La guerra fallida de Trump en Irán cumple medio año de improvisación y objetivos incumplidos
La breve operación militar que iba a derrocar al régimen de Irán y afianzar la preponderancia de EEUU e Israel en Oriente Medio cumple seis meses de continuos reveses para las fuerzas estadounidenses. Tras asesinar a sus principales dirigentes, bombardear durante semanas el país y amenazar con destruir la milenaria civilización persa, el presidente estadounidense, Donald Trump, ensaya ahora una nueva ronda de sanciones económicas para que la jerarquía iraní claudique y abra el paso en el estrecho de Ormuz, que estaba abierto antes de la guerra y cuyo cierre atenaza la economía global. Muchos analistas dudan que la nueva táctica funcione y fuerce una rendición.
Trump desoyó todas las prevenciones de los aparatos de inteligencia y análisis geoestratégicos que durante décadas habían frenado las pulsiones guerreras de los presidentes más intervencionistas. Días antes de lanzar la operación, que comenzó el 28 de febrero, sus servicios de inteligencia volvieron a avisarle, según explicaba esta semana The Wall Street Journal.
La directora de Inteligencia Nacional, Tulsi Gabbard (dejó el cargo en mayo) avisó entonces de todo lo que podía pasar y ha acabado pasando, según el relato de fuentes conocedoras del episodio citadas por el diario neoyorquino: matar al ayatolá llevaría al poder a una nueva autoridad de línea más dura. Teherán cerraría el estrecho de Ormuz y desestabilizaría el mercado internacional de la energía. Y bombardearía a las fuerzas estadounidenses en la región y a sus socios en Oriente Medio, que empezarían a dudar de la fiabilidad del socio americano. Todas las advertencias se han cumplido.
La guerra viene después de la misión exitosa de secuestrar a Nicolás Maduro en Venezuela para implantar un gobierno afín a EEUU. En esa deriva de acciones positivas, Trump y su Ejecutivo se confiaron
“Hay una llamada personal del [primer ministro de Israel, Benjamin] Netanyahu a Trump para explicarle que la caída del régimen iraní era inminente y que la guerra iba a ser un mero trámite y, por otro lado, hay una trayectoria de falta de análisis profundo de la realidad”, plantea el profesor de Relaciones Internacionales de la Universidad Complutense de Madrid y experto en Irán Juan Carlos Pastor. “Recordemos que viene después de la misión exitosa de secuestrar a Nicolás Maduro en Venezuela para implantar un gobierno afín a EEUU. En esa deriva de acciones positivas, Trump y su Ejecutivo se confiaron”, deduce.
Irán resistió el ataque, pese al asesinato del líder supremo, Alí Jamenei, y el grave daño a sus infraestructuras militares. Cerró Ormuz y, para sorpresa del Ejecutivo estadounidense, mantuvo el control sobre el Estado y la capacidad de reacción militar, que empezó a hacer extensiva a toda la región del golfo Pérsico e Israel. “Me sorprende que no se hayan puesto sobre la mesa cuestiones que hemos visto producirse como es el caso de la activación de la guerra mosaico dentro de Irán o el hecho de la descentralización del poder militar, que hizo que no se rompiera la cadena de mando y hubiera siempre una posibilidad de reacción y de control a pequeña escala del terreno”, señala Pastor.
“EEUU siempre ha olvidado el componente nacionalista en sus guerras e intervenciones militares”, indica Mariano Aguirre Ernst, investigador no residente del Centro de Barcelona de Cuestiones Internacional (CIDOB) y analista asociado de Chatham House (Londres). “Una buena parte de la sociedad que está con el régimen y otra que no le apoya han visto con horror como EEUU e Israel destruían sus hospitales y escuelas, mataban a civiles y amenazaban con arrasar la infraestructura civil”, advierte. El ataque de Israel y EEUU ha dejado más de 3.400 muertos, según Naciones Unidas.
En el primer mes de guerra, Trump aseguró haber destruido todas las capacidades militares de Irán, declaró la victoria, afirmó que había logrado forzar un cambio de régimen y aseguró que la operación duraría solo unas semanas. Nada de eso se ha cumplido.
