Las literaturas exiliadas
Cuando Julio Álvarez del Vayo salió de España en 1949, tenía el convencimiento de que los estadounidenses no permitirían que su Gobierno vendiera nuestro país “por segunda vez”, salvando a “su opresor de la bancarrota”. Siempre había sido lo que dice el título de las memorias a las que pertenecen esas palabras (El último optimista, publicado en inglés en 1950); creía en “la victoria final del pueblo español”, y sabía que lo único que podía impedir que el franquismo cayera era precisamente lo que él se negaba a creer: que Washington apoyara a Franco a cambio de unas cuantas bases militares. Hasta las personas más realistas, perceptivas e inteligentes se ciegan a veces; unas, por no ver la realidad y otras, como en su caso, por verla de sobra y desde dentro, porque Álvarez del Vayo, condenado a muerte in absentia, uno de los líderes republicanos más perseguidos por el régimen, se había atrevido a cruzar la frontera con identidad falsa para tomar el pulso a la calle e informarse “de primera mano” de lo que estaba pasando.
En su opinión, el riesgo que corría estaba justificado en términos políticos por “la desmoralización que hasta cierto punto existía entre las filas republicanas” y el “nuevo resurgimiento” de la resistencia tras algunos de los peores años de nuestra Historia. No se trataba únicamente de la represión y las muertes; también estaban el estancamiento, la corrupción generalizada y las catástrofes derivadas de la autarquía económica y de la intención de castigar a los vencidos, empezando –como recordaba Ángel Viñas hace unos meses en este mismo periódico- por el hambre de la posguerra, que provocó la muerte de alrededor de 200.000 personas entre 1939 y 1942 (La hambruna española, de Miguel Ángel del Arco). Tanto es así que, a pesar de lo que suponía intentar salir de aquí, la gente se jugaba la vida constantemente por ello: “Si se dieran facilidades, media España se marcharía. El éxodo sería mayor que el de 1939”, le comentó un compatriota a Álvarez del Vayo. “Si los franceses abrieran la frontera, el único que se quedaría aquí sería Franco. Hasta su mujer y su hija se irían”, ironizó otro.
Quien tenga dudas al respecto, debería echar un vistazo a la emigración económica de las décadas de 1950 y 1960: más de tres millones de españoles, cuya huida al extranjero no pesó menos en el supuesto milagro desarrollista que la propia emigración interna, de la que muchos somos hijos e hijas, aunque algunos prefieran olvidar de dónde vienen. Pero, volviendo al autor del El último optimista, el suyo no fue ni mucho menos un error de análisis de la realidad española, sino del contexto mundial, algo desconcertante en un hombre que había estado entre los más firmes defensores de la política de “resistir es vencer”, apoyada en el hecho luego demostrado de que la II Guerra Mundial estaba a punto de estallar. En cierto modo, Álvarez del Vayo hizo lo mismo que Max Aub, de quien hablaba en esta columna el domingo pasado: regresar a España para confirmar sus posiciones, con la diferencia de que el país que se encontró Aub ya era el que había creado Estados Unidos en 1953 con los Pactos de Madrid, salvando efectivamente al franquismo y asegurándose la restauración monárquica.
Es una pena que El último optimista siga sin traducirse al castellano. Hasta la equivocación mencionada contiene una lección válida para nuestros días, tan atrapados en el “gran juego” de la política internacional como aquellos -miren Ceuta, por ejemplo- y tan deudores de ellos que hubo que esperar al año 2008 para que el Partido Socialista devolviera la militancia a título póstumo a Álvarez del Vayo, Juan Negrín, Max Aub, Matilde de la Torre, Amaro del Rosal y tres decenas más de expulsados por creer excesivamente en “la victoria final del pueblo español”. Sin embargo, no se puede decir que el caso del libro que hoy les propongo sea excepcional: hay demasiadas obras y publicaciones de autores y políticos de la época que siguen en el limbo de la edición o en un olvido nada inocente, quizá con intención de que todo “se pierda irreparablemente”, como escribió Francisco Caudet en ‘El ensayo durante el exilio“, su aportación a Las literaturas exiliadas en 1939 (que pueden localizar en la Biblioteca Virtual Miguel de Cervantes).
Hace unas semanas, intentando acceder a las inéditas Presencias y evocaciones de Margarita Nelken, me topé con una anécdota de la que fue protagonista horas antes de que se iniciara la primera batalla de la Defensa de Madrid, en noviembre de 1936. Nelken se había quedado en la capital, ayudando en lo que podía, y una tarde se acercó al Ministerio de Guerra para pedir que algún ministro la acompañara a Carabanchel a animar a las tropas. La contestación que recibió fue que no había ninguno disponible y que se fuera sola, cosa que hizo. Cuando volvió al centro, el Gobierno había huido a Valencia, pero a ella le dio igual: se puso a disposición de José Miaja y, a partir de entonces, trabajó con más ahínco que nunca (frecuentemente, con Federica Montseny a su lado). Estuvo a la altura donde otras y otras no lo estuvieron, y lo estuvo porque ella también pertenecía a la especie que salva el mundo cuando se puede salvar: los últimos optimistas, desde luego. Razón de más para buscar sus textos.
0