El lugar de un corazón
Eran otros tiempos, sin duda; concretamente, los de la década de 1930, con el mundo hundido en uno de los batacazos cíclicos del capitalismo: el que Herbert Hoover, presidente de los EEUU entre 1929 y 1933, había definido con el entonces eufemismo de “gran depresión” por no usar expresiones tan poco ilusionantes como “gran crisis”, que no se llevan bien con las cuberterías de plata. Y en mitad de aquel desastre de explotación y pobreza, Franklin D. Roosevelt sucedió en el cargo a Hoover, se dejó de supercherías lingüísticas y afrontó el problema con un gigantesco plan de inversiones públicas, reformas sociales y medidas de control real de los mercados, en demostración de que, en efecto, eran otros tiempos. Había nacido el New Deal (nuevo trato), una respuesta mínima a la ruptura del “contrato social”.
Entre los programas del New Deal había uno muy particular, específicamente dirigido al sector de la cultura. Se llamaba Federal Project Number One (Proyecto Federal N.º 1) y tenía cinco divisiones distintas cuyo alcance se puede resumir mediante la experiencia del Proyecto Federal de Escritores: además de dar empleo a miles de libreros, editores y autores (algunos, tan conocidos luego como John Cheever, Saul Bellow y Richard Wright), potenció la investigación y la creación literaria en el país, y le dio un “detallado retrato de sí mismo” con sus múltiples publicaciones y estudios (‘Mirror to America’. Time, 3 de enero de 1938). Si sienten curiosidad al respecto, les recomiendo que empiecen por los famosos Relatos de esclavos: una historia popular de la esclavitud en Estados Unidos, que contiene grabaciones, fotografías y más de dos mil trescientas entrevistas. Una obra verdaderamente monumental –y de dominio público, por cierto–, que no se habría llevado a cabo si el Estado se hubiera cruzado de brazos ante la situación de los artistas estadounidenses.
Mientras el Proyecto de Escritores se dedicaba a esas tareas, los del teatro y la música hacían lo propio en sus respectivos campos y, a veces, gracias a los esfuerzos de creadores que la mayoría tiene asociados a otros géneros. Por ejemplo, Nicholas Ray, nacido un 7 de agosto en Gallesville (Wisconsin), quien se dedicó a viajar por todos los rincones de EEUU en compañía del etnomusicólogo Alan Lomax, con la misión de recuperar, preservar y estudiar la despreciada música popular. Lomax, que se había hecho amigo suyo gracias a Charles Seeger –padre del cantautor Pete Seeger– le enseñó un camino que ya no abandonaría, y no sólo porque su casa se convirtiera en refugio de Woodie Guthrie, Lead Belly y Aunt Molly Jackson, sino por lo que contó el gran actor y director John Housseman en Unfinished Business. Memoirs 1902-1988: que “la experiencia personal de Nick” con lo que descubrió en sus viajes, la cara oculta del sueño americano, le permitió “recrear” en su cine “la realidad emocional de aquel mundo de poblaciones míseras, granjas abandonadas y cabañas escuálidas”.
En palabras de Ray, “me sumergí en un arte que daba voz y dignidad a los desfavorecidos y los marginados”, en el lugar “donde siempre ha estado mi corazón”. Pero la música no era la única expresión que le interesaba, ni mucho menos. Fuera adonde fuera, hablaba con la gente, les preguntaba por sus problemas y, a continuación, llevaba dichos problemas “a obras de teatro que hacía en esas mismas comunidades, con actores locales” (Citizen Nick, de James I. Deutsch y Lauren R. Shaw). De hecho, nunca se cansó de repetir que “haber trabajado en todos los oficios del teatro” le había ayudado enormemente en su carrera cinematográfica, como confesó a Juan Cobos, Félix Martiala y Miguel Rubio en mayo de 1963, durante una entrevista para la revista Film Ideal. Que aún no se hubiera puesto detrás de una cámara no quería decir que no la llevara dentro, lo cual explica en parte lo que dijo una vez Jean-Luc Godard en Cahiers du cinéma, adelantándose a declaraciones similares de Wim Wenders y Jim Jarmusch, entre otros: que el cine era Nicholas Ray.
Ahora bien, ¿qué habría pasado si el New Deal no le hubiera ofrecido una forma de salir adelante y de crecer como artista en su juventud? Digan lo que digan los cuentos de hadas, las condiciones materiales son determinantes en cualquier caso y en cualquier época. Y si el poder no entiende o no quiere entender que los creadores también “necesitan comer” –como llegó a decir Harry Hopkins, responsable del programa de ayuda de Franklin D. Roosevelt–, lo último que se debe hacer es lo que ataca Nicholas Ray en I was interrupted (recientemente traducida al castellano como Me quitaron de en medio) hablando de la importancia de la mirada en la interpretación: apartar la vista, por supuesto.
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