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Violeta Assiego

Activista de DDHH y abogada. Trabaja y colabora con diferentes organizaciones en el análisis, investigación y comunicación de temas relacionados con la discriminación y los derechos humanos. Da charlas y conferencias sobre diversidad sexual y desigualdad social y de género. Coordinadora del blog '1 de cada 10'.

Los hijos no pertenecen a nadie, tampoco a los padres

El único partido en democracia que tiene varias causas abiertas en Fiscalía por presuntos delitos de incitación al odio es el mismo que defiende la libertad de los padres de sacar a sus hijos de clase cuando en estas se hable de derechos humanos. Vox ignora (o quiere ignorar) que el que los padres tengan la patria potestad sobre sus hijos no significa que les pertenezcan y puedan decidir por ellos a su propia conveniencia.

Los hijos son una responsabilidad, no una propiedad, y es el Estado el que está obligado a velar por su protección, para que sus derechos (los de la infancia y la adolescencia) se respeten. Este reparto de roles –obligaciones (Estado), responsabilidades (progenitores) y derechos (menores de edad)– no es invento de la ministra Celaá, tampoco del PSOE ni de Unidas Podemos. Es, ni más ni menos, fruto del ordenamiento jurídico sobre el que se basa todo nuestro sistema de protección a la infancia y adolescencia desde los años 80. Esto significa que cada progenitor es responsable (en forma prioritaria e igualitaria) de asegurar el desarrollo y bienestar de sus hijas e hijos, y de que estos disfruten plena y efectivamente del ejercicio de sus derechos. No son los derechos de los padres los que están en juego con el veto parental, sino los de los niños. Plantearlo de otra forma es tratar a estos como sujetos pasivos sin voz ni derechos, es usurparles la titularidad de su vida, tratarles como objetos.

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Casos en los que no importa que la fiscalía no sea imparcial

Vivimos irresponsablemente nuestra ciudadanía. Sabemos, aunque no lo queramos saber, que hay vidas que valen más que otras. Somos conocedores de que hay vidas que importan menos que otras y cuyo deterioro y sufrimiento no cuenta a la hora de cambiar políticas, movilizar las calles, ondear banderas o abrir telediarios y periódicos. Nos eximimos de responsabilidad pensando que si a alguien le va mejor o peor posiblemente tenga que ver con sus propios méritos.

De esta forma se abraza esa idea tan neoliberal que dice que la responsabilidad de cómo nos vaya en la vida es de cada uno y no del Estado y que, por tanto, cruzar esa frágil línea que dice qué vidas cuentan y cuáles son perfectamente prescindibles es responsabilidad nuestra cuando nos vaya bien y culpa de los otros cuando nos va mal. Sin embargo, quienes defendemos el modelo del Estado del bienestar y la lógica de los derechos humanos por encima de las posiciones liberales que dan vía libre al mercado, pensamos que es el Estado –y sus poderes responsables– los que, a través de las políticas públicas, influyen, y mucho, en el devenir de las vidas.

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Defender la alegría incluso de la propia alegría

Hace una semana escribía en este espacio que defender los derechos desde su universalidad es defender la alegría como una trinchera, tal y como bien dice el bellísimo poema de Mario Benedetti. Parafraseaba para ello sus versos subrayando la necesidad de defender la alegría frente al caos y las pesadillas, la ajada miseria y los miserables, los graves diagnósticos y las escopetas, los males endémicos y los académicos, las buenas costumbres y los apellidos, los pocos neutrales y muchos neutrones. Pero también, como decía el poeta uruguayo, defender la alegría es hacerlo de la propia alegría.

