Pues yo creo que el Papa os daba una hostia
Hay familias enteras que han dormido en la calle para coger sitio. Han llegado en autobuses fletados desde provincias, con bocadillos envueltos en papel de plata y camisetas serigrafiadas para la ocasión, y cuando el coche blanco de León XIV asoma por la Castellana se oye un rugido que firmaría encantado cualquier estadio. A mí me ha pillado un poco lejos, pero he visto a gente llorar. He visto llorar a señores mayores con el polo planchado, a madres que levantan a sus hijos por encima de las vallas para que el niño vea pasar, durante cuatro segundos, a un anciano vestido de blanco que saluda con la mano. He visto llorar al cantante de Siloé y he visto a Almeida agachando la cabeza como un monaguillo. He visto a Ernesto Castro, la madre que me parió, que ahora se ha vuelto católico. He visto todo eso y no me he molestado en mirar demasiado porque la vida real transcurre por otro lado.
No soy católico, sobre todo porque Dios no existe, y no va a existir por más que más de uno lo necesite con tanta urgencia. Pero, no siendo católico, seguramente sea más cristiano que la media de los que llevan un crucifijo haciendo rápel por el pecho. Buena parte de esa multitud que estos días lloraba como una magdalena ante la visita del Santo Padre -vaya título-, vota, suele votar, con la regularidad de un metrónomo, contra todo lo que ese hombre ha predicado toda su vida. Porque ha habido Papas a lo largo de la historia que han sido unos auténticos hijos de Satanás, pero yo creo que el Papa de ahora, a más de uno, le daba un par de hostias.
Porque conviene saber qué predica exactamente el hombre al que vitorean. Su primera encíclica, firmada quince días antes de subirse al avión, dice que el beneficio empresarial no justifica destruir empleo, que la verdad es un bien común y no un nicho de mercado, y que conviene desarmar la inteligencia artificial antes de que sea ella quien decida quién muere en una guerra. La que heredó de Francisco dice que la meritocracia es la coartada de los que sobran arriba para no mirar a los que sobran abajo y que el migrante va primero. No son ocurrencias soltadas a un periodista en el avión, son los documentos de mayor valor que produce la institución, el BOE del Vaticano. Y los aplaude, entre otros, un alcalde que cuando se refiere a Oriente Medio tuerce el gesto y dice que no ha habido un genocidio en Gaza.
Quince años llevaba España sin recibir un papa. El último fue Benedicto, que vino a Madrid en plena resaca del 15M y se encontró con que la mitad de la ciudad le silbaba y la otra mitad lo escoltaba; algo de aquella tensión hacía pensar que un papa todavía era una figura por la que merecía la pena pelearse. Ahora parece que los que han de apoyarle por la fe prefieren ignorar lo que predica y hacer como si nada y los que no comulgamos con él, ni con ningún otro con sotana, reivindicamos lo que dice, o buena parte de lo que dice, porque ahora lo revolucionario es no ser un loco de los cojones que quiere destruir la civilización.
Y hay algo que leí hace unos días y que no se me va de la cabeza. Si haces una lista de las instituciones que hoy piensan en el futuro de la humanidad, a cincuenta años vista, y no de cara al próximo cierre de la bolsa, te quedan poco más que estas dos: la Iglesia de Roma y el Partido Comunista de China. Las dos llevan siglos o décadas calculando en una escala que al capitalismo le resulta sencillamente impensable; esto no es un elogio necesariamente. Lo digo porque tiene guasa que las dos únicas máquinas capaces de plantearse en serio si la especie va a seguir aquí dentro de un siglo sean también dos de las más verticales y opacas que existen. Pensar en los que vienen detrás se ha quedado en manos de curas y de burócratas chinos. Al resto, que no somos ni lo uno ni lo otro, nos toca apañárnoslas solos.
De eso, precisamente, hablaba Sartre cuando dijo que el existencialismo es un humanismo. No existe un manual de cómo hacer bien las cosas, estamos solos, elegimos, y en cada elección, queramos o no, proponemos un modelo de humanidad para todos los demás. Eliges por ti y firmas por todos; el cobarde es responsable de su cobardía, y el que no elige, también elige. A los católicos de la época aquello debió parecerles una desolación. Porque la religión es la coartada más antigua que existe. Uno delega la moral de las cosas en un Dios y duerme tranquilo, porque el responsable es otro. Sartre lo llamaba mala fe: mentirte a ti mismo para no cargar con tu propia libertad. La mayoría de los católicos han perfeccionado el truco hasta un punto que ni el filósofo francés imaginó. Delegar la moral en Dios y luego tampoco hacer ni puto caso a Dios.
La cosa es que aunque Dios existiera, no cambiaría nada en absoluto. El problema del ser humano es el ser humano, con cielo encima o sin él. Por eso yo creo que si a León XIV le apeteciese mirar de verdad a quienes lloran a su paso, sentiría una vergüenza ajena difícil de soportar. Por eso unos hacen oídos sordos, y el otro, ojos que no ven; porque si tuviéramos que ser consecuentes, todos nosotros, yo creo que el Papa os daba una hostia.
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