Un Trump desesperado por salir de la guerra llena de cesiones su acuerdo con Irán
Donald Trump ha sido muy elocuente en su rueda de prensa tras la cumbre del G7 en Evian (Francia). Cuando quiere, es poderosamente sincero. Y ha dado dos claves que explican el memorando de entendimiento con Irán que, según la Casa Blanca, “el domingo fue firmado digitalmente por el vicepresidente Vance y el presidente del Parlamento iraní, Ghalibaf, con el presidente Trump como testigo. Y ahora, ha sido firmado por el presidente Trump y el presidente Pezeshkian”. Ahora está prevista una firma protocolaria este viernes en Ginebra.
La primera clave que ha dado el presidente de EEUU es que el acuerdo evita “una catástrofe económica” a la que EEUU e Israel abocaron al mundo con la guerra desatada en Irán el pasado 28 de febrero.
Y la segunda, que aunque los bombardeos siguieran durante “semanas, meses o años”, el estrecho de Ormuz podría no reabrirse. Es decir, regresar al 27 de febrero de 2026, la víspera de los bombardeos estadounidenses e israelíes.
Y ese bloqueo del estrecho de Ormuz se ha traducido, de forma automática, en que el barril de Brent se instalara en los 100 dólares, que el precio de la gasolina se haya incrementado en un 50% para los estadounidenses y que la inflación esté en un 4,2%, un pico en los últimos tres años. Y todo ello a escasos meses de unas elecciones legislativas de mitad de mandato en la que todo apunta a que Trump puede perder el control total que tiene sobre el Legislativo.
Así, quien lleva reivindicando su victoria desde el primer día, quien dijo que la guerra no duraría más que 4-6 semanas, se ve casi cuatro meses después del inicio de los bombardeos en la posición de firmar un acuerdo que, lejos de ser una capitulación para Irán, recoge numerosas concesiones a Teherán.
En este sentido, el acuerdo de 14 puntos, prevé la reapertura del estrecho de Ormuz con control iraní –algo que ya existía antes de los bombardeos– con el riesgo de que imponga peajes, así como el levantamiento de ciertas restricciones económicas impuestas a Teherán –cosa perseguida por Irán–, mientras que el programa nuclear iraní se abordará durante futuras conversaciones técnicas. Todo ello, además, sin cuestionar el régimen de los ayatolás, uno de los asuntos que supuestamente perseguía Trump con los ataques: nada más producirse, hizo un llamamiento a la población iraní para rebelarse contra sus gobernantes.
El texto, así, establece que se llevarán a cabo nuevas negociaciones durante 60 días tras la firma del documento, pero señala que este periodo es “prorrogable de mutuo acuerdo”.
Durante este tiempo, Irán permitirá el libre tránsito por el estrecho, vía clave para el comercio de petróleo, y Estados Unidos levantará en 30 días el bloqueo marítimo impuesto a los buques que salen y llegan a puertos iraníes.
Además, Washington se compromete, como parte del acuerdo final, a “levantar todo tipo de sanciones” contra la República Islámica.
Finalmente la realidad, y no las ilusiones, han vuelto a la política de EEUU hacia Irán. Puede que haya sido necesario un conflicto largo, costoso y complicado, pero EEUU parece haber llegado a una conclusión que debería haber sido evidente desde el principio: el programa de misiles de Irán no es negociable
El acuerdo, además, establece que Estados Unidos “se compromete, junto con sus socios regionales, a elaborar un plan definitivo y consensuado, dotado con al menos 300.000 millones de dólares estadounidenses, para la reconstrucción y el desarrollo económico de la República Islámica de Irán. El mecanismo para la aplicación de este plan se concretará como parte de un acuerdo definitivo en un plazo de 60 días. Estados Unidos concederá todas las licencias, exenciones y autorizaciones necesarias para las transacciones financieras pertinentes”.
Por su parte, el texto fija que Irán “reafirma que no adquirirá ni desarrollará armas nucleares”. Se trata del principal argumento de Trump y su círculo para vender el acuerdo, obviando, sin embargo, que esta es una afirmación que Irán lleva haciendo décadas como Estado parte del Tratado de No Proliferación y que también hacía explícita en el acuerdo nuclear negociado en 2015 por la Administración Obama.
Trump asume además que Teherán tenga uranio enriquecido “mediante un mecanismo que se acordará de mutuo acuerdo, de conformidad con el calendario [...] y con la metodología mínima de dilución in situ bajo la supervisión del OIEA”. Esto trata de resolver un problema creado exclusivamente por Trump, ya que Irán empezó a acumular uranio altamente enriquecido como respuestá a la salida de Trump del acuerdo nuclear de 2015. Mediante este acuerdo, Irán se había deshecho del 98% de sus reservas.
Las dos partes también han acordado “debatir la cuestión del enriquecimiento y otros asuntos relacionados con las necesidades nucleares de la República Islámica de Irán, basándose en un marco satisfactorio que se acordará en el acuerdo definitivo”. “Resulta un tanto difícil cuando otros lo tienen, otros Estados vecinos, y tú no les permites tenerlo para fines de generación eléctrica y cosas por el estilo. Hay que usar un poco de sentido común”, ha dicho Trump al respecto ante la prensa.
