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Carlos Elordi

Carlos Elordi es periodista. Trabajó en los semanarios Triunfo, La Calle y fue director del mensual Mayo. Fue corresponsal en España de La Repubblica, colaborador de El País y de la Cadena SER. Actualmente escribe en El Periódico de Catalunya.

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¿De verdad que la derecha es mayoritaria?

Es el momento de los sondeos. Uno de ellos ha debido influir algo, o mucho, en la decisión de convocar elecciones que este viernes tomó Pedro Sánchez. No hay que especular sobre sus intenciones. Serán varias y hasta contradictorias. Lo que hay que saber es qué dice esa encuesta. La media de las otras que se han conocido en las últimas semanas dice que la suma de los porcentajes de las derechas está por encima de la de las izquierdas. Pero no en una medida abrumadora. Y además está el margen de error de los sondeos, que se aproxima a esa distancia, aunque no la colma. Hay partido, por tanto. Lo inquietante es que su resultado final puede darnos una situación que no sea muy distinta de la actual.

Pedro Sánchez ha tenido que adelantar la fecha de las generales porque no tenía más remedio. No tanto porque un gobierno de minoría no hubiera podido tirar unos cuantos meses más, incluso hasta final de año, a pesar de no tener presupuesto. Sino porque las perspectivas de ese empeño tenían toda la pinta de ser desastrosas. La manifestación de Colón no habrá sido el éxito que la derecha se esperaba, pero la capacidad que habrían tenido sus tres partidos para ahogar cotidianamente al gobierno, con el apoyo inapreciable de su escuadra mediática, habría sido enorme. Y esa voluntad de supervivencia no habría tenido sentido en esas condiciones.

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Cuanto peor… peor

Bien, la legislatura de Pedro Sánchez ya está acabada. Durante unos días, quién sabe si pocos o unos cuantos más, se especulará sobre la fecha de las elecciones generales. Hasta que éstas tengan lugar, también sobre quien o quienes las ganarán. Y el gobierno que surgió de la moción de censura del pasado 1 de junio figurará pronto como una anécdota en el devenir político español. Sin que haya dejado la mínima herencia que permita afrontar con algo más de optimismo los gravísimos problemas que aquejan a este país. Y a la cabeza de ellos el de Cataluña, que después de un año de idas y venidas ha empeorado en términos reales.

Que los socialistas iban a estar muy poco tiempo en La Moncloa era el dato del que se partía hace ocho meses. El propio Sánchez lo reconoció expresamente en su discurso de investidura. La coalición que se formó sobre la marcha para echar del poder a Mariano Rajoy sólo podía prolongar su existencia si se profundizaba en el entendimiento circunstancial que se produjo en junio. Ese salto cualitativo se dio, más o menos, entre el PSOE y Podemos. Pero los socialistas no han sido capaces de lograr algo parecido en su relación con los independentistas catalanes.

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Los independentistas se la han jugado a Pedro Sánchez

Una vez más el independentismo ha tirado demasiado de la cuerda. Y ha colocado al gobierno socialista en una situación imposible. El anuncio, que podía haberse ahorrado, de que éste iba a aceptar un relator en las negociaciones había encendido a la derecha y proporcionado a las viejas glorias del PSOE el argumento para pedir de nuevo la cabeza de Pedro Sánchez. Pero ni por esas el PDeCAT y ERC han cedido lo más mínimo. Y han obligado al presidente del gobierno a dar marcha atrás para no hacer el ridículo. Con todo, la ruptura formal de las negociaciones anunciada por la vicepresidenta Calvo puede no ser el último capítulo de esta peripecia.

La historia se repite. En octubre de 2017 Carles Puigdemont quería evitar el 155. Pero no pudo o no quiso resistir la presión de los independentistas que creían que una convocatoria de elecciones equivalía a una traición. Esta semana los dirigentes de ERC y del PDeCAT, presionados por la movilización contra el juicio del procés, han creído que podían seguir exigiendo la autodeterminación en las negociaciones y, al tiempo, presentar enmiendas a la totalidad de los presupuestos sin que pasara nada. Se han vuelto a pasar de frenada.

