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Violeta Assiego

Activista de DDHH y abogada. Trabaja y colabora con diferentes organizaciones en el análisis, investigación y comunicación de temas relacionados con la discriminación y los derechos humanos. Da charlas y conferencias sobre diversidad sexual y desigualdad social y de género. Coordinadora del blog '1 de cada 10'.

El feminismo, los tratos de favor y la sororidad

Por mucho que le pese a Arcadi Espada, esto del caso Máster de Carmen Montón poco tiene que ver con el feminismo. Tratar de desprestigiar a la exministra menospreciando el contenido de un Máster que todavía está por ver si cursó, es querer matar dos pájaros de un tiro sin saber usar un fusil. Más allá de obtener los aplausos de fieles y amigos y un poquito de esa popularidad que da el que hablen de uno, aunque sea mal, creo que su buena escritura, sarcasmo y originalidad no aporta mucho a este asunto de la Universidad Rey Juan Carlos, los cargos públicos y los tratos de favor. Pero ahí queda su aportación como parte de ese saludable hábito que es la libertad de expresión, aunque no sea la perspectiva de género lo que esté ahora en cuestión.

Sin embargo, este caso, aunque tenga muy poco que ver con las demandas del movimiento feminista, nos debería interpelar. ¿Por qué? Porque el supuesto trato de favor que parece esconder el máster de Laura Nuño hacia la ministra Montón, de ser así, es una mala noticia. Si no queremos escandaleras, hagámoslo en la intimidad, pero nos toca reflexionar. ¿Sobre qué? Sobre esas alianzas que se pueden llegar a construir entre nosotras cuando ocupamos posiciones y lugares donde somos parte o tenemos acceso a ‘el poder’. Preguntarnos por qué, para qué y, lo más importante, para quién construimos estas relaciones con otras mujeres feministas no está de más cuando, más allá de los hechos, puede estar el cohecho, ese delito que tanto se aleja de la sororidad.

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Veintinueve

El pasado 29 de agosto moría Natalya Balyuk, una vecina de Huarte (Navarra). Lo hacía en el hospital. Ingresó inconsciente con multitud de golpes en la espalda y en la cabeza. El hombre que llamó al 112, su marido, dijo que se había caído en el baño. Su madre, la de él, limpió el domicilio para eliminar cualquier rastro que incriminara a su hijo. Este, tras los interrogatorios correspondientes, entró en prisión sin fianza. Está acusado de asesinar a su esposa. Natalya tenía 38 años.

Hace tres años, cuando la pareja residía en otra localidad, alguien alertó de que ella podía estar sufriendo malos tratos. Se abrieron las oportunas diligencias policiales, pero la mujer no quiso ni denunciar ni que la explorara el médico forense.  Se archivaron las actuaciones tanto en este como en otro procedimiento similar un año después. Al no denunciar, se archivaron los casos. Posiblemente, Natalya desconocía, cuando fue asesinada, que 26 días antes había sido aprobado y entraba en vigor un Real Decreto que le podía otorgar protección sin necesidad de denunciar. Para acceder a la misma hubiera necesitado el informe del Ministerio Fiscal o de los Servicios Sociales o de otro organismo especializado con reconocimiento oficial. Aunque contaban en el vecindario que se la veía abatida y abandonada y en el año y medio que vivió en Huarte no pisó un centro de salud ni acudió a Servicios Sociales. Es más que probable, imagino, que los dos intentos frustrados de enjuiciar a su marido le dejaran huella…  

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Son crímenes, no pecados

No tengo nada contra los curas. Tampoco contra las monjas. Como principio, en la vida, trato de no tener nada contra nadie como punto de partida. Sería algo un poco absurdo defender la universalidad de los derechos y hacer una preselección de a quién dejo entrar en mi zona de confort y a quién no, sólo y únicamente por si es afín en ideas o creencias. Si actuase automáticamente así, no sólo me estaría perdiendo muchas de las cosas que aprendo y desaprendo, sino que me estaría perdiendo a mí misma.

