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José Miguel Galarza

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Comparaciones odiosas

La evidencia de que el curso recién acabado ha sido el peor en la última etapa en Segunda División A del CD Tenerife invita a recordar cómo se desarrolló la 2013-2014, temporada que abre esta serie, un curso poco valorado entre sibaritas y birrias de nueva generación. Pero un curso, al cabo, decisivo para entender que lo que ha venido después tiene el mérito relativizado por la mejora de las condiciones económicas. Consigues fichajes de más calidad, ya sea porque más dinero te asegura más talento, o cuando menos, porque te permite repetir la práctica del prueba y error.

En 2013, el representativo ascendió en Hospitalet por el camino rápido y dos meses después volvió a competir en el que es su sitio natural, mal que les pese a los que reducen la historia tinerfeñista a sus estadías en Primera. Lo hizo renovando media plantilla y, condicionado por un presupuesto limitado, tirando de la vuelta de un canterano de lujo (Ricardo) y de un grupo de desconocidos en el que un trío de abnegados (Raúl Cámara, Carlos Ruiz y Aitor Sanz) puso un sello inolvidable de honradez y eficacia, como luego se vio.

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Vera Hernández, Eugenio

Se nos marchó el domingo pasado Eugenio Vera Hernández, consejero que fue de la primera directiva del CD Tenerife como sociedad anónima. Un directivo de esa banca, ya desaparecida, basada en el crédito moral de los clientes. Un hombre valioso por sus principios y por su laboriosidad, un birria que acumuló tanto conocimiento como discreción tras la hora de su dimisión como consejero blanquiazul. Me recordaba en el duelo su hijo Eugenio Vera Cano, periodista y amigo, cómo procedió su padre cuando en 1994 renunció al puesto en la junta de Javier Pérez: una carta desistiendo y la autorización al presidente para que la hiciera pública cuando lo entendiera necesario.

En este fútbol de postureos, posados y tatuajes, Eugenio Vera no hubiera tenido sitio. Puede que lo viera venir hace veinticinco años, cuando su Tenerifito pasaba de anónimo a popular sin encontrar el momento para reflexionar sobre semejante cambio de rol, de ilustre inquilino de la Segunda a nuevo rico en Primera. Dueño de sus silencios, puede que Vera Hernández nos enviara, sin ser consciente, un aviso de prudencia cuando todo nos empezó a parecer poco.

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Un voto de sensatez

Lo malo de opinar es que pocas veces se hace a certeza absoluta y la consecuencia de eso es que los juicios son tan a boca llena como escasos de verdades absolutas, si es que hay alguna además del memento mori. Lo bueno de opinar, cuando te puedes agarrar a hechos que te den la razón, es que ganas crédito para seguir opinando. Vamos allá.

La cosa iba de partido para hombres y lo fue. Aunque uno hubiera querido también a Cámara (y miles a otros), jugaron ayer los que uno esperaba que debían hacerlo y cambiamos intensidad por brillantez, sobre el césped y en la grada, que igual falta hacía. Que nuestro capitán acabara con el arco cigótico fracturado es una hermosa metáfora que con el tiempo será recordada como ejemplo de entrega birria en un 26 de mayo en el que el CD Tenerife acertó al hacer la tarea inexcusable, mejorada después con la sensatez y la serenidad con la que resumió luego Luis César la situación: “en este deporte cuando se pierde hay que rebajar el pesimismo y cuando se gana hay que rebajar la euforia”, dijo el entrenador, en una frase acertada que también valdría para una taza de Mr. Wonderful.

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Otro 26 de mayo

¿Dónde estabas tú aquel domingo? A mediodía y con ese sol que en San Sebastián alta quema hasta las pestañas, yo andaba en clase de primero de birrias, de vuelta al Heliodoro como simple aficionado y con dos niñas -apenas doce y nueve años- y un chinijo de tres, más aburrido que interesado. Jugaba el CD Tenerife por regresar a Segunda A y lo hacía con un equipo propio de la situación: pibes de la cantera al que el descenso dos años antes les había dado una oportunidad inimaginable de otro modo y una legión de curritos de cuya mayoría nunca más se supo. El portero (Aragoneses) sí que era de Primera, el único lujo que nos permitimos entonces.

Como miles de birrias, trato de convencerme estos días de que la tragedia es evitable, pero vista la sucesión de errores, la displicencia y la soberbia con la que se ha manejado esta temporada, propongo a técnico y jugadores que tiren de emotividad. Que busquen el resumen del CD Tenerife-Hospitalet y se reflejen en los goles de Luismi Loro, Raúl Llorente y David Medina -¡¿cómo dices que se llamaban?!- para guardar un cierto respeto a la obra de quienes le precedieron. Porque gracias a ellos, como a Suso, Alberto, Cervera y veintipico futbolistas más, disfrutan ahora en esta plaza de saberse profesionales bien pagados.

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