La familia real de Emiratos Árabes se hace fuerte en el campo de Lleida: “Llegaron con dinero y lo compraron todo”
Una bandera de Emiratos Árabes Unidos (EAU) ondea en Fondarella, un inhóspito pueblo de apenas 800 habitantes en la provincia de Lleida. Preside la entrada de la sede central de Al Dahra, un gigante agroalimentario controlado por la familia real de Emiratos Árabes y, a día de hoy, la principal empresa de cultivo de alfalfa en todo el país.
En menos de 15 años, Al Dahra se ha hecho con el control de buena parte de las empresas que cultivan este forraje en el Pla de Lleida, una zona despoblada y envejecida en la que muchos agricultores no encuentran relevo generacional.
Según una investigación de elDiario.es junto a DeSmog (Reino Unido), The Guardian (Reino Unido) y G4Media (Rumanía), la empresa está controlada en última instancia por la dinastía Al Nahyan, la familia real que gobierna desde Abu Dabi los siete emiratos que forman los Emiratos Árabes Unidos (EAU).
Los negocios de la familia, considerada la segunda familia más rica del mundo con un patrimonio de unos 273.000 millones de euros, se extienden como una mancha de aceite en suelo europeo.
En España, Italia y Rumanía disponen ya de 65.000 hectáreas de terrenos agrícolas. La expansión se está haciendo, además, al calor de las ayudas de la UE: solo entre 2019 y 2024 las empresas controladas de los Al Nahyan recibieron más de 71 millones de euros en subvenciones, según desveló el jueves esta redacción.
Su presencia en el Pla de Lleida, donde disponen de hasta seis sedes en apenas 200 kilómetros cuadrados, también le ha permitido beneficiarse de ayudas de la Generalitat. Entre 2020 y 2025 (únicos datos disponibles), Al Dahra recibió casi un millón de euros de ayudas provenientes de las arcas catalanas.
Ni la empresa ni el Govern catalán han respondido a la petición de comentar esta publicación.
La llegada al Pla de Lleida
La llegada de Al Dahra a España se empezó a fraguar en 2009, cuando se implantó en Aragón tras un acuerdo con una empresa en Bujaraloz. Tres años después, la compañía irrumpió en el sector de la alfalfa en Catalunya al comprar a principios de 2012 dos empresas de Linyola (Lleida) que se dedicaban al cultivo y tratamiento de este forraje.
Apenas unos meses más tarde, Al Dahra anunció un principio de acuerdo para absorber el grupo Gaset, propietario de hasta cinco filiales repartidas por el país y líder estatal en producción y comercialización de alfalfa.
A la presentación, celebrada a finales de 2012 en el Palacio de Congresos de Barcelona, acudieron más de 1.000 personas, algo insólito para una empresa dedicada al cultivo de forraje. “Acostumbrados a la soledad del campo, aquello parecía una película de Hollywood”, explica uno de los asistentes al acto.
Mientras recoge alfalfa con su tractor en el municipio de Linyola, Jaume Pedrós recuerda el desembarco de la empresa a la zona. “Llegaron con mucho dinero y lo compraron todo”, afirma. “Para los agricultores más mayores fue una salvación porque no tenían relevo y no sabían qué hacer con sus tierras”.
Pedrós, que ejerce de responsable local del sindicato Unió de Pagesos, añade que para los que no se jubilaron la llegada de la empresa no fue tan buena noticia. “Son tan ricos que pueden hacer lo que quieran y alterar los precios para perjudicar a la competencia”, sostiene. “Quieren quedárselo todo, pero algunos seguimos trabajando nuestras tierras”, agrega este miembro de una cooperativa local.
En 2019 Al Dahra era ya el mayor productor de alfalfa de toda España: producía 1,5 millones de toneladas al año, el 34% de la producción nacional, en un total de 9.000 hectáreas entre terrenos propios y arrendados. En 2022 la compañía ya producía el 50% de la alfalfa española y empleaba a 240 personas.
“No nos dimos cuenta y en 10 o 15 años ya casi lo controlaban todo”, apunta Ventura Campos, responsable de agricultura de Comisiones Obreras, que señala que el sindicato no ha recibido ninguna queja sobre la compañía.
Según informó Al Dahra, el 98% de toda la alfalfa que produce la exporta al extranjero. La mitad se destina a alimentar vacas y camellos en los Emiratos Árabes Unidos, donde no se permite cultivar este producto debido a su alto consumo de agua.