Creo que la gente radicalmente distinta a lo que somos en el plano intelectual y espiritual es imprescindible si realmente nos creemos lo de la sociedad rica en pluralidad, democracia y diversidad. Pero también soy perfectamente consciente de que para que la convivencia sea posible no basta compartir valores idealizados como el diálogo, la escucha, el respeto y la honestidad. Si queremos compartir barrio, pueblo, ciudad o país es indispensable que cada cual se responsabilice de autogestionar su cuota de contribución a los siete pecados capitales: la lujuria, la ira, la avaricia, la pereza, la gula, la envidia y la soberbia.

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Argumentos para dummies no racistas y ‘buenistas’ (y III)

La migración tiene género, el de mujer. A pesar de que sus relatos suelen desdibujarse en la amalgama de informaciones, imágenes y estadísticas que nos están llegando estos días, ellas siempre están ahí. Poco se habla de cómo el sistema patriarcal, el nuestro, se sirve de las mujeres y niñas migrantes, de cómo se aprovecha de su situación de vulnerabilidad para que las reglas (también capitalistas) de dominación, poder y precariedad las cerquen hasta vivir las experiencias más serviles, denigrantes y abusivas de la llamada economía informal. Habrá quien piense que los discursos xenófobos y racistas de estos días no las estigmatizan ni las señalan directamente. No es verdad, la indiferencia también es violencia porque se habla por ellas, se toman decisiones por ellas, se las victimiza en exceso, se las ignora… Si en los últimos años se puede hablar de algún boom migratorio, es el del aumento de llegadas de mujeres y niñas migrantes a nuestro país.

¿Por qué? Entre otras razones por las que señala el estudio ‘Feminismo, género e igualdad’: “El aumento de la entrada de las mujeres en el mundo laboral, la falta de responsabilidad de los hombres en las tareas reproductivas, el aumento de familias monomarentales, el envejecimiento de la población que genera más necesidad de cuidados, las escasas ayudas públicas a las familias y a la dependencia y la disminución de mujeres autóctonas dispuestas a realizar estos trabajos”. Atravesando todo esto, está la sexualización obsesiva que sufren las mujeres migrantes tanto durante el viaje migratorio como cuando llegan aquí, situaciones que raramente sufrirá un hombre migrante heterosexual.

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Argumentos para dummies no racistas y ‘buenistas’ (II)

Seguimos en plena onda expansiva de mensajes y desinformaciones sobre la llegada y estancia de los migrantes en nuestro país. Duele ver como desde algunos medios se contribuye a construir una opinión mediática en materia migratoria desinformada. Cuesta aceptar, cómo en algo tan serio, se rehúsa a acudir a gente experta y organizaciones que llevan años trabajando en estos temas desde un enfoque científico y de derechos. Se da voz a tertulianos que son “de primera división” pero poco más que aficionados en lo que tiene que ver con migración. Obvian las recomendaciones, resoluciones e informes que describen el histórico de muchas de las situaciones que ahora alarman. Olvidan dar a quienes pueden contar que las personas extranjeras (no europeas) que llegan a nuestro país vienen sufriendo de manera frecuente violaciones de sus derechos sin ningún tipo de justificación.

Quizá poner el foco en esto haría relativizar el falso mensaje del ‘efecto llamada’… Porque conocer toda esa información cuestionaría lo de ‘llamada'.  ¿A qué? ¿A destrozarte con las concertinas?, ¿a ahogarte en el mar?, ¿a qué te violen?, ¿a qué te maltrate la policía marroquí y te deje morir en el desierto?, ¿a dormir en las calles españolas y ser víctima de abusos, tropelías y palizas?, ¿a estar encerrado sin derechos ni posibilidad de comunicarte con tus seres queridos?, ¿a ser señalado y perseguido como si fueras un animal al que cazar por trata de sobre vivir?, ¿a ser víctima de una red de trata y que nadie se preocupe por ti?, ¿a sufrir las humillaciones de las autoridades que se suponen que tienen que protegerte?... Efecto llamada… ¿a qué?

