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Carlos Elordi

Carlos Elordi es periodista. Trabajó en los semanarios Triunfo, La Calle y fue director del mensual Mayo. Fue corresponsal en España de La Repubblica, colaborador de El País y de la Cadena SER. Actualmente escribe en El Periódico de Catalunya.

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¿Por qué tantos españoles tienen tirria a los catalanes?

La prueba más contundente de lo mal que está la política española es que en esta campaña ni en la anterior ninguno de los partidos ha hecho propuesta alguna sobre qué hacer para rebajar o reconducir la crisis catalana. A lo sumo alguno de ellos ha avanzado la idea del diálogo, algo que hoy por hoy no quiere decir nada. Y últimamente ni eso. ¡Ah! Y también mucha amenaza de aplicar la máxima dureza si el independentismo se desmanda. Y todo eso no expresa sino irresponsabilidad, incapacidad o el convencimiento de que no hay nada que hacer. Es decir, nada bueno.

Y así, mientras las crónicas cuentan que en vísperas de la sentencia del Supremo en Cataluña hay tensión, angustia o indignación según piense cada cual, lo que hay en el resto de España es más bien poca inquietud, porque el asunto no mueve conciencias o porque la mayoría de los ciudadanos cree que el Estado controlará la situación. Y buena parte de ella no le hace ascos a que utilice medios muy contundentes para lograrlo.

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Pedro Sánchez, aprendiz de brujo

Si el PSOE pierde un solo escaño respecto de los 123 que obtuvo el 28 de abril, Pedro Sánchez habrá cosechado el mayor fracaso de la política española de las últimas décadas. Y por lo que dicen algunas encuestas –y una excelente puesta a punto de las expectativas regionales del PSOE que ha publicado este jueves eldiario.es– eso puede perfectamente ocurrir. Y no digamos si por un vuelco de última hora, muy difícil pero no imposible, el PP se pone por delante el 10 de noviembre.

El mero hecho de que esas hipótesis puedan plantearse ya es un buen golpe para el líder socialista. Porque indica que del Sánchez que con no poca soberbia rechazaba hacer concesiones a Unidas Podemos porque parecía convencido de que unas nuevas elecciones le reforzarían hasta dominar el panorama, se ha pasado a la imagen de personaje inseguro que no sabe qué tecla tocar para afianzarse y que recurre a la dureza contra el independentismo catalán para evitar que la derecha le siga comiendo el terreno.Ha dejado de mandar sobre los tiempos y sobre el discurso, cuando ambos deberían ser patrimonio casi exclusivo de un presidente del Ejecutivo, por muy en funciones que esté. Ha abordado el seguro agravamiento de la crisis catalana, que aún no se ha producido, de la peor de las maneras posible. Porque el hilo conductor de su actuación le ha venido impuesto desde fuera, desde la derecha y desde los medios de comunicación más beligerantes desde siempre en esta materia.

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Hay encuestas que asustan

Nada más conocerse la sentencia del Tribunal Supremo sobre la inhumación de Franco, Aitor Esteban dijo: "Ojalá lo hagan pronto, porque si vienen los otros…". El portavoz parlamentario del PNV hacía así pública una inquietud que seguramente tienen muchos, pero que no está en la escena pública: la de que la derecha gane las elecciones. Ese fantasma se oculta tras el debate sobre lo que ocurre en la izquierda. Pero el PP crece en todas las encuestas, incluida la infausta del CIS. Y en la de GAD-3 para ABC hasta 97 escaños, 31 más que el 28 de abril, acercándose a un PSOE que se queda con 121.

A diferencia del CIS, este sondeo no carece de credibilidad entre los expertos. Y lo que importa del mismo no es el reparto final de fuerzas que vaticina –del que, por cierto, no sale ningún gobierno viable, salvo uno formado por el PP y el PSOE, o al revés– sino el formidable crecimiento del PP en unos pocos meses. Todo indica que buena parte del mismo se debe a la caída, de similares proporciones, de Ciudadanos. Pero lo que hay que preguntarse es si esa dinámica se va a quedar ahí, es decir, si existen o no condiciones para que el PP pueda seguir arañando votos no solo a Cs y Vox, sino también al PSOE. Hasta el punto de superarlo. Si eso ocurriese, aunque solo fuera por un escaño, lo convertiría en el primer partido del Parlamento. Y eso supondría un cambio radical del panorama político.