Para quienes venimos asistiendo con preocupación e inquietud al crecimiento de la retórica del odio que se ha desatado desde que Vox ha tomado protagonismo en la vida política, el nuevo Gobierno de coalición entre PSOE y Unidas Podemos es un motivo de alegría y también de alivio. A pesar de lo ajustadísimo de la votación de apoyo parlamentario al nuevo Gobierno, este es una bolsa de oxígeno al asfixiante clima de hostilidad y hostigamiento que vemos que promueve la derecha más desinhibida y descentrada (la política, la intelectual, la eclesiástica y la mediática). Además, es tranquilizador observar cómo el programa de legislatura del nuevo Ejecutivo proyecta un cambio de paradigma en cómo gobernar al poner en el centro de este los derechos sociales, económicos y culturales que están recogidos en nuestra Constitución.

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2020: por un horizonte éticamente distinto

Para quien trata de pensar la vida, las relaciones y las políticas con una mirada feminista y desde la lógica de los derechos humanos, el optimismo (como dice Axel Honneth) es una obligación moral. Un deber moral que tiene tintes de aprendizaje personal y colectivo si se quiere ser capaz de formular propuestas que sirvan para la convivencia. Los discursos y las prácticas dejan de ser útiles socialmente si fragmentan los vínculos, si enfrentan a quienes están abocados a convivir. La defensa de los derechos civiles, políticos, sociales, culturales, económicos, ambientales... es la aspiración por otra construcción de las instituciones, pero también de los afectos. Es denunciar el mandato cis-hetero-patriarcal y colonialista que prefiere que las personas se ahoguen en el Mediterráneo a que estén en la sala de espera de la consulta de un médico.

Defender los derechos desde la idea de universalidad es hacer lo éticamente correcto, es (como dice Mario Benedetti) defender la alegría como una trinchera, –y cito de su poema– defenderla del caos y de las pesadillas, de la ajada miseria y de los miserables de los graves diagnósticos y de las escopetas, de los males endémicos y de los académicos, del rufián caballero y del oportunista, de las buenas costumbres y de los apellidos, de los pocos neutrales y los muchos neutrones, y también de la alegría. Es apostar por la sociedad, apostar por la propia persona y luchar contra la inercia de la apatía que nos envuelve de esa soledad que sirve de excusa para legitimar la insolidaridad, el individualismo, el consumismo, la explotación, el maltrato al otro... Esa apatía que sacrifica la propia vida y la de quienes las políticas olvidan para que puedan ser precarizados, vulnerados y pisoteados.

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El cuñadismo navideño como forma de control social

Dice T. S. Eliot que la mayor parte de los problemas del mundo se deben a gente que quiere ser importante. La verdad es que creo que al poeta inglés no le falta razón. Esta claro que hay gente a la que no le gusta pasar desapercibida, que prefiere violentar al otro antes que perder un grado de razón y del poder que les da esta inflexibilidad. Encuentran en esa actitud disruptiva una especie de reconocimiento/respeto/atención por parte de los demás. Si este comportamiento es algo que no pueden o no quieren evitar habría que analizarlo caso por caso. Lo cierto es que, en Psicología, esta conducta, cuando llega a su grado extremo, puede llegar a valorarse como un trastorno de la personalidad, un desorden afectivo. Sea como sea, lo que está claro es que si una persona busca continua y compulsivamente autoafirmarse pasando por encima de los demás hay algo que en ella no va bien. Instrumentalizar el bienestar de los demás para la propia autoestima y autosatisfacción no solo es un tema de mala educación, es un síntoma de mala salud emocional. 

El fenómeno del 'cuñadismo' que en los últimos años viene enrareciendo (e incluso reventando) celebraciones familiares también es un mal síntoma de la salud emocional de nuestra sociedad. Más allá de las discrepancias que pueden existir entre personas y del déficit de inteligencia emocional que refleja que estas diferencias no puedan resolverse desde el debate, la conversación, la receptividad y el respeto, existe un problema de esos que en las Ciencias Sociales llamamos estructurales. Claro que tiene que ver con el patriarcado y en nuestro caso con el patriarcado en su versión 'nacional catolicismo'. 