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Argumentos para dummies no racistas y ‘buenistas’ (I)

Si los políticos y los tertulianos te están haciendo sentir mal, si cada vez son más las voces que en tu entorno cercano repiten mensajes racistas y xenófobos sin pudor sabiendo tú que no son verdad, aquí tienes una guía básica de cómo canalizar tus buenos sentimientos con algunos argumentos. Que nadie te ridiculice cuando defiendas que las personas extranjeras (no europeas) deben recibir un trato digno, respetuoso y conforme a derecho. Tú ya sabes que no son delincuentes ni terroristas, que no vienen a quitarnos el trabajo, que no abusan de nuestros servicios públicos, que no nos están invadiendo y que, desde hace más de 30 años, están generando riqueza y aportando con su dinero y trabajo a las arcas públicas de nuestro país.

Pero si a pesar de esto, te señalan por tus buenos sentimientos, lee estos argumentos que igual te ayudan a zafarte de las encerronas sin acomplejarte ni autocensurarte. Decenas de declaraciones y normativas de derechos humanos te avalan, pero, sobre todo, desde hace siglos, centenares de líderes pacifistas y espirituales vienen señalando que la hospitalidad, la tolerancia y la generosidad son valores que alejan de las sociedades a dictadores, genocidas y tiranos.

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Malditos bastardos

Dos décadas de prejuicios y un acrónimo (MENA) son el pobre balance que podría hacerse sobre cuál ha sido la respuesta del sistema de protección español a los “menores extranjeros no acompañados”. Nos dicen, como dato previo a la celebración de la Conferencia Sectorial de Inmigración, que, a fecha de hoy, ya son 7.000 los menores tutelados que han llegado solos a España, un 12% más de los que había en el mes de abril. Una cifra que, a pesar de no representar ni al 1% del total de la población menor de edad de España, suena lo suficientemente preocupante como para que la invitación del Gobierno de repartir a “los menas” por las Comunidades Autónomas logre captar toda la atención mediática.

Sin embargo, o además, la convocatoria de esta Conferencia es un buen momento para hacer otra invitación: la de reflexionar sobre cuál es la situación de los menores extranjeros no acompañados dentro y fuera de los centros. No es una realidad nueva, lo de los MENA viene de los años 90. Así que, ya tenemos perspectiva suficiente como para evaluar si las políticas migratorias sobre niños y adolescentes extranjeros no acompañados han sido eficaces. Y si no lo han sido, analizar hasta qué punto ha podido afectar que estás políticas hayan sido lideradas por los ministerios de Interior y de Trabajo, en vez de por el ministerio de Sanidad, Consumo y Bienestar Social como parece que ahora podría llegar a pasar por el protagonismo que está cogiendo en el tema, por primera vez, Carmen Montón.

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El circo de Casado

“Ya lo decía mi marido en los años 90. Yo es que electrificaba las vallas, nos están metiendo enfermedades que en este país no se veían. Aquí todos piensan lo mismo pero nadie dice nada. ¿Qué va a ser lo próximo?, ¿qué echen ácido a la Guardia Civil? Y encima los metemos en cárceles con piscina climatizada. No quieren trabajar, vienen a robar y a vivir bien. No se comportan y a mí me han enseñado que donde fueres haz lo que vieres…”. Así arrancaba mi semana. Era inevitable no escuchar a esta mujer, de unos 45 años, que debía estar yendo a trabajar. La escena sucede a primera hora de la mañana en un vagón lleno de gente del metro de Madrid. Sin ninguna discreción, esta señora iba soltando, cuál tabla de multiplicar, uno a uno todos los mitos y estereotipos que se le pasaban por la cabeza. Su interlocutora asentía, a diferencia de ella, con más mesura y cierto pudor. Pero la mujer, lejos de darse por aludida, parecía querer incomodar a todo el vagón. Su tono, además de racismo y aversión, desprendía algo más, era la exaltación de un discurso ignorante y hostil. Ideas sobre la inmigración que, sin ser nuevas ni mayoritarias, solo necesitaban que alguien les abriera la puerta para salir en tropel. Eso es justamente lo que está haciendo el Sr. Casado Blanco.