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Las inconsistencias de Pedro Sánchez

Este viernes el "no podría haber dormido con ministros de Podemos" ha sido la frase más comentada, criticada y ridiculizada en todos los medios de comunicación. El día anterior lo fue la incapacidad de respuesta del presidente en funciones a la pregunta de un periodista y luego la tonta afirmación de que era el líder del partido más votado como si eso explicara algo. Pedro Sánchez ha patinado, y mucho, dos veces seguidas. Justo en un momento en el que la sensibilidad pública está muy a flor de piel. Con lo que esas anécdotas desgraciadas adquieren un valor adicional. Y refuerzan a quienes cuestionan la solvencia política del líder del PSOE.

Los días que han seguido al fracaso de su intento de ser investido le están yendo mal a Pedro Sánchez. Empezó atacando furibundamente a todos los demás partidos y culpándoles, a todos ellos, de la repetición de elecciones. Una táctica que no suele ser buena ni en política ni en nada, salvo que te las des de redentor y él tiene poco de eso. Y siguió con una pormenorizada justificación de todas sus acciones y contradicciones de los últimos meses en una entrevista que en la que no aclaró nada y sí suscitó nuevas e inquietantes cuestiones.

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De nuevo ante el vacío

Más allá del discurso de las culpas, que ojalá se agote pronto porque no lleva a parte alguna, el horizonte político español sigue marcado por la misma incógnita que existía hace cuatro meses, o hace cuatro años. La de cómo se puede lograr la estabilidad, siquiera durante dos o tres años. Ninguna de las hipótesis sobre los resultados del 10 de noviembre la despeja. Tras las elecciones se podría volver perfectamente a las andadas del periodo esperpéntico que empezó el 28 de abril. Y terminar igual de mal.

Aunque todo indica que ese es el panorama general, en las últimas semanas algunas novedades lo han modificado parcialmente. Las más destacables son las tres siguientes: 1) Un pacto entre las dos izquierdas, el PSOE y Unidas Podemos, ya no es posible y no parece que vaya a serlo en el futuro previsible; 2) Ciudadanos ha dejado de ser bajo cualquier concepto una referencia de centro equilibrador; 3) La ultraderecha ha perdido sus opciones de ser un actor principal en la escena. A eso habría que añadir una confirmación: los partidos nacionalistas catalanes están fuera del juego político español y nada puede sustituirlos a la hora de cumplir la función decisiva que desempeñaron durante varias décadas.

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A cara o cruz

Uno de los dos, Sánchez o Iglesias, tiene que ceder algo para que no haya elecciones. Al menos lo suficiente para que se pueda iniciar una negociación como la que hasta ahora no ha habido. En eso radica el intríngulis del momento. Puede ocurrir. O no. La solución es a cara o cruz. Ninguna declaración pública de ningún dirigente vale para atisbar por dónde irán los tiros. Porque todas ellas están únicamente destinadas a hacerse el bueno de cara a la opinión pública. El resultado final será un cara o cruz que se alcanzará a puerta cerrada.

La batalla por hacerse con "el relato", porque su decisión final quede justificada ante los suyos, en primer lugar, y ante sus electores potenciales, en segundo, está dando ya sus últimas boqueadas. Pero sus resultados han cambiado un tanto de signo en los últimos días respecto de las semanas anteriores.

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Vamos a terminar aborreciendo la política

¿Tiene sentido hacer unas elecciones cuando la mayoría de los ciudadanos está harta de los políticos, de la política misma, tal y como hoy se le ofrece en España? Seguramente no. Y no solo porque su resultado previsible, escaño arriba, escaño abajo, no va a cambiar esa situación desastrosa, que no parece tener solución. Sino también porque la distancia entre los partidos y la gente, incluso la que hasta hace poco estaba politizada o muy politizada, va a crecer más. Y un país que tenga ese problema está expuesto a toda suerte de riesgos, incluso los más catastróficos.

