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ANÁLISIS

Trump vuelve a bombardear Irán y a cometer un error garrafal: no tiene ni idea de quién es su enemigo

El presidente de EEUU, Donald Trump.

Sina Toossi

9 de julio de 2026 22:53 h

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Y, de nuevo, a la guerra. Tras un alto el fuego y un paréntesis, Donald Trump se encuentra ahora en una nueva fase de bombardeos contra Irán, y el Ejército estadounidense afirma haber atacado 170 objetivos iraníes en 48 horas.

Esto no es ninguna sorpresa. En su intervención en la cumbre de la OTAN celebrada esta semana en Ankara, Donald Trump afirmó que, en su opinión, el memorando de entendimiento entre EEUU e Irán ha “llegado a su fin”. Calificó a los líderes iraníes de “gente malvada y enferma” y amenazó con nuevas acciones militares e incluso con un nuevo bloqueo de los puertos iraníes, aunque también dejó la puerta abierta a nuevas negociaciones.

Esas declaraciones se produjeron tras una nueva ronda de bombardeos estadounidenses contra el sur de Irán, después de que Teherán atacara buques comerciales que transitaban por la parte sur del estrecho de Ormuz, fuera del corredor marítimo que había designado, y fueron también el preludio de los ataques. A última hora del miércoles se registraron explosiones en varias localidades de Irán. El conflicto no hará más que intensificarse a partir de ahora. En Truth Social, el presidente escribió: “Esto es en represalia por el bombardeo de buques llevado a cabo ayer por Irán. Si vuelve a ocurrir, ¡la situación empeorará mucho más!”.

Un problema de confianza

Sin embargo, el colapso del memorando no comenzó esta semana. Empezó a desmoronarse casi desde el momento en que se firmó, debido al problema central que ha lastrado la diplomacia entre EEUU e Irán durante décadas: no existe una base creíble para la confianza. Teherán tenía pocos motivos para creer que Washington ofrecería un alivio duradero de las sanciones, abandonaría su estrategia de larga data de coacción y cambio de régimen, o se abstendría de volver a esas mismas políticas una vez que Irán hubiera cedido sus principales fuentes de influencia. Por eso, la lucha por Ormuz se ha convertido en la cuestión determinante del memorándum, en lugar de una disputa secundaria.

Sobre el papel, el memorándum ofrece una vía hacia la distensión. Su lógica es secuencial: el tráfico marítimo por Ormuz se reanudaría bajo “acuerdos” iraníes, se levantaría el bloqueo estadounidense sobre Irán, Teherán recibiría una exención petrolera y acceso a parte de sus activos congelados, cesarían las amenazas y terminaría la guerra en Líbano. En conjunto, estas medidas tenían por objeto crear una base mínima de confianza tras la guerra y abrir la puerta a las negociaciones sobre el programa nuclear iraní.

Pero esa lógica dependía de una hipótesis frágil: que Washington y Teherán considerarían la aplicación parcial como un puente hacia un acuerdo más amplio, en lugar de como una oportunidad para conservar su influencia mientras ponían a prueba la determinación de la otra parte. En la práctica, ninguna de las partes llegó a creer que la otra estuviera cumpliendo los compromisos que más importaban.

La desconfianza mutua no es simplemente consecuencia de los acontecimientos recientes. Refleja décadas de diplomacia fallida

Desde el punto de vista de Teherán, Washington comenzó a incumplir disposiciones clave de inmediato. La primera cláusula del memorándum, que exigía el fin de la guerra en Líbano, nunca se cumplió, ya que las fuerzas israelíes continuaron sus operaciones y mantuvieron su presencia en algunas zonas del país. Según se informa, Estados Unidos también se ha resistido a desbloquear los activos iraníes congelados en la medida que Teherán esperaba. Trump siguió lanzando amenazas militares, incluida la amenaza pública de secuestrar a los negociadores iraníes durante la primera ronda de conversaciones en Suiza. Posteriormente, el 7 de julio, EEUU revocó la exención sobre las exportaciones de petróleo de Irán, justo cuando Teherán intentaba consolidar el control sobre el tráfico marítimo a través de Ormuz —no cerrando el estrecho de forma permanente, sino obligando a los buques a transitar por la ruta norte designada por Irán, en lugar de la ruta sur respaldada por EEUU—.

Cada una de las partes llegó a la conclusión de que la otra se estaba embolsando las concesiones mientras se negaba a hacer las suyas. Sin embargo, esta desconfianza mutua no es simplemente consecuencia de los acontecimientos recientes. Refleja décadas de diplomacia fallida.

