J.C. Bouso, investigador en psicodélicos: “Es una paradoja que la derecha sea quién más está apoyando estas sustancias”
Cuando los potenciales usos terapéuticos de las drogas ni siquiera habían aparecido en la conversación pública, el psicólogo y doctor en farmacología José Carlos Bouso (Madrid, 1970) ya investigaba las propiedades del MDMA para tratar el estrés postraumático en víctimas de violaciones.
Era 1999 y Bouso, doctorando en la Universidad Autónoma de Madrid, lideraba un ensayo clínico financiado por una entidad americana y con el aval del Comité de Ética del Hospital de La Paz y del Ministerio de Sanidad.
En mayo de 2002, sin embargo, un artículo en prensa reveló la existencia del estudio y se generó un escándalo. A los pocos días la Comunidad de Madrid canceló el ensayo, que estaba ya en la segunda fase de las cuatro que se requieren para aprobar un medicamento.
Un cuarto de siglo después, Bouso es uno de los mayores expertos mundiales en la investigación en psicodélicos y ha visto como su campo de estudio ha dejado de ser un tabú en la psiquiatría.
El pasado otoño publicó Medicina Psiquedélica (Kairós), un compendio de todo lo aprendido durante tres décadas estudiando las propiedades terapéuticas de las drogas. La conversación tuvo lugar el pasado día de Sant Jordi en Barcelona y ha sido editada para mejorar su claridad y recortar su extensión.
Después de que un artículo en prensa acabara con su ensayo, ¿imaginaba que 25 años después los periodistas estarían haciendo reportajes sobre el renacer psicodélico?
No esperaba que el capitalismo fuera a entrar tan a saco a apoderarse de estas sustancias. Era algo insospechado, aunque yo siempre tuve claro que el MDMA algún día iba a ser un medicamento. Lo que no sabía es que sería de esta forma, en la que, por una serie de razones —entre ellas el fracaso de la psicofarmacología clásica—, toda la industria farmacéutica se ha volcado de repente en esto.
Cuenta en el libro que ese artículo frenó la posible regulación médica del MDMA durante años.
Por lo menos 10 años. Porque la FDA [el regulador sanitario en EEUU] tardó una década más en autorizar el primer estudio en EEUU Nosotros ya hubiéramos ido bastante avanzados.
Paradójicamente, entonces gobernaba Aznar en España. Y ahora en EEUU es Trump quien está acelerando la entrada de los psicodélicos en la medicina. ¿La izquierda no ha sabido surfear esta ola?
No, en absoluto. Es otro de los efectos paradójicos que estamos viviendo con estas sustancias. Siempre se han asociado a movimientos contraculturales, pero ahora es justo la derecha norteamericana quien más las apoya. Y por supuesto todas las corporaciones, con Elon Musk y otros magnates de Silicon Valley.
¿A qué lo atribuye?
Se ha visto un filón. La industria farmacéutica ya no invierte en psicofármacos porque saben que su utilidad es limitada. A pesar de que en España somos el primer consumidor del mundo de antidepresivos, su eficacia tiene muchas limitaciones y empiezan a verse efectos adversos. Hace 50 años que no ha habido una sola innovación en psicofarmacología. Otro de los elementos que ha generado el entusiasmo de la derecha MAGA es que el MDMA se empezó a utilizar con excombatientes.
El ensayo que lideró en 1999 tocaba dos tabús: las consecuencias psicológicas de las violaciones y el éxtasis, que entonces estaba muy mal visto.
Sí, porque el éxtasis era la droga de la juventud de ese momento y supuestamente estaba aniquilando a nuestros chavales. Dos de las drogas más controvertidas de la historia, el LSD y el MDMA, están a punto de convertirse en medicamentos junto a la psilocibina.
¿Qué usos potenciales tienen?
El LSD para la depresión y la ansiedad generalizada, el MDMA para el estrés postraumático y la psilocibina para la depresión. ¡Piensa que la FDA llegó a decir que el LSD nunca iba a tener una aplicación médica!
