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Violeta Assiego

Activista de DDHH y abogada. Trabaja y colabora con diferentes organizaciones en el análisis, investigación y comunicación de temas relacionados con la discriminación y los derechos humanos. Da charlas y conferencias sobre diversidad sexual y desigualdad social y de género. Coordinadora del blog '1 de cada 10'.

Una nación es su gente, ni sus mercados ni sus políticos

Decía un tweet de Gerado Tecé que "del caos siempre surgen héroes y ratas". Sin duda. Más aún cuando las ratas llevan desde hace tantos años robando el queso y la memoria a la gente corriente, insistiendo en sus retóricas y prácticas sin ética de manipulaciones y mentiras. Como Albert Camus escribe, precisamente en La Peste: "la estupidez insiste siempre, uno se daría cuenta de ello si no estuviera siempre pensando en sí mismo". Así que esta plaga, esta pandemia, nos llega en nuestro mejor momento de estupidez. Si se trata de pensar en nosotros mismos no hay mejor adoctrinamiento que el que recibimos del neoliberalismo y del capitalismo. 

Poco parece que haya cambiado el coronavirus a quienes vienen viviendo del cuento facha. La mayor parte de los centenares de bulos que surgen en sus intervenciones los hemos leído, antes o después, en centenares de grupos de WhatsApp. Difunden mensajes tóxicos que tratan de crear un estado de pánico e indignación contra quienes gobiernan España. La oposición no quiere perder forma, ¿por qué iban ahora de dejar de odiar y señalar a los enemigos de su patria?

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Más pedagogía y menos mano dura

No creo que haga falta incidir en la situación de excepcionalidad en la que nos encontramos. Tampoco creo que haga falta señalar que esta crisis sanitaria no nos está afectando a todos igual. Es mentira creer que el coronavirus es un "gran ecualizador" que no discrimina y que nos pone a todos al mismo nivel de igualdad. Sospecho que necesitamos romantizar un poco este drama para hacerle frente. Basta mirar los metros cuadrados de las casas en las que estamos confinados y las condiciones económicas, personales, emocionales y familiares en las que estamos para comprobarlo. Un buen ejemplo de lo absurdo de esta falacia sentimental que asocia el coronavirus con la igualdad es la imagen que la cantante Madonna ha colgado en Instagram haciendo un elogio a cómo el coronavirus nos ha hecho iguales en muchos aspectos mientras se da un baño entre pétalos de rosa en su mansión.

Es normal que quienes nunca han sentido de esta forma la vulnerabilidad que sienten ahora, y eso les angustia -como es lógico- sientan el miedo de estar ante algo preocupantemente desconocido. También es necesario no olvidar que no todos hemos empezado esta partida del confinamiento (que se inició hace dos semanas) en la misma casilla de salida. Por eso es tan importante y necesaria la pedagogía institucional y la empatía social.

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Personas sin hogar, el riesgo a tratarles como desechos una vez más

No estoy de acuerdo con quienes defienden la opción de que sea el ejército el que monte campamentos que hagan posible el aislamiento masivo de las personas sin hogar durante estas semanas (que van a ser muchas) de cuarentena. No estoy de acuerdo con desterrarles al extrarradio de las ciudades marcando una vez más una frontera de indignidad entre "nosotros" y "ellos", entre quienes tenemos derecho al privilegio de permanecer en nuestro entorno conocido y quienes no lo tienen porque va a dar igual lo que les pase, porque son "vagabundos", son los "parias".

Me parecen preocupantes las propuestas que se dirigen en esa línea porque tienen el riesgo real de deshumanizar, todavía más, la atención a un colectivo cuyas necesidades de acompañamiento vital son muy específicas, más en un momento de especial estrés y de ansiedad como este. Si lo que se busca es salvaguardar su salud es imprescindible que se tenga presente no solo la rapidez y la economía de la respuesta, sino que cada una de estas personas -precisamente por estar en situación de extrema exclusión- necesitan más que nunca una atención personalizada e individual. Me resulta muy difícil visualizar este tipo de atención social en un aislamiento masivo y segurizado que se asemeja más un destierro social que un confinamiento por motivos de salud.

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Reinventar nuestras redes mientras el virus se frena

Si digo que la situación es excepcional es redundar en lo evidente. Sin embargo, todavía cuesta un poco creer que ya haya empezado la primera fase de una situación de excepción que tiene algunas posibilidades de ir avanzando hacia medidas más restrictivas.

