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Carlos Elordi

Carlos Elordi es periodista. Trabajó en los semanarios Triunfo, La Calle y fue director del mensual Mayo. Fue corresponsal en España de La Repubblica, colaborador de El País y de la Cadena SER. Actualmente escribe en El Periódico de Catalunya.

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El multipartidismo es esto

¿Puede alguien descartar que el Gobierno que se forme tras las futuras elecciones generales sea de coalición entre el PSOE y Ciudadanos, en ese orden o en el inverso? Es algo totalmente posible, dependerá de los escaños que obtengan. Y de la disponibilidad que tenga Unidos Podemos a abstenerse si la suma no alcanza la mayoría. Esas cosas y otras muchas más pueden ocurrir en el escenario del multipartidismo en que la política española ha entrado irreversiblemente. Y hasta es probable que en un futuro no muy lejano el debate político vaya alejándose del terreno de la emoción y la demagogia para entrar en el de la negociación.

Por el momento todo indica que vamos a seguir un buen tiempo en lo que tenemos ahora. En el monotema catalán, en la exageración sin límites, en la explotación de la última chorrada del rival para convertirla en categoría, en la dramatización irresponsable de hechos que significan muy poco, en la muy bien planificada histeria cotidiana que llena unos medios cada vez más vacíos de contenido.

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La derecha ya ha ganado

Aunque los resultados andaluces no han sido precisamente un buen presagio para la izquierda, aún es pronto para hacer pronósticos sobre lo que ocurrirá en las próximas elecciones generales. Los que sí está claro es que la derecha ha logrado ya una gran victoria, seguramente irreversible. La de imponer su discurso, el del tremendismo sobre la crisis catalana, que ha acogotado al gobierno, cegándole cualquier salida alternativa que tuviera un mínimo fuste. Lo que queda en el aire es si las cosas podían haber sido de otra manera. Aunque es posible es que eso sólo produzca melancolía.

Se ha dicho mil veces que el éxito en política depende del buen manejo de los tiempos, de acertar con el momento en que se deben tomar las iniciativas. Pero tan importante como eso, e indisolublemente unido a lo anterior, es anticipar los movimientos que pueda hacer el rival. Pedro Sánchez ha fallado en ambos extremos y ya le es prácticamente imposible rectificar.

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La izquierda española va irremisiblemente cuesta abajo

La irrupción fulgurante de Vox es el dato más llamativo de los resultados de las elecciones andaluzas. Pero el hecho más importante y decisivo para el futuro político de esa región y de España es la formidable caída que ha registrado el voto de izquierdas. Tanto el socialista y como el de Unidos Podemos, con porcentajes inquietantemente similares. Sí, la situación andaluza es peculiar y el hartazgo por cuatro décadas de dominio del PSOE ha debido influir mucho en el electorado. Pero más allá de eso, el 2 de diciembre confirma un declive general de la izquierda que nada en el horizonte parece que pueda frenar.

Porque esa caída confirma una tendencia que se registra desde la derrota de José Luis Rodríguez Zapatero en 2011 y que la aparición de Podemos frenó provisionalmente hasta que también la formación que dirige Pablo Iglesias sufrió un revés en las generales de 2016. Cuando menos respecto de sus expectativas en aquel entonces. Y también porque no hay indicio alguno de que los responsables del PSOE y de Unidos Podemos vayan a inventar algo que sea capaz de modificar ese sino.

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Sorpresas aparte, Andalucía no va a cambiar mucho las cosas

Se han creado demasiadas expectativas en cuanto al impacto que las elecciones andaluzas van a tener en la escena política española. Es cierto que los líderes de los grandes partidos, particularmente los de la de la derecha, se han volcado en esa campaña, Casado casi a tiempo completo. Y también que para alguna de esas formaciones, y concretamente para el PP, un fracaso sonoro en Andalucía puede ser el detonador de un desastre. Más allá de eso, los resultados no van a cambiar sustancialmente la relación de fuerzas que existe en el conjunto del país. A menos que se produzcan sorpresas formidables respecto de lo que dicen los sondeos.

La que produciría más asombro y convulsión política sería un hundimiento del voto socialista. Porque acabaría de golpe con los esfuerzos de Pedro Sánchez por permanecer en La Moncloa y sería el anuncio prácticamente inevitable de la convocatoria de elecciones generales a corto plazo. Y, además, porque ese batacazo tendría lugar gracias a una importante ascenso electoral de sus rivales. De Podemos y de Ciudadanos, que son los partidos que más claramente disputan al PSOE franjas de su electorado, mientras que el PP se ha ido demasiado a la derecha para que en estos momentos pueda entrar en esa dialéctica.

