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Elena Cabrera

Periodista especializada en contar la cultura desde ese lugar en el que es importante para el desarrollo de lo colectivo, la cultura como lugar desde el que pensar y no como espectáculo. Ha trabajado en las redacciones de ADN.es, Lainformacion.com y Madriz. Colabora desde 1994 en medios especializados y generalistas, en papel y en digital, en televisión y radio, hablando sobre todo de música y literatura.

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El miedo a caer sin red

Cuando la pandemia de la COVID-19 llegó a España, di por hecho que en algún momento me enfermaría. Veía acercarse las piezas de dominó, utilizadas para crear un mosaico de esparcimiento a gran velocidad del virus y tomé todas las precauciones posibles, aún sabiendo que serían en vano: alguna pieza cercana a mí acabaría golpeándome en la cabeza, yo caería y haría tambalearse a la siguiente. No ha sido así (todavía no lo descarto) pero sí he estado aquejada de otra enfermedad durante el confinamiento. Con el sistema de salud pública volcado en la lucha contra la COVID-19, nunca me había sentido tan desamparada.

Primero, la duda: los mensajes advertían no acudir a los centros de salud si no era por algo grave pero ¿cómo saber si lo es? ¿Es el dolor un indicador suficiente? ¿Cuándo es mucho dolor? Después, la dificultad para conseguir cita: la app que utilizamos para ello fue deshabilitada y no respondían el teléfono en el centro de salud. Con mi primera cita, la culpabilidad. ¿Había hecho bien? ¿Me estaba poniendo en peligro? ¿Era mi problema lo suficientemente importante como para acudir a un sistema congestionado?

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Los primeros turistas en la ciudad

Cada día, expandimos un poco más los límites del confinamiento. En concreto, hoy los hemos expandido hasta Goya. Para los que no conocen Madrid, me refiero a una zona comercial en el barrio de Salamanca, no al pintor. Son dos kilómetros los que separan nuestra casa de esas calles y los hemos cubierto caminando. las bochornosas imágenes de la irónicamente denominada "revolución de los cayetanos" sucedían en este barrio. Hemos ido Alberto y yo con nuestra hija Eleonor, montada en el patinete, corriendo riesgos extremos, zigzagueando entre las clásicas señoras que caminan en grupo (lo siguen haciendo agarradas del brazo, como lo hacían antes, pero ahora ataviadas con mascarillas), otra familias con otros niños suicidas en patinete, las mesas de las terrazas, las colas para conseguir mesa en las terrazas y las colas para entrar a los comercios. Al desandar los mismos dos kilómetros de vuelta a casa, no veía la hora de llegar y encerrarnos como si todavía estuviéramos trepando angustiosamente por la curva de contagio.

Nos dirigíamos a una pequeña tienda de cómics llamada Atom. A medio camino, en la señorial calle Ortega y Gasset, escuché mi nombre a gritos, proveniente de entre los coches. Miré y no vi nada. Al poco, se abrió paso montada en su bicicleta mi amiga C., que regresaba de su trabajo en un librería del centro. Dice que no sabe cómo nos ha reconocido, si vamos los tres con gafas de sol y mascarilla. Es ironía, claro, la verdad es que los tapabocas no enmascaran a nadie, más bien al contrario: Eleonor lleva tiburones; Alberto, camuflaje; yo, negro luto y las señoras del barrio de Salamanca, banderas de España. Imagino que cada uno pone por delante sus miedos. Lo de mi hija con los tiburones tiene categoría de trauma, me imagino que a los demás nos pasa lo mismo.

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Bunbury, en estado de emergencia: "La mirada del pánico no ayuda"

Una palabra paradigmática de las letras que escribe Enrique Bunbury es "quizás". Aparece fundacionalmente en la canción Hace tiempo del primer disco de Héroes del Silencio, El mar no cesa, de 1988. La duda se filtra en toda la obra del artista zaragozano hasta llegar de una manera poderosa al presente, con un nuevo disco que habla de las opciones, las decisiones, lo que podría haber sido y no fue, los diferentes futuros. Un álbum titulado Posible cuyo lanzamiento estaba previsto para el 17 de abril, en pleno impacto del coronavirus pero fue empujado al 29 de mayo, en tiempos ya de desescalada en España.