Teherán ha llegado a una conclusión contundente: las promesas de un futuro alivio de las sanciones son sencillamente demasiado frágiles como para basar en ellas la seguridad y el desarrollo económico a largo plazo del país

Los responsables políticos iraníes han sido testigos de cómo, a lo largo de sucesivas administraciones estadounidenses, se han impuesto sanciones en repetidas ocasiones, se han levantado parcialmente y luego se han vuelto a imponer. Desde la perspectiva de Teherán, la cuestión central es si algún presidente de EEUU puede ofrecer un alivio de las sanciones y hacer que ese alivio sea duradero. Gran parte del marco sancionador estadounidense está consagrado en la legislación del Congreso, lo que obliga a los presidentes a recurrir a exenciones renovables que pueden revocarse de un plumazo. Las empresas y los inversores comprenden esa realidad, razón por la cual, incluso tras el acuerdo nuclear de 2015, el alivio de las sanciones no logró generar el nivel de inversión, la integración bancaria y el retorno a la estabilidad económica que Irán había esperado.

La consecuencia más importante es que Washington ha ido minando progresivamente la credibilidad del propio alivio de las sanciones. Si el alivio económico se considera temporal y reversible, pierde gran parte de su valor como incentivo para un cambio político duradero. Teherán ha llegado a una conclusión contundente: las promesas de un futuro alivio de las sanciones son sencillamente demasiado frágiles como para basar en ellas la seguridad y el desarrollo económico a largo plazo del país.

Podría decirse que esa influencia es hoy aún más trascendental de lo que era antes de la guerra. Las reservas estratégicas de petróleo de EEUU siguen estando considerablemente mermadas, mientras que las existencias mundiales de petróleo siguen siendo escasas, ya que el tráfico marítimo por el estrecho de Ormuz se ha mantenido muy por debajo de los niveles previos a la guerra. El resultado es una capacidad de amortiguación mucho menor para hacer frente a una interrupción prolongada del paso por el estrecho, lo que aumenta el riesgo de una crisis energética mundial de mayor magnitud.

A diferencia de ceder su programa nuclear u otras fuentes de influencia a cambio de un alivio de las sanciones que podría resultar temporal, Ormuz ofrece a Teherán algo fundamentalmente diferente: una garantía que está en sus propias manos. Al canalizar el tráfico comercial a través de su corredor designado y, potencialmente, establecer una administración conjunta capaz de recaudar tasas de tránsito junto con su vecino marítimo, Omán, Irán vincularía su propia prosperidad y los costes de ejercer presión sobre él directamente al funcionamiento de la economía mundial. Los futuros presidentes de EEUU aún podrían abandonar la vía diplomática. El Congreso aún podría endurecer las sanciones. Pero hacerlo ya no estaría exento de costes económicos.

Irán ya no piensa igual

Esto refleja una evolución más amplia en el pensamiento estratégico de Teherán. Irán cuenta hoy con tres formas principales de influencia frente a EEUU e Israel.

La primera son sus capacidades militares y su red de alianzas regionales, que incluyen sus fuerzas de misiles y drones, sus recursos navales asimétricos y socios como Hizbulá, los hutíes y grupos armados en Irak. Estos pueden imponer costes militares significativos, pero es poco probable que incluso los éxitos en el campo de batalla alteren de forma fundamental el equilibrio frente al poder militar combinado de EEUU e Israel.

La segunda es su programa nuclear, que durante mucho tiempo ha sido la principal baza de Teherán en las negociaciones con Washington y que, a pesar de los graves daños sufridos por sus instalaciones declaradas, sigue dejando a Irán con opciones importantes en caso de que decida lanzarse a la carrera por la bomba.

La cuestión no es simplemente si Irán está dispuesto a negociar, sino si Estados Unidos puede ofrecer un acuerdo que Teherán considere que perdurará una vez que haya renunciado a su ventaja negociadora

Sin embargo, cada vez más, es la tercera fuente de influencia —el control sobre los puntos estratégicos de la región en materia de energía y, sobre todo, el estrecho de Ormuz— la que se ha vuelto indispensable.

Ese cambio encierra una lección importante para Washington. La cuestión no es simplemente si Irán está dispuesto a negociar, sino si Estados Unidos puede ofrecer un acuerdo que Teherán considere que perdurará una vez que haya renunciado a su ventaja negociadora. El memorándum nunca respondió a esa pregunta. Se basaba en garantías que los líderes iraníes consideraban reversibles, al tiempo que les pedía que diluyeran una de las pocas formas de influencia que ellos consideraban duraderas. Eso no hace que la diplomacia sea imposible. Pero sí significa que es poco probable que sobrevivan los acuerdos basados principalmente en promesas de un futuro alivio de las sanciones.

Si Washington no logra comprender hasta qué punto la guerra ha transformado el cálculo estratégico de Teherán, seguirá negociando basándose en supuestos que ya no se dan, y seguirá alcanzando acuerdos que ninguna de las partes cree realmente que la otra vaya a cumplir.

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Sina Toossi es investigador sénior no residente del Centro de Política Internacional, donde su trabajo se centra en las relaciones entre Estados Unidos e Irán, la política estadounidense hacia Oriente Medio y las cuestiones nucleares.

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