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Futbolistas cuyo único logro es agredir sexualmente a una adolescente

Las niñas mayores, esas a las que llamamos adolescentes, tienen derechos. Tienen derecho a soñar, a enamorarse platónicamente de sus ídolos, a querer conocerlos, a hacer el tonto con su edad e, incluso, tienen derecho a desear tener un algo más con ellos. La sexualidad, que es un derecho, también lo es en la infancia y la adolescencia. Cierto que este es uno de esos derechos que parecen inexistentes por lo que cuesta hablar de sexo, pero existir, existe, claro que existe. El derecho a respetar la integridad sexual de un ser humano se tiene desde el mismo momento del nacimiento, desde ese instante en que el cuerpo es cuerpo presente y junto a este, de manera inseparable, hay una genitalidad.

Las niñas, los niños, las y los adolescentes tienen derecho a su libre desarrollo y como parte de este, a explorar de forma saludable su sexualidad. Precisamente, es función de la educación sexual –adaptada a cada edad– que se pueda incidir mejor o peor en ese calificativo fundamental de 'saludable' de manera que curiosidad individual, fisiología y sociabilidad vayan a la par y de forma coherente al momento evolutivo de cada chica y chico. En todo caso, esto es lo importante, nunca nadie, ningún adulto, tiene un derecho superior a utilizar esa inquietud adolescente (o infantil) sobre qué es esto del sexo y de una relación sexual para abusar y asaltar la integridad sexual de una niña, niño o adolescente en beneficio propio y personal, para jactarse o para su autosatisfacción sirviéndose para ello de la superioridad de la edad, la experiencia, su posición de poder, ser una figura de apego o de confianza, o por el hecho de ser más grande o corpulento.

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Cuando preocupa más una mercancía que quien la portea

Cargan sobre sus espaldas bultos de hasta 90 kilos. También los podrían arrastrar con unos carritos si los pudieran comprar o reponer cuando se les rompen por el estado de los caminos. Son mayoritariamente mujeres y en su totalidad marroquíes. Son las víctimas necesarias de las violencias económicas y machistas que tienen lugar en las fronteras terrestres que hay entre España y Marruecos. Sin estas mujeres no sería posible el negocio del contrabando de las empresas españolas con los comerciantes del Reino alauí. El llamado comercio atípico ofrece una apariencia de legalidad, pero en realidad no lo es. 

Las mujeres porteadoras son mano de obra barata y 'dócil' o, al menos si no lo son, lo deben aparentar. Su situación de necesidad las hace ser más vulnerables a los abusos de los empresarios y comerciantes que abaratan costes, maximizan beneficios y, de paso, permite a quienes hacen la vista gorda sacar tajada por la impunidad que da esa alegalidad. Son explotadas a cambio de casi nada, solo lo mínimo suficiente como para que puedan subsistir en la pobreza y volver al día siguiente a someterse un poco más. Es el patriarcado fronterizo en estado puro: machista, racista, clasista y aporófobo. 

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¿Por qué dudo que lo de Vox sea libertad de expresión?

Lo de Vox no sé si se puede calificar como libertad de expresión. Lo suyo no son exactamente opiniones, lo suyo es la apología de una ideología que señala, sin miramientos, a sus enemigos. Los coloca en el punto de mira diciendo que destruyen la familia, asesinan bebés, manipulan y corrompen niños, violan mujeres, provocan inseguridad, persiguen a los hombres por el hecho de serlo, atacan a las fuerzas de seguridad, quitan el trabajo a los españoles... y, por supuesto, rompen España. Sus enemigos coinciden con los que tiene la extrema derecha: inmigrantes, personas no normativas sexualmente, las racializadas y de otras culturas y religiones, las mujeres rebeldes y libres, las organizaciones que defienden los derechos humanos, los que defienden el Clima, la prensa no afín, los 'objetores' de la familia convencional, aquellos que no lo dan todo por la patria, los rojos, los progres... En definitiva, todos aquellos que tenga, a ojos de Vox, un gen de peligrosidad social.