Hace tres años, en su anterior disco, Expectativas, había una canción llamada En bandeja de plata en la que Bunbury generaba otra de sus clásicas dudas, con aterradora premonición: "¿será una suave brisa nuclear que nos dejará en los huesos o una bacteria que se expandirá y contagiará sin darnos cuenta?". Bunbury ha sido un artista introspectivo y tradicionalista durante muchos discos que en los últimos años ha sentido la necesidad de girar la cabeza y hablar del presente. Para él, el cambio comienza en Palosanto (2013), cuya primera canción se titula Despierta. Prosigue en Expectativas y cierra un tríptico con Posible. "He querido mirar al presente" escribe respondiendo a un cuestionario desde su residencia en Los Ángeles, donde vive desde hace diez años. Si la información del documento de texto no miente, y a falta de mayor contexto, el músico se tomó una hora y cuarto para contestar con detenimiento las diez preguntas que recibió de este medio, sin dejar ni una en blanco. Es una decisión personal suya desde hace unos años responder las entrevistas por email.

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Vete tú a saber

Empecemos rebobinando. Cuando estalló la pandemia, Alberto y yo solo teníamos entradas compradas para dos conciertos. Hablé de ello en la primera entrada de este diario: unos 20 días después del decreto del estado de alarma estaba prevista la actuación de uno de los grupos más importantes del rock gótico: The Sisters of Mercy. Escribí “me temo lo peor”. No tenía ni idea de lo que estaba por venir y además equivoqué mucho el tiro al pensar que, en lo que a mis egoístas aspiraciones musicales concernía, lo peor que podía pasar es que el concierto se suspendiera. Una semana después, lo compartí con vosotros, llegó la buena noticia del aplazamiento hasta septiembre. “Vete tú a saber cómo estamos en septiembre”, opinó mi pareja muy cabalmente. Eso también os lo conté, en una página especial que además venía titulada con un verso de una canción del grupo. Lo mismo que Alberto debieron pensar los promotores de la gira, o la propia banda, al volver a cancelar de nuevo los conciertos de septiembre y aplazarlos, esta vez a una más prudente fecha en marzo de 2021. Un año después. Y ahora viene la gracia. Las otras entradas que nos habíamos comprado nos abrían las puertas de un festival de reciente creación llamado Dark Mad, cuya segunda edición debía celebrarse en octubre de 2021 en Pinto, un pueblo a las afueras de Madrid. “Vete tú a saber cómo estaremos en octubre”, debió decir Alberto en algún momento. ¿Cuál es el trágico desenlace de esta dramática historia? Que ambas citas, tanto el concierto de The Sisters of Mercy como el festival Dark Mad han sido reprogramados para el mismo día: el 24 de marzo. Ni qué decir tiene que hablamos del mismo público: son las mismas 3.000 personas que irían al concierto y al Dark Mad. De hecho, el grupo bien podría ser el cabeza de cartel del festival. Este tiro en el pie es incomprensible y uno, o quizás los dos promotores, van a salir perdiendo. El público, desde luego. ¿Qué haremos nosotros? Ni idea por ahora. Pero lo cierto es que, ya que no podemos estar en dos sitios a la vez, habrá que tomar una decisión cuanto antes porque los promotores están anunciando unos plazos cortos para tomar la decisión de devolver la entrada. 

Lo inquietante es que no parece un caso aislado. Hacer encajar los eventos musicales del año 2020 en el año 2021, teniendo en cuenta que ya había conciertos anteriormente programados para esas fechas, está siendo un calvario para los profesionales de la industria. Algunos nos preguntamos qué tipo de tejido musical va a quedar después de esto. Muchos grupos, nos enteramos por sus redes sociales, han perdido dinero por las cancelaciones de sus giras. Hay pequeños promotores que puede que no se recuperen de las cancelaciones. Y nosotros, bueno, nosotros no nos recuperamos del susto.

