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RUIDO Y SILENCIO

Peluqueros y otras especies

Víctor Coyote, en 2024, en la redacción de elDiario.es.
30 de enero de 2026 22:30 h

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Fuimos gente acorralada, jóvenes que compartíamos nuestra inocencia con lobos. Así nos engañaron en el 92, cuando las Olimpiadas, con la flecha de fuego que trazó una parábola y encendió el pebetero. Fue un truco de prestidigitador. Con los años, supimos que se trataba de un simulacro, un montaje donde el pebetero estaba encendido con el gas al mínimo, a la espera de la flecha. El engaño fue servido con euforia; una tarta de cumpleaños rellena con embuste y crema pastelera que nos tragamos sin rechistar.

Poco antes, un 14 de abril de 1992, los reyes de entonces -Juan Carlos y Sofía- practicaron el exorcismo con el almanaque subiéndose al primer tren de alta velocidad. Con ello, inauguraron la modernidad. El AVE iba a ser el símbolo de un país en vías de subdesarrollo. Ahora nos damos cuenta: perdimos el dinero, la vida y el tiempo, pero lo peor de todo es que además perdimos la inocencia. Y con estas cosas rondándome la cabeza viajo en un tren vacío, de madrugada, destino a Madrid, mientras me distraigo con el libro de Víctor Coyote; una recopilación de piezas que acaba de salir con el título Cruce de perras (Autsaider), donde el músico cuenta el tiempo aquél que nos comimos a puñaos, cuando los ochenta llegaron a las calles con sus pelos de colores y sus guitarras mal tocadas; el ruido y la bronca, las litronas y esa raya de jaco que atravesó el país de punta a punta, trazando la línea por donde luego circularía un tren destinado a hacer descarrilar al gobierno. 

El libro de Víctor Coyote se abre con un recuerdo a su amigo Poch, el guitarrista ácido, líder de aquél movimiento que se vino a llamar “Las hornadas irritantes”. La sublimación química daría lugar a un sonido chirriante, de esos que te hacían apretar la dentadura. ¿Diseñas o trabajas? Esa era la cuestión de los tiempos. Y diseñadores y peluqueros de entonces se convirtieron en especies protegidas de la fauna urbana. Cosas. Leo a Víctor Coyote y viajo en un tren fantasma. Cargo el peso de la memoria en cada parada y vuelvo a recorrer los pasillos que llevan al último vagón; salen a mi encuentro presuntos difuntos que me miran como si yo también fuera uno de ellos. 

A veces pienso que todo lo que está ocurriendo no es más que un mal sueño, y que pronto acudirá al rescate el silbido de la cafetera, igual a una vieja locomotora que parte la noche en dos mitades. Y me levantaré dispuesto a cargar mi walkman con la última casete de Los Enemigos, el grupo de Josele Santiago que se toma los vinos en el bareto que hay frente a La Vía Láctea, donde trabaja la camarera que a todos nos vuelve locos. A veces pienso que despertaré y que los tiempos volverán a pasar a una velocidad razonable, lo suficiente para poder asimilarlos mientras los lobos y los peluqueros esperan al acecho, mientras la flecha del tiempo pasa sin prisa por encima de mi cabeza, y la llave de la imaginación se abre a tope. 

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