Ñuca: la guerra, las pérdidas, la comunidad, la vida
El tiempo, en este país, no siempre responde a las preguntas silenciadas. Cesárea Pérez Hoz tardó 80 años en acceder al expediente de su padre en el Archivo General Militar de Burgos. En su ficha oficial figuraba la palabra “ajusticiado”, en el apartado de antecedentes se leía “se desconocen” y en el de la causa, una simple raya. Pero lo que sí sabe, desde el 17 de diciembre de 1937, es que su padre, Francisco Pérez Cora, fue ejecutado y sepultado en la fosa común de Ciriego —esa que también tuvo que esperar 43 años para ser marcada con un trilito en homenaje a las víctimas de la represión franquista, en una iniciativa colectiva en la que participó activamente Antonio Ontañón Toca, y que sería el germen de posteriores monolitos con los nombres de cerca de 900 personas fusiladas durante la guerra y la posguerra—. También sabe que Francisco había regresado de América con el dinero suficiente para levantar casa y tierras. Que fue denunciado por un vecino y acusado falsamente de delitos contra la iglesia. Que fue sometido a un consejo de guerra sumarísimo sin ninguna garantía —como no las había en tiempos de represión masiva—, y que, aunque no militaba en política, su padre había trabajado como cocinero para el Frente Popular de Pámanes.
La recogida de firmas en su favor que se hizo en el pueblo no sirvió de nada y fue condenado “sin juicio, ni nada”. Primero estuvo encarcelado en Pámanes, muy cerca del hogar familiar, y aquella proximidad permitía que, según la disposición de quien custodiara la puerta, sus hijas pudieran acercarle algo de comida y, con suerte, permanecer unos instantes a su lado. Más tarde fue trasladado a Bilbao, donde lo dejaron en libertad, pero decidió regresar a Cantabria para ver a su familia, y, en especial, a “sus dos pesetas”, las dos hijas pequeñas de una familia que ya sumaba cinco hijas y un hijo. Cesárea era una de ellas. A los dos días volvió a ser detenido y encarcelado en la prisión provincial de Santander. La saña no esquiva segundas oportunidades. Dos meses después, cuando Francisco tenía 58 años, fue ejecutado. Era 17 de diciembre.
Una de aquellas “dos pesetas” era Cesárea Pérez Hoz y tenía casi ocho años cuando perdió a su padre. Nació el 30 de diciembre de 1929 en Bucarrero, un barrio de Pámanes, en la habitación que ha sido la suya hasta que en julio de 2024 se trasladó a la Residencia de Mayores de Solares. De su madre heredó el nombre y la vida: la trajo al mundo cuando ya rondaba los 50 años. El apodo, “Ñuca”, se lo regaló su hermana Narcisa, la más cercana en edad. Creció en una familia de cinco hermanas —Teresa, Cándida, Amelia, Narcisa y ella— y un hermano, Ángel.
La infancia de Cesárea estuvo marcada por la alegría en un hogar campesino donde, hasta los siete años, disfrutó de juegos en la calle con hijos e hijas de vecinos y de la complicidad de un padre que las consentía. El coro de la iglesia fue también su lugar. Pero la guerra en España cambió todo para el país y para Ñuca. En 1937, la represión franquista se instaló en el valle: soldados, registros y miedos irrumpieron en la vida cotidiana. Para Cesárea y su hermana, entonces niñas, quedaron grabadas escenas como los registros en casa, o la imagen de un vecino apuntándolas con una pistola para intimidar a la familia. Desde entonces, y tras la muerte de su padre, vivieron bajo el estigma de ser “las rojas”, soportando humillaciones. Aquel año, además, su hermano —Ángel Pérez Hoz— murió en el frente de guerra.
La infancia de Cesárea estuvo marcada por la alegría en un hogar campesino donde, hasta los siete años, disfrutó de juegos en la calle con hijos e hijas de vecinos y de la complicidad de un padre que las consentía. El coro de la iglesia fue también su lugar. Pero la guerra en España cambió todo para el país y para Ñuca
Cesárea recuerda también las desgracias de los pueblos vecinos: familias represaliadas, fusilamientos en los montes, asesinatos, requisas, robos y casas reducidas a cenizas. Entre las historias que corrían por Pámanes estaba la del huido de Peña Cabarga, José López Ruiz, ‘Joselón’, que escapó del camión en el que lo trasladaban detenido y permaneció como guerrillero hasta que fue capturado y ejecutado en agosto de 1947.
Aunque en su memoria de posguerra se instaló el miedo, también quedó la solidaridad de la comunidad: los vecinos se ayudaban entre sí en las tareas del campo, compartían lo poco que tenían y, además, acompañaron a su madre en el duro duelo.
Hoy, Cesárea recuerda que “la historia es historia y no se ha podido contar: muchos años de silencio”. Habla sin rencor y explica que, como no se hablaba de ello, las generaciones posteriores crecieron sin saber lo que había ocurrido y las familias se mezclaron sin distinciones. Prefiere no dar nombres ni remover recuerdos, convencida de que no conduce a nada. Con serenidad insiste en lo que considera indiscutible: “La guerra es lo peor, no hay cosa peor”.
