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Carlos Elordi

Carlos Elordi es periodista. Trabajó en los semanarios Triunfo, La Calle y fue director del mensual Mayo. Fue corresponsal en España de La Repubblica, colaborador de El País y de la Cadena SER. Actualmente escribe en El Periódico de Catalunya.

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Un ambiente pre golpista

No hay prueba alguna de que los hechos que atropelladamente se han producido en la última semana se inscriban en el marco de una conspiración destinada a derribar al Gobierno y quien sabe a qué más. Pero es bastante evidente que la concatenación de los mismos no es fruto de la estricta casualidad, sino de que en ciertos ámbitos de la derecha y de algunas instituciones existe una predisposición a responder sin miramientos de ningún tipo a cualquier situación favorable a sus intenciones desestabilizadoras. Eso es lo que caracteriza a un ambiente pre golpista. Y a eso hemos llegado.

La rapidez con que se fabrican las patrañas con las que se pretende justificar cualquier ataque al Gobierno sugieren que existe un operativo muy bien articulado para vender a la opinión pública los movimientos destinados a desequilibrar la situación. Algunos medios deben de estar desempeñando un papel protagonista en este apartado, que es decisivo para la operación en marcha.

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Y, de repente, han venido las peores sombras

Lo peor del acuerdo entre el Gobierno y EH Bildu sobre la reforma laboral es que el ejecutivo de Pedro Sánchez ha dado muy malas señales con este movimiento. Un análisis erróneo de la situación -la prórroga del estado de alarma iba a ser aprobada aun sin la abstención de los independentistas vascos-, la falta de coordinación interna -la impresión es que la decisión fue tomada entre muy pocos, sin consultarla al resto, entre ellos los ministros de Podemos- y un apresuramiento que podría indicar que el Ejecutivo empieza a no estar a la altura de las circunstancias, son algunos de esos signos. Que son muy preocupantes cuando la tarea más ardua y difícil, la superación de la crisis económica, está a la vuelta de la esquina.

Tampoco las consecuencias de ese injustificable acuerdo in extremis son pequeñas. La más sonora es la decisión de la CEOE de suspender el diálogo con el Gobierno, que hasta ahora era uno de los activos más poderosos con que contaba Pedro Sánchez para avanzar en su tarea. Y sobre todo para hacer frente a la presión de la derecha, porque se suponía que ésta limitaba la autonomía política de la cúpula empresarial. No cabe dar por muerto ese diálogo. Pero costará recuperarlo, entre otras cosas porque los sectores de la CEOE más próximos al PP, que llevan semanas en conflicto con Antonio Garamendi, harán lo posible para impedirlo.

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El momento más difícil

Los últimos datos son descorazonadores. Aunque a tasas más bajas que hace unas semanas, sigue creciendo el número de infectados registrados: más de 400 cada día, que son muchos. Y el esperado estudio serológico ha concluido que sólo el 5% de la población ha tenido un contacto, leve o grave, con el virus. De lo que se desprende que el 95% restante podría enfermar. No pocos especialistas dan por seguro que habrá un rebrote. Incluso pronto. En esas condiciones, el relajamiento de las medidas de confinamiento, las únicas que se sabe que funcionan, está plagado de enormes riesgos. Pero por mucha que sea la incertidumbre, el Gobierno no tiene más remedio que decidir por qué camino tirar.

Y tiene que hacerlo frente a la barahúnda de reclamaciones y de denuncias de maltrato que han desatado no pocas comunidades autónomas y a la guerra que le ha declarado la derecha. O sea, que más difícil todavía. Cabría esperar que la gente razonable de este país, que esperemos que sea mucha, expresara una cierta comprensión hacia el Gobierno e incluso algo parecido a un apoyo a su tarea en condiciones tan difíciles. Eso ayudaría. Pero esa voz, si existe, no se oye en medio del griterío crítico.

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El PP ha quedado fuera de juego

Al ritmo que van las cosas, la situación puede cambiar en unas cuantas semanas. Pero hoy por hoy, Pablo Casado, además de haber sido derrotado sin paliativos en el Congreso, y eso suele pesar mucho en política, está fuera de juego. Carece de toda posibilidad de iniciativa, como no sea la de hacer el mismo ruido insensato que ha venido haciendo hasta ahora. Por el contrario, Pedro Sánchez, aun no controlando, ni mucho menos, el panorama, manda en la escena y puede maniobrar hacia uno y otro lado del espectro. Eso es nuevo, y en buena medida imprevisto. Pero puede ser decisivo.