En el Pla de Lleida, donde algunos vieron su llegada como una salvación y otros como una condena, pocos esconden que han amasado tanta influencia que ahora ellos dictan los precios. Algunos incluso acusan a la compañía de disponer actualmente de un “monopolio” en la región.
La docena de fuentes consultadas —agricultores, representantes sindicales, expertos académicos y políticos locales— describen cómo la empresa inicialmente ofreció mucho dinero para comprar empresas y alcanzar acuerdos con otros agricultores. La generosidad, sin embargo, no duró para siempre.
“Cuando llegaron ofrecieron muy buenos precios, pero ahora ya no”, recuerda Felip Llovera, hijo de campesino y responsable de agricultura del Ayuntamiento de Bellvís, donde la empresa tiene una de sus plantas. “Antes todo el mundo sabía cómo funcionaba este negocio, desde su llegada es todo un poco más opaco”.
Josep Ripoll, de Fondarella, fue uno de los que pasó de negociar con una cooperativa local a vender su alfalfa a “los jeques”, como él los llama. “Antes estábamos mucho mejor”, explicaba durante una entrevista en su pueblo, totalmente vacío durante un día laborable a mediados de abril. “No pagan lo que deberían y se aprovechan de nosotros, tienen el monopolio”.
La influencia de la empresa en la región no ha dejado de crecer. En enero de 2022 se convirtió en el patrocinador del principal club de atletismo de Lleida, que pasó a llevar el nombre de la empresa. Al Dahra firmó también acuerdos con el Instituto de Investigación Biomédica y con el Ayuntamiento de la ciudad al tiempo que se convertía en un actor social de peso.
“Cuando a una empresa la conoce todo el mundo significa que tiene mucho poder”, resume Pedrós. “Y a Al Dahra la conoce todo el mundo por aquí”.
Los nuevos dueños de la agricultura mundial
La llegada de los emiratíes al Pla de Lleida es un elemento más de la transformación que está sufriendo el sector agroalimentario desde que algunos países del Golfo Pérsico, con grandes reservas de dinero, se han puesto como objetivo dejar de depender de las importaciones.
Al Dahra es el principal tentáculo global de Abu Dabi en el sector agrícola. Liderada por el Jeque Hamdan Bin Zayed Al Nahyan, hermano del actual presidente de Emiratos, la compañía dispone ya de 162.000 hectáreas de cultivo repartidas por el mundo, con el objetivo de llegar a gestionar 500.000 hectáreas a finales de esta década.
“Antes eran tres o cuatro personas de cada pueblo que se quedaban las tierras de los demás, ahora son fondos inversores extranjeros”, apunta Pep Espluga, profesor de sociología en la Universitat Autònoma de Barcelona (UAB) y miembro del grupo de investigación ARAG (Agricultura, Ganadería y Alimentación en la Globalización).
Espluga, al igual que los agricultores del Pla de Lleida, señala el envejecimiento de los campesinos como uno de los catalizadores de este proceso. “A medida que se jubilan los agricultores, vemos como las tierras se van concentrando”, advierte.
Lo que en un inicio se convirtió en una estrategia de los países del Golfo Pérsico para garantizar la llamada “seguridad alimentaria”, se ha transformado en un plan que implica la acumulación de capital y poder geopolítico, apuntan los expertos.
Países como Emiratos, Qatar, o Arabia Saudí han decidido vehicular esta estrategia a través del sector privado, mediante empresas cuya titularidad suele estar protegida bajo una madeja de filiales, matrices y fondos soberanos que las controlan en última instancia.
“La idea de que estas empresas son independientes es simplemente una broma”, afirma Marc Valeri, profesor de economía política de Oriente Medio en la Universidad de Exeter. “La diferencia entre los presupuestos del Estado y los de la familia está completamente difuminada”.
La apuesta, sin embargo, va mucho más allá del sector agrícola. Se calcula que durante los últimos años, EAU ha invertido hasta 51.000 millones de euros en comprar puertos, aeropuertos y empresas de logística, tanto en Europa como en África, para garantizar que no solo controlan la producción de alimentos, sino también su transporte.
Clare Carlile (DeSmog), Alina Mihai (G4Media) y Phoebe Cooke (DeSmog) han colaborado en este reportaje.
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