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La Moncloa codiciada

Albert Rivera (izquierda) y Pablo Casado (derecha), en una imagen de archivo

El PP y Ciudadanos, Casado y Rivera o sea, deberían disculparse con Pedro Sánchez por cuanto han rajado de él. Cosa que no harán como no lo hizo Rajoy cuando él y los suyos denunciaron un falso pacto criminal de Zapatero con ETA a la que el PP atribuyó el bárbaro atentado de Atocha. El uso intensivo de los medios informativos adictos para engañar y envenenar al electorado le permitió al PP no mojarse demasiado a ojos del público menos avisado. Poco faltó para que hablaran de crimen por encargo en Atocha.  

El atentado, recuerden, ocurrió durante la jornada de reflexión de las elecciones de 2004 y el PP lo atribuyó a los etarras “aliados” de Zapatero que logró entonces la Presidencia del Gobierno. Como yo no entendía de qué manera pueden los bombazos determinar la victoria de un candidato, me pareció más creíble y menos truculenta la autoría yihadista hacia la que, por cierto, apuntaron los investigadores desde el primer momento.

Ganó aquellas elecciones, como digo, Zapatero. Días antes de las votaciones tuve ocasión de charlar con López Aguilar, quien me aseguró que el único convencido de que ganaría era precisamente Zapatero. Los más optimistas decían que sólo un milagro le daría la victoria y el milagro se produjo. Y como tras su derrota siguieron los peperos dando la vara, acabé sospechando que trataban de salvarle el palmito a Aznar, de impedir que prosperara la idea, la hipótesis, de que lo de Atocha había sido obra del terrorismo islámico que se vengaba así de la participación de España en la agresión a Irak; la que Aznar impuso porque, como sabe todo el mundo, no se ponen impunemente los pies sobre la mesa de centro del presidente USA.

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El dinosaurio sigue ahí

No sé cómo bautizar esto que escribo. No se me ocurre un título que diferencie mis paridas de las columnas serias impresas en papel, como Dios manda. Ando como gallina sin nidal desde que la vieja tipografía cogió puerta y con ella palabros entrañables. Como “galerada”, por ejemplo, de la que vine a saber qué cosa era el día en que el consejero delegado de mi empresa de entonces ordenó que le llevaran a su despacho ciertas galeradas y pude comprobar, al fin,  que nada tenían que ver con huelgas de linotipistas, ni con Ben-Hur y los zurriagazos de mentirijillas a Charlton Heston disfrazado de galeote. Fue mi primera intención dejar de escribir y complacer a los médicos que atribuyen mis sofoquinas y frecuentes erupciones de granos con la adicción al seguimiento de la política canaria. Tenía ganas de alejarme del oficio y eso hice pero, ya ven, la cabra siempre tira al monte y aquí estoy.

Pero a lo que iba: propuse llamar esto La Corte de los Enanos, pero lo rechazaron en principio porque alguien advirtió que podía haber por ahí alguna asociación de personas bajitas que se dieran por ofendidas. Me creerán si les digo que ni ocurrírseme porque me lo sugirió un texto de Augusto Monterroso titulado Estatura y Poesía que viene a ser, presumo, una réplica a Eduardo Torres que había escrito, por su parte, que los enanos tienen una especie de sexto sentido que les permite reconocerse a primera vista”.

Monterroso no perdió la ocasión y le dedicó al asunto un texto en el que tras informarle de que él sin empinarse mediría “fácilmente un metro sesenta”, le recordó que los centroamericanos no han sido favorecidos por estaturas extremadamente altas. Y escribió: “La verdad es que la miseria y la consiguiente desnutrición, unidas a otros factores menos espectaculares, son la causa de que mis paisanos y yo estemos todo el tiempo invocando los nombres de Napoleón, Madero, Lenin y Chaplin cuando por cualquier razón necesitamos demostrar que se puede ser bajito sin dejar por eso de ser valiente”. Y añade: “La desnutrición, que lleva a la escasez de estatura, conduce, nadie sabe por qué, a la afición a escribir versos”. Se dice nuestro autor tan convencido de esta relación que, asegura, “si Rubén Darío llega a medir un metro noventa la poesía en castellano estaría aún en Nuñez de Arce". Con la excepción  de Julio Cortázar, "¿cómo se entiende un poeta de dos metros? "

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