Desde que ha asumido este nuevo rol político, el líder del PP, haciendo honor a sus apellidos, embistió primero contra la mal llamada ‘ideología de género’ para dejar clara su apuesta por la familia tradicional y, ahora, desde su privilegio de hombre blanco, está tratando de averiguar cuánto apoyo popular y electoral le puede reportar el uso de la retórica xenófoba antiinmigración. Una decisión irresponsable que, más allá de los votos, está teniendo un ‘efecto llamada’ hacia quienes de forma ignorante y/o irracional creen que la inmigración supone un problema para nuestra seguridad y la ven como una invasión.

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Ni insolentes ni mediáticas, a la Justicia le gustan calladas

A muchos jueces no les gusta que salgamos pacíficamente a las calles ni llenemos las redes sociales de mensajes que apoyan a las mujeres víctimas de las violencias de género. No les gusta que se cuestionen sus decisiones ni sentir que la opinión pública les pone entre la espada y la pared. Sienten esa crítica masiva como un ataque a su independencia judicial, una especie de embestida de la que no saben zafarse cuando, en cambio, sí lo hacen de otro tipo de presiones mayores como las de la delincuencia organizada o las propias altas esferas de poder. Desde hace muchos años están inmersos en una forma de funcionar en la que el cuestionamiento es insolencia y la desobediencia se debe castigar de forma ejemplar. No comprenden a qué nos referimos cuando hablamos de Justicia patriarcal y siguen sin aceptar que juzgar y emitir opiniones de valor sobre la mujer víctima y los hechos no es ninguna forma de interpretación de la ley. Se les hace cuesta arriba juzgar con perspectiva de género porque no saben cómo aislarse de los sesgos machistas que encontramos en sus sentencias. Les extraña que feministas,  activistas y juristas (con enfoque de derechos humanos y de género) nos llevamos las manos a la cabeza, porque están acostumbrados a que sus decisiones se acaten con respeto, "aunque algunas duelan más".

Todas las que hemos seguido el caso de Juana Rivas sabemos que la fuga que emprendió, si no mediaba algún tipo de solución extrajudicial, la estaba llevando a un callejón sin salida judicial.  Las juristas a las que consultó Marta Borraz en plena ebullición del caso calificaban de "enormemente complicadas" las soluciones para Juana Rivas y no descartaban la posibilidad de que el proceso se terminará volviendo en su contra en lo civil y en lo penal. Y, efectivamente, así ha sido. Sin embargo, la sentencia condenatoria, es dura, casi parece saldar más un asunto personal que uno judicial.

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Hasta que la muerte os separe y el Supremo lo sentencie

Una frase categórica y trágica ha venido sellando, desde hace décadas, los matrimonios de millones de hombres y mujeres. “Hasta que la muerte os separe” es una de esas fórmulas que, aunque suene antigua, produce escalofríos al ver las cifras de la violencia machista. Esta expresión, aunque parece utilizarse cada vez menos, no es inocua y es una de las que envenena las raíces de lo que debe ser una relación libre de pareja. La falsa idea de indivisibilidad del matrimonio viene a decir que es la muerte la que pone fin al amor. Mentira. La muerte nunca es el punto de inflexión de una relación. Esta, guste o no, se acaba cuando se termina el amor, cuando la relación no es lo que se espera, cuando el sentimiento estrangula, o, sencillamente, cuando eso no es amor.

La muerte tiene muy poco que decir en cómo finaliza una relación. Más bien, nada que decir. Sin embargo, las mujeres siguen siendo asesinadas por hombres que no aceptan que ellas sean libres de irse o quedarse, de estar o marcharse, de vestir de una forma o de la otra, de tener amigas o amigos, de entrar y salir… Matar como punto y final, como ejercicio supremo de dominación sobre la mujer. Da igual que apenas haya cumplido los 20 años o, como ha sido el caso de la mujer asesinada este martes en Astorga, tenga ya los 60. No es un tema de culturas, es un tema cultural. No es un asunto de edades ni raza ni nacionalidad. Tampoco lo es de clase social. La violencia machista es un tema de adoctrinamiento, de complicidad y de impunidad.

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