Estas premisas, y muchas otras, les sirven para argumentar un modelo de comunicación, de convivencia, de política y de sociedad donde las mentiras, la mala educación, el desprecio, la humillación, el insulto y la violencia directa se justifican si van dirigidas contra alguno de esos enemigos. Ellos no lo llaman machismo, ni racismo, ni homofobia, ni transfobia, ni tampoco xenofobia, para ellos se trata de 'enemigos' y antes que personas con derechos son la amenaza a combatir. Sobre esto, precisamente, el nazismo ya teorizó para denominarlo con un eufemismo: 'extraños a la comunidad'.

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Con la frente bien alta: Nadia Otmani. Gracias

Es más fácil vivir del cuento facha que mirar a los ojos a una mujer que ha sido tiroteada por su cuñado cuando defendía a su hermana. Reconocemos esa cobardía y esa arrogancia. Es el rostro familiar del machismo. El desprecio negacionista del hombre que quiere hacernos creer su mentira. Es la prepotencia de esa masculinidad envenenada que justifica lo injustificable y permanece impertérrita ante el sollozo de su víctima pidiendo respeto. Claro que reconocemos esa cobardía y esa arrogancia. Es la que utiliza Vox con el dinero de todas para ejercer violencia simbólica, para amordazar la voz de las víctimas de la violencia de género negándoles su derecho a la reparación y a la memoria, para decirles, acto seguido, que ellos son los únicos que las quiere proteger de verdad. ¿Les suena la cantinela? Violencia machista simbólica institucional.

Dice Concepción Arenal que "la ley es la conciencia de la Humanidad" y la Ley Integral contra la Violencia de Género no sólo no se va a derogar, sino que entre todas la vamos a mejorar. Lucharemos para que cuanto antes se implante en su toda integralidad empezando por las medidas pendientes, casi todas, del Pacto de Estado. Esta ola reaccionaria que ha emprendido el patriarcado travistiéndose de fascismo no va a poder con un movimiento de feminismos que antes que en las cárceles creemos en los vínculos y en los apegos, en las redes que tejemos y en las que nos hermanamos, que creemos que la sociedad evoluciona desde los aprendizajes y no desde las amenazas y los chantajes. Esta es nuestra fuerza vehicular: los afectos, la sororidad, la empatía y la pedagogía. Y cada vez somos más. Los feminismos imparables no nos replegamos. Estamos en lo cotidiano, en lo invisible, en lo inmaterial. Estamos en todas partes.

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Esta columna la escribe una niña de 8 años

Hace unas semanas pasó por casa una peque de 8 años. Forma parte de esa familia biográfica que todas y todos tenemos, de esa gente querida que nos encontramos en la vida y que es parte de nuestra historia, de nuestra biografía. Nos pusimos a merendar y le pregunté que cómo le había ido el día en el cole. Me contó algunas cosas sueltas y, acto seguido, ella preguntó qué había hecho yo. Le conté que había estado dando clase. "¿Sobre qué?", insistió. "Sobre los derechos que tenemos las personas", le dije. "¿Y sobre los derechos de los niños también?", quiso saber. "¿Y qué derechos crees que tenéis los niños?", le dije retándola a ver que me decía mientras recogíamos la cacharrería que habíamos desplegado para merendar.

Tras su primera y sorprendente respuesta, decidí coger un boli y pedirle que me fuera diciendo los derechos que ella creía que tenían las niñas y niños. Es esa lista la que hoy da forma a esta columna. He esperado hasta este miércoles, día en el que se celebra el treinta aniversario de la Convención de los Derechos del Niño para 'cederle' este espacio a una niña de 8 años. No solo porque tenga muy claro cuáles son algunos de los derechos que tienen los que son como ella, sino porque las niñas, niños y adolescentes tienen voz y capacidad para hablar por sí mismos.

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