académico por una métrica pobre de lo que es la ciencia

Hace dos semanas explicamos en un post cómo el uso y abuso de métricas simplistas de la producción y el impacto científicos sumados a la lógica capitalista de disminuir recursos para aumentar la competencia y, en teoría, mejorar la calidad, ha dado y está dando lugar a resultados indeseables. Algunos compañeros del mundo académico nos han hecho ver que hacían falta algunas explicaciones más y también que convenía sustanciar mejor algunas afirmaciones vertidas en ese artículo. En este post reafirmamos con más argumentos nuestra visión sobre las consecuencias negativas del abuso de métricas simplistas, y proporcionamos más evidencia para reforzar determinados puntos que generaron controversia –como el aumento de las malas prácticas científicas o del mal tutelaje por parte de los científicos de más prestigio. Los resultados de revisar la evidencia al respecto superaron nuestros peores escenarios.

Entre las principales aclaraciones destaca la de recalcar la importancia de evaluar el desempeño de los científicos. Tal como nos han hecho ver varios colegas, nuestro escrito podía hacer pensar en una lectura rápida o por alguien no familiarizado con el ámbito académico que no estamos a favor de cuantificar el desempeño académico. Nada más lejos de nuestra intención. No ha transcurrido tanto tiempo desde que no se utilizaban métricas de ningún tipo para evaluar a los académicos en países como el nuestro. En aquella época, los proyectos y las plazas de profesores o científicos se conseguían mediante oscuras negociaciones y redes clientelares en las que el desempeño científico era, en el mejor de los casos, tan sólo uno de los componentes. El uso generalizado de indicadores de rendimiento científico (aunque sean tan simples como el número de artículos que se publican en revistas internacionales con sistema de revisión por pares) supuso un salto espectacular y permitió desarrollar una hoja de ruta que redundó en un rápido avance tanto en la productividad como en la calidad de la ciencia española. Los proyectos y las plazas comenzaron a ir hacia científicos, grupos y centros que acreditaban méritos y acumulaban logros objetivos y cuantificables.

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El uso excesivo de métricas y la lógica capitalista pervierten el trabajo científico

Dentro de los planes para estabilizar los puestos de científicos y tecnólogos que el Gobierno supuestamente pretende incluir en los presupuestos generales de 2018, el todavía ministro de Guindos ha incluido la creación de una nueva “comisión evaluadora del desempeño de la actividad científico-tecnológica”. Esta comisión determinaría cuándo o qué científicos deben ser estabilizados, así como su nivel salarial. Sorprende un poco la necesidad de crear una nueva comisión para evaluar a los científicos, cuando sus funciones ya existen dentro de la ANECA ( Agencia Nacional de Evaluación de la Calidad Científica y Acreditación). Más aún dado que España carece de sistemas consistentes de evaluación para departamentos, universidades y centros de investigación similares a los de otros países de nuestro área (como el Research Evaluation Framework del Reino Unido).

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