En medio de este nuevo escenario, que todavía parece un poco irreal, me descubro parte de un incontable número de personas preocupadas y ocupadas en que, en estos momentos, las personas más frágiles de nuestros barrios, nuestras comunidades, las más vulnerables no se queden colgadas entre los olvidos y contradicciones de un sistema de respuesta a la epidemia que tiene un cierto sesgo de clase. Teletrabajar en nuestro país, en este contexto, es síntoma de pertenecer a un grupo de privilegiados.

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Reivindiquemos la genealogía feminista de supervivientes

Necesito recordar a Audre Lorde (1934) para arrancar esta columna en un estado de ánimo que se mueve entre la impotencia, la rabia y la necesidad. Necesito evocar su texto "La hermana, la extranjera" para subrayar sus palabras una a una como si al hacerlo fuera recuperando el coraje necesario para teñir cada paso de morado y del resto de colores del arcoiris. Me declaro unicornio en estos tiempos donde hablar de pluralidad dentro del feminismo es tachado de memez por alguna académica. Me declaro culpable ante quienes criminalizan teorías que denuncian la multipluralidad de opresiones que atraviesan a las mujeres y no solo a ellas. Acudo a Audre Lorde como parte de esa genealogía del feminismo interseccional para recordarme que lo que sucede estos días, este año, no es nuevo. Que las disputas, los olvidos, las calumnias y las mentiras siempre estuvieron ahí. Pero lo más importante, que los feminismos, imparables, han seguido avanzando para llegar a este 8M nutrido por las mujeres que desde las periferias han alzado la voz contra el patriarcado.

Escucho estos días reinvindicar a Sojourner Truth, a esa esclava que nació en 1797 y que fue la primera mujer negra en ganar un juicio a un hombre blanco. Quienes saben de esto la señalan como una de las pioneras de ese feminismo que reivindica la pluralidad y cuestiona no la categoría género sino que este sea el único eje de opresión del que se sirve el patriarcado para imponer su hegemonía. Llevo unos días tratando de reconstruir esa genealogía de feministas y observo al hacerlo que traspaso fronteras nacionales, conceptuales, temporales, continentales, raciales, sexuales, étnicas y culturales.

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El extraño silencio en torno a los clubes de carretera

No puedo evitar, cada vez que sale el tema de la prostitución, preguntarme por qué en los debates, propuestas abolicionistas y discursos políticos apenas se habla del papel que juegan los clubes de alterne en el negocio del sexo. Me resulta extraño ese mutismo que existe en torno a estos locales. Desconozco si al escribir esta columna estoy rompiendo algún pacto de silencio sobre cómo en estos espacios, bajo la connivencia de empresarios, políticos, autoridades y administraciones, es donde está teniendo lugar, en palabras del Tribunal Supremo, la esclavitud del siglo XXI.

Los magistrados, en una sentencia muy reciente e histórica de julio de 2019, lo dejaban claro. Está delante de nuestro ojos: "no hace falta irse a lejanos países para observar la esclavitud del siglo XXI de cerca, simplemente adentrarse en lugares tan cercanos, a lo largo de los márgenes de nuestras carreteras, en donde hallar uno o varios clubes de alterne en cuyo interior se practica la prostitución con personas forzadas, esclavizadas, a las que, sin rubor alguno, se compra y se vende entre los distintos establecimientos, mientras tales seres humanos se ven violentados a pagar hasta el billete de ida a su indignidad".

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Debates a muerte dentro de un feminismo muy vivo

Leo un artículo de la periodista feminista Sonia Tessa en la sección de 'Las 12' del prestigioso diario argentino Página 12. El texto está escrito hace poco menos de una semana y se titula: "El debate dentro del feminismo: sin reparar en privilegios". Por un momento dudo si está hablando de España, pero no. Habla de lo que está sucediendo a más de 10.000 km de nuestro país, en Argentina. Sin embargo, las similitudes, los conflictos y los argumentarios son prácticamente calcados. Llamativo... o no tanto.

