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De Ormuz a Gibraltar

Varias personas durante una concentración contra el racismo en Ceuta, en la plaza de Callao, a 2 de septiembre de 2026, en Madrid (España).
4 de septiembre de 2026 22:45 h

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Conviene mirar los mapas. Los mapas dicen siempre la verdad porque la verdad está en ellos, porque solo hay que mirarlos minuciosamente para comprender el mundo. Conviene mirar los mapas antes que encender el telediario, y conviene mirar los mapas antes de dejar que nadie más los interprete por nosotros. El comercio mundial, el grueso del comercio mundial, no circula por el océano abierto, aunque sí lo atraviese. Circula por ocho o nueve puertas, a saber: Ormuz, Malaca, Suez, Bab el-Mandeb, el Bósforo, Panamá, los estrechos daneses y el de Gibraltar. Todo lo demás es agua y nada más que agua. Fernand Braudel enseñó a leer este mar nuestro como una unidad de larga duración; la historia del Mediterráneo, como la historia de casi cualquier mar, es la historia de sus estrechos. Este año hemos aprendido cómo funciona la cerrajería marítima.

El 28 de febrero, Irán clausuró el estrecho de Ormuz. Por allí pasaba en torno al 20% del petróleo mundial y el 19% del gas natural licuado, y las navieras tuvieron que empezar a dar la vuelta a África, disparando las primas de seguro y dando una ocasión excelente a los mercados de demostrar que las teorías liberales de economía son una pantomima colosal. Han pasado seis meses desde entonces y el tráfico marítimo por la zona sigue por debajo del cinco por ciento con respecto a antes de comenzar la guerra entre Irán y Estados Unidos. Marco Rubio, secretario de Estado de EEUU, dijo en el mes de marzo que el estrecho volvería a abrirse “de una manera o de otra”. Seguimos esperando. España tuvo en aquello un papel que conviene recordar, porque explica lo que vino después.

El Gobierno de Pedro Sánchez negó a Estados Unidos el uso de Rota y Morón para operaciones contra Irán. A finales de marzo, cerró además el espacio aéreo a los aviones norteamericanos vinculados al bombardeo sobre territorio iraní, y quince aeronaves tuvieron que reubicarse para llevar a cabo sus operaciones. Fue entonces cuando Donald Trump amenazó con cortar el comercio con España, elevando su ya desquiciado tono sobre las tensas relaciones diplomáticas con nuestro país. Ellos mostraron sus cartas porque nosotros mostramos las nuestras: somos un país mediano en comparación con ellos, pero tenemos dos bases militares que son, sobre los mapas, la llave estadounidense de otra puerta distinta.

Dejando de lado Oriente, por el estrecho de Gibraltar pasa, aproximadamente, el diez por ciento del tráfico marítimo anual del planeta, o sea, más o menos unos cien mil barcos; es decir, que el anillo de circunnavegación de los puertos industriales de Asia, los petrolíferos del Golfo y muchas grandes ciudades norteamericanas y europeas entran y salen del mediterráneo. El estrecho de Gibraltar es el activo geográfico más valioso que poseemos, y estamos más cerca que nunca de perderlo.

La orilla sur lleva décadas desarrollándose. Tánger Med ya mueve muchos más containers de los que mueve el puerto de Algeciras y el puerto de Nador West Med está a tiro de piedra de Melilla, y alrededor de ambos puertos han crecido numerosas zonas francas, plantas de automoción, centros logísticos sobre todo, y en los últimos años han empezado a aparecer también terminales de gas, y aunque la competencia entre España y Marruecos comenzó siendo puramente económica, hace tiempo que la economía ha pasado a ser lo de menos.

La anomalía geográfica de todo esto es que España se encuentra en las dos orillas del estrecho, con Ceuta y Melilla y un puñado de islotes, lo que la convierten en una frontera extremadamente desigual desde el punto de vista geopolítico, y es también la razón principal por la que el estrecho de Gibraltar no es un condominio hispano-marroquí, y ese es un problema muy difícil de gestionar para Rabat, que pretende tener una posición internacional mucho más relevante de la que actualmente tiene.

Pero el pasado treinta de julio, más de setenta mil personas entraron en Ceuta en menos de veinticuatro horas. Esto, leído como un expediente migratorio, fue un desbordamiento humanitario con más de cien muertos. Leído como un mapa, fue la demostración de que la orilla sur es capaz de colapsar la orilla norte en cualquier momento. Fue también la prueba de que no hace falta un ejército para poner a prueba una frontera; es suficiente con abrir una compuerta y medir el tiempo y la capacidad de respuesta, y los informes policiales que atribuyen a agentes marroquíes la conducción de enormes grupos de personas hacia el paso, describen justamente un ensayo de saturación.

Marruecos normalizó relaciones con Israel en 2020, en el paquete en que Washington reconocía su soberanía sobre el Sáhara Occidental, y en enero de 2026, Rabat firmaba con Tel Aviv un plan conjunto de trabajo militar. En el pasado mes de abril, un comité del Congreso de Estados Unidos escribió que ambas ciudades «están situadas en territorio marroquí», en el mismo documento que aprobaba cuarenta millones de dólares en financiación militar para Rabat. Ese mismo mes, Amine Ayoub, un analista marroquí, publicaba en la prensa sionista un artículo que explicaba cómo la crisis entre Madrid y Washington había abierto una grieta aprovechable sobre las dos ciudades. Un artículo que forma parte de otros tantos que ha escrito al respecto, y que pueden dar buena prueba de cómo, fuera de la Unión Europea, están mucho más al quite de la situación del estrecho de lo que nosotros hemos pretendido estar.

El debate debería ser este. El problema que tenemos es exactamente este. Nuestro problema es el Majzén, el Pentágono y el Mossad; nuestro problema no es un pobre desgraciado que logrado llegar a Marruecos desde Sudán y que saltaría muros el triple de altos con tal de tener una oportunidad en la vida. El problema es el que se coloca la etiqueta de patriota y hace alaridos al ver a gente pobre, a pobre gente pobre, hacer lo que haría cualquiera en su situación. Curioso patriotismo el de quienes ante lo que es un flagrante e inequívoco asalto a nuestra soberanía, señala a la carne de cañón para no poner en foco en la artillería que los manda. Algunas personas de entre las decenas de miles que cruzaron la frontera de Ceuta el pasado 30 de julio besaron el suelo español en cuanto tuvieron ocasión de pisarlo. Alguien que besa una playa no está invadiendo nada. Solo es víctima de la terrible crueldad de los mapas.

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