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Una experta aclara las señales de que tu hijo tiene un problema con el móvil: “El tiempo de uso no es el único indicador”

"El móvil no es el problema en sí", dice la experta.

Paloma Martínez Varela

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Rodeados constantemente de tecnología, la dependencia o el mal uso de los móviles se ha convertido en una de las principales preocupaciones para las familias con hijos adolescentes. Los expertos advierten de que el reloj no debería ser la única herramienta de medida y que es necesario desplazar el foco del “cuánto tiempo” al “cómo” y “para qué” se usa el dispositivo.

“El tiempo no puede ser nunca el único indicador que nos haga ver si al final hay una afectación en la vida de la persona adolescente”, explica Laura Cuesta, profesora y divulgadora experta en educación digital y profesional en el servicio de prevención de adicciones del Ayuntamiento de Madrid. Cuesta asegura que hay muchos más factores a tener en cuenta, a pesar de que el tiempo de pantalla también es un indicador.

Señales de alerta en el día a día

El primer paso para detectar una relación problemática, según Cuesta, es observar el impacto del móvil en las necesidades básicas, como los cambios en los hábitos de sueño, alimentación e higiene. “Si esas horas de pantalla están haciendo que empiece a comer mal, que muchas veces incluso ya no quiera comer con la familia en las horas habituales, que no quiera salir de la habitación, que empiece a dormir peor porque está con las pantallas durante la noche, lo que llamamos vamping, y que luego se levante cansado, en época escolar esto además hace que llegue muy muy cansado al centro escolar e incluso, ya en casos mucho más graves, adolescentes que dejan de ducharse por estar conectados”, enumera la experta.

Además del descuido personal, el uso problemático de la tecnología también puede suponer un desplazamiento de las actividades de “ocio saludable”, apunta Cuesta, que incluye en esta categoría el deporte, los planes familiares y, sobre todo, la socialización cara a cara con amigos de su edad.

Otra pista clave son los cambios de comportamiento. Si bien la adolescencia es una etapa caracterizada por este tipo de cambios, las alteraciones bruscas del humor, la irritabilidad, la apatía o una tristeza profunda son para la experta motivos de sospecha. “Un síntoma muy revelador es la agresividad en el momento en que los padres intentan retirar el dispositivo”, señala.

El ámbito académico también puede funcionar como termómetro en este sentido, ya que puede verse resentido por cómo el uso abusivo del móvil afecta a los demás ámbitos de la vida del menor. “Una bajada grande en el rendimiento escolar o un aviso por parte de los docentes sobre cambios de actitud” también pueden ser indicadores de las interferencias negativas de la tecnología en las responsabilidades, afirma la divulgadora.

Más que un simple objeto

“Muchas veces pensamos que el móvil es el problema, pero el móvil no es el problema en sí; el móvil es un mero transmisor, el problema son las aplicaciones que tenemos dentro: videojuegos, redes sociales o acceso a contenidos inapropiados”, aclara Cuesta, que opina que son los entornos digitales los que pueden afectar gravemente a la autoestima y la seguridad de los jóvenes al compararse con las “vidas irreales” de los creadores de contenido.

Para prevenir estos escenarios, la experta recomienda no presentar el teléfono como un premio, sino como una herramienta con normas de uso preestablecidas. “El smartphone nunca debe ser un regalo de cumpleaños, de reyes o por sacar buenas notas, porque no es un regalo ni un juguete y podemos crear una ansiedad y dependencia del dispositivo”, valora.

Para Cuesta, la clave de un buen uso reside en consensuar las normas y límites desde el principio y no cuando ya existen consecuencias visibles a causa del abuso. “Hay que intentar hablar, dialogar y conversar mucho con nuestros hijos antes incluso de darles la tecnología, porque tienen que verlo como una herramienta que nosotros les prestamos con unas normas de uso: a qué hora se va a poder utilizar ese dispositivo, en qué sitios o habitaciones no se usan dispositivos, en qué momentos familiares no se usan dispositivos... todo eso tiene que quedar pactado en familia y además es bueno que nosotros incluso seamos referentes para ellos y nos vean que tampoco lo hacemos”, explica.

Cuando los padres se ven desbordados o incapaces de hacer cumplir las normas elementales, la divulgadora recomienda pedir apoyo profesional que pueda ayudar a los padres con herramientas para la gestión del problema. “De lo que se trata es de volver a ayudar a esta persona a que vuelva a hacer un uso regulado de esta tecnología”, resume Cuesta, que subraya una diferencia abismal entre la tecnología y otras adicciones: el consumo nunca va a ser cero, ya que la exposición es constante y será una herramienta que les acompañará a lo largo de su vida escolar y profesional.

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