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¿Alguien se creyó lo de la moralización de la vida pública?

La previsión del Gobierno, expresada sin recato por alguno de sus corifeos mediáticos, es que de la multa a Borrell se deje de hablar dentro de pocos días. Y eso es lo más probable. Sí, el episodio quedará inscrito indeleblemente en el currículo del ministro. Pero se sumará a la lista, ya insoportablemente larga, de trasgresiones de la moral pública que no tienen trascendencia política alguna. Declarando su "apoyo total" al ministro, Pedro Sánchez ha traicionado los compromisos de regeneración que hizo hace seis meses y aunque la gravedad del asunto es mucho menor se ha comportado como lo hace el PP con sus casos de corrupción: mirando para otro.

En una democracia idílica, y en algunas con nombre y apellido también, Borrell no habría aceptado el cargo de ministro sabiendo que tenía pendiente una sanción por algo que a algunos les parecerá una tontería, pero que no deja de tener su miga. Vender acciones de Abengoa dos días antes de que se hundieran en el mercado sabiendo que eso iba a ocurrir porque él formaba parte de la dirección de la compañía no solo viola las normas. De ahí la multa. Es también un comportamiento indigno que convierte al titular de exteriores en una persona de la que la ciudadanía no puede fiarse. Porque esa disponibilidad para la trampa podría volver a aparecer en situaciones de mucho mayor calado que la venta de acciones por valor de 10.000 euros.

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Cómo y por qué Pedro Sánchez ha estropeado su experimento

Aunque algunos noticieros se empeñen en lo contrario, el panorama político no está particularmente tenso. O no más que otras veces y, en todo caso, no tanto como lo está el británico o el alemán, por ejemplo. Lo que está parado. Y muy confuso. En el escenario no aparece ninguna estrategia mínimamente clara. La oposición no la tiene. El gobierno ha dejado de tenerla y ahora se limita a marear al personal con sugerencias sobre cuándo serán las próximas generales. Para decir algo. Pero también para distraer la atención, para que no se hable de los graves fallos que está cometiendo. Y, sobre todo, para que no se indague sobre los motivos que han llevado a Pedro Sánchez a cambiar de rumbo.

El momento más alto de su anterior andadura se produjo el 24 de octubre, cuando en un pleno del Congreso el portavoz parlamentario del PNV afirmó sin ambages que en Cataluña no se había producido rebelión ni sedición alguna sino únicamente una crisis institucional y que los líderes independentistas habían de ser puestos en libertad. “Ha estado usted muy acertado” le contestó sin pestañear el líder socialista desde la tribuna. Y no pocos valoraron que esa afirmación equivalía a un primer gesto, importante y sin matices, para propiciar algún tipo de entendimiento con los soberanistas catalanes a fin de que éstos apoyaran su presupuesto.

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¿Tiene Sánchez algún plan en la cabeza?

Los últimos apuntes de la crónica nacional, los de este jueves y viernes sin ir más lejos, son inquietantes. Sobre todo porque no confirman nada, son meros guiños polisémicos, que podrían significar una cosa y su contraria. Y eso sugiere que podría ocurrir lo que fuera. Que Pablo Iglesias advierta que puede haber elecciones en febrero y que la portavoz Isabel Celaá reconozca que el Gobierno puede renunciar a presentar los presupuestos indica que lo que suponía que era un proyecto firme de no disolver las Cortes hasta pasado al menos un año puede ahora estar en cuestión. Pero también podrían ser meras fintas, tras de las cuales habría otras intenciones. No se sabe. Lo malo sería que tampoco lo supiera del todo Pedro Sánchez.

Hasta hace dos días y al menos sobre el papel las cosas parecían estar muy claras. El Gobierno estaba dispuesto a aguantar y creía que podía hacerlo. Porque, menos Ciudadanos, todos los demás partidos, incluidos los catalanes, querían que la convocatoria electoral se postergara todo lo posible. Y porque, partiendo de ese dato fundamental, el Gobierno iba a disponer de recursos políticos suficientes para aguantar. Sólo una moción de censura podría tumbarlo y Pedro Sánchez contaría con los votos suficientes, los mismos que le auparon al poder hace casi seis meses, para derrotarla.

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Los coches eléctricos pueden dar disgustos a España

La iniciativa del gobierno de prohibir la matriculación de vehículos contaminantes a partir de 2040 y su circulación diez años después conecta plenamente con las decisiones que se están tomando en el resto del mundo. Aunque aquí lo único que parece preocupar es la polémica política cotidiana y de muy corto alcance, los medios más influyentes del planeta llevan mucho tiempo dedicando un espacio preferente a las revoluciones ecológica, económica  e industrial que conllevan e impulsas esos movimientos. El gobierno camina, por tanto, al ritmo de los tiempos. Lo que no está tan claro es si España está en condiciones de afrontar los retos que esos cambios suponen. Sin embargo éstos son inevitables.

