Andalucía siempre fue un poco 'drag'
Hay algo que me ronda desde hace tiempo cada vez que veo una actuación drag atravesada por referencias a la cultura y el imaginario que nos rodea a les andaluces: la sensación de estar viendo algo nuevo y, al mismo tiempo, algo que ya conocía. Una peineta, una mantilla, una bata de cola o un lip sync de una copla son solo la superficie. Es la forma de entender el escenario, el humor, el cuerpo o el exceso lo que me resulta familiar.
Quizás por eso me cuesta ver el drag en Andalucía como una simple importación cultural llegada de otros lugares. A veces da la impresión de que ciertas narrativas lo sitúan como una expresión heredera casi exclusivamente de referentes anglosajones o de escenas urbanas concretas. Pero cuanto más pienso en ello, más difícil me resulta sostener esa idea.
Andalucía no ha sido históricamente un espacio drag, y sus expresiones culturales tampoco pueden leerse sin más como tal. Pero muchas de ellas comparten con el drag ciertos mecanismos, como el artificio, la exageración, o la posibilidad de convertirse temporalmente en otra cosa. Basta con pensar en el Carnaval de Cádiz, un espacio de inversión simbólica donde el disfraz permite decir lo que no puede decirse en otros contextos y donde la sátira funciona como crítica social. O en la copla, donde las emociones rara vez aparecen contenidas, sino llevadas al extremo y teatralizadas. Incluso la religiosidad popular convive con una estética donde la emoción, la teatralidad y la ornamentación ocupan un lugar central.
A estas expresiones populares se les ha negado legitimidad por ser consideradas excesivas o poco sofisticadas. Algo parecido ha ocurrido históricamente con expresiones queer como el drag. Los procesos son distintos, pero la raíz es la misma: las jerarquías culturales que desvalorizan lo emocional, lo popular y lo no normativo.
Hay cierta tendencia a otorgar más valor cultural a aquello que parece contenido, discreto o distante que a aquello que desborda emoción. En el caso andaluz, esto se ha traducido muchas veces en lecturas que reducen determinadas expresiones culturales a la exageración, el exceso o el adorno. Una simplificación construida históricamente desde fuera que, en muchos casos, también terminamos interiorizando desde dentro.
No resulta extraño que artistas drag encuentren refugio e inspiración en la copla, la Semana Santa, el humor popular o el exceso barroco. Ya que estas formas culturales comparten con el drag mecanismos como la transformación, la exageración o la posibilidad de habitar temporalmente otros lugares y otras identidades
Sin embargo, algo está cambiando. Lo andaluz ha pasado de ser un estigma a convertirse en una estética. Lo vemos en la presencia cada vez más frecuente de imaginarios andaluces en campañas de moda y publicidad, en las ferias convertidas en contenido para redes sociales o incluso en ciertos usos del acento andaluz que hoy suenan atractivos cuando durante años fueron motivo de corrección constante. Pero esta revalorización rara vez viene acompañada de contexto. En muchas ocasiones las imágenes y los símbolos aparecen desligados de las experiencias y las historias que les dieron sentido.
Y ahí surge la gran contradicción. Mientras determinados elementos culturales andaluces ganan visibilidad, algunos de los espacios donde nacieron y se construyeron cambian su forma de existir. Las ferias dejan de entenderse como espacios festivos locales para convertirse en imaginarios exportables, como fue el intento de organizar Madrilucía. La Semana Santa se consume como producto visual desligado de su tejido comunitario, aumentando su privatización. Y los centros históricos se transforman en escenarios turísticos, produciéndose una pérdida progresiva de la vida vecinal.
Lo que se pierde en ese proceso de consumo masivo es precisamente lo que hace interesantes a las fiestas populares andaluzas: su carácter de comunidad y performativo. En ellas se actúa, se representa, se exagera, se negocian identidades y se suspenden temporalmente ciertas normas sociales. Y esto es lo que les permite que sean, también, territorio de disidencia. Por ejemplo, en los últimos dos años, La Peña Travesti ha organizado eventos en la caseta La Marimorena durante la Feria de Abril de Sevilla, apropiándose de uno de los escenarios más reconocibles del imaginario festivo andaluz para convertirlo en un espacio de celebración, visibilidad y comunidad. Una demostración de que nuestra cultura nunca fue tan ajena a lo queer como a veces se ha querido hacer ver.
Por eso no resulta extraño que artistas drag encuentren refugio e inspiración en la copla, la Semana Santa, el humor popular o el exceso barroco. Ya que estas formas culturales comparten con el drag mecanismos como la transformación, la exageración o la posibilidad de habitar temporalmente otros lugares y otras identidades.
Artistas que vuelven a mirar hacia las tradiciones y lo popular para preguntarse qué puede hacerse con ello hoy: reivindicar lo kitsch, mezclar música urbana con memoria popular, dialogar con el archivo cultural propio. Es un proceso de reapropiación, de recuperar y releer materiales culturales que durante mucho tiempo parecían pertenecer a otros relatos y abrirlos con nuevos códigos
Esa conexión se vuelve especialmente interesante en Andalucía porque aquí las identidades nunca han sido tan estables. Muchos de los elementos que asociamos con lo andaluz han cambiado de significado constantemente dependiendo de quién los mira y desde dónde lo hace. Nuestra historia cultural está llena de símbolos que pasaron de ser cotidianos a convertirse en estereotipos.
Desde hace más de una década hay toda una generación reconstruyendo nuestra identidad cultural desde antes de que fuera rentable y se volviera algoritmo. Artistas que vuelven a mirar hacia las tradiciones y lo popular para preguntarse qué puede hacerse con ello hoy: reivindicar lo kitsch, mezclar música urbana con memoria popular, dialogar con el archivo cultural propio. Es un proceso de reapropiación, de recuperar y releer materiales culturales que durante mucho tiempo parecían pertenecer a otros relatos y abrirlos con nuevos códigos.
Quizás por eso muchas propuestas drag andaluzas resultan tan reconocibles incluso cuando parecen completamente nuevas. Cuando mezclan imaginarios religiosos con estética popular, juegan con referentes folclóricos o toman símbolos tradicionalmente rígidos, hay en ellas ecos del barroquismo andaluz, del humor popular y de ciertas formas de teatralidad cotidiana que, al aparecer en escena, generan reconocimiento antes que extrañeza.
Esta mirada hacia atrás no empieza ahora. Ocaña lo hizo décadas antes desde ese mismo lugar, tomando los materiales de la cultura popular andaluza y reorganizándolos desde un cuerpo que desbordaba lo normativo. Lo que está pasando ahora tiene ese eco. Quizás Andalucía siempre fue un poco drag. Y quizás la escena actual no sea tanto una novedad como una forma de, por fin, visibilizarlo.
Sobre este blog
ANDALUCÍA es, según la constitución, una nacionalidad histórica que vivió momentos de esplendor en el pasado y luego pasó a jugar un papel de cuartel, granero y mano de obra. Esta degradación llega a su punto álgido con el fascismo que deja a los andaluces en el imaginario popular como pobres analfabetos alegres y vagos -valga la contradicción- Ahora, hijas e hijos de Andalucía, intentamos contar nuestra historia con la dignidad, igualdad y justicia que esta se merece. (Columna coordinada por Juan Antonio Pavón Losada y Grecia Mallorca). Más en https://www.instagram.com/unrelatoandaluz/
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