¿Se les exige más a los psicodélicos que al resto de medicamentos?
Ahora mismo no. En aquel entonces sí. En los últimos diez años todo ha dado un giro de 180 grados: hay ensayos clínicos con psilocibina en los que la eficacia tampoco es mucho más alta que la de algunos antidepresivos, pero hay una especie de hype y de encantamiento. Antes ser investigador psicodélico te podía costar la carrera, como estuvo a punto de costarme a mí, y hoy es algo “cool”.
Siempre tuve claro que el MDMA algún día iba a ser un medicamento
El boom ha sido muy rápido, de apenas una década.
Las razones son varias. Entender cómo funcionan los psicodélicos en el cerebro puede ayudarnos a comprender la complejidad de algunas enfermedades mentales, sumado a que llevamos 50 años sin nuevos psicofármacos. Y ha pasado algo insólito: hay un interés popular por estas sustancias. No hay un interés popular por la cardiología, por ejemplo, pero sí con los psicodélicos porque tienen un potencial recreativo.
¿Hay una burbuja con los psicodélicos?
Hay una burbuja, seguro. Porque hay un sobreentusiasmo…
… que usted intenta rebajar en el libro.
Trato de ponerlo en el lugar que le corresponde según la evidencia. Cuando esa burbuja estalle, las cosas se pondrán en su sitio.
Los psicodélicos pueden ser útiles, pero no son milagrosos.
No creo que vayan a revolucionar la psiquiatría. Son una opción terapéutica más: a algunas personas les funcionarán muy bien y a otras no, como ocurre con cualquier medicamento.
¿Por qué cuesta encontrar voces ponderadas sobre este tema?
Porque verlo como una solución mágica también atrae financiación. Los medios, probablemente con la complicidad de algunos investigadores, han amplificado resultados que había que tomar con cautela.
Hasta hace poco, medicina psicodélica era casi un oxímoron. Buena parte de los psiquiatras eran muy críticos con las propiedades de las drogas...
No voy a decir nombres, pero algunos psiquiatras que me veían como alguien a quien casi había que encerrar ahora son líderes de opinión en psicodélicos. Yo he atravesado todas las fases y me divierto bastante viendo según qué cosas.
¿Se podría decir que el tiempo le ha dado la razón?
He visto colegas defender ahora la psilocibina para la depresión con un entusiasmo que no se corresponde con lo publicado. Hay un poco de todo: los psiquiatras necesitan medicamentos que funcionen y los actuales lo hacen de manera limitada. Se ha producido una especie de contagio en el entusiasmo, algo que curiosamente no ha pasado con el cannabis.
¿España ha sido un país pionero en la investigación en psicodélicos?
En los 90 había seis grupos de investigación en todo el mundo y dos estaban en Catalunya: el equipo de Jordi Riba en Sant Pau con la ayahuasca y el de Antoni Benabarre en el Hospital del Mar con la psilocibina.
Ahora sus propiedades se investigan en los sitios más prestigiosos.
Universidades como Yale o Harvard ya tienen departamentos dedicados a ello. También el Imperial College o el Royal College de Londres. La Unión Europea ha destinado 60 millones a investigación de sus propiedades en enfermedades terminales…
Sus estudios no cuentan con ninguna universidad ni gran hospital público detrás. ¿Qué ha supuesto esto?
Fuera de la academia tienes la desventaja de no contar con recursos económicos y tecnológicos, pero haces lo que te da la gana. Yo he hecho toda mi vida lo que me ha dado la gana. Me ha costado más ganarme la respetabilidad y todo era más fácil cuando trabajaba en el Hospital de Sant Pau, por ejemplo, pero hemos salido adelante: hemos terminado el primer ensayo clínico del mundo con ibogaína.