Y se están acelerando. Son ya unos cuantos los máximos dirigentes de la industria automovilística que declaran sin ambages que su futuro está en el coche eléctrico, que los de gasolina y gasoil terminarán dejándose de producir. Y crecen exponencialmente las inversiones que esos fabricantes están planificando para apuntarse a ese futuro. Hace menos de dos meses que los ministros de industria de la UE acordaron reducir en un 35 % las emisiones de los vehículos de aquí a 2030. La respuesta de los fabricantes ha sido la de multiplicar por diez, de 25.000 a 255.000 millones de euros sus planes de inversión para poder fabricar coches eléctricos más eficientes y baratos que los actuales.

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Pedro Sánchez tiene que resistir... y puede

A pesar de los palos que recibe día tras día, el Gobierno está aguantando. Incluso ha sabido tomar la iniciativa en un incidente de recorrido tan grave como ha sido la sentencia del Tribunal Constitucional. Y puede resistir aún unos cuantos meses más, al menos hasta el otoño que viene. La exigencia de una convocatoria electoral urgente ha bajado por parte de la oposición. Pero algún sector del propio PSOE cree que, a la vista de los sondeos, sería conveniente votar en febrero, antes de las municipales y autonómicas. Cabe esperar que Pedro Sánchez soporte esas presiones. Porque tal y como está el panorama político e institucional, con varias crisis abiertas en ambos terrenos, lo más conveniente para los intereses generales es la estabilidad del Gobierno, al menos durante un año.

El ejemplo de lo ocurrido con las hipotecas puede valer, salvadas todas las distancias, como lo que podría pasar si se confirma que los dirigentes independentistas catalanes son condenados a penas espantosas. Porque ha demostrado que el Gobierno tiene en su mano poderosos instrumentos para encauzar los problemas por muy minoritaria que sea su fuerza parlamentaria y por mucho que la oposición grite e insulte. En esta ocasión Sánchez ha sabido gestionar ese poder. Dejando muy mal parada a la actual cúpula judicial, atendiendo a la indignación social que su sentencia había provocado y dando un toque a la banca, que puede que termine pagando la retroactividad del impuesto, pero evitando un enfrentamiento abierto con ella.

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¿Qué futuro nos espera con estos tribunales?

“El Tribunal Supremo tiene que reflexionar” ha dicho Pedro Sánchez en su salomónica intervención del miércoles al mediodía. Pero, ¿quiénes van a hacerlo desde dentro? ¿Los que ahora mandan, como Carlos Lesmes que se ha apresurado a echar la culpa a otros, a los políticos, del desaguisado de las dos últimas semanas y, sobre todo, de la vergonzante decisión del miércoles? ¿A los nuevos consejeros del Poder Judicial que serán nombrados, según las nefastas usanzas de siempre, cuando los partidos se pongan de acuerdo? No cabe ser optimistas de que un cambio de verdad se produzca por ninguna de esas vías. La justicia española está en una crisis profunda y va a seguir estándolo. ¿Puede un país funcionar en esas condiciones?

Siendo grave la posibilidad, o la certeza para muchos, de que hayan sido las presiones de la banca las que han llevado a hacer el ridículo al Tribunal Supremo, no es esa la lectura más sobrecogedora de lo que ha ocurrido. Lo peor es que ha aparecido a las claras que el órgano jurisdiccional que es la clave de bóveda del sistema está en manos de incompetentes o de personas que deben demasiados favores como para interpretar las leyes según su propio criterio profesional. Y en esas condiciones ese tribunal no puede cumplir la función a la que está llamado. Que es la de terciar, como última instancia y  autoridad suprema, en los conflictos jurídicos que surjan en la sociedad.

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  • Mirada al mundo

    La crisis puede provocar la inestabilidad política del sistema

    #8 La explicación que yo doy al interés por España de los diarios que Vd. cita -y que no viene de las últimas semanas, sino de más atrás- es que España es el punto débil por donde puede romperse todo el entramado del euro y, si eso ocurriera, por donde podría empezar a producirse, lo dicen los expertos, un cataclismo similar al de Lehman Brothers. En definitiva, que es el sitio al que hay que mirar y, de hecho, al que miran no sólo esos periódicos, sino to el mundo económico y financiero. Si hubiera otros motivos menos claros, yo los desconozco y tampoco se me ocurren. Carlos Elordi