Bajo la cicatriz del tiempo
Leo a Borges en su ensayo biográfico dedicado a Evaristo Carriego, el poeta argentino que retrató como nadie el arrabal porteño y al que tanto debe el tango. Y con Borges alcanzo las calles de un Madrid que ya no existe, pero que se deja pasear desde un rinconcito de la memoria; un esquinazo al que me traen las páginas del tejedor del Aleph, amigo de ese otro amigo al que tanto debo; me refiero a Mario Muchnik.
Con el espectro de la ceguera aún lejano, Borges entregó a la imprenta su ensayo en 1932. Todavía le quedaba tiempo por delante para transitar laberintos y jugar al error y al péndulo, así hasta el día en que se dejó fotografiar por Mario Muchnik en presencia de una estantería cubierta con libros ciegos. Pero antes de seguir con todo aquello, en el espejo borroso donde se mira el tiempo, me puedo ver entrando en un pequeño garito malasañero donde actuaban Malevaje, el grupo de tangos en el que Antonio Bartrina ponía la voz, y una chica de nombre Margot tocaba las castañuelas.
Me recreo con Borges en este ensayo, uno de tantos que vienen en la antología que acaba de sacar Alfaguara, y entre líneas voy pensando en un tiempo infinito donde los cuerpos se enredan al compás de la música que los está cantando; un laberinto infinito donde se agrega la noche, infinita también. El Bartrina canta; se queja el bandoneón de Osvaldo Larrea, Margot repiquetea los crótalos, y yo me dejo envolver por el humo y el sudor que desprende el local. Lo recuerdo bien, la calle Loreto y Chicote, el corazón del tango en un recodo de Madrid. Huele a cerveza y a porros, el aliento se corta con esa hoja de acero que vigila cada tango en la voz del Bartrina. El local rebosa de cuerpos; en la barra destaca la figura de un tipo que huele distinto. Es un habitual y mira con lascivia a Margot, humedeciendo sus labios con la punta de la lengua. Una cicatriz cruza su rostro. Bebe güisqui de garrafón, como todo el mundo, y fuma rubio americano. Lleva el paquete de Lucky Strike en un bolsillo de la chaqueta, y cada vez que lo saca deja presentir el hierro.
Una de las noches, en la calle, alguien grita cuando ve una rata. Los latigazos de su cola pelada sacuden los tobillos. Estamos en verano y seguramente haya sido el olor a basura fermentada lo que la ha hecho asomarse. En cualquier caso, el tipo de la cicatriz sale del local. Lleva la pistola en la mano y se acerca a la rata que huele peligro y sale corriendo. Pero la bala es más rápida y con su recado la rata estalla ante las ruedas de un coche, aparcado sobre la acera. Está borracho, pero tiene buena puntería. Se tambalea un poco antes de sacar la placa como diciendo, hagan el favor y no llamen a la policía; soy uno de ellos. ¡Que siga la música!
Llevado por la lectura de Borges, transformo mi memoria en fábula y lo hago siguiendo el orden solar de los arrabales, con derecho a la equivocación sobre todas las demás cosas, sabiendo que bajo aquella cicatriz no había pendencia ni despecho, sino algo tan profundo en su origen como la justicia poética.
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