Está claro que este gobierno se juega cada día su futuro. Un fallo mínimamente consistente en la gestión de la crisis sanitaria puede provocar reacciones políticas que la relativa debilidad parlamentaria del PSOE podría convertir en insuperables. Y ese problema seguramente se agravará dentro de unos meses cuando la crisis económica se convierta en el gran asunto de la vida española. Deslices o errores que la opinión pública puede haber más o menos comprendido durante una lucha contra la pandemia que nadie sabía cómo se tenía que hacer, resultarán intolerables en esa segunda fase. Entre otras cosas porque entonces todo el mundo se estará jugando su condumio y porque cada uno mirará por lo suyo y no será fácil vender la idea del interés general, más allá de la retórica.

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¿Qué quiere de verdad el PP?

El PP no va a parar en su ofensiva contra el Gobierno. Pablo Casado no tiene nada que perder manteniendo su actitud de crítica infame a cualquier movimiento que haga Pedro Sánchez. Esa es su única posibilidad de tener un mínimo perfil propio en medio de la crisis y los sondeos deben decirle que sus votantes no rechazan en medida significativa esa vía. Esa dureza es casi siempre inmoral y mentirosa y seguramente reduce la necesaria confianza que la ciudadanía habría de tener en la acción del Gobierno. Pero el PP debe creer que ese es el camino para propiciar un cambio drástico de la situación política.

No ahora, cuando la pandemia sigue haciendo estragos. Pero sí dentro de unos meses, cuando la crisis económica aparezca con toda su crudeza, que puede ser espantosa, pudiendo provocar una reacción de la opinión pública que arrase con los actuales y cada vez más precarios equilibrios políticos. Habría que calificar de mezquino a quien propicie males mayores en una situación ya de por sí dramática. Pero en política, sobre todo en la política de un Casado que sigue los dictados de José María Aznar, ese adjetivo no tiene cabida.

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Lo malo es que la epidemia sigue creciendo

Si en el frente político pueden haber empezado a aparecer algunas luces, en el económico cada día todo es más negro. Pero lo más inquietante es que la evolución de la pandemia no da muestras de que el drama esté cerca de acabar. Cada día nos golpea la cifra de nuevos contagiados, que sigue por encima de los 4.500. Menos que hace una semana, pero todavía muchos. Las medidas de confinamiento y de parálisis de la producción no esencial, que justo ahora debería mostrar sus efectos, no están teniendo un resultado contundente. Y eso debería llevar a concluir que la desescalada no es por ahora más que una hipótesis.

El Gobierno no ha facilitado hasta una explicación convincente de por qué siguen aumentando los nuevos contagios. Seguramente porque no tiene los datos necesarios para hacerlo. Carece de información suficiente para determinar la extensión real de la pandemia y no la obtendrá mientras no haga más tests de los que ha hecho hasta ahora. Que son muchísimos, cerca de 1.300.000, una cifra impensable hace menos de un mes, pero que son insuficientes para saber lo que está pasando. ¿Por qué vías se producen los nuevos contagios? ¿Ocurren dentro de las familias, en los centros de trabajo o en los establecimientos abiertos al público? ¿Ha acabado la sangría en las residencias de mayores? ¿Cuántos de los nuevos contagiados pertenecen al personal sanitario?

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Pactos ¿para qué?

Dentro de poco, no muchas semanas, el Gobierno se va a ver obligado a tomar la decisión crucial de ir reduciendo el confinamiento. Las necesidades económicas y el paulatino agotamiento de la resistencia de los ciudadanos va a obligar a ello. Pero la marcha de la pandemia no favorece esa perspectiva. Sigue creciendo el número de infectados, en medio de una preocupante confusión estadística, y también el de muertos. Pedro Sánchez necesitaría de un gran apoyo político para dar un paso tan arriesgado. Pero a medida que crece la inquietud sobre la marcha de la enfermedad, también aumenta la desunión entre los partidos.

Ya no es sólo la ofensiva del PP y de Vox para deteriorar la imagen del Gobierno entre una ciudadanía que no tiene claro que lo esté haciendo bien y a la espera de la rentabilidad electoral que eso pueda producirle. Es que sus relaciones con el PNV y con Esquerra se están deteriorando y no pasa una semana sin que el Govern de Quim Torra cuestione las decisiones que toma Madrid. Al tiempo que distintas comunidades presididas por el PP no dejan de poner pegas. El panorama se parece a todo menos a la unidad impuesta por las terribles circunstancias que pareció acordarse el día que se aprobó el estado de alarma.

