A lomos del caballo de Nietzsche con el exterminio de cotorras en Madrid

Cotorras rescatadas por APAEC en 2011, cuando aún estaba permitido

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Son muy pocas las facultades de Ciencias donde se estudia, aunque sea a modo de pinceladas gruesas, filosofía. El abandono de la idea de que el científico debería de ser un ilustrado o, en el mejor de los casos, una enciclopedia andante, en favor de la ultra especialización arrasó ya hace tiempos con estas tonterías. Sólo el conocimiento científico y técnico es ahora lo importante. Cuestiones tan triviales como que el marco ético en el que el científico se mueve y trabaja no es estable si no que va mutando como consecuencia de procesos culturales y colectivos complejos, no son reconocidos, ni estudiados en ninguna de nuestras facultades. Menos aún los procesos a través de los cuales la construcción de éticas emergentes, se trasladan a normativa y reglas de derecho. Para la mayoría de los científicos eso está demasiado lejos. Nosotros estamos para otras cosas. Los científicos estamos muy lejos para la mayoría de la sociedad. Es muy posible que a la mayoría de nuestros alumnos les cueste entender que lo que hoy es un marco de derecho ético incuestionable, como, por ejemplo, que las mujeres tienen derecho a votar, hace un siglo e incluso menos era una simple aberración jurídica y sociopolítica. La exacerbación de que la razón es el único charco donde nos podemos mirar, lleva a muchos científicos a manifestar un profundo malestar ante cosas que leemos o demandas de colectivos ciudadanos bienintencionados, pero que para la mayoría de nosotros no tienen cabida si lo filtramos por el cedazo de la razón. 

Dejad que nos expliquemos. Acabamos de leer un artículo de nuestro periódico, en el que la gente del caballo de Nietzsche entrevista a una activista animalista que argumenta en contra de una decisión de gestión de biodiversidad del ayuntamiento de Madrid. Para el grupo que lleva el blog es una decisión manifiestamente cruel e innecesaria: la extinción de cotorras no tiene justificación alguna y nos lleva a un modelo social inaceptable. 

Conviene recordar que las cotorras son aves procedentes de otras latitudes y se han extendido de forma exponencial en muchas ciudades como Madrid, donde generan múltiples problemas, que sobrepasan los límites de la propia ciudad. Para los investigadores que trabajamos en Cambio Global y que intentamos explicar cuáles son los mecanismos y procesos alterados con la intervención humana, cuáles son los impactos y la forma recomendable de operar en la crisis de pérdida de biodiversidad asociada, las especies invasoras son, sin ningún género de duda, uno de los motores más brutales y dramáticos de la extinción masiva de la diversidad biológica del planeta. Cómo opera el proceso, cuáles son las razones biológicas para que algo se convierta en un agente exótico invasor y, sobre todo, cuáles son las consecuencias de que un invasor se libere de todos los controles demográficos que tenía en su hábitat nativo y se convierta en un martillo para la biodiversidad nativa es algo que los científicos conocemos o intentamos conocer y derivar prácticas y recomendaciones de gestión. En este marco conceptual, la proliferación de especies invasoras es un problema puramente técnico y la forma de atajar el desplome de biodiversidad que suponen, es una cuestión de discusión exclusivamente científico/técnica, en este caso de investigadores que saben de demografía y efectos ecosistémicos de esta especie invasora. Sin embargo, la emergencia de un nuevo marco ético, nos deja descolocados. Los científicos y los técnicos en general no tenemos ni idea de que eso sea relevante. No hemos sido entrenados en ello. Leemos este tipo de columnas y, en muchos casos, nos indignamos. En el artículo al que hacemos referencia se aducen cuestiones remotamente técnicas, pero en realidad, de lo que se trata es de la aparición de un marco ético nuevo. Parte de la ciudanía considera “cruel” esas acciones de “exterminio”. Parece que el exterminio documentado de cientos de especies nativas y de bloqueo o alteración de cientos de procesos ecológicos fundamentales para el funcionamiento autónomo y resiliente de los ecosistemas no pueda ni deba compararse con el hecho cruel de matar o impedir que se reproduzca un animal. Y sobre todo un animal como una cotorra, que tiene plumas y que sin duda es “sintiente”. La verdad es que uno podría aducir que las plantas, esas que no dudan en devorar las cotorras o que podamos o extirpamos de parques y jardines con el mismo ensañamiento con el que ahora se pretende controlar a las cotorras, son también organismos sintientes. Cabe recomendar por ejemplo el libro de Anthony Trewavas titulado “Plant Behaviour and Intelligence” y, plantear, que de llevar esos planteamientos al extremo, quitar malas hierbas de tu huerto urbano sería maltrato o un acto de crueldad inaceptable. A estos ciudadanos preocupados por el bienestar animal les costaría entender que se “regularicen” poblaciones de cabra, para garantizar la conservación de especies de plantas al borde la extinción, porque es cruel. 

Los científicos tenemos enormes dificultades para entender todo esto. En el reduccionismo absoluto al que hemos llevado nuestros estudios científicos, lo que vemos es un problema técnico para el que caben diferentes soluciones, pero no nos han dicho que puede surgir una nueva conciencia colectiva que puede hacer tambalear todas estas soluciones y hasta el propio concepto de lo que es un problema, como el de una especie exótica invasora. El esfuerzo de grupos animalistas permeará con toda probabilidad, como ya está pasando, a los medios generalistas y al ruedo político. Algunos partidos cogerán, como ya ocurre, esa bandera y, seguramente, esa nueva ética terminará siendo un marco jurídico. Si la gente no quiere que se maten cotorras o cabras y la acción de estos grupos hace que emerja un nuevo contexto primero político y luego jurídico, lo que ahora deja perplejo a los científicos se volverá una nueva realidad. Los científicos tendremos que ver como salvamos a miles de especies nativas en declive en un contexto en el que como mucho sólo podremos aspirar a un cierto control de las poblaciones de cotorra. Un nuevo escenario ecoevolutivo en el que nosotros seguiremos siendo los motores y reyes de la creación se mantendrá. No hay razón, sólo sentimientos y demandas de una nueva ética. 

En definitiva, parece claro que los científicos necesitamos formación sobre filosofía de la ciencia y de las humanidades en general para ser capaces de enfrentarnos a estos cambios. Podemos indignarnos al leer ciertas cosas, pero mejor haríamos intentando entender por qué ocurre. Y eso hay que hacerlo en las facultades.

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13 de julio de 2020 - 01:45 h

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