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Opinión - 'El padrastro de la democracia', por Isaac Rosa
CRÓNICA

Yolanda Díaz, de la esperanza a la impotencia

Yolanda Díaz en unas jornadas sobre democracia en Madrid el 11 de febrero.
25 de febrero de 2026 22:18 h

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Las caras no podían ser más sonrientes cuando Pedro Sánchez y Yolanda Díaz presentaron el acuerdo para formar gobierno tras las elecciones de 2023. “Querido Pedro. Sé que casi siempre estamos de acuerdo”, dijo Díaz. Era un amor correspondido. “Creo que voy a repetir más o menos lo mismo que ha dicho Yolanda en su intervención”, comentó Sánchez unos minutos después. Fue en octubre de 2023. Los dirigentes socialistas tardaron poco más de seis meses en enviar mensajes a los medios de comunicación sobre lo hartos que estaban con la vicepresidenta y ministra de Trabajo. El PSOE se había visto obligado a retirar el proyecto de Ley del Suelo por la oposición de Sumar, un prólogo de los choques entre ambos partidos por la crisis de la vivienda. No fue el único enfrentamiento.

Otro flashback mirando aún más atrás. Al anunciar su retirada del Gobierno en marzo de 2021, Pablo Iglesias la eligió sin avisarla como su heredera. Y se vino arriba. “Creo que digo algo que sienten millones de personas de izquierdas en toda España si digo que Yolanda Díaz puede ser la próxima presidenta del Gobierno de España”. Díaz diseñó su propio camino, lo que incluía una nueva coalición en la que un Podemos desgastado por el Gobierno sería un pasajero más. Para Iglesias, pasó a ser una traidora y hasta recomendó a su partido que no se uniera a Sumar para las elecciones de 2023.

Yolanda Díaz ha anunciado este miércoles que no será candidata del futuro proyecto de refundación de la izquierda, aunque continuará en el Ejecutivo. Hay un principio general que dice que ser el segundo partido de un Gobierno de coalición genera un desgaste que es muy difícil de encajar. Iglesias duró catorce meses y acabó incinerado. Díaz ha aguantado más tiempo, pero su llama se apagó muy pronto ante la opinión pública. Nueve meses después de la formación del Gobierno, las elecciones europeas de 2024 propinaron un golpe brutal a Sumar, que cayó hasta el 4,7% (desde el 12,3% de los comicios de 2023).

Díaz intentó asumir personalmente el fracaso y sólo contribuyó a hacer más profunda la herida. Su dimisión al frente del Movimiento Sumar dejó huérfano al partido. Era líder de Sumar en el Gobierno, pero no en el partido. Resultaba como mínimo incoherente. Es la clase de lógica con que los partidos creen que pueden superar los malos momentos y que los votantes raramente entienden.

La retórica de los cambios sociales que se pueden propulsar desde el Gobierno es como una bicicleta en la que no puedes dejar de pedalear. Todo son cuestas hacia arriba y la carretera está llena de agujeros y obstáculos. Díaz dio con fuerza a los pedales y se dejó las piernas con unas credenciales como ministra de Trabajo que pocos políticos en esa cartera han podido enseñar.

Las reformas en el mercado de trabajo y las subidas del salario mínimo fueron recibidas por la patronal y la derecha como anuncios de un desastre inminente. Todas esas predicciones, incluso a pesar de los efectos económicos de la pandemia, quedaron borradas por los hechos. El resultado es el mayor número de trabajadores cotizantes en la historia, el descenso del paro al nivel más bajo en 17 años y la caída de la temporalidad a niveles que se consideraban antes imposibles de alcanzar.

El Partido Popular dejó de hacerle preguntas en la sesión de control del Congreso. Díaz les arrojaba una lluvia de cifras económicas y al diputado correspondiente del PP solo le quedaba sacar el paraguas. Cuando Cuca Gamarra se atrevió a hacerlo después de un periodo de abstinencia, lo hizo planteando dudas sobre la fiabilidad de los datos sobre fijos discontinuos. La vicepresidenta le recordó una frase de alguien que había dicho años atrás que eran funcionarios los que recopilaban esas cifras. Tras la inevitable pausa dramática, le dijo que la autora era Fátima Báñez, ministra de Trabajo con Rajoy.

