Alerta en los fiordos: un megatsunami de 481 metros en Alaska revela un riesgo letal para los cruceros turísticos
En la madrugada del 10 de agosto de 2025, un desprendimiento masivo de roca en el fiordo Tracy Arm, en Alaska, provocó un tsunami que se elevó hasta alcanzar casi medio kilómetro de altura y arrastró todo a su paso. Gracias a la hora en que sucedió, no hubo que lamentar víctimas mortales, pero un nuevo estudio científico publicado en la revista Science lanza una advertencia: el cambio climático y el auge del turismo ártico están preparando el escenario para una tragedia a menos que se implanten mejores sistemas de alerta temprana.
El suceso se produjo cuando una enorme masa de roca, de más de 64 millones de metros cúbicos, se desprendió de lo alto de la ladera próxima al glaciar South Sawyer y se precipitó hacia las aguas del fiordo. El impacto violento de los escombros desplazó el agua con tal fuerza que generó una ola rompiente inicial de 100 metros de altura, que viajó a más de 70 metros por segundo y, al chocar contra las escarpadas paredes del estrecho canal, generó un megatsunami que alcanzó un impresionante pico máximo de 481 metros de altura.
Por suerte, el desprendimiento se registró a las 5:26 de la madrugada. Si hubiera ocurrido unas horas más tarde, las consecuencias habrían sido nefastas, ya que la ola principal tardó solo unos minutos en barrer las zonas habituales desde donde los barcos turísticos observan los glaciares. Distintos testigos, como un grupo de kayakistas acampados a 55 kilómetros que vieron cómo el agua se llevaba gran parte de su equipo, relataron el caos repentino que se desató sin previo aviso.
Una zona muy concurrida
A diferencia del episodio detectado en Groenlandia en 2023, esta vez el cataclismo no sucedió en un rincón remoto y despoblado, sino uno de los destinos más populares para la industria de los cruceros. Durante los meses de verano, el fiordo Tracy Arm recibe a más de 20 embarcaciones diarias, incluyendo hasta seis grandes buques que pueden transportar hasta 6.000 personas entre pasajeros y tripulación. Los investigadores destacan que el número de pasajeros de cruceros en Alaska ha pasado de un millón anual en 2016 a unos 1,6 millones en 2025, lo que incrementa drásticamente la exposición humana a estos fenómenos extremos.
Tal y como relata el estudio, el fenómeno también desconcertó a las tripulaciones de varias embarcaciones situadas a decenas de kilómetros del derrumbe. A unos 50 kilómetros del origen, un testigo a bordo del barco Blackwood observó una primera ola rompiendo en la playa de entre 2 y 2,5 metros de altura, seguida rápidamente por otra de aproximadamente 1 metro. Incluso más lejos, a unos 85 kilómetros de distancia, los observadores del pequeño crucero David B vieron cómo una oleada inundaba de pronto un banco de arena y elevaba su barco unos 3 metros de golpe, a pesar de que la marea estaba bajando.
Este violento y prolongado vaivén del agua continuó durante más de cinco horas, llegando a dejar encallado en tierra firme a uno de sus botes auxiliares en cuestión de minutos. El capitán del crucero National Geographic Venture, que se encontraba anclado cerca de la desembocadura del fiordo con unas 150 personas a bordo, relató que la espesa niebla le impidió ver una ola gigante de forma evidente. Sin embargo, sí notó corrientes inusuales, aguas bravas golpeando las orillas y la repentina aparición de una gran cantidad de hielo y escombros arrastrados por la fuerza del mar.
La culpa es del calentamiento
La causa subyacente detrás de esta amenaza, señalan los autores del trabajo, es el cambio climático de origen antropogénico. El rápido aumento de las temperaturas globales ha provocado el retroceso y adelgazamiento masivo de glaciares como el South Sawyer. A medida que desaparece la capa de hielo que durante siglos sirvió de contrafuerte estructural a las montañas, las laderas rocosas del fiordo quedan descubiertas, gravemente inestables y aumentan las probabilidades de colapso.
El agua quedó rebotando en el fiordo, creando una oscilación o "seiche" que resonó durante 36 horas y que generó ondas sísmicas globales equivalentes a las de un terremoto de magnitud 5.4.
Dar la alarma a los barcos a tiempo es, actualmente, un gran desafío científico, pues estos desastres en cascada se desarrollan en tan solo unos minutos. Los investigadores descubrieron que el deslizamiento estuvo precedido por una serie de microseísmos que aumentaron de forma exponencial en la hora previa al colapso, lo que ofrece una posible vía de detección temprana. Asimismo, el volumen de agua desplazado quedó “atrapado” rebotando en el fiordo, creando una oscilación o “seiche” de 66 segundos que resonó durante 36 horas y que generó ondas sísmicas globales equivalentes a las de un terremoto de magnitud 5.4.
Los autores del estudio concluyen que monitorizar estas oscilaciones a largo plazo y rastrear la actividad microsísmica precursora podría ser la clave para desarrollar redes automatizadas de alerta temprana. Mientras estas tecnologías se hacen realidad, la investigación subraya la necesidad de aplicar medidas de mitigación del riesgo, monitorizar las laderas inestables y desarrollar planes de evacuación realistas para proteger a las comunidades locales, a la infraestructura y a los millones de turistas expuestos al peligro de los megatsunamis.
Un tarea casi imposible
El geólogo y divulgador Nahúm Méndez Chazarra, cree que el estudio pone de manifiesto una dinámica muy preocupante y es como el calentamiento global va a traer consigo nuevos riesgos. “Algunos, como este, asociados a la pérdida de masas de hielo y que puede tener consecuencias muy graves en zonas habitadas y turísticas”, señala. “Y aunque en este caso hubo una serie de señales sísmicas que sirvieron de anticipación al colapso, monitorizar todas las zonas afectadas por fenómenos similares a tiempo real es imposible, y eso suponiendo que en todos los casos se diesen señales precursoras que puediesen ser útiles para dar la alarma”.
Raúl Pérez, geólogo del Instituto Geológico y Minero de España (IGME-CSIC), cree que este es un artículo de alto impacto. “La relación de este tipo de fenómenos con el cambio climático es evidente”, señala. “Podemos entender el hielo almacenado en las zonas árticas cargadas de hielo como una energía potencial que al deslizarse se transforma en energía cinética. Es impresionante que este megadeslizamiento no haya afectado a nadie de forma dramática”, resume.
0