Ninguno de los principales dirigentes políticos manifiesta en sus expresiones públicas la mínima preocupación por ese estado de cosas. Van a lo suyo, que es cada vez más pequeño y hasta mezquino. Lo que la ciudadanía pueda pensar de ellos les es cada vez más ajeno y distante. Sólo les preocupa infligir un golpe al rival de turno. En general, poca cosa. Porque ninguno da la talla para maniobras de altura y, a lo más, sirven para el regate en corto. Y porque las ideas se han alejado de la política. Arrumbadas por la crisis y por la aparición, casi de sopetón, de nuevos fenómenos y tendencias económicas y sociales, a los que los partidos, los de antes y los más recientes, no saben qué decir. Eso en el supuesto de que los hayan percibido.

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Se avecina una tormenta catalana

Parece como si se hubiera decretado el silencio oficial sobre Cataluña. Desde hace ya bastantes meses, los partidos políticos españoles, los diarios de mayor difusión y no digamos las grandes cadenas televisivas miran para otro lado. Como si el independentismo se hubiera disuelto en el aire, como si los proyectos separatistas hubieran dejado de existir. Tal actitud responde necesariamente a una consigna, a un acuerdo tácito. Pero es una salida ridícula, que sólo nace de la mediocridad y de la impotencia. Y que en un futuro muy próximo puede chocar con la realidad de los hechos. Que dicen que Cataluña es el mayor problema de la política española. Y que puede condicionarlo todo.El 11 de septiembre, centenares de miles de independentistas volverán a salir a la calle. 180.000 personas ya se han apuntado a la manifestación de Barcelona y la prensa catalana cree que de dos a tres veces más atenderán al llamamiento. Más o menos las de siempre. Y aunque sean unas cuantas menos, algo que haría las delicias de los listos de turno, dará bastante igual. Porque las imágenes de la manifestación, que los medios estatales tratarán de redimensionar todo lo posible, demostrarán que el independentismo sigue en pie. Tal y como no dejan de confirmar los sondeos demoscópicos que dicen que la fuerza electoral de ese movimiento sigue prácticamente igual de alta que siempre.Un mes después, la protesta catalana volverá al primer plano de la actualidad. En esta ocasión seguramente traspasando las fronteras del independentismo. Porque por esas fechas se conocerá la sentencia del juicio al procés y cualquier condena merecerá el rechazo de muchos catalanes que no votan a los partidos soberanistas. Pero que desde el primer día han rechazado la actuación de la justicia española en este capítulo y aun más que los acusados estén en la cárcel… desde hace casi dos años.No se sabe lo que puede ocurrir en esos días. Los mayores partidos independentistas andan a la greña al respecto. Oriol Junqueras y ERC proponen que la respuesta a la sentencia sea la convocatoria de las elecciones catalanas que habría de confirmar, si no aumentar, la fuerza parlamentaria del soberanismo. Y está sugiriendo que Los Comunes, la marca catalana de Podemos, por decirlo rápido, se podría sumar al proyecto de un nuevo gobierno con el PdCat y facciones próximas al mismo, ERC y la CUP."Aquí seguimos. Y cada vez más fuertes, a pesar de la sentencia", sería el mensaje político que los resultados de esos comicios transmitirían a los políticos de Madrid y al resto de España y también a Europa. Pero ni Puigdemont ni el president Torra están por esa labor. Dicen que unas elecciones en las circunstancias de octubre "debilitarían" a las instituciones, en las que mandan ellos y los suyos, cuando menos falta haría. Pero a nadie se le oculta que tras esa advertencia puede estar el temor a que Junqueras y ERC tengan el gran éxito en las urnas que los sondeos pronostican y a que los herederos del PdCat queden muy mal parados.Desde el punto de vista de la política española en general, esas divergencias no son importantes. Cuando menos hoy por hoy. El dato del que hay que partir es que en estos momentos quienes en Cataluña defienden el derecho a decidir, que las leyes españolas rechazan, siguen siendo mayoría y que muchos de ellos siguen creyendo en la independencia.Con el dato adicional de que ninguna de las fuerzas políticas catalanas opuestas a ese planteamiento da la menor muestra de que en un futuro previsible vaya a ser sea capaz de modificar ese designio. La luz de Ciudadanos parece haberse apagado —los sondeos pronostican que hoy obtendría menos de la mitad de escaños que logró en 2017—, el PSC está algo mejor, pero no mucho, y el PP prácticamente ha desaparecido del panorama.La pelea, que veremos hasta donde llega, entre Junqueras y Puigdemont tendría otro interés para la política española si una de esas dos partes estuviera realmente trabajando por articular una propuesta para entenderse con el gobierno de Madrid. Lo cual requeriría que alguno de los partidos estatales, y particularmente el PSOE, estuviera dispuesto no sólo a escucharla, sino también a negociarla.Y esa posibilidad es pura fantasía. Hay algún rumor, algún gesto en esa dirección, los de Rufián podrían ser elocuentes si el personaje no fuera tan veleta. Pero en realidad no hay nada. Los partidos estatales siguen en las mismas posiciones que hace dos años. El PP y Ciudadanos en su radicalismo centralista que creen que es su principal atractivo electoral. Y el PSOE, incapaz de contestar con un mínimo de coraje esa cerrazón que no lleva a parte alguna. Porque cada vez que ha movido un dedo en esa dirección ha recibido tantos palos, de la derecha y de los grandes medios, particularmente autónomos en el capítulo catalán, que prefiere callarse.La situación está tan bloqueada que no merecería ser comentada. Si no fuera porque se avecina una nueva tormenta catalana. Cuyo grado de intensidad dependerá de la dureza de la sentencia. Sobre la que no cabe hacer pronósticos, porque sigue pudiendo ser terrible o no, tesis esta última a la que se apuntan unos cuantos. Y si no fuera porque la política española está en medio de un pantano. Del que no se sabe como va a salir, haya o no elecciones en noviembre.Y una de cuyas causas es su incapacidad de hacer algo para afrontar la crisis catalana. Silenciarla no es solución alguna. Porque una vez más va a estallar sin pedir permiso. ¿Qué haría un eventual, y hoy por hoy imposible, gobierno PSOE-Unidas Podemos ante un nuevo estallido catalán? Y, ¿cómo evitaría el PSOE que, de nuevo, el anticatalanismo y la defensa de la unidad de España fueran las banderas de la derecha en una futura campaña electoral?