El bloqueo del bloqueo
La resistencia de Teherán dio pie a una serie de medidas estadounidenses sorpresivas y aparentemente improvisadas, como la de levantar durante un mes las sanciones al petróleo de Irán cargado en buques (en marzo) o la de responder al bloqueo iraní del estrecho con un segundo y recíproco bloqueo estadounidense (en abril). “Lo mejor que puede hacer Washington llegados a este punto es dejar de actuar sin pensar”, planteaba esta semana en la revista Foreign Affairs Nate Swanson, un veterano analista de Irán para distintos gobiernos estadounidenses que formó parte del equipo negociador del Ejecutivo de Trump durante los primeros seis meses de 2025.
La estrategia iraní de bombardear objetivos en países aliados por todo el golfo Pérsico también cogió de improviso a EEUU. Se inició una secuencia de ataques y contraataques seguidos de negociaciones oficiosas que no dieron pie más que a altos el fuego temporales.
Según Robert Kagan, que fuera asesor de política exterior de George W. Bush y hoy es uno de los críticos más acerbos de Trump, el gran punto de inflexión de los combates llegó a mediados de marzo, cuando Irán bombardeó la planta de gas natural licuado de Ras Laffan, en Qatar, en respuesta a un bombardeo israelí a sus propias instalaciones gasísticas.
La resistencia de Teherán dio pie a una serie de medidas estadounidenses sorpresivas, como la de levantar durante un mes las sanciones al petróleo de Irán cargado en buques (en marzo) o de la de responder al bloqueo iraní del estrecho con un segundo y recíproco bloqueo estadounidense
“El ataque demostró que los misiles y drones iraníes podían infligir el suficiente daño a la infraestructura gasística y petrolera como para sumir al mundo en una crisis económica prolongada. Los países del golfo lo entendieron inmediatamente, y Trump también: detuvo los ataques a objetivos energéticos, ordenó a Israel, que era reacio, a hacer lo mismo [...] y no ha vuelto a ordenar ataques a la infraestructura energética de Irán”, escribió Kagan esta semana en The Atlantic en una pieza en la que asegura que Irán está, en este momento, en una posición de poder mayor que si realmente hubiera desarrollado la bomba atómica.
Sin embargo, Hamid Asefi, periodista residente en Teherán especializado en geoeconomía, expresaba esta semana a The Guardian que el uso reiterado de Ormuz como herramienta de presión a los vecinos podría acabar agotándose. Proliferan los planes para sortear Ormuz a través de oleoductos por el Mar Rojo, Omán e Irak. “En la política internacional, jugar la misma baza constantemente puede convertirse en un arma de doble filo, ya que obliga a los demás a planificar cómo reducir su vulnerabilidad, advertía”.
Pero Kagan cree que tales planes son excesivamente optimistas. “Las proyecciones más optimistas indican que los oleoductos y rutas de exportación alternativas que eviten el estrecho de Ormuz tardarán al menos dos años en estar operativas. Pero cabe preguntarse si llegarán a estarlo. Todas esas infraestructuras son tan susceptibles a los misiles y drones iraníes como las viejas. ¿Irán va a quedarse quieto mientras los países vecinos levantan los medios para escapar de su control?”, recela.
El fallido memorándum de entendimiento
La cercanía de las elecciones legislativas de noviembre, el precio disparado de la gasolina en EEUU y la imposibilidad de reabrir el estrecho de Ormuz llevaron a Trump a amplias las concesiones en un memorándum de entendimiento firmado el 17 de junio al que seguiría, tras 60 días, una negociación para un acuerdo definitivo. El texto prescribía liberar fondos iraníes congelados, planteaba la creación de un fondo de reconstrucción para el país y dejaba para más adelante la cuestión nuclear. Arreciaron las críticas al presidente estadounidense, incluso entre sus filas. “Ronald Reagan debe estar revolviéndose en su tumba”, cargó el senador republicano Bill Cassidy.
La redacción vaga del articulado permitió a Irán interpretar, sin retorcer la literalidad del texto, que conservaría el control sobre Ormuz. Por ahí se partió el acuerdo: fuerzas iraníes bombardearon el 7 de julio barcos que cruzaban el estrecho con el argumento de que no se habían coordinado con las autoridades de Teherán. La posterior respuesta estadounidense no surtió efecto. Cumplido el plazo de 60 días prescrito, el memorándum es papel mojado.