En este sentido, parece poco probable que Trump logre un acuerdo mejor que el de 2015, mediante el cual se comprometió (y cumplió) a enriquecer solo al 3,67%. El uranio, elemento esencial para fabricar un arma nuclear, se compone de dos isótopos. Solo uno sirve para fabricar la bomba y, extraído de la naturaleza, ese isótopo representa solo el 0,7% de su composición total. Aumentar ese porcentaje es lo que se conoce como enriquecer uranio. Para uso energético se requiere uranio enriquecido entre el 3% y el 5%. A partir del 20% es uranio altamente enriquecido y, técnicamente, ya se podría fabricar una bomba, aunque haría falta mucho material. El porcentaje habitual para la bomba nuclear es del 90% o superior.
“Trump parece volver a la postura de aceptar un enriquecimiento. Esa era su postura inicial. Posteriormente, Israel le convenció para que adoptara el enriquecimiento cero, lo que provocó la primera guerra. Para conseguir el acuerdo, ahora está volviendo a su postura inicial. Nunca debería haberla abandonado”, ha señalado Trita Parsi, experto en Irán y vicepresidente del Quincy Institute.
“Las guerras fueron una auténtica tontería porque los mediadores de Omán —con aportaciones de los gobiernos de Arabia Saudí, Qatar y Emiratos Árabes Unidos— ya habían presentado a Witkoff y Vance los parámetros de un acuerdo diplomático viable entre EEUU e Irán hace más de un año. Irán se mostraba dispuesto a aceptar el acuerdo, pero, en lugar de eso, fue atacado”, recuerda Esfandyar Batmanghelidj, profesor de la Universidad Johns Hopkins.
“Debemos considerarnos afortunados de que, tras dos guerras, Irán siga dispuesto a aceptar este acuerdo, sin condiciones drásticamente diferentes. Esto es un reflejo del pragmatismo implacable de Irán y del hecho, a menudo subestimado, de que las instituciones de seguridad nacional iraníes se toman en serio la idea de la diplomacia”, añade el experto. “El equipo de Trump ha demostrado ser lento para aprender, pero puede que por fin se esté dando cuenta de por qué la diplomacia debe llevarse a cabo con una perspectiva en la que todas las partes salgan ganando”.
Además, Irán consigue el fin de las sanciones para sus activos y el petróleo si la negociación nuclear llega a buen puerto. Así, el memorándum de entendimiento recoge que EEUU “se compromete a que, inmediatamente tras la firma del presente memorando de entendimiento y hasta el levantamiento de las sanciones, el Departamento del Tesoro de los Estados Unidos conceda exenciones para la exportación de crudo, productos derivados del petróleo, así como para todos los servicios asociados, incluidas las transacciones bancarias, los seguros, el transporte, etc.”
En este sentido, EEUU “se compromete a poner a disposición para su uso los fondos y activos congelados o sujetos a restricciones de la República Islámica de Irán una vez que se aplique el presente memorando. EEUU y la República Islámica de Irán acordarán de mutuo acuerdo los procedimientos relacionados con la liberación de estos fondos durante las negociaciones. Dichos fondos, ya sea mediante la obtención de la cuenta original o mediante transferencia, se pondrán plenamente a disposición para su pago a cualquier beneficiario final designado por el Banco Central de la República Islámica de Irán. Los Estados Unidos de América se comprometen a expedir todas las licencias y autorizaciones necesarias a tal efecto”.
Un acuerdo que no mejora el de Obama
La declaración de 2018 de la Casa Blanca de Trump justificando su retirada del acuerdo nuclear negociado por Obama, es un buen reflejo de hasta dónde ha cedido Washington. “Además de no desarrollar nunca un arma nuclear, el régimen iraní nunca debe tener un misil balístico intercontinental, debe cesar su desarrollo de misiles con capacidad nuclear [...] y debe detener sus amenazas a la libertad de navegación en el Golfo Pérsico [estrecho de Ormuz] y el Mar Rojo”, decía.
El programa de misiles de Irán, sin embargo, ni siquiera aparece mencionado y Trump no solo ha reconocido que no formará parte de ninguna negociación, sino que ha defendido que Irán los posea.Finalmente, la realidad, y no las ilusiones, han vuelto a la política de EEUU hacia Irán“, señalaba el analista israelí Danny Citrinowicz tras conocerse el texto del acuerdo. ”Puede que haya sido necesario un conflicto largo, costoso y complicado, pero Estados Unidos parece haber llegado a una conclusión que debería haber sido evidente desde el principio: el programa de misiles de Irán no es negociable, ya que constituye el núcleo mismo de la doctrina de seguridad del régimen“, dice el investigador del Instituto de Estudios de Seguridad Nacional (INSS), afiliado a la Universidad de Tel Aviv.
“Durante años, algunos ‘expertos’ barajaron la posibilidad de que una presión militar suficiente pudiera obligar a Teherán a renunciar a las capacidades que considera esenciales para su estrategia de disuasión. La guerra puso de manifiesto los límites de esa hipótesis. Irán nunca iba a desmantelar su arsenal de misiles”, dice Citrinowicz. “Lo mismo ocurre con el estrecho de Ormuz. Las peticiones de garantizar de forma permanente la libertad de navegación mediante la fuerza militar subestimaron un hecho geopolítico fundamental: la geografía no se puede vencer. Mientras Irán ocupe la costa norte del Golfo y controle el acceso a uno de los pasos estratégicos marítimos más importantes del mundo, seguirá teniendo la capacidad de amenazar el tráfico marítimo regional”.
El experto se pregunta si este conflicto prolongado era necesario para llegar a esta conclusión. “Mejor tarde que nunca. Antes de que los acontecimientos se descontrolaran por completo, el Gobierno de EEUU dio un paso atrás respecto a sus objetivos maximalistas y volvió a adoptar un enfoque más mesurado y realista”.
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