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Ni el PP ni Vox van a tumbar a este Gobierno

No debería serlo a la vista de las terribles circunstancias, pero la guerra política sigue muy activa. En los cenáculos madrileños, y en los de otras capitales autonómicas, se conspira sin descanso. Porque el que más y el que menos cree que antes o después la pandemia y sus secuelas económicas colocarán al Gobierno de coalición PSOE-UP al borde del abismo. Vista la agresividad de la derecha en el pleno parlamentario de este jueves, se diría que el PP y Vox están convencidos de que eso va a ocurrir en breve.

Pero la cosa no está tan clara si se avanza un poco respecto de esa primera impresión. Porque a lo que principalmente asistimos en estos momentos, que dentro de unos pocos meses puede ser distinto, es a una versión, más descarnada e indecente que las anteriores, de la pugna entre el PP y Vox por aumentar su espacio político en la derecha. Esta vez únicamente sobre las espaldas del Gobierno, de Pedro Sánchez y de Pablo Iglesias, sin matiz ni digresión algunos.

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Podría ser previsible, pero es horrible

Los datos que se han publicado este jueves sobrecogen por su rotundidad. El drama sanitario sigue intensificándose sin freno y la caída del empleo asusta al más entero. Los expertos dicen que esas cifras eran previsibles. ¿Y de qué valen los cálculos sobre el desastre cuando no hay pronóstico alguno de cuándo va a terminar? La capacidad de resistencia de la ciudadanía empieza a ser puesta a prueba y el único contrapeso a las inquietudes que eso puede provocar es que no hay alternativa a lo que se ofrece, al confinamiento y a la perspectiva de que se vayan resolviendo los problemas de funcionamiento que sufre la sanidad. No queda otra más que apretar una vez más los dientes.

Con un problema psicológico adicional. El de que ya no hay duda alguna de que cuando la epidemia empiece a estar controlada, los españoles nos encontraremos con un país económica y socialmente devastado. Eso no anima precisamente a resistir, pero es la previsión unánime de los expertos: los casi millón y medio de puestos de trabajo destruidos o seriamente puestos en riesgo en el mes de marzo –si a las bajas en la Seguridad Social se suman los ERTE– podrían ser muchos más en el mes de abril.

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Ya solo cabe confiar

Con el cierre de la producción no estratégica se ha agotado prácticamente el repertorio de soluciones y medidas posibles. Ya solo cabe esperar que las que hasta ahora se han adoptado funcionen y confiar en que los que mandan lo estén haciendo lo mejor que pueden. Y asumir, aunque cueste tanto, que el Gobierno y su presidente han de gozar del máximo respaldo popular posible. Aunque ese tiempo se nos vaya a hacer interminable, sólo habrán de pasar unos meses para que pueda reimplantarse la normalidad política, para que pueda reabrirse el debate de las iniciativas del Ejecutivo. Hay que aguantar hasta entonces, olvidándose de todo lo demás.

Sí, Pedro Sánchez tiene en estos momentos más poder decisorio que el que ha tenido cualquiera de sus predecesores en el cargo. Pero la situación no permite otra alternativa. La propuesta de Pablo Casado de que una comisión parlamentaria controle, y acepte o rechace, las iniciativas del Gobierno es un sinsentido, que solo se explica porque el PP quiere sacar la cabeza en un momento en el que no le toca para nada tener protagonismo alguno. El desastre operativo que provocaría esa comisión es indescriptible.

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  • Mirada al mundo

    La crisis puede provocar la inestabilidad política del sistema

    #8 La explicación que yo doy al interés por España de los diarios que Vd. cita -y que no viene de las últimas semanas, sino de más atrás- es que España es el punto débil por donde puede romperse todo el entramado del euro y, si eso ocurriera, por donde podría empezar a producirse, lo dicen los expertos, un cataclismo similar al de Lehman Brothers. En definitiva, que es el sitio al que hay que mirar y, de hecho, al que miran no sólo esos periódicos, sino to el mundo económico y financiero. Si hubiera otros motivos menos claros, yo los desconozco y tampoco se me ocurren. Carlos Elordi