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Vis-à-vis en la residencia

Con la llegada de la fase 2 a gran parte de territorios, mis primos han podido ir a visitar a sus padres, que son mis tíos, a la residencia en la que viven en A Coruña. Mi prima Y. nos enviaba por un chat familiar la fotografía de la sala en la que había podido ver a su padre. Si no te advierten de que es una residencia de ancianos, da la sensación de que ha sido tomada en una cárcel. Podríamos decir que es una prisión de alta seguridad no para evitar evasiones sino para impedir lo contrario: incursiones del virus. “Es como un vis-à-vis”, dijo Y. La imagen impresiona y es la que abre esta entrada del diario. Me provoca una gran sensación de soledad, incluso aunque no hay nadie en ella. De hecho, es un sentimiento similar al que experimento cuando visito la residencia. Cuando voy, me desarmo, no tengo callo ni coraje para afrontar la vejez como es debido, para acompañar como necesitan. Ya puedo ir espabilando, me digo a mí misma. En cambio, la entereza y la energía de mi prima M., que acude con frecuencia no solo a ver a su madre, sino a sus tíos, que son también míos, a la resi, como dicen cariñosamente, tiene toda mi admiración y agradecimiento. La manera en que M. consigue empujar la tristeza para que no tenga cabida en esos momentos, para seguir adelante en los días más duros, es mi gran ejemplo.

Las medidas de seguridad en la residencia son duras pero necesarias. No creo que nadie las cuestione. Hemos visto en Lleida un repunte de casos, algunos en una residencia geriátrica, y nadie se quiere arriesgar. En la de mis tíos no ha habido un solo caso; no es cuestión ahora, con todo lo que sabemos, de ir hacia atrás. Antes de entrar, hay que pisar en unas cubetas para desinfectar los zapatos. Ya en el locutorio que se ha establecido, las visitas ven a los internos a través de un cristal y se hablan mediante un micrófono, para amplificar la voz. Intento imaginar qué pensarán mis tíos, cómo será su extrañeza, ante estos protocolos que, estoy segura, no llegan a comprender.

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Fase abuelos

Eleonor estaba tan nerviosa por ver a sus abuelos que no ha sido capaz de resolver un problema en toda la mañana. En lugar de eso, los ha creado: tenía a su padre mosqueado porque era incapaz de concentrarse. Los abuelos de mi hija han aprovechado una visita al dentista para pasar por nuestra casa y ver a su nieta en carne y hueso por primera vez en más de dos meses.

Llevábamos días debatiendo sobre los protocolos que íbamos a establecer. La cosa había acabado en llanto en alguna de las sesiones de preparación. Nosotros, el partido en el Gobierno (de esta casa) propusimos que no hubiera contacto físico, que se mantuviera la distancia que permitieran los muebles del salón y que todos lleváramos mascarillas. La lideresa de la Oposición (Eleonor) esgrimió un argumento incontestable: "¿¿pero cómo no voy a abrazar a mis abuelos si son mis abuelos??". El resto de grupos de la Oposición (los abuelos), con los que este Gobierno intentó entablar un pacto de coalición para sacar adelante este proyecto de visita, prefirieron abstenerse. En realidad, querían votar en contra de nuestra ley, pero se encontraban divididos entre el amor a la nieta y su responsabilidad como población de riesgo.

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No me beses, por favor

Aunque se me pasó por la cabeza (un par de veces, tres a lo sumo) no tenía ninguna intención de bajar a la terraza del bar el primer día de la fase 1. En casa habíamos llegado ya al consenso de que arrojarse con los brazos abiertos a la socialización hostelera en el primer día permitido era temerario, aparte de poco elegante: podríamos parecer desesperados.

De manera que estaba manteniendo el tipo bastante bien durante la hora del desayuno, la del vermú y la del café, hasta que vinieron dos niños a casa a llamarnos a gritos por el balcón a la hora de las cervezas. Aunque parece cosa de pueblo, que sepáis que estas maravillas siguen pasando en algunos barrios en Madrid. Me asomé. Les dije que Eleonor no estaba en casa. "Que dice nuestra madre que bajes a la terraza del bar", me gritaron, igualmente. Quién le dice que no a un niño. 

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En la víspera de la fase 1

En Madrid, epicentro de la catástrofe (a muchos niveles), en la víspera de pasar a fase 1, no se habla de otra cosa. Hasta el punto de ser uno de los temas principales en las videollamadas de los niños. Impresiona ver a los micos mantener las mismas conversaciones que los mayores, o al menos muy similares:

— ¡El lunes pasamos a fase 1!