Cuestionamientos, insultos y acusaciones que van mucho más allá del intercambio de pareceres. "Proxenetas" parece que es el calificativo más frecuente que reciben las mujeres del movimiento feminista argentino que representan a las organizaciones de mujeres que no se posicionan a favor del abolicionismo de la prostitución y hablan de trabajo sexual. "La violencia de los intercambios –si se les puede decir así- entre las feministas abolicionistas y las que están por el reconocimiento del trabajo sexual inundaron las redes sociales durante la última semana. Y saltaron a medios de comunicación ávidos de decir: ¿Vieron? Estas son todas locas", cuenta Sonia Tessa en su artículo para preguntarse: "¿Es esa la forma de tratar a compañeras que, más allá y más acá de las diferencias, son parte del mismo movimiento popular que venimos construyendo como el más pujante de la Argentina?". Buena pregunta.

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OT, referente de la transfobia más común y dolorosa

Son varias las investigaciones que vienen señalando cómo es la discriminación sutil, esa que es fruto del inconsciente, la que más daño y sufrimiento causa a las personas LGTBI. Esa discriminación sutil no deja de ser una forma de violencia, aunque sea involuntaria. Obviamente no está sancionada por las leyes penales. No hace falta que algo esté tipificado en el Código Penal para saber que nuestras palabras, actitud o comportamiento pueden ser ofensivas, hirientes, que pueden dañar a otras personas e, incluso, exponerlas a una violencia mucho menos sutil y más directa.

Nadie está exento de los sesgos inconscientes y de los prejuicios. El debate no es si los tenemos o no, el tema es saber cuáles son los nuestros y decidir qué vamos a hacer con ellos. Podemos trabajárnoslos o, sencillamente, ponernos a la defensiva y acusar a los de la dictadura progre de ofendiditos, de tener la piel muy fina –símil que, por otra parte, no deja de ser bastante violento.

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El virus realmente peligroso es tu racismo

El virus de la xenofobia, en su versión chinófoba, está dando la cara en España. No hace falta irse al Sudeste Asiático para señalar –a raíz de la aparición del coronavirus– cómo se propaga el racismo hacia la comunidad china en países como Filipinas, Tailandia, Indonesia o Vietnam. Es más, poner el foco en la xenofobia de estos países asiáticos sin hacer el ejercicio previo o simultáneo de ver qué está sucediendo en nuestro país es parte de esa 'chinofobia' que campa en España desde hace muchos años y es expresión de nuestro racismo hacia la población asiática o con rasgos asiáticos. Sí, nuestro.

No hay nada más complejo y que levante más resistencias en España que reconocer que somos una sociedad racista. Nos cuesta identificar que lo somos y en qué lo somos. Nos cuesta admitirlo porque al hacerlo estaríamos reconociendo que nos relacionamos de forma prepotente y excluyente, que tratamos distinto a otros cuerpos, otras culturas y otras etnias por nuestra ignorancia y nuestros prejuicios, que nos dejamos llevar por los mitos y estereotipos, muchas veces de manera inconsciente otras no tanto. En todo caso, no por ello menos importante sobre todo si pensamos en quienes los sufren.

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La derecha pone huevos de serpiente

No solo estamos ante una forma agresiva y hostil de hacer oposición al Gobierno del PSOE y Unidas Podemos. Conformarse con esa idea no solo es ingenuidad, es grave problema de miopía, casi ceguera. Más allá del cinismo hipócrita que desprenden los discursos políticos, el uso de un lenguaje burlesco y descalificador o del hecho de servirse impúdicamente de mentiras y fake news, la derecha española lleva más de un año poniendo huevos de serpiente. Las incontables decisiones políticas y medidas que van tomando allá donde gobiernan –como la del veto parental– lo confirman. Cada una de ellas, junto con su retórica y su conducta, permiten vislumbrar el peligro, permiten distinguir perfectamente lo que hay en el interior de cada uno de esos "huevos de serpiente": la incubación del odio social, una guerra contra el avance de los derechos humanos.

"El huevo de la serpiente" es una vieja metáfora. Una manera de representar un peligro social inminente, de alertar sobre él. Un simbolismo que tiene su origen en una película de Ingmar Bergman con el mismo título. En ella se describe una sociedad muy similar a la que refiere el último informe de la Fundación Foessa. Una sociedad agotada, anestesiada, precarizada, desanimada, escéptica, sin rumbo ni muchas esperanzas. Aquella estaba ambientada en los años 20, no los de este siglo sino los que precedieron al auge del fascismo en Alemania e Italia.

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