Esos maravillosos destellos
Lo decía alguien que no había nacido aquí: no hay país mejor que España para vivir, ni peor para trabajar. Surgía en una conversación en torno a la gestión del talento, si se ensalza o se entierra en vida por parte de gente tan mediocre como poderosa. Huelga hacer el balance. Miren a su alrededor y juzguen ustedes mismos.
Nos movemos en un mundo de loas vacías, de autobombos desorbitados e impúdicos… El elogio de la nada. Por fortuna el talento es como un torrente imparable. Por mucho que se le intente eclipsar u opacar, sus destellos encuentran la rendija por la que mostrarse y deslumbrar.
No hay tarea menor para una persona con talento porque siempre aparece ese brillo que hace sonreír a quien la observa y todavía no tiene la corteza gustativa de hojalata. A diferencia de la vanidosa mediocridad, el talento es humilde. Quien lo ostenta busca la excelencia como una obligación moral para consigo mismo. El reconocimiento más valioso nunca viene de fuera sino de sí mismo. Lo mismo la crítica.
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