Y al primer año, resucitó
La victoria de Osasuna Promesas que apartó al Celta Fortuna del camino del ascenso no puede quitar mérito a esta temporada de redención del CD Tenerife, que con cuatro partidos por jugar se aseguró el campeonato y su sexta salida de los infiernos, antes del fútbol regional (en 1953) y luego desde el tercer escalón nacional.
El gol de aquel Martín Pedroarena en Balaídos quedará para la historia del tinerfeñismo como la espoleta que desató antes de tiempo la fiesta en el Heliodoro. En justicia, cuesta aceptar que el grupo de Álvaro Cervera llegara a la cumbre con los honores cedidos por el único rival que cuestionó su rol protagonista.
Porque en verdad, el mérito es ante todo blanquiazul. Dominó la liga desde la segunda jornada, firmó dos rachas de victorias seguidas para tomar la perspectiva de la competición a vista de pájaro y solo se atascó entre que perdía a Nacho Gil y el vértigo desde tamaña altura de puntos le aflojaba las piernas.
De tres en tres veinte veces, una decena de a uno, caído solo cuatro tardes, el Tenerife llegaba a este primero de mayo con todo conseguido salvo el ascenso. Dependía de sí mismo o de que el Celta le allanara el camino metiendo la pata. Y pasó lo segundo, con el once anunciado y todo a punto para la madre de todos los partidos del campeonato, menos de un año después de un descenso endulzado por la llegada beatífica de Cervera, los arbitrajes que sisaron puntos y los birrias irredentos que entendieron que en los desmadres de los gestores que ya no están residía el origen del fracaso.
En lo del gol de Pedroarena y lo que restaba en Balaídos hasta el 0-1 rojillo, desaparecieron los nervios, se arrancó el Heliodoro con un riqui-raca rugiente y se quedó un partido amable del que no sacó tajada un Barakaldo de dos caras: dominador del primer acto y complaciente luego, cuando llegaron los goles y el acabose. Al cabo, poco parecido al único capaz de imponerse hasta ahora como local a este Tenerife.
Sin saber la resolución de Balaídos, Cervera ya había devuelto a Dani Fernández a ese once al que la historia señalará como ascensor. Le dio todo el partido al chiquillo y menos para marcar, tuvo tiempo para confirmar el último retrato —entre tantos obligados, tantas veces le preguntaron— que del alumno había dibujado el profesor.
Dani fue apuntando los trazos: regates con sentido y requiebros adornados, duelos ganados y pugnas blandas, un par de coberturas que dieron área al Barakaldo hasta que se avino a defender. Y blando entrando a matar, cuando se fue de Dufur con un acelerón y se vio definiendo ante la salida de Gaizka con la pierna floja. El cuadro completo no engaña: un porvenir enorme y una maduración por llegar.
Ausente Aitor Sanz por su última estación de penitencia, devuelto tras el descanso a la portería Gabri Lozano por una molestia de Dani Martín, quedó un resto emotivo para dos actores principales y un secundario de lujo del que solo caben elogios por la deportividad con la que asumió su rol en los guiones de Cervera.
Empatados en méritos —distintos, pero igual de fundamentales— la faena con la que se premió —nos premió— este Fabricio devenido en nueve meses un centrocampista solvente, una mezcla de virtudes entre un seis y un ocho, un rendimiento que sorprendió menos a los que ya lo conocíamos y mucho a la inmensa mayoría de birrias —como a Cervera— que casi cada semana iban descubriendo un matiz con el que moldearse futbolista profesional.
Fabricio no tiene el pie de aquel Guina —soberano manejando tiros libres o un cambio de juego de cincuenta metros con precisión suiza—, como carece del gol de Barata, pero manejando otros registros —tapa, reorienta, lanza un despliegue, cae al área y se atreve a finalizar— y los intangibles —entre la honradez y la humildad— se hará imprescindible para el escenario de apreturas que se viene.
Por nada que valiera este Tenerife-Barakaldo para hollar el ascenso, se apareció con el 1-0 —cómo no— Enric Gallego, el tanto que lo deja un paso de entrar entre los diez mejores goleadores en la historia blanquiazul. Cerró a placer una contra conducida por el mejorado Noel y le quedarán tres encuentros para igualar a Chalo o Justo Gilberto. Palabras mayores.
Maikel Mesa cerró el trío de protagonistas del partido con el 2-0 para dar sentido a una caída al área que casi malbarata Baldé. Desmadejado en un control largo, llegó a tiempo de sacarse un pase suficiente al centro del área, donde esperaba el lagunero con una de esas finalizaciones —acomodándose el disparo en cuatro baldosas— que lo acreditan como lo que verdaderamente es: un rematador versátil que de poco saca mucho.
Completada sin mayor daño esta temporada de presencia infrecuente, y si Cervera regresa al 4-2-3-1 que más usó antes, Maikel tendrá tiempo para más goles. Como el resto —el lenguaje gestual del jolgorio posterior luce sincero— ha sido parte de un grupo de personas antes que futbolistas. Lo que viene a ser el primer mandamiento del catecismo de Cervera.
(2) CD Tenerife: Dani Martín (De Vuyst, 46’); César, Landázuri (Yaakobishvili, 52’), José León, David Rodríguez; Chapela (Baldé, 69’), Juanjo, Fabricio; Dani Fernández, Enric Gallego (De Miguel, 52’) y Noel López (Maikel Mesa, 69’).
(0) Barakaldo: Gaizka; Deje, Arana, Dufur, Pedernales; Castillo (Naviera m.68), Huidobro, Ekaitz (Merino, 59’); Mandiang (Valiño, 59’), Galarza (Muñoz, 59’) y Eric (De León, 78’).
Goles: 1-0, 49’: Enric Gallego, 2-0, 81’: Maikel Mesa.
Árbitro: Pol Arenas (Comité Catalán). Amonestó a Landázuri (19’) y Maikel Mesa (81’); y a los visitantes Dufur (23’) y Deje (84’).
Incidencias: Incidencias: Partido de la trigésimo quinta jornada del Grupo I de la Primera Federación 25-26. Tarde primaveral. Estadio Heliodoro Rodríguez López, ante 19.936 espectadores.
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