En el momento actual, los argumentos más trabajados han dado paso a las puñaladas. En la sesión de control de este miércoles, el PP se inventó una pregunta para Díaz cuyo único objetivo era denunciar a la “casta sindical”, en palabras de Jaime de Olano. Simplemente, era otro intento de copiar el lenguaje de Vox.

Yolanda Díaz abandona el hemiciclo en el pleno del Congreso del 18 de febrero.

Díaz se ocupó siempre de recordar que muchas de las personas beneficiadas por los avances sociales propiciados por su Ministerio eran mujeres. Frente a las típicas acusaciones mediáticas según las cuales el feminismo solo es una lucha por una identidad propia y selectiva que ignora los intereses de los trabajadores o las causas tradicionales de la izquierda, la vicepresidenta podía ofrecer datos concretos que demostraban lo contrario. No hay feminismo sin una mejora de las condiciones de vida de las mujeres.

Construir y mantener una coalición de quince partidos resultó más complicado que reducir el desempleo. Su mayor éxito estuvo en su origen. Sin una lista conjunta de la que formaran parte Sumar, Podemos y otros, el PP habría conseguido su objetivo de llegar a la mayoría absoluta con Vox en 2023. Hubo otros factores relevantes en la remontada –la recuperación socialista desde el fracaso de las autonómicas unos meses antes, además de la creencia arrogante del PP de que lo tenía todo hecho–, pero sin esa suma de fuerzas promovida por Díaz el resultado habría sido probablemente distinto.

Cuando inició el proceso de formación de Sumar en el verano de 2022, Díaz lanzó un discurso en el que los sentimientos jugaban un papel esencial. “En la cosa pública, no se puede hacer nada sin ternura”, dijo, ofreciendo una imagen del líder de izquierdas alejada del perfil constantemente cabreado. “No queremos distopías. Queremos ser felices”. Ahora que corren tiempos más oscuros –con Abascal imponiendo condiciones a un Feijóo entregado al pacto con Vox–, no desiste de incidir en ello: “La tarea pendiente es ganar el país. Con claridad, con cariño, con ternura, sin miedo”, escribe en su carta de despedida.

Los sentimientos que anidaban en muchos de los partidos agrupados en la coalición de Sumar pronto tuvieron más que ver con 'qué hay de lo mío'. Nadie aceptaba un rol secundario. Todos se creían imprescindibles. Las críticas internas no tardaron en acumularse y se intensificaron con los pobres resultados en sucesivas elecciones autonómicas. Había quejas por el desorden interno y también acusaciones a la líder por tomar decisiones por su cuenta. El típico escenario de confusión del que no puede salir nada muy productivo. Ahora toca otra refundación completa de resultado incierto que inevitablemente pasaba por buscar otro nombre que encabece la papeleta electoral.

En diciembre, Díaz reclamó a Sánchez “una remodelación profunda” del Gobierno para responder a la pérdida de credibilidad generada por los escándalos de corrupción. Sánchez pasó de ella. Ya no tenía ningún deseo de escucharla y mucho menos de darle la razón.

Por encima de todo, Sumar se estrelló contra la realidad de un Congreso con mayoría absoluta de derechas y un Gobierno que depende del apoyo de Junts. Los objetivos sociales más ambiciosos de la izquierda se convirtieron en metas imposibles. Ser el segundo partido del Gabinete en estas condiciones resultó ser una carga aún peor que en la anterior legislatura. A Pedro Sánchez y al PSOE, les basta con resistir una semana más a la espera de que algo les salve en el último minuto. Yolanda Díaz ha llegado a la conclusión de que eso no es suficiente para ella ni para la izquierda.

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