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Pedro Sánchez tiene que resistir el vendaval

Pedro Sánchez ha hecho una concesión a los partidos independentistas. Sí, Pedro Sánchez quiere evitar que éstos le tumben sus presupuestos. ¿Y qué? ¿Dónde está la traición –¿la traición a quién? ¿a Pablo Casado?– ¿dónde está el pecado? El absurdo discurso moralista que manda en la escena política española ha presentado la iniciativa socialista de nombrar un "relator" como una barbaridad. Y no lo es para nada. Es simplemente un movimiento político. No sólo legítimo, sino también lógico, dada la difícil situación en que se encuentra el gobierno. Y que en un país normal sólo sería valorado a la luz de los efectos políticos que produce.

Aquí no. Aquí no hay racionalidad ni sosiego, aquí no se analizan los hechos políticos tal y como son y lo que significan.  Aquí dominan la intolerancia y el sectarismo. Y los "principios". No los constitucionales, sino los que quiere imponer una derecha que ha reverdecido sin complejos sus orígenes franquistas y que se aleja a marchas forzadas de los valores, de las normas y de los usos de la democracia.

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¿Hasta dónde va a caer el PP?

Aunque será imposible encontrar datos que demuestren que ha habido apaño, nadie se ha creído los datos de intención de voto que acaba de proporcionar el CIS. Hasta algún dirigente socialista ha mostrado en privado sus dudas al respecto. Alfonso Guerra las ha expresado sin tapujos. Con todo, y aunque lo haga con exageración, el último barómetro indica algo en lo que coinciden todas las encuestas: que las posibilidades electorales del Partido Popular siguen a la baja sin que nada, ni el activismo desenfrenado de Pablo Casado o la conquista del gobierno andaluz, lo esté impidiendo.

Y ese dato es tan importante en el panorama político español como lo es la actual crisis de Podemos. O incluso más. No tanto porque esa tendencia pueda modificar la actual impresión de los analistas de que los tres partidos de derechas obtendrían en estos más votos que los dos de izquierdas. Sino porque si el PP sigue perdiendo votos, hacia Ciudadanos y hacia Vox, la perspectiva misma de que esas tres fuerzas se unirían para formar Gobierno, que no pocos consideran indefectible, podría quedar en cuestión.

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Las tendencias de fondo

Lo más probable es que la tensión interna que sufren Podemos y Unidos Podemos se rebaje algo en los próximos días y semanas. Y que se llegue a una fórmula de compromiso aparente que sin resolver ninguno de los graves problemas que afectan a ese mundo aleje, por ahora, el fantasma de la ruptura. Es lo más lógico. Pero, ¿qué arreglaría eso cuando el hecho que va a decidir el futuro político de unos y de otros y de todos los demás son unas elecciones que se van a celebrar en menos de cuatro meses? Las cosas han ido demasiado lejos como para que sea posible volver al principio.

Las elecciones municipales y las autonómicas tienen muchas particularidades, cada una las suyas. Y en ellas funcionan mecanismos para incitar al voto que no son posibles en unas generales. De ahí la dificultad de hacer pronósticos precisos para las mismas. Pero esas especificidades no son decisivas, aun teniendo que contar con ellas. Lo importante, al menos en España, son las actitudes de fondo de la opinión pública que son más o menos las mismas en toda la geografía, salvo en Cataluña y el País Vasco, en los que, sin embargo, también influyen más de lo que se dice habitualmente.

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La esperanza se llama Manuela

Hay luz al final del túnel en el que está metido el progresismo español. Si Manuela Carmena conserva la alcaldía de Madrid, los resultados electorales de la izquierda tendrán un aire mejor, o menos malo si acertaran los pronósticos pesimistas. Aun más, el mero hecho de que exista la posibilidad de esa victoria animará al resto de ese espectro, a menos de que alguno haga barbaridades que lleven al desánimo total. No solo porque Madrid es un referente político en el resto de España. Sino porque Manuela es la mejor bandera de los progresistas, de todos los que están contra la derecha.

Siempre ha sido una roca. Alguien en quien se podía confiar. No sólo porque tenía las ideas y los principios claros, sino porque sabía hacer las cosas. Como cuando, hace medio siglo, organizó el primer despacho de abogados laboralistas, aprovechando los mínimos resquicios que había en la estructura legal del régimen. Supo descubrirlos y explotarlos para crear un instrumento que fue muy importante en la lucha del movimiento obrero antifranquista. Ya entonces se convirtió en un nombre destacado, en aquel mundo ilegal y proscrito.