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"Mamá, despiértame a tu hora"

Estamos agotadas. Nunca había necesitado un verano en primavera pero este año sí. Al igual que tantos eventos se han aplazado en 2020, propongo que al menos haya uno que se anticipe: las vacaciones. Ya sé que no es plan venir con estas en mayo, que lo que piden los agentes externos es volverse superproductivos de nuevo, que justo ahora nos estamos desescalando con ganas (y hasta cortándonos el pelo y haciéndonos la cera) y que todavía queda mucho por hacer antes de tumbarse en la hamaca, pero de verdad, por una vez, al menos, que acabe el curso escolar ya.

Mi hija, que está cerca de cumplir los 9 años, cada día se acuesta más tarde y se levanta cuando se lo pide el cuerpo. Todos los días me propongo despertarla pronto pero esas dos horas que le llevo de ventaja en la mañana son las dos únicas que puedo trabajar con plena concentración. No le caben en el día todas las tareas que tiene pendientes, no porque sean muchas (aunque se han acumulado de tal manera que empiezan a parecer un inabarcable trabajo de fin de carrera) sino porque hace tiempo que su cabeza se ha ido de vacaciones, en clase preferente. Me pide: "mañana, mamá, despiértame a tu hora para que me dé tiempo a hacerlo todo", pero es imposible, cuanto más se expande el día, más crece el poliespán de los ratos muertos, los intervalos que ocupan más tiempo que los actos en sí: por ejemplo, cinco o seis veces más de tiempo ocupan los gestos anteriores y posteriores al vestirse que el momento de ponerse las prendas encima. O lavarse los dientes: veinte segundos rodeados de diez minutos de poses frente al espejo, de un cuarto de hora probándose diademas e inventando coletas, media para hacerle una cuna al muñeco en el bidé con las toallas, contarle un cuento a su bebé y ponerle una canción en el móvil, que al final se convierte en otra media hora más porque buscando la canción de cuna acabó viendo un vídeo de Los Polinesios, no se sabe cómo. De repente, es la hora de acostarse, el cuarto de baño está hecho unos zorros y hoy tampoco se ha bañado. "Mañana, mamá, despiértame a tu hora para que me dé tiempo a hacerlo todo", me dice de nuevo.

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El edificio Huarte, "lugar de culto" para la campaña de la extrema derecha contra el Gobierno de Pedro Sánchez

En la tarde del pasado sábado 16 de mayo, llovieron pasquines con la cara de Pedro Sánchez en una esquina muy concreta de Madrid: allí donde el Paseo de la Habana muere en el de Castellana, a los pies del edificio Huarte; el apellido de una familia de constructores y empresarios fuertemente unida al franquismo. Acompañaba la imagen del Presidente las palabras "Confía en tu gobierno, encerrados sois libres". Alzando la vista hacia los pisos superiores, desde donde se arrojaban los papeles, un Sánchez de dimensiones gigantescas impreso en tela ondeaba a lo largo de seis plantas del inmueble.

Su rostro, en blanco y negro, aparecía recortado sobre fondo rojo y colocado sobre una frase de sátira autoritaria ("un buen gobierno [escrito simulando espray encima de la palabra ‘ciudadano’] obedece"), en evidente inspiración en los carteles sobre el acechante gran hermano de la primera adaptación cinematográfica de la novela de George Orwell, 1984. La fotografía del presidente del Gobierno fue utilizada por el PSOE en la campaña de las elecciones de abril de 2019. Su autor, Carlos Spottorno, ya había denunciado en las redes sociales quince días antes que la estaban utilizando sin su autorización, cuando esa misma gráfica apareció en algunas marquesinas de autobuses de Madrid el día 2 de mayo. En esta ocasión, la habían modificado añadiendo una pintada negra de espray sobre los ojos. A pesar de la amenaza del fotoperiodista con emprender acciones legales, la imagen no ha parado de usarse, incluso para hacer merchandising a la venta en una web con camisetas a 10 euros y lonas de balcón a 20. Tras las denuncias de Facua, la tienda está temporalmente inactiva.

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  • Sociedad

    Guadarrama nace como un Parque Nacional "mutilado"

    #9 Tienes toda la razón, Dani García. Se trata de un error de la redactora (yo) debido a un gran lapsus entre ambas palabras. Conozco la diferencia pero mis dedos escribieron mal. Te pido disculpas a ti y a los lectores de eldiario.es. Ya hemos corregido el error. Un saludo y gracias por leernos y, sobre todo, por ayudarnos a mejorar.