Has elegido la edición de . Verás las noticias de esta portada en el módulo de ediciones locales de la home de elDiario.es.
La portada de mañana
Acceder
Entrevista - Sira Rego: “Es incompresible que Marruecos no supiera nada”
Trump anunció un pacto “histórico” para desarmar a Hamás, pero Israel le retrata
Opinión - 'Ayuso no entiende que le pregunten por el ático', por Marco Schwartz

En algo hemos ganado

Símbolo del amor.
7 de agosto de 2026 22:13 h

0

Acabo de cumplir treinta y uno y con todos aquellos palés hice muebles sobre los que ahora vivo, duermo, leo y veo la tele, pongo los pies en alto o me siento a escribir un rato. Ayer le decía a una compañera de trabajo que, oficialmente, estoy más cerca de los cuarenta que de los veinte, aunque existencialmente sigo más cerca de mi nacimiento que de mi muerte, o eso espero yo, para algo dejé de fumar y solo tomo drogas cuando la situación lo suplica. Sigo siendo yo, el mismo, el original, el de siempre, pero cada vez me parezco menos a quien quise ser y más a quien quiero ser ahora, pero acabo de dar un saltito más allá de los treinta y me he quedado exactamente igual que estaba, seguramente porque esa edad la cumplí mentalmente hace ya algunos meses.

Cada momento de la vida tiene sus cosas. Creo que los cumpleaños tienen más importancia cuanto más joven eres porque cada año desbloqueas un montón de hitos y oportunidades nuevas, y conforme crecemos esos hitos y momentos siguen existiendo, algunos con mucha mayor importancia, pero se espacian más en el tiempo. Así que cumplir treinta y uno y quedarte como estabas es sinónimo de que, si no pasa nada, y en mi caso esperemos que no pase, queda un trecho más amplio que un simple año para el siguiente traqueteo de la vida.

La noche antes de cumplir ocho años tuve una pesadilla. Se me da muy mal recordar los sueños. Son productos muy efímeros de mi mente que no tienen vigencia más allá de la noche, y son muy pocas las ocasiones en las que he podido recordar un sueño el día después, mucho menos veinte años más tarde, pero aquel lo recuerdo, porque era una repetición, una, otra, y otra vez, de tres imágenes: una paella hacia abajo girando en sentido contrario a las agujas del reloj, un teleñeco de pelo rojo diciendo algo ininteligible y un frame de unas escaleras con otra frase inaudible sonando de fondo; una y otra vez, toda la noche. Aquello me pasó porque me puse nervioso sabiendo que al día siguiente era mi cumpleaños.

Siempre se me ha dado muy mal mantener el tipo la noche antes de, entiéndase de como un todo: la noche antes de un primer día de trabajo, la noche antes del día de Reyes, de una excursión, la noche antes de cualquier evento canónico o de cualquier asunto sin importancia, creo que lo que nunca se me ha dado bien es irme a dormir con cosas en la cabeza. Pero la noche antes de cumplir los treinta, una noche en la que me fui a dormir pasadas las doce y por tanto habiendo cumplido ya los treinta, tuve una de las peores pesadillas que he tenido nunca, y esta vez no fue un sueño abstracto sino un renderizado preciso y concreto de mi presente de entonces, pasado ahora. Y no hay peor remedio para una pesadilla así que despertarte y comprobar que, aunque estuvieras soñando, no lo habías soñado. Me desperté y acababa de cumplir treinta años y todo era un desastre.

Pero ha pasado un año y soy más viejo y más sabio y, me atrevería a decir, más guapo y huelo mejor, porque no fumo y porque me hago un concienzudo skincare cada noche antes de dormir, y aunque leo menos no he adquirido malas costumbres, y me cuido más o, al menos, me descuido menos, y he aprendido muchas cosas, demasiadas, quizá, para enumerar todas aquí, pero sí cabe decir que la más importante de ellas, seguramente, sea que el amor es la única cosa de la que se puede ostentar sin parecer gilipollas, y que lo que antes eran crisis existenciales ahora son solo dilemas sobre el cómo proceder, porque los qués y los porquéses están más que resueltos; dilemas sobre el cómo caminar por el mundo porque el mundo está en llamas, literal y figuradamente en llamas. Acabo de cumplir treinta y uno y casi todo sigue siendo un desastre. Casi todo, menos yo. En algo hemos ganado.

Etiquetas
stats