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Pedro Sánchez quiere elecciones

Todos los muy bien preparados movimientos que el presidente ha hecho en las últimas semanas están dirigidos a un solo fin: el de que haya elecciones en noviembre y el de que éstas resulten lo más beneficiosas posibles para el PSOE. Si por él y sus asesores hubiera sido, los comicios podrían haberse celebrado ya, sin esperar a cumplimentar los plazos a los que obliga la ley.

Porque el bochornoso espectáculo que tuvo lugar en el Congreso los días 24 y 25 de julio fue para el líder socialista un punto de no retorno. Cualquier posibilidad de entendimiento futuro con Unidas Podemos desapareció por completo en esos días. Pedro Sánchez los debió vivir como una afrenta personal. Y la organización de Pablo Iglesias dejó de ser el "socio preferente" de un futuro gobierno para convertirse en un rival a batir sin contemplaciones. El futuro político del PSOE pasó a depender, en primerísimo lugar, del debilitamiento de Unidas Podemos. Y en esas estamos.

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Pedro Sánchez ha cedido. Pablo Iglesias ha aceptado

Al final se ha impuesto la cordura. Por ambas partes. Habrá gobierno de coalición. Tal y como se esperaba desde la noche del 28 de abril. Pedro Sánchez ha cedido. Pablo Iglesias también. Seguramente más el primero que el segundo. Pero la lógica política se ha impuesto, por fin, tras casi tres meses de aberraciones y sinsentidos por ambas partes.

El primer paso lo dio el líder socialista en la entrevista que La Sexta le hizo el jueves. Por primera vez aceptó la idea de un gobierno de coalición con Podemos, que hasta entonces había rechazado sistemáticamente, proponiendo en cambio una "cooperación". Que se mirara como se quisiera mirar equivalía a cerrar la puerta a Unidas Podemos, a pedir su colaboración a cambio de poco.

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  • Mirada al mundo

    La crisis puede provocar la inestabilidad política del sistema

    #8 La explicación que yo doy al interés por España de los diarios que Vd. cita -y que no viene de las últimas semanas, sino de más atrás- es que España es el punto débil por donde puede romperse todo el entramado del euro y, si eso ocurriera, por donde podría empezar a producirse, lo dicen los expertos, un cataclismo similar al de Lehman Brothers. En definitiva, que es el sitio al que hay que mirar y, de hecho, al que miran no sólo esos periódicos, sino to el mundo económico y financiero. Si hubiera otros motivos menos claros, yo los desconozco y tampoco se me ocurren. Carlos Elordi