Mentiras y cintas de vídeo
Como “un gélido bisturí explorador de las miserias humanas” definió Miguel Ángel Palomo la película 'Sexo, mentiras y cintas de vídeo', la aclamada y ochentera ópera prima de Steven Soderbergh. Esta semana en Aragón, con la investidura de Jorge Azcón, no hemos tenido de lo primero –al menos, que haya trascendido–, pero de lo segundo y lo tercero, a raudales. Y en un contexto que recuerda al retrato dibujado por el crítico cinematográfico. Es decir: nadie puede estar especialmente contento con el resultado de los debates parlamentarios. Por descontado, tampoco ningún testigo ajeno al espectáculo vivido en las Cortes de Aragón.
El más insistente en las incorrecciones, mentiras y medias verdades fue el propio Azcón, en parte también porque era a quien más correspondía intervenir. Fuera de errores puntuales –aunque en los que se empecinó en insistir– como ese “mínimo común divisor” que reverberó en el Hemiciclo, lo suyo fue un recital de acusaciones refutables a la oposición.
Sin ir más lejos, como cuando culpó a Jorge Pueyo (CHA) de haberle llamado “fascista” en su intervención el martes. “¿Le insulto más gravemente? ¿Me pongo a su altura?”, gritó Azcón hecho –en apariencia– una furia. El equipo del portavoz aragonesista echó mano de las herramientas tecnológicas para confirmar lo que sospechaban: que no había utilizado ese calificativo, como el propio Pueyo le trasladó después (el recién elegido presidente de CHA sí mencionó ese término días atrás, pero no para referirse a Azcón).
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