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A la intemperie

Un termómetro marca 40 grados en una calle, en una imagen de archivo. EFE/ Raquel Manzanares
11 de septiembre de 2026 23:22 h

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Septiembre solía tener un aire tibio de notas frescas desde el día uno. Lo recuerdo bien porque nunca fui buen estudiante y casi todos los septiembres, a primeros de mes, tenía que abandonar las rutinas veraniegas para pasarme por el instituto antes de tiempo a recuperar esta o aquella asignatura. Tenía que levantarme a las siete u ocho de la mañana, después de todo un verano haciéndolo varias horas más tarde, y a esas horas tenía por fin el primer momento fresco del otoño, un poco antes de empezar el otoño. 

Este verano no lo he pasado en España; ha sido el primero de treinta y uno que he estado todo el verano fuera de Murcia y, bromas regionales aparte, porque ya sabemos todos el potaje atmosférico que es mi tierra natal durante el solsticio nunca había sido tan feliz en verano. Pero la semana pasada volvimos a España unos días, porque teníamos una boda y porque ya tocaba recompensar a nuestros seres queridos con nuestra presencia tras tres meses a cuarenta grados, pobrecitos míos, y bajar del avión se pareció bastante a lo que tuvo que sentir Margaret Thatcher cinco minutos después de palmar y encontrarse cara a cara con Satán en los infiernos.

En honor a la verdad, el calor no fue tanto: llevábamos meses con la expectativa de que volver a casa iba a ser como meter un coulant en el microondas y, será por adaptación evolutiva, por resiliencia tras décadas de calores dolorosos o por puro contacto con la realidad, el calor no era tanto. Entiéndase “tanto” como una expectativa irreal fruto de haber dormido con edredón los tres meses anteriores. En cualquier caso, y aunque el primer contacto con el aire abrasador del sur de España no fue para tanto, el paso de los días, los trayectos en coche al sol, el salir de casa de la agüela a las cuatro de la tarde, después de comer, y las noches semidesnudo a merced de un ventilador de techo van minando la capacidad que tiene uno de soportar las estridencias del verano y devolviéndole a su sitio original. Uno piensa mucho en el cambio climático y si hay que seguir llamándolo “cambio” o podemos empezar a llamarlo ya como a la nueva normalidad después del covid, o quizá sea yo, que estoy desfasado, y no la llamo crisis climática.

En el año 2003, un asesor del antiguo Partido Republicano estadounidense, digo antiguo porque fue antes de la lobotomía MAGA, Frank Luntz, redactó un memorando donde recomendaba a los cargos electos del partido dejar de utilizar el término “calentamiento global” y pasar a llamarlo “cambio climático” porque era un concepto menos aterrador y con más aspecto de ser mitigable. En cualquier caso, crisis, emergencia o cambio climático me parecen términos coyunturales; términos de tránsito. Un cambio es el trayecto entre dos estados estables: se sale de uno y se llega a otro. Una emergencia es, por definición, excepcional, y toda excepción promete su final. Una crisis se resuelve. El lenguaje que empleamos describe un paréntesis, y la gente, razonablemente, se comporta como si estuviera dentro de un paréntesis. De ahí esa forma tan extendida de hablar de los veranos: este año ha sido tremendo, a ver el que viene. Se espera el retorno. Se espera que en algún momento el clima deje de hacer esto raro que está haciendo. O, al revés, se espera que todo vaya a peor sin parones. Llevamos veinte años renombrando un problema que llevamos ciento veinte años sin abordar, y el ritmo de la renominación ha sido considerablemente más alto que el de la reducción de emisiones.

Si hubiera que quedarse con una sola palabra, yo me quedaría con una que no prometa ni un final ni un suelo. Seguramente “intemperie” climática cumpla estas dos condiciones, ya que no es un suceso, es una condición, y nadie puede poner sus expectativas en que la intemperie termine. Uno vuelve al sitio donde nació y descubre que ya no puede vivir ahí, porque uno no puede vivir a la intemperie.

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