El relojero de Biscarrués: “Un pueblo está muerto si le faltan las campanas o el reloj”
Hay pueblos que pueden escucharse y uno de ellos es Biscarrués. Y no por el gran espíritu luchador y social que tiene esta localidad de la Hoya de Huesca, sino porque cada cuarto de hora una campana rompe el silencio confirmando que el tiempo sigue su curso. Durante más de cincuenta años, cuando un reloj o una campana dejaba de dar la hora, la persona a la que recurrían era Tomás Borau, el relojero de Biscarrués.
Ahora, cuando los problemas de vista merman su capacidad de trabajo, es su propio pueblo quien le ha dedicado el Museo del Tiempo. Se trata de un espacio dedicado a descubrir cómo las personas han intentado medir el paso del tiempo a lo largo de la historia y, sobre todo, un homenaje a la vida de quien ha rescatado cientos de relojes monumentales.
A sus 90 años, Borau pasea entre las piezas expuestas en la antigua torre que hacia de transformador eléctrico, como quien mira un álbum familiar recordando buenos momentos. “Todos los relojes que hay son de mi colección. Podría haber alguno más, pero están hechos una chatarra”, explica el relojero alzando la mirada hacia los relojes de pared y destaca uno que pertenecía a la escuela, fabricado en 1925. El objetivo de este espacio no es enseñar cómo funciona un péndulo, sino en recordar que hubo personas capaces de aprender un oficio que hoy se ha perdido.
Este antiguo torreón de la luz alberga relojes monumentales, campanas y piezas históricas que reúnen distintas formas de medir el tiempo: el sonido de las campanas, la precisión de los relojes mecánicos y la observación del sol. En el exterior, un gran reloj de sol inspirado en la tradición del Sobrarbe diseñado por la artista Rosa Mai recuerda la forma más antigua de medir el tiempo. En el interior, la campana de Erés simboliza la fuerza de un municipio unido. Y repartidos por dentro aparecen los relojes monumentales restaurados por Tomás Borau.
Uno de ellos dio las horas desde el campanario parroquial de Biscarrués durante más de 160 años. Fabricado en 1862, fue uno de los primeros mecanismos que restauró Borau. Otros llegaron desde Lascellas o Huesca, todos con una historia parecida, una segunda vida gracias al relojero de Biscarrués. “Cada reloj me costaba unas 110 horas de trabajo”, resume el artesano. Una cifra que le recuerda algún comentario de quien pensaba que “este trabajo es fácil porque solo son cuatro ruedas”.
Sin embargo, su relación con la relojería comenzó mucho antes cuando en su taller arreglaba prácticamente cualquier cosa. “Coches, tractores, bicicletas y electrodomésticos. Si se rompía algo, había que arreglarlo”, resume con ese tono de voz que ponen los mayores cuando recuerdan lo pasado, entre nostalgia y pena. Nostalgia por los buenos momentos vividos en familia y con amigos. Y pena porque es consciente de estar describiendo una vida que ya no volverá.
Borau indica que, a raíz de realizar tareas de mantenimiento en el colegio Salesianos de Huesca, viajaba pueblo por pueblo y llegaban encargos relacionados con relojes. Como vio que era una forma de ganarse el jornal, imprimió unos folletos para darse a conocer por los ayuntamientos. “Me fui incluso hasta el bajo Teruel. Eso sí, los curas nunca fallaban pagando”, apunta.
Aquellos viajes lo llevaron por decenas de campanarios donde encontró las cicatrices de la Guerra Civil. “En muchos pueblos de los Monegros, quitaban las campanas, desmontaban las asas de bronce y se las llevaban. En un pueblo si faltan las campanas o el reloj, está muerto. Las campanas viejas que quedaban también las trabajaba, reparaba y electrificaba, pero eso era un follón enorme”, indica mientras recuerda una vivencia con las campanas de Lanuza, dispersa entre Torla y Sarsa de Surta, que finalmente volvieron a sonar en el campanario del pueblo recuperado tras el abandono por la construcción del embalse que lleva su nombre.
Con las manos manchadas de la grasa de los engranajes de los relojes tras ponerlos en marcha, Borau cuenta que desde la pandemia no acepta trabajos. “Además, me falla la vista, pero con la práctica y experiencia algún apaño casero hago”, añade. Nunca estudió relojería en una gran escuela, sino que lo hizo a través de los cursos de la enciclopedia CEAC de Barcelona, cada mes se sacaba un curso, eran 24.
“Lo más importante es que te gusta y tengas voluntad. Con las cosas bien hechas, nunca te faltará trabajo. Si haces un trabajo que te gusta, cuánto rindes, ¿a qué sí?”, responde cuando se le pregunta qué le diría a un joven que quiere aprender un oficio artesano como el suyo. Aunque para trabajo bien hecho el suyo, del que se siente bien orgulloso y que le han reconocido con este Museo del Tiempo en Biscarrués, su pueblo natal.
Asegura que la inauguración le desbordó. “Fue una sorpresa, además me invitaron a decir unas palabras y yo no tengo esa costumbre”, reconoce. Aunque confiesa que realizó uno de sus rituales cuando canta jota: “Respiras, piensas, tienes el tono en la cabeza y adelante”. Ahora, Borau mira su legado expuesto y afirma que ha disfrutado de los relojes. “Lo que dicen los curas, por sus obras te conocerás. Para mí es un orgullo haber conseguido esto. Así, mis nietos dirán esto lo hizo mi abuelo. Es un saco de alegría”, concluye.
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