De vuelta a la presión económica
Con el arsenal militar ampliamente mermado —a EEUU ha agotado “virtualmente todos” los misiles de largo alcance, le queda solo la tercera parte de los misiles interceptores Patriot, ha fundido cerca del 40% de las muy costosas baterías de defensa antiaérea THAAD y aproximadamente la mitad de los misiles de crucero Tomahawk, según Reuters— Trump vuelve a apostar sus cartas a la presión económica, el “día del desembarco económico”, según la expresión del secretario del Tesoro, Scott Bessent, que remite a la II Guerra Mundial. Esta nueva estrategia hace hincapié en las sanciones secundarias que castigan a cualquiera que haga negocios con Irán.
Sus perspectivas de éxito también son relativas, según Mariano Aguirre. “Le harán mucho daño económico a Irán, pero difícilmente China, Emiratos Árabes Unidos, Rusia y Turquía dejarán de comerciar con ese país. Especialmente [complicado es que] los gobiernos de Pekín, Moscú y Ankara, tanto por intereses económicos como geopolíticos, acepten la imposición de Washington. Creo que EEUU logrará que no comercien los que ya no lo hacen, como países de la UE”, razona.
“Veremos un sistema de embudo en el que las élites van a seguir gestionando la economía del día a día. Unas élites que en su mayor parte están asociadas al sistema republicano islámico. Por tanto, la población va a acabar siendo dependiente de esas élites”, plantea Juan Carlos Pastor. En el mismo artículo de The Atlantic, Kagan cargaba: “Es ilusoria la idea de que, habiendo sobrevivido a la presión combinada de los ataques militares y las sanciones, Irán vaya ahora a sucumbir únicamente a las sanciones”.
Las monarquías del Golfo exploran hacer acuerdos de seguridad también con Pakistán y Turquía. Nadie piensa desengancharse totalmente de EEUU, pero ya no le ven como una potencia fiable
En un análisis para la revista Foreign Policy, Hadi Kahalzadeh, socio no residente del think tank Quincy Institute, advierte, en el mismo sentido: “No hay señales de que la moneda o el sistema fiscal de Irán estén siquiera cerca del colapso. El país sufre ahora mismo una alta inflación, pero el rial sigue cumpliendo su función básica como moneda nacional. Los salarios y los precios se pagan en riales y no hay indicios de que la devaluación diaria sea grave”.
La resistencia iraní y los cambios geopolíticos que está suponiendo el nuevo statu quo anticipan un declive de la influencia estadounidense en la región. “Las monarquías del Golfo exploran hacer acuerdos de seguridad también con Pakistán y Turquía. Nadie piensa desengancharse totalmente de EEUU, pero ya no le ven como una potencia fiable tanto por la brutalidad ignorante de la Administración Trump, como por el alineamiento sin límites que mostró la presidencia de Biden con Israel ante la guerra de Gaza. A la vez, China gana posiciones económicas. El dominio de Washington sobre la región se ha acabado, lo que no quiere decir que se retire sin violencia”, analiza el experto de CIDOB.
¿Un nuevo Irán?
Otro de los efectos de la guerra es la aceleración de un proceso de transformación interna que el Estado iraní ya había emprendido, según el análisis del profesor de la Complutense. “Incluso antes del conflicto, Irán estaba viviendo un periodo de secularización de carácter militarista y nacionalista. La rama de la Guardia Revolucionaria y la rama más militar estaban copando el poder frente a lo religioso, que casi se ha quedado como un escaparate, como un recuerdo de lo que fue la revolución islámica del ayatolá Jomeini”, razona Juan Carlos Pastor, que añade: “Vamos a ver un proceso de militarización del país, probablemente hacia una situación de dictadura o cuasi dictadura [militar], manteniendo formalmente el Parlamento y los estamentos o las instituciones religiosas, pero dirigidas por las fuerzas de seguridad”.
La población será, nuevamente, la que tenga que hacer frente a las penalidades, entiende el experto: “EEUU entró en el conflicto diciendo que iba a liberar a la población iraní oprimida por el sistema islámico, por los ayatolás y por la represión que había visto después de las protestas [...] Todas esas revoluciones, esos alzamientos tan exitosos que tanto daño habían hecho al régimen están completamente desactivados. Al bombardear el país has acabado con toda posibilidad de que esta población se alce en contra del sistema”.
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