Merino en el 88... y España, a semifinales 16 años después
El fútbol y los estados de ánimo. Bélgica venía de aplastar al mal, de dejar en la cuneta a la selección de Estados Unidos, de gritar desde el campo al todopoderoso Gianni Infantino que sus tejemanejes con Trump pierden todo el efecto cuando el balón echa a rodar. Que la FIFA puede torcer el reglamento y las alineaciones a capricho del presidente de la superpotencia y que da igual: el juego es de los futbolistas.
Enfrente, a la hora de los himnos, España trataba de enjugar el luto nacional. Doce muertes ya certificadas en el incendio de Almería, 23 personas ilocalizables, decenas de familias con el corazón en un puño y un minuto de silencio para intentar honrar todo lo anterior.
Pero también, el fútbol y el peso de la historia. La estrella sobre el escudo la tenía bordada España en su camiseta, el recuerdo de su título mundial junto a las tres Eurocopas logradas en los últimos veinte años. Enfrente, Bélgica con el palmarés desierto, pese a acumular grandes generaciones de futbolistas en las últimas décadas.
90 minutos (más el descuento de las pausas de recaudación) para saber cuánto pesaría todo eso en el juego.
España arrancó con Pedri, su estrella en horas bajas, desde el banquillo, Javier Bardem en el palco de celebridades y el equipo presionando arriba y avanzando con toques rápidos. Dani Olmo hizo varias de las suyas y la defensa, muy sólida, intentaba recordar a la delantera belga en cada choque por qué era la única imbatida en el campeonato.
Un pase de Cubarsí, 19 años y ya se viste de Beckenbauer, encontró a Baena dentro del área pero su disparó chocó en el cuerpo de un defensa. Fue el primer ataque prometedor, en la nueva jerga del fútbol.
Enfrente, Bélgica se afanaba en mandar balones largos con Doku, el extremo del Manchester City, intentando jugar de casi todo, con libertad de movimientos por ambos carriles. La presión alta y el toque eran de España. Bélgica nadaba para intentar guardar la ropa. Sin grandes ocasiones se llegó al final del primer cuarto.
En la pausa para enriquecer a la FIFA en cada partido e hidratar a los futbolistas, De la Fuente dedicó uno de los tres minutos a Lamine tratando de amansar su impaciencia postadolescente cada vez que no decide. Solo ellos saben lo que se dijeron pero resultó: el gol llegó un par de minutos después por su banda, con tres jugadores pendientes de él, Yamal dejó solo a Porro, que centró. El primer remate de Dani Olmo todavía lo despejó Courtois. El segundo ya lo mandó Fabián a la red.
La selección no se conformó: en la siguiente jugada Lamine se fue de tres por la línea de fondo pero su centro no encontró destinatario. Su eslalon por el medio justo después solo lo pudieron frenar los belgas con una falta fuera del área grande. Tiró el propio Lamine muy por el centro y volvió a despejar Courtois. En el siguiente ataque, Lamine volvió a marcharse de su marcador por el centro pero su disparo raso pasó cerca del poste. Eran los mejores minutos de la selección, entre paredes y rondos, con Fabián, Olmo y Rodri mandando en el medio. Arriba España tuvo prisa por marcar el segundo y en un momento se descolocó. Eso propició uno de los pocos ataques largos de Bélgica, De Bruyne metió un pase interior marca de la casa y el centro posterior que llegó desde la derecha lo remató De Ketelaere: primer tiro entre los tres palos y empate.
Demasiado premio para lo visto en el césped, pero nadie dijo que el fútbol fuese justo. Uno a uno, empate y vuelta a empezar en la segunda mitad.
Cada selección regresó con su filosofía: España quería el balón, Bélgica, un contragolpe. Los dos lograron a medias sus objetivos. Por cada pase que daban los belgas, la selección llegó a dar cuatro en algunas fases del partido. Pero Doku y De Bruyne, la sociedad que triunfó en la Premier con el City amenazaron en varios contraataques. Ninguna llegada fue muy clara. Suficientes para dejar claro que Bélgica seguía viva.
Y España se impacientó. Abusó por la banda de Yamal, que todavía espera a su mejor partido en este Mundial. De la Fuente cambió a Fabián por Pedri y a Baena por Ferrán Torres. Pero el equipo ofrecía más de lo mismo... Hasta que se produjo otro de esos sucesos que nadie puede planificar en las pizarras: al borde de la segunda pausa de la FIFA, Courtois, oficiosamente el mejor portero del mundo, el que había despejado cada tiro de la selección, se fue al suelo. Él solo. Un pinchazo muscular. Intentó volver al campo con los suyos pero aguantó solo un minuto. Entre lágrimas regresó al banquillo. Nadie podrá saber qué hubiera pasado si hubiese seguido en el césped. Pero no lo hizo. Y en el minuto 88, varios después de que entrase Nico Williams al campo y que lo intentase varias veces sin éxito por la banda contraria a la de Lamine, Cubarsí, al que los belgas dejaron avanzar mientras tapaban las bandas y amarraban a los delanteros, intentó algo diferente: disparó desde fuera del área. Y en la portería ya no estaba Courtois sino Lammens, otro portero con garantías, del Manchester United. Probablemente frío porque no tuvo tiempo a calentar. Igual nervioso por debutar con 24 años recién cumplidos esta semana en un Mundial. Por lo que sea. Falló. Dejó la pelota muerta en el área pequeña. Y el balón cayó en Mikel Merino, que acababa de entrar al campo pero que ya había marcado nada más salir el pasado lunes. Segundo gol en una semana: de secundario a actor principal. Los estados de ánimo en el fútbol.
España pasa a semifinales 16 años después. La única vez que estuvo ganó la Copa del Mundo en Sudáfrica. El martes espera una Francia, repleta de figuras, que asusta.
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