Antes ser investigador psicodélico te podía costar la carrera y hoy es algo “cool”
La antesala de este ensayo con la ibogaína fue un tratamiento que hizo en su casa a una mujer que llevaba 17 años enganchada a la metadona.
La conocí en una charla en la que expliqué que estaba trabajando en un protocolo con ibogaína. Al terminar me dijo que quería participar, pero todo iba muy lento. Quería hacerlo por su cuenta, y antes de que lo hiciera sola montamos una clínica improvisada en mi casa: alquilamos un electrocardiograma, compramos la ibogaína y se quedó con su pareja unas cuatro semanas en mi domicilio.
¿Funcionó?
Sí, se desintoxicó completamente de la metadona.
En el libro define la ibogaína como el compuesto más extraño. ¿Por qué?
Farmacológicamente es muy “sucia”, lo toca absolutamente todo. No se sabe qué mecanismo elimina el síndrome de abstinencia, ni si es necesario que actúe sobre todo para lograrlo. Por eso es la droga más extraña, porque es la más desconocida en cuanto a su mecanismo de acción.
El MDMA lo describe como la “droga total”.
Sí, pero no por su farmacología, sino por sus efectos. Genera una sensación de seguridad emocional. Permite a personas que sufren reconocerse tanto a ellas como a su entorno durante unas horas como su mejor versión, y eso desde el punto de vista terapéutico facilita cambios transformadores.
Todo apuntaba que en 2024 ya estaría aprobado como medicamento, pero la FDA lo tumbó.
Fue un jarro de agua fría. En 2017 lo había calificado como Breakthrough Therapy, una calificación que se da a tratamientos innovadores que sirven para tratar enfermedades que no tienen buenos tratamientos u otras alternativas eficaces y seguras. Se estimaba en un 90% las posibilidades de que se aprobara como medicamento.
¿Qué ocurrió?
En ese momento Trump no había empezado a soltar sus flamas propsicodélicas. Un comité consideró prematuro autorizarlo por el riesgo cardiovascular, aunque si miras la literatura es mínimo. Se basaron en usuarios recreativos y no en pacientes.
¿Cuándo estará disponible?
He fallado en todas mis predicciones. Pero recientemente Trump ha pedido acelerar estos procesos, incluso el uso de la ibogaína, que es la única de estas sustancias que no está en ninguna fase de ensayo clínico en EEUU.
Explica en el libro que el MDMA lleva décadas utilizándose de manera clandestina en muchas consultas, sobre todo en Catalunya.
En los 90 Catalunya fue un foco de inspiración psicodélica: la revista Ulises, el primer encuentro psicodélico en el CCCB, las jornadas de enteógenos que organizaba [Josep Maria] Fericgla, en las que vinieron figuras como Shulgin, Hofmann... Siempre ha sido un territorio que se ha prestado a la innovación en el ámbito contracultural relacionado con las drogas
En Barcelona está la Clínica Synaptica, en la que ejerce de director científico y ofrecen tratamientos con Ketamina.
Al principio costó, pero está yendo muy bien. De momento usamos ketamina, que es la única autorizada, pero la idea es poder incorporar el resto de psicodélicos. Al final son medicamentos que van a estar a disposición de cualquier psiquiatra que quiera utilizarlos.
En todo caso, usted defiende que el mejor entorno para tomar psicodélicos no es la consulta de un psiquiatra. Habla de un entorno natural, preferiblemente en un medio comunitario… ¿Cómo convive esto con la medicalización de los psicodélicos?
Aunque se están medicalizando, históricamente los psicodélicos se han usado en contextos comunitarios, tanto en las comunidades indígenas como en Occidente, y sigue siendo así: en ceremonias del [credo] Santo Daime, en los centros que hay por todo el país donde cada fin de semana la gente se junta a tomar ayahuasca… He dedicado el libro a la medicalización, pero podría haberlo dedicado al uso comunitario.