De lo que sí habla es de cómo, en plena Guerra de España, inició sus estudios en las escuelas nacionales de Pámanes, donde permaneció hasta los 11 años bajo la formación de los maestros Virginia y Cipriano. Después se trasladó a medio-régimen al colegio de las Hermanas de la Caridad en Anaz (Medio Cudeyo). El cambio vino tras un tiempo difícil en la escuela anterior, donde a menudo la señalaban como “la roja” y culpable de travesuras. En Anaz, adonde iba andando con las alpargatas en la mano, se sintió acogida. Allí destacó en concursos de catequesis y encontró en sor Emilia una presencia cercana, casi maternal, hasta los 14 años.
En su juventud, entre los 18 y los 20 años, se unió al teatro popular de Pámanes, bajo la dirección de Jaime Velasco. Formó parte del grupo que representó obras como Los amantes de Teruel, El mal apóstol y el buen ladrón, entre otras, en distintos pueblos. Aquella experiencia, que le llevó a viajar en camión con decorados y trajes, le abrió una ventana a la creatividad colectiva en tiempos de escasez. Con el tiempo, la vida también volvió a abrirse paso para ella. Llegaron espacios para crear y volver a confiar.
La vida adulta de Cesárea la marcó —como la de tantas mujeres—, lo invisible. Desde muy joven fue la “chacha para todo”: ayudaba a sus hermanas, lavaba, cuidaba, cosía e incluso se animó a tricotar a máquina
La vida adulta de Cesárea la marcó —como la de tantas mujeres—, lo invisible. Desde muy joven fue la “chacha para todo”: ayudaba a sus hermanas, lavaba, cuidaba, cosía junto a Narcisa e incluso se animó a tricotar a máquina. Luego, en 1951, con su matrimonio con Miguel Miranda, en Pámanes —a quien había conocido en la fiesta de San Lorenzo y con quien compartió tres años de noviazgo entre bailes y romerías—, llegaron las responsabilidades de la casa y del campo, y las de cuidados de su madre, de su abuela nonagenaria y de sus cuatro hijos, nacidos entre 1952 y 1962. En esos años, el apoyo llegó de la mano de su tío Ángel, que había regresado de Argentina tras la muerte de su padre.
Criaron vacas, ordeñaron, vendieron leche. Durante cuatro años, Cesárea se encargó del depósito de recogida de leche de Collantes en Bucarrero (Liérganes). Miguel trabajó de panadero, pasó dos años en plantaciones de café en Guinea y, finalmente, fue caminero hasta su jubilación a principios de los años 80. Cesárea —que arrastró durante dos décadas una anemia ferropénica tras su segundo parto— llevó sobre sus hombros el peso de la casa, el campo, y la vida cotidiana de los suyos. Reconocía, no obstante, otra ayuda en casa: la silenciosa de Miguel en una época en la que un hombre no debía dejarse ver entre fogones ni con el balde en la mano.
Recuerda los días de lavar en el río, de acarrear cántaros, de calentar el agua al fuego. A finales de los sesenta llegó el agua corriente y, en los setenta, la lavadora, que Miguel le llevó por sorpresa y cuyo recuerdo todavía le hace reír. Entonces todo empezó a ser distinto: las faenas dejaron de pesar tanto. A finales de los ochenta, la vida volvió a cambiar de rumbo con la muerte de Miguel. Ella aprendió a segar y a ordeñar, hasta que puso punto final y malvendió las vacas para dejar atrás ese trabajo. Cesárea trabajó mucho, aunque nunca cotizó, como tantas mujeres de su generación.
Inició los años noventa dando catequesis en la iglesia de Pámanes. Fueron tres años, otra forma de mantenerse unida a la vida del pueblo. También encontró espacios de sociabilidad y resistencia. Formó parte de la Asociación de Mujeres de Pámanes, surgida en torno a las manualidades y convertida en un grupo cohesionado durante casi dos décadas. En las antiguas escuelas de Pámanes compartieron aprendizajes, cafés y manualidades, sin conflictos, con un compañerismo entre mujeres que ella recuerda con aprecio.
Entre todo lo vivido, pesa la pérdida —de un padre, un hermano, un marido y un hijo— pero también el orgullo por una familia unida. Con el tiempo ha llegado a ser abuela de ocho nietos y “Bisa” de cinco bisnietos —con otro en camino—, ‘títulos’ que lleva con alegría y responsabilidades de cuidado que sostuvo en numerosas ocasiones.
Sobre este blog
Legado Cantabria es un proceso de construcción de la memoria oral a través de las historias de vida de las personas mayores. Tiene como objetivo poner en valor las experiencias, el éxito de la longevidad y el arraigo en el territorio. Participan personas mayores de 70 años que relatan su experiencia vital para ponerla a disposición de las generaciones actuales y venideras.
Este blog recoge en elDiario.es los testimonios audiovisuales que integran el Proyecto Legado Cantabria, impulsado por el Patronato Europeo de Mayores (PEM) y UNATE, La Universidad Permanente.
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