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Leo estos días 'El español que enamoró al mundo', el nuevo libro –espléndido– de Ignacio Peyró sobre Julio Iglesias. Peyró –me lo dice un amigo por WhatsApp– “transforma el agua en vino”. Y así es. Aunque el protagonista no te interese nada, el libro no lo vas a poder soltar. Pero… ¿a qué clase de personas puede no interesarles? En el rincón más oculto del corazón de todo español de más de cuarenta años suena una canción de Julio Iglesias. Conozco a fans que serían expulsados de su partido, de su comunidad de vecinos, si la noticia trascendiera.
Peyró, que nació en el Madrid de 1980, podría sin embargo ser un señor del Madrid de la Restauración. Desde luego, ha leído tanto como Cánovas, si bien se ha preocupado más que don Antonio de tener también siempre un pie apoyado en la banqueta de la barra de un bar.
Encuentro, perdida entre las páginas del libro de Peyró, una frase que me llama la atención. Para explicar que Julio Iglesias no ha sido un loco o un excéntrico se dice que “no le ha dado por criar toros bravos con ojos verdes”. No lo dice Peyró, pero sabemos que está pensando en Fernando Villalón, aquel poeta aristócrata, ganadero y teósofo (ahí es nada). No es verdad. Claro que Julio Iglesias ha sido un excéntrico. Como lo fue Villalón. Es una característica que se mide por la fuerza que alcanza en ellos el deseo.
Julio Iglesias tuvo, desde el principio, una determinación absoluta: triunfar. Villalón lo perdió todo en la búsqueda aparentemente disparatada de una raza de toros de ojos glaucos. Uno amasó una de las mayores fortunas del mundo y el otro arruinó todo el patrimonio familiar. Ambos perseguían un deseo.
Si este fuera un artículo de Marian Rojas te diría que fueras a por tus sueños con todas tus fuerzas o algo así. Como no lo es, no deseo, en realidad, decirte casi nada.
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