Hay una burbuja y un sobreentusiasmo con los psicodélicos
Y en esta realidad aparecen las farmacéuticas. Producir un gramo de MDMA cuesta un euro, en el mercado negro se vende a entre 40 y 60 pero en Australia, donde ya es un medicamento, vale 4.000 euros. ¿La medicina psicodélica solo será para ricos?
Sin duda, al principio sí. Son tratamientos largos y caros, y el sistema público no está preparado: Una sesión con MDMA son seis horas, una de LSD son 14-16, una con ibogaína requiere un día entero de hospitalización. Esto en el modelo que defiendo, que implica un proceso de psicoterapia, de preparación, la sesión con la sustancia y luego un proceso de integración.
¿Lo ve como un fracaso?
Por supuesto, es un fracaso del sistema. Lo que pasa es que será solo al principio.
Estas sustancias no tienen patente ¿no?
Exacto. En tres o cuatro años tras su comercialización podrán desarrollarse versiones más baratas. Lo ideal sería que el Estado asumiera su producción.
Antes de acabar, quería hablar de ayahuasca. Asegura que nunca hubiese pensado que dedicaría casi la mitad de su carrera y de su vida al estudio de algo tan exótico.
Mi droga de investigación era el MDMA y nunca me hubiera gustado salir de ahí. Pero por accidente empecé a investigar la ayahuasca y no tengo ninguna queja. Me ha permitido viajar e ir a sitios de la Amazonía donde nadie había llegado antes, con auténticos maestros y maestras en comunidades en las que solamente se practica la medicina ancestral como se ha practicado siempre. He tenido algunas de las experiencias más interesantes de mi vida, pero también es cierto que el mundo de la ayahuasca es complicado.
¿Por qué?
Porque estás sometido a mucho escrutinio. Cuanto más visible eres y más fuerza tiene el movimiento indigenista, más en el punto de mira estás porque eres un intruso que ha venido a estudiar su medicina. Y, ¿quién eres tú para estudiar su medicina? Esto también me ha ido cansando y ya no quiero saber nada más de la ayahuasca. Quiero volver a las drogas de síntesis.
Cualquier iluminado que ha ido a la Amazonía a tomar ayahuasca se pone dos plumas y organiza ceremonias por aquí, generando auténticos disparates
¿Qué riesgos tiene su globalización?
Que el conocimiento ancestral se desvirtúa. Esto no es ni bueno ni malo. En Perú les viene de puta madre que vayan los gringos a tomar ayahuasca, pero cada vez se practica menos la medicina ancestral. Pero es que las sociedades amazónicas también han cambiado mucho y los chavales ya no quieren quedarse en la selva viviendo de la agricultura, de la pesca y muriendo jóvenes. Quieren salir a las ciudades.
¿Se está banalizando su uso en Occidente?
Totalmente. Para mí es el principal problema. Cualquier iluminado que ha ido a la Amazonía a tomar ayahuasca se pone dos plumas y organiza ceremonias por aquí, generando auténticos disparates.
Por culpa de estos “iluminados”, algunos comunicadores pintan la ayahuasca como una herramienta de lavado del cerebro previa entrada a una secta. ¿Qué opina del trabajo de Carlos Tamayo?
No conozco su trabajo porque nunca me han interesado los reportajes sensacionalistas de cámara oculta, pero sí conozco lo que ha hecho con la ayahuasca y conmigo. Se ha comportado de forma especialmente virulenta y manipuladora. Yo no sé la calidad ética y profesional que habrá tenido en otros reportajes, pero en los de la ayahuasca ha falseado muchas cosas.
¿Me puede dar algún ejemplo?
Yo siempre he denunciado las malas prácticas con la ayahuasca y organicé una mesa redonda para hablar de los abusos cometidos por chamanes en ceremonias. Me puse a imitar los discursos de estos charlatanes para ejemplificar cómo trataban de engañar a la gente. Tamayo recortó ese fragmento y lo puso en su documental como si fuera mi discurso real. Hay varios ejemplos similares...
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