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Tanto acertijo no puede traer nada bueno

¿Se aprobarán los presupuestos? ¿Va a crecer la conflictividad social? ¿Se va a romper el independentismo catalán? ¿El juicio del procés va a hacer estallar Cataluña? ¿Qué va a pasar en Podemos? ¿Va a arrasar la derecha en las municipales y autonómicas? Esos acertijos describen hoy el panorama político español. En el que nada está claro. En el que todo es incertidumbre y mayor o menor debilidad política. Nadie tiene el mando, nadie parece asentado firmemente en sus posiciones. Y de ahí surge una nueva cuestión: ¿puede durar mucho esa situación que se empieza a parecer demasiado al vacío de poder?

Puede que sí o puede que no haya nuevos presupuestos. Y no porque Podemos vaya a repetir su "no" del martes con los alquileres, que han jurado que no lo van a hacer. Sino porque el voto de los partidos catalanes es una incógnita. Puigdemont puede perfectamente romper la baraja. Incluso en el primer envite, presentando una enmienda a la totalidad. No cabe excluirlo.

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Podemos camina hacia la nada

Todo indica que es imposible revertir la ruptura que ha provocado Iñigo Errejón. Los mismos motivos que la explican van a impedir cualquier marcha atrás. Unos y otros han quemado las naves en una larga e implacable guerra interna que estaba condenada a terminar así. Sin arreglo posible. Con vencedores y vencidos. Lo malo es que cada una de las partes se atribuye ahora la parte buena de la historia. Pablo Iglesias y los suyos consideran que han ganado porque siguen teniendo el partido en sus manos. Errejón también. Porque no ha bajado la cabeza y ahora puede soñar con ocupar en el futuro el espacio de Podemos. Pero separados caminan hacia la nada. O hacia la casi nada.

Parece mentira que esa perspectiva no haya frenado el enfrentamiento, que no haya impelido a unos y a otros a buscar un mínimo entendimiento que evitara el desastre de este jueves. Pero la historia de la izquierda radical está llena de despropósitos de ese tipo. Batir al enemigo interno a cualquier coste y por encima de lo que fuera ha sido un principio demasiado habitual en ese mundo. Una herencia de algo que suena a tan antiguo y superado como el leninismo, pero que sigue actuando. Con efectos nefastos. Tantas veces antes y ahora también.

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Europa tiene muy poca fuerza para reaccionar

El Parlamento británico no solo ha derrotado clamorosamente a Theresa May sino también a Europa, a la UE. Y en particular a sus máximos dirigentes. Porque, con una unanimidad que no se lograba desde hacía mucho, los líderes de los 27 países habían apoyado el plan de salida que May defendía. Y una mayoría aplastante, sin precedentes en un siglo, de los miembros de la Cámara de los Comunes lo ha rechazado. Cualquier intento de iniciativa que la UE haga para recomponer la situación y buscar una nueva vía para el acuerdo tiene que partir de ese dato.

Y también de que las dimensiones del desastre del martes han sorprendido a todo el mundo. Las cúpulas políticas de la Europa más influyentes están en un estado de shock, según recogen los principales diarios del continente. Por eso las personalidades más relevantes de ese ámbito se niegan por el momento a hacer declaraciones mínimamente comprometidas. Angela Merkel no ha sido la excepción y se ha limitado a trasmitir a su colega británica este mensaje: “Te ayudaremos”.

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  • Mirada al mundo

    La crisis puede provocar la inestabilidad política del sistema

    #8 La explicación que yo doy al interés por España de los diarios que Vd. cita -y que no viene de las últimas semanas, sino de más atrás- es que España es el punto débil por donde puede romperse todo el entramado del euro y, si eso ocurriera, por donde podría empezar a producirse, lo dicen los expertos, un cataclismo similar al de Lehman Brothers. En definitiva, que es el sitio al que hay que mirar y, de hecho, al que miran no sólo esos periódicos, sino to el mundo económico y financiero. Si hubiera otros motivos menos claros, yo los desconozco y tampoco se me ocurren. Carlos Elordi